La partitura interior - Réginald Gaillard - E-Book

La partitura interior E-Book

Réginald Gaillard

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Beschreibung

"En el mes de octubre de 1969 llegué sin pena ni gloria a Courlaoux". El sacerdote parisino Jean ha sido destinado a la Francia rural. Como narrador y testigo, Jean cuenta la historia de dos personas excepcionales: Charlotte, "la loca del pueblo", una mujer de fe cuya relación con la muerte es cercana y ritual, y Jan, un músico holandés, quien huye del dolor de un amor perdido y quiere componer su gran obra. Unidos por una búsqueda espiritual, de transcendencia, ambos procurarán la salvación del otro a través de gestos de amor y belleza, acompañados por la imponencia de la naturaleza: la tierra como lugar de protección, la pureza del agua y el fuego, y el viento como vehículo de melodías y lamentos. En su primera novela, el poeta francés Réginald Gaillard narra una historia dividida en sus personajes, a su vez fraccionados en su interior, y su búsqueda por volver a armonizar los fragmentos de sus vidas. El título original deja ver el juego de significados: partition es tanto partición como partitura.

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Seitenzahl: 310

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Literaria

16

Serie dirigida por Guadalupe Arbona

Réginald Gaillard

La partitura interior

Traducción y notas de José Antonio Millán Alba

Título en idioma original: La partition intérieure

© Edición original francesa: groupe Elidia. Editions du Rocher, Mónaco, 2017

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2019

© Traducción y notas: José Antonio Millán Alba

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN Epub: 978-84-9055-897-3

Depósito Legal: M-11961-2019

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

«Si, para probar la verdad, pones la mano en el fuego, te la quemarás. Pues la verdad es que el fuego quema. La verdad de la que quieres dar testimonio no está en tu mano. Está en el fuego. No se da testimonio de la verdad sin quemarse. Las brujas no se queman. Los santos sí.»

José Bergamín, «La mano en el fuego»,

El clavo ardiendo, Ed. Ayma, 1974

«¿Quién eres tú, muchacha, y cuál es la parte

que Dios se ha reservado en ti...?»

Paul Claudel, La Anunciación a María, Prólogo, París,

Gallimard, Colección de la Pléiade, 1996, p. 13

El tiempo del Sábado Santo

Cae la noche; la muerte recubre con una nieve sin luz las palabras y las notas de música de aquellos a los que he amado en este pueblo y que, por falta de vigilancia de los vivos, se han perdido en el silencio. Estamos en el Sábado Santo de 2012; espero la victoria sobre la muerte —tengo tiempo—. Solo deseo volver a darles algo de vida mediante el recuerdo que guardo de ellos. Devolverlos a la luz del día que han dejado.

Hablar de nuestros muertos los lanza al anonimato, el de todos los muertos, como si nuestras queridas personas desaparecidas hubiesen sido sacrificadas, por su desaparición, a un conjunto vago y común llamado la Tierra, espacio habitado, pero mantenido a distancia por los vivos. Hablar de «aquellos que han partido» —fórmula tan púdica—, resulta oscuro y sospechoso. Los vivos solo evocan a los muertos en voz baja, con compunción, con la cabeza gacha, no porque teman despertar o animar algún mal espíritu, sino porque saben que también ellos alimentarán un día el olvido y el vacío, que son la materia impalpable de lo que fue, antes de que todo vuelva, quizá, por algún misterio que escapa al entendimiento, desarticulando con ello unos discursos que no habrán sido sino delirios sobre el fin último, vanas logorreas de una razón ya solo sometida a sí misma. El orgullo reina como dueño y señor, y yo mismo no estoy seguro, por muy sacerdote que sea, de escapar a su dominio.

En este pueblo del Revermont1 he sido el testigo privilegiado de la vida de dos figuras que tuvieron en común creer en el milagro posible de una lengua por inventar, para decir lo que a nuestro alrededor es tanto visible cuanto invisible, lo que era y lo que viene, lo mismo pero a la vez renovado en cada ocasión, lo extraordinario y el gesto más común, lo puro y lo impuro, lo feo tanto como lo bello, el terrible mal y la gratuidad de lo que es bueno, en la más perfecta sencillez.

Lejos de los cenáculos autorizados que había frecuentado en mi primera vida, nunca habría creído en palabras tan seguras de sí mismas, en gestos templados, como se dice del acero, yo, que hoy estoy agazapado bajo la roca de una montaña baja, entre el chapoteo de las aguas que ahora me son caras y el mutismo de los sencillos que prefiero a los charlatanes de las ciudades, no, nunca habría creído comprender aquí, o más bien captar intuitivamente lo que une al mundo mineral, a los seres vivos, y a aquel al que todavía llamo, pese a todo, pese a lo que he vivido, su Creador.

