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Se suele decir que "la vida es corta" o que "solo hay una vida", pero tras leer el libro de Lorena Perelló, esa percepción cambia por completo: la vida es eterna, la existencia continúa. Desde niña, Lorena tenía un don que la hacía diferente: podía comunicarse con las almas. Su adolescencia estuvo marcada por la incertidumbre y el miedo a ser "rara", hasta que en su adultez, a través del amor, comprendió su verdadera esencia. En estas páginas, la autora nos sumerge en su historia personal y en el despertar de su don, llevándonos a una visión espiritual de la vida y de la muerte. Con una narración íntima y cercana, comparte experiencias, testimonios y aprendizajes que la ayudaron a aceptar su misión: ser un puente entre este mundo y el más allá.
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Veröffentlichungsjahr: 2025
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Lorena Perelló
La vida continúa
Un viaje de amor y conexión con las almas
BÚSQUEDAS
Perelló, Lorena
La vida continúa : un viaje de amor y conexión con las almas / Lorena Perelló. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6635-78-5
1. Memorias. 2. Espiritualidad. 3. Memoria Autobiográfica. I. Título.
CDD 808.8035
© 2025, Lorena Perelló
Primera edición, junio 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Mariana Gómez Masía y Patricia Jitric
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Conversión a formato digital Estudio eBook
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
www.pampublicaciones.com.ar
Este libro está escrito con todo mi amor. Aquí cuento la historia de mi vida, lo que me fue sucediendo desde pequeña, desde el momento en que comencé a ver gente muerta, que ya no está en este plano, y las dificultades que esa habilidad me generó. Abro mi corazón para contar aquello que guardé durante mucho tiempo por sentirme rara, diferente; aquello que ni siquiera yo entendía, pero padecía.
Aquí también hablo de mi despertar espiritual, la manera que hallé para entender que somos más que un cuerpo físico, que nuestro hogar es el plano espiritual, ya que somos seres espirituales teniendo en este mundo una experiencia más de las tantas que ya hemos vivido. Soy médium, siempre lo he sido aunque no lo supiera. Soy capaz de ver, sentir y escuchar a las almas que se encuentran en el plano espiritual. Puedo describir aspectos físicos de la persona fallecida, sentir en mi cuerpo las emociones y sensaciones que experimentó antes de morir, y transmitir sus mensajes.
No ha sido fácil mi camino siendo médium, he sufrido mucho por no entender lo que me pasaba y luché lo indecible contra ello. Pasé por muchas experiencias desagradables, horas desoladas, días lúgubres; vi, escuché y sentí muchas cosas con las que me acostumbré a vivir. Me costó aceptar esta percepción del mundo espiritual. Y cuando lo acepté, porque comprendí de qué se trataba, pasé noches enteras desvelada sin saber dónde o cómo iba a utilizar esa habilidad.
Durante gran parte de mi vida intenté abrirme de ese camino, postergarlo (negarlo era ya imposible) y enfocarme en mi profesión de maestra jardinera, que fue el escudo que me ayudó a superar aquellas sensaciones oscuras y de incertidumbre intolerables.
Cuando nos encontramos abatidos, sin fuerzas para seguir y percibimos que nuestro camino es incierto, allí, en ese instante, aparece la luz. Toda luz llega para expandir las consciencias y mostrarnos que algo nuevo comienza a nacer. La luz puede ser incierta y parpadeante; pero todos y cada uno de nosotros contamos con la notable capacidad de hacerla brillar en cualquier lugar. Aun en los tiempos más oscuros debemos esperar esa iluminación.
Ahora, que han pasado tantos años, me doy cuenta de que mi habilidad es la bendición más grande y maravillosa que la vida ha podido brindarme, sin importar la oscuridad que tuve que atravesar. Estoy muy agradecida de que haya sido así, de las oportunidades para desarrollarla, de haber contactado con mi guía espiritual que me sostiene y acompaña.
