Las cinco muertes de Jacinto Samitier - Miguel Aguerralde - E-Book

Las cinco muertes de Jacinto Samitier E-Book

Miguel Aguerralde

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Beschreibung

SINOPSIS Carlos Barreto, Charli para sus amigos, es probablemente el peor detective que jamás haya empuñado lupa y pipa en Gran Canaria, aunque si leer novelas de misterio convalida un par de años de academia, Charli bien podría ser comisario. En Las cinco muertes de Jacinto Samitier la pandemia pilla a Barreto en Lanzarote trabajando como guardaespaldas para un anciano VIP que sale mucho en los reálitis y en la prensa rosa, y en el avión de vuelta a Gran Canaria todos los pasajeros dan positivo. A Charli le toca pasar una semana confinado en una casa de Tafira Baja, con un elenco de personajes de lo más variopinto. Una estancia que solo podría volverse más complicada si por casualidad amaneciera uno de ellos cosido a puñaladas a la más pura tradición de las novelas que Carlitos tanto adora ¿Será capaz de resolver el misterio? Atrévete a descubrir esta divertida novela de Miguel Aguerralde, que es un whodunit de los de toda la vida, pero cocinado en canarias, con nuestro mojo, nuestras papas y ese humor socarrón que nos caracteriza.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Título: Las cinco muertes de Jacinto Samitier

© Miguel Aguerralde

ISBN: 978-84-128900-8-2

Primera edición: noviembre 2024

Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com

Correctora: Laura Ruiz Medina

Ilustradora: Andrea García Grande

Maquetación: David Márquez

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#lascincomuertesdejacintosamitier #editorialsieteislas

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.

Para Alexis.

Las cinco muertes de Jacinto Samitier

Todo lo que vas a leer a continuación es una invención, una fantasía, la fábula de un suceso que, sin embargo, pudiera ser real. O no. La verdad, no creo.

1

Me llamo Carlos Barreto. Algunos me llaman Charli, otros me llaman Carlitos. Solo mi madre me llama Carlos, aunque debo decirle que hace tiempo que no me llama. En mi currículo pone que soy policía pero hará unos dos años mis superiores me animaron sutilmente a que me tomara un descanso. Eso hice, y desde entonces sobrevivo como detective privado. Y le digo sobrevivo porque pensaba que iba a ser más fácil ganarme así el sustento. La culpa es del cine, ¿sabe? Te hacen creer que, cuando la cosa policial se tuerce, puedes rehacerte como sabueso, ya me entiende, de esos de pitillo calado y gabardina gris, pero no hay nada de cierto en eso. Para colmo, yo no fumo y en la ciudad de Las Palmas no hay dios que se ponga una gabardina. Del color que sea.

—Vaya al grano.

—De acuerdo, discúlpeme, señora. Era por dar contexto. Yo aquí, explicándole mi vida, y usted solo quiere carnaza. Está bien, de acuerdo. El martes pasado me desperté de madrugada con unas ganas de mear terribles. No sabría decirle qué ni cuánto había bebido la noche del lunes, qué más da, nos metieron a los nueve en el mismo caserón y, la verdad, poco más había que hacer con esa panda de frikis. El actor, quizá, tiene un pase. Es majete, aunque un poco pagado de sí mismo, ya me entiende, tiene un ego que no le cabe en los pantalones. Por cierto, dicen que no es lo único que no le cabe en los pantalones, aunque de eso sí que no puedo dar fe yo mismo. Por lo que a mí respecta, me la pela qué tallaje calce. Pregunte a los demás, si le interesa el dato. Oh, los demás. Eran insoportables. En especial esa tal Paula, la yutuber o como se diga, me tenía harto con tanta foto para arriba o para abajo, en escorzo o de perfil. Por no hablar de la vieja gloria emperifollada. No sé cómo su perro la aguanta. Tiene un caniche, ¿sabe? Sí, a él también le confinaron.

—Señor Barreto, al grano, por favor.

—Discúlpeme, señora. Me dejé llevar. Ya ve. Lo siento.

—No me llame señora. Soy más joven que usted.

—Entonces ¿cómo la llamo? ¿Yareli? Yareli es un nombre precioso. Quizá podríamos terminar la entrevista en el bar de abajo.

—Ni lo sueñe, Barreto. Continúe.

—Como usted diga. Empujé la puerta del baño y me acerqué al lavabo para tirarme agua en la cara. Abrí el mueble junto al espejo y cogí el bote de las aspirinas. Estaba casi vacío, y me tomé a palo seco las dos que quedaban. ¿Verdad que es horrible tragar pastillas sin agua? Pero las necesitaba de verdad, Yareli. Me botaba la cabeza como si acabara de salir de un directo de Los Gofiones, y la perspectiva de convivir una semana entre cuatro paredes con esa peña, no me hacía sentir mejor. Total, que me giré hacia el váter y procedí a relajar la vejiga. Mientras lo hacía me preguntaba a quién pertenecía la pierna blancuzca y desnuda que sobresalía por el borde de la bañera, asomando desde debajo de la cortina de ducha.

