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Es primavera y los habitantes del continente Circa se preparan para el terrible kain, un movimiento de tierra descomunal que reordena las regiones del mundo. Los cartógrafos enfrentan los peores terremotos de la historia y los Gobiernos se han alejado de las necesidades de la gente. Las esperanzas yacen en la vieja leyenda del reino perdido de Sara, que guarda el secreto para predecir los daines y descifrar el mayor misterio de la naturaleza: el ansia de poder de los humanos.
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Seitenzahl: 479
Veröffentlichungsjahr: 2021
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González Muñiz, Carlos La reina de Sara / Carlos González Muñiz. – México : SM, 2021Primera edición digital – Gran Angular
ISBN: 978-607-24-4390-7
1. Novela mexicana 2. Novela de ciencia ficción 3. Rebeliones – Literatura juvenil.
Dewey M863 G66
A Luciana, mi mapa luminoso
C. G. M.
Cuando caiga la tardey los árboles hablencon voces de viento.
Cuando caigan las hojasy, en ese momento,la luz de la Tierrase vuelva invisible.
Cuando caigan la vida y sus nombresy el cansancio se instalecomo un pájaro mudoen nuestros corazones.
¡Iremos a Sara!¡Iremos a Sara!¡Por fin nos iremosal Reino de Sara!
Canción popular extraída deLeyendas recobradas del reino perdidode Sara, de BATOLINA UM
kaín. Movimiento brusco y espontáneo de la corteza terrestre que ocurre dos veces al año. Como resultado de un kaín, todas las regiones cambian su ubicación geográfica, por lo que cada pueblo y ciudad tienen dos emplazamientos: uno en primavera y otro en otoño, los cuales suelen ser constantes.
kainón Nombre que se da a un kaín que sobrepasa los quince grados de intensidad. Son poco frecuentes. Como consecuencia de un kainón, una región cambia de una ubicación geográfica a otra inesperada. No es posible determinar dónde aparecerá una población después de un kainón.
moína. Espacio geográfico inmóvil que no es afectado por los desplazamientos provocados por los kaínes y los kainones. Las cuatro capitales del continente están construidas sobre moínas, por lo que siempre se encuentran en la misma localización.
HELIO VALIANO, Diccionario cartográfico escolar
PRIMERA PARTEEL KAÍN DE PRIMAVERA
EL CARTÓGRAFO DE TRISES
Horacio Sabino se asomó por la ventana, sintió el aire frío del sur y volvió a meter la cabeza en su habitación. Le costaba acostumbrarse a ese clima, húmedo por la cercanía del violento Mar de Suntaz, pero a merced de un sol quemante y un paisaje árido que le provocaban una profunda melancolía.
Durante años deseó estar lejos de casa y de las quejas de su madre. Sin embargo, ahora que estaba ahí, en la residencia oficial asignada por el alcalde, quería regresar en el tiempo y ser sólo un estudiante que caminaba sin rumbo por las frescas calles de Aldropo.
Nunca imaginó la ansiedad que le provocarían los preparativos para un simple kaín de primavera como cartógrafo asignado. Durante sus estudios, había calculado mil veces la hora, la intensidad, la dirección de los vientos, la posición del terreno, los anales de kaínes anteriores... Simples operaciones. Aunque, claro, esta vez se trataba de un kaín real y no de una simulación universitaria.
Antón Hernando, el antipático chofer autómata del alcalde de Trises, estaba frente a él, mirándolo con sus ojos vacíos y una luminiscencia rojiza, casi malvada. Tenía una leve hendidura en el lugar de la nariz y su cuerpo de metal, casi negro, cubierto con un traje de lino demasiado elegante, le daba el aspecto de un mafioso de Aldropo.
—El alcalde espera el informe del mediodía. No piensa tolerar una demora en este asunto —dijo Antón Hernando, con su voz monótona de robot, y se sentó en un sillón de terciopelo verde.
Apenas eran las diez con quince minutos. Horacio revisó sus papeles una vez más. Repasó las mediciones del terreno, las proyecciones topográficas, el conteo de movilidad de años anteriores y las frecuencias radiales de la actividad sísmica. Los mapas antiguos de Trises, como los de todo Beatris, no solían ser muy exactos. A diferencia de la insoportable exactitud de los cartógrafos de Senes, él tenía que llenar con suposiciones los vacíos de información, que eran muchos. A pesar de hacer los cálculos con cuidado, algo no cuadraba. Horacio suspiró y regresó a su escritorio, una gran mesa de madera apolillada en el centro de una habitación repleta de mapas enmarcados de Circa, el Continente Norte, y de los cuatro países que lo conformaban: Senes, Gambia, Lamaria y su propia nación, Beatris.
—Lo siento, Antón, el informe no está listo. Díselo al alcalde. Hay cosas de las que aún no estoy seguro. Tal vez tú puedas ayudarme —dijo Horacio, sorprendido por su propia petición, pues lo que menos deseaba era alargar la charla con aquel autómata desagradable.
—Yo sólo soy un mensajero. No cuento con información cartográfica ni tengo el remedio para la ineptitud humana.
—Me sorprendería que lo tuvieras, Antón, pero lo que necesito es algo muy simple. Dime, ¿cómo fue el kaín de primavera del año pasado?
—Como siempre.
La voz seca del autómata era un reflejo fiel de su composición contrahecha y malhumorada. Horacio asumió como una batalla propia el silencio de la habitación y esperó sin moverse. Entonces, el autómata cedió, consciente de que era necesario extender su respuesta para desencadenar nuevos eventos en la conversación.
—Fue más largo de lo usual. Duró aproximadamente dieciséis horas, aunque, como usted sabe, no hay forma de medir su duración exacta. Comenzó al anochecer, a las siete quince. Cuando terminó, los extensionistas no reportaron ningún kainón. Toda la provincia estaba en calma.
—Dieciséis horas... —Horacio comprobó el informe de Enkel, su antecesor en Trises—. Sí, yo leí lo mismo en el acta de la alcaldía, pero Enkel escribió con su propia letra que el kaín duró cinco horas más: veintiún horas y diecinueve minutos.
—Dicen que la duración de un kaín no puede ser mayor de veinte horas, ¿no? Ustedes los cartógrafos lo saben todo.
—¿Y tú qué crees?
—Yo me guardo mis opiniones —dijo Antón enigmáticamente, con el mejor estilo autómata.
—Como sea. El kaín más largo del que se tiene noticia ocurrió en Gambia, hace doscientos treinta años, y duró dieciocho horas y cuarenta y dos minutos. Incluso el profesor Um concordaba con esta teoría.
El autómata no agregó nada más. Horacio sospechó que no lo hizo porque, como solía suceder, la sola mención de Bartolomeo Um lo hacía parecer un loco. Un loco que creía en otro loco.
—Supongo que el alcalde decidió ajustar la medición de Enkel...
Horacio colocó la punta de su índice en el documento oficial de la alcaldía, firmado por Elio Galio y los concejales de Trises. No sería la primera vez que un político alteraba el informe de un cartógrafo.
—No quería que el país entero pensara que en Trises habíamos perdido la razón. El único loco era Enkel. Ya estaba viejo y ya no hacía bien su trabajo. —Antón concluyó la idea y caminó impaciente por la habitación de los mapas, inundada de una luz ambarina.
—Sin embargo... —dijo Horacio, mientras comenzaba a hacer de nuevo los cálculos, pero partiendo de la medición de Enkel y no de aquella impuesta por el Concejo.
