La vida en el valle - Susan Phelps Harvey - E-Book

La vida en el valle E-Book

Susan Phelps Harvey

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Beschreibung

Laura, de 14 años, vivía en una vasta y hermosa granja, pero la vida se había vuelto insoportable. Al sentarse a escribir su nota de suicidio, Dios intervino, redirigió su vida y la transformó por completo.

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LA VIDA EN EL VALLE

El viaje de una mujer hacia la victoria

SUSAN PHELPS HARVEY

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Tabla de Contenidos
Tapa
Un agradecimiento de Laura
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Epílogo

La vida en el valle

Susan Phelps Harvey

Título del original: Life in the Valley. One Woman’s jourvey to Victory, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 2017.

Dirección: Martha Bibiana Claverie

Traducción: Natalia Jonas

Diseño del interior: Nelson Espinoza

Diseño de tapa: Andrea Olmedo Nissen

Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e-Book

MMXIX

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2017 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.

Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright.© 2019 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-701-956-8

Phelps Harvey, Susan

La vida en el valle / Susan Phelps Harvey / Dirigido por Martha Bibiana Claverie. – 1ª ed. – Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

Traducción de: Natalia Jonas.

ISBN 978-987-701-956-8

1. Biografía. I. Claverie, Martha Bibiana, dir. II. Natalia, Jonas, trad. III. Título.

CDD 920

Publicado el 08 de julio de 2019 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Un agradecimiento de Laura

Uno de los significados de mi primer nombre es “La que canta de victoria”. Quiero dedicar mi historia a mi Señor Jesucristo como una ofrenda de agradecimiento, porque él me dio esa victoria, me rescató de una vida de dolor y sufrimiento, y me dio una vida abundante, llena de paz y felicidad. Le agradezco por el gran poder que me dio para vencer los muchos malos hábitos y actitudes que casi destruyeron mi vida.

Mi gratitud más profunda es a mi amado esposo, Greg, por su amor, apoyo y aliento a lo largo de nuestro matrimonio. Siempre estaré agradecida al abuelo Duane Hamilton por considerarme digna de casarme con su nieto, y a Ken y Verna Hamilton, por adoptarme como hija y amarme como suya.

Agradezco a Dick Pollard, el evangelista que predicó el mensaje adventista para que yo pudiera encontrar al Señor y obtener la gran libertad que él ofrece. Esta verdad ha cambiado mi vida para siempre, y estoy extremadamente agradecida por la felicidad que he encontrado.

Agradezco a Susan Harvey por escribir mi historia y por sus excelentes habilidades; por su amistad, su apoyo y sus palabras de ánimo en este esfuerzo. Agradezco a mi amiga Pat Vivian por revisar mi historia desde una perspectiva secular y humanística, y por proveer sugerencias para comunicarme de manera más efectiva con todos los miembros de la sociedad.

Laura Hamilton

Capítulo 1

“¡Qué lástima que es otra niña!”

Laura Jane Sicking nació el 11 de septiembre de 1957. Su madre, Mary, se estiró con ilusión para tomar al bebé que ponían en sus brazos; aunque su rostro mostraba el esfuerzo y el dolor de las últimas horas.

Abrazando fuertemente a su bebé, murmuró una oración piadosa, y sus dedos automáticamente buscaron el rosario que siempre tenía en la mesita de luz. Mary Sicking era una persona compleja, y la fuerza que controlaba su vida era su devoción absoluta a la Iglesia Católica. Quería la bendición de Dios sobre esta beba recién nacida, y juró que esta niñita recién nacida crecería para servir a la iglesia como monja. Aunque Laura era el octavo hijo que había dado a luz en los últimos ocho años, Mary se regocijaba ante una nueva vida.

El propósito en la vida de Mary era criar una familia tan grande como fuera posible en la fe católica. Creía que este era su camino a la salvación. Emmett, el padre de Laura, estaba menos complacido con esta infante. Él era un granjero tejano de tierras secas, y necesitaba varones que lo pudieran ayudar con el trabajo, no otra niña. Era un hombre de estatura y peso promedios, pero de alguna manera su presencia llenó la habitación cuando entró por la puerta. Parecía eclipsar a su esposa y nuevo bebé al mirarlas.

–¡Qué lástima que es otra niña! –fueron sus primeras palabras.

Luego miró el pequeño rostro de su hija. La amaría. Pero los conflictos internos que lo influenciaban dificultarían que ella lo supiera.

Aun así, los primeros seis años de Laura fueron felices. Sus primeros recuerdos eran principalmente del aire libre: los campos, los bosques y los arroyos que conformaban la enorme granja donde vivía su familia. Para cuando cumplió los seis años, la familia había aumentado para incluir a tres niños menores: Mark, Bryan y Bill, haciendo un total de once hijos; todos nacidos con un año de diferencia entre cada uno.

Bill, el bebé más pequeño, había nacido con un mes de retraso. Los músculos abdominales de Mary estaban tan débiles y exhaustos, que tanto un parto normal como las contracciones fueron imposibles, y el médico tuvo que inducir el parto.

–Sra. Sicking, tener once hijos en once años ha afectado mucho su salud. Si queda embarazada nuevamente, podría morir –le advirtió el Dr. Kralick cuando la vio en el hospital, luego del nacimiento de Bill–. Debe permitirme que le ligue las trompas.

–¡No puedo hacer eso!

Mary estaba atónita porque su médico hubiese sugerido algo así. Él era católico, y sabía que ella también lo era. Ambos sabían que el control de la natalidad era un pecado.

El Dr. Kralick lo intentó nuevamente.

