La señora de la mansión - Susanne James - E-Book

La señora de la mansión E-Book

SUSANNE JAMES

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Beschreibung

¿Lograría él superar su aversión al matrimonio? El atractivo Sebastian Conway no estaba dispuesto a sentar la cabeza. Pero era el heredero de los Conway y el deber le exigía que dejara sus ocupaciones en Londres para atender la finca familiar de Cornualles: la mansión Pengarroth. Durante una exclusiva fiesta, Sebastian conoció a la guapísima Fleur Richardson, una joven que se ruborizaba cada vez que le dirigía la palabra, pero con mucho carácter. Y se quedó embelesado con ella. Quizá Fleur no tuviera potencial como amante, pero sí como futura señora de Pengarroth…

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2009 Susanne James

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La señora de la mansión, n.º 1969 - noviembre 2021

Título original: The Playboy of Pengarroth Hall

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-193-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 1

 

 

 

 

 

AQUELLO tenía que ser el paraíso, pensaba Fleur mientras paseaba por el enorme y cuidado jardín de la finca Pengarroth, sus pies aplastando la gravilla del camino. Aunque el pálido sol de diciembre, que se filtraba a través de las ramas de los árboles, no había conseguido desintegrar del todo el rocío de la mañana, aquel sitio era absolutamente maravilloso.

¿Cómo sería en primavera y en verano, cuando todo hubiese florecido?, se preguntaba.

Al encontrar cerrada la verja había decidido dejar el coche en la carretera y entrar dando un paseo, pero después de caminar durante más de veinte minutos pensó que tenía que haber algún camino más corto para llegar a la casa.

El que había tomado se perdía entre los árboles, pero era tan bonito que decidió seguir adelante sólo para estirar las piernas y respirar el aire fresco del campo, tan vivificante después del largo viaje desde Londres.

Mia Conway, la amiga que la había invitado a pasar las navidades en la mansión familiar que compartía con su hermano, le había dado vagas instrucciones para llegar a Pengarroth:

–Tienes que entrar por la primera verja abierta que encuentres –le había dicho–. No te puedes perder.

Un poco después, y con cierta ansiedad, Fleur empezaba a estar cansada y se regañó a sí misma por tonta. Había trabajado hasta muy tarde en el laboratorio durante las dos últimas semanas y el largo viaje hasta Cornualles la había dejado exhausta.

Hubiera sido mejor esperar hasta el día siguiente, el día de Nochebuena, para salir de Londres, pero Mia la había convencido para que fuese un día antes…

–Los demás invitados no habrán llegado todavía y mi hermano tampoco estará allí hasta por la mañana, así que tendremos la casa para nosotras solas –la había animado–. ¡Será como en el colegio!

Habían estado en el mismo internado y eran amigas desde entonces, aunque aquélla era la primera vez que visitaba la finca Pengarroth.

Suspirando, Fleur se dejó caer sobre un tocón. No podría quedarse allí mucho tiempo porque hacía frío, pero tenía que descansar unos minutos. Eran las cuatro y ya empezaba a atardecer. O el sol no podía abrirse paso entre las copas de los árboles…

De repente, una voz la sobresaltó:

–¿Puedo ayudarla?

La pregunta había sido hecha con tal brusquedad que Fleur se levantó de un salto. Frente a ella había un hombre muy alto con una chaqueta de cuero manchada de barro y una escopeta al hombro. Resultaba muy atractivo, pero sus ojos eran tan penetrantes que sintió un escalofrío de aprensión… mezclado con algo más que no quería reconocer.

Debía ser el guardés de la finca, pensó, o algún otro empleado de la casa.

–No necesito ayuda, muchas gracias. Sólo estaba dando un paseo.

Incapaz de apartar la mirada de las facciones femeninas más atractivas que había visto en mucho tiempo, él le espetó:

–Está en propiedad privada, señorita. Y la finca no está abierta para los paseantes. Hay un cartel en la puerta, ¿no lo ha visto?

–Sí, lo he visto.

–¿Y no ha visto también que la cerca estaba cerrada?

Fleur, molesta por el tono autoritario, se negó a decirle que era amiga de la propietaria.

–¿Ah, sí? Pues entonces debería haber tenido más cuidado.

–Desde luego.

–¿No me diga que dispara a los que entran en la finca sin permiso?

El hombre se limitó a sacudir la cabeza.

–Será mejor que la acompañe hasta la carretera. Hay varios caminos y podría perderse.