La primera de estas dos personas era una mujer; se llamaba Charlotte. Conocía pocas palabras y solo dominaba imperfectamente su uso; tampoco lograba detener el flujo que, pese a ella, hablaba en su carne, lo que hacía decir a algunos que estaba «furiosa». A los que la despreciaban, con una sonrisa falsamente cómplice en los labios, como para situarlos en la connivencia, yo les respondía que estaba, en efecto, «encarnada»2, referencia a Charles Péguy, pero callaba este nombre a fin de no parecer presuntuoso a los ojos de aquella gente que tenía una verdadera cultura, mientras que yo no había hecho otra cosa que leer y seguir leyendo, persuadido de que mediante los libros comprendería mejor a los hombres, siendo así que eso era solo una etapa, sin duda necesaria, pero con mucho insuficiente. Faltaba el encuentro. Faltaba la carne.

Durante las semanas que siguieron a mi llegada, la gente del pueblo se rio frecuentemente de mí. Ciertamente me respetaban, era su cura, pero se burlaban de mi ingenuidad. No tenía treinta años; era en 1969. No sabía sembrar ningún grano, ni manejar una pala para mantener el jardín del presbiterio, ni siquiera un hacha para cortar madera, siendo así que la caldera era de leña, y menos aún levantar un muro de piedras.

Aprendí todo eso, al hilo de los años, merced a la ayuda de aquellos campesinos. Solo sabía leer y decir misa. Por eso había sido elegido: para mantener el curato de este pueblo, pero comprendí bastante pronto que eso no era lo esencial para acompañar a aquellos que me habían sido confiados.

La segunda persona, Jan, era compositor. Me desconcertó e hizo que mis cimientos temblaran hasta el punto de hacer tambalear mi fe. Escribía sin descanso, noche y día, indistintamente, pues, para él, la alternancia de la luz y la oscuridad ya no tenía sentido, sobre todo durante los últimos años de su vida, en los que le he visto abandonarse al delirio de su creación sin aceptar la ayuda de nadie. Solo los sonidos y el ritmo, solo una emisión sonora del tiempo eran para él constitutivos de la vida misma. El resto dependía estrechamente de ello.

La herida de una lengua imposible sobrevivió y obró en Jan y Charlotte, herida que ellos llevaron, consciente e inconscientemente, como la esperanza de una culminación, quizá de un reino. Ello fue así, según los momentos, privilegiados o estériles; ello fue así en aquellos dos seres, inspirados o abandonados. Pero, se me dirá, nadie queda nunca abandonado, aunque de esto, a decir verdad, ya no estoy muy seguro...

La que aún me agrada llamar la Providencia, por costumbre de lenguaje, o por fe, ya no sé verdaderamente, quiso que estuviese allí, con la mano en el fuego, mientras que yo, cuando era joven, aspiraba a una existencia enteramente distinta; que estuviese allí, sí, a fin de que asistiese a la mezcla de aquellas vidas y de otras, las de los Gauthier, los Brayard, los Nilly, los Jauge y toda una multitud de la que jamás nadie se acordará, pues ya los recubre la lava silenciosa del tiempo, pero esa obra anónima llevará la promesa de tu firma, Señor, el último día. Que ese día, una vez llegado, puedan no quedar desencantados, pues la mayor parte lo estuvieron a todo lo largo de su miserable vida. Han sufrido tanto, y esperado tanto también. No los decepciones, te lo ruego... Que hayan sido cristianos o paganos, qué importa finalmente: no fueron tan malos, te digo, pese a sus faltas, pese a las palabras insensatas que no respondían a su pensamiento. He hecho lo que he podido para llevarlos a ti; acógelos pese a todo.

Sin embargo, debo reconocer que si hay un corazón en cuyo misterio no he podido penetrar, ese es sin duda el de Charlotte. A todo lo largo de estos años se me ha escapado, como el agua del río que siempre intento retener con la ingenuidad de un niño. No sé si le he sido de alguna ayuda. Me doy cuenta de que nunca he sabido nada de la eficacia de mis gestos, ni con ella, ni con mis otras ovejas de otro rebaño, pero tu estabas allí, Señor, no lo dudo, eficaz. Lo esencial no me pertenece, ni a nadie.

El comienzo del relato de estas vidas hubiera podido también ser este: «En un momento inicial, en un pueblo, se ha jugado lo trágico de nuestras vidas entre el silencio de una loca y algunas notas de música dispersas en el espíritu de un hombre alocado». Pero ya no estoy seguro de nada, salvo de la riqueza que me han aportado aquellos con los que me he cruzado en este pueblo, y más particularmente Jan y Charlotte, que me fueron tan queridos. Vivir a su lado fue la experiencia de un comienzo continuo, junto con el sentimiento de estar en una brecha abierta, en el frente de una guerra intestina, interior, avanzando a medida que esa línea fugaba hacia lo desconocido del precipicio.