–Si no me permite hacerle una ligadura de trompas, ¡su próximo embarazo la matará y dejará a once niños sin madre! ¿Es eso lo que desea?

Mary no dijo palabra, y se negó a mirarlo a los ojos. Mary salió del hospital y visitó a su sacerdote. Le contó la conversación que había tenido con el Dr. Kralick y le solicitó permiso para ligarse las trompas.

–Sra. Sicking, usted sabe que no puede ligarse las trompas. Si vuelve a quedar embarazada y muere dando a luz, entonces esa es la voluntad de Dios para usted –respondió el sacerdote.

Mary Sicking salió de la oficina del sacerdote confundida. No puedo volver a quedar embarazada, pensó. Sé que moriré. Emmett no puede criar a once niños solo. Era un terrible dilema para una devota madre católica. Pero finalmente se realizó la ligadura de trompas.

Algo dentro de Mary cambió después de eso. Siempre había sido excepcionalmente piadosa; pero ahora lo era aún más, impulsada por el sentido de culpa por haberse ligado las trompas. Desde ese entonces, asistió a misa cada día excepto los sábados, y ofrendó cada centavo que podía a la iglesia, para intentar redimirse.

La granja tenía un funcionamiento próspero y exitoso, al menos durante los años en que no había sequía.

Emmett Sicking era un buen administrador y un capataz duro. Estaba orgulloso de la granja de 2,5 kilómetros cuadrados que poseía, así como de los casi 5 kilómetros cuadrados de terreno familiar que administraba. Con el paso del tiempo, llegaría a alquilar la granja de 4 kilómetros cuadrados de su vecino.

Emmett y Mary se casaron en 1948, cuando Emmett tenía 22 años y Mary 19. Cuando el padre de Emmett falleció, en 1950, recibió una herencia de unos diez mil dólares, que utilizó para comprar la granja, que incluía una pequeña casa en la propiedad. Por tanto, para la mayoría de los criterios, comenzaron su matrimonio como una familia “pudiente”. Para cuando llegó Laura, la granja Sicking estaba prosperando, y Emmett construyó una casa más grande para albergar a su creciente familia. Tenía cuatro dormitorios y dos baños. Uno de los baños era solamente para él, el padre; y el otro lo compartían todos los hijos y la madre.

Los primeros diez años del matrimonio de Emmett y Mary fueron bastante buenos. Por ser granjeros de tierras secas, el éxito de su granja siempre dependía de las lluvias; pero no tenían deudas, así que, la vida era buena en general.

Siempre había muchísimo trabajo que hacer en la granja, y se necesitaba una familia grande para realizarlo. Los niños trabajaban duro ordeñando las 150 vacas, alimentando y cuidando de los 400 cerdos, las 5.000 gallinas, las 200 cabezas de ganado bovino y los 11 kilómetros cuadrados de cultivos; además de ayudar con la matanza de animales y de trabajar en la huerta o en el taller de maquinarias; todas las tareas duras y sucias que requería la gran extensión de tierra. También había otros animales en la granja, incluyendo tres caballos, una cabra, un ganso, una oveja y algunos conejos. Los niños se divertían jugando con los animales mientras realizaban sus tareas. Laura nombró a muchos de ellos, y eran sus mascotas.

Las niñas mayores, Joan, Joyce, Debra y Lois ordeñaban las vacas y trabajaban a la par del padre en los campos. Este proceso de ordeñe, incluso con máquinas, les llevaba tres horas y media cada mañana y cada tarde; siete horas por día, los siete días de la semana, haya sol o llueva, haya escuela o no. Virginia y Julie, que sufrían de alergias a los animales y al heno, realizaban las tareas del hogar. Un día, Cliff, un hermano mayor, ingirió accidentalmente un poco de la lejía que la familia usaba para hacer jabón. Afortunadamente, la abuela Sicking apareció justo en el momento adecuado y le salvó la vida. Pasaron varios años antes de que Cliff pudiera trabajar nuevamente en la granja.

Cada vez que podía, cuando Laura terminaba sus tareas se escapaba afuera con sus tres hermanos menores. Le encantaba la tierra, amaba a su padre y lo admiraba mucho. Había buenos días en los que llegaba de los campos luego de un largo día, todavía vestido con su mameluco, y la invitaba a sentarse sobre su rodilla. Ella se trepaba a su falda, y él le hacía cosquillas y le contaba historias.

–¿Cuántos años tienes, Laura? –le preguntaba.

–¡Teit! –respondía ella, orgullosa.

Él se reía con ganas ante el error de pronunciación infantil, y le pedía que lo repitiera una y otra vez.

Todos en la granja tenían que trabajar desde muy pequeños; su padre se aseguraba de ello. Solo alguien criado en una granja puede imaginar el tipo de tareas que hacían los niños, y a qué temprana edad comenzaban. Todos los niños Sicking aprendieron a manejar camionetas, cosechadoras y otros equipamientos de granja a lo que la mayoría de la gente consideraría una edad extremadamente joven.

Laura solo tenía seis años y medio de edad cuando su padre le enseñó a manejar la vieja camioneta de campo de la familia. Necesitaba dos almohadones para acomodarla: uno sobre el cual sentarse y otro en su espalda. Aunque era alta para su edad, apenas podía ver por sobre el volante y llegar a los pedales al mismo tiempo.

Apenas pudo manejar la camioneta, fue ascendida a la tarea de conducir cada mañana hasta los 160 metros cuadrados ubicados más al norte para despertar a las vacas, con su hermano menor, Bill, como ayudante. Esta tarea incluía que los dos niños corrieran entre la manada gritando “¡Despierten, despierten!”, para que las 150 vacas dormidas fueran al establo de ordeñe. Laura estaba emocionada, tanto por manejar la camioneta como por recibir esta responsabilidad de “grandes”. Cada mañana se despertaban a las 4 horas y manejaban a la sección más remota de la granja familiar.

