La riqueza está dentro de ti - James Allen - E-Book

La riqueza está dentro de ti E-Book

James Allen

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Beschreibung

Para obtener el éxito verdadero hazte estas cuatro preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Por qué no yo? ¿Por qué no ahora? En ocasiones, el alma siente que ha encontrado una paz y una felicidad convincentes al adoptar una filosofía o al perseguir un ideal artístico, intelectual o incluso teniendo éxito en los negocios. Pero siempre, una avasallante inquietud viene a mostrarle que aquella filosofía teórica resulta ser un apoyo inútil; que aquel ideal que construyó durante muchos años cae destrozado en un instante; que el dinero no es suficiente para comprar la felicidad. ¿Acaso no existe una manera de escapar de la pena y el dolor? ¿Son la felicidad, la prosperidad y la paz permanentes tan solo sueños inalcanzables? Existe una manera —nos dice James Allen— de desterrar para siempre al mal. Hay un proceso mediante el cual podemos apartar de nuestra vida azotes tales como la enfermedad y la pobreza o cualquier situación o circunstancia adversa y hacer que no regresen a nosotros nunca más. Es un método que nos asegura permanente prosperidad, lejos de la adversidad. En La riqueza está dentro de ti encontrarás esta práctica que te llevará a alcanzar y compartir paz y felicidad imperecederas.

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Contenido

Prólogo

PARTE 1

El camino a la prosperidad

La lección del malEl mundo es un reflejo de los estados mentalesCómo salir de condiciones indeseablesEl silencioso poder del pensamiento:controlando y dirigiendo nuestras fuerzasEl secreto de la salud, el éxito y el poderEl secreto de la abundante felicidadLa realización de la prosperidad

PARTE 2

El camino de la paz

El poder de la meditaciónLos dos amos: el ego y la verdadLa adquisición del poder espiritualLa adquisición del amor divinoEntrando en el infinitoSantos, sabios y salvadores: la Ley del ServicioLa realización de la paz perfecta

Prólogo

Miré al mundo a mi alrededor y vi que estaba ensombrecido por el dolor y devastado por los fieros fuegos del sufrimiento. Y busqué la causa. Volví a mirar, pero no logré hallarla; la busqué en libros y tampoco la hallé; luego, busqué dentro de mí y encontré tanto la causa como su razón de ser. Miré de nuevo con mayor profundidad y hallé el remedio.

Encontré una ley, la Ley del Amor; una vida, la vida de adaptación a esa ley; una verdad, la verdad de una mente conquistada y un corazón tranquilo y obediente. Y soñé con escribir un libro que ayudara a hombres y mujeres —ya fueran ricos o pobres, educados o faltos de conocimiento, materialistas o espirituales— a encontrar dentro de sí mismos la fuente de todo éxito, de toda felicidad, de todo logro, de toda verdad. Y este sueño permaneció conmigo y por fin tomó forma; ahora, lo envío hacia el mundo en su misión de sanar y bendecir, sabiendo que llegará a los hogares y corazones de aquellos que están listos para recibirlo.

—James Allen

PARTE 1

El camino a la prosperidad

Capítulo 1

La lección del mal

El malestar, el dolor y la pena son las sombras de la vida. No hay un solo corazón en todo el mundo que no haya sentido el aguijón del dolor; ninguna mente se ha librado de caer en las oscuras aguas de la preocupación; no han habido ojos que no hayan derramado ardientes y cegadoras lágrimas de indescriptible angustia.

No hay un hogar donde los grandes destructores de la enfermedad y la muerte no hayan entrado separando los corazones y cubriendo todo con el oscuro lienzo de la pena. Todos están atrapados, en mayor o menor grado, en las fuertes y aparentemente indestructibles redes del mal; el dolor, la infelicidad y la desgracia asechan a la humanidad.

Con el objetivo de escapar, o de mitigar de algún modo este sombrío decaimiento, hombres y mujeres se apresuran ciegamente por innumerables caminos que han de llevarlos hacia una supuesta felicidad duradera.