A la sombra de la cruz

En el mes de octubre de 1969 llegué sin pena ni gloria a Courlaoux. Ya no recuerdo ni el día ni la hora, que carecen de importancia. La luz que aplastaba entonces el pueblo habría sin duda podido ser la del primer día del mundo cuanto la del último. Lloraba de miedo tanto como de alegría, consciente de que lo que comenzaba aquí sería crucial. Perdonadme mi orgullo, Señor... ¿Por qué es siempre necesario que me crea abocado a algún destino particular, yo, que ahora soy solo un simple cura de parroquia, sin otro horizonte que el campanario de un pueblo encogido sobre sí mismo?

Era otoño en pleno verano, una tarde que olía a muerte: la aspiraba y la sentía rondar a mi alrededor. Esta fue mi primera impresión cuando deposité mis maletas de ciudadano en el andén de la pequeña estación. Fui el único en bajar del tren. El jefe de estación, un buen hombre congestionado y tripudo, embutido en su uniforme de una talla menos, me miró de arriba abajo, tan desconcertado como intrigado por ver apearse en aquella estación a un joven endomingado. Cuando vio mi alzacuellos, sus ojos, empañados por el alcohol, se iluminaron y me dirigió con voz ronca y torpe un tímido: «padre», procedente del fondo de sus entrañas, que me hizo pensar que no se había cruzado con un sacerdote desde hacía un tiempo que él mismo no sabría decir.

Según las indicaciones que me dio por teléfono la víspera una parroquiana, me quedaba alrededor de un kilómetro por recorrer antes de llegar a la iglesia y al presbiterio. La voz de aquella mujer había traicionado su edad. Debía estar en la sesentena, quizá más. Había sido amable y precisa en sus informaciones, pero yo no llegaría a decir que había mostrado mucho entusiasmo ante la idea de acogerme, de lo que iba a darme cuenta bastante pronto. Prueba de ello fue también la impresión que tuve cuando cortó nuestra conversación con tres expresiones, de un modo bastante seco para mi gusto: «Hasta mañana. Ya está. Eso es todo». Más tarde comprendí que en aquella región las relaciones humanas no se empachaban con los melindres urbanos, lo que no quería decir que carecieran de profundidad y atención, sino que iban a lo esencial, eficazmente, desnudas de toda expresión sentimental, signo incontestable de debilidad.

Era el final del día, sí, ahora me acuerdo, y el bosque, sobre la línea azul de la primera meseta del Jura, bebía un cielo ensangrentado. Llevaba una maleta en cada mano, una con vestidos y otra con papeles y libros. No me esperaba nadie en la estación; me sorprendió, incluso me decepcionó, pero ocultaba tanto mi decepción como mi sorpresa al jefe de estación preguntándole en seguida, lo más naturalmente posible, por el camino más corto para llegar a la iglesia: «es muy sencillo, me dijo; al salir, sube usted por la carretera de la izquierda y en cuanto llegue a la primera curva verá el tejado de la iglesia». Tuvo un momento de duda. Le sentí molesto cuando me inclinaba para coger mis maletas: «¿Va usted a pie? Si quiere, puedo telefonear al pueblo; alguien vendrá a recogerle». «Está bien así, se lo agradezco», respondí con dulzura, con una voz que no me conocía. Y, tras un nuevo momento de duda, más largo que el primero y más incómodo, cuando yo ya había dado algunos pasos hacia la salida y él me seguía de cerca, oí: «Eh... dígame... ¿es usted el nuevo párroco?» «Sí», le dije simplemente, con el rostro átono por la fatiga del viaje, pero que se ajustaba también a la impresión que quería dar. «¡Ah, bien!», concluyó, inclinando la cabeza como para ratificar la noticia y, quizá, lo que en aquel momento me gustaba creer, para darme la bienvenida.

Al salir de la estación no había nada; nada más que campos, bosquecillos, setos tupidos y nunca podados. A la derecha, sin embargo, a través de los árboles que flanqueaban la vía férrea, adivinaba a lo lejos una granja, la primera de una aldea cuyo nombre todavía no conocía, Nilly, y que durante mucho tiempo he asociado al nihil latino.

Un olor acre a estiércol y purines se mezclaba con el de los aceites y el gasoil procedentes del tren, y también, anejo a la estación, del pequeño garaje que atendía tanto a los trenes cuanto a tractores y coches. Tras una indisposición pasajera, me recuperaba dándome ánimos y asegurándome que el final estaba cerca, así lo creía sinceramente, aunque no sin amargura. A todo el mundo le está reservado un calvario; aquí estaría el mío. Estaba seguro de ello.