Bill solo tenía tres años y medio cuando se convirtió en el ayudante de Laura para despertar a las vacas. Siguieron como compañeros de tareas en la granja durante toda su niñez. Bill también era alto para su edad, con ojos y cabello oscuros, como su madre. Y él era el mejor amigo de Laura. Disfrutaba del aire libre aún más que ella. Le gustaba pescar cangrejos en el arroyo y correr por los campos y los bosques, que estaban llenos de didélfidos, mapaches, linces y otros animales salvajes. Laura y sus tres hermanos menores se divertían mucho pescando y construyendo una cabaña de troncos.

Pero en los 160 metros cuadrados ubicados más al norte había coyotes, y hacían sus guaridas en los campos abiertos. Bill era demasiado pequeño para temer los coyotes. Laura sabía que eran peligrosos, y sabía que tenía que tener un ojo en Bill mientras hacían su trabajo.

Una mañana, Laura se dio cuenta de que no había visto a Bill por varios minutos. ¿Dónde estaba? Dejó de gritarles a las vacas y forzó la vista en toda dirección, tratando de ubicar a su hermanito en medio de los campos oscuros. De repente, lo vio. Bill estaba de pie, calmado, en el prado, rodeado por una manada de coyotes que se le acercaba sigilosamente... más y más. Bill no entendía qué estaba sucediendo.

La madre de Laura le había advertido sobre los coyotes. Laura sabía que cazaban en manadas, moviéndose en círculo, y cuando se acercaban lo suficiente atacaban juntos. Los animales no eran mucho más grandes que Bill, pero en manada podían fácilmente matar a un ser de su tamaño, o más grande aun. El corazón de Laura latía muy fuerte, y podía sentir el pánico que aumentaba. Pensó: ¡Tengo que hacer algo para salvar a Bill!

De repente recordó que su madre le había dicho que los coyotes tenían miedo a la luz. Corrió a la camioneta y prendió las luces. Pero los coyotes ignoraron la luz. ¿Qué podía hacer ahora? No podía simplemente correr hasta Bill; los coyotes podrían atacarlos a ambos. Ella no era mucho más grande que él.

Sin pensarlo, encendió la camioneta y condujo directamente hacia la manada de coyotes.

–¡Bill! –le gritó–. ¡Súbete a la camioneta! ¡Rápido!

Bill subió de un salto, y se alejaron en la camioneta mientras los coyotes corrían en diferentes direcciones. Laura nunca le contó ni a un alma sobre este peligroso encuentro con los coyotes. Estaba segura de que si alguien se enteraba, ella perdería sus “privilegios de manejo”, ¡y no quería que ese fuera el caso!

La familia de Laura era católica alemana. Vivían justo a las afueras de la pequeña comunidad agrícola de Muenster, Texas. Muenster está a unos 20 kilómetros al sur de la frontera Texas-Oklahoma, y a tan solo 130 kilómetros de Dallas. El pueblo es una de las varias pequeñas comunidades fundadas por los católicos alemanes a fines de 1800. Estos inmigrantes recibieron grandes concesiones de tierras del gobierno tejano, para establecer colonias.

Estos pequeños grupos de familias habían vivido cerca en Alemania, y tendían a guardar distancia en Texas, manteniendo su etnicidad y religión, construyendo sus propias iglesias y escuelas y hablando mayormente alemán; hasta la Segunda Guerra Mundial. Formaron en el Nuevo Mundo comunidades distintivas, orgullosas y vibrantes de cultura del Viejo Mundo, piedad católica y valores alemanes de laboriosidad. Los padres y los abuelos de Laura eran parte de esta cultura.

Ella no tenía idea de que su pueblo fuera diferente de cualquier otro. De niña pensaba que los niños de pueblos cercanos hablaban de manera graciosa, pero no tenía idea del porqué.

La joven Laura fue educada por una católica devota. Laura admiraba la piedad y la bondad de su madre y quería imitarla y agradarla en todo. Desde la niñez, la madre inculcaba a los niños el amor a Dios y a la Iglesia Católica. Laura amaba a la iglesia con todo su corazón. En su joven mente, era un símbolo de bondad. Ella juró siempre ser buena, para algún día poder servir a la iglesia e ir al cielo.

Laura esperaba toda la semana la misa dominical, en la gran, imponente, Iglesia Católica del Sagrado Corazón, en Muenster, que acomoda a más de mil personas. (Aunque el pueblo es pequeño, casi todos los ciudadanos son católicos.) El estruendoso órgano tubular; el aroma picante y dulce del incienso; los cantos melódicos; las repeticiones en latín; el magnífico edificio de piedra con sus cálices dorados, pisos de mármol, pinturas, estatuas y velas parpadeantes; todo apelaba a los sentidos y al corazón de Laura.

Laura aprendió a amar profundamente a Dios, y de alguna manera, aunque no le enseñaron cómo hacerlo, comenzó a hablar con él como con un amigo. A lo largo del día, mientras ella y Bill correteaban por los campos y los bosques o realizaban sus tareas diarias, Dios era su compañía. Laura encontró paz, gozo y felicidad en la presencia de Dios. Tenía una vida muy feliz con Dios a su lado. Naturalmente se volvía a Dios para obtener ayuda cuando la necesitaba.