–No se moleste, no necesito que me guíe.

–Pero se está haciendo de noche. Por favor, vuelva a la carretera –insistió el extraño, clavando en ella sus ojos oscuros–. Esta sección de la finca está siendo replantada… una tormenta de granizo ha causado daños considerables y hay que trasplantar muchos de los árboles. No queremos que la gente ande pisoteando por aquí.

Después de eso le hizo un gesto con la cabeza, se dio la vuelta y desapareció sin decir una palabra más.

Bueno, pensó ella mientras lo veía desaparecer entre los árboles, evidentemente aquel hombre era de los que decían lo que pensaban y pensaban lo que decían.

Como su padre, pensó luego.

Fleur sacudió la cabeza al pensar en sus padres, Helen y Philip, que aquel año estaban pasando las navidades en Boston. Siempre habían pasado las fiestas juntos, pero el profesor Richardson, un renombrado catedrático de Matemáticas, había decidido aprovechar la oportunidad de mezclar los negocios con el placer acudiendo a una conferencia, de modo que los planes familiares habían cambiado.

Fleur volvió sobre sus pasos, asegurándose de tomar el camino correcto, pero era casi de noche cuando llegó a la carretera. Era lógico que la cerca estuviese cerrada, pensó; lo raro era que no hubiesen puesto alambre de espino para que no entrase nadie.

Después de recorrer medio kilómetro más en el coche, la mansión Pengarroth apareció ante sus ojos y, poco después, la entrada que Mia le había indicado. La verja estaba abierta y, mientras subía por el camino, se animó al pensar que iba a pasar las vacaciones en otro sitio, con otra gente, porque Mia había invitado a varios amigos.

–Pero sólo conoces a Mandy. ¿Te acuerdas de Mandy? Es muy graciosa.

Sí, recordaba a Mandy, una devoradora de hombres. Pero muy divertida.

–Los demás son compañeros de oficina, pero prometo no dejar que nadie hable de trabajo –le había dicho Mia, que trabajaba en una empresa de Relaciones Públicas en Londres.

Nada que ver con el trabajo de Fleur como investigadora en un hospital universitario.

Aunque sus vidas habían tomado caminos diferentes desde el colegio y la universidad, nunca habían perdido el contacto y Fleur a menudo había envidiado la vida de Mia, libre y sin las restricciones de unos padres.

Philip Richardson tenía tantos planes para su única hija que jamás se le había ocurrido pensar que Fleur pudiera tener sus propias ideas. Y, como una buena hija, Fleur había conseguido su título universitario en Física y Química y, además, jamás llevó a casa a ninguno de sus novios. Su madre no hubiera puesto ninguna objeción, pero ninguna de las dos quería enfadar al patriarca.

Suspirando, Fleur tocó la campanita que hacía las veces de timbre. Una mujer de unos cincuenta años abrió la puerta y se presentó con una sonrisa en los labios:

–Hola, soy Pat, el ama de llaves de Pengarroth.

–Yo soy Fleur Richardson.

–Sí, me dijeron que llegarías hoy. Entra, por favor. Mia se está lavando el pelo, voy a decirle que has llegado.

En cuanto entró en el vestíbulo, Fleur supo que Pengarroth era un hogar en todos los sentidos. Sabía que el edificio tenía más de doscientos años, pero resultaba muy cálido, muy acogedor. En una esquina del vestíbulo había un enorme árbol de Navidad, lleno de espumillón, bolas y adornos de todo tipo. Frente a él, un reloj de carillón, un par de sofás y una mesa cubierta de periódicos. Al otro lado, sobre un antiguo sillón, dormía un labrador de pelo rubio.

Cuando se dio cuenta de que Fleur estaba allí, el animal abrió un ojo, respiró profundamente y luego volvió a dormirse.

Fleur no pudo evitar una sonrisa. Qué diferente era aquel sitio de la casa de sus padres en Surrey… por no hablar de su apartamento en Londres. Pero se sentía casi abrazada por aquel ambiente e intuyó que iba a pasar unas fiestas estupendas allí.

Justo entonces Mia apareció al final de la escalera, en pantalón y sujetador, el pelo envuelto en una toalla.

–¡Sube, Fleur! –le gritó–. ¡Qué bien vamos a pasarlo! ¡Me encanta la Navidad!

Después de besar a su amiga la siguió hasta su habitación y se sentó en la cama mientras Mia se frotaba la cabellera vigorosamente con la toalla.

