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Leer la Biblia significa acercarse a un extraordinario patrimonio literario, cultural y religioso, que ha impregnado la historia de la humanidad. La presente obra es un reflejo del alto reconocimiento que se está dando por parte de numerosos biblistas actuales al texto de la Septuaginta, la traducción griega de la Biblia hebrea realizada en Alejandría (Egipto) en el siglo III a.C. La Septuaginta. ¿Por qué resulta actual la Biblia griega? contiene ideas y aportaciones para los estudiosos de esta traducción, pero quiere ser también un instrumento que sirva de introducción a los estudiantes de Teología, de Ciencias Religiosas y de las Facultades de Humanidades.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Prólogo
Capítulo 1. La traducción griega de la Biblia en la actualidad
1.1. De la primacía de la hebraica veritas a la necesidad de una valoración de los LXX
1.1.1. Jerónimo: la primacía de la hebraica veritas
1.1.2. Humanismo, Reforma y reforma gregoriana: hebraica veritas y latina veritas
1.1.3. La necesidad de una nueva valoración de los LXX
1.2. Líneas teológicas
1.2.1. El problema del lenguaje antropomórfico sobre Dios
1.2.2. El Dios único y los dioses
1.2.3. Los títulos divinos
1.3. Perspectivas teológico-bíblicas
Capítulo 2. La crítica textual del Antiguo Testamento: identidad, ediciones, casos
Introducción
2.1. ¿Qué es la Crítica textual?
2.1.1. Conjugación con otras disciplinas
2.1.2. ¿En busca del original?
2.1.3. Al servicio del exégeta y del traductor
2.1.4. Entre ciencia y arte
2.1.5. Entre especialización y flexibilidad
2.2. Las ediciones del Antiguo Testamento
2.1. La tradición textual hebrea
2.2.2. La tradición textual griega
2.2.3. La tradición textual latina
2.3. Tres casos textuales emblemáticos
2.3.1. ¿Quién despertó al rey que dormía? (Est 6,1)
2.3.1. ¿Quién puso los cuernos a Moisés? (Ex 34,29)
3.3. ¿Quién aplastó la cabeza de la serpiente? (Gn 3,15)
Conclusión
Capítulo 3. La primera traducción escrita de la «enseñanza» de Moisés: desde Egipto a las gentes. Un destino vinculado a los papiros
Introducción
3.1. La Carta de Aristeas y la situación de los judíos en Egipto
3.2. La versión de los LXX
3.3. La herencia cultural de la Alejandría ptolemaica
3.4. Papiros y Biblia
3.5. La influencia de los léxicos técnicos ptolemaicos en las elecciones de los traductores
3.6. Influencias del elemento egipcio en el ambiente de la Alejandría ptolemaica
3.7. El gusto helenístico por la investigación minuciosa
Conclusión
Capítulo 4. Las palabras del «buen ladrón» en Lc 23,41 a la luz de su trasfondo papirológico
4.1. Literatura griega clásica
4.2. El uso de ἄτοπος en los LXX
4.3. El significado de ἄτοπος a la luz de los papiros
4.4. Observaciones sobre el sentido de ἄτοπος en Lc 23,41
Capítulo 5. La φιλανθρωπία ptolemaica: investigación a la luz de la literatura griega clásica y de los papiros
Introducción
5.1. La φιλανθρωπία en las fuentes literarias griegas
5.1.1. Literatura griega clásica
5.1.2. La oratoria ateniense del siglo iv a.C.
5.2. El período helenístico: papiros e inscripciones
5.3. La φιλανθρωπία en la literatura judía en griego
5.3.1. La φιλανθρωπία en los libros históricos
5.3.2. La φιλανθρωπία en los libros sapienciales
Conclusión
Autores
Créditos
Leer la Biblia significa aproximarse a un patrimonio literario, cultural y religioso de un valor inconmensurable, que ha atravesado la historia de la humanidad. Da los primeros pasos en el ámbito hebreo de la tierra de Israel, pasa por las costas septentrionales del continente africano marcadas por la cultura helenística, llega después a los territorios del Imperio romano de lengua latina, para expandirse, finalmente, hasta los confines del mundo en las lenguas de todos los pueblos. Cada uno de estos pasos merece una atención específica para reconocer la vitalidad, la adaptación y la concreción de la Palabra de Dios en las diversas formas que ha sabido asumir a lo largo de los siglos.
