Las brujas - Stacy Schiff - E-Book

Las brujas E-Book

Stacy Schiff

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Beschreibung

Todo comenzó en 1692, durante un invierno excepcionalmente crudo en Massachusetts, con los gritos y las convulsiones de la hija de un ministro. El pánico estalló por todo el pueblo e involucró a los hombres y a los políticos más prominentes de la colonia. Padres e hijos acusaron a esposas y hermanas, y a todo ser viviente que pudiera resultar una amenaza. Ese año la Colonia de la Bahía ejecutó por brujería a catorce mujeres, cinco hombres y dos perros. La hechicería se materializó en enero y en septiembre murió la última ahorcada; siguió después un silencio absoluto y lleno de azoro que duró una generación. Lo que perturbó a quienes sobrevivieron el calvario no fue la maliciosa práctica de la brujería, sino la torpe administración de justicia a una mayoría compuesta por mujeres. En 1692 el dogma y la implacable cruzada contra el mal se combinaron en Salem y ofrecieron el escenario ideal para el episodio sensacionalista por definición, un capítulo distópico del pasado colonial puritano que con espasmos, crujidos y destellos sigue abriéndose paso a través del imaginario colectivo a más de trescientos años de distancia.

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Seitenzahl: 1044

Veröffentlichungsjahr: 2024

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 STACY SCHIFF (Massachusetts, 1961) es autora de Véra. Señora de Nabokov, obra ganadora del Premio Pulitzer; de Cleopatra. Una vida (FCE, 2023), por la que recibió el premio PEN/Jacqueline Bograd Weld en la categoría de biografía; de Saint-Exupéry, biografía fi nalista del Premio Pulitzer, y de A Great Improvisation: Franklin, France, and the Birth of America, libro ganador del George Washington Book Prize y del Ambassador Book Award. Galardonada por la Academia Estadunidense de las Artes y las Letras en 2019, Schiff ha colaborado con The New Yorker, The New York Times, The Washington Post y The Los Angeles Times, entre otros.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

LAS BRUJAS

 STACY SCHIFF

Las brujas

 Sospecha, traición e histeria en Salem, 1692

 Traducción deDENNIS PEÑA TORRES

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición en inglés, 2015 Primera edición, 2023   [Primera edición en libro electrónico, 2024]

Distribución en Latinoamérica

© 2015, Stacy Schiff Esta edición se publica por acuerdo con Little, Brown and Company, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos. Todos los derechos reservados. Título original: The Witches. Salem, 1692

D. R. © 2023, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero Imagen de portada: La noche de Walpurgis de Fritz Roeber

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.

ISBN 978-607-16-8267-3 (rústica)ISBN 978-607-16-8335-9 (ePub)ISBN 978-607-16-8351-9 (mobi)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE GENERAL

   

Nota

Elenco

 

Las enfermedades del asombroEse viejo embusteroEl obrar maravillasUno de vosotros es diabloEl hechiceroUn suburbio del infiernoAhora dicen que hay más de setecientas en totalEn estas reuniones diabólicasNuestro caso es extraordinarioPublicado para prevenir informes falsosAquella temporada oscura y misteriosaUna larga serie de consecuencias miserables

 

Bibliografía seleccionada

Índice analítico

   Para Wendy Belzberg

NOTA

  Tres siglos de documentación pueden agregar cualquier cantidad de páginas de notas bibliográficas. Las obras que han moldeado el texto en su conjunto o que he consultado de forma regular aparecen en la bibliografía seleccionada; se citan al final de cada capítulo. La mayoría de los informes de 1692 han sido objeto de numerosas impresiones y reimpresiones; he tratado de citarlos en sus ediciones más accesibles. Los textos de apoyo del siglo XVII están disponibles en el sitio web de la Colección de Brujería de la Cornell University Library; la mayoría de los sermones están en línea; la mayor parte de la documentación original de Salem se puede encontrar en el excelente sitio web sobre los juicios de brujas de Salem de la University of Virginia. Las principales fuentes —como los magistrales Records of the Salem Witch-Hunt (2009), volumen que por primera vez ofrece de modo cronológico el registro existente, prestando su conformación a la cacería— se presentan de la siguiente manera:

 

B&N

Boyer y Nissenbaum, eds., Salem-Village Witchcraft: A Documentary Record of Local Conflict in Colonial New England

Burr

Narratives of the New England Witchcraft Cases

CM Diary

Mather, Diary of Cotton Mather

Magnalia

Mather, Magnalia Christi Americana

MP

Mather, Memorable Providences

WOW

Mather, Wonders of the Invisible World

IP

Mather, Illustrious Providences

JH

John Hale, A Man Beset by Witches

SPN

Cooper y Minkema, eds., The Sermon Notebook of Samuel Parris

RFQC

The Records and Files of the Quarterly Courts of Essex County

R

Rosenthal et al., eds., Records of the Salem Witch-Hunt

SS Diary

Sewall, The Diary of Samuel Sewall

Sibley

Sibley’s Harvard Graduates

EIHC

Essex Institute Historical Collections

 Thomas Putnam —uno de los secretarios del tribunal más prolíficos, si bien de ninguna manera el más creativo— escribió en inglés witch y “wicth”. Una apparition era una “apperishtion”, daughter en ocasiones era “dafter”, melancholy era “malloncely”. En aras de la legibilidad, he modernizado la ortografía y me he tomado libertades esporádicas con la puntuación. Todos los nombres propios se ajustan a la ortografía de Records of the Salem Witch-Hunt. Los nombres John Hale, Cotton Mather, Increase Mather y Samuel Parris se abrevian como JH, CM, IM y SP; NE es Nueva Inglaterra. Los nombres de los archivos principales aparecen de la siguiente manera:

 

MHS

Massachusetts Historical Society

AAS

American Antiquarian Society

DAC

Danvers Archival Center, Peabody Institute Library

NEHGS

New England Historic Genealogical Society

PEM

Phillips Library, Peabody Essex Museum

PRO

Public Records Office, Kew

ELENCO

  DE LA CASA PARROQUIAL Y SUS ALREDEDORES

 

BAYLEY, JAMES, primer ministro de la aldea de Salem, de 1673 a 1679. Cuñado de Thomas Putnam; tío de la joven propensa a retorcerse de dolor y emitir aullidos, Ann Putnam.

BURROUGHS, GEORGE, 42 años de edad, sucesor de Bayley al púlpito de la aldea, de 1679 a 1683, de talante seductor y de mente independiente. Se marcha abruptamente; en 1692 es ministro en la frontera de Maine. Padre de siete; combativo y controlador.

LAWSON, DEODAT, cortés y persuasivo sucesor de Burroughs, ministro de la aldea de 1684 a 1688.

PARRIS, SAMUEL, 39 años de edad, el asediado clérigo al centro de la invasión diabólica. Padre y tío de las primeras jóvenes embrujadas; amo de la primera bruja confesa; en el púlpito de Salem de 1688 a 1696. Ávido, inflexible, sin tacto.

La familia Parris: ABIGAIL WILLIAMS, 11 años de edad, blonda sobrina que interrumpe los sermones y se lanza, ladrando, por las habitaciones. BETTY PARRIS, nueve años de edad, la única niña Parris que sufre síntomas de encantamiento; nunca asiste a un juicio. Otros dos niños, un hijo de 10 años y una hija de cuatro, sin aflicciones y sin dejar huella en la historia. TITUBA, una amable esclava india desde hace muchos años, la primera en entrever un pacto diabólico e informar sobre un vuelo por los aires. JOHN INDIAN, otro esclavo, hechizado en repetidas ocasiones. Supuesto esposo de Tituba. ELIZABETH, la esposa del ministro, nacida en Boston. De alrededor de 44 años de edad, presa de padecimientos a finales del verano.

  OTROS POBLADORES DE SALEM

 

CHEEVER, EZEKIEL, 37 años de edad, sastre y granjero, en algún momento reportero y acusador de la corte.