Y porque honro mi aprendizaje, este libro lleva también otra intención. Mi mayor anhelo es ayudar a aquellos que han vivido experiencias espirituales y demostrarles que todos podemos conectar con el plano espiritual. Todos somos médiums, cada cual a su manera. En mi caso, veo imágenes, palabras o escenas, pero hay otras formas de percepción. Si sientes que cuentas con esta habilidad, no te quedes atrapado por el miedo o por lo que los demás te digan, no te cierres a lo desconocido. Lee, busca, investiga sobre este tema. El conocimiento te brindará la claridad para ir, de a poco, conociéndote y permitiéndote ser quien eres. Si trabajas para ti y desarrollas tu confianza, esta habilidad seguirá creciendo, te maravillará y sorprenderá de manera muy grata.
El conocimiento nos da libertad, nos despeja el miedo. Sin embargo, este aprendizaje debe llevarse a cabo con seriedad, con disciplina, con mucho respeto y amor. Requiere de mucha responsabilidad, pues somos ese canal donde trabajamos en equipo con el plano espiritual.
Deseo que mis experiencias te den la calma y la certeza de que no estamos solos: nos acompañan ángeles y arcángeles, guías espirituales, maestros ascendidos y nuestros seres queridos que se encuentran en el plano espiritual.
Espero que en este libro halles algo que resuene en tu vida, te brinde la esperanza de que esta experiencia pueda servirte para comprender mejor el significado de la muerte, el objetivo de la vida en el mundo físico y así obtener la paz interna que produce la verdadera felicidad.
Creo que la facultad que ahora tengo la escogí y la acepté antes de venir a este mundo y, seguramente, me propuse con ella ayudar a los demás en el despertar de la consciencia.
Muchas gracias por acompañarme. Te abrazo fuerte.
LORE
Soy la mayor de dos hermanas, pero no fui la primera hija. Mi mamá perdió un embarazo cuatro meses antes del mío y un año atrás había dado a luz a mi hermano, que nació sin vida. Es decir que yo llegué en el tercer intento, luego de infinitas promesas a la Virgen y a la Difunta Correa. Mi hermana Natalia nació dos años y medio más tarde. De estas circunstancias me enteré de grande; las guardaron en secreto porque de determinadas cosas no se hablaba, tal como sucedió con mi mediumnidad. Apenas puedo imaginar la desolación de mis padres frente a la inexplicable situación de la muerte del primer hijo. Sé que el obstetra fue muy poco empático, que mi madre no llegó a verlo, que lo pusieron en un cajoncito blanco y mi papá se encargó de llevarlo al cementerio, donde está enterrado junto con mi abuela.
Nací en una clínica de General Pico, la segunda ciudad de la provincia argentina de La Pampa, y mi llegada les dio mucha felicidad a mis padres. De pequeña viví en el campo, en la zona rural de Eduardo Castex, un lugar que todavía me trae nostalgia porque crecí con mucho amor y libertad, y fui muy feliz allí. Recuerdo el olor a leña de la cocina, el fuego encendido hasta que nos íbamos a dormir en el invierno, el aroma a pan casero y las noches de verano con mi hermana, en las que nos quedábamos mirando las estrellas por horas y contábamos los satélites que pasaban. Aprendí el amor por las cosas simples de la vida: sentir la brisa del viento en la cara, esperar con ansias el verano para disfrutar de una sandía o comer moras a primera hora de la mañana, compartir los momentos en la mesa que eran de alegría y risas. Mi infancia está unida al campo y a la felicidad, y es un tiempo que atesoro.
Mi papá y mi tío eran los lecheros del pueblo. Cada mañana ordeñaban las vacas, vertían la leche en botellas de vidrio y salían a repartirla. Amaba levantarme temprano y ser la primera en tomar la leche recién ordeñada. Su sabor era único. Cuando regresaban luego del reparto, traían consigo las botellas vacías que mi mamá junto con mi tía lavaban minuciosamente y las dejaban limpias para el día siguiente. La comida era casera y consumíamos lo que nos daba el campo. A mí me gustaba recolectar los huevos de los nidos que las gallinas tenían en el patio. Como fieles descendientes de italianos, las pastas y las tortas eran la especialidad de mi madre y mi tía. Todos los fines de semana invadía la casa un aroma a torta de chocolate, masitas, tortas fritas con azúcar y canela que con mi hermana comíamos sin dejar que se enfriaran. ¡Eran una delicia!
