La Piedra Lunar - Wilkie Collins - E-Book

La Piedra Lunar E-Book

Wilkie Collins

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La Piedra Lunar, valiosa joya robada de un santuario hindú y de la que se cuentan toda clase de leyendas maléficas, llega a las manos de Raquel Verinder, heredera de un lord inglés, como regalo de cumpleaños, pero después de la cena de celebración con varios invitados la joya desaparece.
El sargento Cuff es el encargado de la investigación y deberá descubrir la verdad a través de las diferentes versiones de los hechos que ofrece cada uno de los personajes implicados.

Publicada por primera vez en 1868, "La Piedra Lunar" es un relato absorbente y apasionante que atrapa al lector desde la primera hasta la última página. No solo es la más prefecta novela policíaca escrita hasta la fecha, sino también un melodrama apasionante que ilumina los recovecos más íntimos de la naturaleza humana. Sin duda, Wilkie Collins puede ser considerado el padre del género de las novelas de detectives.

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Tabla de contenidos

LA PIEDRA LUNAR

Prefacio

Prólogo

LA TOMA DE SERINGAPATAM (1799) - I

II

III

IV

PRIMERA ÉPOCA - LA HISTORIA

PÉRDIDA DEL DIAMANTE (1848) - I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

SEGUNDA ÉPOCA - DESCUBRIMIENTO DE LA VERDAD (1848-1849)

PRIMERA NARRACIÓN - I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

SEGUNDA NARRACIÓN - I

II

III

TERCERA NARRACIÓN - I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

CUARTA NARRACIÓN - Fragmentos del Diario de Ezra Jennings

QUINTA NARRACIÓN - Retoma el hilo de la historia Franklin Blake

SEXTA NARRACIÓN - I

II

III

IV

V

SEPTIMA NARRACIÓN - De una carta escrita por Mr. Candy

OCTAVA NARRACIÓN - A cargo de Gabriel Betteredge

EPÍLOGO - I

II

III

Notas

LA PIEDRA LUNAR

Wilkie Collins

In memoriam matris

Prefacio

En alguna de mis novelas anteriores me propuse establecer la influencia ejercida por las circunstancias sobre el carácter. En la presente historia he invertido el proceso. Mi meta ha sido señalar aquí la influencia ejercida por el carácter sobre las circunstancias. La conducta seguida por una muchacha ante una emergencia insospechada constituye el cimiento sobre el que he levantado esta obra.

Idéntico propósito es el que me ha guiado en el manejo de los otros personajes que aparecen en estas páginas. El curso seguido por su pensamiento y su acción en medio de las circunstancias que los rodean resulta, tal como habría ocurrido muy probablemente en la vida real, unas veces correcto, otras equivocado.

Acertada o falsa su conducta, no dejan en ningún instante de regir la acción de aquellas partes del relato que les incumben a cada uno, frente a cualquier evento.

En lo que atañe al experimento psicológico que ocupa un lugar destacado en las últimas escenas de La Piedra Lunar he puesto allí, una vez más, en juego tales principios. Previa documentación efectuada no solo en los libros, sino también recogida de labios de vivientes autoridades en la materia respecto al probable desenlace que dicho experimento hubiera tenido en la realidad, he declinado echar mano del privilegio que todo novelista posee de imaginar lo que podría ocurrir, estructurando mi relato de manera de hacerlo surgir como una consecuencia de lo que en verdad hubiese ocurrido…, cosa que, me permito declarar ante el lector, acaece realmente en estas páginas.

En lo que concierne a la historia del Diamante, narrada aquí, debo reconocer que se halla basada, en sus detalles primordiales, en la historia de dos diamantes reales europeos. La magnífica piedra que adorna en su extremo el cetro imperial ruso fue anteriormente el ojo de un ídolo hindú. Del famoso Ko-i-Nur se sospecha que ha sido también una de las gemas sagradas de la India y, aun más, el origen de una predicción que amenazaba con segura desgracia a las personas que la desviaran de su uso ancestral.

Gloucester Place, Portman Square

Junio 30, 1868.

Prólogo

LA TOMA DE SERINGAPATAM (1799) - I

(Extracto de una carta familiar)

Dirijo estas líneas —escritas en la India— a mis parientes de Inglaterra.

Es mi propósito darles a conocer aquí las causas que me han inducido a rehusarle la mano fiel de mi amistad a mi primo John Herncastle. La reserva que hasta ahora he mantenido en torno a este asunto ha sido mal interpretada por algunos miembros de mi familia, cuya buena opinión respecto a mi persona no puedo consentir que se pierda. Ruégoles a los mismos que posterguen su decisión hasta después de haber leído mi relato. Y, bajo palabra de honor, declaro que lo que estoy a punto de trasladar al papel es estricta y literalmente la verdad.

La diferencia privada surgida entre mi primo y yo se originó durante un gran hecho público en el que ambos nos vimos implicados: el asalto a Seringapatam, bajo las órdenes del General Baird, hecho que tuvo lugar el día 4 de mayo de 1799.

A fin de tornar más comprensibles los sucesos, véome precisado a dirigir por un momento mi atención hacia el período inmediatamente anterior al ataque y hacia las historias que circulaban en nuestro campamento, relativas al oro y las joyas atesoradas en el palacio de Seringapatam.

II

Una de las más disparatadas era la que giraba en torno de un Diamante Amarillo, gema famosa en los anales nativos de la India.

La más antigua de las tradiciones conocidas afirmaba que había estado engastada en la frente de la deidad india de cuatro manos que simboliza la Luna. Debido en parte a su peculiar coloración y en parte a una superstición que la hacía partícipe de las cualidades del ídolo al cual servía de ornamento y a la circunstancia de que su brillo aumentaba o disminuía en potencia, según aumentara o disminuyera en intensidad el de la luna, recibió primitivamente el nombre con el cual aún hoy se la conoce en la India: la Piedra Lunar. Una superstición parecida predominó en la Grecia antigua y en Roma, aunque no vinculada como aquella de la India a un diamante consagrado al servicio de un dios, sino a una piedra semitransparente y perteneciente a una variedad inferior de gemas, que se suponía era sensible a las influencias de la Luna; la Luna, también en este caso, dio su nombre a la piedra, que sigue siendo llamada así por los coleccionistas de nuestro tiempo.

Las aventuras del Diamante Amarillo comienzan en el undécimo siglo de la Era Cristiana. Por ese entonces atravesó la India el conquistador mahometano Mahmoud de Ghizni; luego de apoderarse de la ciudad sagrada de Somnauth, despojó de sus tesoros al famoso templo que durante muchos siglos fuera el santuario de los peregrinos indostánicos y la maravilla del mundo oriental.

De todos los ídolos adorados en el templo, solo el dios lunar escapó a la rapacidad de los conquistadores mahometanos. Protegida por tres brahmanes, la deidad inviolada que lucía en su frente el Diamante Amarillo fue quitada de allí durante la noche y transportada a la segunda de las ciudades sagradas de la India: Benarés.

Allí, en un nuevo templo —y en un recinto incrustado de piedras preciosas y bajo un techo sostenido por pilares de oro—, fue colocado y adorado el dios lunar. Allí también, y en la noche del día en que se dio término a la elección del santuario, apareciose a los tres brahmanes, en sueño, Vichnú el Preservador.

Impregnó el dios con su aliento divino el diamante ubicado en la frente del ídolo. Y los tres brahmanes cayeron de hinojos ocultando sus rostros en sus túnicas.

Vichnú ordenó luego que la Piedra Lunar habría de ser vigilada desde entonces por tres sacerdotes que deberían turnarse día y noche, hasta la última generación de los hombres. Y los tres brahmanes escucharon su voz y acataron su voluntad con una reverencia. La deidad predijo una especie de desastre al presuntuoso mortal que posase sus manos en la gema sagrada y también a todos los de su casa y su sangre que la heredaran después de él. Y los brahmanes decidieron estampar la sentencia en letras de oro sobre las puertas del santuario.

