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El presente libro se basa en las enseñanzas clásicas de la espiritualidad cristiana y toma muy en cuenta las vidas de los santos. El discípulo de Cristo sabe que está llamado a ser perfecto como el Padre celestial es perfecto; pero también sabe que esta perfección a veces se ha malentendido; como si se tratase de algo excesivamente complicado, que solo unos pocos genios de la santidad son capaces de entender y llevar a cabo. Pues bien, a lo largo de estas páginas he querido transmitir solo una idea: Todo el camino de la santidad puede ser concentrado en la práctica de la perfecta alegría. Esto no sucede de una vez ni fácilmente. Es una senda ardua que involucra todos los demás elementos de la vida espiritual. Pero, a diferencia de otras maneras de plantear la vida cristiana, colocar el quicio en el ejercicio de la alegría interior simplifica grandemente el plan a seguir.
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Contenido
Prefacio
La perfecta alegría
I La alegría escamino de santidad
1.1. Habitáculo de católica alegría
1.2. Alegría y depresión
II Dios me ha creadopara ser feliz
2.1. Darle gloria a Dios
III Nadie puede obligarme a ser feliz
3.1. El hijo desdichado
3.2. Conviértete a la alegría
3.3. Junto con el arrepentimiento, buen ánimo
3.4. Alegría de la penitencia
IV Debo estar alegre
4.1. Pero mira por dónde
4.2. Alegre virtuoso
4.3. Dichosos, pero no caprichosos
V Verdaderay falsa alegría
5.1. De los seis gozos
5.2. Una aclaración útil
5.3. Otra aclaración
VI Motivos parala alegría
6.1. Sin la alegría no se puede hacer el bien
6.2. Salgo de mí mismo
6.3. En perspectiva de cielo
VII Tristeza mala
7.1. Tristeza e inquietud
7.2. La tristeza no viene de Dios
7.3. La tristeza nace del orgullo
7.4. Abrazando la alegría
VIII Tristeza mala y tristeza buena
8.1. No toda tristeza es mala
8.2. De la mala tristeza se siguen muchos males
IX Alegrarse en elEspírituo Santo
9.1. No contristar al Espíritu Santo
9.2. Espíritu de gozo, Espíritu de Dios
X Las raíces de laperfecta alegría
10.1. La sutil luz interior
10.2. Alegría de Cristo, alegría del cristiano
XI Vivir en la alegría
11.1. Conquistar la alegría
11.2. Buen ánimo
11.3. En la tierra como en el cielo
XII Practicar la alegría
12.1. Estilo católico
12.2. Todo para todos
12.3. Hazte “alegrable”
XIII Algunos consejos
13.1. El que esté triste que ore, cante y otras cosas más
13.2. Con la práctica
XIV Hasta alcanzar laperfecta alegría
Anexo
Antonio Mestre
La perfecta alegría
Un camino de conversióny santidad
Prefacio
Hay muchos y buenos libros que recomiendan la alegría. Incluso existen grupos de optimistas y de autoayuda para auxiliar a quienes sufren una depresión como enfermedad. Sin embargo, las páginas que siguen no se limitan a hablar de la alegría ni a recomendarla como cierto ingrediente útil en nuestra vida. En sentido propio este libro es una exhortación clara y rotunda a convertirse a la alegría.
A la verdadera y perfecta alegría. Se dirige a los cristianos y a los que buscan la dicha arraigada en Cristo.
El objetivo de este libro es emprender el camino de la santidad a la que hemos sido llamados por el evangelio de Jesucristo. A lo largo del texto el lector encontrará una tesis que podrá parecer audaz: tomar la alegría como auténtico camino de santidad. Por decirlo con pocas palabras, quiero explicar aquí por qué adoptar la alegría como estilo de vida puede ser una senda de santidad. En cierto modo estamos estableciendo una equiparación entre la caridad, la santidad y la alegría. Hablamos, claro está, en el sentido católico de estos términos. Aun así, estamos convencidos de que ejercitarse en la alegría, incluso sin motivaciones sobrenaturales, nos dispone mejor a recibir los dones del Espíritu Santo. Al final, llegarían la fe, la esperanza y las demás virtudes cristianas, pues nadie podría vivir la perfecta alegría sin estar anclado en el verdadero Dios.