El amor de mi familia me dio el cobijo que necesité para poder atravesar mi mediumnidad con contención. Y lo digo así a pesar de lo que voy a relatar, porque mi infancia y mi adolescencia tuvieron dos caras: la del miedo y el desconocimiento, por un lado; la de la alegría y el amor, por el otro. Esas dos caras eran inseparables y una no anulaba a la otra, es más: la del amor fue la que me permitió avanzar en la oscuridad y llegar a buen puerto con pocas heridas.
De pequeña era muy charlatana, me pasaba horas dibujando, pintando, haciendo garabatos en cualquier pedacito de papel que encontraba. A los tres o cuatro años comencé a tener miedo a la hora de dormir y a veces durante el día. Mi mamá recuerda que a mitad de la noche me levantaba y caminaba hasta su cama, donde me paraba y con los ojos bien grandes le decía que había alguien en la habitación, que tenía miedo, que si podía dormir con ellos. Esto empezó a suceder casi todas las noches.
En varias ocasiones, cuando estaba con mi familia en el patio, veía a un señor de mediana estatura, vestido con una túnica blanca larga que le tapaba los pies; las mangas anchas se movían cuando caminaba y su cara reflejaba una luz radiante. Pasaba de un galpón a otro (el galpón era el lugar donde guardábamos las herramientas del campo) y yo le decía a mi mamá:
—¡Mamá, mirá! Allí pasa un señor corriendo vestido de blanco. —Lo señalaba e insistía—: ¡Mirá, allá, mirá!
—No veo nada, Lorenita. ¿Por dónde lo viste? —Mi mamá intentaba ver lo que yo le mostraba.
—¡Allá, mamá! Mirá, allá va.
El hombre iba de un lugar a otro apurado como si estuviera haciendo una actividad con urgencia. Sabía que yo lo podía ver y tal vez por eso pasaba rápido, pero no se acercaba ni me daba miedo.
Había un lugar de la casa al que nunca me gustaba ir: la despensa, donde se guardaban las conservas. Hoy asumo que era una especie de portal, porque veía mucha gente que pasaba de una pared a otra. Algunos llevaban una valija; otros, un manojo de ropa en sus manos o tomaban de la mano a un niño. Todos vestían ropa de pocos colores, más bien marrones y beige, e iban hablando como lo haces con un amigo. En la esquina se formaba una especie de remolino por donde iban cayendo de a uno. Yo lloraba y me quedaba paralizada en la puerta; tenía miedo, no quería entrar. Ellos se daban cuenta de mi presencia, me miraban sin decirme nada y seguían. Entonces mi mamá me tomaba de la mano y me tranquilizaba:
—No hay nadie, Lore. Mirá, ¿ves? No hay nadie aquí, no llores.
Aunque yo sabía que no era así, mi temor disminuía por la seguridad que me transmitía su mano. Pero no se me iban las sensaciones que estallaban cuando me acercaba a ese lugar. Mi corazón latía a toda velocidad, sentía escalofríos por todo el cuerpo, no podía moverme, me paralizaba. En mi cuerpo quedaron tan grabadas esas emociones que las revivo con solo evocar aquel momento. Del mismo modo que recuerdo lo que mi ser sentía cada vez que llegaba la primavera y aparecían las primeras flores.
Me pasaba el día juntando verbenas, unas flores violetas, pequeñas y silvestres que crecían cerca de la casa. Su color me cautivaba y las ponía en una lata o en cualquier envase que encontrara. En ese tiempo, mi tío Alfredo (hermano de mi mamá) venía todos los fines de semana. Se encargaba de preparar la tierra para la huerta, hacer los surcos, clasificar las semillas, cortar aquellas malezas que pudieran impedir el crecimiento de las plantas y también del riego. Sembraba zapallos, melones, sandías, pepinos, maíz. Cuando lo veía colocarse el sombrero de paja y tomar una pala, sabía que estaba por salir rumbo a la huerta y me apuraba para acompañarlo. Me encantaba pasar ese tiempo con mi tío Alfredo, constatando con asombro el crecimiento de las plantas.
El verano llegaba y con él la sandía recién sacada de la huerta, crocante y dulce. Era el tiempo de andar a caballo por el campo, recibir la visita de mis primos en los festejos de los cumpleaños, aguardar la llegada de mi papá después del trabajo. Por las noches dormíamos con las ventanas abiertas y oíamos a los grillos y las ranas cantar como si fuera un concierto.