–Espero que no te importe compartir dormitorio conmigo.

–No, claro que no.

–No es que no haya suficientes habitaciones en esta casa, al contrario. Pero no quiero que Pat tenga demasiado trabajo. A los chicos seguramente no les importará compartir… te van a gustar, ya lo verás. Gus y Tim son viejos amigos y Rupert y Mat son encantadores –Mia tiró la toalla sobre una silla y enchufó el secador.

–Será como en los viejos tiempos. Por cierto, te ha crecido mucho el pelo, nunca lo habías llevado tan largo.

Mia era altísima y con el pelo castaño cayendo por su espalda ahora parecía aún más alta.

–Es culpa de Mat. Le gusta así.

–Ah, ya entiendo. O sea, que Mat es el hombre del momento.

Su amiga sonrió.

–Más o menos. Llevamos saliendo algún tiempo… nada demasiado serio. De hecho, he pensado que sería buena idea mezclarlo con otros amigos en Navidad… para que no se anime demasiado –Mia hizo una pausa–. ¿Y tú qué tal? ¿Hay alguien especial en tu vida?

–No, nadie –contestó Fleur.

Y probablemente no lo habría nunca, podría haber añadido.

Mia la miró, pensativa, pero no dijo nada. Sabía que el padre de Fleur siempre había desanimado cualquier tipo de relación sentimental.

«No desperdicies tu inteligencia y tu educación casándote y teniendo hijos», solía decirle. «Ya tendrás tiempo para eso».

–Bueno, pues deja que te recuerde que las dos cumplimos veintisiete el año que viene. No es que nuestros relojes biológicos estén llamándonos la atención exactamente, pero el tiempo vuela, cariño –suspiró, apagando el secador–. A mí me gustaría casarme y tener hijos, pero encontrar al hombre adecuado parece una tarea imposible.

–¿Por qué?

–Porque en cuanto conozco a alguien de verdad, pierdo todo interés –rió su amiga–. Y, evidentemente, no es culpa mía. ¿Ha habido alguien especial desde que rompiste con Leo?

Fleur se encogió de hombros.

–No, la verdad es que no. Suelo salir con los compañeros del laboratorio, pero siempre vuelvo a casa sola… como la buena chica que soy.

Aunque no siempre había sido así. Cuando estaba con Leo, cuando eran tan importantes el uno para el otro…

Pero dejó que su padre interfiriese en esa relación y, en los tres años que habían pasado desde entonces, se había dado cuenta de que separarse fue lo mejor. Fleur estaba convencida de que el matrimonio no era para ella. Nunca se arriesgaría a acabar como su madre, que se había pasado la vida haciendo lo que quería su marido.

Aunque su padre era un buen hombre, había dominado la vida de su mujer, y de su hija, por completo. Sólo había una opinión que importase en aquella casa: la de Philip Richardson. Y jamás aceptaba que pudiera estar equivocado o que los demás tuviesen razón.

Con su intelecto analítico, Fleur sabía que era un terrible error que un ser humano, fuese quien fuese, se saliera siempre con la suya. Y, desde luego, ella jamás podría soportar un marido así.

Suspirando, se levantó y miró por la ventana el jardín y el bosquecillo que rodeaba la finca.

Pero Mia, intuyendo su repentina tristeza, acudió al rescate:

–Desgraciadamente para el resto de nosotras, cuando éramos jóvenes e inocentes, tú eras la chica de la que todos se enamoraban. Y estábamos celosísimas, te lo aseguro.

–No digas bobadas.

–¿Bobadas? No sé cómo has podido permanecer soltera tanto tiempo, Fleur Richardson, te lo digo en serio.

Era cierto que Fleur siempre había resultado atractiva para los hombres; su delicada figura y rostro ovalado dominado por unos enormes ojos verdes despertaban gran admiración. Además de otras dos características muy seductoras: una gran inteligencia y una naturaleza vulnerable que hacía que los hombres de inmediato desearan protegerla.

–Es fácil seguir soltera, te lo aseguro. Sólo hay que mantener la cabeza baja y trabajar sin descanso. Siempre tengo cosas que hacer en el laboratorio, cosas que no pueden esperar. Además, los hombres quieren controlarlo todo y a mí me gusta controlar mi propia vida.

–Algunos son así, es verdad –asintió Mia, riendo–. Pero hay muchas maneras de lidiar con eso. De hecho, resulta fácil convencerlos de que eres tú quien tiene razón.