Antón observó inmóvil a Horacio frente a la gran mesa, donde un mapa de Beatris y otros más de la provincia de Trises y de poblados cercanos estaban desordenados, estirados bajo el peso de los instrumentos de medición.
—¿Qué le digo al alcalde, señor Sabino? —dijo por última vez Antón, aunque conocía de antemano la respuesta. Horacio ya no lo escuchó, sumido como estaba en una oscura cadena de razonamientos—. Esto no le va a gustar nada al alcalde y, si me lo pregunta a mí, es una pésima forma de comenzar su primera asignación —remató el autómata, antes de mover sus pesadas piernas de acero hacia la puerta de madera que lo conduciría a las ajetreadas calles de la ciudad.
Tres horas más tarde, Horacio corría por el barrio industrial de Trises. La calle bajo sus pies estaba cubierta de adoquines cuadrados. Los autos y las carretas agrícolas de vapor pasaban frente a él sin cederle el paso.
En las calles asimétricas teñidas de gris, Horacio esquivó a los vendedores de partes mecánicas para los coches de vapor, a los niños que ofrecían dulces envueltos en papel dorado y a un hombre que, entre la multitud de viajeros y choferes, tocaba un instrumento parecido a una trompeta, el cual funcionaba con dos salidas de aire y, de cuando en cuando, lanzaba pequeñas virutas de vapor desde su intrincado mecanismo. Lo último que Horacio vio antes de torcer y meterse por callejuelas más angostas y menos transitadas fue a un diminuto hombrecillo de metal, sin ropa, maquillado como un payaso, que bailaba y recogía las monedas que le lanzaban. Era un viejo hapuyit y Horacio estaba seguro de que lo había seguido con la mirada inquisitiva y siniestra de esos antiguos autómatas, utilizados originalmente como juguetes para los niños.
Ninguno de los habitantes de Trises parecía especialmente preocupado por el kaín de ese día. En Aldropo, la ciudad natal de Horacio, el día de kaín era de fiesta. Había desfiles y las casas se adornaban con ramos de lilas y listones verdes. Sin embargo, Trises parecía una ciudad sin alma, con un denso y cansado corazón de humo.
Después de recorrer calles laberínticas, flanqueadas por edificios de muchos pisos y ventanas diminutas, o por fábricas cuyos muros desnudos sólo sugerían un interior inmenso y misterioso, Horacio divisó entre el aire sucio el Palacio de Gobierno: un recinto inmenso, perfectamente cuadrado, con ventanales largos enmarcados con metal negro. Ahí dentro lo esperaba el alcalde, y ahí mismo tendría éxito o fallaría en su primera prueba como cartógrafo asignado.
Al cruzar la puerta, sintió la frente sudorosa y se dio cuenta de que los papeles que apretaba con su mano estaban arrugados y habían recogido algo del hollín de las calles. No obstante, eso era lo menos importante en ese momento. La vida de mucha gente dependía de él. No iba a preocuparse por unos papeles sucios.
Subió por las escaleras centrales. Era la segunda vez que entraba a ese edificio. La primera fue cuando se presentó ante el alcalde y prestó su juramento solemne como funcionario y leal guardián de las tradiciones de los cartógrafos de Beatris. Las cosas se sentían muy distintas ahora; menos solemnes, mucho más urgentes.
Del techo altísimo del salón principal colgaban diez candelabros de gas. Horacio miró al piso mientras avanzaba, tratando de no correr. El mármol negro brillaba con el reflejo de las luces y vio, entre las vetas minerales, su propio rostro descompuesto, sin forma precisa. Como la primera vez, no encontró a nadie hasta que abrió el portón metálico que conducía al despacho del alcalde.
La secretaria lo miró a través de los cristales verdes de sus anteojos. Parecía más preocupada por el aspecto desaliñado del joven cartógrafo que por la forma en que siguió su camino, sin anunciarse, y se plantó frente al escritorio de Elio Galio. La secretaria trató de detenerlo cuando ya era muy tarde.
—¿Qué ocurrió con las formalidades de tu profesión, estimado Horacio? —preguntó Elio, apenas levantando la mirada del documento que leía antes de ser interrumpido.
—Lo siento, señor alcalde, pero creo que hoy ocurrirá algo muy grave.
Elio se quitó los lentes y se talló los ojos. Podríamos asumir que un alcalde está acostumbrado a escuchar esa clase de frases y a permanecer en calma frente a la irrupción de lo inaudito.
—Por favor, siéntate, explícame con la mayor claridad posible y, luego, yo decidiré si es algo muy grave o no.
Horacio recuperó el aliento, se acomodó en la silla, colocó los papeles frente a él y recorrió su frente con una mano temblorosa. Sólo en ese momento sintió el peso de la larga carrera desde su casa.
—Se trata del kaín...
—Todo está listo para el kaín de hoy, Horacio. Los refugios están acondicionados y las comunidades que viven en las afueras de la ciudad ya han abandonado sus tierras y están a salvo en los cuarteles de la policía.
—Lo sé. Yo mismo supervisé los preparativos, pero...
—¿Entonces? Sólo te he pedido una última tarea. Ya ha pasado el mediodía y no la has concluido. Antón me hizo saber que no le has dado el informe con las proyecciones horarias y eso es inaceptable.
Horacio se miró las manos. Apenas podía sostenerle la mirada al alcalde. ¿Por qué una situación tan grave y difícil recaía en sus hombros justo ahora? Apenas llevaba un mes en Trises. Hacía tan sólo siete semanas estaba en casa, celebrando su graduación con su madre y sus compañeros. Ahora debía comportarse como un adulto y asumir una responsabilidad que le quedaba demasiado grande.
—Esto no es un juego ni uno de tus exámenes de la Escuela de Cartografía. Espero que entiendas eso. Disculpa la franqueza, pero creo que no lo entiendes y que eres demasiado joven y torpe como para ser responsable de estas cuestiones.
Horacio no debía alargar más esa conversación.
—Aquí está el informe horario. Yo me hago responsable de su contenido —fue lo único que pudo decir, con una voz casi inaudible, mientras empujaba el informe hacia el alcalde.
—Esto no puede ser correcto —dijo Elio una vez que leyó el breve documento escrito y firmado por Horacio junto al sello azul del Taller de Oriente, la máxima autoridad cartográfica de Beatris.
—No me he equivocado —contestó Horacio con toda la firmeza de la que fue capaz.
—Te has basado en el cálculo de Enkel. Yo no aprobé su informe del anterior kaín de primavera y, por lo tanto, no puedo aprobar éste.
—Sólo con el cálculo de Enkel obtuve los números correctos, señor alcalde.
—¿Quieres decir que el año pasado tuvimos un kaín de más de veinte horas, es decir, el más largo en la historia reciente, y que al día siguiente salimos de los refugios y todo estaba intacto, como si no hubiera pasado nada? ¿Sabes que un kaín de más de dieciocho horas es catastrófico, sin importar su intensidad? ¿Estás seguro de haber estudiado en la Universidad Nacional de Beatris?
Se hizo un silencio en el despacho. El suelo brillante, los tapetes gruesos frente a la chimenea de ónix, los sillones de piel café lustrosa, los cristales del ventanal alargado... Todo parecía suspendido en un momento definitivo, en ese sueño inocente de las cosas sin vida. Horacio se movió en la silla, que parecía agrandarse para tragarlo como a un animal en una trampa en medio de un bosque tranquilo.