El presente volumen recoge tres conferencias introductorias y dos estudios de profundización presentados con ocasión del congreso internacional que, con el título «La lexicografía de los Setenta y los papiros», fue organizado por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Metodio de Siracusa y por la Facultad de Teología Católica de la Universidad de Estrasburgo, y que se celebró del 29 de junio al 3 de julio de 2015 en la sede de San Metodio. Participaron, ante todo, especialistas implicados en el proyecto «Historical and Theological Lexicon of the Septuagint», junto con otros exégetas de diversas procedencias y especializaciones. Las otras aportaciones se publicarán en un volumen de las actas en lengua inglesa.
En el panorama de los estudios bíblicos contemporáneos, los Setenta (o LXX), la traducción griega de la Biblia hebrea realizada en Alejandría (Egipto) en torno al siglo iii a.C., gozan, merecidamente, de un interés creciente. Las razones de este interés son diversas. Entre estas destaca la progresiva toma de conciencia en el ámbito académico, no solo exegético, de su relevancia como texto bíblico con características originales, más que como mero texto secundario por su naturaleza de traducción.
En el marco de las publicaciones en lengua italiana, los artículos contenidos en el presente volumen se sitúan en la línea de esta valorización de los LXX. No están concebidos, de hecho, solo para presentar unos resultados dedicados a ser compartidos con los demás especialistas en la materia, sino también como instrumento de introducción al conocimiento de los LXX por parte de los estudiantes de Teología, de Ciencias Religiosas y de las facultades universitarias de Humanidades.
Los tres primeros artículos (E. Bons, D. Candido y A. Passoni Dell’Acqua) son de carácter introductorio y fundamental, puesto que abordan las cuestiones más generales relativas a la crítica textual, al valor de los Setenta y a la importancia de la papirología en los estudios de filología bíblica. Los dos artículos posteriores (D. Scialabba y A. Bellantuono) ilustran, asimismo, ejemplos instructivos de profundización en el léxico de los Setenta, indagando en las fuentes papiráceas. La relación íntima entre la Sagrada Escritura y los papiros es, probablemente, menos conocida de lo que merecería. En efecto, los papiros fueron el primer soporte material en el que se escribió no solo la Biblia, sino también muchos otros documentos profanos de la época. Son, por consiguiente, testimonios valiosos por su antigüedad y autoridad.
Eberhard Bons, en «La traducción griega de la Biblia en la actualidad», describe la nueva percepción que la Iglesia occidental tiene de los Setenta, debido a los nuevos descubrimientos filológicos y teológicos: los LXX comienzan a corroborarse como una interpretación del original hebreo partiendo de una teología propia. Esta reflexión tiene sus efectos positivos también para la comprensión del Nuevo Testamento, que recurre constantemente a las Escrituras griegas. El artículo de Dionisio Candido («Los LXX en la crítica textual bíblica del Antiguo Testamento. Identidad, ediciones, casos») ilustra algunas características esenciales de la crítica textual del Antiguo Testamento. Tanto las actuales ediciones críticas de estudio como las traducciones bíblicas en lengua actual son el resultado del trabajo de los especialistas en crítica textual, que, mientras que deben tener en suma consideración las etapas de la transmisión del texto, están llamados a tomar decisiones sobre cada una de las lecciones: algunos casos emblemáticos ponen de manifiesto la dificultad y la delicadeza de esta operación. En su contribución («La primera traducción escrita de la enseñanza de Moisés: desde Egipto a las gentes. Un destino vinculado a los papiros»), Anna Passoni Dell’Acqua explica la estrecha relación que existe entre los Setenta y los papiros, partiendo del nombre Biblia, que significa originalmente «los rollos (de papiro)». Entre los papiros descubiertos en Egipto se encuentran los testimonios más antiguos del texto bíblico, y otros textos literarios y documentales de varios tipos que atestiguan la vida cotidiana en el Egipto de la época helenística. La lengua de estos documentos explica muchas elecciones de traducción de los Setenta, que fue también la Biblia de los autores del Nuevo Testamento y del cristianismo naciente.