Esa es la razón por la que hay quienes caen en los vicios del alcohol, el cigarrillo o cualquier otro tipo de droga legal que mitigan de manera falsa las penas de este mundo; otros se rodean de lujos superfluos y sedientos de riquezas o fama, dedican su vida entera a la adquisición exclusiva de lo material, sin importarles cómo obtenerlo; también hay quienes buscan consuelo en las prácticas de ritos esotéricos y ocultos.

Y es así como a todos parece llegarles la felicidad buscada y, por un tiempo, sus almas se sienten arrulladas en medio de una dulce seguridad, sumergiéndose en un olvido embriagante de la existencia del mal hasta que les llega el día de alguna enfermedad o una gran pena, tentación o desgracia que penetra de repente en su interior débil logrando que la estructura de su imaginada felicidad se rompa en mil pedazos.

De modo que, sobre la cabeza de cada alegría personal cuelga la espada de dolor de Damocles, lista en cualquier momento a caer y aplastar el alma de quien no está protegido por el conocimiento.

El niño llora porque quiere ser adulto; los adultos suspiran por la felicidad perdida de la infancia; el pobre se impacienta bajo las cadenas de la pobreza que lo atan, mientras que, con frecuencia, el rico y poderoso vive temiendo la pobreza o recorre el mundo entero en busca de esa utopía tan difícil de alcanzar llamada felicidad.

A veces, el alma siente que ha encontrado la seguridad de una paz y una felicidad constante al adherirse a alguna religión, al adoptar una filosofía o al perseguir determinado ideal intelectual o artístico; sin embargo, ciertas tentaciones abrumadoras se van encargando de demostrarle que la religión es inadecuada o insuficiente; que la filosofía teórica resulta siendo un apoyo inútil y que ese sueño idealista en el cual ha trabajado tantos años es susceptible de desmoronarse con facilidad ante sus pies.

¿No hay, pues, manera de escapar del dolor y la pena? ¿No hay medios para romper las ataduras del mal? ¿Son acaso un tonto sueño la felicidad permanente, la prosperidad segura y la paz duradera?

No, en realidad sí existe un camino —y lo digo con alegría— mediante el cual el mal puede ser exterminado para siempre; hay un proceso mediante el cual ahuyentar de por vida la enfermedad, la pobreza o cualquier condición adversa; hay un método con el cual asegurar una prosperidad permanente, libre del miedo de que la adversidad regrese; existe una práctica mediante la cual es posible alcanzar y compartir una paz y una dicha continuas e infinitas.

Y el principio del camino que lleva a esta comprensión gloriosa es la adquisición de un entendimiento correcto de la verdadera naturaleza del mal. No es suficiente con negarlo o ignorarlo, sino que también es necesario entender de qué se trata. No basta con orar para que Dios lo elimine; tú debes averiguar por qué está ahí y cuál es la lección que quiere darte.

No tiene caso que te preocupes, ni te enfurezcas, ni te impacientes contra las cadenas que te atan; lo que necesitas es saber cómo y por qué estás atado. Por tanto, amigo lector, debes salir de ti mismo y comenzar a examinarte y comprenderte.

Deja de ser un niño desobediente en la escuela de la experiencia y empieza a aprender con humildad y paciencia las lecciones puestas en tu vida que te ayudarán en tu crecimiento, desarrollo y perfección. El mal, cuando es bien comprendido, resulta ser, no un poder ilimitado, ni un principio del universo, sino una fase pasajera de la experiencia humana y, por lo tanto, se convierte en un maestro para aquellos que están dispuestos a aprender.

El mal no es algo abstracto que se encuentra fuera de ti, sino que yace en tu propio corazón y que, al irlo examinando con paciencia y trabajando hasta ir rectificándolo poco a poco, te conducirá a descubrir su origen y su naturaleza, permitiéndote así alcanzar su completa erradicación.

