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¡Del hielo al fuego! Eleanore Harrington decidió aceptar una oferta de trabajo para crear un nuevo hotel de hielo y demostrar así su valía a su familia, pero para eso iba a tener que estar a las órdenes de Lukas Kuznetskov, un hombre tan frío e inflexible como el hielo con el que tenía que trabajar. Lukas creía que le iba a ser muy fácil convencer a Leonor para que lo ayudara, pero no tardó en entender que la atracción que había entre ellos podía hacer que se quemaran los dos y desviar su interés hacia un plano más personal que profesional. Y, cuando descubrió que el cuerpo de Leonor era tan puro como la nieve, el despiadado ruso no pudo seguir conteniéndose por más tiempo, tenía que hacerla suya.
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Seitenzahl: 242
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Harlequin Books S.A.
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La propuesta del ruso, n.º 118 - julio 2016
Título original: Russian’s Ruthless Demand
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8663-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
No te oigo bien, Petra. ¿Quién me has dicho que ha abandonado el proyecto?
Lukas Kuznetskov apretó el teléfono móvil contra la oreja para tratar de oír mejor a su asistente personal. Al parecer, el genio que había contratado para construir su hotel de hielo había tenido otra pataleta. Se había ido enfadado después de que Lukas cuestionara los últimos diseños que le había enseñado, no le gustaba que tratara de controlar lo que estaba haciendo. Según el diseñador, Lukas estaba sofocando su creatividad.
Maldijo entre dientes.
Había sido él mismo el que había tenido la idea de crear ese hotel. El aparejador al que había contratado solo había tenido que aportar sus conocimientos en los detalles técnicos y planificar la primera fase de la construcción. Solo quedaba un mes para la inauguración de lo que iba a ser uno de los proyectos más esperados del momento en Rusia y estaba cada vez más estresado.
–Pero ¿terminó al menos las habitaciones de los huéspedes tal y como le pedí? –preguntó él.
No pudo reprimir un gruñido cuando Petra le confirmó que no lo había hecho.
«Ese inútil, perezoso, si lo llego a saber…», se dijo mientras trataba de tranquilizarse.
Respiró profundamente y le dijo que él se encargaría de todo. Aunque la verdad era que ya tenía demasiada carga de trabajo como para tener que ocuparse de algo más.
–¿Problemas?
Hasta que no oyó esa voz, no recordó que había estado con el ingeniero aeronáutico cuando lo llamó Petra. Apartó la mirada de la bella costa adriática de Italia y echó un vistazo a los planos que tenía extendidos sobre la mesa. Habían estado revisando el diseño que Tomaso había hecho para construir un superpetrolero que iba ser capaz de llevar el doble de carga que cualquier otro en el mercado, además de desplazarse al doble de velocidad. Si conseguían hacerlo, iba a ser otro gran éxito para Lukas. Uno de los muchos que había conseguido durante los últimos años.
Tomaso Coraletti era lo más cercano a un amigo que Lukas se había permitido tener en su vida. El hombre, que era bastante más mayor que él, se acarició la barba mientras Lukas le contaba cómo iba su último proyecto.
–¿Te apetecen unos biscotti, Lukas?
Se dio la vuelta y dejó de fruncir el ceño al ver a la dulce esposa de Tomaso, Maria. No pudo evitar dedicarle una sonrisa. La mujer estaba de pie frente él con una bandeja de galletas recién hechas en sus manos. Tomaso alargó la mano y tomó una antes de que Lukas pudiera responder y ella le golpeó la mano a su marido.
–¿Qué haces? –regañó Maria a Tomaso–. Lukas aún está creciendo y lOs necesita más que tú.
Se echó a reír al oír el comentario de la mujer. Hacía mucho tiempo que había dejado de crecer y los dos lo sabían.
–Grazie mille, Maria –repuso tomando una de las galletas aunque no le apetecía.
–Son los mejores biscotti de toda Italia –presumió Tomaso–. Puede que llegues a tener la suerte algún día de poder disfrutar a menudo de galletas como estas. Si te portas bien.