Transcurrieron los siglos y, generación tras generación, los sucesores de los tres brahmanes mantuvieron su vigilancia sobre la inapreciable Piedra Lunar, durante el día y la noche. Las centurias fueron pasando hasta arribar a los primeros años del siglo XVIII de la Era Cristiana, que vio reinar a Aurengzeib, Emperador de los mogoles. Bajo su mando el estrago y la rapiña desatáronse nuevamente en los templos donde se adoraba a Brahma. El santuario del dios de las cuatro manos fue profanado, luego de haber sido muertos los animales sagrados; las imágenes de los dioses fueron despedazadas y la Piedra Lunar cayó en manos de un oficial de alta graduación del ejército de Aurengzeib.

No pudiendo recuperar su tesoro perdido mediante la lucha franca, los tres sacerdotes guardianes lo siguieron y continuaron vigilándolo a escondidas. Una tras otra fueron pasando las generaciones; el guerrero responsable del sacrilegio pereció de manera miserable; la Piedra Lunar fue deslizándose (con la maldición encima) de las manos de un infiel musulmán a las de otro; y siempre en medio de todas las vicisitudes, siguieron vigilándola, a la espera del día en que la voluntad de Vichnú el Preservador decidiera reintegrarles la gema sagrada. Pasaron los años, hasta llegar a las postrimerías del siglo decimoctavo de la Era Cristiana. El diamante cayó en poder de Tippo, Sultán de Seringapatam, quien ordenó que se lo colocara a manera de adorno en la empuñadura de su daga, disponiendo que la misma fuese depositada entre los más valiosos tesoros de su armería. Y aun allí, en el propio palacio del sultán, los tres sacerdotes guardianes prosiguieron velando en secreto. Había en la casa de Tippo tres oficiales extranjeros que se ganaron la confianza de su amo acatando o simulando acatar la fe musulmana, y los rumores decían que se trataba de los tres sacerdotes, disfrazados.

III

Esta es la fantástica historia que en torno a la Piedra Lunar circulaba en nuestro campamento. La misma no causó impresión alguna en ninguno de nosotros, excepto en mi primo, cuyo amor hacia lo maravilloso lo indujo a creerla. La noche anterior a la toma de Seringapatam irritose absurdamente conmigo y otras personas, porque tildamos a la cosa de mera fábula. Una estúpida reyerta originose en seguida, que sirvió para que el infortunado carácter de Herncastle pusiérase plenamente de manifiesto. Jactanciosamente afirmó que habríamos de verlo lucir el diamante en el dedo, si es que el ejército inglés tomaba Seringapatam. Esta salida fue saludada con grandes risas y así, según todos creímos esa noche, la cosa había ya terminado.

Permitidme ahora que os hable del día del ataque.

Mi primo y yo nos separamos al comienzo de la acción. No lo vi en ningún momento mientras vadeábamos el río, como tampoco cuando plantamos la bandera inglesa en la primera brecha abierta, ni cuando cruzamos posteriormente la zanja o luchamos pulgada tras pulgada hasta arribar finalmente a la ciudad. Fue recién hacia el crepúsculo, cuando el sitio ya era nuestro y el propio general Baird acababa de descubrir el cuerpo inerte de Tippo bajo un montón de cadáveres, que nos encontramos Herncastle y yo.

Integrábamos los dos una partida destacada por el general para evitar que el saqueo y la confusión siguieran a la conquista. Los hombres del campamento cometieron los más deplorables excesos; y lo que es peor todavía, hallaron los soldados la manera de introducirse, a través de una entrada desguarnecida, en el tesoro del palacio, del cual salían cargados de oro y joyas. Fue en el patio exterior, frente al tesoro, donde nos encontramos mi primo y yo, mientras tratábamos de imponer por la fuerza a nuestros soldados las leyes de la disciplina.

El fogoso temperamento de Herncastle, según pude claramente comprobarlo, se había ido exasperando poco a poco hasta llegar a una especie de frenesí, en medio de la terrible carnicería a través de la cual nos abriéramos camino. Se adaptaba muy mal, en mi opinión, para llevar a cabo la labor que se le encomendara.

En el tesoro advertí tumulto y confusión, aunque no violencia. Los hombres (si es que cabe hacer uso de tal expresión) se deshonraban alegremente. Toda suerte de bromas eran lanzadas de aquí para allá y devueltas de inmediato por quien las recibía; la historia del diamante surgió de pronto bajo una forma jocosa y traviesa. «¿Quién tiene la Piedra Lunar?», era el grito zumbón que, cada vez que el pillaje cesaba en un sitio, daba lugar a que se lo reanudara en otro. Mientras me hallaba yo infructuosamente empeñado en restablecer el orden, llegó a mis oídos un espantoso alarido proveniente del otro extremo del patio y hacia allí me dirigí a la carrera, temiendo que un nuevo saqueo se hubiera iniciado en aquella dirección.

Al llegar ante una puerta abierta, descubrí los cuerpos de dos hindúes (oficiales de palacio, conjeturé al mirarles las ropas) que yacían sin vida junto a la entrada.

Un grito proveniente del interior me hizo penetrar con premura en ese cuarto que, al parecer, era la armería. Un tercer hindú caía mortalmente herido en ese instante, a los pies de un hombre que me daba la espalda. Volviose este en cuanto entré y pude comprobar que se trataba de John Herncastle, quien sostenía una antorcha en una mano y una daga de la que se desprendían gotas de sangre en la otra. Una piedra que se hallaba engastada a la manera de un pomo en el extremo de la empuñadura resplandeció a la luz de la antorcha cuando aquel volvió como un lampo de fuego hacia mí. El hindú moribundo, hundiéndose a sus pies, señaló hacia la daga esgrimida por Herncastle y dijo en su lengua nativa:

—¡La Piedra Lunar habrá de tomar, sin embargo, su venganza sobre ti y los de tu sangre!

Dicho lo cual, quedó exánime sobre el piso.

Antes de que pudiera yo dilucidar esta cuestión, los hombres que me habían seguido a través del patio amontonáronse allí dentro. Mi primo se precipitó sobre ellos como un demente. «¡Despejad el cuarto —les gritó—, y pon tu guardia a la puerta!». Los hombres retrocedieron, al verlo arrojarse sobre ellos con su antorcha y su daga. Yo aposté dos centinelas de mi propia compañía, en quienes podía confiar, para guardar la entrada. Durante el resto de la noche no volví a ver a mi primo.

Ya en las primeras horas de la mañana y como el saqueo no cesara, el General Baird anunció públicamente, luego de un redoble de tambor, que cualquier ladrón descubierto en flagrante delito habría de ser colgado, fuera él quien fuese. El Capitán preboste se hizo cargo del asunto, para demostrar el celo con que encaraba al mismo General; y en medio de la multitud que asistió a escuchar esa proclama, nos volvimos a encontrar Herncastle y yo.

Alargándome su mano como de costumbre, me dijo:

—Buenos días.

Yo aguardé un momento, antes de alargarle la mía en retribución.

—Dime, antes —le dije—, cómo fue que murió el hindú de la armería y qué significado tienen esas últimas palabras que pronunció mientras indicaba la daga que tú tenías en la mano.

—Supongo que habrá muerto a causa de una herida mortal —dijo Herncastle—. En cuanto a lo que puedan significar sus últimas palabras, sé tanto a ese respecto como puedas saber tú.

Yo lo miré atentamente. Todo su frenesí de la víspera habíase desvanecido. Resolví ofrecerle otra oportunidad.

—¿Es eso todo lo que tienes que decirme? —le pregunté.

Y me respondió:

—Eso es todo.

Le volví entonces la espalda y no nos hemos vuelto a ver desde aquel día.

IV

Me permito aclarar que lo que narro aquí acerca de mi primo (a menos que una necesidad imprevista me obligue a hacerlo público) tiene solo por objeto informar a mis familiares. Nada me ha dicho Herncastle que pueda impulsarme a hablar del asunto con el comandante en jefe. Más de una vez ha sido vilipendiado a causa del diamante, por quienes recuerdan su colérico estallido de la víspera del ataque. Pero, como es fácil imaginar, el mero recuerdo de las circunstancias en las cuales lo sorprendí en la armería ha bastado para silenciarlo. Dícese ahora que anhela un traslado a otro regimiento, con el propósito, confesado por él, de hallarse lejos de mí.