El estudio de Daniela Scialabba («Las palabras del «buen ladrón» en Lc 23,41 a la luz de su trasfondo papirológico») sitúa bajo la lupa las palabras que el ladrón arrepentido dirige a Jesús crucificado en el relato lucano de la Pasión, en particular el término ἄτοπος. Para su clarificación resultan de gran ayuda los testimonios de los papiros, que permiten, al mismo tiemplo, apreciar aún más el matiz de significado en el texto evangélico. Finalmente, Antonella Bellantuono («El concepto judeo-helenístico de la φιλανθρωπία a la luz de la literatura griega clásica y de los papiros») aborda el uso del léxico de la φιλανθρωπία en la diáspora judía de la época ptolemaica. Emerge así el escenario de un diálogo con la cultura dominante, mediante la apropiación de las posibilidades ofrecidas por la lengua griega, pero sin renegar por ello de la propia identidad religiosa que sitúa a YHWH por encima de todos los dioses y como principio de igualdad entre los hombres, judíos o griegos.
Para concluir, nos es muy grato dar las gracias a las instituciones que han permitido la celebración de este congreso y la publicación de estas contribuciones: el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Metodio de Siracusa (Italia), la Universidad de Estrasburgo (Francia), el Cercle Gutenberg de la misma universidad, y la Armin Schmitt Stiftung für biblische Textforschung de Ratisbona (Alemania). Agradecemos muy especialmente a la Dra. Mariangela Maresca la dedicación prestada a la redacción de los textos para su publicación.
Eberhard Bons, Dionisio Candido y Daniela ScialabbaSiracusa, 4 de junio de 2016
Damos con alegría a la imprenta la segunda edición del presente volumen. Nos hemos limitado a corregir algunas erratas y a aportar leves pero oportunas mejoren a las contribuciones. La buena acogida de la primera edición es, sin duda alguna, una grata noticia, para que también esta nueva edición sea útil a cuantos están interesados en el ámbito de los estudios bíblicos y filológicos contemporáneos.
Eberhard Bons, Dionisio Candido y Daniela ScialabbaSiracusa, 15 de febrero de 2017
Cuatro años después de la publicación de la traducción española del libro, la primera edición estaba agotada. Tuvimos el placer de aceptar la oferta del editor de preparar una nueva edición. Al hacerlo, tomamos nota de los comentarios de los revisores, pero también actualizamos la bibliografía aquí y allá. Agradecemos al editor su interés y deseamos que el libro tenga muchos lectores interesados que quieran familiarizarse con el nuevo campo de investigación de los Setenta.
Eberhard Bons, Dionisio Candido y Daniela ScialabbaEn Pascua de 2023
¿Cómo se explica que la traducción griega de los Setenta (LXX) haya salido en los últimos años de su anonimato en la ciencia exegética? Quien quisiera encontrar una respuesta a esta pregunta debería antes hacer otra que concierne a la historia de la investigación: ¿cómo se explica que los LXX hayan tenido una función subordinada en el ámbito de la Iglesia occidental, mientras que en la Iglesia oriental ha constituido, desde la antigüedad, la base de la enseñanza teológica y del anuncio eclesial?