Lukas se rio al oír el comentario de Tomaso. Lo había conocido desde que comenzara a trabajar por primera vez en un barco de contenedores. De hecho, había sido el propio Tomaso el que le había conseguido ese trabajo de grumete. Él había sido entonces el ingeniero del barco y había convencido a su hermano, el capitán, para que le diera a Lukas la oportunidad de trabajar allí.
Lukas había sido entonces un adolescente de dieciséis años que había estado viviendo en las calles de San Petersburgo. Pero él al menos había tenido ambición. Algo que Tomaso había podido ver en sus ojos cuando Lukas intervino para evitar que un grupo de buscavidas lo desplumara una noche o que llegara incluso a matarlo.
Pero a Lukas le había costado confiar en la buena voluntad de Tomaso desde el principio. Aunque la mayoría de los chicos de la calle se agrupaban por seguridad, incluso formando bandas para tratar de estar a salvo, Lukas siempre había vivido apartado de ellos. Había aprendido a una edad muy temprana que no le convenía depender de nadie.
Sus días de soledad habían comenzado cuando a los cinco años su madre lo metió en un tren de San Petersburgo a Moscú y le dijo que se reuniría allí con él. Entonces, había estado muerto de miedo y había sido lo suficientemente joven como para creer las palabras de su madre.
Había tardado otros cinco años en conseguir regresar a San Petersburgo para tratar de encontrarla, pero había sido un viaje en vano.
Se dio cuenta de que había entrado en una especie de estado de trance recordando el pasado y sacudió la cabeza. Sabía que no tenía sentido pensar en esas cosas. Acababa de enterarse de que el arquitecto había abandonado el proyecto, pero creía que había cosas peores y estaba convencido de que, al final, ese hotel iba a ser un éxito. Por muy difíciles que fueran las circunstancias, por muchos obstáculos que se le interpusieran en el camino, siempre conseguía triunfar. Era como un ave fénix que renacía una y otra vez de las cenizas.
–Tú sí que eres un hombre con suerte, Tomaso –repuso dándole una palmadita en el hombro.
Pero, en realidad, creía que él era el que tenía de verdad suerte. Era un hombre libre, no tenía que dar explicaciones a nadie y, si quería biscotti, podía acercarse a comprarlos a los grandes almacenes Harrod’s si estaba en Londres o a Gostiny Dvor si estaba en San Petersburgo. Aunque esos biscotti no iban a estar recién hechos y no serían tan sabrosos como los de Maria. Pero sabía que, si alguna vez le apetecían esos dulces italianos, podría conseguirlos. Después de todo, no eran más que galletas, aunque las de Maria fueran especiales.
La mujer de Tomaso le dio tres más y le dijo que trabajaba demasiado, que debía empezar a pensar en hacer bebés en vez de tantos buques. Estuvo a punto de echarse a reír al oírlo. Su última amante le había dicho lo mismo durante su última noche juntos, después de aceptar el collar de diamantes y el Porsche Carrera que él le había regalado.
–Creo que conozco a alguien… –murmuró Tomaso.
Las palabras del hombre le recordaron el problema que tenía en ese momento.
–¿Alguien que me haga biscotti?
–No –repuso Tomaso mirándolo con el ceño fruncido–. Los comentarios sobre bebés y tu vida sentimental son cosas de la mia moglie –añadió refiriéndose a su esposa–. Yo me refiero a alguien que te podría ayudar con tu hotel de hielo.
Lukas dejó las galletas a un lado.
–Tal y como estoy ahora mismo, contrataría a un personaje de dibujos animados si pensara que podría hacer el trabajo.
Tomaso se echó a reír.
–La persona en la que estoy pensando es real, no un personaje de dibujos animados, pero te puedo asegurar que es buena.
–¿En quién estás pensando?
–En una exalumna mía de Cornell e hija de Jonathan Harrington, un importante hotelero ya fallecido.
Lukas había oído hablar de él. Se había alojado en uno de sus hoteles una vez y no le había impresionado demasiado. No sabía nada de su familia, pero estaba seguro de que, como herederos del magnate hotelero, sus hijos llevarían una existencia superficial y mimada.
–Me suena el nombre.