GRIGGS, WILLIAM, 71 años de edad, médico, recién llegado al pueblo, amigo íntimo de Putnam.

HUTCHINSON, BENJAMIN, veintitantos, hijo adoptivo del tabernero, Nathaniel Ingersoll. Valiente y osado, ensarta espectros en su horca y estoque.

INGERSOLL, HANNAH, de unos 60 años, esposa del dueño de la taberna y vecina de la casa parroquial.

INGERSOLL, NATHANIEL, 60 años de edad, teniente del ejército, primer diácono de la aldea, dueño de la taberna en la que se realizan acusaciones, audiencias, conferencias judiciales, apuñalamientos de espectros y mucha especulación. Confidente de Putnam y Parris.

NURSE, FRANCIS, 74 años de edad. Hombre de mundo, solícito esposo de la supuesta bruja Rebecca Nurse. Inconforme con su ministro mucho antes de la crisis.

POPE, BATHSHUA, 40 años de edad, matrona hechizada afecta a interrumpir sermones. Lanza un zapato a un acusado; levita en la corte.

PUTNAM, THOMAS, sargento del ejército, de 40 años de edad, veterano de la guerra del rey Felipe. Archivista de la corte, secretario de la parroquia, firme simpatizante de Parris. Vive con cuatro víctimas de brujería; presenta los primeros cargos e inicia casi la mitad del resto.

PUTNAM, EDWARD, 38 años de edad, hermano menor de Thomas, diácono de la iglesia. Cofirmante de las primeras acusaciones de brujería.

SIBLEY, MARY, vecina de la casa parroquial, de 32 años, embarazada y preocupada. Sugiere y supervisa la preparación de tartas de brujas en la casa Parris.

WALCOTT, JONATHAN, 53 años de edad. Capitán del ejército de la aldea y cuñado de Putnam; padre de Mary.

  LOS PRINCIPALES ACUSADORES

 

BIBBER, SARAH, belicosa y entrometida matrona del pueblo, de 36 años de edad. Perforada con alfileres en la sala del tribunal.

CHURCHILL, SARAH, de unos 20 años de edad, refugiada y sirviente en la casa Jacobs. Intenta retractarse sin éxito. Pariente lejana de Mary Walcott.

HOBBS, ABIGAIL, testaruda y rebelde de 14 años de edad, originaria de Topsfield, anteriormente sirvienta en Maine. Segunda en confesar brujería; acusadora a partir de entonces. Envía a ambos padres a prisión.

HUBBARD, ELIZABETH, 16 años de edad, huérfana y sirvienta en la casa de su tío, el doctor Griggs. Entre los cinco acusadores más frecuentes.

LEWIS, MERCY, 19 años de edad; refugiada dos veces y huérfana. Anteriormente sirvienta de Burroughs en Maine; en 1692 sirvienta de Putnam en Salem. Identifica de manera confiable a los atacantes invisibles y ofrece el testimonio más detallado; conocida como una “niña visionaria”.

PUTNAM, ANN, hija, 12 años de edad, la mayor de seis hermanos. Puede predecir eventos y recordar otros anteriores a su nacimiento. La única acusadora que vive en casa con sus dos padres.

PUTNAM, ANN, madre piadosa y embarazada de Ann hija, de unos 30 años de edad. Incapacitada por fantasmas y brujas. Hechizada; en una crisis la sacaron cargada de la sala del tribunal.

SHELDEN, SUSANNAH, dos veces refugiada de Maine, de 18 años de edad. Testigo de atrocidades indias, recientemente enterró a su padre. Tiende a revelar asesinatos.

WALCOTT, MARY, 16 años de edad, hija de un capitán del pueblo, vive con sus primos Putnam. También sobrina de Ingersoll. Acusa al menos a 70 por brujería, muchos más que cualquier otro acusador.

WARREN, MARY, 20 años de edad, refugiada huérfana y sirviente en la casa Procter. Doliente, acusada, de nuevo doliente. Sorprendentemente bonita, soporta sangrientas y extremas torturas en la corte.

  ALGUNOS DE LOS ACUSADOS

 

ALDEN, JOHN, 65 años de edad. Astuto comerciante de pieles con sede en Boston, oficial del ejército, capitán de navío. Socio desde hacía mucho del comerciante de Salem Bartholomew Gedney; feligrés de Willard; amigo y vecino de Samuel Sewall.

BARKER, WILLIAM, 46 años de edad, un granjero con labia y endeudado.

BISHOP, BRIDGET, viuda de la ciudad de Salem que apenas pasa los 50 años de edad; beligerante, provocativa, descarada. Confundida durante un juicio con Sarah Bishop, de la aldea de Salem.

CARRIER, MARTHA, desagradable madre de cinco hijos de casi 30 años; mucho antes de 1692, ya se vislumbraba como candidata probable al título de “reina del infierno”. Se burla diciendo que los aquejados del mal en curso están “fuera de sí”. Primera bruja de Andover arrestada.

CARRIER, RICHARD, de 18 años de edad, y ANDREW, de 16. Los corpulentos hijos de Martha, ambos torturados, después de lo cual Richard nombra a más confederados diabólicos que cualquier otro confeso.

CARY, ELIZABETH, 40 y tantos años. Esposa de un peleonero constructor naval de Charlestown. Navega hacia Salem para limpiar su nombre; se marcha encadenada.

CLOYCE, SARAH, 44 años de edad. La hermana mucho más joven y menos afortunada de Rebecca Nurse. Miembro de la iglesia de la aldea; pariente de Dane por su primer matrimonio.

COLSON, ELIZABETH, valiente joven de Reading, de 16 años de edad; única adolescente que elude el arresto, al menos temporalmente.

COREY, GILES, granjero temerario y pendenciero de unos 70 años. Inicialmente acusa a su esposa; al final, desafía a la corte.

COREY, MARTHA, de 60 años de edad, tercera esposa de Giles. Indoblegable, obstinada, dogmática. Realiza el recorrido por las cárceles de Massachusetts.

ENGLISH, PHILIP, 42 años de edad, llamado al nacer Philippe l’Anglois; franco, asertivo, originario de Jersey. Empresario inmigrante inmensamente exitoso; el comerciante más rico de Salem, recientemente elegido concejal.

ENGLISH, MARY, de unos 40 años de edad, esposa de Philip. Hija de un importante comerciante de Salem y de una mujer acusada anteriormente de brujería. Se escapa con su esposo.

ESTY, MARY, 58 años de edad, bondadosa madre de siete hijos, de Topsfield; la más joven de las tres hermanas Towne. Cautiva incluso a sus carceleros.

FOSTER, ANN, viuda tranquila de unos 70 años. Madre de un asesinado de 22 años; suegra de un asesino ejecutado. Nota los primeros indicios de vuelo y los conecta con los aquelarres diabólicos.

GOOD, SARAH, 38 años de edad, mendiga local, hosca, combativa, desaliñada. La primera en ser interrogada por sospecha de brujería; madre de un acusado de cinco años.

HOAR, DORCAS, viuda de 58 años de edad, problemática y clarividente, con un don para el hurto menor. De aspecto singular, asusta fácilmente a los niños.

HOW, ELIZABETH, de poco más de 50 años de edad, esposa diligente de un granjero ciego de Topsfield; pariente de Dane, Carrier y Nurse. Sospechosa durante mucho tiempo de brujería.

JACOBS, GEORGE, un alegre, cordial y analfabeto anciano granjero.

JACOBS, MARGARET, 17 años de edad, nieta elocuente y conmovedora de George. Confiesa, se retracta, llora torrencialmente en el calabozo de Salem.

LACEY, MARY, hija, 18 años de edad, autodenominada hija desobediente. Altamente voluble y un poco melodramática.

LACEY, MARY, madre, 40 años de edad, madre de Mary Lacey hija e hija de Ann Foster.

MARTIN, SUSANNAH, 71 años de edad, pequeña viuda de Amesbury, tan dura y fría como el hielo, imperturbable. Acusada y absuelta de cargos de brujería en 1669.