—Eso no lo puedo explicar, señor. No hay ningún registro que yo conozca de un kaín tan largo que no haya destruido regiones enteras. Sin embargo, no tengo otra opción que defender mis cálculos. Son correctos porque los cálculos de Enkel también fueron correctos, aunque usted decidió no creer en ellos.
Elio era un hombre paciente, de poca estatura, taciturno, con una barba cepillada y pulcra. Las mangas de su camisa blanca salían de un chaleco de lino con suma discreción. Sin embargo, la forma en que se puso de pie, lanzando hacia atrás su silla; el arrebato violento con que lanzó sus anteojos al escritorio, y la furia rojiza que le salpicó las mejillas también parecían naturales en él, como si otro hombre, irracional y violento, siempre estuviera agazapado ahí, en alguna parte.
—¡Sal de aquí ahora mismo!
Horacio no se movió y se hizo cargo de la tensión con todas sus energías. Era crucial no ceder.
Gumberto, un autómata recatado, alto y delgado, vestido con un traje negro de mayordomo, entreabrió la puerta y preguntó si todo estaba en orden. Recargado en su escritorio con ambas manos, con los brazos en una extensión rígida, el alcalde inhaló e hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. El autómata analizó la escena con sus ojos negros, sin brillo, y concluyó que el alcalde no corría ningún peligro.
—Entra, Gumberto. Dime algo... —El alcalde se dirigió al autómata con voz amable, aunque siempre seca. Había recobrado la calma.
—Lo que necesite, señor.
Gumberto se plantó como un soldado y esperó órdenes.
—Ustedes, los de su raza, son capaces de guardar mucha información en su procesador central, ¿cierto?
Gumberto no respondió de inmediato. Aunque Horacio no había tratado con muchos autómatas, pues no era usual verlos en el oeste de Beatris, sabía que eran reacios a hablar de sí mismos, de su procedencia y su funcionamiento. En otras latitudes, donde los autómatas, por lo general, no estaban sometidos a ninguna servidumbre, se consideraba extremadamente inapropiado hacerles preguntas personales. Sin embargo, estaban en Trises y ahí los autómatas tenían los mismos derechos que una pianola.
—Es cierto, señor —contestó Gumberto, quien permaneció inmóvil frente a los dos hombres.
—Y aunque rara vez lo compartan con nosotros, porque casi nunca tienen las mismas preocupaciones que los humanos, ¿es cierto que, para ustedes, los kaínes son sagrados? ¿Una especie de comunicación con su... dios?
Horacio estuvo a punto de protestar. La pregunta del alcalde era irrespetuosa. Miles de autómatas habían muerto durante los siglos anteriores sólo para mantener a salvo la información que el alcalde quería obtener en ese interrogatorio injusto que el amo hacía al siervo.
—Es cierto —fue lo único que dijo Gumberto.
—No tiene que obligarlo a hablar frente a mí, señor alcalde. Usted sabe perfectamente la respuesta a esas preguntas. ¿Por qué no me dice lo que quiere, sin rodeos y sin ofender a su autómata?
Horacio se había levantado de su silla y, sin pensarlo, se colocó entre Gumberto y el alcalde. Ya había cruzado el límite que él mismo se había impuesto. En cuanto el alcalde le exigió que se fuera de ahí, había terminado oficialmente su asignación. Por eso se atrevió a hablarle así.
Después del kaín de esa noche, volvería a casa, fracasado, a trabajar en la burocrática Oficina de Registros Cartográficos de por vida, si es que la Casa Cardinal le perdonaba ese desafío a su superior.
El alcalde volvió a sentarse. Había alterado lo suficiente el ánimo del muchacho y del autómata como para que él pudiera retomar el control de la situación.
—Dime, Gumberto, ¿tienes en tu memoria el registro de algún kaín de más de veinte horas de duración?
Gumberto pensó. Sus ojillos oscuros parecían vibrar mientras hurgaba en las profundidades de su memoria, compartida con sus semejantes, heredada de otros que vivieron antes que él.
—Sólo tres, señor, pero ocurrieron hace mucho tiempo, antes de que se fundaran los países, cuando el continente era un solo lugar bajo una misma ley.
—¿Y qué ocurrió con las ciudades y los pueblos después de esos prolongados kaínes?
—Muchas personas murieron y muchos sitios dejaron de existir, señor.
—¿En las tres ocasiones, Gumberto?
—Así es, señor.
—Puedes irte, Gumberto.
El autómata salió del recinto y el alcalde miró a Horacio con un gesto que le ordenaba sentarse de nuevo.
—Disculpa mi falta de delicadeza. Hace un momento perdí el control de mis emociones. No me sucede a menudo.
—Entiendo, señor. También me disculpo, pero eso no me hará cambiar de opinión.
—¿Crees que no pensé lo mismo que tú hace un año, cuando Enkel me presentó un informe descabellado? Predijo que el kaín duraría más de veinte horas y que pronto nos enfrentaríamos a un suceso cataclísmico. Tuve que hacer uso de mis facultades legales para desmentirlo. El Concejo revisó sus cálculos y estuvo de acuerdo. No somos cartógrafos, Horacio, pero sabemos distinguir la realidad de la fantasía. Enkel estaba equivocado. El kaín no duró veinte horas; llegó y se fue, y no ocurrió nada. Nuestro cartógrafo asignado perdió la confianza en sí mismo y en su trabajo. Meses después, murió. Te digo todo esto porque hoy he revivido esa misma discusión, aquí, contigo, y me enfurece que la historia no nos enseñe nada, que vivamos sin ningún propósito en un mundo mezquino cuyas leyes naturales son tan impredecibles y oscuras que nuestra razón es incapaz de dilucidarlas.
Elio hizo una pausa y se volvió a tallar los ojos. Los tenía húmedos e irritados. Su voz se aquietó, pero aún había un destello de furia en su mirada.
—En fin. No quiero que un joven cartógrafo como tú pierda la fe en su trabajo. Ya vi lo que una predicción equivocada le hizo a un viejo amigo. El pobre Enkel no merecía marchitarse como lo hizo. Olvida lo que dije hace un momento. No deseo que te vayas ni que dejes de ser el cartógrafo de Trises. Decidí darte otra oportunidad y pienso ser fiel a esa decisión. ¿Podemos seguir adelante? ¿Reconsiderarás el contenido de tu informe?
Horacio escuchó cada palabra y la sopesó con cuidado. De nuevo, se abrió la puerta. La secretaria de Elio le avisó que el Concejo estaba reunido y listo para la tradicional sesión previa al kaín, y que sólo esperaban al cartógrafo y al alcalde para iniciar. El alcalde lanzó una mirada comprensiva y suave al muchacho que se debatía frente a él. Sin embargo, Horacio sintió que la urgencia con la que lo obligaban a claudicar no era amable ni suave. Era impositiva y no le dejaba opciones.
Horacio consideró la posibilidad de que su informe estuviera totalmente equivocado y que sus cálculos fueran los atroces garabatos de un niño. Pensó en la vergüenza que sentiría frente a sus maestros, el consejo del Taller de Oriente y su familia. Quizá tendría que buscar otro camino, ser un simple granjero como su abuelo. El pesar lo llenó de pensamientos miserables y el futuro se le apareció como una suma de desgracias.