En este artículo1 se tratarán, ante todo, los siguientes temas:
1. ¿Qué función se le atribuyó a los LXX como fuente del texto bíblico? ¿Qué argumentos significativos se hicieron en el pasado para que los LXX apenas tuvieran relevancia en el ámbito de la Iglesia occidental? ¿Qué acercamientos a los LXX se han desarrollado desde las ciencias teológicas y filológicas actuales?
2. ¿En qué medida se presentan los LXX no solo como una traducción de los textos hebreos, sino que también se dejan comprender como su interpretación? ¿En qué sentido modifican los LXX sobre todo las afirmaciones sobre Dios, cambian la terminología y corrigen las afirmaciones? Estos nuevos acentos ¿constituyen un fenómeno aislado o atestiguan discusiones teológicas que están detrás de la traducción?
3. ¿Qué contribución hace el estudio de los LXX para comprender el Nuevo Testamento? ¿Qué perspectivas se abren a la investigación futura?
Durante la Reforma y la Contrarreforma se produjeron una serie de acontecimientos importantes que contribuyeron a que, si bien los LXX no se olvidaran del todo en la Iglesia de Occidente, sí tuvieran una importancia menor durante siglos.
Una posición clave para la valoración de los LXX fue ocupada por Jerónimo († 420 d.C.), traductor de la Biblia. En contra de lo que habitualmente se piensa, él no rechazó del todo los LXX2; más bien se decantó a favor de la hebraica veritas, por tres razones:
a) En su Prologus in Pentateucho3, que antepone a la traducción latina del Pentateuco, Jerónimo distingue entre el vates y el interpres: el primero es el visionario, aquel que, partiendo de una experiencia directa, pone en palabras el mensaje divino y anuncia el futuro; el segundo, en cambio, es el traductor, aquel que recibe el mensaje transmitido de otra mano y lo transforma, gramaticalmente y retóricamente reelaborado, en otra lengua.
b) Jerónimo vincula el argumento anterior con otro. Según la leyenda del origen de los LXX, los setenta traductores, separados entre sí, con enorme asombro para los testigos, consiguieron llegar a la misma traducción griega. Sin embargo, Jerónimo no da crédito a esta noticia, sosteniendo que las dos fuentes, la Carta de Aristeas, §§ 301-3114, y Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos XII, §§ 103-1115, no aclaran bien este detalle (cf. el Prologus). Este se encuentra, más bien, en Filón de Alejandría (De vita Mosis, II, 37), del que se sirve para revalorizar los LXX como traducción adecuada del texto bíblico. En cuanto tal, los LXX habrían debido adquirir el rango de una Sagrada Escritura emergente, es decir, una escritura inspirada por el Espíritu de Dios. De hecho, la leyenda se interpretó después también en este sentido (cf. Eusebio, Historia eclesiástica, V, 8, 14). Sin embargo, Jerónimo no reconoce en absoluto a los LXX esta dignidad: según él, los traductores han confrontado efectivamente los textos, como sostiene la Carta de Aristeas, pero no han desarrollado una tarea profética (contulisse...non prophetasse,así en el Prologus).
c) Jerónimo remite a las numerosas diferencias entre los manuscritos griegos y hebreos de la Biblia, sobre todo a las adiciones y a las omisiones encontradas en los LXX (Epistula 57,116). En la evaluación de estas variantes reside para él el criterio decisivo para distinguir el texto original y el traducido. Así se decide la suerte de los LXX, al menos en el plano de la crítica textual: así como en la confrontación entre las variantes del Nuevo Testamento el texto griego debe mantenerse como referencia, de igual modo el crítico textual del Antiguo Testamento debe orientarse hacia la hebraica veritas. Expresado con una imagen, habría que buscar en los riachuelos lo que procede de la fuente (Epistula 106,2)7.