–Si tú lo dices… pero yo prefiero no tener que negociar con nadie. Si sólo tengo que contentarme a mí misma, no hay ningún conflicto. Y a mí me gusta llevar una vida tranquila.

–No te preocupes, ya encontrarás a alguien que te haga cambiar de opinión –rió Mia, mirando especulativamente a su amiga. Estaba pálida y parecía haber perdido peso…

–Ya veremos –dijo Fleur.

–Estás muy delgada, cariño.

–La verdad es que últimamente no me encuentro muy bien. He perdido el apetito y estoy cansada todo el tiempo. El médico mencionó la palabra «estrés»… ¡cómo la odio! Por eso he decidido tomarme unas largas vacaciones estas navidades, así que no tengo que volver a trabajar hasta mediados de enero.

–¿Y por qué no te quedas aquí? –sugirió Mia–. Los demás se marcharán después de Navidad, pero yo no pienso volver a Londres hasta el dos de enero. Podríamos quedarnos aquí juntas, lo pasaríamos muy bien.

–No sé…

–Te vendría bien un poco de tranquilidad y aire fresco y a Pat le encantaría cuidar de ti. Y te aseguro que si la comida que hace Pat no te devuelve el apetito, nada te lo devolverá. No tienes otros planes, ¿verdad?

–No, pero no quiero molestar a nadie…

–No vas a molestar a nadie, al contrario. Quédate aquí conmigo, Fleur. Podemos ir a dar paseos, ver películas, quedarnos en la cama hasta mediodía si nos apetece. No tenemos que darle explicaciones a nadie y eso es lo que tú quieres, ¿no?

–La verdad es que suena maravilloso –sonrió Fleur por fin–, pero no quiero que nadie tenga que atenderme.

–A Pat le encantará atenderte –le aseguró Mia–. La pobre a veces está aquí sola durante semanas –añadió luego, abriendo la puerta del armario–. ¿Qué me pongo? ¿Qué me pongo? –murmuró para sí misma antes de elegir unos vaqueros y un jersey de lana gruesa–. Tenemos que subir tus cosas del coche, por cierto.

–Ah, es verdad.

–Y luego te dejaré en paz un rato para que lo coloques todo a tu gusto. Vamos a estar solas hasta mañana, así que podemos cotillear de todo el mundo. ¿Has visto el árbol de Navidad? Está precioso, ¿verdad? Pat es un tesoro, te lo digo en serio.

–¿Vive aquí todo el tiempo?

–No, no, sólo cuando venimos mi hermano o yo… o algún amigo. Vive en una de las casitas de la finca, con su madre. Mi hermano trabaja en un bufete en Londres y no viene mucho por aquí –Mia tomó un cepillo y empezó a cepillarse el pelo–. Pero, como es el hermano mayor, él es el encargado de Pengarroth ahora que mis padres no están.

–Pues no debe ser fácil para él llevar el bufete y la finca al mismo tiempo. Y supongo que nunca imaginó que tendría que hacerse cargo tan pronto.

–No, claro. Ninguno de los dos imaginó que eso iba a pasar –suspiró Mia–. Que nuestros padres murieran de forma tan inesperada hace cuatro años, antes de cumplir los sesenta, fue un golpe terrible para los dos.

–Lo sé –asintió Fleur.

Nunca había conocido a los padres o el hermano de Mia, pero lo sabía todo sobre ellos.

–Seb tuvo que hacerse cargo de todo desde entonces. Sólo tenía treinta años y disfrutaba de su vida en Londres… demasiado en opinión de mucha gente, por cierto. Pero el playboy de mi hermano tuvo que hacerse mayor de repente y no creo que le hiciera mucha gracia. Afortunadamente se ha acostumbrado y mi abuela está muy contenta. A mis abuelos les encantaba Pengarroth porque vivieron aquí durante gran parte de sus vidas.

–¿Tu abuela vive todavía? –preguntó Fleur.

–Sí, claro que sí. Mi hermano y yo vamos a visitarla a menudo. De hecho, creo que de joven era muy coqueta… antes de conocer a mi abuelo, por supuesto. Y le sigue encantando la gran ciudad.

–¿Dónde vive ahora?

–En Londres, en un apartamento precioso. Aunque ya ha cumplido ochenta años, tiene un enorme círculo de amigos con los que va al teatro, al cine, a cenar por ahí, a jugar al bridge… no hay quien la pare, pero le encanta saber que Pengarroth sigue siendo de la familia. Y adora a Sebastian, por supuesto. Es su niño bonito.