No quería desempeñar el papel de quien ha perdido su primera batalla, de quien vuelve derrotado sin haber conseguido nada más que deshonor. Sin embargo, ese sufrimiento era preferible a lo contrario: estar en lo correcto y no decirlo. En sus manos no quedaría la desaparición de pueblos y ciudades. Apenas había tiempo para avisar. Desde el momento en que atravesó corriendo las calles de Trises con las infortunadas noticias bajo el brazo, se dio cuenta de que había decidido defender sus cálculos a toda costa.
El alcalde se levantó y Gumberto entró de inmediato para ayudarle a ponerse un saco verde oscuro. El viejo político no dejaba de mirar a Horacio. Esperaba haberlo hecho dudar. El dilema era claro: elegir la locura de Enkel y perder su posición como cartógrafo de Trises, o consentir en una versión más creíble de su informe y conservar su trabajo. Más de uno hubiera optado por lo segundo.
—El Concejo tiene que saber lo que pienso, señor alcalde. Después podrán hacer conmigo lo que quieran.
Elio suspiró, rompió el contacto visual con Horacio y se dirigió a la puerta de la oficina, que Gumberto mantenía abierta.
—Entonces, vayamos. Nos esperan —respondió.
Sin lograr intuir qué pensaba o sentía el alcalde, Horacio tomó sus papeles y salió detrás de él.
La sala del Concejo de Trises era amplia y, al mismo tiempo, opresiva. Al no tener ventanas ni ninguna fuente de luz natural, su gran altura parecía poblada por sombras y malos presagios. En las paredes desnudas había cuadros al óleo de personajes que Horacio no conocía. De seguro eran notables de Trises y, a juzgar por la vestimenta exagerada de algunos, todos ellos habían pertenecido a la nobleza perdida de Senes. A Horacio no le gustaba esa sensación de desarraigo. Trises era una provincia de Beatris, no de Senes, y aunque en el pasado la situación de la ciudad hubiera sido distinta, ahora formaban parte de un Gobierno central que había logrado abolir las injusticias de la era del Imperio. No se trataba de simples adornos en una pared. La enorme muestra de arte real que se desplegaba frente a los ojos de Horacio era una prueba de lo lejos que estaba Trises del espíritu del país al que pertenecía, y también era una forma de decir: “Nosotros seguiremos siendo fieles a Senes, aunque los senesinos hayan impuesto la desigualdad como ley y el abuso como forma de gobierno”.
Los concejales los esperaban sentados en sillas altas y ridículas de madera y terciopelo, alrededor de una mesa ovalada. El alcalde tomó su sitio en la cabecera, pero no le ofreció a Horacio ningún lugar y él no lo pidió. Se quedó de pie, sujetando sus papeles como si fueran el último rastro de verdad que había en esa habitación. De algún modo, sostenía su ruina o su salvación en esos cálculos apresurados.
—Estimados miembros del Concejo —dijo Elio con voz solemne—, el cartógrafo asignado tiene noticias para nosotros. Le cederé la palabra ahora y les pido que luego deliberemos juntos sobre el tema. Horacio, repíteles lo que me dijiste.
Horacio tragó saliva. Los ojos de los señores de Trises lo estrujaban como en uno de esos abrazos de los que queremos liberarnos porque sabemos que pretenden dañarnos. Los concejales eran calvos, barbudos o ambas cosas. Parecían figuras talladas en marfil por un artesano sin imaginación. Sus miradas de burla o sospecha también eran iguales.
Cuando Horacio se animó a explicarles su teoría, titubeó al principio y pronunció mal conceptos que había repetido mil veces durante sus estudios. Con desesperación, buscó un asidero, un interlocutor que, al menos, fingiera estar escuchando con interés, pero estaba solo. Su voz, magnificada por el eco, parecía diluirse en las paredes, consciente de su insignificancia. No obstante, esa misma sensación que llega al final de todas las caídas, de todos los momentos difíciles, le permitió entender algo crucial: no tenía nada que perder. En ese sentido, era libre. A partir de esa claridad, se adueñó de su posición y sus palabras. No tenía nada más. Con esa seguridad recién recuperada, dijo:
—En resumen, señores concejales, los cálculos de Enkel fueron correctos hace un año. Sabemos que, por los movimientos de la tierra, los husos horarios se modifican ligeramente, los relojes sufren alteraciones magnéticas y nuestra percepción del tiempo se ve notoriamente afectada. Aunque aún no tenemos la tecnología para medir con exactitud la duración de un kaín, hace un año no contábamos con los datos que tengo hoy. Es simple: mis cálculos para el kaín de esta noche sólo son precisos cuando parto de las mediciones de Enkel; de otro modo, hay muchas variables que no puedo descifrar. Por lo tanto, recomiendo evacuar la ciudad y fortificar los refugios. El kaín de esta noche superará los once grados de intensidad; durará, al menos, diecinueve horas y comenzará a las siete treinta, quizá antes, y no a las diez de la noche. Debemos alertar a la población de inmediato. Eso es todo. Lo demás depende de ustedes.
El silencio en la sala fue interrumpido por murmullos e incipientes gestos de burla.
—Usted dice, señor cartógrafo, que hay variables que no puede descifrar —dijo el concejal más viejo—. Tal vez eso se deba a su falta de pericia o a su juventud, tan mala consejera en casi todos los asuntos. Francamente, señor alcalde, estábamos más seguros con el loco Enkel que con este muchacho.
Hubo risas, diplomáticas y contenidas, pero risas al fin. Horacio contuvo el aliento para no resoplar y esperó. Los concejales apenas comenzaban.
—Lo que usted nos pide es crear pánico entre la población, basándose en cálculos inciertos de un cartógrafo principiante y de otro demente, ¿no es verdad? —dijo otro de barba cana y con unos anteojos de vidrio azul.
—Enkel, senescal del Taller de Oriente, fue un gran maestro cartógrafo, señor, y yo me gradué con honores en la Universidad de Beatris. Yo diría que usted tiene el deber de acatar nuestra decisión.
Horacio dejó pasar el gesto duro del concejal, al que se le borró la sonrisa del rostro. Al menos, eso se sintió como un pequeño triunfo. Sin embargo, estaba concentrado en conservar el aplomo, así que su estrategia fue ignorar los detalles, los gestos y los sutiles movimientos de desaprobación, y sólo escuchar, contestar y llegar al final de esa pesadilla sin desmayarse.
—Veo que nuestro cartógrafo tiene carácter —dijo el último de la mesa, un hombre calvo con un injerto metálico en la sien que le ayudaba a ver y escuchar mejor—. Aunque lo celebro, las razones que ofrece me parecen insuficientes para declarar un estado de emergencia. En este continente, las tierras cambian de sitio con una regularidad predecible y cuantificable desde hace siglos. ¿Usted cree, señor cartógrafo, que de un día para otro cambiarán las reglas que rigen al kaín? ¿No se trata de una forma de llamar la atención y consolidar su posición ante el alcalde?
—No, señor concejal. Si hoy me equivoco en mis cálculos, mañana haré mis maletas y regresaré a casa de mi madre, en Aldropo. Mi carrera terminará antes de haber empezado. Yo habré fallado, pero usted seguirá siendo concejal, así que no veo ningún beneficio para mí en el riesgo que tomo ahora. Y no, señor, las reglas del kaín no son absolutas. Hay cientos de estudios sobre el tema. Hemos vivido durante muchos años en un periodo de relativa calma, pero nada nos indica que durará por siempre.
—Ni lo contrario —interrumpió el alcalde—. Los concejales ya escucharon al cartógrafo asignado. Ahora, debemos tomar una decisión.