NURSE, REBECCA, 71 años de edad, bisabuela casi sorda, enfermiza y delicada. Presenta a la corte su mayor desafío.

OSBORNE, SARAH, de unos 50 años de edad, frágil, entre las primeras tres sospechosas. Enredada en una larga disputa con los Putnam, su familia política.

PROCTER, ELIZABETH, 41 años de edad, madre embarazada de cinco y madrastra de seis. Temperamental, gusta de la lectura. Nieta de una sospechosa de brujería en 1669.

PROCTER, JOHN, esposo de mayor edad de Elizabeth, granjero y tabernero sin pelos en la lengua y fanfarrón, de 60 años. Declara que los atormentados deberían ser colgados. Primer hombre acusado de brujería en 1692.

TOOTHAKER, MARY, 44 años de edad, de Billerica, viuda de un hombre acusado de ser hechicero. Meditabunda, sincera, horrorizada. Hermana de Martha Carrier; sobrina del reverendo Dane.

WARDWELL, SAMUEL, 49 años de edad. Un abúlico adivino y carpintero, último en las listas fiscales de Andover. Rinde confesión en tono colorido; más tarde se retracta. Padre de siete.

WILDS, SARAH, ducha en embrujar el heno, esposa del carpintero de Topsfield, de unos 65 años de edad. También acusada 16 años antes; madre del alguacil de la ciudad.

WILLARD, JOHN, de unos 30 años de edad, alguacil adjunto de la aldea, antiguo granjero de Putnam. Un esposo agresivo, vilipendiado por sus suegros.

  LAS AUTORIDADES

 

BRADSTREET, DUDLEY, el hijo de 44 años del anterior gobernador de la colonia, ciudadano prominente de Andover; juez de paz; concejal, miembro del consejo en 1692. Ordena una gran cantidad de arrestos por brujería; huye cuando es acusado.

CORWIN, GEORGE, 26 de edad, sheriff superior y oportunista del condado de Essex. Sobrino de dos jueces de brujería y yerno de un tercero.

CORWIN, JONATHAN, 52 años de edad, comerciante de la ciudad y minorista de licores. Confederado de Hathorne desde hace mucho tiempo y experimentado juez de paz; invariable asistente en las audiencias. Emparentado por matrimonio con Winthrop, Hathorne y Sergeant.

DANFORTH, THOMAS, terrateniente de Charlestown de 69 años de edad, revocó un veredicto de culpabilidad en un caso anterior de brujería; realiza el primer interrogatorio de hechiceros en 1692. Obtiene el informe inicial del aquelarre; al final se opone a los juicios.

GEDNEY, BARTHOLOMEW, 52 años de edad, arriesgado emprendedor y propietario de aserradero; un respetado médico de la ciudad, magistrado, mayor del ejército. Pariente de Corwin.

HATHORNE, JOHN, 51 años de edad, próspero magistrado local, reconocible por su naturaleza intimidatoria y arbitraria. Proviene de una de las primeras familias de la ciudad de Salem; pariente de Putnam.

HERRICK, GEORGE, de buena cuna, apuesto alguacil de Salem de unos 30 años de edad, tapicero de oficio. Pasa 1692 deteniendo y transportando brujas.

HIGGINSON, JOHN, hijo, 46 años de edad, hijo mayor del reverendo Higginson, oficial del ejército, dedicado al negocio de la pesca. Recién nombrado juez de paz; interrogador de brujas.

PHIPS, SIR WILLIAM, 41 años de edad, sin instrucción formal, emprendedor, tempestuoso capitán de barco, aventurero; recién nombrado gobernador de Massachusetts.

RICHARDS, JOHN, a sus 67 años de edad el miembro más antiguo de la corte, emparentado con tres colegas; solicita orientación judicial. Comerciante de Boston, tesorero del Harvard College, principal patrocinador de Mather.

SALTONSTALL, NATHANIEL, 53 años de edad, miembro efímero de la corte. Considerado “el más popular y el de más firmes principios” de los oficiales militares de Massachusetts.

SERGEANT, PETER, comerciante y juez de brujería de Boston de 45 años de edad, extraordinariamente rico. Prestó fondos a Massachusetts; dueño de una residencia palaciega. Socio comercial de Samuel Sewall.

SEWALL, SAMUEL, robusto bostoniano de 40 años de edad, afable, sensible, sofisticado, devoto. Miembro más joven de la corte y hermano del secretario.

SEWALL, STEPHEN, secretario judicial de 35 años de edad, encargado de los documentos. Comerciante de la ciudad de Salem y oficial militar; alberga a la hechizada Betty Parris.

STOUGHTON, WILLIAM, juez, presidente del Tribunal Superior de Jurisdicción Criminal. Hombre grueso, tieso, de ojos pequeños, de 60 años de edad. Muy exigente; consumado experto en teología; la autoridad judicial más confiable de Nueva Inglaterra. Especulador de tierras y soltero de toda la vida.

WINTHROP, WAIT STILL, 51 años de edad, nieto de John Winthrop, fundador de la Colonia de la Bahía. General importante y terrateniente influyente; apolítico, consciente de la moda, servidor público renuente. Cercano a Samuel Sewall; íntimo de Mather.

  DE ENTRE LOS MINISTROS

 

BARNARD, THOMAS, 34 años de edad, nervioso ministro auxiliar ortodoxo de Andover. Organiza la prueba táctil.

DANE, FRANCIS, de 76 años de edad, ministro superior de Andover, en ese púlpito desde 1648. Cauteloso con respecto a la brujería; autocrático, intransigente. Sin educación formal.

HALE, JOHN, ministro de Beverly nacido en Charlestown, simpático, compasivo, de 56 años de edad. Fascinado por los procedimientos y la mecánica de la brujería. De niño vio a Massachusetts colgar a su primera bruja; pariente de Noyes por matrimonio.

HIGGINSON, JOHN, 76 años de edad, en su trigésimo tercer año en el púlpito de la ciudad de Salem. Sereno, de buena dicción, muy respetado.

MATHER, COTTON, 29 años de edad, hijo de Increase Mather y ministro adjunto en la Segunda Iglesia de Boston. Estudiante de Harvard a los 11 años de edad; maestro de teología a los 18. La estrella en ascenso del clero de Nueva Inglaterra; hábil, brillante, prolífico, un magnífico conversador.

MATHER, INCREASE, ministro de la Segunda Iglesia desde 1664. A sus 53 años de edad, el clérigo más destacado de Nueva Inglaterra y prominente intelectual; presidente del Harvard College de 1685 a 1701. Procurador del nuevo estatuto de la colonia.

MOODY, JOSHUA, 59 años de edad, ministro de la Primera Iglesia de Boston, compañero de clase de Willard. Cree firmemente en la brujería; menos convencido por la corte de Stoughton. Ayuda en escapes.

NOYES, NICHOLAS, 45 años de edad, compañero en Harvard de Burroughs, ministro adjunto de Higginson. Soltero corpulento y exuberante, autor de poesía terriblemente mala. El amigo más cercano de Samuel Sewall en la ciudad de Salem.

WILLARD, SAMUEL, ministro de la Tercera Iglesia, de 52 años de edad. Junto con los Mathers, el más eminente de los clérigos de Boston. Erudito, diplomático, ponderado, sobrio.

  ALGUNOS ESCÉPTICOS

 

BRATTLE, THOMAS, científico y lógico consumado, inclinado hacia el anglicanismo. Recién retornado de un viaje a Inglaterra realizado mayormente en compañía de Samuel Sewall; asiste a varias audiencias de Salem. Soltero de 34 años de edad.

CALEF, ROBERT, 44 años de edad, comerciante textil de Boston de cierta inteligencia. Asistió a juicios y cuando menos a un ahorcamiento; posteriormente el principal antagonista de Mathers.

MAULE, THOMAS, tendero de la ciudad de Salem, polémico e ingenioso, de 47 años de edad. Obispo acusado; después cuáquero y sólido crítico de los juicios.