Mientras andaba, lenta y pesadamente, oía el rumor del río abajo de la carretera, con la despreocupación y la fuerza de ese tiempo largo que aplasta a los hombres. Tendría que vivir en el corazón de aquel pueblo de mujeres viejas y de casas modestas y sin gracia, cuyos habitantes iban a trabajar a la ciudad. «Si no hago nada, me moriré de aburrimiento aquí», me repetía a lo largo del camino.

En este, solo oía el río, o más bien no quería oír sino sus aguas agitadas, y me cerraba a cualquier otra forma de vida. Subía azorado la estrecha carretera departamental que me llevaba al centro del pueblo, sin oír los gritos de los niños que jugaban en el patio de las granjas, que corrían tras las gallinas, o daban patadas a un balón reventado. Los veía, sí, pero no los oía. Eran cuatro, y ahora corrían unos tras otros como perros enloquecidos excitados por el juego y la libertad. Por los rasgos de las caras y el movimiento de los labios adiviné que gritaban. Pensaba que se dirigían insultos cuyo sentido yo no conocía... absurdo... Al lado de su casa, un perro guardián, sujeto con una pesada cadena enrollada alrededor del tronco de un castaño, ladraba, furioso, intentando desenganchar las mandíbulas. Él también corría, como una bestia, olvidando su atadura y, cuando esta se tensaba, se elevaba un buen metro y caía pesadamente, levantando una nube de polvo; luego volvía a lanzarse de nuevo, espumeando, más colérico a cada intento, hasta que la fatiga, imagino, le deja por tierra, como muerto. Le adelanté, aterrorizado, intentando disimular mi miedo para que no lo sintiese, pero sabía que era inútil porque el miedo tiene un olor que los perros no ignoran; al menos es lo que me decían de niño para que superase mi terror ante un animal.

A mi alrededor todo sucedía con lentitud y sin ruido. Incluso las fauces del perro, que se abrían y se cerraban con la violencia de un hacha, no producían ningún sonido. Yo rezaba, aunque sin efecto, para que aquella pesadilla terminara. Me refugiaba en el fragor pedregoso del río, cuyo canto se incrustaba en el aire y, a su manera, me susurraba que todo estaba en calma, incluso en la tragedia; que había que volver a la esperanza, aun en el estiaje espiritual; que el tiempo de las aguas vivas no dejaría de volver, como cada año... Paciencia, paciencia; aprender de nuevo la lentitud. Volver a tomar el camino de la oración. Reanudar las bodas del silencio y la vida.

Marchaba como un autómata. Mi cuerpo obedecía al deber; un deber al que no había aspirado. Recordé haber deseado morir durante el viaje más que llegar a mi destino.

Después ya no sentí nada, como si hubiera sido privado del olfato tras haber perdido el oído, salvo para el maravilloso canto del río. Incluso el olor tan fuerte del estiércol, que al principio hizo que me indispusiera, ya no me mareaba, cuando tenía el olfato tan fino. Hubiera debido notar también los efluvios de los campos recientemente segados, porque era la estación. Mi cuerpo atlético, en toda ocasión tan seguro, parecía no tener ningún dominio sobre lo que me rodeaba, hasta el punto de que tenía la impresión de no poder tocar nada, de que cada uno de mis pasos era incoherente. De aquí que me esforzase, igual que hacía en mi piso de París, cuando era tarde y andaba sobre la punta de los pies para no molestar a mis vecinos de abajo, por andar del mismo modo, atento a que la gravilla de la calzada no rechinase bajo mis pasos, como si temiera molestar, alterar un orden desconocido, y cuando esto, por descuido, se producía, ese chirrido no se limitaba a perturbar la música del río, lo único que me resultaba delicado, y me torturaba los oídos, agrietaba el cielo, y hacía que mi equilibrio interior, ya tan precario, vacilase.

Entré finalmente en el pueblo; aunque no era de noche, todo adquiría su espesor opaco. Tenía frío, en pleno verano; mi cuerpo tenía frío. Comprendí, aunque mucho más tarde, que lo que me helaba así la carne tanto como el espíritu no era sino mi propio corazón, que atravesaba un desierto. En la curva que me había indicado el jefe de estación, todavía ligeramente más abajo que el pueblo, la silueta del campanario de estilo franco-condado se me apareció. En París me habían dicho, para elogiarme la parroquia a la que había sido destinado, que la iglesia, que databa del siglo XV, había sido recientemente declarada monumento histórico, lo cual a mí, que decía misa en Saint Étienne du Mont, acompañado al órgano por Maurice Duruflé3, no me había reconfortado... Desde luego, aquel campanario tenía un porte elegante, y las tejas planas barnizadas que se alternaban en amarillos, verdes, marrones y naranjas, según motivos geométricos bastante sucintos, retenían toda mirada atenta y llevaban a la meditación, cosa a la que, el día de mi llegada, no estaba muy inclinado... El cuerpo de la iglesia me pareció una masa pesada y gris, carente de encanto y refinamiento, tanto más cuanto que aquel día estaba ensuciado por el odio de un cielo apagado, el cielo de mi alma, y no podía por tanto despertar el menor interés a mis ojos.