Horacio salió de la sala con la certeza de que ése sería su primer y último kaín, de primavera y de cualquier otra estación. Sin embargo, algo había logrado: ya no sentía miedo de esos señores ni de sus propios razonamientos. Sentía en el cuerpo algo brillante y sutil.
Antón Hernando, el chofer del alcalde, se acercó a la antesala del Concejo. El autómata fumaba una extraña pipa de gas. Pasó delante de Horacio y se detuvo.
—¿Es su primer Concejo? Doce humanos imbéciles tratando de guardar las formas, ¿no le parece?
Horacio sonrió. La amargura del autómata le pareció divertida.
—Pero usted tiene razón, muchacho. Esta noche hay que cuidarse —le dijo y siguió su camino, dejando una humareda aceitosa que reconfortó el corazón de Horacio.
Pocos minutos después, se abrió la puerta y lo llamaron de nuevo al Concejo, así que no tuvo tiempo de preguntarse cómo sabía Antón Hernando lo que ocurriría más tarde.
Entró y escuchó el veredicto de pie, sin inmutarse.
—Nos has puesto en una situación muy difícil —dijo el alcalde—, porque, si estás equivocado, te pediré tu renuncia irrevocable y hablaré mal de ti en todas las esferas en las que tengo influencia. En ese sentido, no perderé nada, sólo me habré deshecho de un funcionario incompetente.
Hizo una pausa. Horacio perdió de golpe toda la confianza que había ganado en los minutos anteriores. El alcalde tenía razón. Él tampoco tenía nada que perder.
—No obstante, si tienes razón, mucha gente morirá o sufrirá pérdidas irremediables, y seré yo quien pierda su sitio en la historia de esta ciudad. Seremos todos nosotros. Quedará constancia de que fuimos advertidos y decidimos no escucharte.
Los concejales miraban desencajados al alcalde. Arriesgaban más su cabeza si decidían que Horacio, al igual que Enkel, era víctima de una especie de demencia contagiosa, una enfermedad mental exclusiva de los cartógrafos. Además, aceptar su informe también implicaba admitir que, un año antes, se habían equivocado y habían puesto en un grave riesgo a la gente. Nunca lo reconocerían en público, pero no estaban dispuestos a arriesgarse de nuevo.
—Por lo tanto, declararemos el estado de emergencia y enviaremos telegramas con tus extraños cálculos a todo Beatris. Si otras ciudades deciden seguir tu consejo y prepararse para un cataclismo, haremos todos juntos el mayor ridículo de la historia gracias a ti, Horacio. Ahora puedes retirarte.
Horacio salió de la sala con un amargo sentimiento de victoria. Al final, su deber como cartógrafo asignado era guiar a los gobernantes para tomar decisiones, y eso había hecho. ¿Era verdad que, en apenas unas horas, el continente entero se voltearía de cabeza? Prefería mil veces equivocarse, aunque su orgullo le dijera otra cosa. “Ojalá el kaín sea como lo predije”, pensó. Sin embargo, reconoció de inmediato que esa frase equivalía a desear la desgracia de muchos.
Salió de la alcaldía y se encaminó hacia su casa. Sólo los autómatas comenzaban a otear el cielo, buscando alguna señal de lo que venía. Los vendedores ofrecían chatarra y los bufones de metal seguían tocando su música retorcida para ganar unos pocos sólidos. Con suerte, juntarían lo equivalente a un áureo al terminar el día, si es que terminaba.
Entró en su despacho y se resguardó entre sus papeles. Repasó los cálculos de Enkel y los que él mismo había hecho. Eran todo lo precisos que podían ser. Se quedó pensando en la locura y en los miles de formas en que un simple ser humano puede perder la razón. ¿No sería ésa una manera de comprender el azar de la Tierra y las formas de la divinidad?
Vladost, su sirviente, le llevó algo de comer cuando el reloj de la plaza principal marcó las cinco. El robot, seco y serio como siempre, apenas intercambió unas palabras con él. A las cinco quince, los altavoces de la alcaldía sonaron. Los gendarmes, tanto los autómatas como los humanos, llevaron a la gente a los refugios. Hubo reclamos. Muchas personas se resistían a dejar sus actividades tan temprano. Todos se consideraban expertos en kaínes y nunca, desde su infancia, habían tenido que encerrarse en un refugio con tanta anticipación ni proteger sus cosas con tanto esmero. Sin embargo, el alcalde probó ser implacable en sus medidas de seguridad. A las seis veinte, la ciudad estaba desierta. Sólo algunos autómatas patrullaban en busca de ciudadanos rebeldes.
Como era habitual, en cuanto se sintió el primer temblor y la brisa se cargó de pequeños remolinos de tierra, los autómatas entraron en un estado de hibernación. La casa de Horacio estaba construida especialmente para resistir grandes calamidades, pues era su deber observar y vigilar, tanto como pudiera, antes de rendirse ante el arrullo de la tierra y el agotamiento.
Intentó penetrar el misterio del kaín que ya comenzaba, de una sola vez, surcando con sus ojos agudos el huracán violento que, pasadas las siete, cubrió la ciudad. Cuando un intenso movimiento de tierra lo tiró al piso y el endeble edificio de piedra que estaba en su misma calle se derrumbó con un estruendo de rocas y polvo, Horacio supo que no se había equivocado. Había conservado su trabajo, pero sólo con la devastación del siguiente día sabría cuál sería el precio.
El hombre despertó en un trigal, bajo la luz crepuscular de un pequeño sol anaranjado. Los surcos del terreno se extendían sobre el paisaje inmenso y plano. Intentó levantarse, pero sus manos se hundieron entre terrones suaves y raíces revueltas.
Alguien, muy cerca de él, trabajaba con un arado de metal. Empujaba laboriosamente el pesado armatoste que pretendía rasgar el suelo. El campesino llevaba un sombrero de palma raído que proyectaba una densa sombra sobre su cara. Aun así, logró ver dos ojos, brillantes como dos luces encendidas en la oscuridad. Dos luces antinaturales.
El campesino se quitó el sombrero, se recargó en el arado y una columna de humo negro subió desde sus sienes al aire. Iluminado por la luz melancólica de la tarde, el hombre pudo ver que se trataba de un rostro de metal, sin nariz. La mandíbula de acero estaba unida al resto de la cara con engranes y un tornillo grueso que le permitían abrir y cerrar la boca.
El autómata parecía perdido en sus pensamientos, atento sólo al murmullo de los hierbajos mecidos por el viento y al canto austero de los grillos.
El hombre, aún sentado sobre la tierra, retrocedió arrastrándose. No quería ser visto, pero alrededor no había nada, ningún lugar donde esconderse, sólo el interminable sembradío. Las primeras estrellas de la noche también formaban parte de ese paisaje silencioso.
“Debo levantarme y huir de esa cosa”, pensó. Sin embargo, en ese momento, el autómata alzó la cabeza hacia el cielo, se agachó para colocar sus extrañas manos mecánicas sobre la tierra, miró directamente al hombre y le ordenó con una voz terrosa y grave:
—¡Corre!
El autómata se puso de pie y se quedó inmóvil, mirando al horizonte. Al principio, no parecía haber más que sembradíos y, más allá, una lejana cadena montañosa, pero muy pronto el suelo comenzó a vibrar con un movimiento leve que recordaba la respiración quieta de un enfermo. Entonces, las montañas se cubrieron con una densa nube de polvo, casi luminosa, que avanzaba hacia donde estaban el hombre y el robot.
—¡Corre! —repitió el autómata.