Laura oraba mucho. Oraba por ropa, siempre un artículo escaso. Oraba por juguetes para Navidad. Y siempre sentía que Dios estaba escuchando y que respondía a sus oraciones.

Ella era una niña contenta y alegre, y esta sensación de la cercanía de Dios le dio una perspectiva positiva de la vida desde muy pequeña. Al crecer, cuando la angustia y la adversidad amenazaron con sobrepasarla, cuestionaría la existencia de Dios. Pero por haberlo conocido en un grado tan íntimo de niña, nunca podría negarlo. Más adelante en su vida, esta experiencia temprana con Dios la llevaría a volver a encontrarlo.

Así que, la vida para la Laura de seis años consistía, mayormente, en trabajo duro, diversión al aire libre con sus hermanitos, y un sentimiento de cercanía con Dios y de haber sido elegida para un trabajo especial en la Iglesia Católica. Como pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre, con sus hermanos, no tenía conocimiento de que hubiese problemas en la familia. Para ella, la vida era buena y bastante feliz. Pero pronto todo cambiaría.

Capítulo 2

¿Qué me acaba de suceder?

Durante el sexto año de vida de Laura hubo poca lluvia. La granja no estaba produciendo, y su padre estaba consumido por preocupaciones financieras. Él y su madre estaban en bancarrota; tan en bancarrota que se vieron forzados a comprar mercancía a crédito en el Almacén Black en Myra, Texas.

La situación empeoró tanto que no pudieron pagar sus cuentas y, por segunda vez en su matrimonio, Mary tuvo que ir a trabajar a una fábrica en el pueblo, solo para poder poner comida sobre la mesa. Que su esposa tuviera que trabajar fuera del hogar se sentía como un fracaso personal, para Emmett. Con once niños, deudas amontonadas y cosechas pobres, estaba bajo un cantidad extrema de estrés.

Laura no tenía idea de los problemas familiares... hasta que sucedió algo muy extraño. Su padre, simplemente, desapareció. Varios años después, Laura descubrió que había tenido una crisis mental y fue llevado al Hospital Estatal de Whichita Falls. Sin embargo, lo único que supo en el momento fue que un día su padre se comenzó a sentir enfermo y a actuar de manera extraña. Cuando comenzó a tener alucinaciones, su madre llamó a un vecino y le pidió que fuese a la casa. Entonces se llevaron a su padre.

No fue hasta que Laura fue adulta que se enteró de que esta había sido la segunda vez que su padre había tenido un episodio psicótico, que fue diagnosticado como esquizofrenia. Se enteró de que su primera estadía en el hospital ocurrió durante una primera crisis en la fortuna de la familia, cuando ella tenía dos años y medio, y que duró solamente unas pocas semanas.

En aquella ocasión se le dieron medicamentos para controlar las alucinaciones y ayudarlo a manejar sus otros síntomas. Estos medicamentos lo hacían sentir cansado, irritable y malhumorado; y habían tenido otros efectos secundarios adversos, que pondrían en peligro su salud y lo harían desarrollar un antojo incontrolable por azúcar, que llevó a un aumento de peso excesivo y a otros problemas. Fue un ciclo vicioso que siguió acosándolo por el resto de su vida.

Los hábitos alimenticios de Emmett se volvieron muy extraños. Vivía a base de una dieta casi constante de gaseosas y pastelillos. La familia tenía dos grandes congeladores horizontales; uno contenía los elementos normales para la casa, y el otro estaba reservado únicamente para las golosinas dulces de Emmett. Las compraba en grandes bolsas en la panadería; pagaba mitad de precio por las del día anterior. A los niños no se les permitía comer esas cosas. El peso de Emmett Sicking reflejaba su alimentación malsana. Antes de tener 35 años, llegó a los 160 kilos.

Este segundo episodio de enfermedad mental fue más serio, y Emmett se ausentó del hogar por varios meses. La madre de Laura se encargó de la administración de la granja; y los niños, entrenados para trabajar duro y ser responsables, se hicieron cargo de la granja sin él. Como fue mencionado anteriormente, la falta de lluvia, las cosechas pobres y los grandes gastos habían golpeado con fuerza las finanzas familiares, forzando a Mary a obtener un trabajo en una fábrica de costura, en el pueblo. La familia necesitaba de su salario para llegar a fin de mes, así que, la madre ya no estaba en el hogar durante el día.

Una mañana, Laura, que ahora tenía seis años y medio, se sentó a la mesa de la cocina, mirando hacia afuera. Entonces miró a su alrededor, a la habitación, con sus paredes amarillas. Era la habitación más alegre de la casa, y generalmente se encontraba llena de bullicio; pero esta mañana estaba vacía. Con excepción de Laura.

Luego de levantarse a las 4 horas para despertar a las vacas, Laura ayudaba con la alimentación de los terneros y regresaba a la casa para limpiar. Sus hermanos mayores ya se habían ido a la escuela, pero Laura todavía no tenía la edad suficiente para acompañarlos. Sus hermanos menores todavía estaban afuera. Ella no había visto a su padre esa mañana, pero eso no era inusual. Probablemente estuviera en los campos o en su taller, reparando alguna parte de una maquinaria. Entonces ella decidió darse un baño. La casa estaba tranquila, y disfrutó de tener el baño para ella sola, por una vez.