En la puerta del presbiterio, nadie me esperaba; tampoco aguardaba un comité de acogida, pero cuando menos... Dejé mis maletas delante de la fachada, rodeé la casa por el jardín, di la vuelta al edificio, lentamente, investigando con la mirada los árboles del parque, las piedras del pequeño muro del recinto, el huerto abandonado desde la muerte de mi predecesor. Ya no oía el río. El viento, bronco, fue el que me acogió y me heló los huesos. De vuelta a la puerta de entrada, una puerta maciza esculpida con motivos clásicos, pámpanos y correhuelas, apoyé la mano en el pomo. La puerta no había sido cerrada con llave, quizá en previsión de mi llegada; se abrió ampliamente, sin chirriar. Penetré en la oscuridad, en la oscuridad de la casa tanto como en mi oscuridad interior.

Nunca he sabido las verdaderas razones que motivaron la decisión de mi obispo de alejarme de París, incluso de castigarme, debería decir. La única razón que tal vez estuviera en el origen de esa segregación solo la conocían dos: Dios y yo. Ellos, los prelados, nunca tuvieron sino una duda, una sospecha transmitida por alguna dama con influencia y basada en un simple intercambio de miradas persistentes con una de mis parroquianas, de mi misma edad, con la que tenía una complicidad como raramente la tienen un hombre y una mujer. Mi jerarquía nunca supo nada más, porque no había nada que descubrir. Sin embargo, aquello les había bastado para justificar una decisión inapelable.

Yo había tenido la debilidad de creer que mi obispo no me abandonaría y que no prestaría ninguna atención a aquella sospecha que pesaba sobre mí. Me conocía bien; no le ocultaba nada. Conocía mis aspiraciones intelectuales tanto como las espirituales, y a menudo discutíamos sobre nuestras lecturas y nuestros escritos en curso y, por supuesto, de nuestra práctica religiosa. Conocía también mi gusto por la vida tumultuosa de las ciudades. ¿Por qué entonces enviarme a servir a la Iglesia en un lugar tan remoto, tan alejado de mi naturaleza profunda, si no era con la intención de acosarme, incluso de quebrar el impulso de mi fe?

Obedecí —o eso, o marcharme—. Ahora bien, mi fe y mi concepto del servicio pasaban necesariamente por el estado de sacerdote. No podía considerar mi vida de otro modo. Mi orden interior no me dejaba otra elección. Me sometí, por tanto, pero con el sentimiento de un gran desastre. Me resigné y abandoné por segunda vez mi vida en manos de Cristo, con la esperanza de que la decisión de mi obispo estuviera iluminada por el Espíritu Santo.

Dejaba una gran ciudad; una parroquia cargada de historia, todavía rica y activa, en la que trataba a fieles animados por una fe profunda; llegaba a una parroquia que se descristianizaba. Y yo no tenía nada de cura rural... Los paisajes que se extendían a mi alrededor agonizaban, todas aquellas granjas estaban prometidas a la muerte, lo presentía, y los niños se marcharían lejos; o bien, si se quedaban en el pueblo, no sería para cuidar las vacas y cultivar una tierra demasiado dura. Se habían negado a que la generación de sus padres les transmitiera su saber. Los eriales y las alimañas ganaban terreno. Sentía el sordo trabajo de la naturaleza que recupera sus derechos cuando la mano del hombre se aleja. En aquel campo los ciudadanos comenzaban a construir sus pequeñas casas y se iban cada mañana a trabajar a Lons-le-Saunier4, a menos de una decena de kilómetros.

A mí, que era un hijo de la ciudad, esta desaparición de las tareas del campo me dejaba indiferente, pero después he leído, en la mirada de los ancianos, que lo que se jugaba allí tenía, en la rudeza y el uso limitado que hacían de la lengua, una riqueza que hubiese sido bueno no sacrificar enteramente. Hoy estoy convencido de que es indispensable mantener un equilibrio, porque no se rechaza indefinidamente nuestro vínculo con la tierra. El actual «retorno a la naturaleza», grotesco en las formas que a veces adquiere, es uno de sus signos.