El hombre se levantó dando tropezones y entendió que la verdadera amenaza no era aquel ser artificial, sino aquello que se acercaba con una velocidad imposible desde las montañas.
—¡Busca la casa cuadrada! ¡Búscala ahora! —dijo por último aquel ser artificial, señalando en dirección opuesta a la tormenta. Luego, realizando un movimiento percutivo descendente, enterró la mitad de su cuerpo en la tierra y se quedó petrificado. Sus ojos se apagaron. Su cabeza se ladeó y descansó sobre su hombro. Después de unos minutos, su dedo alargado de metal fue lo único visible; el resto de su cuerpo ya estaba cubierto por una densa capa de polvo.
El trigal se había convertido en una amenazante madeja de humo. Los filos minúsculos de las piedrecillas y el polvo rozaron el rostro del hombre con violencia. Apenas pudo cerrar los ojos antes de que sus pupilas se llenaran de tierra. Sólo entonces corrió, tan rápido como el suelo movedizo se lo permitía. Cayó dos veces y se levantó, siempre con un ojo al frente y otro en la tormenta colosal que tenía detrás. La tercera vez que cayó no fue por los desniveles en el suelo ni por los surcos irregulares, sino por un movimiento feroz del subsuelo, un terremoto que pareció avivar en él algún terror infantil, pero también por la velocidad con la que la nube de tierra y raíces avanzaba sobre el campo.
Tal vez había llegado el final para él. Pensó en echarse boca abajo y cubrirse la nariz y la boca con la tela de su camisa, pero había visto cómo la tromba levantaba el suelo con todo y rocas. Su cuerpo no sería capaz de resistir la fuerza de aquel torbellino. Si se quedaba ahí, lo lanzaría por los aires y terminaría muerto en la copa de algún árbol.
Siguió corriendo, aunque sus piernas ya no le respondían. El campo se antojaba interminable. El polvo se le acumulaba en la lengua y se le colaba a la garganta. El terremoto no parecía ceder. Más allá, en alguna parte, le dio la impresión de que la tierra se abría. Pensó en grietas profundas y en el calor del centro de la Tierra. Corría tan rápido como podía. Se olvidó de sí mismo y pensó en las estrellas, en que su luminosidad y su energía estaban por fin devorando al planeta.
Entonces, cuando ya casi no podía ver ni sus propias manos, llegó a una construcción de piedra gris, con una sola puerta y sin ventanas. “La casa cuadrada”, pensó. Sin detenerse, fue hasta ahí y alcanzó el picaporte antes de que el rugido del aire lo atrapara o la tierra terminara de hacerse pedazos.
Respiró un olor a humedad y escuchó un silencio inaudito. Afuera parecía el fin del mundo, pero ahí sólo había un eco sutil, como el de una iglesia. También estaba totalmente oscuro. Esperó, quieto, a que sus ojos se acostumbraran a la falta de luz.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó una voz masculina desde alguna parte.
El hombre no contestó. Una luz tenue se fue abriendo paso entre las paredes, proveniente de algún túnel o pozo construido debajo de la casa cuadrada. Momentos después, un viejo con unos lentes de armazón metálico y un traje de lana de tres piezas sostenía una lámpara de gas frente a su cara.
—¿Qué hacías ahí afuera en mitad de un kaín? ¿Estás loco? ¿Quién eres?
—Yo... Yo no sabía que... Yo soy... —balbuceó, pero entonces se dio cuenta de que no lo sabía. No recordaba quién era ni cómo se llamaba.
Le indicaron el camino hacia una vieja escalera de piedra que descendía hasta un amplio salón iluminado. Ésa fue la primera vez que vio reunida a toda la gente de Litanasitad, una vieja provincia de Gambia que, poco tiempo después, lo elegiría su alcalde.
Valeria Adriana despertó tarde y no pudo recibir el pedido de flores en la casa grande. Ya no hizo el esfuerzo por apresurarse. La verdadera catástrofe hubiera sido la falta de músicos en la sala de recepciones, pero había resuelto eso desde el día anterior, así que ahora tendría que esperar a que pasara el kaín, bajar por Grendalles y caminar hasta el centro de Inos. Estaría a tiempo de regresar, preparar las flores y dejar listo el banquete. De ese modo, el señor Aurelio Filio sería, de nuevo, el mejor anfitrión de la ciudad y de todo Senes.
Se estiró, vio el sol alto sobre los jardines y reflejado en los ventanales circulares del invernadero.
—¡¿Apenas te estás despertando?! —La voz chillona de Lombarda la arrancó de ese trozo de tranquilidad entre sus cobijas.
“El sueño y la cama valen más que el Reino de Sara”, le decía su abuela. Su abuela y sus historias extrañas. Cómo la echaba de menos.
—Ya nos perdimos la entrega de las flores. Con el kaín encima, mañana tendremos que improvisar —dijo Valeria.
Lombarda sacó unas mantas limpias y las preparó para llevarlas a la casa grande.
—¡Vas a Inos! ¿Puedo ir contigo?
—¿Para que me hagas perder dos horas con los barateros del centro? Olvídalo. Tengo el tiempo justo.
—¡Por favor, Valeria!
La voz insistente de Lombarda terminó de romper su calma; Valeria salió de la cama y se ató el cabello negro en una cola.
—No. Si todo sale bien en el banquete de mañana, te prometo llevarte en nuestro día de descanso.
—¿En serio? ¡Eres la mejor! —gritó Lombarda y salió de la habitación dando saltos.
“Otra vez dejó la puerta abierta”, pensó Valeria. Echó el cerrojo y contempló su habitación. Era muy pequeña para alojar a dos doncellas, aunque Lombarda todavía no ocupara demasiado espacio. Sus camas de latón dorado estaban una frente a la otra, junto a una ventana con cortinas amarillas. A sus pies, había un viejo tapete hecho por artesanos de Gambia y, un poco más allá, una mesa apo-lillada con algunos platos de cobre, dos sillas de madera y mimbre, un espejo, un ropero y un pequeño lavamanos. Eso era todo.
—Éste es mi reino —dijo ella, en voz alta, haciendo un conteo mental de las pocas pertenencias que guardaba celosamente: su único vestido, su única sombrilla, un par de zapatos, unas sandalias, dos uniformes para atender en la casa grande, un collar de ónix y una pulsera de cesio. Todo lo demás estaba lleno de su pobreza y de todas las cosas que deseaba. Valeria conocía el vacío y trataba de plantarle buena cara. Algún día tendría más que ese cuarto miserable y un vestido pasado de moda.
Hundió su rostro en el agua helada, se sacó la bata de dormir y se puso el uniforme. Se colocó un anticuado gorro blanco sobre la cabeza y cruzó los jardines con el gesto servil de siempre y los ojos bien abiertos para asegurarse de que los empleados hicieran su trabajo. En realidad, la supervisión era responsabilidad de la vieja señora Gralia, quien, aunque ya no escuchaba ni su propia voz, seguía siendo el ama de llaves, sólo por costumbre y por la gran amistad que la unía al señor Aurelio Filio.
Quizá cuando la buena Gralia estuviera en su tumba, Valeria por fin podría ocupar el cuarto del ama de llaves, que era definitivamente más grande y, lo mejor, estaba adentro de la casa. Eso pensaba Valeria, con un poco de culpa, pero Gralia parecía tener las vidas de un gato y ella había dejado de pensar en el futuro, no por falta de imaginación, sino porque pensar en lo que no se tiene es una forma muy efectiva de hacerse daño a uno mismo. Una sirvienta debe saber eso si quiere sobrevivir a su miserable existencia.
Con cuidado de no cortarse, caminó junto a los rosales, justo cuando un jardinero joven alistaba las cubiertas de madera para proteger las flores. La fuerza de ese kaín de primavera, según informó la oficina de cartógrafos, sería de siete grados, así que cualquier falla en la protección de las plantas —y, en realidad, de cualquier otra cosa— podría ser un problema, aunque no llegaría a ser catastrófica.
Los cristaleros también estaban trabajando. Con cuidado, desmontaron los vitrales y los vidrios sin revestimiento de mercurio.
—¿Ya llegaron los recubridores? —le preguntó Valeria a Rommel.
El rostro sin nariz y los ojos iluminados del autómata vibraron ligeramente mientras procesaba la pregunta. Su traje de terciopelo negro le daba un aspecto mortuorio que, por alguna razón, molestaba a Valeria. Si ella fuera la dueña de esa casa, mandaría a todos los autómatas a vestir trajes alegres, amarillos o carmines. Aunque, pensándolo bien, no tendría ningún autómata a su servicio. No confiaba en las máquinas.
—Aún no, señorita Valeria. ¿Quiere que les envíe un telegrama?
—No es necesario. Me conformo con que estén aquí antes de las diez. Les dará tiempo de cubrir la casa.
El autómata contestó, pero ella ya había pasado de largo en dirección a la cocina. Los grandes salones estaban iluminados por el sol, y los demás sirvientes, muy ocupados guardando los candiles, las pinturas, las esculturas, los cubiertos del desayuno y las cortinas de una costosa tela de Lamaria. “Un metro de esa tela vale más que mi salario de diez años”, pensó Valeria, siempre perpleja por el valor disparejo de las cosas.
Siguió por el corredor rumbo a la cocina, atenta al reloj calendario que aún marcaba doce horas para que se iniciara el kaín. Según sus cálculos, acabarían de proteger la casa antes de las seis y aún tendrían cuatro horas para terminar de acondicionar el refugio subterráneo.
En la cocina, la actividad era inusual. Mucha gente iba de un lado para el otro, siguiendo el laborioso plan que Valeria había delineado la tarde anterior. Se cercioró de que las vajillas más valiosas ya estuvieran dentro de las cajas de metal laqueado y que los candelabros de plata senesina estuvieran pulidos antes de desaparecer en los baúles, bajo las cubiertas de tela de algodón. Al mismo tiempo, se llevaban a cabo los preparativos para el almuerzo del señor Aurelio Filio. El intenso aroma de una infusión de hierbas le rozó la nariz y le estimuló el apetito.
—¿Queda algo para desayunar? —le preguntó a la cocinera, una autómata dorada y reluciente, esculpida con una sonrisa eterna y unas mejillas redondas que le daban un aspecto servicial que a Valeria le parecía insoportable. Sonreír siempre, sin elección, es una de las pesadillas de la servidumbre.
—Le guardé dos panes de mantequilla y leche de cabra aromatizada, señorita Valeria. Siempre es un placer ofrecerle algo, señorita Valeria.
—Es muy amable de tu parte, Gruma —dijo ella, mientras se sentaba frente a una mesita blanca, a un costado del ventanal que daba al jardín interior—. ¿Ya bajó la señora Gralia?
—Ayer no se sentía bien. Me pidió hacerme cargo de la cocina. Otra vez soñó que la enterraban viva.
—Siempre sueña cosas de ese tipo antes de un kaín. —Valeria untó un poco de mermelada sobre un bollo caliente—. Quizá sea su forma de hacer que todos los demás trabajemos.
—Qué cosas dice, señorita Valeria, qué cosas dice —respondió Gruma, riendo con un sonido metálico de engranajes profundos, y siguió preparando la sopa.
Sobre la mesa, Valeria encontró doblado El Amanecer de Senes. Las manchas de grasa en algunas páginas y las orillas dobladas eran un claro indicio de que todos los sirvientes humanos ya habían leído ese periódico desde la primera hora de la mañana. Era tal la indisciplina de sus compañeros, que Valeria tuvo que solicitar a las oficinas del diario que enviaran dos ejemplares. No iba a entregarle al señor de la casa un material de lectura manoseado y asqueroso.
Mientras sentía el sabor dulce de las fresas en el centro de la lengua, repasó los encabezados. Más noticias sobre las elecciones en Beatris. El país vecino tenía la mala costumbre de elegir presidentes ineptos. Justo ahora, con lo que estaba sucediendo en la frontera sur, necesitaban un líder capaz.
Acerca de ese asunto, encontró un artículo de la reportera agitadora Vitra Euclidea sobre la Liga de Industriales del Ferrocarril y su proyecto de unir Circa con el Continente Sur. Era de esperarse que Vitra Euclidea se lanzara contra los empresarios y denunciara conspiraciones imaginarias y catástrofes inminentes. Repasó el texto sin poner demasiada atención y siguió de largo. Prefería las ilustraciones, pues no sabía leer bien. En el centro de la página, aparecía un hermoso grabado con los preparativos para el kaín de primavera en los grandes hoteles del valle de Váculum. Valeria se quedó un buen rato admirando la maestría del dibujo, las pequeñas líneas que, juntas, construían una historia, un pedazo de un mundo inaccesible para ella.
Hojeó un poco más el diario. Confirmó las estimaciones del jefe de cartógrafos de Senes para el kaín de esa noche y se aseguró de que no hubiera ningún otro aviso de la autoridad estatal.
Se estiró, dio un último trago a su leche tibia, dobló de nuevo el diario y se preparó para la jornada que tenía por delante. Antes de que pudiera levantarse, Lombarda apareció como un torbellino azul sobre las losas de mármol y se plantó frente a ella con una sonrisa transparente.
—¿Qué crees? —dijo y esperó a que Valeria se sintiera picada por la curiosidad. Sin embargo, la paciencia de Valeria era mucha y sus ganas de saber no eran tantas como Lombarda deseaba—. ¡Iré a Inos! ¡Hoy mismo! ¡Podré comprar las piezas para mi robot! ¡Voy a Inos, voy a Inos! —Bailaba mientras lo decía.
—¿A quién embaucaste, Lombarda? —quiso saber Valeria.
Esa niña tremenda era capaz de convencer hasta al mismo señor de la casa con su cara de animal perdido y su insistencia a prueba de temblores de tierra.
—¿Yooo? —preguntó Lombarda, con cara de inocencia—. ¡A nadie! ¡Lo juro! El señor envió a Rommel a Inos por un encargo o no sé qué a la oficina de Correos, y me dejó acompañarlo.
—Eso no me parece bien. Sabes que hay mucho trabajo y que debemos estar reunidos todos antes de las siete en el salón.
—Ya pensé en eso y no hay de qué preocuparse. Saldremos de inmediato, iremos en el auto de vapor del señor y estaremos de vuelta antes de las cuatro. Me dará tiempo de terminar mis deberes en la caballeriza. ¡Por favor! ¡Déjame ir!
Valeria no lo pensó demasiado. Cuando Lombarda estaba emocionada, era más un estorbo que una ayuda. La niña tenía mucho que aprender aún, así que, si no tenía que vigilarla durante el día, sería lo mejor para todos.
—Está bien, puedes ir, pero si no vuelves a las cuatro, yo misma iré por ti y te traeré de las orejas.