MILBORNE, WILLIAM, 50 años de edad, antiguo residente de las Bermudas; ministro bautista problemático con experiencia en derecho. Detenido por sedición.

PIKE, ROBERT, miembro del consejo y capitán militar, residente importante de Salisbury. Franco; de alrededor de 75 años de edad; probablemente el primer funcionario público en expresar su preocupación por los juicios.

WISE, JOHN, ministro de Ipswich, 40 años de edad, contemporáneo de Parris y compañero suyo en Harvard. Atrevido, carismático, elocuente. Héroe local; cumplió una condena en prisión por protestar contra los abusos del gobierno.

I. LAS ENFERMEDADES DEL ASOMBRO

  Declararemos francamente que nada está claro en este mundo. Sólo los necios y los charlatanes lo saben y comprenden todo.1

ANTÓN CHÉJOV

 EN 1692, la Colonia de la Bahía de Massachusetts ejecutó por brujería a 14 mujeres, cinco hombres y dos perros. La hechicería se materializó en enero; el primer ahorcamiento tuvo lugar en junio, el último en septiembre; siguió después un silencio absoluto y lleno de azoro. Lo que perturbó a quienes sobrevivieron el calvario no fue la maliciosa práctica de brujería, sino la torpe administración de justicia. Ciertamente pareció que se había ahorcado a inocentes; no obstante, los culpables ya habían escapado. No se juró nunca olvidar; consignar nueve meses al olvido pareció una respuesta más apropiada. Y funcionó, por una generación. Desde entonces, hemos estado evocando a Salem: nuestra pesadilla nacional, el episodio sensacionalista crudo y pasado de maduro, el capítulo distópico de nuestro pasado. Crujiendo, destellando y sacudiéndose, se abre paso a través de la historia y la literatura estadunidense.

Nadie ardió en la hoguera; no murieron matronas. El vudú llegó más tarde, con un historiador del siglo XIX;2 el esclavo medio negro con Longfellow; el lanzamiento de hechizos en el bosque con Arthur Miller. (Una película proporcionó la sangre de pollo y el caldero hirviendo.) El conocimiento erudito juega un papel más importante en la historia contada que la ignorancia. Sin embargo, es cierto que 55 personas confesaron brujería y un ministro fue ahorcado. Y aunque nunca sabremos el número exacto3 de los formalmente acusados por haberse involucrado “malvada, maliciosa y criminalmente” en brujería, entre 144 y 185 brujas y hechiceros fueron señalados en 25 aldeas y pueblos antes de que pasara la crisis. Según los informes, más de 700 brujas sobrevolaron Massachusetts. Tantos individuos fueron acusados que los testigos confundían a sus brujas. Tiempo después, incluso un prudente cronista4 puso a surcar los aires a la mujer equivocada en un vuelo singularmente desfavorable.

La más joven de las brujas tenía cinco años, la mayor casi 80. Una hija acusó a su madre, quien a su vez acusó a la suya, quien acusó a un vecino y a un ministro. Una esposa y una hija denunciaron a su esposo y a su padre. Maridos implicaron a esposas; sobrinos a tías; yernos a sus suegras, y lo mismo sucedió entre hermanos. Sólo padres e hijos resistieron ilesos la crisis. Una mujer que viajó a Salem para limpiar su nombre terminó encadenada antes de que cayera la noche. En Andover —la comunidad más seriamente afectada—, una de cada 15 personas se vio acusada. El ministro principal de la ciudad descubrió que estaba emparentado con no menos de 20 brujas. Fantasmas escaparon de sus tumbas para revolotear dentro y fuera de la sala del tribunal, desconcertando más que las brujas mismas. A través del episodio surgen varias preguntas que lindan con la zona más controversial y electrizante de nuestros temores: ¿Quién conspiraba contra ti? ¿Podrías ser una bruja y no saberlo?5 ¿Puede una persona inocente ser culpable?6 ¿Podría alguien —se preguntó un grupo de hombres al final del verano— considerarse a salvo?

¿Cómo terminó la idealista Colonia de la Bahía —tres generaciones después de su fundación— en un sitio tan oscuro? Se han propuesto casi tantas teorías para explicar los juicios de brujas de Salem como sobre el asesinato de Kennedy.7 Nuestra primera historia de crímenes reales ha sido atribuida a tensiones generacionales, sexuales, económicas, eclesiásticas y de clase; a hostilidades regionales importadas de Inglaterra; a comida envenenada; a una religión enrarecida en un clima frío; a histeria adolescente; a fraudes, impuestos, conspiraciones; a inestabilidad política; al trauma inducido por ataques indios; y a la brujería misma, entre las teorías más razonables.* Podemos culpar a las condiciones atmosféricas, o simplemente al clima: históricamente, las acusaciones de brujería tendieron a aumentar a fines del invierno. A lo largo de los años, varios grupos han interpretado al villano, algunos de manera más convincente que otros. Los aldeanos de Salem también buscaron explicar qué fue lo que hizo que tal o cual gendarme se presentara con una orden de arresto en esta o aquella casa. El patrón fue sólo un poco más obvio para ellos de lo que lo es para nosotros, toda vez que involucraba una masa de créditos y débitos a la manera de corros de brujas subterráneos, resentimientos susurrados, rencores incubados durante mucho tiempo y aversiones medio olvidadas. Incluso en aquel entonces, para algunos estaba claro que Salem era la historia de una cosa detrás de la cual había una historia sobre algo completamente diferente. Gran parte de su trasfondo se pierde para nosotros, como los chistes de Shakespeare.

Salem, el pequeño reinado de terror de los Estados Unidos, representa uno de los raros momentos de nuestro pasado iluminado cuando las velas se apagan y todo el mundo parece andar a tientas en la oscuridad, el lugar donde comienzan todas las buenas historias. Fácil de caricaturizar —es la única tragedia que ha adquirido su propio día feriado que no tiene relación con las fechas oficiales—, resulta más difícil de comprender. Es el irresistible misterio bajo cuatro llaves del asunto lo que nos hace volver siempre a él. En 300 años no hemos comprendido adecuadamente nueve meses de la historia de Massachusetts. Si supiéramos más sobre Salem podríamos ocuparnos menos en él, un enigma que toca algo de lo que impulsó el pánico de las brujas en primer lugar. De noche algunas cosas nos perturban; en ocasiones se trata de nuestras conciencias morales; a veces son nuestros secretos; a veces son nuestros miedos, traducidos de un giro idiomático a otro. A menudo lo que pellizca y pincha, roe, araña, punza y sofoca, como una bruja del siglo XVII, es el rompecabezas que de forma irritante permanece sin resolver en la habitación de al lado.

La población de Nueva Inglaterra en 1692 cabría hoy en el Yankee Stadium. Casi todos eran puritanos. Habiendo sufrido por su fe, esas familias zarparon hacia América del Norte para adorar “con más pureza y menos peligro que en el país donde estaban”, como lo expresó un ministro durante la fase álgida de la crisis.8 Creían que la Reforma estaba incompleta y que la iglesia de Inglaterra no era lo suficientemente pura. Pretendían completar la tarea en Norteamérica. En una misión providencial, esperaban comenzar la historia de nuevo; tenían la ventaja de poder construir una civilización —un “nuevo Israel inglés”, como lo denominó un clérigo en 16899— desde cero. Protestantes no conformes, eran disidentes por partida doble, dos veces en revuelta. Eso no los volvía populares. Tendían hacia la desavenencia y las facciones, hacia las fuertes convicciones, hacia la indignación del virtuoso. Al igual que cualquier pueblo oprimido, se definían a sí mismos con aquello que los ofendía,10 lo que le daría a Nueva Inglaterra su sabor obstinado y, según se ha argumentado, a los Estados Unidos su independencia. Calvinistas rigurosos, habían recorrido una gran distancia para adorar a su antojo, y eran intolerantes con quienes lo hacían de manera diferente. Eran apasionados, inquietos, todo menos apocados, firmemente lógicos, no del todo estadunidenses, de una cultura tan homogénea como nunca ha existido en este continente.