Una vez dentro del vestíbulo del presbiterio llamé por si alguien estuviese allí esperándome. Pero, a decir verdad, creo que nadie me habría oído: mi llamada se perdió en el hueco de mi garganta. No sé por qué quería secretamente que alguien me esperase, me acogiera, con los brazos abiertos, y me dijese: «Sea usted bienvenido a su nueva parroquia, señor cura». No era sino un ciudadano ingenuo... No hubo nadie, ningún sirviente, ¿cómo había podido creer por un instante que habría alguien a mi servicio... ni siquiera la anciana con la que había hablado la víspera por teléfono? Nada, nada más que el sentimiento de un gran vacío y un olor a cerrado, a moho mezclado con el polvo y a encáustica que me producía náuseas y que, no sé por qué, me recordó la guerra y el olor de los cadáveres putrefactos que tanto me había marcado cuando solo tenía tres o cuatro años. Mi garganta estaba llena de cólera y desesperación. Dejé que la negrura se adueñase de mi alma.

Buscaba a tientas el interruptor; una luz pálida y sucia iluminó el recibidor. Avanzaba, incómodo; a mi derecha adivinaba un vestíbulo en el que debían celebrarse las reuniones parroquiales; a mi izquierda, la cocina, rústica y rudimentaria; luego, más lejos y de nuevo a la derecha, una sala más imponente, que tenía en el centro una ancha mesa oval de caoba barnizada. Al fondo del pasillo una vasta habitación con una larga mesa rectangular en roble a guisa de mobiliario; junto a la chimenea en piedra de Borgoña, una mesa baja alrededor de la cual había tres viejos sillones de cuero usados; un armario flamenco, aparentemente muy antiguo, tal vez un vestigio, me dije, de la época del ducado de Borgoña, que incluía en sus tierras a Flandes; por último, un reloj en forma de mujer del Franco Condado, cuyo sonido me agobió enseguida. Desde el primer día paré su infernal balanceo. (Durante años me pareció que aquel reloj me miraba y me imploraba que le devolviese la voz). Sobre la gran mesa, análoga a las que todavía ocupan el lugar de honor de la pieza principal en las granjas de la región, había una hoja de papel; me acerqué y leí unas palabras escritas en ella, con una escritura fina y regular que traicionaba la edad y condición de su autor: «Sea bienvenido». Firmado: «Los parroquianos».

Unos amigos parisinos, originarios del país, me habían avisado. Cuestión de clima y de suelo, me habían explicado muy seriamente: son hombres del granito. Los había escuchado, pero no había creído nada de su teoría determinista. Entonces se lo agradecí, al leer aquella nota de acogida, breve y seca, aunque me deseara la bienvenida. El aviso me permitió encajar mejor el primer golpe. Algunas palabras... los parroquianos al menos me habían escrito algunas palabras. Me agarré a ello como un pobre indigente a una promesa de vida mejor.

Subí por fin la escalera, situada a la entrada del pasillo, que distribuía las habitaciones del entresuelo, y en el descansillo del piso descubrí tres sobrios cuartos: paredes de un blanco por el que había pasado el tiempo, una cama para una persona, una mesilla de noche, un minúsculo lavabo de loza blanca, un armario para la ropa, una mesa que hacía las veces de pequeña mesa de despacho y una silla. Permanecí no sé cuánto tiempo en la entrada de uno de aquellos cuartos, pegado al marco de la puerta, con la mirada de un mueble a otro, antes de volver a bajar a por mis maletas que había dejado en la cancela. Me parecieron tan pesadas como si hubiesen estado cargadas de tierra mojada. Elegí al azar uno de los cuartos, llevé las maletas, me quité la chaqueta y la puse maquinalmente en el respaldo de la silla. Sentado al borde la cama y mientras empezaba a vaciar la maleta que contenía mis libros y mis papeles, caí sobre uno de mis cuadernos de notas en el que durante muchos años había consignado observaciones, reflexiones, intenciones para rezar, e incluso notas preparatorias de una homilía. Contenía también algunos escritos más personales. Nada muy importante, con excepción quizá de las primeras páginas del cuaderno por las que sentía particular apego. No las había arrancado, aunque fuesen de naturaleza muy distinta a las que seguían. Relataban el acontecimiento fundador de mi vida cristiana, el que decidió mi total y entera conversión, y, a partir de ahí, mi vocación sacerdotal. Me tumbé en la cama con el cuaderno en las manos abierto en la primera página, escrita una decena de años antes. Se trataba de una carta, bastante oscura, tanto por el estilo cuanto por las palabras, sin destinatario. Sus abstrusas metáforas y la mezcla de sus registros volvían el texto incomprensible en algunos lugares incluso para mí, y mostraban cuán alterado y desorientado estaba en aquella época. Recuerdo haberla releído de un tirón aquella primera noche; fue como una huida fuera del sórdido lugar en el que, como en un pantano, me parecía haber caído en una trampa. Había escrito aquella carta estando entonces en la universidad, el año anterior a mi entrada en el seminario. Estaba destinada a una mujer del norte cuyo cuerpo estaba vestido de brumas —acababa de abandonarme en el silencio de las tinieblas y la siniestra noche que era entonces la mía—. No recibió nunca la carta. El borrador acababa así: «Solo hay salida en la Ley, el juramento y la contención de los cuerpos. El abandono es pura pérdida, salvo en Dios, salvo en la Elegida. Cualquier otra dejación abre las puertas a falsas alegrías que, al final, para quien se entrega a ellas, atormentan el corazón y solo dan la apariencia de verdadera vida. Pues, en lo que atañe a la vida verdadera, no hay otra que esta, en este desierto empapado de sangre...» Y decir que en aquella época yo me consideraba cristiano... La acedia me ocupaba sin descanso...