Luego de su baño, volvió al gran dormitorio que compartía con sus tres hermanas, y se vistió con sus viejos vaqueros y camisa. Cuando estaba a punto de salir del dormitorio, Laura notó su nuevo vestido para la iglesia, colgado en el armario. Laura no tenía mucha ropa. Era mucho más pequeña y delgada que su hermana mayor más próxima en edad, Julie, y no podía usar la ropa que a ella ya no le entraba. Los vestidos nuevos eran aún más escasos. Laura solo tenía otros dos vestidos buenos, y ambos se estaban poniendo viejos y gastados. Ese nuevo vestido rosado, con sus mangas infladas, cintura ceñida y falda amplia y plisada brillaba en la percha como una hermosa joya. Laura apenas podía esperar al domingo, cuando podría usarlo para ir a misa.

Entonces pensó: No hay nadie aquí que pueda verme. ¡Podría probármelo! Rápidamente se quitó la ropa diaria. Levantó cuidadosamente el hermoso vestido de la percha y se lo puso sobre la cabeza. Los pliegues se acomodaron a su alrededor, y ella los alisó y se abotonó los pequeños botones en el frente del vestido. Luego tuvo otra idea: Comeré mi desayuno en este vestido. Nadie lo sabrá nunca. Se puso los zapatos para la iglesia y fue hasta la cocina dando saltitos, sintiéndose como una princesa.

Laura todavía estaba sentaba en el banco cuando su padre entró a la cocina. Laura lo miró con miedo. ¿La castigaría por estar usando el vestido rosado?

Su padre no dijo nada; solo se quedó mirándola desde la puerta. Entonces, sin decir palabra, caminó hasta la mesa y extendió su mano. Obedientemente, Laura puso su mano en la de su padre y lo siguió. ¿Qué va a hacer papá? Pensó Laura. ¿Me va a castigar? Su padre la llevó por el pasillo hasta un dormitorio. No era su dormitorio; y tampoco era el que su padre compartía con su madre. Era el dormitorio vacío y escueto donde dormían sus cuatro hermanos varones en dos camas grandes.

¿Por qué estamos aquí? Laura estaba confundida.

–Acuéstate en la cama, Laura –dijo su padre.

Laura hizo lo que le decía, alisándose la falda con ambas manos, por los nervios. Su padre tomó la falda con su mano derecha y la subió sobre su cabeza para que ella no pudiera ver.

–Date vuelta –dijo.

Su voz sonaba extraña y tensa. Laura obedeció. La falda rosada todavía le cubría la cabeza.

Laura sintió que la cama chirriaba bajo el considerable peso de su padre. Entonces, a través de su ropa interior, sintió que algo duro se frotaba por el espacio entre sus nalgas. Luego de un ratito, la cama volvió a chirriar, y escuchó que su padre se puso de pie. Luego de un momento, dijo:

–Terminé, Laura. Ahora puedes irte.

Y se fue.

Sola sobre la cama, Laura miró el techo con los ojos secos, temblando. ¿Qué me acaba de pasar? ¿Por qué me sucedió esto? No sabía lo que había sucedido, pero instintivamente sabía que era incorrecto y malo. Pero su padre se lo había hecho, y su padre era bueno; entonces ella debía ser la mala. Debía estar llena de maldad, para que esto le hubiese sucedido.

Quería contarle a alguien, pero sabía que nunca debía decir una palabra. Era pequeña, pero ya sabía que había algunas cosas de las que nadie en su familia hablaba. Pero, más importante todavía, sería terrible para ella que alguien descubriera lo mala que ella era. Tendría que mantenerlo como un secreto. ¡Nunca hablaría de “eso”! Trataría de olvidarlo.

El vínculo de confianza entre padre e hija estaba quebrado. Juró que se mantendría tan alejada de su padre como fuera posible. Correré, pensó. Cuando se me acerque nuevamente, correré tan rápido como pueda. Correr se convirtió en el mecanismo de defensa de Laura... y con el tiempo, se convertiría en una corredora muy rápida.

Laura se levantó de la cama y rápidamente se quitó el vestido rosado. ¿Por qué había pensado alguna vez que era lindo? ¡Era un vestido feo! ¡Feo! ¡Feo! ¡FEO! Odió el vestido desde ese día en adelante; aunque tuvo que usarlo para ir a la iglesia muchos domingos. Recordó que su madre le había dicho varias veces que su padre se sintió decepcionado cuando ella nació porque fue una niña. ¿Acaso esta cosa mala le sucedió porque era una niña? Desde ese momento, y por muchos años, le desagradó ser una niña. Odió el color rosado por el resto de su vida.

Laura oraba a Dios, su Amigo especial. “¿Por qué permitiste que esto me sucediera?” Pero por primera vez Laura no sintió la presencia de Dios, o que estuviera escuchando sus oraciones. Fue el comienzo del final de su incuestionable fe infantil en Dios.

La vida cambió ese día para Laura. Ya no era despreocupada, inocente... y feliz. Comenzó a luchar con una sensación general de tristeza, y se comenzó a dar cuenta de lo que sucedía en su hogar. Se dio cuenta, por primera vez, de que sus padres a menudo discutían. Había peleas a gritos entre ellos.

Las peores discusiones entre sus padres eran por el dinero. Aunque Emmett era bueno administrando la granja, no era responsable con el dinero, y a menudo tomaba decisiones precipitadas de comprar cosas que mantenían a la familia endeudada y sin dinero para las necesidades básicas. Odiaba que Mary tuviera que trabajar; contribuía a su propia sensación de fracaso. No tenía herramientas para manejar el conflicto e, irracionalmente, descargaba su ira sobre su esposa e hijos.