Recuerdo en especial una noche de verano cuando tenía cinco años, en la que daba vueltas en la cama, sin poder dormir. Me senté y a través de la ventana abierta vi a un hombre apoyado en una de las puertas que dividía el patio de la casa con el resto de los galpones. Era de mediana estatura, llevaba pantalones anchos color marrón, una camisa con un pañuelo en el cuello y una boina en su cabeza. Me miraba, levantaba la mano y me saludaba. En ese momento los perros comenzaron a ladrar. Corrí a la habitación de mis padres, me paré al lado de la cama y tocándolo muy despacito, desperté a mi papá y le dije:
—Papi, afuera hay un señor apoyado en la puerta.
Imagínense, en pleno campo, en plena oscuridad, era alarmante que un extraño merodeara la casa. Mi papá enseguida se levantó y salió a ver quién era. Recorrió todo el patio sin encontrar a nadie y regresó.
—¡No hay nadie, Lore! —me dijo.
—¡Sí, papi! Te está mirando y te saluda —y con mi manito lo señalaba.
En ese instante tuve una revelación: mi padre no lo veía; yo veía gente que mis padres no podían ver. Sin embargo, los perros ladraban a la puerta. ¿Ellos sí lo veían? ¿Quién era esa persona? ¿Qué me quería decir? Estaba desconcertada, era demasiado pequeña para entender de qué se trataba. Esa noche dormí con mis papás y a partir de allí, el miedo se instaló en mi vida.
Al día siguiente me desperté y comencé a tartamudear, no me salían las palabras. Yo, que era tan charlatana, no podía hablar. Mis padres me llevaron al médico, me realizaron varios estudios y no hallaron ninguna causa física, por lo que el doctor concluyó que era algo transitorio y que ya pasaría. Ante la desesperación de verme así, decidieron consultar con una curandera, práctica habitual en mi pueblo. La mujer dijo que me habían provocado un daño, que una energía negativa me estaba obstruyendo el habla. No sé qué hizo, pero salí de allí y comencé a hablar con fluidez de nuevo. Hoy pienso que en algo me aliviaría, quizá me extraía las almas que querían ocupar mi cuerpo, perturbarme. Sin embargo, las visiones no desaparecieron y se volvió un hábito la visita a las curanderas. Me daban para tomar té de ruda, me recetaban baños con hierbas. A lo largo de los años, mis padres gastaron muchísimo dinero, porque querían verme bien y no sabían qué otra cosa hacer. No se imaginaban —nadie se imaginaba— que yo poseía habilidad mediúmnica y siempre creyeron que me hacían daños, tal como afirmaban las curanderas. Todos esos rituales se guardaban celosamente en la familia, solo lo sabía la tía con la que vivíamos en el campo, nadie más.
No sé si esto fue la única causa, lo cierto es que mi madre comenzó a sobreprotegerme. Me veía muy delgada y me hacía tomar vitaminas de todos los colores. Hasta que me llevó a un médico que le dijo que mi contextura era pequeña y que estaba muy saludable, por lo que no hacía falta que tomara vitaminas o suplementos. Yo soy la única menudita de mi familia, que es de buen comer y, en general, de contextura robusta. Probablemente esta condición sumaba temores a la imaginación de mi mamá, que ya tendría bastante con lo que me ocurría. Por las noches dormía poco, siempre alerta a lo que me sucedía. Yo la llamaba y ella respondía: “¿Sí, Lorenita?”. Entonces ya podía dormirme tranquila, porque sabía que permanecería desvelada por un largo rato y cuidaría mi sueño.
Durante el día todo era distinto, pero aun así no me podía quedar sola en casa, porque no me sentía protegida. La presencia de las almas nunca me dio descanso, aunque la actividad diurna me entretenía y mi atención se concentraba en lo que hacía. Casi no tenía juguetes. Cuando crecí fueron llegando algunos, sobre todo con los Reyes Magos. Mientras tanto, mis muñecas eran los eucaliptos, a los que le ponía nombre, y jugaba a la maestra. Me pasaba largas horas escribiendo en el pizarrón, ya desde entonces me encantaba enseñar. Mi imaginación convertía en juguete cualquier objeto que tuviera a mano. Me trepaba a los árboles y en uno en particular dormía la siesta; me entretenía pescando en el estanque y regresando los peces al agua. Pero llegaba la noche y comenzaba el calvario, porque sabía que venían a buscarme.