En todo caso, hemos puesto por escrito estas ideas pensando en el cristiano medio. El que vive en circunstancias ordinarias de familia, trabajo, relaciones sociales, etc. No pretendemos ofrecer una receta para rehuir el dolor o afrontar la vida con frivolidad. La verdadera alegría implica tomarse en serio la gravedad del pecado mortal y asumir las propias obligaciones. Pero eso no quita que podamos comenzar la vida espiritual evitando las falsas alegrías y huyendo de la tristeza inútil. Al final, como explica la historia de san Francisco de Asís que proponemos a continuación, la verdadera alegría es unión con Cristo.
La perfecta alegría
Yendo cierta vez san Francisco desde Perusa a Santa María de los Ángeles con fray León, en tiempo de invierno, atormentándoles grandemente un frío crudísimo, llamó a fray León, que le iba un poco delante, y le habló de esta manera:
—Fray León, aun cuando los frailes menores diesen gran ejemplo de santidad y de edificación en toda la tierra, escribe y advierte que no está ahí la perfecta alegría.
Y caminando un poco más le llamó por segunda vez, diciéndole:
—¡Oh, fray León! Aunque los frailes menores diesen vista a los ciegos, curasen a los tullidos, diesen oído a los sordos, pies a los cojos, habla a los mudos y, lo que es mayor, resucitasen a los muertos de cuatro días, escribe y advierte que no se halla en esto la verdadera alegría.
Y siguiendo un poco más adelante, gritó san Francisco:
—¡Oh, fray León! ¡Ovejuela de Dios! Si los frailes menores supiesen todas las lenguas y todas las ciencias y toda la Escritura, aunque profetizasen y revelasen no solamente las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no se halla en esto la verdadera alegría.
Y siguiendo un trecho mayor san Francisco tornó a decir:
—¡Oh, fray León! Aun cuando los frailes menores supiesen predicar de modo que convirtiesen a todos los infieles a la fe de Cristo, escribe que no se halla en esto la perfecta alegría.
Y siguiendo un poco más, tornó a decir:
—¡Oh, fray León! ¡Ovejuela de Dios! Aunque los frailes menores hablasen con lengua de ángel y supiesen el curso de las estrellas y la virtud de todas las hierbas, y aunque les fuesen revelados todos los tesoros de la tierra y conociesen las propiedades de los pájaros y de los peces y de todos los animales y de todos los hombres, y de los árboles y de las piedras y de las raíces y de las aguas, escribe que no está en esto la alegría perfecta.
Y como continuase hablando de esta suerte unas dos millas, fray León, muy maravillado, preguntó a san Francisco:
—Padre, te ruego de parte de Dios que me digas dónde está la verdadera alegría.
Y san Francisco contestó:
—Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, calados por el agua y helados por el frío y cubiertos de barro y afligidos por el hambre y llamemos a la puerta del lugar y el portero vendrá enfadado y nos dirá: “¿Quién sois?”. Y cuando digamos nosotros: “Somos dos de vuestros hermanos”. Y él contestará: “Mentís; sois dos bribones que andáis por el mundo engañando y robando las limosnas de los pobres; fuera de aquí”; y no nos abrirá y nos hará quedar fuera, en medio de la nieve, del agua y del frío y con hambre hasta que sea de noche; entonces, si a tanta injuria, a tanta crueldad y a tantos vituperios nos sostenemos pacientemente sin turbarnos y sin murmurar de él, pensando humilde y caritativamente que aquel portero verdaderamente nos conoce y que Dios te hace hablar contra nosotros, ¡oh, fray León!, en esto estará la verdadera alegría. Y si perseveramos llamando a la puerta y sale él turbado y como a bergantes inoportunos nos eche con villanías y con bofetadas, diciendo: “Largo de ahí, ladronzuelos vilísimos; idos al hospital, que aquí no comeréis vosotros ni os albergaréis”, y nosotros lo sostendremos pacientemente y con alegría y con amor, fray León, escribe que en esto habrá perfecta alegría. Y si acuciados por el hambre, por el frío y por la noche volvemos a tocar y llamemos y roguemos por amor de Dios con gran llanto que nos abra y nos meta dentro, y aquél, escandalizado, diga: “Éstos son bribones inoportunos; ya les daré la paga que merecen”, y sale fuera con un bastón nudoso y cogiéndonos por el capuchón nos eche al suelo sobre la nieve y nos golpeé duramente; si entonces nosotros sostenemos todas estas cosas con alegría, pensando en las penas de Cristo bendito que debemos sostener por su amor, ¡oh, fray León!, escribe: aquí se hallará la perfecta alegría (Las florecillas de san Francisco, I, cap. VIII).