La travesía del desierto sería larga.

Me dejaba ganar por el recuerdo de aquella mujer, y su presencia invadía mi cuerpo. Tuve una verdadera caída interior, lo que no se produjo sin acentuar mi turbación. ¿Para qué ahora todo aquello, me dije, para qué las palabras y los pensamientos cuando todo se desmorona, cuando remontan las aguas del nuevo diluvio, las aguas que huelen ya al barro que enterrará los cuerpos de los culpables tanto como de los inocentes, encabalgadas en el anonadamiento y el olvido? Sí, cuando las aguas suben, lentamente, cuando la crecida se hace monstruosa, como en aquella tela de Sergio Birga5 que me había conmovido cuando la vi por primera vez en casa de un amigo que vivía en el Vexin6... Estaba de pie en la entrada del piso, mientras me ponía el impermeable, con el ceño fruncido. Había bastado una breve ojeada para que sintiera toda su sorda violencia, pese a la calma aparente de la escena: el agua brotaba de una boca de incendios que, sin que se sepa el motivo, no ha sido cerrada, a menos que alguien la hubiera dejado abierta deliberadamente. El nivel del agua sube y nadie se da cuenta, porque es de noche —hay una farola encendida—; la calle está vacía y la calma reinante se apodera de mí ante la catástrofe que se anuncia y que siento inminente. En lo alto del cielo una luna roja domina lo ineluctable, mostrando quizá que, suceda lo que suceda, los astros no dejarán de segur su curso. Sin embargo, una luz, que ha permanecido encendida en el vestíbulo de una casa burguesa, señala que la vida, aunque sea tenue, persiste. Pero el agua dará cuenta enseguida de esa llama, pues se derrama en la calle en una ola continua, ciertamente débil, pero irremediable. Nada anuncia en el cuadro que la boca, con la garganta de la venganza abierta, se agotará. Muy al contrario, todo parece prometer el hundimiento de un mundo de aspecto sereno y refinado, pero visceralmente viciado, salvo, como una linterna ya encendida para afrontar la tempestad, esa frágil luz, que al final he considerado como la señal última de una esperanza, el último signo de que un justo, aunque solo sea uno, salvará, por la santidad de su vida, al resto de la ciudad.

La tela hizo crecer en mí una angustia tal que me vi obligado a dejar precipitadamente a mi amigo, pretextando una indisposición. Recuerdo que nada más volver a casa consigné estas pocas líneas en mi diario: «Estoy cansado, Señor, hundido, agotado de haber luchado durante tanto tiempo, de haber permanecido en la brecha, como un loco, al acecho, luchando contra vientos contrarios. No tengo ya más aire, mis velas están caídas. Me voy, no sé dónde, sin atadura alguna. Pero sé bien que, donde quiera que vaya, me dirijo a mi tumba. ¿Estarás todavía a mi lado? ¿Tendré aun la fuerza de rezar cuando hoy me duermo, agotado por el miedo, cuando haría falta velar?».

He dormido doce horas en este cuarto del presbiterio, tirado, vestido, en la cama que ni siquiera me tomé el trabajo de destapar, y mi sueño se habría prolongado aún más si no hubiese venido a piar en la ventana y a despertarme suavemente un gorrión muy curioso. Vuelto a la luz del día que entraba copiosamente en el cuarto, recordé el lugar en el que estaba, y solo tuve un deseo: esconderme el resto del día bajo las sábanas y esperar, esperar… Esperar no sé qué, tal vez que todo se borrase y recomenzase como por ensalmo.