Mi papá trataba de aliviar el momento del sueño, y todas las noches, para que nos pudiéramos dormir tranquilas, nos leía un cuento. Con mi hermana nos sentábamos una de cada lado y lo escuchábamos atentamente. Los cuentos eran historias de campo que inventaba con tanto misterio que nos atrapaba y nos hacía reír. Aún recuerdo algunos de esos cuentos con gran nostalgia.
En el campo no teníamos electricidad, solamente se encendía un motor una hora por la noche y aprovechábamos para ver un programa en la televisión del único canal que sintonizábamos. Nunca vi dibujitos animados, porque los programas infantiles se daban por la tarde. Tampoco teníamos agua caliente y para bañarnos debíamos calentarla. Usábamos como bañera el mismo fuentón que se utilizaba para preparar el mejunje de la morcilla y yo no quería meterme ahí. Por más que mi mamá lavaba bien el recipiente, el olor me resultaba insoportable, porque siempre fui muy sensible a los olores y era un suplicio higienizarme ahí adentro. Esto ocurría en el invierno, cuando se hacían las carneadas y preparaban chorizos, morcillas y achuras; venían tías y tíos, y se reunía toda la familia.
Las noches de luna llena del verano salíamos a peludiar, a buscar peludos entre los maizales; y en el invierno, a cazar liebres que luego se preparaban en escabeche o estofado. Si bien los recursos económicos eran los básicos, la comida era muy abundante.
Cerca de donde vivíamos había una escuela rural a la que concurrían mis primas mayores. Una sola maestra se ocupaba de todo: daba clases, mantenía la limpieza del lugar, preparaba la comida y atendía los requerimientos de sus alumnos, organizados en un único grupo de edades diferentes. Esto le exigía enfocarse en las distintas necesidades y ofrecer diversos contenidos según el desarrollo cognitivo de cada uno.
A los cinco años comencé el jardín de infantes, pero solo concurrí un par de semanas ya que me pasaron directamente a primer grado. La maestra le dijo a mi mamá que estaba al nivel del grupo. Todos los días íbamos con mis primas caminando hasta la tranquera de entrada al campo y allí esperábamos que la maestra nos pasara a buscar en su auto. Los recreos eran muy largos y permanecíamos mucho tiempo jugando debajo de los árboles a las escondidas, a la rayuela. Mi tiempo en la escuela de campo fue extraordinario; aún hoy continúo en contacto con la maestra y mis compañeros.
Mientras escribo, recorro aquellos años de mi infancia y vuelvo a enternecerme y disfrutar de los infinitos momentos que quedaron sellados en mi alma, momentos que me dieron plenitud y valores a mi vida. Agradezco haber nacido en la familia que mi alma eligió porque la esencia de quien soy hoy la forjé allí, en ese lugar, con ese calor de hogar, con esa vida simple, con ese amor natural.
Hubo mucha felicidad, pero también miedo y extrañeza. Yo quería ser normal pero me sentía rara, distinta del resto de la gente. Me quería quitar “eso” todo el tiempo, me desesperaba. Quería ser como mi hermana, que roncaba de tan tranquila que dormía. Quería dejar de ver lo que nadie veía. Solo el amor de mis padres y su contención me ayudaron a atravesar lo que me tocó vivir. Porque después se puso peor.
Cuando me faltaban dos años para terminar la escuela primaria, mis padres compraron una casa en el pueblo y nos fuimos a vivir allá. Resultaba más cómodo, porque de otro modo hubiera tenido que viajar todos los días los diez kilómetros que nos separaban de Eduardo Castex.
Eduardo Castex es una localidad pequeña de diez mil habitantes con diagonales que convergen en la plaza central. Como tantos pueblos argentinos, en la entrada hay un arco que lleva inscripto el nombre y, más visible, la referencia a la actividad que lo identifica: “Fiesta Provincial del Trigo”. Cada año, en enero, se realiza una fiesta donde se eligen el mejor grano de trigo de la zona y a la reina de la festividad, y la gente también disfruta de un show musical. Es el gran evento social al que se le dedican varios meses de organización y preparativos.