Un visitante exageraba cuando informó que los habitantes de Nueva Inglaterra no podían “ni regatear ni hacer una broma sin hacer referencia a un pasaje bíblico”,11 pero tampoco estaba tan lejos. Si había un libro en casa, como casi inevitablemente lo había, era la Biblia. El pensamiento estadunidense moderno temprano respiraba, soñaba, disciplinaba, negociaba y alucinaba en términos de textos e imágenes bíblicas. El juez de brujería Samuel Sewall cortejaba a una atractiva viuda con sermones publicados; ella lo mantenía a raya citando al apóstol Pablo.† Recriminando que la gente preferiría matarlo de hambre antes que pagar su salario, el vicegobernador de New Hampshire citó Corintios; sus electores respondieron con Lucas. San Juan Bautista bien podía aparecer en una acalorada disputa por tierras en Cambridge. Un prisionero citó Deuteronomio 19:19 en su propia defensa. Y cuando un gato asesino entraba volando por la ventana —para tomar a alguien del cuello y aplastarle el pecho mientras, indefenso, dormía por la noche—, se le ahuyentaba invocando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La criatura saltaba al suelo y se arrojaba una vez más por la ventana mientras la víctima concluía que su irascible vecino lo había visitado, pero en forma felina. Una aldea más adelante, un carretero llegó a la misma conclusión cuando, justo después del atardecer, cierta tarde húmeda y ventosa, un perro negro se le abalanzó a la garganta. El hacha en su mano resultó inútil; sólo el nombre del Señor lo salvó mientras corría por su vida.

El Nuevo Mundo constituía un plagio del Viejo con algunas diferencias cruciales. Extendiéndose desde Martha’s Vineyard hasta Nueva Escocia e incorporando partes de los actuales Rhode Island, Connecticut, New Hampshire y Maine, la mancomunidad bíblica se alzaba al borde de lo desconocido. Desde el principio se enredó con otro elemento básico estadunidense: el salvaje diabólico, el terrorista moreno en el patio trasero. Incluso los puestos de avanzada menos aislados de la Colonia sentían su fragilidad. Una tormenta arrancó el techo de una de las mejores casas de Salem mientras sus 10 ocupantes dormían. Una iglesia salió volando con su congregación adentro.12 Los primeros estadunidenses vivieron no sólo en una frontera sino también en muchos aspectos en el tiempo equivocado. Un monarca extranjero podía estar muerto en un momento y vivo al siguiente, así de poco confiables eran las noticias. Los residentes de la Bahía de Massachusetts no siempre sabían quién se sentaba en el trono al que debían lealtad. En 1692 no conocían los periodos de su gobierno. Habían sobrevivido durante tres años sin uno; completada a fines de 1691, una nueva constitución recién zarpaba hacia ellos. Durante tres meses del año no estuvieron seguros de en qué año vivían: el papa aprobó el calendario gregoriano, Nueva Inglaterra lo rechazó y tercamente continuó fechando el comienzo del nuevo año hasta el 25 de marzo. (Cuando las brujas atacaron a sus primeras víctimas en la aldea de Salem era 1691 en América del Norte, pero 1692 en Europa.)

En asentamientos aislados, en hogares tenues, humeantes e iluminados por el fuego, los habitantes de Nueva Inglaterra vivían mayormente en la oscuridad, donde se escucha con mayor intensidad, se siente con más pasión, se imagina más vívidamente, donde prosperan lo sagrado y lo oculto. Sus temores y fantasías diferían poco de los nuestros, incluso si la bruja estadunidense primitiva tenía tanto en común con nuestra vieja bruja de sombrero puntiagudo como lo tienen los piratas somalíes con el Capitán Garfio. Su oscuridad, empero, era una oscuridad muy diferente.13 El cielo sobre Nueva Inglaterra era negro como un cuervo, negro como el carbón, negro como el forro de una Biblia, tan negro que por la noche era difícil mantenerse en el camino, tan negro que una hilera de árboles podría reubicarse libremente en otro lugar, o que después del anochecer uno podía ser perseguido por un cerdo negro furibundo de manera tal que tendría que arrastrarse para llegar a casa, sangriento y desorientado, en cuatro patas.14 Ciertamente, las gafas eran raras en el Massachusetts del siglo XVII. La sidra era la bebida preferida. Aun así, en ocasiones el reflexivo, devoto y educado neoinglés podía sonar en la sala de audiencias de Salem como si estuviera en un ligero viaje con ácidos.

Habría sido difícil encontrar en toda Nueva Inglaterra más que unas pocas almas para quienes lo sobrenatural no fuera eminentemente real, parte integral de la cultura, como lo era también el mismo Diablo. La mayoría tenía una historia que contar, al igual que la tenemos hoy muchos de nosotros. Todos hemos observado lo oculto en acción, incluso si no creemos del todo. Un año después de la crisis de brujería, Cotton Mather, uno de los hombres más cultos en los Estados Unidos, visitó Salem. Perdió sus notas del sermón y éstas aparecieron un mes después esparcidas por las calles de un pueblo vecino. Llegó a la conclusión de que agentes diabólicos las habían robado.15 Uno no dudaba de lo real de la brujería más de lo que dudaba de la verdad literal de la Biblia, pues hacerlo era como cuestionar el sol que brillaba al mediodía. Dejando a un lado la fe, la brujería cumplía un propósito claramente útil. Los agravios, la confusión, las humillaciones, todo se disolvía en su caldero. Cobraban sentido lo desafortunado y lo espeluznante, el niño enfermo y la mantequilla rancia, al igual que el gato asesino. ¿Qué más —preguntó encogiéndose de hombros un hombre de familia— podría haber causado las marcas negras y azules en el brazo de su esposa?

Para algunas de las cosas que acosaron al neoinglés del siglo XVII tenemos explicaciones modernas; para otras no. Hemos creído en muchas cosas (el Ratón Pérez, la fusión en frío, los beneficios de fumar, la comida gratuita) que resultaron no ser ciertas. Todos respaldamos creencias absurdas, simplemente aún no sabemos cuáles lo son. También se sabe que preferimos la intriga a la verdad; negar la evidencia ante nosotros a favor de las ideas detrás nuestro; hacer locuras en nombre de la razón; dar ese paso satisfactorio de lo justo a lo moralmente pretencioso; ahogar nuestras culpas privadas en pozos públicos; entregarnos a pequeños engaños. Todos hemos creído que alguien no tenía nada mejor que hacer que pasar el día conspirando en nuestra contra. El mundo del siglo XVII parecía estar lleno de lo inexplicable, no muy diferente del mundo moderno automatizado, de lectura mental y mejorado algorítmicamente.

Aunque tendemos a no concluir que los espectros robaron nuestras notas, vivimos con perplejidad a diario —y nos seguimos deleitando en ella—. Nos encanta escuchar que cuando el relámpago golpeó al hombre durante su oración, se llevó el libro del Apocalipsis, pero dejó intacto el resto de la Biblia.16 Incluso aquellos de nosotros que no habitamos el alto plano espiritual de los puritanos somos susceptibles a lo que Mather llamó “enfermedades del asombro”.17 Nuestro apetito por lo milagroso perdura; seguimos deseando que haya algo más allá de nuestro entendimiento. Esperamos localizar los poderes secretos que no sabíamos que teníamos, como las zapatillas de rubí que Dorothy encuentra en sus pies y que Glinda tiene que enseñarle a utilizar. En lo que concierne a las mujeres, es preferible que esos poderes se manifiesten sólo en momentos de crisis; la mejor heroína es la accidental. Antes y después de los juicios, Nueva Inglaterra se deleitaba con historias espectaculares de osadía femenina, con las proezas de que sus mujeres hacían gala ante el ataque de los indios. Esas historias de cautiverio proporcionaron una especie de plantilla para la brujería. Todos tienen una historia de cautiverio; hoy la llamamos “memorias”. A veces también nos convertimos en cautivos de nuestras ideas. Salem es en parte la historia de lo que sucede cuando un conjunto de preguntas sin respuesta se encuentra con un conjunto de respuestas jamás buscadas.