–Eleanore es la menor de sus tres hijas y te aseguro que es una mujer con mucho talento –añadió Tomaso al oír algo de escepticismo en la voz de Lukas–. A mi entender, no le están sacando provecho a toda su capacidad con el puesto que tiene ahora mismo en la cadena Harrington.
–¿Trabaja para su familia? –preguntó Lukas.
Nunca le había gustado comprobar el nepotismo que había dentro de esas empresas familiares, donde la gente era contratada a dedo por ser hijos de los dueños y no por su valía.
–Sí, pero no creo que trabaje para ellos por nepotismo, si eso es lo que estás pensando –adivinó su amigo–. Desde que falleciera su padre, ha sido su hermana Isabelle la que ha estado dirigiendo la empresa y tengo entendido que es una mujer de armas tomar.
Lukas seguía sin estar convencido.
–Si no me crees, puedes comprobar por ti mismo su capacidad. Eleanore acaba de terminar un bar de hielo en Singapur. De hecho, la inauguración es mañana y estoy invitado. Pero, desde que la operaron, a Maria no le gusta viajar, así que no podremos ir.
Sus palabras despertaron por fin el interés de Lukas. Si esa mujer había diseñado un bar de hielo, entendería perfectamente el concepto de lo que quería montar él. Ya tenía casi terminada la estructura del edificio, solo necesitaba una persona para perfeccionar el diseño del hotel. Preferiblemente, una persona con experiencia en ese tipo de proyectos. Pensó que quizás esa mujer fuera justo lo que estaba buscando.
Además, respetaba la opinión de Tomaso más que la de nadie. Por eso, al día siguiente, y a pesar de tener aún algunas reservas en cuanto a su idoneidad, hizo un desvío en su viaje de regreso a San Petersburgo para pasar por Singapur.
Miró el dosier que había elaborado durante el viaje para conocer mejor a Eleanore Harrington. Se fijó en la foto. No era una belleza, pero no estaba mal. Tenía una piel clara y ojos marrones. En la fotografía mostraba una amplia sonrisa. Tenía el aspecto del tipo de mujer de la alta sociedad que organizaba fiestas y cenas en grandes casas y no el de la persona que se encargaba de diseñarlas. Ni alguien que fuera después a desnudarse y meterse en la cama de un hombre. En su propia cama, por ejemplo.
Frunció el ceño. No entendía lo que le estaba pasando ni por qué estaba pensando en algo así.
Creía que Eleanore Harrington no tenía nada de especial y él nunca mezclaba los negocios con el placer. Le parecía que no tenía sentido complicarse la vida en su terreno profesional ni tener que aguantar también allí las quejas de las mujeres con las que estaba.
Muchas lo habían acusado de ser demasiado frío, de no tener corazón, de que solo le preocupaba él mismo. Sabía que todas esas quejas tenían sentido y nunca les ocultaba cómo era en realidad a las mujeres con las que compartía su cama. El problema era que ellas sí le ocultaban cómo eran de verdad. Justo hasta el final, cuando terminaban por aceptar sus regalos y dirigían su interés hacia algún otro millonario.
Siguió leyendo el perfil de Eleanore Harrington. Había hecho estudios de arquitectura y de diseño de interiores en la universidad y había estado trabajando en la empresa de su familia desde el principio. En el apartado de intereses personales, decía que le gustaba leer, el arte, la historia y trabajar como voluntaria en un refugio de animales cerca de su casa.
«Fascinante», pensó Lukas con ironía. Creía que era una suerte que esa mujer no le interesara en absoluto porque estaba seguro de que conseguiría aburrirlo en cuestión de minutos.
–Hemos comenzado nuestro descenso a Singapur, señor Kuznetskov. ¿Quiere que le traiga algo más antes de aterrizar, señor? –le preguntó la azafata acercándose a él.
–Net –repuso mientras miraba por la ventana.
Se quedó mirando las luces brillantes de Singapur. Esperaba no estar perdiendo su tiempo con esa visita. Tenía un interés personal en conseguir que ese hotel de hielo fuera un éxito así que, si Eleanore Harrington era tan buena como le había asegurado Tomaso, estaba preparado para ofrecerle todo lo que ella quisiera para conseguir que se sumara a su proyecto.