Sin embargo, pese a su inclinación a favor de la hebraica veritas, Jerónimo no rechaza del todo los LXX. No solo en sus comentarios remite continuamente al texto bíblico griego, que interpreta8, sino que los LXX tienen para él un puesto intocable en la liturgia. En efecto, los LXX deben ser objeto de consideración por su vetustas; es decir, por su antigüedad. Por otra parte, como comenta el mismo Jerónimo, estaba ya en uso antes de la primera venida de Cristo y sucesivamente los apóstoles no utilizaron otra Sagrada Escritura sino los LXX (cf. Epistula 57,11). Por consiguiente, los LXX habrían tenido mucha importancia para él en relación con el canto litúrgico, pero la hebraica veritas tendría que estar en la base del estudio científico de la Escritura (cf. Epistula 106,46)9. Esta distinción provocó que Jerónimo tradujera el Salterio del texto hebreo y que el Psalterium Gallicanum, traducido del griego por él, se mantuviera durante muchos siglos en el uso de la liturgia y en las horas canónicas de la Iglesia latina.
Casi un milenio después de Jerónimo se produce en el mundo occidental un nuevo debate sobre el texto bíblico, pero bajo auspicios completamente distintos, dado que durante el tiempo transcurrido el texto bíblico de referencia de la Iglesia latina era la Vulgata. Puede ser útil hacer aquí un par de clarificaciones.
Ya desde el siglo XV, por consiguiente, mucho antes del comienzo de la Reforma, diversos estudiosos pedían que se realizara una nueva Biblia partiendo de las lenguas originales. Como probable primer autor de esta época, el humanista Giannozzo Manetti (1396-1459)10 tradujo al latín el Salterio hebreo. La necesidad de una nueva traducción se basaba para Manetti en dos elementos: a lo largo de los siglos la Vulgata había sufrido múltiples cambios y alteraciones. Además, con su traducción, Manetti quería responder a las objeciones de sus interlocutores judíos, que reprochaban a los cristianos el hecho de haber traducido la Biblia utilizando fuentes no fiables. Es evidente que Manetti puso como base de su traducción exclusivamente manuscritos hebreos, puesto que de hecho solo se sirvió del texto bíblico hebreo como fundamento del debate común. En cambio, no discutió sobre los LXX como texto de referencia para la Biblia, porque consideraba que sus variantes cuantitativas y cualitativas eran secundarias con relación al texto bíblico hebreo11, lo que revela claramente la influencia de Jerónimo en su argumentación.
Unas décadas después de Manetti, Erasmo de Róterdam luchó a favor de una nueva traducción de la Biblia a partir de las lenguas originales, sobre todo por dos razones: fundamentalmente porque las fuentes debían tener prioridad sobre cualquier traducción, porque un traductor está inevitablemente sometido a alejarse, de cualquier modo, del texto original (In Novum Testamentum prefationes, 98)12. Además, la Biblia latina traducida por Jerónimo no estaba ya en su forma original, sino que estaba desfigurada por numerosos descuidos y errores (In Novum Testamentum prefationes, 44; 96).
Las elecciones que encontramos en la época de la Reforma y de la Contrarreforma sobre la cuestión de los textos bíblicos de referencia son conocidas y no necesitan abordarse extensamente13. Manteniéndose en la línea de la tradición del Humanismo, los reformadores se rodearon de los textos bíblicos hebreos. En cambio, la Iglesia católica romana determinó, en la primera etapa del Concilio de Trento, en 1546, que el texto bíblico de referencia vinculante era la Vulgata. Tanto por la decisión de la Reforma a favor de la Biblia hebrea como por la decisión de la Iglesia católica a favor de la Vulgata (que había que corregir desde la perspectiva de la crítica textual), la consecuencia de las elecciones hechas en el siglo XVI es evidente: la menor importancia que han tenido los LXX en el ámbito de la Iglesia de Occidente. Después de que los humanistas hubieran reelaborado los métodos de la crítica textual científica, los LXX se redujeron a tener con frecuencia una función comparable con la de una mina «donde sacar piezas de recambio»; es decir, allí donde el texto bíblico hebreo presentaba dificultades o parecía enigmático, se trataba de reconstruirlo con las reservas del texto de los LXX, siempre que se presentase menos problemático.