Rica en humanos metamorfos, vuelos fantásticos, deseos precipitados, sirvientes atribulados, madrastras malvadas, heno embrujado y manzanas encantadas, la crisis en Salem se parece también a otro género del siglo XVII: el cuento de hadas. Tuvo lugar en tierra salvaje, ese lugar al que el cazador te transporta cuando se le indica sacarte los pulmones y el hígado, de donde salen los lobos que te siguen a casa. Salem roza con lo que es irreal, pero de ninguna manera falso; en el fondo se encuentran deseos frustrados y ansiedades reprimidas, oleajes sexuales sigilosos y terror absoluto. Se desenvuelve en esa extensión fértil y onírica entre lo insólito y lo absurdo. Ya antes había habido juicios de brujas en Nueva Inglaterra, pero ninguno precipitado por una cohorte de niñas adolescentes y preadolescentes embrujadas. Además, como en un cuento de hadas, Salem es una historia en la que las mujeres —mujeres decididas y mujeres aprehensivas y sumisas, matronas rectas y adolescentes descarriadas— desempeñan un papel decisivo. En la gran cantidad de mujeres acusadas incluye, también, un saludo tácito al inquietante poder femenino. Un grupo de jovencitas privadas de sus derechos desencadenaron la crisis, mostrando fuerzas que nadie pudo contener y que hoy siguen perturbando, lo cual podría o no podría tener nada que ver con por qué hemos convertido una historia de mujeres en peligro en una historia sobre mujeres peligrosas.

Las mujeres interpretan al villano en los cuentos de hadas —¿qué estás diciendo cuando colocas el emblema mismo del deber doméstico humilde entre tus piernas y despegas, desafiando los límites de la comunidad y las leyes de la gravedad?—, pero esos cuentos son también los dominios de la juventud. Salem está vinculado en todos los niveles con la adolescencia, esa edad desmesurada cuando, vulnerables e invencibles, saltamos alegremente por toda la frontera entre lo racional y lo irracional, cuando surge el interés tanto en lo espiritual como en lo sobrenatural. La crisis comenzó con dos niñas prepúberes y rápidamente llegó a involucrar a un grupo de adolescentes, a quienes se consideró encantadas por individuos que la mayoría de ellos nunca habían conocido. Las chicas provenían de una aldea que clamaba por su autonomía y de una colonia que en sí misma pasaba por una dolorosa adolescencia. Durante años, la Corona había intentado imponer autoridades de la realeza en Nueva Inglaterra, de las cuales hasta la última había sido derrocada por los más destacados ciudadanos de Massachusetts (incluidos casi todos los futuros jueces de brujería). Tenían todas las razones para exigir protección inglesa contra los indios merodeadores y los calculadores franceses. Pero aunque se lamentaban de su vulnerabilidad —eran una “plantación huérfana”—, los colonos simultáneamente resintieron la supervisión. Se prepararon desde el principio para la interferencia, prometiendo rechazarla cuando llegara y encontrándose humillados cuando ésta los alcanzó. La relación con la madre patria se había convertido en una disputa supurante; durante algún tiempo, las personas destinadas a proteger a los colonos parecían acosarlos. (En contraste, para Londres los habitantes de Nueva Inglaterra resultaron “cascarrabias y susceptibles”.)18 Las autoridades de Massachusetts también eran víctimas de otra preocupación que desempeñaría un papel en 1692: cada vez que rememoraban con admiración a aquellos hombres que habían fundado su piadoso protectorado, cada vez que alababan a esa gran generación, ellos se volvían un poco más pequeños.

 Las verdades históricas emergen sólo con el paso del tiempo. En el caso de Salem han salido arrastrándose, vacilantes en el mejor de los casos, y con cierta deformación. Ávidos poseedores de registros, a los puritanos no les gustaba que las cosas se olvidaran. Sin embargo, a mediados de 1692 sucedió que, si se consideran los archivos existentes al pie de la letra, nadie en Massachusetts mantuvo un diario regular, ni aun el más fanático de los diaristas. El Compleat Body of Divinity, del reverendo Samuel Willard, un compendio tan voluminoso que ninguna prensa de Nueva Inglaterra pudo imprimirlo, efectúa espectacularmente un salto durante el lapso entre el 19 de abril y el 8 de agosto, y no omite mes alguno en 1691 y 1693. Un venerable ministro de Salem escribió ese verano a su hijo mayor relatándole que la hermana de éste había sido abandonada por su miserable esposo, aunque no mencionó que ella había sido detenida por cargos de brujería.19 En su camino hacia la eminencia, Cotton Mather, de 29 años, permaneció en gran parte en Boston, pero a tal punto concentró su pensamiento en Salem más tarde que esencialmente se agregó a sí mismo en la historia. Compuso gran parte de su diario de 1692 después de los hechos. Salem nos llega con las cicatrices de las supresiones del siglo XVII y marcado por los inventos de los que fue víctima en el siglo XIX. Tendemos a revisar nuestros colapsos nacionales después de haber cometido errores judiciales, y en algunas partes del país con más entusiasmo que en otras. (El traspié de Massachusetts fue uno de los favoritos del Sur alrededor de 1860, excepto en Carolina del Sur, donde poco después se encarceló a una bruja durante más de un año.) En 1949 el Holocausto puso a Marion Starkey en camino hacia la brujería de Salem: escribió el volumen que inspiraría a Arthur Miller a redactar Las brujas de Salem a inicios de la crisis McCarthy. Junto con Nathaniel Hawthorne, Miller se ha llevado la historia en gran medida.

No queda rastro de una sola sesión de la corte de brujería. Tenemos relatos de los juicios pero no hay registros; sobreviven documentos preparatorios (declaraciones, acusaciones, confesiones, peticiones) y dos órdenes de ejecución. El libro de registro de la aldea de Salem fue eliminado y ningún periódico circulaba aún en las colonias norteamericanas. A pesar de que los embrujados comandaron una audiencia embelesada durante gran parte de un año, sus voces se han perdido para nosotros. Sus palabras nos llegan exclusivamente a través de hombres que estaban lejos de ser minuciosos, rara vez se mostraban imparciales y no siempre transcribían en la sala en la que escuchaban las declaraciones. Tergiversan y estrangulan las voces de los acusados, y son igualmente desatentos con los acusadores, pues no consignan sobre papel todas sus declaraciones. Tenemos pocas transcripciones completas de audiencias preliminares. El testimonio llegó demasiado rápido; el pandemonio en el que se convirtió la sala del tribunal hizo imposible escucharlo. Es difícil decir con certeza qué líneas pertenecen a quién. Los secretarios rápidamente renunciaron a la transcripción fiel, resumiendo en cambio, salpimentando su transcripción a medida que avanzaban. Uno de ellos simplemente señaló que un acusado adoptó “maneras muy malvadas y rencorosas”;20 otro interrumpió su trabajo para llamar mentiroso al sospechoso. Después de una determinada fecha, los encargados de los registros no se detenían en las negaciones, bajo el supuesto de que pronto se desmoronarían para dar paso a confesiones; lo que plantea otro problema: el testimonio se ofrece bajo juramento. Abundan también los relatos fantásticos, a menos que creamos, según confesó una mujer, habiendo jurado decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, que voló sobre un palo con el diácono de su iglesia y otras dos personas hacia un bautismo satánico, y que el lunes anterior había llevado con ella al espectro de su ministro por los aires, habiendo consultado anteriormente en su huerto con un gato satánico. Más de 100 reporteros tomaron testimonio, aunque pocos estaban entrenados para hacerlo. Eran enloquecedoramente inconsistentes, e incluso cuando registraban una respuesta, no siempre se molestaban en tomar nota de la pregunta, si bien es bastante fácil extrapolar cuál era ésta cuando una joven de 19 años parada frente a tres de los hombres más imponentes que conocería en toda su vida clamaba: “¡Lo contaré! ¡Lo contaré!”…21 y procedía a confesar la brujería.

