Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
San Bernardo dedica la mitad de este volumen a considerar la belleza y profundidad del pasaje evangélico de san Lucas sobre la Anunciación a la Virgen. El resto del volumen lo constituyen diversas Homilías pronunciadas en la fiesta de la Natividad de María, la Anunciación, la Purificación y la Asunción, y concluye con un breve comentario sobre las doce prerrogativas de la Virgen descritas en el Apocalipsis.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2026
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
SAN BERNARDO
LA VIRGEN MADRE
Tercera edición
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2026 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7350-9
ISBN (edición digital): 978-84-321-7351-6
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7352-3
ISNI: 0000 0001 0725 313X
Presentación
Cronología de San Bernardo
Sobre la excelencia de la Virgen Madre
En la Natividad de la Bienaventurada Virgen María
En la Anunciación de la Virgen María
En la Purificación de la Virgen María
En la Asunción de la bienaventurada Virgen María
En el domingo dentro de la octava de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
Comenzar a leer
Notas
Fue Bernardo de Claraval el hombre tal vez más traspasado de amor y espíritu de su tiempo. Él llena todo un siglo —el xii— de la historia de la Iglesia, que algunos han llamado “el siglo de Bernardo”. La razón de que este humilde monje del Cister fuese nada menos que san Bernardo es la misma que hizo también que Simón bar Yona fuese san Pedro; Saulo de Tarso, san Pablo; Teresa de Ahumada, santa Teresa…: la vida de unión con Dios, el Espíritu Santo habitando en un alma generosa, entregada, sincera, recia. La portentosa actividad externa de Bernardo fue posible gracias a su igualmente intensa actividad interior. Es un caso elocuente —parecido al de Teresa o Pablo— de cómo las almas hondas, sinceramente contemplativas, suelen ser al mismo tiempo las más eficazmente activas en la propagación del Reino de Dios.
San Bernardo ha impreso un fuerte trazo en la historia de la espiritualidad cristiana. Como ha dicho un autor de nuestros días, «Bernardo hizo vibrar una nota nueva, llena de esperanza, en la espiritualidad medieval. No es exagerado decir que fue la fuente de esa corriente de bondad y alegría que en Francisco de Asís habría de convertirse en un río que con sus brazos alegra la ciudad de Dios» (Ps. XLV, 5).
Los sermones y homilías de san Bernardo sobre la Virgen tienen una significación especial en la historia literaria de la espiritualidad cristiana; podría decirse que antes de san Bernardo no existe propiamente Mariología; después de él, en cambio, la hay, ciertamente. Y no es que el Santo Abad haya escrito realmente unos tratados, no. Él, simplemente, canta a “Nuestra Señora”, canta sus virtudes, sus privilegios y prerrogativas, su maternidad divina, sus funciones en la economía divina de la salvación del hombre… Bernardo canta a la Virgen, y entre las notas de su música —verdaderamente polifónica y grandiosa— se engarzan las palabras de un poema, que es también doctrina sustanciosa, clara y limpia, que lleva en sí todas las esencias de la tradición cristiana acerca de María y la fina sal y pimienta de las experiencias personales del Santo Abad.
Es por esto por lo que es llamado comúnmente el Doctor de María; no a causa de la multitud de sus escritos sobre la Santísima Virgen —que fueron, relativamente, pocos—, sino, sobre todo, por la tierna unción con que supo escribir de Ella. En efecto, de los 340 sermones que aproximadamente conservamos de él, solo unos quince tratan directamente de Santa María, y otros tantos más indirectamente, al hablar de los misterios del nacimiento de Nuestro Señor. En este aspecto de la Mariología, san Bernardo se nos muestra realmente también como el último Padre de la Iglesia en orden cronológico; él recoge y sintetiza fielmente la tradición de diez siglos de devoción mariana.