Sea ello cierto o no, no consigo persuadirme de que tenga yo que trocarme en su acusador… Y creo que por muy buenas razones. De hacerse público el asunto, no me hallo en condiciones de exhibir otras pruebas que no sean las morales. No solamente carezco de pruebas en cuanto a la muerte de los dos hombres de la entrada, sino que tampoco podría afirmar que es él quien mató al tercer hombre que se hallaba en el interior…, ya que no podría afirmar que he visto con mis propios ojos cometer tales crímenes. Cierto es que escuché las palabras pronunciadas por el hindú moribundo, pero si se demostraba que estas no habían sido más que dislates proferidos en pleno delirio, ¿cómo lograría yo rebatir tal aserción con lo que sabía? Dejemos que nuestros parientes de cada rama se formen su propia opinión sobre lo que acabo de narrar y decidan por sí mismos si la aversión que me inspira este hombre se halla o no justificada.

A pesar de no darle crédito alguno a la fantástica leyenda hindú que se refiere a la gema, debo reconocer, antes de terminar, que me hallo influido por cierta superstición, respecto a este asunto. Tengo la convicción, o la ilusión, lo mismo da, de que el crimen encierra en sí mismo su propia fatalidad. No solo estoy persuadido de la culpabilidad de Herncastle, sino que soy tan audaz como para creer que vivirá lo suficiente para lamentar su delito, si es que insiste en conservar el diamante, y que habrá quienes también lamenten haberlo recibido de sus manos, si es que alguna vez decide desprenderse de él.

PRIMERA ÉPOCA - LA HISTORIA

PÉRDIDA DEL DIAMANTE (1848) - I

Los hechos, según Gabriel Betteredge, mayordomo al servicio de Lady Julia Verinder

En la primera parte de Robinsón Crusoe, página ciento veintisiete, pueden leerse las siguientes palabras:

«Ahora comprendo, aunque demasiado tarde, lo necio que es dar principio a una operación cualquiera, antes de calcular su costo y de pesar exactamente las fuerzas con que contamos para llevarla a cabo».

Solo fue ayer que abrí mi Robinsón Crusoe en esa página. Y solo esta mañana (veintiuno de mayo de mil ochocientos cincuenta) que llegó el sobrino de mi ama, Mr. Franklin Blake, quien sostuvo conmigo la siguiente conversación:

—Betteredge —dijo Mr. Franklin—, he ido a ver a mi abogado para tratar algunos asuntos de familia y, entre otras cosas, hablamos acerca de la pérdida del Diamante Hindú, acaecida hace dos años en la casa de mi tía de Yorkshire. El abogado opina, de acuerdo conmigo, que, en favor de la verdad, toda la historia debiera quedar registrada para siempre en el papel…, y cuanto más pronto mejor.

No percibiendo aún su intención y considerando que es siempre deseable, por amor a la paz y la tranquilidad, ponerse de parte del abogado, le manifesté que yo pensaba lo mismo. Mr. Franklin prosiguió:

—Este asunto del diamante —me dijo— ha dado ya lugar, como tú sabes, a que se sospechara de personas inocentes. Y la memoria de esos mismos inocentes habrá de verse perjudicada de aquí en adelante, debido a la falta de un registro de los hechos, al que puedan acudir quienes vengan después de nosotros. Me parece, Betteredge, que el abogado y yo hemos descubierto la mejor de las formas por utilizarse para narrar lo ocurrido.

Muy satisfactorio para ambos, sin duda. Pero no logré percibir hasta qué punto tenía yo algo que ver en el asunto.

—Hay varios hechos que deberán ser relatados —prosiguió Mr. Franklin—, y contamos con algunas personas que, implicadas en los mismos, se hallan en condiciones de referirlos. Partiendo de esta simple verdad, el abogado opina que cada uno de nosotros debiera intervenir por turno en la tarea de llevar al papel la historia de la Piedra Lunar… llegando cada cual hasta el límite que le marque su propia experiencia, pero no más allá. Habremos de dar comienzo a la tarea, estableciendo la forma en que el diamante vino a caer primeramente en las manos de mi tío Herncastle, mientras se hallaba sirviendo en la India, hace cincuenta años. Este relato preliminar se encuentra en mi poder bajo la forma de una carta de familia, donde aparecen los detalles requeridos, narrados con la autoridad de un testigo ocular. Luego habrá que explicar cómo fue que el diamante vino a dar en la casa de mi tía en Yorkshire, hace dos años, y cómo fue que se perdió poco más de doce horas más tarde. Ninguna persona se halla tan informada como tú, Betteredge, respecto a lo ocurrido por ese entonces en la casa. De modo, pues, que habrás de tomar la pluma para dar comienzo a la historia.

En estos términos fui informado respecto a la labor que me incumbía en la cuestión del diamante. Si desean ustedes conocer la conducta que seguí en tal emergencia, me permitiré hacerles saber que fue idéntica a la que ustedes hubieran probablemente seguido, de encontrarse en mi lugar. Declaré con modestia que me consideraba enteramente incapaz de llevar a cabo la tarea que se me imponía, aunque considerándome todo el tiempo lo suficientemente diestro para ejecutarla, siempre que les brindara una justa oportunidad de obrar a mis facultades. Creo que Mr. Franklin adivinó mis más íntimos deseos a través de mi rostro, pues, renunciando a creer en mi modestia, insistió en que les brindara esa justa oportunidad a mis facultades.

Dos horas han transcurrido desde la partida de Mr. Franklin. Tan pronto como me volvió la espalda, me dirigí hacia mi escritorio para dar comienzo a la historia. Ante él sigo sentado, impotente, desde entonces, pese a la destreza de mis facultades, percibiendo lo que Robinsón Crusoe percibió, según he dicho anteriormente, sobre lo necio que es empezar una operación cualquiera, antes de calcular su costo y de pesar exactamente las fuerzas que contamos para llevarla a cabo. Les ruego que recuerden que abrí ese libro, y en esa página por azar, solo el día anterior a aquel en que tan osadamente me comprometí a efectuar el trabajo que tengo ahora entre manos; y me permitiré aquí preguntarme si no es esto una profecía, ¿qué es entonces?

No soy supersticioso; he leído, en mis tiempos, muchos libros y soy un erudito a mi manera. Pese a haber llegado ya a los setenta años, poseo una memoria activa y unas piernas que armonizan con ella. No deben ustedes considerar mis palabras como si provinieran de una persona ignorante, cuando les diga que, en mi opinión, otro libro como ese que se denomina Robinsón Crusoe no ha sido ni podrá ser escrito jamás. He recurrido a él año tras año —generalmente en compañía de mi pipa llena de tabaco— y he encontrado siempre en él al amigo que necesitaba en todos los momentos críticos de mi vida. Cuando me hallo de mal humor, Robinsón Crusoe. Cuando necesito algún consejo, Robinsón Crusoe. En el pasado, cuando mi mujer me importunaba, y en el presente, cuando he bebido algún trago de más, Robinsón Crusoe. He desgastado seis recios Robinsones, luego de haberlos obligado a trabajar duramente a mi servicio. En ocasión de su último cumpleaños, recibí de manos del ama el séptimo. A causa de ello bebí un sorbo de más, y Robinsón Crusoe me devolvió el equilibrio. Su precio, cuatro chelines y seis peniques, encuadernado en azul, con un retrato, por añadidura.

No obstante, no creo que sea esta la mejor manera de dar comienzo a la historia del diamante, ¿no les parece? Siento como si estuviera errando extraviado y fuera en busca de Dios sabe qué y Dios sabe dónde. Con permiso de ustedes, tomaremos una nueva hoja de papel, y, luego de saludarlos con el mayor respeto, daremos comienzo de nuevo a esta labor.

II

Una o dos líneas antes he hablado acerca de mi ama. Ahora bien, jamás hubiera podido hallarse el diamante en la casa, que fue donde se perdió, si no hubiera llegado a ella en calidad de presente dirigido a la hija del ama; y la hija del ama, por su parte, no hubiese podido recibir jamás dicho presente, si no hubiera sido porque, con pena y trabajo, mi ama la hizo entrar en el mundo. En consecuencia, si comenzamos nuestra historia a partir del ama, tendremos que remontarnos bastante lejos en el pasado. Lo cual, permítanme que lo diga, es verdaderamente un cómodo comienzo, cuando tiene uno entre manos una labor como la mía.