En la plaza del pueblo hay un reloj cucú que mide siete metros de ancho por cinco de alto y es considerado el más grande del mundo. En verdad es imponente y esplendoroso. Todos los fines de semana la gente se reúne en la plaza a tomar mate o sale a dar una vuelta en auto a poca velocidad, pasea por los alrededores de la plaza y por las diagonales principales.
El cambio de vida del campo a la ciudad fue muy movilizador. Me encontraba en otro mundo. Recuerdo el olor a construcción nueva de la casa. El baño estaba adentro y ya no tendría que salir al exterior cada vez que necesitara ir, era calentito y, lo más impactante: tenía ducha. Si algo agradecí y disfruté fue sentir el agua caliente que salía del grifo. Era una dicha, ya no debería calentar agua cada vez que quisiera lavar mis manos o bañarme.
A diferencia de la casa del campo que tenía pisos de parqué (a los que yo les pasaba el lampazo durante horas para que brillaran; me encantaba el olor a cítrico que despedía en cada pasada), los de la casa nueva eran de mosaico. Aunque fríos y poco acogedores, se veían relucientes. Todo brillaba, incluso mi felicidad.
En Eduardo Castex vivían mis abuelos, tíos y primos, prácticamente toda la familia. Como nos había tocado el turno tarde de la escuela, almorzábamos temprano y mi mamá nos llevaba a mí y a mi hermana. Luego mi abuelo paterno nos pasaba a buscar. Invariablemente, la maestra me anunciaba:
—Lorena, ¡está el abuelo esperándolas!
Y allí estaba, sentado en la camioneta, cerca de la puerta de entrada de la escuela, con una sonrisa que irradiaba tanto amor y toda la paz en su mirada. Mi abuela nos aguardaba con la taza de leche y galletitas que salían de una de las latas de la cocina.
Probablemente se debiera al hecho de que ya estaba más grande y era más consciente, lo cierto es que mi conexión con el mundo espiritual era cada vez mayor y mis miedos aumentaban. Las almas que se comunicaban conmigo continuaban procediendo de planos muy bajos, del llamado “bajo astral”. Voy a explicarles algunas nociones para que entiendan qué era lo que ocurría y dimensionen la magnitud de mi situación. Como ya lo señalé varias veces, yo no tenía ni idea de todo esto todavía.
Cuando la mediumnidad se destapa en una persona, por lo general conecta primero con el plano del bajo astral, porque es el más cercano al plano físico. Allí se hallan almas que por alguna razón no encuentran la luz, porque están desorientadas, por estar apegadas a sus familiares o a los bienes materiales, por un sentimiento de culpa o resentimiento. Luego, poco a poco se van desprendiendo de esos pensamientos y ayudadas por seres superiores, continúan su tránsito hacia la luz.
Algunas son sumamente infelices y en ocasiones hacen sufrir a los que estamos aquí todavía encarnados: nos perturban con ruidos molestos o en los sueños, mueven cosas de lugar, encienden luces para demostrarnos que ellas llevan el control; absorben nuestra energía vital provocándonos gran cansancio.
Estas almas eran las que me acechaban diariamente, a tal punto que cuando nos mudamos al pueblo empecé a dejar la luz del pasillo prendida por la noche. En la oscuridad absoluta mis percepciones eran mayores y sentía mucho temor. El pasillo mediaba entre la habitación de mis padres y la nuestra (compartía el cuarto con mi hermana); la luz alumbraba la puerta, daba claridad en el interior y yo tenía la sensación de que podía controlar las percepciones un poco más. En ocasiones, mi hermana me pedía que la apagara porque no podía dormir con tanta luminosidad, pero yo le suplicaba que la dejáramos encendida y ella siempre accedía. A veces, cuando las manifestaciones eran muy fuertes, le rogaba que me dejara dormir con ella. Necesitaba estar cerca, tener contacto físico con alguien. ¡Agradezco tanto la compañía de mi hermana! Estuvo siempre presente y no hubo vez que no me ayudara a calmarme en los momentos en que me sentía desbordada.