Hay en los escritos de Bernardo una dulzura delicada, nada empalagosa, que le ha valido el título de Doctor Melifluo. Pero «no vayamos a confundir la dulzura de un san Bernardo con el sentimentalismo insípido y de mal gusto de una piedad que no es auténtica… La dulzura de Bernardo es límpida y clara, pues no para mientes en ella ni se detiene a considerarla… Ni siquiera brota de una fuente escondida en la persona de Bernardo; es más bien la plenitud de la bondad, de la misericordia y de la caridad siempre desbordantes de Dios». San Bernardo fue un celoso servidor de María, su «caballero», como ha podido llamarle la posteridad. Él contribuyó como nadie al desarrollo del culto mariano en la Edad Media, y la piedad cristiana le debe el hermoso título de Nuestra Señora, con que desde entonces llamamos a la Virgen Santísima. Aquí tienes, querido lector, los sermones y homilías de san Bernardo acerca de la Virgen Nuestra Señora. La colección Neblí te los ha querido ofrecer en tu lengua nativa, según la espléndida y ya clásica traducción del P. Adriano de Huerta, cistercense, que la compuso devotamente hace unos dos siglos. Solo han sido hechos pocos y ligeros retoques.
Quizá nadie haya escrito mejor de María, que Bernardo. La Iglesia ha incorporado muchos pasajes de sus sermones a las lecciones del Breviario romano para cantar a Nuestra Señora en sus festividades. Como el autor de la Divina Comedia, encontremos en Bernardo —el último de los Padres— un guía seguro que nos conduzca hasta María, la Virgen Madre; porque nosotros sabemos, como sabía el Dante, que la Angélica Reina acoge siempre bien a su “fiel Bernardo”.
J. M.ª C.
1090.—Nace en Fontaines (Borgoña).
1112.—Entra con otros treinta jóvenes de la nobleza de Borgoña en el recién fundado monasterio del Císter.
1115.—Es enviado a fundar un nuevo monasterio en el Valle del Absintio, que él llamó Clairvaux (Claraval), Valle Claro.
1119.—Calixto II confirma las constituciones que por obra de san Bernardo devolvían la observancia monacal a su primitiva pureza.
1128.—Es secretario del Concilio de Troyes.
1130.—En el concilio nacional de este año, al que fue llamado por el rey y los obispos, combate al antipapa Anacleto.
1132, 1134, 1137.—Viajes a Italia encaminados a apoyar a Inocencio II contra Anacleto.
1139.—Asiste al Segundo Concilio Universal de Letrán.
1139.—Escribe a Abelardo para que se retracte de sus errores racionalistas, condenados luego por el Concilio de Sens.
1146.—Por encargo del papa Eugenio III predica la Cruzada en Vézelay, y es tal el entusiasmo de la muchedumbre que se ve obligado a hacer cruces con tiras rasgadas de su hábito para que las vistan los nuevos cruzados.
20 de agosto de 1153.—Muere en Claraval.
1174.—Es canonizado por Alejandro III.
Sobre las palabras del Evangelio: «Fue enviado el ángel Gabriel», etc.
(Lc. I, 26-38).
Aunque me impelía la devoción a tomar la pluma, las muchas ocupaciones me lo estorbaban. Sin embargo, ya que, impedido por mis achaques2 no puedo al presente seguir con mis hermanos los ejercicios monásticos, este poquito de ocio que, aunque sea quitándolo del sueño, me dejan tomar por las noches, no quisiera pasarlo ociosamente. Quiero, pues, hacer prueba de emprender antes de todo una obra que muchas veces me ha venido al pensamiento; que es escribir las excelencias de la Virgen Madre, sobre la lección del Evangelio de san Lucas en que se contiene la historia de la anunciación del Señor. Y, aunque a la empresa de esta obra ni me obligue alguna necesidad de mis hermanos (en cuyos aprovechamientos estoy precisado a emplearme) ni me mueva alguna utilidad suya, con todo eso, siempre que ella no me impida estar pronto a acudir a cuanto necesiten, no me parece que deben llevar a mal que satisfaga en esto a mi propia devoción.