Eleanore miró por enésima vez su reloj y giró en el taburete de la barra del bar para mirar la puerta. Se abrió de repente y, por un momento, se quedó sin aliento, pero vio que no era más que un grupo de jóvenes urbanitas de Singapur que parecían haber bebido más de la cuenta.
–¿Estás esperando a uno de tus amantes?
Eleanore hizo una mueca al oír la pregunta de Lulu y se volvió para mirarla. Se le fue automáticamente la vista a las mechas moradas que la camarera se acababa de hacer en el pelo. Era un color que destacaba más que ninguno con las luces estroboscópicas del bar de hielo.
Lulu era una de las mejores barman de la ciudad de Nueva York y también se había convertido en una amiga durante los últimos años, cuando empezó a trabajar en el Harrington. Eleanore la había invitado a la inauguración de su nuevo bar. Un local donde todo, la parte superior de la barra, las sillas, los taburetes, las paredes e incluso los vasos, estaba hecho de hielo y nieve compactada. Estaba siendo toda una sensación en la excitante ciudad de Singapur y creía que iba a ser un éxito, según le habían comentado los representantes de los medios de comunicación que habían estado allí esa noche para celebrar la apertura con deliciosos cócteles y aperitivos.
–No, a mis hermanas –repuso Eleanore con algo de tristeza.
Tanto Olivia como Isabelle le habían prometido que iban a estar allí para la gran noche de apertura y poder así celebrar con ella su éxito. Pero ya era casi medianoche y le estaba quedando bastante claro que ninguna de las dos iba a aparecer por allí. No le importaba tanto que no estuviera Olivia. Sabía que estaba muy ocupada con una nueva obra que estaba a punto de estrenar, pero Isabelle… Isabelle era la que tenía el poder de darle un ascenso para que pudiera, por fin, ser una parte integral de la compañía. Eso era lo más importante del mundo para ella. Llevaba toda la vida esforzándose y trabajando muy duro para lograrlo. Eso era lo que hacía que se levantara de la cama cada mañana. Había tenido la esperanza de que, cuando Isabelle viera el increíble trabajo que había hecho, se diera cuenta de que estaba echando a perder su talento haciendo que se dedicara únicamente a diseñar los cojines que tenían en los vestíbulos de sus hoteles o decidiendo la combinación de colores más adecuada para las habitaciones de los huéspedes. Sabía que podía aportar mucho más y quería que su hermana se diera cuenta.
Lulu puso frente a ella un cóctel de color rojo con un pequeño paraguas sobresaliendo de la parte superior y le dedicó una mirada que le dejó muy claro que la había decepcionado.
–Ya me temía que no sería un amante. Eso habría sido un sueño hecho realidad para mí, no debería haberme hecho ilusiones –le dijo Lulu–. A lo mejor deberías escribirlo en tu lista de objetivos para conseguir que ocurra.
Eleanore le hizo una mueca. Tenían ideas muy distintas sobre las prioridades que Eleanore debía tener en su vida y su amiga solía burlarse a menudo sobre las listas que hacía para organizar su día a día, pero era así como conseguía poner orden en su mundo y su vida sentimental no estaba entre los primeros puestos de esas listas, ni mucho menos.
–Ya te lo he dicho un montón de veces, no conviene mezclar el trabajo con los hombres. No quiero que nadie me eche en cara la cantidad de horas que dedico a mi trabajo ni puedo arriesgarme a estar con un hombre aburrido porque entonces pasaría más tiempo aún en mi despacho para no tener que verlo –le dijo a su amiga–. ¿Qué es esto que me has preparado? Después de la última que me hiciste, espero que esta no tenga mucho alcohol…
Sobre todo porque, en ese momento, no recordaba cuándo había comido por última vez.
Llevaba todo el día tan nerviosa que no le había entrado nada, se había mantenido en pie gracias a varios cafés. Suponía que por eso se sentía en ese instante tan agotada como llena de energía.
Lulu apoyó la cadera contra la barra y miró a su alrededor. Había sido una noche loca e intensa.