Mientras permanecía tumbado en la cama, paralizado, un ruido regular de pasos arrastrándose, no lejos de la casa, aguzó mi curiosidad. Me levanté, me acerqué a la ventana y vi a una mujer ocupándose unas veces en limpiar una tumba y otras en regar las flores puestas encima de ella. Por increíble que pueda parecer, no había reparado al llegar en que el cementerio estuviera tan próximo al presbiterio. Volví bruscamente la cabeza. Apenas llegaba a creerlo: no solo llegaba a una tierra que me resultaba extraña, quizá incluso hostil, sino que además iba a tener que vivir cotidianamente con las tumbas bajos los ojos… Hasta entonces solo había conocido parroquias de ciudad, cuyos cementerios están habitualmente apartados en la periferia, alejando la muerte tanto de la mirada cuanto de los espíritus. Sin duda, en las iglesias las losas sepulcrales de señores y prelados ofrecían ya un carácter bien siniestro. Pero, aquí, viviría con los muertos… Semejante aprehensión puede sorprender en un sacerdote. Pero yo era joven, había conocido escasas pruebas y celebrado tan pocos funerales y entierros que la muerte seguía siendo para mí una abstracción.

Me vi entonces la cara en el espejo moteado por el tiempo, encima del lavabo. Me dio miedo: «Estoy a punto de ir a reposar con los otros, allí, me dije. No aguantaré mucho tiempo, salvo un milagro, Señor, pero eres tú quien decide, como siempre. Allí donde esté, te serviré. Si me has puesto aquí es porque juzgas que mi acción será aquí más útil que donde estaba hasta ahora».

Antes, celebraba en París…

Miré de nuevo por la ventana; la abrí maquinalmente. Un suave calor de primavera entró en la habitación. La misma mujer estaba de rodillas sobre una tumba, con un cepillo en la mano, y frotaba enérgicamente el mármol. No habría podido decir si limpiaba la misma tumba que cuando me desperté, cuando la había visto por primera vez; no le había prestado la suficiente atención. Sin embargo, me dije que había debido querer mucho a la persona que reposaba allí para ocuparse de su tumba con tanto ardor y corazón, siendo así que no era ni la festividad de difuntos ni la de todos los santos, únicos días del año en los que la gente dedica algo de tiempo al mantenimiento de las tumbas. Tal vez fuese, me dije, el aniversario de su nacimiento o el de su muerte.

Salí de la casa, comprobando al pasar que ayer, antes de subir al cuarto, no había cerrado la puerta de entrada, y atravesé el pequeño camino que separa el presbiterio de la iglesia del cementerio. No lejos de la puerta de entrada a la iglesia vi la tumba de mi predecesor. El obispo de la diócesis de Saint-Claude, de la que depende la parroquia de Courlaoux, me había dicho que este cura, todavía dispuesto y desbordante de energía, había muerto de un infarto a los setenta y ocho años y, sobre todo, que era muy apreciado por sus fieles, pese a su rigor implacable en materia de moral y las frecuentes sevicias y castigos que empleaba con los niños durante los cursos de catecismo. Originario del pueblo, conocía a todo el mundo; yo no conocía a nadie. Hoy, cuarenta años después, puedo decir que sucederle no fue pan comido, sino una batalla, mejor una guerrilla, paso a paso, casa por casa. Tuve que ganarme la confianza de los parroquianos, lo que requirió varios años durante los cuales dejé mucho de mí, para no conservar sino la figura del sacerdote que todavía no era plenamente a mi llegada. Ello me hace decir hoy que ha sido la gente del pueblo quien me ha hecho verdaderamente un sacerdote y quien, en definitiva, en esa batalla, me ha hecho crecer.

Avancé hacia la mujer que cepillaba la tumba y la interpelé con un simple «Buenos días señora», al que no respondió, incluso después de repetir varias veces mi saludo aumentando el tono de voz hasta que, no pudiendo creer que me ignorase voluntariamente, me incliné hacia ella y le di unos golpecitos en el hombro. Sorprendida, se levantó de un salto y se apartó como lo hubiera hecho un caballo asustado. Se mantuvo erguida, frente a mí, deslumbrada por la luz blanca de mediodía, con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, señal de desconfianza, observé yo instintivamente. Debía tener unos cuarenta años. Los rasgos de su cara, hermoso óvalo alargado, eran finos, y no carecía de belleza, pero se veía claramente que no se cuidaba, como hacen por lo general las mujeres de su edad, sobre todo las de ciudad. Se había quedado helada y sus ojos no expresaban en aquel momento sorpresa, sino pavor, un pavor tremendo. Recogió aceleradamente el cepillo y una pequeña regadera de plástico color azul cielo murmurando palabras incomprensibles, y huyó de forma ágil, con pasos rápidos entre las tumbas, cuidando, observé, de no pisar las losas de mármol.

Finalmente, fui yo el que se quedó allí, desconcertado y cortado por el incomprensible comportamiento de aquella mujer. Abajo del cementerio corría un camino cuyo trazado entre los campos perdí rápidamente; más allá, bosques inquietantes de un oscuro verde bronce recubrían las orillas de la meseta.

Erré mucho tiempo por el cementerio, y luego por los alrededores, sin objeto preciso, con la cabeza vacía. La luz menguaba; las sombras de la noche volvían a merodear en mi corazón.