31. ¿Qué fin tendría el evangelista en expresar con tanta distinción los propios nombres de tantas cosas en este lugar? Yo creo que pretendía con esto que oyésemos con negligencia nosotros lo que él con tanta exactitud procuraba referir. Nombra, pues, el nuncio que es enviado, el Señor por quien es enviado, la Virgen a quien es enviado, el esposo también de la Virgen, señalando con sus propios nombres el linaje de ambos, la ciudad y la región. ¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? De ninguna manera; porque si no cae una hoja del árbol sin causa, ni cae en la tierra un pájaro sin la voluntad del Padre celestial, ¿podría yo juzgar que de la boca del santo evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia del que es Palabra de Dios? No lo pienso así: todas están llenas de soberanos misterios y cada una rebosa en celestial dulzura; pero esto es si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra y aceite del peñasco durísimo4. Verdaderamente en aquel día destilaron dulzura los montes y manó leche y miel de los collados, cuando, enviando su rocío desde lo alto de los cielos y haciendo las nubes descender al Justo5 como una lluvia, se abrió la tierra alegre y brotó de ella el Salvador; cuando, derramando el Señor su bendición y dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pingüe, salieron a encontrarse mutuamente la misericordia y la verdad y se besaron la paz y la justicia6. En aquel tiempo también en que este no pequeño monte entre los demás montes, este bienaventurado evangelista, digo, escribió con estilo dulcísimo el principio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, como que, soplando el austro y rayando el sol de justicia más de cerca, se difundieron de él algunos espirituales aromas. Y ojalá que ahora envíe Dios su palabra y los derrita; ojalá que sople su espíritu y se hagan inteligibles para nosotros las palabras evangélicas, se hagan en nuestros corazones más estimables que el oro y las piedras más preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.
2. Dice, pues: Fue enviado el ángel Gabriel por Dios. No juzgo que este ángel sea de los menores, quienes suelen ser enviados por cualquier causa con embajadas a la tierra; lo cual se deja entender claramente en su mismo nombre, que significa fortaleza de Dios; y también porque no se dice que haya sido enviado (como acostumbra hacerse entre los ángeles) por algún otro espíritu más excelente que él, sino por el mismo Dios. Por eso se expresó en el Evangelio que fue enviado por Dios; o quizá por eso se dijo por Dios, para que no se piense que reveló Dios su designio acerca de la encarnación aun a alguno de sus bienaventurados espíritus antes que a la Virgen, exceptuando solamente el arcángel san Gabriel; el cual sin duda tuvo tanta excelencia entre los suyos que fue reputado digno de tal nombre y de tal embajada. Ni deja de haber mucha proporción entre el oficio de nuncio y el nombre del ángel. Porque a Cristo, que es la virtud de Dios, ¿quién mejor le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra un nombre semejante? Pues ¿qué otra cosa es fortaleza, sino virtud? Ni parezca indecente o impropio que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo modo, cuando la causa de llamarse ambos con semejante nombre no es semejante en ambos. De un modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios y de otro modo muy diferente el ángel; el ángel solo por denominación, pero Cristo substancialmente también. Cristo se llama y es virtud de Dios, que viniendo con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado que solía guardar en paz el atrio de su casa, le venció con su propio brazo; y así le quitó valerosamente todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cautivas. El ángel san Gabriel es llamado fortaleza de Dios o por haber merecido la prerrogativa de ser encargado de anunciar la venida de la misma fortaleza, o porque debía confortar a una virgen naturalmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la sorprendiese el pavor a la novedad de tan grande milagro; lo cual hizo él diciéndole: No temas, María; has hallado gracia a los ojos de Dios. Tampoco quizá será fuerza de razón creer que este mismo ángel fue quien confortó y libró de sus dudas a su esposo, varón ciertamente humilde y timorato, aunque no se nombre entonces por el evangelista. José, dijo, hijo de David, no temas recibir a María por tu esposa. Oportunamente, pues, es elegido san Gabriel para este negocio; o, más bien, por encargarse a él negocio semejante, se distingue justamente con tal nombre.