Si saben ustedes algo respecto al mundo elegante, habrán oído hablar, sin duda, de las tres bellas Misses Herncastle: Miss Adelaida, Miss Carolina y Miss Julia, esta última, la más joven y bella de las tres hermanas, según mi opinión. Yo me hallaba en condiciones, como podrán comprobarlo ustedes más adelante, de actuar como juez en tal materia. Había entrado al servicio del viejo Lord, su padre (a Dios gracias nada tenemos que ver con él en este asunto del diamante; poseía la lengua más larga y el carácter más brusco que haya advertido yo jamás en hombre alguno de alta o baja condición, durante mi existencia); como les iba diciendo, había entrado yo al servicio del viejo Lord en calidad de paje de las tres honorables jóvenes, a la edad de quince años. Allí viví hasta el momento en que Miss Julia se desposó con el difunto Sir John Verinder. Hombre excelente, solo se hallaba necesitado de alguien que lo gobernase, y, aquí entre nosotros, les diré que dio con la persona que se encargó de tal cosa, y que, lo que es más curioso, prosperó a causa de ello, engordó, llevó una feliz existencia y murió sin contratiempo, todo esto desde el instante en que mi ama lo llevó a la iglesia para casarlo, hasta el momento en que, luego de recoger su último suspiro, le cerró para siempre los ojos.

He omitido dejar constancia aquí de que yo seguí a la novia para establecerme junto con ella en la casa y las tierras del novio.

—Sir John —dijo ella—, no puedo prescindir de Gabriel Betteredge.

—Señora mía —respondió Sir John—, yo tampoco podría prescindir de él.

Esta es la forma en que se conducía con ella…, y así fue como entré yo a su servicio. En lo que a mi respecta, érame indiferente ir a una u otra parte, con tal de hacerlo en compañía de mi ama.

Viendo que mi señora se interesaba por las faenas rurales, por las granjas y otras cosas por el estilo, me interesé yo también por ellas, tanto más cuanto que yo mismo era el séptimo hijo varón de un pequeño granjero. Mi ama me colocó bajo las órdenes del baile y yo cumplí al máximo; la dejé satisfecha, y logré ser ascendido en consecuencia. Algunos años más tarde, un día lunes, creo, mi ama dijo:

—Sir John, vuestro baile es un viejo estúpido. Otórgale una pensión liberal y designa a Gabriel Betteredge para que le reemplace.

El martes, por así decirlo, Sir John dijo:

—Señora mía, el baile ha sido pensionado generosamente y Gabriel Betteredge habrá de reemplazarlo.

Sin duda habrán ustedes oído hablar, hasta el cansancio, de matrimonios que llevan una vida miserable. He aquí un ejemplo opuesto. Que le sirva ello de advertencia a unos y de estimulante a otros. Mientras tanto, habré de proseguir con mi relato.

Y bien: allí, dirán ustedes, gozaría yo de todas las comodidades. Ocupando un puesto honorable y de confianza, con una pequeña choza para vivir en ella, empleando la mañana en las rondas por la heredad, la tarde para efectuar las cuentas y la noche con mi pipa y mi Robinsón Crusoe… ¿qué otra cosa me faltaba para ser enteramente feliz? Recuerden lo que Adán echó de menos en el Jardín del Edén, cuando se hallaba solo en él, y si después de hacerlo no encuentran reprobable su conducta, no me condenen tampoco a mí.

La mujer sobre la que se posaron mis ojos se hallaba a cargo de las labores domésticas de mi cabaña. Llamábase Celina Goby. En lo que se refiere a la elección de la esposa, soy de la misma opinión que el difunto William Cobbett: «Trata de dar con una que mastique bien su alimento y que plante firmemente sus pies en el suelo al caminar y todo irá bien». Celina Goby llenaba esas dos condiciones, lo cual fue un motivo para que me casara con ella. Hubo también otro que pesó por igual en mi decisión, pero este, es de mi propia cosecha. Siendo Celina soltera, tenía yo que pagarle cada semana por la comida y los servicios que me prestaba. Siendo mi esposa no podría cobrarme la pensión y tendría que servirme por nada. Esa fue la manera como encaré yo el asunto. Economía…, con una pizca de amor. Como impulsado por el deber, puse tal cosa en conocimiento del ama, utilizando las mismas palabras que había empleado conmigo mismo.

—He estado pensando una y otra vez en Celina Goby —le dije—, y he llegado a la conclusión, señora, de que me resultará más económico casarme con ella que tenerla de criada.

Mi ama soltó una carcajada y me dijo que no sabía de qué asombrarse más, si de mis palabras o de mis ideas. Algo jocoso debió advertir en lo que le dije, algo que solo las personas de calidad son, sin duda, capaces de advertir. Sin comprender por mi parte otra cosa, sino que me hallaba en entera libertad para exponerle el caso a Celina, hacia ella me dirigí y así lo hice. ¿Qué es lo que dijo Celina? ¡Dios mío!, ¡cuán poco deben ustedes conocer a las mujeres por hacer tal pregunta! Naturalmente, me respondió que sí.

A medida que se aproximaba la fecha establecida y hubo de hablarse de mi nueva levita para la ceremonia, entré en dudas. He comparado mis sensaciones de ese instante con lo experimentado por otros hombres que vivieron un momento tan interesante como el mío, y todos ellos han convenido en señalar que una semana antes de la ceremonia anhelaron íntimamente poder librarse de ella. En lo que a mí respecta, declaro que he ido un tanto más allá que cualquiera de ellos; me erguí, por así decirlo, realmente dispuesto a desembarazarme del asunto. ¡Pero no sin pensar en una compensación! Demasiado justo era yo en confiar que habría ella de dejarme ir por nada. Una ley inglesa establece que el hombre deberá indemnizar a la mujer toda vez que eluda el cumplimiento de la palabra empeñada.

Respetuoso de las leyes y después de darle vueltas al asunto minuciosamente en mi cabeza, le ofrecí a Celina Goby un colchón de plumas y cincuenta chelines, para librarme del compromiso. Indudablemente no querrán ustedes creerlo, pero se trata, sin embargo, de la verdad: ella fue tan tonta como para rehusarse.

Después de esto, naturalmente, di el asunto por terminado. Me procuré una nueva levita, tan barata como pude conseguirla, y afronté los otros gastos de la manera más módica posible. Formamos una pareja que no llegó a ser ni feliz, ni infortunada. Nos hallábamos constituidos, cada cual, por seis porciones de nosotros mismos y media docena de porciones del otro ser. A qué se debía ello no puedo explicármelo, pero lo cierto es que ambos parecíamos estar siempre, por algún motivo, cruzándonos en nuestros caminos. Cuando yo sentía necesidad de dirigirme escaleras arriba, he aquí que mi esposa descendía por ellas, o bien, cuando ella sentía necesidad de bajar, he aquí que yo ascendía. En eso consiste la vida matrimonial, según mi experiencia.

Luego de cinco años de malentendidos en torno a la escalera, le ruego a la Providencia, toda sabiduría, venir en nuestro auxilio para llevarse a mi esposa.

Me dejó como único hijo a mi pequeña Penélope, nada más que ella. Poco tiempo después falleció Sir John y no le quedó al ama otro hijo que la pequeña Miss Raquel, nada más que esta. Muy poco será lo que diga en favor de mi ama, si me obligan ustedes a decirles que la pequeña Penélope fue puesta bajo la cuidadosa vigilancia de sus buenos ojos, enviada a la escuela, instruida, convertida en una muchacha despierta, y promovida, cuando se halló en edad de desempeñarlo, al cargo de doncella de la propia Miss Raquel.

En cuanto a mí, proseguí cumpliendo mis funciones de baile, año tras año, hasta llegar a la Navidad de 1847, fecha en que se produjo un cambio en el curso de mi vida. En tal ocasión el ama se invitó sola a beber en privado conmigo un té en mi cabaña. Luego de hacerme notar que, comenzando la cuenta a partir del año en que me inicié como paje al servicio del viejo Lord, llevaba ya más de medio siglo a sus órdenes, colocó en mis manos un hermoso justillo, que había confeccionado ella misma, el cual tenía por objeto preservarme del frío durante las crudas jornadas del invierno.