Los acusadores confundían a los sospechosos, y los cronistas posteriores llegaron a mezclarlos aún más, pues varios tenían el mismo nombre. En muchos casos, todo lo que podemos vislumbrar de una mujer es lo que surgía bajo un interrogatorio fulminante, según había sido transcrito por reporteros de la corte que le guardaban animadversión y que, además, en algunos casos testificaban contra la acusada. Sabemos poco sobre la mayoría de los implicados, excepto que habían sido acusados de brujería o la habían confesado. También son como personajes de cuentos de hadas en tanto los reconocemos por un único detalle: una peculiaridad en el vestido, una expresión, un estremecimiento surgido de sus adentros. Esto nos deja con una sola gran característica: Mary Warren tenía un hermoso rostro; Abigail Hobbs era una sinvergüenza; George Jacobs tenía un juguetón sentido del humor, y Samuel Parris no. ¿Qué queremos que nos digan los implicados en los juicios? ¿Qué pensaban cuando confesaron volar por el aire o asfixiar al vecino, cuando testificaban contra una mujer perfectamente lúcida que insistía en no saber nada de brujería; cuando compartieron una celda con un mago convicto; cuando estaban parados en la horca mientras el hombre al que habían acusado de brujería insistía, con su último aliento, en su inocencia? ¿Dónde estaba el Diablo en Salem y qué tramaba realmente? Quienes resistieron las despiadadas acusaciones, ¿cómo encontraron la fortaleza para hacerlo? Todos se fueron a la tumba creyendo aún en las brujas. ¿En qué momento se les ocurrió que aunque la hechicería podía haber sido real, los juicios eran una farsa? La suya es una pequeña historia que se volvió enorme, mucho más grande que las historias que contamos junto a la fogata, el gótico derrumbe liberador de genios de camino hacia la Constitución. La cacería de brujas se erige como una historia de advertencia cubierta de telarañas y basada en el parecer de las multitudes, un recordatorio de que —como lo señaló un ministro en desacuerdo con la crisis— el bien extremo puede tornarse por error un mal extremo.22

Hay muchas cosas que no podemos saber: por ejemplo, ¿cómo se las arreglaron para convivir durante meses en una diminuta celda dos personas que se habían acusado mutuamente de brujería? ¿Y si eran madre e hija? ¿Cómo se distinguía un fantasma de una aparición? ¿Qué terror era peor, que la siguiente llamada a la puerta fuera delante de la tuya, que el próximo lugar en el que la brujería se deslizara fuera tu casa, o que después de todo el hombre al que habías sentenciado a la horca no fuera hechicero? Volvemos a sus palabras una y otra vez para extraer respuestas de la seca prosa puritana y de labios puritanos fruncidos, para descubrir el significado de un episodio que se originó en la alegoría y que brotó —cual electrizante libro de imágenes emergentes— como historia incandescente, sólo para después volver a su estado alegórico. Una plegaria, un hechizo, un libro; la esperanza es la misma: si podemos organizar las palabras en el orden correcto, el horizonte se iluminará, nuestra visión mejorará y —una vez que la incertidumbre relaje su tensión— todo encajará maravillosamente.

  NOTAS

 

1 Chéjov, Antón, Letters on the Short Story, the Drama, and Other Literary Topics, Benjamin Blom, Nueva York, 1964, p. 8.

2 El historiador del siglo XIX era Charles W. Upham. Para Tituba y el vudú, véase Rosenthal, Bernard, “Tituba”, OAH Magazine of History (julio de 2003), pp. 48-50; Rosenthal, Salem Story, pp. 10-31; Rosenthal, “Tituba’s Story”, New England Quarterly (junio de 1998), pp. 190-203. Sobre la eminencia educativa de Massachusetts, véase Cremin, Lawrence A., American Education: The Colonial Experience, Harper and Row, Nueva York, 1970, p. 207. Gretchen Adams hace la notable observación de que el Sur proporcionó la quema de brujas en la polémica década de 1850 en The Specter of Salem, University of Chicago Press, Chicago, 2010, pp. 95-96.

3 Es esquivo, dadas las identidades erróneas y los registros imparciales. Boyer y Nissenbaum en Salem Possessed estiman 141; Rosenthal, en Salem Story, 156; Baker, Emerson W., en A Storm of Witchcraft, Oxford, Nueva York, 2015, 169 o 172; Koehler, en Search for Power, 204. Un relato de la época indica que más de 200 fueron acusadas. De ser así, se ha perdido mucha más documentación de la que creemos.

4Magnalia, 2, p. 411. Puede haber sido una errata.

5 R, p. 392.

6 R, p. 145.

7 Académicos de todas las disciplinas han intervenido. En lugar de una bibliografía completa y entre los mejores resúmenes de la inmensa literatura: Demos, John, The Enemy Within, pp. 189-215; Hall, David D., “Witchcraft and the Literature of Interpretation”, New England Quarterly (junio de 1985), pp. 253-281; Murrin, John M., “The Infernal Conspiracy of Indians and Grandmothers”, Reviews in American History (diciembre de 2003), pp. 485-494; Trask, “The Devil Hath Been Raised”, p. x. Sobre hostilidad generacional, Demos, Entertaining Salem; sobre diferencias regionales y hostilidad étnica, Abbot, Elinor, Our Company Increases Apace, SIL International, Dallas, 2007; y Slotkin, Richard, Regeneration Through Violence, Harper, Nueva York, 1996; sobre hostilidad económica, Boyer y Nissenbaum, Salem Possessed; sobre hostilidad regional residual e importada, Cowing, Cedric B. , The Saving Remnant, University of Illinois Press, Urbana, 1995; sobre hostilidad sexual, Koehler, Search for Power; sobre una epidemia de encefalitis letárgica, Carlson, Laurie Winn, A Fever in Salem, Dee, Ivan R., Chicago, 2000; sobre el cornezuelo, Caporael, Linda R., “Ergotism: The Satan Loosed in Salem?”, Science 192 (abril de 1976), pp. 21-26; para cepas eclesiásticas, Latner, Richard, “‘Here Are No Newters’: Witchcraft and Religious Discord in Salem Village and Andover”, New England Quarterly (marzo de 2006), pp. 92-122. Benjamin C. Ray desacredita la clara división este-oeste concebida por Boyer y Nissenbaum en Salem Possessed, dentro de su pieza “The Geography of Witchcraft Accusations in 1692 Salem Village”, William and Mary Quarterly 65 (julio de 2008), pp. 449-478. Sobre los impuestos: Johnson, Noel D. y Koyama, Mark, “Taxes, Lawyers, and the Decline of Witch Trials in France”, MPRA, documento de trabajo núm. 34266, octubre de 2011; sobre conspiración, Robinson, Enders A., The Devil Discovered: Salem Witchcraft 1692, Waveland, Prospect Heights, IL, 1991. Emily Oster argumenta que la frenética caza de brujas coincide con una pequeña edad de hielo en “Witchcraft, Weather, and Economic Growth in Renaissance Europe”, Journal of Economic Perspectives 18 (invierno de 2004), pp. 215-228; las condiciones atmosféricas son de Sullivan, James, The History of the District of Maine, Thomas and Andrews, Boston, 1795, p. 212. Pregunte a las personas que lo recrean hoy en Plimoth Plantation cuál consideran que es el mes más duro del año; sin dudarlo, dirán que febrero.

* La mayoría logra sólo parte del trabajo. Como admitió un defensor de la teoría de la brujería: “Hay departamentos en universidades estadunidenses del siglo XX con historias tan largas y crueles de odio entre facciones como las que se encuentran en Salem, y las partes se acusan mutuamente de todo tipo de absurdos, pero la brujería no es uno de ellos”. (Hansen, Chadwick, “Andover Witchcraft and the Causes of the Salem Witchcraft Trials”, en Kerr, Howard y Crow, Charles, eds., The Occult in America, University of Illinois, Urbana, 1983, p. 53.)