3. Fue enviado, pues, el ángel Gabriel por Dios. ¿Adónde? A una ciudad de Galilea, cuyo nombre era Nazaret. Veamos si (como dice Natanael) puede salir de Nazaret algo que sea bueno. A mí se me representan como una simiente del conocimiento de Dios, echada desde el cielo a la tierra, las revelaciones y promesas hechas a los padres Abraham, Isaac y Jacob; simiente de la cual está escrito: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado la simiente, hubiéramos sido como Sodoma y seríamos semejantes a Gomorra7. Floreció esta simiente en las maravillas que se mostraron en la salida del pueblo de Israel de Egipto, en las figuras y enigmas misteriosos por todo el camino en el desierto hasta la tierra de promisión y, después, en las visiones y vaticinios de los profetas, en la ordenación también del reino y del sacerdocio hasta Cristo. Pero no sin razón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y de estas flores, diciendo David: Derramará Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto8; y otra vez: Del fruto de tu vientre pondré sobre tu silla9. En Nazaret, pues, se anuncia que Cristo ha de nacer, porque en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero en saliendo el fruto se cae la flor, porque, apareciendo la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual también Nazaret se dice ciudad de Galilea, esto es, de la transmigración; porque, naciendo Cristo, pasaron todas aquellas cosas que arriba conté; las cuales, como dice el apóstol: Les sucedían a ellos en figura10. También nosotros, que tenemos ya el fruto, hemos dejado atrás estas flores; que, aun cuando estaban en su belleza, se previó que habían de pasar. Por lo que dijo David: En la mañana como la yerba pase, en la mañana florezca y pase; en la tarde caiga, se endurezca y se seque11. En la tarde, pues, esto es, cuando vino la plenitud del tiempo, en que envió Dios a su Unigénito, hecho de una mujer, hecho bajo la ley12, diciendo el mismo: Mira que hago nuevas todas las cosas13, las viejas pasaron y desaparecieron, así como al romper el fruto, se caen y se secan las flores. Sobre lo cual se halla también escrito: Se secó el heno y cayó la flor; pero la palabra de Dios queda para siempre14. Creo que no dudas que la palabra es el fruto; pues la Palabra es Cristo.
4. Buen fruto es Cristo, que permanece para siempre. ¿Pero dónde está el heno que se secó? ¿Dónde la flor que se cayó? Responda el profeta: Toda carne es heno y toda su gloria como la flor del heno15. Si toda carne es heno, luego aquel pueblo carnal de los judíos se secó como el heno. ¿Por ventura no se secó como el heno cuando el mismo pueblo, vacío de todo jugo del espíritu, se pegó tenazmente a la letra seca? ¿No cayó también la flor cuando aquella gloria que tenían en la ley desapareció para siempre? Si no cayó la flor, ¿en dónde está el reino, en dónde el sacerdocio, en dónde los profetas, en dónde el templo, en dónde aquellas grandezas de que solían gloriarse y decir: ¡Cuántas cosas hemos oído y conocido y nuestros padres nos han contado!16. Y también: ¡Cuántas cosas mandó a nuestros padres que hiciesen manifiestas a sus hijos! Y esto se ha dicho para exponer aquellas palabras a Nazaret, ciudad de Galilea.
5. A esta ciudad, pues, fue enviado el ángel Gabriel por Dios. ¿A quién? A una virgen desposada con un varón, cuyo nombre era José. ¿Qué virgen es esta tan respetable que un ángel la saluda? ¿Tan humilde, que está desposada con un artesano? Hermosa es la mezcla de la virginidad y de la humildad; y no poco agrada a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad. Pero ¿de cuánta veneración, te parece, que será digna aquella cuya humildad engrandece la fecundidad y cuyo parto consagra la virginidad? Oyes hablar de una virgen, oyes hablar de una humildad; si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesaria es la humildad: aquella se nos aconseja, esta nos la mandan; te convidan a aquella, a esta te obligan. De aquella se dice: El que la puede guardar, guárdela17; de esta se dice: El que no se haga como este párvulo, no entrará en el reino de los cielos18. De modo que aquella se premia, como sacrificio voluntario; esta se exige, como servicio obligatorio. En fin, puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la humildad que llora la virginidad perdida; pero sin humildad (me atrevo a decirlo) ni aun la virginidad de María hubiera agradado a Dios. ¿Sobre quién descansará mi espíritu, dice el Señor, sino sobre el humilde y manso? Sobre el humilde, dice, no sobre el que es virgen. Con que si María no fuera humilde, no reposara sobre ella el Espíritu Santo; y, si no reposara sobre ella, no concibiera por virtud de Él. Porque, ¿cómo pudiera concebir de Él sin Él? Es claro, pues, que para que de Él hubiese de concebir, como ella dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva19 mucho más que a la virginidad; y, aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo eso, concibió por la humildad. De donde consta que la humildad fue la que hizo agradable su virginidad también.