Acogí el presente sin saber de qué términos valerme para agradecerle a mi señora el honor que acababa de dispensarme. Ante el mayor de los asombros resultó, sin embargo, que no se trataba de un honor, sino de un soborno. Antes de que yo mismo lo percibiera, el ama había descubierto que me estaba poniendo viejo y se había allegado, por eso, hasta mi cabaña, para arrancarme con zalemas (si se me permite la expresión) de las duras faenas que en mi carácter de baile cumplía al aire libre y ofrecerme el descansado cargo de mayordomo de la casa. Con todas mis fuerzas me opuse a ese descanso que consideraba indigno. Pero el ama conocía mi punto débil: le dio al asunto el carácter de un favor que le haría a ella. Esto puso término a la disputa, y mientras me restregaba los ojos, como un viejo tonto que era, con el flamante justillo de lana, le dije que habría de pensarlo.

Tan espantosamente confundido me hallaba por la materia puesta en discusión, al partir el ama, que hube de recurrir al remedio que nunca me ha fallado en los casos de duda y emergencia. Tras encender la pipa, le eché una ojeada a mi Robinsón Crusoe. No hacía aún cinco minutos que me hallaba enfrascado en la lectura de ese libro tan extraordinario, cuando di con este consolador fragmento (página ciento cincuenta y ocho): «Amamos hoy lo que odiaremos mañana». Inmediatamente se hizo la luz en mi cerebro. Hoy deseaba yo, con toda el alma, proseguir en mis funciones de baile de la granja; al día siguiente, de acuerdo con lo que opina esa autoridad que es Robinsón Crusoe, habría de pensar todo lo contrario. Me imaginaría, pues, ya en ese mañana y el problema se hallaría resuelto. Aliviado mi espíritu en esta forma, fuime a dormir esa noche en el carácter de baile de Lady Verinder y desperté a la mañana siguiente convertido en su mayordomo. ¡Todo se había solucionado y ello debido únicamente a Robinsón Crusoe!

Mi hija Penélope acaba de mirar por encima de mi hombro para ver hasta dónde he llegado en lo que escribo. Me hace notar que lo he expresado todo muy bellamente y que cada palabra constituye de por sí una verdad. Pero tiene algo que objetar. Manifiesta que lo que he escrito hasta ahora nada tiene que ver con el fin propuesto. Se me ha pedido la historia del diamante y en su lugar he estado narrando mi propia historia. Algo curioso, en verdad, y que no podría explicar. Me pregunto si esos caballeros que hacen un negocio y viven de los libros que escriben, hallan también que su persona se entremezcla con los asuntos que tratan, como me pasa a mí. Si es así, puedo hablar por ellos. Mientras tanto, he aquí otro falso comienzo y una nueva pérdida de buen papel de escribir. ¿Qué hacer, entonces? Que yo sepa, no otro cosa que permanecer ustedes en calma, y en cuanto a mí, dar comienzo al relato por tercera vez.

III

La cuestión de cómo dar comienzo a esta historia, he tratado de resolverla de dos maneras. La primera ha consistido en rascarme la cabeza, lo cual no me ha sido de ningún provecho. La segunda, en una consulta hecha a mi hija Penélope, cosa que ha dado lugar al surgimiento de una idea enteramente nueva.

Penélope opina que debiera yo ir registrando día por día y regularmente todos los acontecimientos producidos a partir de la fecha en que nos enteramos de la próxima visita a nuestra casa de Mr. Franklin Blake. Cuando ocurre que uno obliga a su memoria a fijarse de esta manera en determinada fecha, es maravilloso comprobar cuánto cosecha aquella, para nosotros, mediante esa compulsión. La única dificultad consiste en dar con las fechas en seguida. Penélope me ofrece su ayuda, recurriendo para ello al diario personal que le enseñaron a llevar en la escuela y que ha venido escribiendo desde entonces. En respuesta a una proposición mía que tiende a perfeccionar dicha idea y según la cual debiera ser ella la narradora, auxiliada por su diario, observa, con mirada violenta y la faz encendida que aquel no habrá de ser contemplado en la intimidad más que por sus ojos y que no habrá jamás criatura humana que llegue a saber lo que él encierra, fuera de ella misma. Cuando le pregunto qué es lo que eso significa, me responde Penélope: «¡Bagatelas!». Yo le digo entonces: «¡Amoríos!».

Comenzando, pues, sobre la base del plan de Penélope, permítaseme declarar que en la mañana del miércoles veinticuatro de mayo de 1848, fue requerida mi presencia en el aposento de mi ama.

—Gabriel —me dijo aquella—, he aquí una noticia que habrá de sorprenderte. Franklin Blake acaba de regresar del extranjero. Ha pasado un tiempo junto a su padre en Londres y arribará mañana aquí, donde permanecerá hasta el mes próximo, proponiéndose pasar a nuestro lado el día del cumpleaños de Raquel.

Si hubiese tenido en ese instante un sombrero en las manos, nada que no hubiera sido el respeto que le debía al ama hubiérame impedido arrojarlo hasta el techo. No había visto a Mr. Franklin desde el tiempo en que siendo él un muchacho, vivía con nosotros en esta misma casa. Era, fuera de toda duda (tal como lo veo ahora en el recuerdo), el más hermoso muchacho que hizo girar jamás una peonza o rompió alguna vez el cristal de una ventana. Miss Raquel, que se hallaba presente y a quien le hice notar ese detalle, observó a su vez que ella lo recordaba como al más atroz verdugo que jamás torturó a muñeca alguna y al más implacable cochero que haya dirigido nunca a una muchachita inglesa enjaezada con cuerdas.

—Ardo de indignación y me fatigo hasta el sufrimiento —resumió Miss Raquel—, cuando pienso en Franklin Blake.

Luego de oír esto preguntarán, sin duda, ustedes cómo fue que Mr. Franklin vivió todos esos años, los transcurridos desde que era muchacho hasta el día en que se trocó en un hombre, lejos de su patria. En respuesta a esa pregunta diré que se debió al hecho de que su padre tuvo la desgracia de ser el más próximo heredero de un Ducado y que nunca pudo demostrarlo.

En pocas palabras, así fue como ocurrieron las cosas:

La hermana mayor de mi ama se había desposado con el famoso Mr. Blake, célebre no solo por sus grandes riquezas, sino también por el litigio que mantenía ante los tribunales. Cuántos años fueron los que pasó molestando a la justicia de su país con el propósito de entrar en posesión del título de Duque y de ocupar el lugar del Duque; cuántas fueron las bolsas de abogados que llenó hasta reventar y cuántas fueron, también, las pobres gentes que intervinieron por su causa en disputas donde se trataba de probar si estaba en lo cierto o equivocado, sobrepasa en mucho cualquier cuenta que pueda yo intentar. Su esposa y dos de sus tres hijos habían ya muerto, cuando los tribunales decidieron enseñarle la puerta y se rehusaron a seguir recibiendo su dinero. Terminado el asunto y habiendo quedado el Duque usufructuario en posesión del título, Mr. Franklin descubrió entonces que la mejor manera de responderle a su patria por la forma en que esta lo había tratado, habría de ser privándola del honor de educar a su hijo.

—¿Cómo puedo confiar en nuestras instituciones —acostumbraba a decir—, luego de haberse conducido ellas conmigo de tal manera?

Si se añade a esto el desagrado que le producían a Mr. Blake los muchachos, en general, incluso el propio, tendrán ustedes que admitir que el asunto no podía terminar más que de una sola manera. El señorito Franklin nos fue quitado a nosotros, los ingleses, para ir enviado al país en cuyas instituciones podía su padre confiar: Alemania. En cuanto a Mr. Blake, debo deciros que permaneció cómodamente en Inglaterra, dispuesto a bregar en favor de la evolución de sus compatriotas desde el Parlamento y para dar a la publicidad una declaración relativa al Duque en posesión del título, la cual ha quedado inconclusa hasta nuestros días.