–A ese cóctel lo voy a llamar «No provoques al oso». Pruébalo y dime qué te parece –le dijo mientras limpiaba la barra de hielo–. No me malinterpretes, Eleanore. No te estoy diciendo que sientes la cabeza y tengas una relación formal –le aclaró mientras se estremecía ante un pensamiento tan horrible–. Pero te vendría tan bien disfrutar de una noche de sexo sin más, vivir la vida… ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?
–Creo que fue en mil novecientos sesenta y cinco –repuso Eleanore con seriedad.
Lulu se echó a reír y la señaló con el trapo con el que acababa de limpiar la barra.
–Me lo creo. De eso es exactamente de lo que te hablo, necesitas salir más –le aconsejó su amiga–. Bueno, ¿dónde están entonces tus queridas hermanas? ¿Por qué no están aquí?
Eleanore no era de naturaleza pesimista, pero sabía que era absurdo pensar que pudieran estar atrapadas en un atasco de tráfico o esperando en algún aeropuerto.
–Supongo que están muy ocupadas… –susurró dejando escapar un suspiro–. Me imagino que Olivia estará haciendo una audición para alguna obra y todo lo que está pasando con la cadena Chatsfield, que está tratando de hacerse con los Harrington, tiene a Isabelle muy estresada.
Se estremeció al imaginarse a su hermana discutiendo con el horrible y despiadado Spencer Chatsfield y se dio cuenta de que necesitaba ser un poco más comprensiva, pero la verdad era que ella había estado en casi todos los estrenos de Olivia y en cada acontecimiento relacionado con el puesto de Isabelle.
–Bueno, mejor así –le dijo Lulu con firmeza–. Así tienes más tiempo para jugar. Y estoy segura de que el sexo hará que te sientas mejor. Sin duda.
Eleanore levantó una ceja y vio el reflejo de su expresión en el espejo que había detrás de la barra. Pensó en mandarle un mensaje a Isabelle, pero cambió de idea. No sabía qué podía decirle. No podía contarle la verdad, que su ausencia había hecho que se sintiera muy decepcionada. Sabía que su hermana frunciría el ceño al leer su mensaje y le preguntaría que por qué se sentía así.
Pero siempre se había sentido como la oveja negra de la familia, siempre había cuestionado su lugar dentro de ella. Sabía que era algo que a Isabelle nunca se le ocurriría pensar. Era una mujer tan inteligente y exitosa… Y Olivia era muy guapa y tenía mucho talento. En cuanto a lo de que el sexo haría que se sintiera mejor… Puso los ojos en blanco ante la sugerencia de Lulu.
–También lo puedo conseguir con un baño caliente y con una tarrina grande de mi helado favorito –repuso Eleanore.
Lulu levantó las cejas al oír su respuesta.
–Pero ¿puede un baño hacer que tengas un increíble orgasmo y prepararte después una taza de chocolate caliente?
Eleanore tomó un sorbo de su cóctel.
–Si has encontrado a un hombre dispuesto a prepararte una taza de lo que sea después de acostarse contigo te sugiero que no lo sueltes. La mayoría de las historias que oigo tienen como protagonistas a mujeres insatisfechas que tienen que soportar que sus amantes se queden dormidos nada más hacer el amor. ¡Y sin orgasmo garantizado!
La verdad era que ella no tenía ninguna experiencia personal en ese terreno. No había tenido aún el momento, la oportunidad ni el deseo de acostarse con nadie.
–Hablando de orgasmos… –susurró de repente Lulu mientras apoyaba sus codos en la barra y se acercaba a ella–. Echa un vistazo al impresionante espécimen que acaba de entrar por la puerta. Un hombre de negocios solitario y muy atractivo en busca de alguien con quien pasar la noche…
–Lo más seguro es que esté casado –repuso Eleanore levantando la vista hacia el espejo.
Se encontró de repente con el reflejo de un hombre con rasgos de vikingo y el pelo rubio oscuro. Su elegante abrigo negro no conseguía ocultar lo anchos y poderosos que eran sus hombros. Era alto y rezumaba poder y autoridad con su mera presencia. Vio que escudriñaba el establecimiento como si estuviera a punto de exterminar a todos los presentes. Era además el hombre más atractivo que había visto en su vida. Pero entonces se fijó en sus ojos azules, que la observaban en ese momento, y se le cayó el alma a los pies.
Conocía a ese hombre.
–Creo que el bar de hielo está empezando a derretirse –murmuró Lulu mientras se abanicaba la cara con una de sus manos.
–No pierdas el tiempo mirándolo –le aconsejó a su amiga–. Es un verdadero imbécil.
–¿Lo conoces? –le preguntó Lulu claramente impresionada.
–He oído hablar de él.
Sabía que se trataba de Lukas Kuznetskov, un hombre de negocios multimillonario que guardaba celosamente su vida privada. Era venerado por sus éxitos y también por ser tan enigmático como implacable. Solo lo había visto en persona una vez, cuando acudió a un importante desfile de moda al que había conseguido ser invitada. De eso hacía ya un año. Si no recordaba mal, ese hombre había estado saliendo entonces con una de las modelos más conocidas del mundo. Recordaba haberlos visto paseándose por la fiesta como un par de pavos reales, compitiendo los dos por ser la criatura más bella del lugar.
–Es uno de esos tipos tan superficiales que son demasiado guapos y demasiado ricos para su propio bien –le dijo a Lulu.
–Si es bueno en la cama, no me importa que sea superficial. Y algo me dice que él lo es.
Eleanore levantó de nuevo la mirada y vio que la estaba observando. No pudo evitar sentir una extraña sensación atravesando su cuerpo de arriba abajo. Le costaba respirar con normalidad y decidió centrar de nuevo su atención en Lulu.
–Créeme, es tan engreído que estaría demasiado ocupado tratando de conseguir su propio placer como para preocuparse por ti. Y olvídate de que te prepare después un chocolate caliente. Seguro que saldría corriendo en cuanto terminara contigo.
Lulu la miró con algo de suspicacia.
–Veo que te has hecho una opinión de cómo es y eres bastante dura con ese hombre…
Eleanore sabía lo que estaba pensando Lulu. Creía que le gustaba, pero era todo lo contrario. No podría estar más equivocada. Recordaba perfectamente que hacía dos años, justo antes de que falleciera su padre, ese hombre se había alojado en uno de sus hoteles y había hecho un comentario tan despectivo sobre el sitio que la marca Harrington se había visto afectada durante meses por culpa de esa crítica.
–No es lo que piensas –le aseguró con firmeza Eleanore–. No soporto a ese hombre.
–Pues él parece que está muy interesado en ti porque no deja de mirarte –le susurró Lulu–. ¿A que no te atreves a coquetear con él? Te reto a que lo hagas.
–¡Por favor! –replicó Eleanore resoplando–. Es tan desagradable y engreído que preferiría coquetear con una serpiente.
–Espero que no se esté refiriendo a mí, señorita Harrington.
Se quedó sin aliento al darse cuenta de por qué Lulu llevaba unos segundos carraspeando para avisarla. Lukas Kuznetskov se había acercado a ella sin que fuera consciente de ello.
Levantó la vista y el corazón tembló en su pecho al ver su media sonrisa reflejada en el espejo. Estaba segura de que no se creía que hubiera podido estar hablando de él, solo estaba tratando de ser amable. Pero la verdad era que habría preferido que Kuznetskov no hubiera sabido quién era ella. Decidió pasar por alto la pregunta y mostrarle su sonrisa más profesional.
–Buenas noches. Bienvenido a Glaciers.
Era un saludo más automático que sincero, pero le pareció que él no se daba cuenta.
–Gracias –murmuró con su sensual voz–. He oído que ha diseñado usted misma este bar de hielo.
No era una pregunta, sino una declaración y Eleanore tuvo que centrarse para olvidar su aspecto y recordar en todo momento quién era ese hombre.
–Sí.
–Es espectacular. Felicidades.
La forma en la que le sostuvo la mirada hizo que se le acelerara el pulso. Él sí que era espectacular. Sus ojos eran tan azules como el cielo en verano. Se le fue la vista a su nariz recta, sus pómulos marcados y una mandíbula que parecía tallada en mármol.
«No, no es espectacular», se corrigió en silencio. Espectacular le parecía un adjetivo demasiado femenino para un hombre que desprendía tanto poder y autoridad, alguien con tanta seguridad y tan masculino. Aunque pensó que quizás solo pareciera fuerte y duro por la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda, era como si alguien se la hubiera hecho con un cuchillo.