6. ¿Qué dices, virgen soberbia? María, olvidada de que es virgen, se gloría de la humildad, y tú, menospreciando la humildad, ¿te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, a la humildad de su sierva el Señor. ¿Quién es ella? Una virgen santa, una virgen pura, una virgen devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a Dios que la de María, para que puedas tú sin humildad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta virtud, agradado con la suya? Finalmente, cuanto más digno de honor eres por el don singular de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti mismo, afeando en ti la hermosura de ella con la mezcla de tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen que hacerte soberbio por la virginidad. No es de todos la virginidad, ciertamente, pero es de muchos menos todavía la humildad acompañada de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar la virginidad de María, procura imitar su humildad, y te basta. Pero si eres virgen y al mismo tiempo humilde, grande eres, cualquiera que seas.
7. Con todo eso, hay en María otra cosa mayor de que te admires, que es la fecundidad junto con la virginidad. Jamás se oyó en los siglos que una mujer fuese madre y virgen juntamente. O si también consideras de quién es madre, ¿adónde te llevará tu admiración sobre su admirable excelencia? ¿Acaso no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admirarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio o, más bien, al juicio de la verdad, no será digna de ser ensalzada sobre todos los coros de los ángeles la que tuvo a Dios por hijo suyo? ¿No es María la que confiadamente llama al Dios y Señor de los ángeles hijo suyo, diciéndole: Hijo, ¿cómo has hecho esto con nosotros?20. ¿Quién de los ángeles se atrevería a esto? Es bastante para ellos y tienen por cosa grande que, siendo espíritus por su creación, han sido hechos y llamados ángeles por gracia, testificando David: El Señor es quien hace ángeles suyos a los espíritus21. Pero María, reconociéndose madre de aquella Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama confiadamente hijo suyo. Ni se desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó ser; pues poco después añade el evangelista: Y estaba sujeto a ellos. ¿Quién?, ¿a quiénes? Dios a los hombres. Dios, repito, a quien están sujetos los ángeles, a quien los principados y potestades obedecen, estaba obediente a María, ni solo a María, sino a José por María. Maravíllate de estas dos cosas, y mira cuál es de mayor admiración, si la benignísima dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal Madre. De ambas partes está el pasmo, de ambas el prodigio: que Dios obedezca a una mujer, humildad es sin ejemplo, y que una mujer tenga autoridad para mandar a Dios, es excelencia sin igual. En alabanza de las vírgenes se canta como cosa singular que siguen al Cordero a cualquier parte que vaya22. ¿Pues de qué alabanzas juzgarás digna a la que también va delante y el Cordero la sigue?
8. Aprende, hombre, a obedecer; aprende, tierra, a sujetarte; aprende, polvo, a observar la voluntad del superior. De tu Autor habla el evangelista y dice: Y estaba sujeto a ellos; sin duda a María y a José. Avergüénzate, soberbia ceniza: Dios se humilla, ¿y tú te ensalzas? Dios se sujeta a los hombres, ¿y tú, anhelando dominar a los hombres, te prefieres a tu Autor? Ojalá que a mí, si llego a tener tales pensamientos, se digne Dios responderme lo que respondió también a su apóstol reprendiéndole: Apártate detrás de mí, Satanás, porque no tienes gusto de las cosas que son de Dios. Puesto que, cuantas veces deseo mandar a los hombres, tantas pretendo ir delante de mi Dios; y entonces verdaderamente ni tengo gusto ni estimación de las cosas que son de Dios, porque del mismo se dijo: Y estaba sujeto a ellos. Si te desdeñas, hombre, de imitar el ejemplo de los hombres, a lo menos no puedes reputar por cosa indecorosa para ti el seguir a tu Autor. Si no puedes seguirle a todas partes adonde Él vaya, síguele al menos con gusto adonde por ti bajó. Quiero decir: si no puedes subir a la altura de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el camino segurísimo de la humildad, de la cual, si las vírgenes mismas se apartan, ya no seguirán al Cordero en todos sus caminos. Sigue al Cordero el humilde que se manchó; le sigue el virgen soberbio también; pero ni el uno ni el otro a cualquiera parte que vaya23; pues ni aquel puede subir a la limpieza del Cordero, que no tiene mancha, ni este se digna bajar a la mansedumbre de quien enmudeció paciente, no delante de quien le esquilaba, sino delante de quien le mataba. Sin embargo, más saludable modo de seguirle eligió el pecador en la humildad que el soberbio en la virginidad; pues purifica la humilde satisfacción de aquel su inmundicia, cuando mancha la castidad de este su soberbia.