¡Por fin! ¡Gracias a Dios, ya hemos terminado! Ni ustedes ni yo tendremos que preocuparnos para nada, respecto a Mr. Blake, padre. Dejémoslo con su Ducado y retornemos al asunto del diamante.

Esto nos obliga a volver a Mr. Franklin, que fue el inocente intermediario a través del cual llegó la infortunada gema a la casa.

Nuestro bello muchacho no nos había olvidado durante su permanencia en el extranjero. Escribió de tanto en tanto; algunas veces a mi ama, otras a Miss Raquel y, en ciertas ocasiones, a mí. Antes de su partida realizamos una operación que consistió en el préstamo de un ovillo de cordel, de un cuchillo de cuatro hojas y de siete chelines y seis peniques en efectivo, de los cuales no supe más nada ni espero tener noticias jamás. Sus cartas se referían, sobre todo, a nuevos préstamos. Por intermedio del ama pude informarme, no obstante, de sus progresos en el extranjero, a medida que iba aumentando en años y en estatura. Luego de haber asimilado cuanto de bueno fueron capaces de enseñarle las instituciones alemanas, les dio una oportunidad a las francesas y más tarde a las italianas. Entre todos hicieron de él una especie de genio universal, hasta donde fui yo capaz de percibir. Escribía un poco, pintaba otro poco, cantaba, componía y ejecutaba también un poco, recibiendo prestado en todas esas ramas, según presumo, como había recibido aquel dinero de mi bolsillo. Al llegar a la edad correspondiente, vio llover sobre sí la fortuna de su madre (setecientas libras por año), la cual se escurrió a través de su mano como a través de una criba. Cuanto más era el dinero a su alcance, más necesitado se hallaba de él; existía en su bolsillo un agujero que no había manera de tapar. Dondequiera que fuese sus modales vivaces y espontáneos le ganaban todas las simpatías. Vivía ya en un lugar, ya en otro: en todas partes; su dirección (como acostumbraba a decir él mismo) era la siguiente: «Posta Restante. Europa; reténgase hasta que sea solicitada». En dos ocasiones se dispuso a regresar a Inglaterra para vernos, y en igual número de ocasiones (con perdón de ustedes) una mujer dudosa se cruzó en su camino impidiéndoselo. Su tercera tentativa, como ustedes ya saben, tuvo éxito, de acuerdo con lo que me acababa de comunicar el ama. El jueves 25 de mayo habríamos de comprobar por vez primera qué es lo que había hecho nuestro hermoso muchacho para trocarse en un hombre. Era de buena sangre, poseía un gran coraje y contaba veinticinco años de edad, según nuestros cálculos. Ahora, pues, saben ustedes tanto respecto a Mr. Blake como sabía yo… hasta el momento inmediatamente anterior a su regreso a nuestra casa.

El jueves fue un día de verano tan hermoso como jamás habrán tenido ustedes ocasión de vivir; el ama y Miss Raquel (que no aguardaban a Mr. Franklin sino para la hora del almuerzo) salieron en coche para asistir a un lunch con algunos amigos del vecindario.

Luego de su partida me dirigí hacia el dormitorio destinado al huésped, para comprobar si las cosas se hallaban ya dispuestas. Después, siendo como era a la vez mayordomo y despensero de la casa (por iniciativa propia, según creo, y porque me molestaba el hecho de que alguien que no fuera yo mismo se hallara en posesión de la llave de la bodega del difunto Sir John), después, como iba diciendo, subí algunas botellas de nuestro famoso clarete Latour y las expuse a la acción del cálido aire estival, para hacerle entrar en calor antes de la comida. Cuando, dispuesto yo también a exponerme a esa misma influencia del aire del verano —y luego de reflexionar que lo que es bueno para el clarete antiguo lo es también para un anciano—, me dirigía con mi silla colmenera a cuestas en dirección al patio trasero, fui detenido de improviso por el rumor de un tambor suavemente batido, que llegaba desde la terraza frontera de la residencia de mi señora.

Dando un rodeo avancé hacia allí y me encontré con tres hindúes de piel color caoba, que vestían túnicas y pantalones blancos de lino y se hallaban mirando hacia lo alto en dirección a la casa.

De sus hombros pendían, como pude advertirlo al contemplarlos de más cerca, unos tambores pequeños, en la parte delantera. Detrás de ellos veíase a un muchacho inglés de apariencia delicada y cabellos claros, sosteniendo un zurrón.

Yo pensé que se trataría de hechiceros ambulantes y que el muchacho sería el portador de sus instrumentos de trabajo. Uno de ellos, que hablaba inglés y que exhibió, debo reconocerlo, los modales más elegantes, me informó que estaba yo en lo cierto. Y solicitó permiso para demostrar sus habilidades ante la señora de la casa.

Ahora bien; yo no soy ningún viejo irascible. Me hallo generalmente bien dispuesto hacia toda clase de diversiones y soy la última persona del mundo que vaya a desconfiar de alguien por la mera razón de que la tonalidad de su piel sea un tanto más oscura que la mía. Pero aun los mejores tienen sus flaquezas, y la mía consiste en el hecho de que, cada vez que se halla fuera un cesto doméstico que contiene vajilla, sobre una mesa destinada a la comida, la presencia de un extranjero errante cuyos modales son superiores a los míos tiene la virtud de hacerme recordar dicho cesto. En consecuencia, le hice saber al hindú que el ama se hallaba ausente, previniéndole a él y a sus acompañantes que debían alejarse de la finca. En respuesta a mis palabras me hizo una elegante reverencia y alejose de allí junto con los otros. Por mi parte retorné a mi silla colmenera, que se hallaba en la parte del patio bañada por el sol y caí (si he de decir la verdad), no exactamente en el sueño, pero sí en el estado que más se le aproxima.

Fui despertado por mi hija Penélope, quien venía corriendo hacia mí, como si la casa se hallara presa del fuego. ¿Qué creen ustedes que la traía a mi lado? Pues el deseo de que hiciera arrestar inmediatamente a los tres nigromantes hindúes; sobre todo, porque sabían quién era la persona que vendría a visitarnos desde Londres y tenían la intención de inferirle algún daño a Mr. Franklin Blake.

Al oír este nombre me desperté. Abriendo los ojos le dije a mi hija que se explicara.

Al parecer, Penélope acababa de estar en el pabellón de guardia, donde habló con las hijas del guardián. Las dos muchachas habían visto salir a los hindúes seguidos por el muchachito, luego que yo les ordenara abandonar la casa. Habiéndoseles antojado a ambas que el muchacho era maltratado por los extranjeros —no sé por qué motivos, como no fuera por su aspecto hermoso y delicado—, deslizáronse luego a lo largo de la parte trasera del seto que separaba la casa del camino, para observar las maniobras efectuadas por aquellos, del otro lado del cerco. Dichas maniobras consistieron en la ejecución de las siguientes y asombrosas operaciones:

Primero habían mirado de arriba abajo el camino, para asegurarse de que se hallaban solos. Luego se volvieron los tres hacia la casa, dirigiéndole una dura mirada. Posteriormente cuchichearon y disputaron en su lengua nativa, mirándose entre sí como si se hallaran en la duda. Por último se volvieron hacia el muchacho inglés como esperando que él los ayudara. El cabecilla, que hablaba el inglés, dijo al muchacho:

—Extiende tu mano.

Al oír tan terribles palabras, mi hija Penélope me dijo que no sabía cómo su corazón no escapó de su pecho. Yo me dije a mí mismo que sería debido a su corsé. No le respondí, sin embargo, más que esto:

—Me haces poner la carne de gallina. ( Nota bene: a las mujeres les agradan estos pequeños cumplimientos).

Pues bien, cuando el hindú dijo: «Extiende tu mano», el muchacho retrocedió y sacudió negativamente la cabeza, respondiendo que no le agradaba tal cosa. El hindú le preguntó en seguida, no muy ásperamente, si le gustaría ser enviado de regreso a Londres y al lugar donde lo habían encontrado dormido en un cesto que se hallaba en un mercado… hambriento, haraposo y abandonado. Esto bastó, al parecer, para eliminar su resistencia. El pequeño alargó de mala gana su mano. El hindú extrajo entonces una botella de su pecho y vertió cierta cantidad de una sustancia negra como la tinta en la mano del muchacho. Luego de rozar con su mano la cabeza de este y hacer algunos signos por encima de ella, en el aire, dijo:

—Mira.