Siempre me iba a dormir antes que mis padres para conciliar el sueño con la tranquilidad de que ellos todavía estaban despiertos. Después que me venían a saludar, me tapaba con la sábana hasta la cabeza y apenas dejaba un huequito para respirar. La luz prendida y la presencia de ellos era lo único que me brindaba sosiego para superar lo que cada noche me traía. Si me dormía enseguida, conseguía descansar, pero si por algún motivo me desvelaba, comenzaba la pesadilla nocturna y no pegaba un ojo.
El taparme con la sábana me daba protección, me separaba de las almas que se acercaban cada noche. Sabían que yo podía verlas y escucharlas, y cuando sentía que se iban aproximando, mi respiración se aceleraba con gran intensidad; sostenía las sábanas bien fuerte para que no me tocaran. Algunas almas se sentaban al pie de mi cama y acariciaban las sábanas o intentaban pasar la mano por debajo de ellas. Me corría un frío por todo el cuerpo, comenzaba a transpirar, cerraba con fuerza los ojos e imploraba a Dios que las alejara. El cansancio me abatía, pero no dormía nada, necesitaba estar alerta. Otras almas, para llamar mi atención, golpeaban las ventanas, hacían ruidos en el techo, aporreaban la pared y cuando comenzaba a orar con todas mis fuerzas, se reían y continuaban haciendo más escándalo.
En otras ocasiones podía verlas tal cual habían muerto. Si habían tenido un accidente, las veía ensangrentadas, con los brazos extendidos hacia mí pidiendo ayuda. En esos momentos ya no podía más y comenzaba a llamar a mi mamá.
—¡Mamá! ¡Mamá!
—Sí, Lore, ¿qué pasa?
—Nada, nada —decía.
El llamar a mi mamá me bastaba para recuperar algo de tranquilidad ya que sabía que se quedaría despierta y así me sentía protegida. Las veces que no podía conciliar el sueño, rezaba toda la noche. Le pedía a Dios que me cuidara mientras miraba la hora a la espera de que se hicieran las cinco de la mañana, cuando sonaba el despertador de mi papá. Como él seguía trabajando en el campo, se levantaba muy temprano. Recién conciliaba el sueño cuando escuchaba el despertador, porque sabía que mi padre estaba despierto y me protegía.
Durante el día trataba de no quedarme sola en la casa, igual que sucedía antes en el campo. Si mis padres se iban a hacer compras, yo los acompañaba. En el silencio de la casa mis percepciones eran más agudas, sentía la cercanía de las almas, sabía que me observaban pero no cómo manejarlo. Las veía todo el tiempo, no importaba dónde estuviera.
Cuando murió mi abuelo paterno, al que quería mucho y con quien compartí hermosos momentos, permanecí semanas sin dormir. Oía sus pasos, lo veía venir a acariciarme y hacerme compañía, pasaba sus manos por mi cabeza para que me calmara. Yo sabía que era mi abuelo, que nada malo me pasaría, pero no entendía cómo seguía vivo. ¿Qué pasaba con su alma? Todavía no sabía que veía a gente muerta, recién lo supe cuando conocí a Matías, el que sería mi marido. Pero todavía, a mis quince años, permanecía en la ignorancia.
Una noche pedí tanto en mis rezos para que alguien de la familia pudiera escuchar lo que yo escuchaba, que me fue concedido. Le dije a mi hermana:
—Nati, ¿escuchás ese ruido, escuchás los pasos del abuelo? Está viniendo.
—Sí, Lore, lo escucho. Arrastra los pies como cuando estaba vivo.
Era la primera vez que ella podía oír lo que yo oía. Aquella noche sentí paz. Recuerdo que nos acostamos juntas y dejamos la luz de la habitación prendida. Que mi hermana hubiera escuchado los pasos de mi abuelo me brindaba la tranquilidad de que ella sabía de qué hablaba, por qué sentía tanto miedo y que si le pedía pasarme a su cama, era porque realmente estaba asustada. En aquel tiempo nosotras nunca hablamos de esto en forma directa, en mi familia no se hablaba. Era como un gran secreto que por supuesto no colaboraba para que mi vida fuera menos sufrida. Y sé que no tenía que ver con la falta de amor, todo lo contrario. Entiendo que mis padres se enfrentaban con algo desconocido que escapaba a la explicación racional y lo manejaban como podían.