Todo mal es susceptible de corrección y sirve como remedio; por lo tanto, no es permanente. Yace en medio de la ignorancia de la verdadera naturaleza y relación de las cosas; y en tanto permanezcamos en ese estado de ignorancia, permaneceremos sujetos al mal.

No existe mal en el universo que no sea resultado de la ignorancia, ni que no nos conduzca —si estamos listos y dispuestos a aprender su lección— a una mayor sabiduría, para después desvanecerse. Pero las personas permanecen sujetas a él y este no se desvanece porque ellas no están dispuestas o preparadas para aprender la lección que este vino a enseñarles.

Conocí un niño que, cada noche, cuando su madre se disponía a acostarlo, lloraba pidiéndole que lo dejara jugar con una vela; una noche, mientras la madre se descuidó por un momento, el niño tomó una vela y el nefasto resultado no se hizo esperar: el niño se quemó y, de ahí en adelante, jamás volvió a jugar con velas.

Fue solo así como, mediante este acontecimiento, él experimentó y aprendió a la perfección una lección de obediencia; y además, adquirió el conocimiento de que el fuego quema. Este incidente es una ilustración completa de la naturaleza, el significado y el resultado de todo pecado y del mal.

Así como el niño sufrió por ignorar la naturaleza real del fuego, los adultos sufrimos por ignorar la naturaleza real de las cosas por las que tanto luchamos y anhelamos obtener. Y esas mismas cosas son las que nos dañan cuando ya las hemos obtenido. La única diferencia en este último caso es que la ignorancia y la maldad están más profundamente arraigadas y ocultas.

El mal siempre ha sido simbolizado por la oscuridad y el bien por la luz, y dentro de estos símbolos está contenida la interpretación perfecta, es decir, la realidad; y así como la luz inunda el universo y la oscuridad es una simple mancha o sombra proyectada por un pequeño cuerpo que intercepta unos cuantos rayos de la luz infinita, así también la luz del bien supremo es el poder positivo y dador de vida que inunda el universo y el mal es la sombra insignificante proyectada por nosotros mismos que intercepta y tapa los rayos iluminadores que luchan por entrar.

Cuando la noche envuelve al mundo con su impenetrable manto negro, sin importar qué tan densa sea la oscuridad, esta cubre solo el pequeño espacio de la mitad de nuestro diminuto planeta, mientras el universo entero está brillando con luz vital y cada alma sabe que despertará con la luz de un nuevo mañana.

Debes entender entonces, que cuando la noche oscura de la pena, el dolor o la desventura desciende sobre tu alma y te hace dar traspiés con pasos débiles e inseguros es porque, simplemente, estás bloqueando con tus deseos personales la ilimitada luz de dicha y plenitud, y esa sombra oscura que te cubre no la proyecta nadie más que tú mismo.

Y así como la oscuridad exterior no es más que una sombra negativa, una falta de realidad que surge de la nada, que no va a ninguna parte, ni tiene hogar permanente, así la oscuridad interna es también una sombra negativa que pasa temporalmente por el alma luminosa en evolución.

“Pero”, me imagino escuchar, “¿qué necesidad tengo de pasar por la oscuridad del mal?” Porque, por ignorancia, elegiste hacerlo y porque, al hacerlo, podrás entender el bien y el mal y apreciarás mejor la luz habiendo pasado por la oscuridad.

Dado que el mal es el resultado directo de la ignorancia, cuando las lecciones del mal son aprendidas por completo, la ignorancia se va y la sabiduría toma su lugar. Pero así como un niño desobediente se rehúsa a aprender sus lecciones en la escuela, también es posible que nosotros nos rehusemos a aprender las lecciones de la experiencia, prefiriendo permanecer en continua oscuridad, sufriendo siempre castigos repetidos bajo la apariencia de enfermedad, decepción y sufrimiento.