El muchacho se puso enteramente rígido y adquirió la apariencia de una estatua, con la vista clavada en la tinta vertida en el hueco de su mano.

(Hasta aquí todo esto no me pareció más que un simple juego de manos, acompañado de un estúpido despilfarro de tinta. Comenzaba a dormirme de nuevo, cuando las próximas palabras de Penélope vinieron a despertarme del todo).

Los hindúes miraron una vez más de arriba abajo el camino… Y entonces su jefe le dijo estas palabras al muchacho:

—Mira hacia los caballeros ingleses que regresan del extranjero.

El muchacho respondió:

—Estoy viéndolos.

El hindú dijo entonces:

—¿Será por el camino que se dirige a esta casa y no por otro por donde habrá de pasar hoy el caballero inglés?

Y el muchacho replicó:

—Será por el camino que se dirige a esta casa y no por otro por donde habrá de pasar hoy el caballero inglés.

El hindú hizo una segunda pregunta, luego de un breve intervalo.

—¿Vendrá el caballero inglés con eso? —dijo.

El muchacho respondió:

—No puedo afirmarlo.

El hindú le preguntó por qué.

Y el muchacho repuso:

—Estoy cansado. La niebla que rodea mi cabeza me confunde. No puedo ver más por hoy.

Con esto terminó el interrogatorio. El jefe hindú les dijo algo en su propia lengua a sus dos compañeros, señalando al muchacho y apuntando con su mano hacia la ciudad, en la que, como descubrimos más tarde, se alojaban todos ellos. Entonces, y luego de trazar nuevos signos sobre la cabeza del muchacho, sopló en la frente de este, que se despertó estremecido. En seguida reanudaron su marcha hacia la ciudad, y desde ese momento las muchachas no habían vuelto a verlos.

Según se dice, casi todos los hechos sugieren alguna moraleja solo que hace falta saber extraerla. ¿Cuál era la que se desprendía de lo antedicho? En mi opinión era la siguiente: primero, el jefe de los escamoteadores había oído hablar puertas afuera, a la servidumbre, respecto al arribo de Mr. Franklin, y descubrió la manera de hacer algún dinero a costa de ello. Segundo, tanto él como sus dos subalternos y el muchachito (con vistas a obtener esa pequeña ganancia a que nos hemos referido) se dispusieron a errar por allí hasta el momento del arribo de mi ama, con el propósito de retornar entonces y predecir, en forma mágica, la llegada de Mr. Franklin. Tercero, lo que Penélope había oído no era más que el ensayo de sus tretas, tal como cuando los actores ensayan una obra. Cuarto, haría yo bien en no perder de vista esa noche el cesto de la vajilla. Quinto, Penélope no podía hacer otra cosa mejor que apagar su vehemencia y dejarme a mí, su padre, que me adormeciera de nuevo bajo el sol.

Esto es lo que me parecía más conveniente. Si tienen ustedes alguna experiencia respecto a las jovencitas, no habrán de sorprenderse cuando les diga que Penélope no hizo nada de eso. Según ella, los hechos eran de mucha gravedad. Sobre todo me hizo reparar en la tercera pregunta hecha por el hindú: «¿Vendrá el caballero inglés con eso?».

—¡Oh, padre! —dijo Penélope, enlazando fuertemente sus manos—, ¡no te burles! ¿Qué significa eso?

—Se lo preguntaremos a Mr. Franklin, querida —le dije—, si es que puedes aguardar hasta su arribo.

Le guiñé un ojo, para demostrarle que tomaba la cosa en broma. Penélope la tomaba en serio. Su vehemencia me divertía.

—¿Qué diablos puede saber de esto Mr. Franklin? —inquirí.

—Pregúntale —dijo Penélope—. Y averigua si él, también, toma el asunto en broma.

Luego de este último disparo se alejó de mi lado.

Una vez que se hubo ido, decidí realmente interrogar a Mr. Franklin, sobre todo para tranquilizar a Penélope. Lo que hablamos ambos, luego de haberle hecho yo esa pregunta, habrán de hallarlo ustedes expuesto al detalle en el lugar pertinente. Pero, como no deseo despertar la expectativa de ustedes, para defraudarlos más tarde, permítome anticiparles desde ya —y antes de ir más lejos— que no habrán de hallar ustedes el menor asomo de broma en la conversación que sostuvimos en torno a los prestidigitadores. Con gran sorpresa advertí que Mr. Franklin, al igual que Penélope, tomaba el asunto en serio. Hasta qué punto lo hacía, podrán ustedes comprobarlo cuando les diga que «Eso», en su opinión, significaba la Piedra Lunar.

IV

En verdad, lamento mucho obligarlos a permanecer a mi lado y junto a mi silla. Un anciano que se halla adormecido en un soleado patio trasero nada tiene de interesante, lo reconozco. Pero las cosas habrán de ser puestas cada cual en su sitio, de acuerdo con lo realmente acaecido, y les ruego que prosigan andando a paso lento junto a mí, mientras aguardamos a Mr. Franklin, que arribará en las últimas horas del día.

Antes de haber tenido tiempo de amodorrarme de nuevo, luego de la partida de mi hija Penélope, fui perturbado por un rechinar de vajilla, proveniente de las dependencias de los criados, que vino a anunciarme que la cena se hallaba lista. Comiendo, como yo lo hacía en mi propia habitación, nada tenía que ver con la cena de la servidumbre, como no fuera desearles una buena digestión, antes de volver a apoltronarme en mi silla. Acababa de estirar mis piernas, cuando vi de pronto surgir ante mí a otra mujer. No era mi hija; se trataba, esta vez, de Nancy, la ayudante de cocina. Yo le cerraba el paso. Mientras me pedía que la dejara pasar pude observar que la expresión de su rostro era de mal humor…, cosa que, en mi carácter de jefe de la servidumbre, tenía por norma no dejar pasar jamás por alto.

—¿Por qué abandonas la mesa, Nancy? —le pregunté—. ¿Qué es lo que ocurre, ahora?

Nancy trató de abrirse paso sin responderme, ante lo cual me levanté yo y la tomé de una oreja. Es una muchacha rolliza y hermosa, y en cuanto a mí, tengo por costumbre proceder en esa forma, cada vez que deseo demostrarle a una muchacha que apruebo personalmente su conducta.

—¿Qué es lo que pasa ahora? —le volví a preguntar.

—Rosanna ha vuelto a retrasarse para la cena —dijo Nancy—. Y me han ordenado ir en su busca. Los trabajos más duros caen siempre sobre mis espaldas. ¡Déjeme pasar, Mr. Betteredge!

La persona que aquí se designa con el nombre de Rosanna era la segunda criada de la casa. Sintiendo hacia ella una especie de piedad (por qué, ya habrán de saberlo ustedes ahora) y presintiendo, a través de la expresión del rostro de Nancy, que esta habría de dirigirle palabras más duras que las que aconsejaban las circunstancias, ocurrióseme de pronto pensar que no tenía nada que hacer y que bien podía ir por Rosanna yo mismo, previniéndole que en el futuro debería ser más puntual, cosa que, estaba seguro, habría de acatar sumisamente, dicho por mis labios.

—¿Dónde está Rosanna? —inquirí.

—En la playa, naturalmente —dijo Nancy, sacudiendo la cabeza—. Esta mañana sufrió uno de sus acostumbrados desmayos y pidió que la dejaran salir para respirar un poco de aire fresco. Se me está acabando la paciencia.

—Vuelve a cenar, muchacha —le dije—. Yo, que soy paciente con ella, iré en su busca.

Nancy, que es de muy buen comer, se mostró complacida. Cuando así ocurre parece hermosa. Y cuando se me aparece hermosa tengo ya costumbre de pasarle la mano por debajo de la barbilla. No es un acto inmoral, sino una costumbre.

Pues bien, echando mano de mi bastón, me dirigí hacia las arenas.