I La alegría escamino de santidad
En estas páginas no se pretende enseñar algo nuevo. Están dirigidas al cristiano que ya conoce su fe y sencillamente quieren “contribuir a su alegría” (cfr. 2Cor 1,24). El cristianismo es alegre por definición y sin embargo también en nuestros días es necesario alentar la alegría de los cristianos.[1]
San Pablo VI, en su exhortación Gaudete in Domino,hacía notar que la invitación dirigida por Dios Padre a participar de la alegría es una llamada universal. “Cada hombre, con tal que se muestre atento y disponible, la puede percibir en lo hondo de su corazón,
—luego agregaba— nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”.[2] Nadie, en efecto, debe sentirse discriminado de esta llamada al gozo divino.
Pienso, además, que para el cristiano la alegría no es tan sólo una opción, es un deber. Lo dice enfáticamente el apóstol san Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad siempre alegres” (Fil 4,4). No se trata de un mero consejo sino de una orden. Como es obvio, esto no tendría sentido si no fuera porque el apóstol está convencido de que la alegría es imprescindible para llevar una vida cristiana plena. Pero, asimismo, significa que la alegría hay que trabajarla, pues la alegría de la que estamos hablando no es algo que se produzca espontáneamente: requiere, por el contrario, de todo nuestro ingenio y voluntad, de una profunda fe y amor a Dios y al prójimo, de una gran esperanza en las promesas divinas, de una confianza absoluta en el poder de Dios Padre. En suma, se trata de la perfecta alegría que Jesucristo vino a traer al mundo.
Las siguientes consideraciones, aparte de ser una aportación a la alegría, quieren mostrar que la alegría es un auténtico camino de conversión y que esta conversión es además una genuina senda de santidad. Con razón decía santo Domingo Savio que “entre nosotros uno se hace santo a base de alegría”. La alegría se presenta, así, como una piedra de toque en la vía de nuestra vida cristiana.
Quiero insistir en esto al decir que empeñarse en vivir la alegría perfecta es una manera concreta y exigente de vivir la fe cristiana. “Quien recomienda la alegría recomienda la santidad”,[3] dice con razón un autor contemporáneo. Por ello, comprometerse a vivir en la alegría exige una real trasformación. Está en la esencia misma del cristianismo la llamada a vivir en el gozo, responder a esta invitación es responder a Cristo mismo. “Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos”, dice san León Magno en uno de sus sermones con ocasión de la Navidad. Y continúa diciendo: “Alégrese pues el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida”.[4]
Dios nos ha creado para la vida, es decir, para la felicidad, y ésta es la más honda vocación del hombre. Todos quieren ser felices y éste es el anhelo más profundo del ser humano. En una célebre página san Agustín observaba cómo en el fondo todos estamos buscando ser felices. “Pregúntale a dos sujetos si quieren ser soldados, y tal vez uno te conteste que sí y otro que no; pero pregúntales si quieren ser felices, y al instante, ambos sin dudarlo, te dirán que sí”.[5] Todos andan en pos de la dicha, pero no todos saben dónde ni cómo hallarla. En fin, me parece de sumo valor para el cristiano recordar que la santidad pasa por la alegría. De ahí que, si perdemos de vista el gozo para el que fuimos creados, perderemos también el rumbo de nuestra vida cristiana. Se trata de una verdad de catecismo: “La felicidad debe llenar todas las aspiraciones del hombre”.[6]
1.1. Habitáculo de católica alegría
Es proverbial la jovialidad de san Felipe Neri. Muchos iban a visitarlo a su casa y quedaban consolados de sus penas. Según cuenta uno de sus biógrafos, este santo tenía la virtud de librar de la melancolía. La melancolía es dañosísima y conlleva abundantes males. Al decir de teólogos y maestros de la vida espiritual, la melancolía es muchas veces causa originaria de los escrúpulos. Como se sabe, de los escrúpulos a la desesperación hay poco trecho. Al final, uno puede concluir que si la tristeza conduce a la perdición, su contrario, esto es, la alegría, llevará a la santidad.
Como se verá enseguida, aliviar la tristeza ajena es una gran obra de caridad, pero también lo es practicar la alegría para nosotros mismos. De esta forma damos pasos en la dirección correcta, mientras que por la tristeza avanzamos por el camino equivocado.