Lombarda saltó, aplaudió y abrazó a Valeria. Un poco después, el ruido de la máquina de vapor invadió la casa cuando el auto se alejó por el jardín, dejando atrás una estela negra que contrastaba con el inmenso cielo azul.
El día transcurrió sin sobresaltos. Valeria supervisó a todos los sirvientes y se lamentó por olvidar con tanta facilidad sus nombres. Los ubicaba por algún rasgo o por su procedencia. Estaban el jefe de jardineros, el único sirviente de Gambia, al que todos llamaban Avestruz; la Tonta de Trises, una granjera beatrina que era incapaz de contestar una pregunta simple, pero que era muy buena para arrear a los animales; un técnico en máquinas de vapor proveniente de Inos, que nunca hablaba, aunque movía su bigote de un lado para el otro con mucha expresividad y, por eso, simplemente lo llamaban Bigotes; y muchos otros. Valeria apenas tenía tiempo de conocerlos, porque eso no era lo más importante. Mientras hicieran su trabajo, podían no tener un nombre, si así lo deseaban. El quehacer en la casa grande era tanto, que muchos sirvientes sólo soportaban seis meses y luego se iban a Beatris para buscar empleos peor pagados, pero menos demandantes. En Senes, las cosas se hacían bien y Valeria era una fiel guardiana de esa tradición. El lema de los fundadores del país era: “La ley del señor y la ley de la Tierra son el bienestar supremo”, y ella no iba a desobedecer ni la una ni la otra.
El día se fue veloz entre las labores de lavandería, el resguardo de las obras de arte y la supervisión de los trabajos en el jardín. Valeria pasó de una cosa a otra casi sin darse cuenta, dando instrucciones, ayudando a doblar enormes y pesadas cortinas, o limpiando los establos. Todo transcurría en perfecto orden y según un cronograma que llevaba en la cabeza desde hacía meses. Gracias a esto, media hora antes de los cálculos más optimistas, a las cuatro y media, todo estaba empacado, cubierto o resguardado. Valeria se felicitó en silencio mientras el señor Aurelio Filio recorría la casa con las manos en la espalda y felicitaba, a su vez, a Gralia, quien le explicaba que todo eso se había logrado gracias a su liderazgo. La vieja se había levantado de la cama a las doce del día, pero se llevaba todo el crédito. A Valeria no le quedó más remedio que bajar la cabeza cuando el dueño de la casa pasó frente a la hilera de sirvientes, pero su mente ya estaba en otra parte: en las labores pendientes para que el señor también encontrara todo en orden en el refugio subterráneo.
—Tienen mi agradecimiento. Como cada año, estamos listos para recibir el kaín de primavera. Mi adorada esposa, la difunta Lucrecia Filia, temía y respetaba este día más que cualquiera, y se encargaba de que al día siguiente del kaín todo estuviera en su sitio, como si nada hubiera pasado. El trabajo que ustedes han hecho para preservar esta casa sirve también para preservar la memoria de Lucrecia. Les pido que se preparen cuanto antes y que bajemos juntos al refugio, como es la tradición.
El hombre de cabello y barba blancos, apoyado en un bastón de madera oscura, miró con melancolía a todos sus ayudantes y se dirigió al salón principal. La hilera rompió filas y los sirvientes fueron a sus habitaciones para tomar sus cosas y ponerlas a salvo. Valeria estaba por hacer lo mismo cuando recordó a Lombarda. La había olvidado por completo. Llevaba casi una hora de retraso. Preguntó si ya había vuelto el coche, pero nadie lo había visto.
Le informó a Gralia sobre el asunto y le pidió permiso para preguntarle al señor Aurelio si podía enviar a alguien a buscarlos. No obstante, Gralia no le concedió el permiso ni le dio mayor crédito a la tardanza de Lombarda. Le aseguró que aún había tiempo y que, en todo caso, podían entrar al refugio al anochecer. Según los cartógrafos, el kaín ocurriría pasadas las diez de la noche.
Valeria asintió y se fue a su habitación. Guardó las cosas de Lombarda junto a las suyas en el baúl de roble que Gralia le había regalado cuando comenzó a trabajar ahí, hacía siete años. Cada tanto, miraba por la ventana, buscando el auto de vapor.
A las cinco y diez, todos estaban reunidos en el salón principal y el señor abrió la puerta doble que conducía al refugio. La tradición dictaba que el señor de la casa debía entrar al final y que, detrás suyo, nadie más podía hacerlo. Esa vieja costumbre no se observaba con particular rigidez, pero se procuraba que el señor no tuviera que esperar a nadie.
Los sirvientes bajaron por la escalera espiral de piedra. También bajaron los animales, llevados a rastras por los escalones empinados, como si debajo de la casa se llenara una vieja arca. El descenso de los caballos era el más agotador, aunque las artes de la Tonta de Trises hacían todo más sencillo. Por fin, el eco de sirvientes y bestias —una mezcla extravagante de susurros, maullidos, mugidos y expectación humana y animal— ascendió por el hueco de las escaleras. Todos estaban ahí.
—¿Y los autómatas? —preguntó la señora Gralia, antes de bajar.
—Estarán tomando su lugar allá afuera —contestó Valeria, pendiente del camino, pero más distraída de lo usual.
—Muy bien, entonces vamos ya.
La señora Gralia comenzó el pesado descenso de casi ciento veinte escalones, pero Valeria no se movió. Aurelio Filio contemplaba la casa y el silencio, como si hubiera perdido algo muy valioso y estuviera a punto de recuperarlo.
—Por favor, esperemos un poco más. La niña y el autómata aún no han regresado.
—Esperaremos un poco más, Valeria —dijo él, observando con calma el reloj calendario.
Dieron las seis de la tarde y Valeria salió, sin consultarlo con su señor, por la puerta principal para esperar a Lombarda. En el jardín y más allá, en los lindes boscosos de la propiedad, Gruma y los otros autómatas de servicio ya se habían enterrado como si fueran estacas. Con las cabezas levantadas al cielo o recargadas en sus hombros sintéticos, esperaban el kaín. Valeria no entendía por qué no entraban, como todos, al refugio, pero allá ellos y sus costumbres extrañas.
El cielo era una combinación de rojo con azul, un arrebol dramático y sanguinolento. El aire se puso helado de pronto y Valeria miró sobresaltada el camino. Una polvareda se levantó entre los árboles. Alguien se aproximaba. Esperó pacientemente a que apareciera el coche de vapor y, sobre él, la sonriente Lombarda y Rommel al volante. Sin embargo, en vez de eso, vio a un autómata desconocido que se acercaba a toda velocidad. En lugar de piernas, tenía una sola rueda ancha, y dejaba escapar una gruesa viruta de vapor de su cabeza. Era, sin duda, un gendarme. Las rodillas se Valeria se paralizaron.
—Por favor, avise al señor Aurelio lo siguiente —dijo el autómata, con una voz grave, granulada, como si el polvo le carcomiera los circuitos del habla—: por órdenes del presidente de Senes, todos los habitantes de Inos deben resguardarse de inmediato. Las mediciones del kaín se han modificado drásticamente. El nivel de intensidad ha pasado de siete a once. La hora estimada ha cambiado de las diez con dieciocho a las siete treinta. Se prevé el kaín más peligroso de los últimos cien años. Informe al señor, es una orden de la Junta de Gobierno.
El autómata no esperó respuesta alguna y siguió su camino hacia las casas vecinas. Valeria regresó a la casa e informó al señor Aurelio Filio, quien tomó la noticia con tranquilidad.