¡No!, aún no es conveniente partir. Siento mucho verme obligado a detenerlos otra vez; pero es necesario, realmente, que escuchen ustedes la historia de Rosanna y las arenas, por la simple razón de que la historia del diamante se halla estrechamente vinculada con ambas. ¡Con cuánto esfuerzo trato de proseguir narrando sin detenerme en el trayecto, y cuán malamente llevo a cabo mi propósito! Pero ¡vaya!… Hombres y Cosas se mezclan en forma arbitraria en nuestra vida, reclamando todas, a la vez, nuestra atención. Seamos, pues, pacientes y breves; les prometo que muy pronto habremos de hallarnos sumergidos en pleno misterio.

Rosanna (para nombrar a la Persona antes que la Cosa, lo cual hacemos por mera cortesía) era la única criada nueva de la casa. Cerca de cuatro meses antes de la época a la que me estoy refiriendo, había ido mi ama a Londres a visitar un reformatorio, con el objeto de salvar a algunas mujeres y evitar que reincidieran en el mal camino, una vez que abandonaran la prisión. La directora, advirtiendo su interés, indicole una muchacha llamada Rosanna Spearman, narrándole, al mismo tiempo, una historia de lo más desdichada, que no me atrevo a repetir aquí, porque no deseo, como no desearán sin duda ustedes, pasar un mal momento, sin provecho alguno. En resumen, Rosanna Spearman había sido una ladrona, pero como no era de esa especie de ladrones que fundan compañías en las ciudades para hurtarles a millares de personas, en lugar de robarle a una sola, la ley dejó caer su garra sobre ella, y la cárcel y el reformatorio siguieron las directivas de la ley. La directora opinaba, pese a tales antecedentes, que la muchacha constituía una excepción entre miles de casos diversos y que solo necesitaba una oportunidad para mostrarse digna del interés de que la hiciera objeto cualquier mujer cristiana. Mi ama (que era una cristiana, si es que en verdad ha habido alguna vez alguien que lo fuera) replicó a la directora: «Rosanna Spearman contará con esa oportunidad bajo mi servicio». Una semana después ingresó como segunda doncella.

Exceptuándonos a Miss Raquel y a mí, a ninguna otra persona le fue revelada dicha historia. Mi ama, que me concedía siempre el honor de consultarme respecto a cualquier clase de asunto, lo hizo también esa vez en la cuestión de Rosanna. Y habiendo yo adquirido, en gran parte, la costumbre del difunto Sir John de asentir siempre a lo que ella decía, convine cordialmente con ella en todo lo que se vinculaba a la misma.

Jamás muchacha alguna contó con una oportunidad mejor que la que se le brindó a esta pobre muchacha. Ningún criado podía echarle en cara su pasado, porque ninguno de ellos lo conocía. Contó con un salario y gozó de los mismos privilegios que los demás; y de tanto en tanto recibía, en privado, alguna palabra de estímulo por boca de mi ama. En retribución, necesario es que lo diga, se mostró ella siempre digna del benévolo tratamiento que se le dispensaba. Aunque, lejos de ser fuerte, era víctima a menudo de esos desvanecimientos a que se ha hecho referencia, realizaba sus faenas con modestia y sin quejarse, efectuándolo todo cuidadosa y concienzudamente. Pero, fuera por lo que fuere, lo cierto es que jamás entabló amistad alguna con las otras criadas, exceptuando a mi hija Penélope quien, aunque no intimó nunca con ella, la trató siempre con benevolencia.

No puedo explicarme en qué forma pudo ofender la muchacha a las demás. No había en ella, ciertamente, belleza alguna que hubiera podido provocar su envidia; era, por otra parte, la más humilde de la casa, a lo cual se agregaba la desgracia de tener un hombro más grande que el otro. En mi opinión, las causas principales del resentimiento de sus compañeras eran, sobre todo, su mutismo y su soledad. Acostumbraba leer o trabajar en las horas libres, momentos que las demás dedicaban a las murmuraciones. Y cuando le correspondía salir, nueve de cada diez veces en que tal cosa ocurría, se colocaba en silencio su gorro y salía completamente sola. Jamás disputaba ni se ofendía por nada; solo mantenía cierta distancia, obstinada y cortésmente, entre sí misma y las otras. Añadíase a ello la circunstancia de que, simple como era, existía en su persona la pizca de un algo que no correspondía a una criada, y esa pizca la hacía asemejarse a una señora. Trascendía tal cosa de su voz, o quizá de su rostro. Lo que sí puedo asegurar es que las otras mujeres se lanzaron sobre esa peculiaridad suya como un rayo, desde el primer día en que se la vio en la casa, y dijeron, lo cual era de lo más injusto, que Rosanna Spearman se daba tono.

Habiendo narrado ya su historia, no me queda otra cosa por hacer que darles a conocer una de las tantas costumbres extrañas de esta rara muchacha, antes de proseguir con mi relato sobre lo ocurrido en las arenas. Nuestra finca se yergue bien hacia lo alto, en la costa de Yorkshire, próxima al mar. Y cuenta con muy hermosas sendas en todas direcciones, salvo en una. Esta, puedo asegurarles, es una senda horrible. Luego de surcar a través de un cuarto de milla una melancólica plantación de abetos, nos lleva hasta un lugar ceñido por dos bajos acantilados que se alzan sobre una pequeña bahía, la más solitaria y deprimente de toda la costa.

Las dunas se suceden allí cuesta abajo, en dirección al mar, y culminan en dos cabos rocosos y combados que surgen el uno frente al otro, hasta perderse en el mar. Uno de ellos recibe el nombre de Cabo Norte y el otro de Cabo Sur. Entre ambos, y fluctuando continuamente en ciertos períodos del año, extiéndese la más horrenda de las arenas movedizas de Yorkshire. Cuando retorna la marea, hay algo allí, en las remotas profundidades, que le transmite un temblor de lo más extraño a esa superficie arenosa, lo cual ha dado lugar a que las gentes de la región bautizaran al sitio con el nombre de las Arenas Temblonas. Un gran banco situado media milla más allá, próximo a la boca de la bahía, atempera la violencia de las aguas oceánicas que vienen desde mar afuera. En invierno y verano, cuando fluye la marea sobre las arenas movedizas, parece como si el mar, luego de abandonar allí sus olas, sobre el banco, se deslizase calmosamente, suspirando y cubriendo de silencio la costa. ¡Se trata, sin duda, del más horrible y solitario de los lugares! Ni un solo niño de nuestra aldea de pescadores, llamada Cobb’s Hole, viene a jugar aquí. Los mismos pájaros, creo, eluden a estas Arenas Temblonas. Que una muchacha ante cuya mirada se ofrecen por docenas los caminos más hermosos, y a quien no le habría de faltar compañía en cuanto le dijera a alguien: «¡Ven!», escoja este sitio para sentarse a trabajar en él o dedicarse, solitaria, a la lectura, cuando le corresponde salir, es algo, en verdad, extraordinario. Como quiera que sea, y tómenlo ustedes como quieran, lo cierto es que ese era el paseo favorito de Rosanna Spearman, si se exceptúan los viajes que realizaba de tanto en tanto, para ir a visitar a su única amiga residente en Cobb’s Hole, la persona más próxima a su vida. También es cierto que era ese el sitio hacia donde yo me dirigía con el propósito de hacerla regresar para la cena, lo cual nos retrotrae, felizmente, al punto de partida, impulsándonos otra vez hacia las arenas.

Ni un solo vestigio de su existencia advertí en el plantío. Cuando, después de trasponerlo, avancé por los médanos en dirección a la costa, pude verla con el pequeño sombrero de paja y la sencilla capa gris que usaba siempre para disimular, de la mejor manera posible, su hombro deforme. Allí estaba, solitaria, dirigiendo su vista, a través de las arenas movedizas, en dirección al mar.

Se estremeció al verme a su lado y volvió la cabeza hacia otra parte. Como por principio no podía yo, en mi carácter de jefe de la servidumbre, permitir que se rehusase mirarme a la cara, sin inquirir la causa, le hice volver el rostro hacia mí y comprobé que estaba llorando. Teniendo a mano mi pañuelo de hierbas —una de las seis maravillas que le debo al ama—, lo sustraje de mi bolsillo y le dije a Rosanna: