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La pérdida de España por una mujer fue escrita por Eusebio Vela en México en 1733, y relata la leyenda de Florinda la Cava, el rey Rodrigo y la invasión musulmana de España. Don Rodrigo, el último rey godo, se niega a cumplir las promesas de matrimonio a Florinda, hija del conde don Julián, por lo cual éste, en venganza, entrega el país a los árabes. El honor ultrajado del conde y de su hija es el motivo que desencadena la tragedia. Aunque que Vela trata de remitirla, en último término, a la decisión divina de castigar los pecados de don Rodrigo. Al final, tras la derrota de los cristianos, Florinda anuncia su decisión de retirarse a un desierto arrepentida de haber actuado «contra el cielo, ley y patria», con lo que se pone de manifiesto que ni siquiera la venganza del honor justifica conductas como la suya.
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Seitenzahl: 74
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Eusebio Vela
La pérdida de España
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: La pérdida de España.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-187-6.
ISBN rústica: 978-84-9816-164-9.
ISBN ebook: 978-84-9897-685-4.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Jornada segunda 49
Jornada tercera 91
Libros a la carta 125
Eusebio Vela (Toledo, 1688-1737). España.
Nació en España, fue a México con su hermano y se dedicó al teatro como empresario y autor.
Apostolado de las Indias es un drama histórico barroco basado en el martirio del joven Cristóbal, hijo del cacique de Tlaxcala. En esta obra Eusebio Vela introduce entre sus recursos escénicos batallas, terremotos y dragones creando una atmósfera épica y una trama trepidante.
El rey don Rodrigo
Don Pelayo
El conde don Julián
El obispo don Opas
Tarif
Mahometo
Don Sancho
Almerique
Un pastor
Teodomiro
La reina Eliata
Florinda
Estrella, criada
La Cabezuda, vieja
Muza
Andali
Dos villanos
Laín, gracioso
Música y acompañamiento
(Salón con trono. Tocan cajas y clarines, y se descubre el rey en su trono; a los lados el conde, don Pelayo, don Sancho y don Opas.)
Voces ¡El rey don Rodrigo, viva,
nuestro legítimo dueño!
Julián Ya que a vuestro real mandato
todos los grandes del reino,
dejando nuestros estados,
hemos venido a Toledo,
corte pretoria de España,
por haber sido el asiento
regio de los reyes godos,
que es tronco antecesor vuestro, 10
procedido de los baltos
que siempre a godos rigieron:
a vuestras plantas reales
tenéis, señor, el primero
al conde don Julián.
Pelayo Y si yo merecer puedo
ser el segundo, en tal dicha
consigo lo que deseo,
pues sin segundo en serviros
soy, cuando el segundo llego. 20
Rey Primo Pelayo, a mis brazos
llegad.
Pelayo Estoy como debo,
pues vuestro vasallo soy
y como a rey os venero.
Sancho Merezca yo vuestra mano.
Rey Alzad, don Sancho, del suelo.
Opas (Aparte.) (¡Que sea fuerza que me postre
a otro que a los herederos
de mi señor Witiza!
Mas es forzoso ahora esto:) 30
A vuestras plantas...
Rey Alzad,
que es requisito muy necio
que el pastor haga a una oveja
tan impropio acatamiento.
Julián ¿A qué, gran señor, nos llamas?;
que obedientes, como atentos,
nos tienes.
Rey Pues escuchad,
que ya a decíroslo empiezo,
mas forzoso es acordaros
(aunque lo sabéis) primero 40
mi origen, y los insultos
de Flavio Witiza, fiero
antecesor mío, porque,
acordándolos, pretendo
incitaros a mi auxilio,
al explicar el derecho
con que ocupo aqueste trono;
pues desciendo de aquellos
ilustres baltos, a quien
visigodos eligieron 50
para que los gobernasen
cuando de Gocia salieron
a extenderse por el orbe,
bien con enjambres diversos
de abejas que el hueco corcho
abandonan por estrecho,
buscando en mayores troncos
más capaz alojamiento
para armar sus oficinas,
extendiendo más su gremio. 60
De aquellos, pues, que Alejandro
Magno no quiso con ellos
aventurar su fortuna;
y tuvo a prudente acuerdo
Julio César no irritarlos;
Pirro rey de Epiro excelso,
los temió; César Augusto
procuró con suaves medios
no enojarlos, porque no
le perturbaran su imperio. 70
De aquellos que divididos
en dos valerosos cuerpos
alcanzaron el blasón
del águila, cuyo cuello,
dividido en dos cabezas,
miraba a polos opuestos,
y abrazaba con sus garras
a los dos polos a un tiempo,
que conserva hasta hoy España
en las armas del imperio. 80
En fin, de aquellos que aun antes
de conocer el supremo
Dios y Hombre Jesucristo,
Redentor y Señor Nuestro,
adoraron a un Autor
Criador de tierra y cielo,
que aunque entendieron que otros
había, siempre creyeron
una causa de las causas,
de quien las demás pendieron, 90
siendo tan fieles a él
que al oír sonar los truenos,
entendiendo que los dioses
se trababan, compitiendo
unos con otros, osados
a la defensa acudiendo
del suyo, armando los arcos
tiraban flechas al cielo.