8 Noyes, Nicholas, New-England’s Duty and Interest to Be an Habitation of Justice and Mountain of Holiness, Boston, 1698.

9 CM, Small Offers Towards the Service of the Tabernacle in the Wilderness, Boston, 1689.

10 El tropo de la “resistencia a algo” es de Henry Adams. Véase Innes, Stephen, Creating the Commonwealth: The Economic Culture of Puritan New England, W. W. Norton, Nueva York, 1995, p. 312.

11 Ward, Edward J., Boston in 1682 and 1699: A Trip to New England, Club for Colonial Reprints, Providence, RI, 1905, p. 54. Sewall cortejaba: SS Diary, 2, p. 966. Vicegobernador de New Hampshire: John Usher Papers, Ms. N-2071, 102, MHS. Danforth cita a Juan el Bautista en Thompson, Roger, Cambridge Cameos, New England Historic Genealogical Society, Boston, 2005, p. 146. El prisionero es de Perley, History of Salem, 3, p. 186; el gato asesino de R, p. 436; el hacha en la mano (testimonio en ambos casos contra Susannah Martin) de R, p. 276.

† Con la intención de preparar a su hija de 17 años para un pretendiente, Sewall le leyó la historia de Adán y Eva. Esto resultó menos tranquilizante de lo esperado, pues ella se escondió de su interlocutor en el establo.

12 Winslow, Ola Elizabeth, Meetinghouse Hill, Macmillan, Nueva York, 1952, p. 54.

13 Nadie es mejor en el tema que Ekirch, Roger, At Day’s Close: A History of Nighttime, Weidenfeld, Londres, 2005. Agradezco a John Demos por haber llamado mi atención sobre el libro. También, para una sensación de naturaleza salvaje entre las fuentes modernas: Carroll, Peter N., Puritanism and the Wilderness, Columbia University Press, Nueva York, 1969; Cronon, William, Changes in the Land, Hill and Wang, Nueva York, 1983; Stilgoe, John R., Common Landscape of America, Yale University Press, New Haven, CT, 1982.

14 R, p. 359. Muy a menudo en la bibliografía los habitantes de Nueva Inglaterra se refieren a sí mismos como “testigos auditivos”; las palabras —y los sonidos— reinaban supremamente.

15CM Diary, 1, pp. 171-173. Burlando al diablo, predicó sin ellas, de memoria. Era septiembre de 1693; CM había viajado a Salem en parte para asegurarse de que “la historia completa de las brujerías y posesiones pretéritas no se perdieran”.

16 Hull, John, The Diaries of John Hull, John Wilson, Boston, 1857, p. 231.

17 CM en Burr, p. 101.

18 Bowle, John, ed., The Diary of John Evelyn, Oxford University Press, Oxford, 1983, 2, p. 235. Para un oportuno recuento de aquella “hostilidad restringida”, Hall, Michael G., Edward Randolph and the American Colonies, 1676-1703, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1960.

19 John Higginson a su hijo, 31 de agosto de 1692, Fam. Mss. 433, Higginson Family Papers, PEM; Norton, In the Devil’s Snare, p. 13, sostiene que SP quemó sus notas.

20 R, p. 127. Sobre los testimonios y registros de múltiples autores, sus transcripciones y lagunas, véase especialmente Gibson, Marion, Reading Witchcraft: Stories of Early English Witches, Routledge, Londres, 1999; el magnífico ensayo de Grund, Peter, “From Tongue to Text: The Transmission of the Salem Witchcraft Records”, American Speech 82 (verano de 2007), pp. 119-150; Studia Neophilologica 84 (2012), en especial los ensayos de Matti Peikola, Matti Rissanen, Leena Kahlas-Tarkka; Grund et al., “Editing the Salem Witchcraft Records: An Exploration of a Linguistic Treasury”, American Speech 79 (verano de 2004), pp. 146-167; Grund, “The Anatomy of Correction”, Studia Neophilologica 79 (2007), pp. 3-14.

21 R, pp. 196-197.

22 Willard, Samuel, A Compleat Body of Divinity, B. Green, Boston, 1726, p. 627.

II. ESE VIEJO EMBUSTERO1

  ¡Pero quién podrá decir qué cosas milagrosas veré antes de que termine este año!2

COTTON MATHER, 1692

 ROZANDO bosques de robles, pantanos cubiertos de musgo y una maraña de riachuelos, Ann Foster surcó el cielo sobre las copas de los árboles, por encima de campos y cercas, montada en un palo.3 En su bolso llevaba pan y queso. Fue a mediados de mayo de 1692; después de una primavera húmeda, cierta gelidez flotaba en el aire. Delante de Foster en el palo iba sentada Martha Carrier, de la mitad de la edad de Foster y una intrépida madre de cuatro hijos. Carrier había preparado el vuelo; había persuadido a Foster para que la acompañara, ella conocía el camino. Una esponjada alfombra de prados y colinas se desplegaba debajo de las mujeres mientras volaban hacia el sureste a través del río Ipswich, sobre arces rojos y huertos florecientes, con el viento en sus rostros y una Luna brillante pegada al cielo. Durante años, Foster y Carrier —vecinas cercanas, ambas provenientes de familias de ascendencia escocesa— habían asistido a la misma iglesia, en Andover, Massachusetts.

Viajaban a gran velocidad, cubriendo en un parpadeo un terreno que habría requerido tres horas y media en un buen caballo y que hasta hacía poco había sido pedregoso e irregular, intransitable en la oscuridad. De cualquier forma, su vuelo no estuvo libre de incidentes: en un momento volaban por lo alto pero al siguiente las mujeres se precipitaron en caída libre, pues, cerca de un espeso bosque, el palo que las sostenía se quebró repentinamente y cayeron al suelo. La anciana Foster sintió que su pierna se doblaba debajo de ella; de forma instintiva, enredó los brazos alrededor del cuello de Carrier y se aferró con fuerza. De esa manera, explicó Foster más tarde —y su relato nunca varió en lo más mínimo—, las dos mujeres alzaron nuevamente el vuelo y aterrizaron de manera segura en un prado de la aldea de Salem. La reunión aún no había comenzado; tuvieron tiempo de hacer un picnic en la hierba, debajo de un árbol. De rodillas, Foster bebió de un arroyo cercano. El suyo no fue el primer contratiempo aéreo de ese tipo; dos décadas antes, una niña en Suecia, que también se dirigía a una reunión nocturna crucial en un prado, había caído precipitadamente desde una gran altitud. Terminó con un “gran dolor en su costado”.

Foster y Carrier sobrevolaron poco más de 19 kilómetros entre comunidades dispersas. El que nadie las hubiera visto atravesar el cielo tenía sentido; que nadie escuchara el choque resultaba más sorprendente. El sonido hacía eco y rebotaba en el aire de Nueva Inglaterra, lo cual tenía un efecto amplificador en el oído y la imaginación.4 El golpe de la cola de un castor contra el agua se podía escuchar a casi un kilómetro de distancia.5 El “ruido horrible con rugido” de los gordos osos negros se escuchaba por todas partes,6 al igual que el chillido de la multitud cuando se derrumbaba un cadalso.7 Cada perturbación exigía una explicación. ¿Ese choque del océano en la distancia sin litoral? Una bandada de palomas posándose en un árbol.8 ¿Un bramido extraño?9 En Boston, Samuel Sewall descubrió que era el lamento de su vaca que había sido mordida por un perro. Los perros aullaban todas las noches a los lobos que merodeaban; pero a veces el ladrido salvaje y el rechinar de la madera antes del amanecer indicaban algo más siniestro.10 A veces esto significaba que, tabla por tabla, los vecinos estaban desmontando la casa de al lado, astuta resolución de una disputa de propiedad irreconciliable. ¿Quién hubiera adivinado que lo que sonaba como una lavandera sacudiendo su ropa interior en lo profundo del bosque resultarían ser unas tortugas gigantes apareándose?11