–¿Le ha comido la lengua el gato?
Pensó que quizás hubiera sido una exnovia la que le había dejado esa cicatriz en la ceja.
Se dio cuenta al oír sus palabras que había estado estudiándolo sin decir nada. Se terminó el letal cóctel de Lulu antes de recomponerse y contestar.
–No, claro que no –repuso suavemente–. Pero la verdad es que ya me iba.
–Pero si acabo de llegar…
Se lo dijo como si a ella tuviera que preocuparle ese detalle.
–¿Quiere tomar algo, señor? –le preguntó Lulu con amabilidad al recién llegado.
Eleanore se preguntó si ese hombre habría llegado alguna vez a conocer a una mujer que no lo deseara. Con su atractivo y su cuenta bancaria, supuso que no le habría pasado.
–Un Stoli si lo tiene. Sin hielo –le dijo Lukas.
–Ahora mismo –respondió Lulu.
Eleanore tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco. Quería decirle a Lulu que se relajara, pero no era el momento de hacerle ningún tipo de comentario. Se conformó con tratar de encontrar una excusa educada para tratar de librarse de él.
–¿No va a tomarse otro?
Eleanore tardó un momento en darse cuenta de que Lukas le estaba hablando a ella. Negó con la cabeza tan rápidamente que sintió que se mareaba un poco. Creía que la culpa de todo la tenía ese condenado cóctel que había inventado Lulu.
–No, gracias.
Estaba a punto de bajarse del taburete de hielo cuando notó que se acercaba a ella. El asiento estaba cubierto con piel de oveja, pero tenía el trasero completamente entumecido.
Levantó la vista hacia él y tuvo de nuevo esa misma sensación tan extraña en su interior. No pudo evitar estremecerse y vio que Lukas fruncía el ceño.
–Tiene frío –le dijo él–. Debería llevar un abrigo. Aquí debemos de estar varios grados bajo cero. Su voz era un sensual murmullo y, antes de que Eleanore pudiera protestar, se quitó su pesado abrigo negro y se lo colocó sobre los hombros.
Por un momento se quedó paralizada, no se podía mover. La envolvió su aroma embriagador, masculino y especiado. Estaba casi sin aliento. No entendía lo que le estaba pasando. No era el tipo de mujer que se dejara engañar por un charlatán como ese. Supuso que la conversación que había tenido esa noche con Lulu sobre sexo y relaciones estaba consiguiendo que se sintiera diferente. Tampoco ayudaba que hubiera bebido varios cócteles.
Lukas Kuznetskov apoyó su codo sobre la barra y se le fueron los ojos a su camisa de algodón, que se amoldaba con perfección sobre su impresionante torso. Vio que tenía una cintura estrecha y que sus pantalones negros parecían estar hechos a medida. Bajó un poco más la vista. Llevaba unos zapatos negros relucientes. Tenía un aspecto cuidado y muy elegante.
Se dio cuenta de que había vuelto a hacerlo, lo estaba observando sin ocultar su interés. Cuando levantó de nuevo la mirada hacia él y sus ojos se encontraron, le alegró que la iluminación del bar fuera intermitente y cambiara de color. Esperaba poder ocultar así el rubor que sentía en sus mejillas. La música pop sonaba desde el moderno sistema de altavoces y se concentró en ella, tratando de ignorar al hombre que había conseguido hipnotizarla desde que entrara por la puerta.
Vio que Lukas le dedicaba media sonrisa y supuso que no había conseguido engañarlo. Ese gesto fue justo el empujón que había estado necesitando para reaccionar. Se quitó el abrigo y se lo devolvió. Como ella llevaba botas de tacón alto y él estaba medio apoyado en la barra, sus ojos estaban al mismo nivel que los de ella.
–No necesito esto –le dijo con firmeza.
Creía que lo que necesitaba era un golpe en la cabeza por haber reaccionado como lo había hecho.
Lukas entrecerró los ojos.
–No creo que ese vestido sea lo suficientemente abrigado como para que no tenga frío.