Su nivel de estrés se elevó a alturas imposibles, y tanto su salud como su familia sufrieron. Mary era una mujer de carácter fuerte, que se negó a aceptar mansamente lo que su esposo dijera. Ella le discutía, y mantenía sus opiniones. Muchas veces las discusiones eran por las finanzas, pero igual de a menudo, eran sobre cosas sin sentido, como a quién le pertenecía el árbol del frente. De allí, un argumento sin sentido escalaba a una confrontación física. Laura observaba cómo su padre levantaba el brazo para golpear a su madre, y su madre levantaba ambos brazos para proteger su cabeza y defenderse de la golpiza.

Laura comenzó a darse cuenta de que su padre a menudo golpeaba a su madre: abofeteándola, palmeándola, golpeándola con cualquier cosa que tuviera a mano, y empujándola. Laura se dio cuenta de que sus hermanos mayores ya sabían que su padre era un hombre violento e irracionalmente enojado; y nadie, ciertamente ni Laura ni sus hermanos menores, estaban a salvo de él. El miedo era un compañero constante en la casa de los Sicking.

Las golpizas eran la peor parte de la vida para los niños. Sucedían demasiado a menudo, y eran brutales. Ningún niño estaba a salvo, aunque algunos recibían golpes más fuertes y más a menudo que otros. Los niños nunca sabían cuando se desataría la ira de su padre. Él lo llamaba “disciplina”, pero muchas veces no había razón alguna para ellas. Las infracciones que se ignoraban un día llevaban a un severo castigo al día siguiente. El mal comportamiento de un niño se ignoraba, y el de otro se castigaba severamente. Las golpizas comenzaban como nalgadas, pero luego la ira de Emmett Sicking escalaba, fuera de control.

El abuso verbal también era constante. Mary y los niños recibían el impacto de un flujo constante de denigraciones, insultos y blasfemias. Esto se sumó a los sentimientos internos de Laura de su propia “maldad”. Los niños se juntaban en grupitos, según la edad y el orden de nacimiento, en un intento por protegerse unos a otros y a su madre. Si alguien hacía algo mal, los otros hijos escondían esa información de su padre. El silencio y los secretos estaban a la orden del día... cada día.

En general, no había relaciones cercanas entre los niños, excepto por Virginia y Deb, y Laura y Bill. A menudo, copiando el molde de lo que sabían, los niños recurrían a golpearse unos a otros cuando surgían disputas. Un día, Laura se enojó mucho con Bill, su mejor amigo entre sus hermanos, y antes de darse cuenta de lo que ocurría lo estaba golpeando con fuerza, repetidamente. El pobre Bill cayó al suelo y se cubrió la cabeza con sus brazos, protegiéndose de los furiosos golpes de su hermana mayor.

Laura se sintió horrorizada cuando entró en razón y se dio cuenta de lo que había hecho. ¿Por qué hice eso? ¡Yo amo a Bill! Perdí el control, así como mi padre. Su sentido de maldad propia y odio a sí misma se vieron amplificados por este acontecimiento. Ninguna cantidad de rosarios, penitencias o velas encendidas podían mover la balanza a su favor. Se prometió nunca más golpear a otro ser humano, y nunca más lo hizo.

Su padre dirigía su ira hacia Mark y Joyce más que a los demás. Laura no sabía por qué se los trataba peor que a los demás niños. No estaba claro qué marcaba la diferencia. Virginia era la única que podía producir grandes lágrimas de cocodrilo apenas su padre levantaba la mano para golpearla, y eso parecía hacer que él no le pegara. Era la afortunada.

Joyce era la que peor lo pasaba. Ya fuera por su parecido a él mismo o por su determinación, la ira de su padre para con ella a menudo se volvía violenta. Joyce solía desquitar su propio temperamento en sus hermanos, causando sentimientos negativos hacia ella que la dejaban sin protección de parte de ellos cuando su padre la golpeaba.

Para Laura y Bryan, aunque ellos recibían golpes, la angustia de ver a su hermano Mark recibir más golpes, y más fuertes, era casi más de lo que podían soportar. Mark era un ser tierno y sensible, tranquilo e introvertido. Bryan era explosivo, tan luchador como Laura e inteligente como un látigo. Bryan y Laura decidieron que permanecerían juntos para proteger a Mark de la ira de su padre. Hasta intentaron negociar con él.

–Papá, tienes que prometernos algo –rogó Laura una vez, cuando su padre estaba por darle una paliza a Mark.

Su padre la miró mientras sostenía en su mano una paleta de madera que ya estaba levantaba sobre Mark, quien yacía sobre las rodillas de su padre.

–¿Prometerte qué cosa?

–Papá –interrumpió Bryan–: tienes que prometernos que solo le pegarás diez veces a Mark, y nada más.

Su padre asintió distraído.

–Está bien; está bien –respondió.

Entonces comenzó la paliza de Mark. Laura y Bryan contaban en voz alta cada golpe. Pero cuando llegó a diez, no se detuvo; cada vez más enojado, la fuerza de la paliza aumentaba con cada golpe. Ninguna cantidad de negociación alguna vez detuvo el abuso.

Sin importar lo terrible que fuera ser golpeado, la verdadera tortura era mirar con impotencia mientras un hermano estaba recibiendo los golpes, sin poder hacer nada para detenerlo. Bryan y Laura trataron de distraer a su padre haciendo caras, sacando la lengua y poniendo sus pulgares en los oídos. Su padre se levantó y corrió tras ellos, dejando que Mark se escabullera de su alcance.

Los niños aprendieron a correr rápido. Se lanzaban debajo de las camas cuando su padre los perseguía. Escuchaban sus pasos en los pisos de madera, y aprendieron a juzgar por el sonido si estaba enfurecido o no. Sacaron las telas mosquiteras de las ventanas de sus dormitorios para poder saltar a los arbustos y escaparse de él. Dejaban las puertas destrabadas y abiertas en todo momento, para poder salir corriendo de la casa.