–¿Y no va a venir a pasar las navidades?

–No hemos podido convencerla –suspiró Mia–. Cuando supo que venían mis amigos dijo que prefería pasar las fiestas con los suyos y dejarnos en paz. Pero suele venir un par de meses en verano.

–Seguro que es muy divertida –sonrió Fleur, pensando en lo solitaria que había sido su vida, sin hermanos y sin abuelos u otros parientes.

–Es estupenda –rió Mia–. Y la queremos muchísimo.

Después, cuando bajaron a buscar su maleta, Mia se detuvo un momento para acariciar la cabeza del perro que dormía en el sillón.

–Pobre Benson, es tan viejo que se pasa el día durmiendo. Pero Sebastian se niega a comprar otro perro porque dice que éste es territorio de Benson. Y es verdad. Además, Frank, el guardés, ya tiene suficiente trabajo como para ponerse a entrenar a otro animal.

Fleur hizo una mueca.

–Me parece que he conocido a Frank.

–¿Ah, sí?

–Antes, cuando entré en la finca por el camino equivocado. Me advirtió muy seriamente que era una zona privada.

–¿Qué te dijo?

–Más o menos que me fuera y que en el futuro me fijase mejor en los carteles.

Mia soltó una carcajada.

–Sí, a veces puede ser un poco antipático, pero vale su peso en oro. Sebastian confía en él por completo. Y, cuando sus amigos vienen de cacería en otoño, Frank se encarga de todo.

Más tarde, cuando se quedó sola, Fleur deshizo la maleta y se puso unos vaqueros y un jersey de lana verde que hacía juego con sus ojos. Era estupendo no preocuparse por tener un aspecto inmaculado o verse obligada a llevar zapatos de tacón, pensó, poniéndose unas gruesas botas de ante.

Pero cuando bajaba al primer piso estuvo a punto de chocar con Pat en la escalera.

–Ah, aquí estás. Mia ha ido a llevar unos regalos de Navidad a los vecinos. ¿Te apetece un té?

–Pues sí, me gustaría mucho.

–Puedes ir al cuarto de estar… ahí, a la izquierda. Te llevaré el té en cinco minutos.

Fleur entró en el cuarto de estar y se dejó caer sobre uno de los sofás, frente a la chimenea. Aquellas fiestas tenían todos los elementos de una Navidad de Dickens, pensó, divertida. La habitación era muy acogedora, con muebles antiguos, pero cómodos. Suspirando, se quitó las botas para acercar los pies al fuego y cerró los ojos.

Podría acostumbrarse a aquel sitio; a la serenidad de la finca, a esa sensación de paz. Quizá podría aceptar la oferta de Mia de quedarse unos días más, pensó luego, moviendo los dedos de los pies frente al fuego.

Pero unos segundos después algo la hizo abrir los ojos y, sobresaltada, se encontró mirando una cara que había visto antes aquella mañana. El guardés de la finca estaba allí, con unos vaqueros y un polo oscuro. Evidentemente, se sentía como en su casa, pensó.

–Ah, volvemos a encontrarnos –le dijo, esperando que lamentase haberle hablado como lo hizo al comprobar que era una invitada.

Él tenía los ojos clavados en su delicada figura y su complexión de porcelana, pero antes de que pudiera decir una palabra Mia entró en la habitación.

–¡Seb! ¿Se puede saber qué haces aquí?

–Vivo aquí de vez en cuando, no sé si te acuerdas –contestó él–. Hola, Mia –sonrió luego, abrazándola.

–Pero dijiste que no vendrías hasta pasado mañana. ¿Por qué has cambiado de opinión?

–La cambiaron por mí, pero es una larga historia. ¿Por qué, te molesta?

–No, claro que no. Es que me has pillado por sorpresa. Y Pat tampoco me había dicho nada…

–Pat no lo sabía. No la vi a la hora de comer y me fui a dar una vuelta por la finca porque hoy es el día libre de Frank. Espero que mi presencia no estropee tus planes.

–No, idiota –rió Mia, mirando a Fleur, que se había puesto colorada.

¡No era Frank, el guardés, era Sebastian Conway!

–Fleur, éste es mi guapísimo hermano y ella, Sebastian, es mi mejor amiga, Fleur Richardson.

Fleur se levantó del sofá y Sebastian Conway estrechó su mano, clavando en ella sus ojos oscuros.