9. Dichosa en todo María, a quien ni faltó la humildad ni la virginidad. Singular virginidad la suya, que no violó, sino que honró la fecundidad; no menos ilustre humildad, que no disminuyó, sino que engrandeció su fecunda virginidad; y enteramente incomparable fecundidad, que la virginidad y humildad juntas acompañan. ¿Cuál de estas cosas no es admirable? ¿Cuál no es incomparable? ¿Cuál no es singular? Maravilla será si, ponderándolas, no dudas cuál juzgarás más digna de tu admiración; es decir, si será más estupenda la fecundidad en una virgen o la integridad en una madre; su dignidad por el fruto de su castísimo seno o su humildad con dignidad tan grande; sino que ya, sin duda, a cada una de estas cosas se deben preferir todas juntas, y es incomparablemente más excelencia y más dicha haberlas tenido todas que precisamente algunas. ¿Y qué maravilla que Dios, a quien leemos y vemos admirable en sus santos, se haya mostrado más maravilloso en su Madre? Venerad, pues, los que os halláis en estado de matrimonio, la integridad y pureza del cuerpo en el cuerpo mortal; admirad también vosotras, vírgenes sagradas, la fecundidad de una virgen; imitad, hombres todos, la humildad de la Madre de Dios; honrad, ángeles santos, a la Madre de vuestro Rey, vosotros que adoráis al Hijo de nuestra Virgen, nuestro Rey y vuestro juntamente, reparador de nuestro linaje y restaurador de vuestra ciudad. A cuya dignidad, pues entre vosotros es tan sublime y tan humilde entre nosotros, sea dada, por vosotros igualmente que por nosotros, la reverencia que se le debe; y a su dignación, el honor y la gloria por todos los siglos. Amén.
24 1. Que aquel nuevo cántico, que solo se concederá a las vírgenes cantar en el reino de Dios, le cantará también la reina de las vírgenes con ellas, o, más bien, la primera de ellas, nadie lo duda. Pero yo juzgo que, a más de aquel cantar que (como he dicho) le será común con todas, aunque con solas las vírgenes, alegrará también con otros más dulces y más hermosos versos la ciudad de Dios, cuyas suavísimas y armoniosas voces y melodía ninguna, aun de las mismas vírgenes, será digna de componer o imitar; porque con razón será prerrogativa suya cantarlos sola, cuando ella sola se gloría del parto, y parto divino. Se gloría, he dicho, del parto, no en sí misma, sino en el Señor a quien dio a luz. Verdaderamente, Dios (pues es Dios a quien dio a luz), habiendo de dar a su Madre en el cielo una gloria singular, procuró prevenirla en la tierra con singular gracia, por la cual inefablemente concibiese intacta y diera a luz incorrupta. A la majestad de Dios convenía que no naciese sino de la Virgen, y a la Virgen convenía que no diera a luz a otro que a Dios. Así, el hacedor de los hombres, para hacerse hombre, siendo preciso nacer de una mujer, a aquella entre todas debía escoger o, más bien, formar para Madre suya, que conocía era decente a Él, y sabía que le había de agradar. Por tanto, quiso que fuese virgen para salir de una Madre purísima el que es infinitamente puro y que venía a limpiar las manchas de todos; quiso que fuese humilde, para salir de una Madre tal, el que es manso y humilde de corazón, a fin de mostrarnos en sí mismo el necesario y saludable ejemplo de todas estas virtudes. Dio, pues, a la Virgen parto el mismo Señor que la había inspirado el voto de virginidad y la había enriquecido antes igualmente con el mérito de la humildad. De otra suerte, ¿cómo diría el ángel después que estaba llena de gracia, si tuviera algo bueno que no procediese de la gracia?
2. Para que fuese, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos, santa en el cuerpo, recibió el don de la virginidad; para que fuese también santa en el alma, recibió el de la humildad. Adornada de estas preciosas piedras la Virgen regia, resplandeciendo con la doble belleza de cuerpo y alma, conocida por su agrado y hermosura en los cielos, se llevó la atención de todos sus ciudadanos, de suerte que inclinó hasta el ánimo del Rey a desearla y sacó al nuncio celestial de las alturas. Y esto es lo que el evangelista nos insinúa aquí cuando muestra al ángel enviado por Dios a la Virgen. Por Dios, dice,a la Virgen