Si tan constantes los godos
siempre al que adoraron fueron, 100
¿cómo era factible, cómo,
que, adorando y conociendo
ahora al verdadero Dios,
consintieran con el cetro
a quien, después de subir
contra razón y derecho
al regio solio, negó
al sucesor de san Pedro
y vice-Dios en su Iglesia
la obediencia, concediendo 110
vil libertad de conciencia
para honestar sus excesos,
y mandando (¡grande error!)
contra el divino precepto
que se casasen también
los eclesiásticos, siendo
sacerdotes (¡qué insolencia!)
permitiéndoles, a ejemplo
de la secta mahometana,
concubinas? Y sabiendo 120
Constantino Papa aquella
desorden contra el decreto
de Dios, le envió a decir
le privaría del reino
si no derogaba aquella
ley; a lo que el rey, blasfemo,
respondió que ya se estaba
aprestando y disponiendo
para ir sobre Roma, como
su antecesor lo había hecho, 130
Alarico, y despojarla.
De estos malvados efectos
resultó promulgar bandos
que nadie fuera resuelto
a dar obediencia al Papa,
pena de muerte; y el pueblo
(aunque malicia y lisonja
tan vil ley obedecieron)
murmuraba de aquel bando,
culpando sus desaciertos; 140
como el pueblo siempre ha sido
el más ajustado freno
que detiene a los monarcas,
aquesta opresión sintiendo,
hizo deshacer las armas,
forjando de ellas los hierros
de los arados y azadas
y campestres instrumentos,
arrasando las murallas,
para que armas no teniendo 150
ni fuerza que los guardase,
no se atreviesen resueltos
a levantarse contra él,
teniéndolos indefensos;
con esto logró más bien
sus depravados deseos,
y temeroso de que
a mi padre Teodofredo
apellidasen por rey,
hizo le sacasen fiero 160
los ojos (que, retirado,
su tiranía temiendo,
estaba en Córdoba, sin
aspirar a su derecho):
y a Favila, vuestro padre,
noble Pelayo, heredero
segundo de la corona,
que le estaba leal sirviendo
de capitán de la guardia,
atosigó con veneno; 170
y a nosotros, que sin duda
nos reserva Dios inmenso
para su altos arcanos,
pretendiendo hacer lo mesmo
nos libró de su crueldad,
guardando para instrumento
de su justicia mi brazo,
pues de su rigor huyendo
como vos de la Cantabria
os amparasteis, yo llego 180
a guarecerme de Roma,
y los romanos vinieron
en mi auxilio contra el cruel
Witiza; y con mis deudos,
mis amigos y parciales,
le prendí, e hice al momento
que le sacasen los ojos,
como con mi padre había hecho.
Esto acordado, entra ahora,
porque no tengáis recelo 190
de mi valor, el deciros
cómo he sabido de cierto
que Sisebuto y Ebari,
hijos de aquel monstruo horrendo,
a ampararse de los moros
han ido, y aunque no temo
a esos bárbaros, conozco
nos hallamos indefensos,
sin armas y sin murallas
donde poder defendernos 200
si en nuestra contra se mueven;
y no dejarán de hacerlo,
pues no hay duda de que habrán
algunos que hay en mi reino
dádoles cuenta de todo,
como enemigos caseros,
que saben cómo dejó
Witiza aqueste reino:
y así, deudos y vasallos,
saber prevenir los riesgos 210
no es flaqueza, que es prudencia
de los varones discretos.
Mas para evitar el daño,
lo que yo tengo dispuesto
es que el conde don Julián
vaya a templar su ardimiento
con una embajada mía
y un presente de gran precio,
pues sabemos que los moros
son llevados mucho de esto, 220
y reedificar en tanto
murallas, e ir resarciendo
armas, tropas, y de guerra
los necesarios pertrechos,
para poder resistirles;
y cuando no tenga efecto,
armas será la razón,
murallas serán los pechos,
revellines el valor,
cortaduras el esfuerzo; 230
pues no hay armas ni murallas,
revellines ni pertrechos,
como el valor, la osadía,
la razón y el noble esfuerzo;
que a quien el valor le sobra
no hace falta nada de esto.
Aqueste es mi parecer,
ahora declarad el vuestro.
Julián Quien no ignora, gran Rodrigo,
todo lo que habéis propuesto, 240
¿cómo podrá no abrazar
tan sano y prudente acuerdo?
Y pues a mí me elegís
para la embajada, ofrezco
allanar vuestro designio
apagando el voraz fuego
que hubiese Ebari encendido
con Sisebuto en sus pechos.
Opas (Aparte.) (¡Oh, quién pudiera estorbar
que atajasen el incendio!, 250
pues movido el mahometano
a ampararlos, lograr puedo
ver otra vez en el trono
al legítimo heredero
de mi señor Witiza,
a quien debí tan inmensos
favores, por ser quien siempre
aprobaba sus intentos;
bien que aquesto no se sabe
por haber sido en secreto 260
las consultas.)
Pelayo ¿Quién podrá
buscar más prudente medio
cuando están los españoles,
faltándoles el manejo
de las armas, olvidados
tanto del marcial empleo,
que los más no habrán tomado
jamás en su mano acero?
Pues aunque el valor los haga
saber arrojarse al riesgo, 270
pues la inclinación es fuerza
que haga en todos este efecto,
el saber salir bien de él
es de quien pende el trofeo,
que no se consigue el triunfo
en morir con noble esfuerzo,
sino con saber guardarse
y ofender, pues pende en esto
el vencer, sin ser vencido;
fuera de esto, no tenemos 280