Por lo tanto, aquél que quiera sacudirse el mal que tiene en sí mismo debe estar dispuesto y listo a aprender; necesita prepararse para soportar el proceso disciplinario sin el cual no es posible alcanzar ni un grano de sabiduría, paz o felicidad duraderas.

Un hombre puede encerrarse en un cuarto oscuro y negar que exista la luz, pero esta existe en todas partes allá fuera, mientras que la oscuridad existe solo en su pequeña habitación.

Así mismo, tú también puedes tapar la luz de la verdad o comenzar a demoler las paredes de tus prejuicios, de tu conducta egoísta y de tus errores —los cuales se definen como la acción consciente de actuar mal—, de todo lo errado que has construido a tu alrededor y permitir que entre la luz gloriosa y omnipresente.

Necesitas darte cuenta, mediante un serio examen de conciencia, y no adoptando una simple teoría, que el mal es una etapa pasajera, una sombra creada por uno mismo; aprende que todos tus dolores, todas tus penas y desventuras han llegado a ti por un proceso de ley directa y absolutamente perfecta; porque los mereces y los necesitas, y que, primero soportándolos y luego entendiéndolos, llegarás a ser más fuerte, más sabio y más noble.

Cuando realmente hayas comprendido esta verdad, estarás en posición de moldear tus propias circunstancias, transformar el mal en bien y tejer con mano diestra el tejido de tu destino.

"li"'

De la noche, ¡Oh vigía! ¿Has visto aúnla destellante aurora sobre las cimas de las montañas, el heraldo dorado de la luz de luces,que han pisado sus bellos pies los montes?

¿No ha venido a ahuyentar la oscuridad,y con ella a todos los demonios de la noche?¿Han herido sus dardos luminosos tus ojos?¿Has escuchado su voz, el sonido de la perdición del error?

La mañana llega, amante de la luz;aún ahora, cubre con oro el borde de las montañas, borrosamente veo la ruta; aún ahorasus brillantes pies apuntan a la noche.

La oscuridad pasará y todas las cosas que aman la oscuridad y que odian la luzdesaparecerán para siempre con la noche:¡Alégrense! Porque así canta el veloz heraldo.

Capítulo 2

El mundo es un reflejo de los estados mentales

Tu mundo será lo que tú seas. Todo lo que existe en el universo es resuelto en tu propia experiencia interna. Importa poco lo que hay afuera, ya que todo es un reflejo de tu propio estado de consciencia.

Lo más importante es lo que eres internamente, pues todo lo que reflejes en lo externo será reflejado y coloreado de acuerdo a tu interior.

Con seguridad, todos tus conocimientos y habilidades van de acuerdo a tu propia experiencia; todo lo que sabrás deberá pasar primero por las puertas de la experiencia para así volverse parte de ti mismo.

Tus pensamientos, deseos y aspiraciones forman tu propio mundo; y para ti, todo lo que te rodea, bien sea en cuestiones de belleza, alegría y tranquilidad o de fealdad, angustia y dolor, yace dentro de ti.

Por medio de tus propios pensamientos haces o deshaces tu vida, tu mundo y tu universo. A medida que construyes internamente con el poder del pensamiento, así tu vida externa y tus circunstancias tomarán forma de acuerdo con eso. Lo que sea que guardes en los rincones más recónditos de tu corazón, por la inevitable Ley de Reacción, tomará forma en tu vida externa.

Aquel que posee un alma que es impura, sórdida y egoísta se dirige con gran precisión hacia la desventura y la catástrofe; pero una persona cuya alma es pura, generosa y noble gravita con igual precisión hacia la felicidad y la prosperidad.

Cada alma atrae lo suyo y nada que no le pertenezca vendrá hacia ella. Darse cuenta de esto es reconocer la universalidad de la Ley Divina.

Los incidentes que construyen y destruyen cada vida humana son atraídos por la calidad y el poder de los pensamientos interiores de esa vida. Cada alma es una combinación compleja de experiencias y pensamientos acumulados, mientras que el cuerpo es solo un improvisado vehículo para su manifestación.