Bill, el menor, no entraba en la casa. Aventurero desde pequeño, pasaba todo su tiempo libre en los bosques y los campos, cuando no estaba cumpliendo con sus tareas. Era su escape. Como estaba afuera tanto tiempo, no era consciente de la magnitud del conflicto que ocurría.

Lo que era aún peor para los niños que recibir los golpes era ver cómo su madre recibía crueles golpes, repetidamente. Los niños, especialmente Mark, Bryan y Laura, trataban lo mejor que podían de defender a su madre. Se tomaban de los brazos y usaban sus cuerpos para formar una barrera entre su madre y su padre. Esta interferencia solo hacía que su padre se enojara más y que su abuso verbal fuera más malicioso, pero al menos se daba la vuelta y no golpeaba a su madre cuando los niños se interponían.

Los días laborales de Mary eran largos y duros. Se levantaba antes que todos; primero levantaba a Laura y a Bill a las 4 y luego preparaba el desayuno para la familia, antes de salir hacia su trabajo. Laura y los otros niños apenas veían a su madre. Con un cronograma tan demandante, no había mucho tiempo para que ella pasara con los niños. Cuando su madre no estaba disponible, Joan se convirtió en una madre sustituta para todos los niños.

Mary era una mujer hermosa, de cabello oscuro y ondulado, y tez color oliva. A pesar de haber dado a luz a tantos niños, era fuerte y tenía un buen estado físico. También era una modista experta. En la fábrica le pagaban por prenda, así que, se esforzaba mucho y obtenía una cantidad decente de dinero, para ser una mujer trabajadora común. No obstante, cuando llegaba a casa a la tardecita, estaba exhausta. Cuando Mary estaba cansada, podía tener una lengua muy afilada. Algunas veces, Laura sintió sus efectos.

Cuando ella se comportaba mal, su madre decía:

–¡Te compré en Sears por 25 dólares!¡Si no te comportas bien, te llevaré de nuevo a la tienda y recibiré mi dinero de vuelta!

El corazón de Laura se abatió. ¿Realmente la devolvería para obtener un reintegro? Se imaginaba como una niña triste, devuelta por un reintegro, de pie entre los electrodomésticos y los cortadores de césped en Sears. Intercambiada por 25 dólares.

Las niñas mayores preparaban regularmente la cena y se encargaban de la loza. La familia cenaba junta, y luego los padres miraban las noticias en la televisión. Después se iban a dormir, habiendo pasado muy poco tiempo con los niños.

Laura anhelaba desesperadamente que su madre la amara y la valorara, pero sentía que no la conocía. Competir con diez otros hermanos por la atención de una madre es difícil para cualquier niño, sin las demandas agregadas que existían en el hogar de los Sicking.

Una noche, después de la cena, Laura estaba pasando frente al dormitorio de sus padres. La puerta estaba abierta y su madre estaba acostada en la cama con los ojos cerrados.

–Mamá, ¿estás dormida? –preguntó Laura, casi sin poder creer que podría tener a su madre solo para ella.

–Entra, Laura, y háblame por un minuto. No estoy dormida.

Laura pasó los siguientes minutos contándole a su madre sobre la escuela. Mary habló un poquito sobre su trabajo y lo que hacía en la fábrica. En ese momento, la madre de Laura era amable y cariñosa. Laura estaba parloteando cuando su madre la interrumpió.

–Laura, estoy súper cansada. Déjame dormir ahora.

Los pocos momentos tranquilos que pasaron juntas serían un recuerdo que Laura atesoraría toda su vida.

Capítulo 3

“¡La Madre María está para ayudarlos, niños!”

Laura tenía siete años cuando comenzó primer grado en la Escuela Católica del Sagrado Corazón en Muenster. Todos los niños de la familia, incluyendo a Laura, esperaban el día en que pudieran asistía a la escuela. Las tareas del hogar no disminuían y sus días se hacían aún más largos, pero al menos la escuela les daba un respiro de la desdicha de la vida hogareña.

Laura estaba emocionada el primer día que subió los escalones de piedra hacia las grandes puertas dobles de la escuela de ladrillos. Se sentía grande. Le encantaba su nuevo uniforme escolar: una camisa blanca y una falda azul con un dorsal en el frente y dos tiras anchas que se cruzaban en su espalda. Su hermana Joan, una excelente modista, se lo había hecho. Todas las niñas en la escuela vestían uno igual al suyo, y eso hizo que Laura sintiera que realmente pertenecía.

Laura estaba agradecida por la bondad de Joan. ¡Era una hermana mayor realmente genial! De muchas maneras, Joan, la mayor de los once hermanos, se convirtió en la madre que la propia madre de Laura no podía ser. Joan era una líder natural: inteligente, fuerte, capaz, amable y honesta. Los niños la admiraban y respetaban sus decisiones. Era rellenita, con cabello oscuro y ondulado como su madre; Joan siempre estaba tranquila y serena. Nunca se enojaba ni exageraba. El equilibrio que traía a la familia era un fuerte contraste con la conducta errática de sus padres.

Joan había aprendido sola a coser cuando tenía apenas once años. Para Laura, ese uniforme azul y blanco hecho a mano era un símbolo de la bondad de su hermana. A los ojos de Laura, Joan era un ejemplo de cómo sería una buena mujer. Laura la admiraba y quería ser como ella.

Laura también admiraba a su maestra de primer grado, la hermana Genevive, quien se asemejaba a un ángel corpulento, vestida con su hábito blanco y velo con borde negro y un gran crucifijo de madera alrededor de su cuello. Tenía el rostro redondo y sonrosado, y su voz era suave y dulce. Era amorosa y amigable con todos los niños.