Los tratamientos tradicionales de los LXX en las últimas décadas se han demostrado insuficientes por varias razones. Ante todo, debe afirmarse que el modelo epistemológico relacionado con la imagen de la fuente y los arroyos, inventada por Jerónimo, y que ha influido en la ciencia bíblica hasta hoy, no es aplicable a priori. Además, la confrontación crítico-textual entre los LXX y el Texto Masorético (TM) se ha colocado sobre una nueva base metodológica en las últimas tres décadas. En efecto, las investigaciones recientes en la crítica textual del Antiguo Testamento han hecho necesario un replanteamiento por dos motivos fundamentales. El primero concierne a las fuentes de las que disponemos hoy, y el segundo a la metodología:
a) El descubrimiento de los textos de Qumrán ha influido determinantemente en los estudios de crítica textual y de historia del texto del Antiguo Testamento, justo en aquellos libros en los que los LXX se distancian fuertemente del TM14. En algunos casos, la comparación entre los fragmentos de Qumrán y el texto de los LXX han dado el siguiente resultado: los LXX transmiten en la tradición griega una forma textual específica, cuyas diferencias cuantitativas con respecto al TM no deben atribuirse al traductor. Las diferencias implican, más bien, un texto hebreo que no era idéntico al tardío TM. Tal es el caso del libro de Jeremías, cuya versión más breve en los LXX está atestiguada también en los fragmentos hebreos de Qumrán (sobre todo en 4QJrb). Asimismo, algunos fragmentos de Qumrán de los libros de Samuel-Reyes muestran una gran proximidad con la tradición textual que conoce los LXX. Bien es verdad que la discusión sobre estas cuestiones no se ha concluido aún definitivamente. Sin embargo, puede afirmarse con cierta seguridad que en los dos últimos siglos antes de Cristo existían varias tradiciones textuales hebreas, que están atestiguadas en Qumrán e indirectamente en los LXX. Además, esto significa también que las diferencias de los LXX con respecto al TM no son atribuibles al traductor, que habría reproducido diferentemente el texto de partida por un error, por ignorancia o por una intención. Más bien, los LXX es el testigo indirecto de una pluralidad de formas textuales del texto bíblico del Antiguo Testamento en la época helenístico-romana, y, por tanto, un testigo de su compleja historia textual.
b) El análisis de la técnica de la traducción empleada en cada libro de los LXX ha llevado a una nueva valoración de sus variantes15. A menudo eran y son consideradas como una corrección del TM, cuando este es considerado problemático. Sin embargo, las variantes de los LXX pueden considerarse como correcciones del TM únicamente cuando es posible excluir con seguridad que estas no se deben al interés de conferir un nuevo perfil literario y de contenido a la traducción por parte del traductor. Otra razón por la que no es lícito admitir una corrección tout court del texto bíblico hebreo por parte del texto griego reside en el hecho que ambos son testigos de diferentes formas y tradiciones textuales, cuyos desarrollos difieren entre ellos y cuya relación recíproca debe juzgarse atendiendo a cada caso. Por consiguiente, no es metodológicamente admisible producir una especie de texto mixto a partir de los dos, salvo aquellos casos en los que una tradición textual transmite un error evidente. Esto no significa que los LXX no tengan pertinencia alguna en la crítica textual del texto hebreo de la Biblia, sino que, en el mejor de los casos, debe considerarse de utilidad limitada con respecto a la reconstrucción del texto hebreo. De hecho, su historia textual debe investigarse independientemente de la del TM16.