Por tanto, eres lo que piensas; y el mundo que te rodea, tanto animado como inanimado, se verá tal como tus pensamientos lo visten.

“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado. Está fundado en nuestros pensamientos; está hecho de nuestros pensamientos”. Así dijo Buda y, por consiguiente, se entiende que, si un hombre es feliz, es porque tiene pensamientos felices; y si es miserable, es por que insiste en tener pensamientos de derrota y debilidad.

Ya sea que se trate de un miedoso o un valiente, de un torpe o un sabio, de alguien impaciente o sereno, dentro de cada alma yace la causa de ese estado o estados; nunca por fuera. Ahora, me parece oír un coro de voces que exclaman: “¿Pero realmente quieres decir que las circunstancias externas no afectan nuestra mente?” No digo eso, lo que digo es —y sé que es una verdad infalible— que las circunstancias solo pueden afectarte hasta donde tú lo permitas.

Tú eres gobernado por las circunstancias porque no tienes una comprensión correcta de la naturaleza, el uso y el poder del pensamiento.

Crees (y de esta pequeña palabra “creencia” dependen todas nuestras penas y alegrías) que las circunstancias externas tienen el poder de construir o deshacer tu vida; y al creerlo te haces súbdito de ellas, confiesas que eres su esclavo y que ellas son tus amos incondicionales; con esa forma de pensar las dotas de un poder que no tienen por sí mismas y sucumbes, no a las meras circunstancias, sino también a la tristeza, a la alegría, al miedo o a la esperanza, a la fuerza o a la debilidad que ellas generan sobre tus pensamientos y emociones.

Conocí a dos hombres que, en su juventud, perdieron sus ahorros de años de esfuerzo. Uno estaba bastante preocupado y abatido, y le dio el paso al disgusto, a la preocupación y al desaliento; el otro, al leer en el periódico matutino que el banco en el que tenía depositado su dinero se había ido a la quiebra, y al darse cuenta de que jamás volvería a ver sus ahorros, tranquila y firmemente dijo: “He perdido todo mi dinero, pero lamentarme o preocuparme no me sirve de nada, ni me lo devolverá; lo único que puedo hacer para recuperarlo es volver a trabajar duramente hasta volverlo a conseguir”.

Habiendo dicho esto, se dedicó a trabajar con vigor renovado hasta recuperar en el menor tiempo posible la prosperidad que había perdido; en cambio el otro, dedicado a continuar lamentándose por la pérdida de su dinero y a quejarse por su “mala suerte”, permaneció siendo juguete de circunstancias adversas, preso de sus pensamientos débiles y esclavizantes.

La pérdida del dinero fue una maldición para el que vistió el evento con pensamientos oscuros y tristes; fue una bendición para aquel que sembró a su alrededor pensamientos de optimismo, esperanza y esfuerzo renovado.

Si las circunstancias tuvieran el poder de bendecir o dañar, nos afectarían a todos por igual, pero el hecho de que las mismas circunstancias sean buenas o malas para personas diferentes comprueba que lo bueno o malo no está en ellas, sino en la interpretación de la mente de quien las experimenta.

Cuando empieces a entender este concepto, comenzarás a controlar tus pensamientos, a regular y disciplinar tu mente, y a reconstruir el templo interior de tu alma, eliminando todo el material inútil y superfluo e incorporando en tu ser solo sentimientos de alegría y serenidad, de fuerza y vida, de compasión y amor, de belleza e inmortalidad; y a medida que hagas esto te volverás alegre y sereno, fuerte y saludable, compasivo y amoroso. Y llegará a tu vida la belleza de la inmortalidad.

Y así como vestimos los eventos con las telas de nuestros pensamientos, del mismo modo vestimos los objetos del mundo visible a nuestro alrededor; y donde uno ve armonía y belleza, otro ve caos y una fealdad repugnante.