El ejemplo de san Felipe Neri es alentador al respecto. Según se dice curó a muchos de la melancolía. Su biógrafo llama a este mal, “molestoso achaque”. En ocasiones bastaba que dijera unas palabras, como “no os desesperéis”, “ven acá, corramos aquí juntos” —para indicar que no los dejaría solos— o decía: “¿Qué tienes, tonto? Sosiega, quiétate, tonto”. Porque en efecto, es una gran tontería andar melancólicos sin medida. Se cuenta que en otra ocasión acariciaba y daba afectuosos abrazos a un pobre hombre que andaba triste. El santo sabía que el origen de su mal era el espíritu de soberbia, por lo que lo animó a confesarse humildemente. De ahí que también es posible deducir que si la soberbia y la tristeza están emparentadas, la alegría irá de la mano de la humildad y de la santidad.
Los testimonios son concordes en decir que san Felipe Neri alegraba el corazón de quienes lo frecuentaban. Alguna vez, para librar a uno de los escrúpulos, le estuvo cantando largo rato; otras veces bastaba que diera una palmada, les tocara la cabeza o incluso con la serena modestia de su rostro y la viveza de sus ojos infundía gozo en quienes lo rodeaban. Esto que se dice de san Felipe suele decirse de otros santos. Y es experiencia de muchos que la presencia de un santo contagia paz y gozo. De ahí que, una vez más, podamos decir que hay un claro vínculo entre la alegría y la santidad.
En fin, resulta que hasta el mismo aposento de san Felipe Neri transmitía regocijo. Quien entraba melancólico salía contento. Por eso, a la muerte del santo, quienes lo conocieron dieron a su aposento los simpáticos títulos de “Botica de alivios”, “Oficina de salud” y “Habitáculo de católica alegría”.[7]
No sólo es el caso de san Felipe Neri, también muchas otras santas y santos son ejemplo de que la santidad se irradia. Y que esa irradiación tiene, a ojos de la gente, forma de alegría. Hemos de convencernos de que la alegría es manifestación de una vida espiritual intensa y sana. De ahí que justamente queremos insistir en que se puede tomar la alegría como punto de partida e índice constante de nuestro progresar en la caridad.
1.2. Alegría y depresión
Antes de entrar en materia una advertencia se impone. Aquí hablaremos del gozo espiritual. Se trata de una realidad en lo más interior del alma cuya fuente está en el mismo Dios. Ahora bien, como en todas las cosas que se refieren al hombre, lo espiritual y lo corpóreo van de la mano. Así que, normalmente, la alegría interior se experimentará en el cuerpo; pero esto no es siempre así. Habrá ocasiones en las que el cuerpo (por agotamiento, hambre, enfermedad, tensión psicológica y muchas otras causas más), no cooperará a nuestra alegría.
Los grandes maestros de la vida espiritual han dejado constancia de situaciones en las que, a veces de modo inexplicable, la desolación se apodera del alma. En ocasiones, dice san Juan Casiano, Dios quiere probar nuestra perseverancia.[8] San Juan de la Cruz habla de la noche oscura del alma e igualmente la considera una purificación necesaria y llevada a cabo por Dios con miras a nuestro bien.[9] También se podría incluir aquí la condición médica de la depresión. Es verdad que hay circunstancias de la vida que consiguen debilitar de tal forma la psique que resultan en una astenia clínicamente constatable. Las posibilidades de sufrir grandes tristezas y un decaimiento de las fuerzas hasta el marasmo no son de excluir. Así y con todo, decimos —incluso a quienes padecen depresión— que la dicha es un camino de conversión posible también en su caso.[10] Se trata, sin duda, de un camino arduo.[11]
Desde el primer momento se ha de tener conciencia de que el júbilo cristiano no es un entusiasmo febril, sino una tremenda práctica de la caridad. Ni la depresión ni ninguna otra enfermedad nos pueden privar del amor de Dios (cfr. Rm 8,5-39). Justamente la posesión de Dios es la fuente del verdadero gozo. Quede claro, desde ahora, que el camino de la alegría no consiste en estimular el sistema nervioso para producir la risa o moverse saltarinamente. Es algo más profundo, pero por eso mismo de mayor repercusión.
[1] Las ideas que vamos a exponer son patrimonio de toda la Iglesia y los santos las han repetido de distintas maneras. Entre ellos destaca san Francisco de Sales. He aquí algunas de sus expresiones: “Esforzaos por superar todos los estados de ánimo de melancolía y de pesimismo” (Obras completas, tomo XVI, p. 374); “Vivid con gozo en este divino Jesús, que es el rey de los ángeles y de los hombres” (idem, tomo XIII, p. 207); “Dios nos hace verdaderamente suyos, y encontraremos en ello una gran felicidad, mientras que todo lo demás no es sino vanidad y aflicción para el espíritu” (idem, tomo XVI, p. 358).
[2] San Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino (9-V-1975), nn. 22 y 46.