En el campo, mi papá tenía un empleado que lo ayudaba con las tareas diarias. Una mañana, mi padre partió para allá como de costumbre, sin imaginarse lo que le aguardaba: el empleado se había suicidado y había dejado una carta en la que explicaba sus motivos. A partir de ese momento, cada noche se aparecía el alma pidiéndome que lo ayudara, que no tenía adónde ir, que lo escuchara. Estaba aterrorizada; se presentaba con sus ojos saltones y su mirada perdida, y yo solo atinaba a refugiarme bajo las sábanas, donde comenzaba a rezar. Ese tiempo fue tan desolador para mí, nunca quise tanto que se alejara la noche. Era más consciente de mi padecimiento y todo parecía magnificarse a medida que crecía.
En una oportunidad supliqué en mis oraciones para que alguien más viera o escuchara lo que yo vivía. De nuevo, como antes con Nati, lo pedí con tanto corazón, que me fue concedido. Mi habitación lindaba con el cuarto que era una especie de despensa donde había una mesa y sillas apiladas, y allí mi papá colgaba los chorizos. Todas las noches me llegaban los ruidos de las almas que bajaban las sillas y aquel día de mi ruego, vino mi mamá y se alarmó porque creyó que había ladrones.
—Pero ¿qué está pasando al lado, Lorenita? ¿Están bajando las sillas? —Estaba pálida.
—Es que se reúnen ahí —contesté yo sin agregar más detalles, alucinada porque mi madre los oía. Ella salió corriendo a los gritos.
—¡Raúl, Raúl! ¡Nos están robando los chorizos!
La anécdota hoy me resulta graciosa, mi madre creía que había ladrones y yo no la persuadí de lo contrario. No estaba en sus posibilidades aceptar que se trataba de almas en pena; tampoco en las mías. Pero al menos por esa noche no estuve sola en mi experiencia y corroboré mi cordura.
Muchos años después supe que donde hay un médium, las otras personas también pueden escuchar o sentir las almas. Es como una onda expansiva o como si fuésemos antenas. Me suele suceder en las sesiones en las que, mientras estamos hablando, de pronto se baja la llave térmica de la casa de la familia consultante o un foco de luz titila continuamente. Las almas utilizan la fuente de energía para lo que necesiten en pos de comunicarse.
Mi paso por la escuela secundaria fue silencioso. Era más bien tímida y evitaba participar en los encuentros que proponía mi grupo de compañeros. Yo era la rara. Cuando hablaba con ellos no los miraba a los ojos, porque estaba siempre viendo almas que andaban por allí. Esto me sucedía todo el tiempo, pero con mis compañeros o amigas se volvía más difícil, porque jamás les compartí lo que me ocurría. La adolescencia es una etapa complicada y si le agregamos mi situación “especial”, comprenderán que fue mucho más compleja. Me hubiera gustado disfrutar más, sufrir menos.
Mi angustia, mi desesperación al no poder controlar lo que me sucedía, me volvieron una persona callada. Guardaba un secreto que además desconocía de qué se trataba. Como el tema de mi mediumnidad fue siempre silenciado, nunca dije nada a nadie sobre lo que me pasaba y sentía. Solo mi familia y mis tíos lo sabían, pero tampoco se hablaba entre nosotros.
Viví experiencias muy penosas antes de entender cómo debía proceder para comunicarme con los otros planos, ya fueran elevados o del bajo astral.
Por eso, si viviste o estás viviendo alguna de estas situaciones, si escuchaste voces o sentiste presencias, te aconsejo que no tengas miedo. El miedo alerta a las almas sobre lo que sentimos y hacen todo lo posible porque perdamos nuestro control para dominarnos. La actitud adecuada para evitarlo es enfocarnos en el amor que somos, en la luz que emite nuestra alma. Decirles que no las podemos ayudar, que no es el momento ahora.
Las almas en tránsito buscan ayuda constantemente, sea cual fuere su situación por la que se encuentran allí. El alma anhela regresar a la luz, por eso piden auxilio a las personas. En los próximos capítulos ampliaré este tema.