Laura quería ser igual a ella; pero a los siete años, era muy delgada, vivaz y traviesa. Sus rulos cortos, tan rubios que parecían blancos, siempre estaban desarreglados. Laura odiaba esos rulos; anhelaba un cabello lacio, largo y oscuro.

Laura amaba a la hermana Genevive; cuando la hermana dio un rosario a cada niño y comenzó a enseñarles a orar, Laura escuchó atentamente. Ya estaba familiarizada con la oración. Orar era hablar a Dios, y Dios había sido su Amigo desde siempre.

Su madre tenía un rosario, y en días especiales como la Pascua rezaba el rosario con los niños. La hermana explicó que la función del rosario era ayudar a la gente a orar. Las personas comenzaban a recitar una oración; luego movían sus dedos a la cuenta que estaba al lado de la cruz y decían otra oración. Continuaban así con las sesenta cuentas que contenía el rosario, diciendo una oración por cada cuenta.

Luego, la hermana Genevive dijo algo sorprendente: había oraciones especiales que eran las únicas que las personas debían rezar, y Dios quería que las personas las memorizaran exactamente como eran y las dijeran una y otra vez. Para eso eran las cuentas, para ayudar a las personas a no perder la cuenta de cuántas veces habían dicho sus oraciones. ¡Laura se dio cuenta de que estaba orando de manera equivocada!

Tomó la decisión de no pronunciar esas oraciones de bebé que había estado orando. Dios estaba demasiado ocupado para escuchar los deseos y las necesidades de una niñita. Él quería escuchar oraciones de adultos. Así que Laura memorizó sus Padre Nuestros, Avemarías y Glorias, y comenzó a orar con el rosario por una hora, o más, cada día. Llevaba su rosario con ella y oraba mientras cumplía con sus tareas hogareñas. Estaba determinada a ser una buena católica. La conexión cercana que sentía con Dios al hablar con él como su mejor Amigo fue desapareciendo poco a poco, y perdió un poco más de su fe infantil en un Padre celestial personal y amante que se preocupaba por ella.

Quizás otros niños sacaban algo diferente de la escuela católica, pero para la mente impresionable de Mary, lo que aprendió de la amable enseñanza de la hermana Genevive fue que Dios el Padre era un Hombre muy ocupado. Los niños no debían molestarlo con sus pedidos insignificantes; Dios no tenía tiempo para esas cosas. Había muchos asuntos de los que ocuparse en el universo... cosas importantes. Jesús también estaba muy ocupado.

Pero, ¿María, la madre de Jesús?

–María es diferente –dijo la hermana–. La madre María está para ayudarlos, niños. ¡Oren a María! Tráiganle todos sus deseos y necesidades, y ella los ayudará.

De manera extraña, esto tenía mucho sentido para Laura. Ella sabía que, en su familia, su padre era un hombre inteligente, pero también estaba muy ocupado.

Cuando Laura necesitaba algo acudía a su madre o a su hermana mayor, Joan. Pero anhelada pasar tiempo con su madre y conectarse con ella. Sin embargo, su madre a menudo estaba cansada y cargada con sus propios problemas y su cronograma demandante. Su madre podía ser estricta; nadie lo dudaba. Lavaba la boca de sus hijos con jabón si los oía decir una mala palabra; pero nunca, nunca, golpeó a nadie.

Pronto Laura estaba orando a María, pidiéndole ayuda con los pequeños problemas que se encontraba en el hogar y en la escuela. Más adelante en la escuela católica, se la instruyó para que orara a otros santos; pero María permaneció como la más importante. Para los problemas grandes, como la protección de la ira de su padre, ella todavía oraba en secreto directamente a Dios el Padre, pero al hacerlo se sentía culpable. Esperaba que él pudiera dejar por unos pocos minutos de dirigir el universo y escucharla cuando ella realmente lo necesitaba. Sin embargo, con el pasar del tiempo, al ver que nada cambiaba en su hogar, Laura se enojó con Dios por no hacer nada para detener lo que le estaba sucediendo. Oraba una y otra vez, esperando una respuesta, que no llegaba.

Los niños en la Escuela Católica del Sagrado Corazón comenzaban cada mañana con una misa. No se requería nada más de los niños que se sienten en silencio y sigan los misales, recitando las respuestas en los momentos oportunos.

Las niñas debían cubrirse la cabeza para misa; la mayoría usaba pequeñas gorras. Si una niña se olvidada el suyo, la hermana Genevive le pegaba un pedacito cuadrado de encaje sobre la cabeza. Las mujeres no podían entrar a la iglesia con la cabeza descubierta.

Un día, una de las otras niñas en la clase de Laura le dijo:

–Ey, Laura, escuché que si te cortas todo el cabello te volverá a crecer lacio.

–¿En serio? ¡Sería genial!

–Sí, mi mamá conoce a alguien que tenía cabello enrulado y se lo afeitó todo. Y así fue: le volvió a crecer, ¡pero lacio!

Laura no podía esperar a volver a casa de la escuela ese día. Fue directamente al dormitorio de su padre y encontró su equipo de afeitar. Puso espuma en la brocha y cuidadosamente se pintó la cabeza con ella. Mirándose en el espejo sobre la pileta, se afeitó todo el cabello que pudo ver. Estaba sosteniendo un espejito de mano, tratando torpemente de llegar con la rasuradora a la parte de atrás de su cabeza, cuando su madre entró en el baño.

–¡Laura! ¿Qué estás haciendo?