En una ocasión, un entusiasmado naturalista estaba dando un paseo por senderos campestres y encontró un charco de agua estancada cerca de una granja. Al tiempo que llenaba una pequeña botella con el agua para luego examinarla bajo su microscopio, con emoción y detalle le describió todas las innumerables maravillas contenidas en el charco al humilde hijo del granjero, quien estaba sentado en una cerca y no dejaba de observarlo; luego, terminó diciéndole:

“Así es, mi joven amigo, dentro de este charco hay miles, ¡no!, un millón de universos; si tan solo tuviéramos la capacidad o los instrumentos avanzados para verlos, ¡imagínate todo lo que aprenderíamos!” Y el ignorante joven contestó sin mayor importancia: “Yo solo sé que el agua está llena de renacuajos, pero es fácil pescarlos”.

Mientras que el naturalista, con su mente llena de conocimiento de hechos naturales, vio belleza, armonía y gloria oculta, la mente no versada sobre esas cosas apenas sí vio un sucio charco lodoso.

La flor silvestre que el caminante casual pisa sin fijarse es un mensajero celestial de lo invisible para la mirada espiritual de un poeta.

Para muchos, el océano es una aburrida masa de agua donde los barcos navegan y a veces naufragan; para el alma del músico es un elemento viviente del que percibe divinas armonías en todos sus matices, a través de sus sentidos.

Donde la mente ordinaria ve desastre y confusión, la mente del filósofo ve la más perfecta secuencia de causa y efecto; y donde el materialista no ve sino muerte infinita, el místico ve vida eterna y palpitante.

De la misma forma como vestimos eventos y objetos con nuestros pensamientos, de ese mismo modo vestimos las almas de los demás con las ropas de nuestros pensamientos.

El desconfiado cree que todos son desconfiados; el mentiroso se siente seguro pensando que no es tan tonto como para creer que exista una persona sincera de verdad; el envidioso ve envidia en cada ser; el codicioso piensa que todos están ansiosos de quitarle su dinero; el que ha acallado su conciencia para hacerse rico duerme con un revólver bajo su almohada, envuelto en el engaño de que el mundo está lleno de gente sin conciencia, ansiosa por robarle; y el promiscuo que se ha abandonado a los placeres sensuales considera al santo un hipócrita.

Por otra parte, aquellos que tienen pensamientos amorosos, les manifiestan su amor y simpatía a los demás; los confiados y honestos no se ven preocupados por sospechas; los que son buenos y generosos, y que se alegran con la buena fortuna de otros, rara vez saben lo que significa la envidia; y el que ha percibido lo divino en sí mismo, lo reconoce en todos los seres, inclusive en los animales y en la naturaleza.

Hombres y mujeres han comprobado que, debido a la Ley de Causa y Efecto, sus pensamientos atraen aquello que buscan y de esta manera entran en contacto con gente similar a ellos.

El viejo proverbio que afirma que “Dios los hace y ellos se juntan” tiene un significado más profundo que el generalmente reconocido porque tanto en el mundo del pensamiento como en el mundo material, cada uno se apega a su similar.

"li"'

¿Deseas amabilidad? Sé amable.¿Preguntas por la verdad? Di la verdad Lo que das de ti mismo, lo recibirás;Tu mundo es tu propio reflejo.

Si eres de los que rezan y esperan un mundo más feliz más allá de la tumba, he aquí un feliz mensaje para ti: puedes entrar en ese mundo feliz aquí y ahora, ¡en este mismo instante! Este mundo feliz llena el universo entero y se encuentra en tu interior. Solo tienes que encontrarlo, reconocerlo y hacerlo tuyo. Alguien que conocía las leyes internas del ser afirmó:

“Cuando los hombres digan tal o cual cosa, no les hagas caso; el reino de Dios está dentro de ti”.

Lo que tienes que hacer es creerlo, simplemente créelo con una mente sin sombra de duda, y luego medítalo hasta que lo entiendas.