Prescindiendo de las cuestiones de crítica textual y de historia del texto, que han experimentado una nueva valoración en las últimas décadas, el estudio en profundidad de los LXX se impone por razones principalmente imputables al hecho de que los estudios tradicionales sobre ella muestran dos grandes lagunas:
a) Los escritos de los LXX, en cuyo fondo se encuentra una fuente hebrea, revelan numerosas particularidades teológicas y literarias que merecen un estudio detallado. De hecho, los textos de los LXX no son solamente un testimonio de la historia del texto del Antiguo Testamento, sino que brindan también una mirada sobre el mundo de las comunidades judeo-helenísticas y sobre sus ideas teológicas, y permiten deducir las relaciones de estas comunidades con el judaísmo de lengua hebrea o aramea, como también con su ambiente helenístico17.
b) Los escritos de los LXX constituyen un texto de referencia fundamental de la Biblia –y en muchos casos el único– no solo para los autores del Nuevo Testamento, sino también para los de la denominada «literatura intertestamentaria», para Filón de Alejandría y Flavio Josefo, y, posteriormente, para los Padres de la Iglesia griegos. Numerosos detalles terminológicos y de contenido de estos escritos son comprensibles solo cuando se tiene en cuenta el conjunto de su trasfondo bíblico griego18. Marguerite Harl (1919-2020), una gran especialista francesa en los LXX y su recepción, en particular en la iglesia antigua, designa esta aproximación a los LXX con el término aval («río abajo»), mientras que con amont («río arriba») entiende la otra perspectiva; a saber, el análisis de los LXX como traducción e interpretación de los textos hebreos previos a ellos19. La complementariedad de ambas perspectivas está corroborada por los volúmenes publicados hasta ahora de la traducción y del comentario en francés a los LXX, que han sido editados con el título La Bible d’Alexandrie.
Sintetizando, puede afirmarse, por tanto, que en las últimas décadas –en particular desde el descubrimiento de los fragmentos bíblico de Qumrán– también los LXX han entrado con mayor determinación en el campo de la ciencia exegética. Esto se debe, por una parte, al interés por el texto bíblico griego como documento de la historia del texto bíblico desatendido durante mucho tiempo, que merecía un mayor análisis y un comentario más profundo, y, por otra, al hecho de que el texto bíblico griego se percibe, hoy más que en el pasado, como un texto original que ha ejercido una enorme influencia en la literatura judía de la época helenístico-romana, y, posteriormente, también en el Nuevo Testamento y en la literatura cristiana de lengua griega.
En los últimos veinticinco años no solo se han publicado varias traducciones de los LXX en lenguas modernas (entre otras, francés, inglés, italiano, español, alemán), sino que también han surgido diversos comentarios y las interpretaciones más diferentes de textos específicos, concernientes prácticamente a todos los libros bíblicos. Los resultados de estos estudios son variopintos20. En los casos individuales no existe consenso sobre la intensidad con la que el traductor ha querido acentuar un contenido con una traducción diferente. No obstante, el análisis minucioso del texto bíblico griego ha permitido –incluso prescindiendo de las cuestiones de historia y de crítica textual– comprender y describir con precisión el perfil literario y de contenido de las colecciones (por ejemplo, los Doce profetas) o de cada libro. En algunos casos es también posible reconocer determinadas tendencias de contenido que se extienden por todos los libros de los LXX.
Estas observaciones tienen, sin duda, su relevancia para la exégesis bíblica, pero también para la historia de la teología judía y cristiana. En efecto, los LXX es un documento de aproximadamente los tres últimos siglos antes de Cristo. Se ubica, por consiguiente, en una época en la que, simplificando un poco, están disponibles de una forma casi definitiva los escritos que sucesivamente llegaron a entrar en el canon hebreo.
Los LXX, sin embargo, no presenta en ningún caso una traducción literal de su texto hebreo de partida, sino que, más bien, lo interpreta siempre de nuevo y de modos diversos, y ofrece una visión indirecta de las discusiones teológicas de su época, de las que también encontramos huellas en los otros textos judíos de lengua griega, por ejemplo, en la Carta de Aristeas y en las obras de Filón de Alejandría.