[3] Joseph-Marie Perrin, El evangelio de la alegría, 2a. ed., Madrid: Rialp, 1962, p. 191.
[4] San León Magno, “Sermón 1, en la Natividad del Señor”, n. 1.
[5] San Agustín, Confesiones, 10, 21, 31.
[6] Catecismo romano, I, 12, 2.
[7] Cfr. Manuel Conciencia, Vida admirable del glorioso taumaturgo de Roma [etc.] San Felipe Neri, 1a. pte., Madrid: Antonio Sanz, 1760, pp. 372-386.
[8] Cfr. San Juan Casiano, “Conferencia del abad Daniel”, cap. 2, Colaciones, Madrid: Rialp, 2019, p. 101.
[9] Cfr. San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo.
[10] El reconocido psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera dijo que el sufrimiento del deprimido es terrible e incomparable. Quien no lo ha padecido no tiene puntos de referencia. Hasta cierto punto la depresión-enfermedad es inexplicable. Esta enfermedad, en muchos casos, empuja al deprimido a atormentar a quien más los quiere, e incluso llegan a modos refinados de conseguirlo, por lo que es importante para los demás no dejarse esclavizar por el deprimido. Pese a ello, para quien ha comprendido que el gozo espiritual no es un estado anímico ni un vigor en la sensibilidad, la alegría se vive como donación, actos de amor al prójimo, aceptación de la propia condición; en suma, un acto de confianza en el poder de Dios. El deprimido ha de saber que está enfermo y no ve las cosas como son en realidad. Cfr. Juan Antonio Vallejo-Nájera, Ante la depresión, Madrid: Planeta, 1987.
Estar deprimido no es un pecado, es un padecimiento. Y como todo padecer, se sufre. Pero se puede sufrir con fe sobrenatural. En estos casos la alegría no consistirá en una sensación, sino —como es en sí misma— en una convicción. No es posible aquí dar pautas para los casos de depresión (que por lo demás son diferentes de uno a otro). Como advertimos en la introducción, nuestro texto se dirige a los casos más ordinarios. De todas formas, quede asentado que incluso en medio de la depresión es posible elegir la alegría interior como camino de conversión y de santidad.
[11] Casos de una profunda desolación experimentada largos años, pero misteriosamente compatible con el gozo interior los menciona Vital Lehodey, El santo abandono, Madrid: Rialp, 1996. Los citados son santa Juana Francisca de Chantal y san Alfonso Ma de Ligorio.
II Dios me ha creadopara ser feliz
¿Para qué nos creó Dios, sino para ser felices? Dios me ha creado para ser dichoso. Es una certeza de fe que acompaña mi propia experiencia. Siento en mi interior el anhelo de ser feliz. Y la fe me dice que es Dios mismo quien ha puesto en mí ese deseo.[1] “Dios es el Dios del amor y nos trajo a la existencia porque encuentra satisfacción en estar rodeado de criaturas felices: nos hizo inocentes, santos, rectos y felices”.[2] Estas palabras de san John Henry Newman continúan explicando que si Dios me hizo para ser feliz y yo me niego a serlo, en realidad estoy frustrando la vocación para la que fui creado. Más aún, es preciso recordar con santo Tomás de Aquino que Dios omnipotente en todo actúa con misericordia y bondad. Y por ello ejerce su misericordia sobre la criatura racional llamándola a la felicidad. Corresponde a la criatura racional ser feliz, “ya que la miseria se opone a la felicidad”.[3] Dios vence la miseria con la misericordia. Esta es una idea que requiere nuestra consideración y volveremos sobre ella más adelante. Por lo pronto es necesario captar que ser felices, estar alegres, corresponde al designio de Dios para cada uno de nosotros.[4]
Piensa por un momento en una madre o un padre. ¿Acaso les gusta que sus hijos estén tristes, enojados, cabizbajos todo el día y lamentándose de todo? Seguramente no. Pues a Dios, que es nuestro Padre, tampoco le gusta que sus hijos estén tristes. Tal es la convicción que debe acompañar nuestra vida espiritual. Así, san Claudio de la Colombiere imagina al hombre —con su pecado— diciéndole a Dios que no quiere ser feliz y Dios le contesta: “No puedo complacerte en ser miserable. Seré tan insistente contigo hasta que me complazcas. Tengo que hacerte feliz”.[5]
Cuando estamos tristes, no solamente estamos pasando un mal rato, sino que estamos echando a perder el plan de Dios para nosotros. Cuando me empeño en estar triste y enojado, además