—¿Orinó usted con el cadáver al lado?

—¿Qué iba a hacer? Uno tiene prioridades, señora Yareli. Y por el tono y la rigidez del miembro, de la pierna, me refiero, que del mío, a esa hora y sin mear no tengo dudas, entendí que el muerto podía esperar unos minutos más a que le saludara.

—Quiero que me cuente todo desde el principio.

—Creí que quería que fuese al grano.

—Comience.

La teniente Yareli Morales activó la grabadora que había dejado sobre la mesa y no me quedó otra que recordar, desde el minuto uno, aquella semana de locura.

2

Por supuesto que no estaba dormido. Ellos pensaban que sí, claro. Viéndome tirado de medio lado entre los dos asientos del Binter, con la mascarilla torcida y las gafas de sol a medio caer, mal apoyado en la ventanilla como quien ha comprado todas las papeletas para ganar una tortícolis, debía ser una suposición fácil. Pasaban a mi lado de camino al baño con cara avinagrada y murmullos de desprecio. Tampoco olía tan mal, joder. Además, un investigador nunca descansa y, en realidad, me estaba quedando con todo. Claro que sí.

Sentí los golpes del bastón en mi pie y le di el gusto a su dueño de abrir un ojo y levantarme las gafas para mirarle.

—¿Qué carajo quiere, coronel?

—Compórtese, demonio de hombre, es el hazmerreír de todo el avión.

El coronel era muy redicho, estirado y a menudo pedante. Con el pelo cano, siempre engominado, y un bigotillo a lo Dalí que seguramente era postizo. Yo llevaba dos meses trabajando para él, como su guardaespaldas, y todavía no estaba convencido de que no lo fuera. El bigote, quiero decir. En todo caso, dentro del avión, su mascarilla de tela negra lo ocultaba. Me incorporé de mala gana y me acomodé en mi asiento. Por la ventanilla vi que nos acercábamos ya a Gran Canaria. A la Gran Canaria, como le salía decir a mi abuela, en paz descanse. El coronel continuaba con su discurso de padre.

—¿Cómo se supone que va a protegerme así? Tirado contra la ventanilla como un despojo.

—Estaba descansando, tranquilícese, abuelo. Nadie va a matarle dentro del avión. Ni seguramente fuera. Bueno, sí, el tiempo. Pero contra eso, amigo mío, por mucho que me pague, mi protección vale una mierda.

El hombre apretó los puños y resopló con fuerza. Se colocó la chaqueta del traje, alzó su bastón, y se alejó por el pasillo murmurando en dirección a su butaca, que estaba algunas filas más adelante. La tal Paula, la influencer, una chica joven, de pelo muy largo y muy lacio como recién lavado, se había girado en su asiento y me miraba igual que si observara a un monete haciendo monerías en una monera. Le lancé un beso antes de colocarme bien la mascarilla. Ella me sacó una foto con su móvil y se dio la vuelta. Fruncí el ceño y volví a fijarme en la ventanilla. Los edificios de Melenara tomaban forma bajo nuestros pies y la aeronave comenzó el descenso.

3

-¿ Cómo habían llegado allí?

—Verá, inspectora, se lo contaré de mil amores, pero creí que ya lo había hecho. Una empresa audiovisual de Las Palmas, El Baifito Producciones, que se dedica a los cortometrajes pero sobre todo a la publicidad, contrató a esa gente para rodar un anuncio. ¿Qué tipo de anuncio? Uno turístico, de promoción, quería grabar un segmento en cada isla y montarlos todos juntos para proyectar en ferias del turismo y movidas así. La verdad, no creo que con todo este jaleo de la pandemia lo terminen, pero empezaban a rodar el fin de semana en Lanzarote y para allí que nos fuimos.

El domingo, muy temprano, antes de la hora de visita permitida a los turistas, acompañé al coronel a los Jameos del Agua para que se reuniera con la productora y el resto de participantes en el spot. Le recordaré quiénes eran, pero intuyo que lo tiene ahí todo anotado. Por cierto, qué letra tan bonita tiene usted, Yareli, ya podría escribirme algunas rimas, quizá toda una poesía, vale, de acuerdo, punto en boca. Sigo.

El modelo y actor Jon Elgorriaga es un asiduo de las playas de Lanzarote, en especial de Famara, cuando no está rodando. Dicen que tiene casa allí y que con ese plan no pasa dos noches seguidas solo. También dicen que casi nunca repite compañía y que le tira a todo lo que se mueva, como en el juego de pescar patos en la feria, pero quién soy yo para criticar los hábitos, nocturnos ni diurnos, de nadie, menos aún de un armario de metro noventa con brazacos como vigas de madera y mentón griego. Si le gusta pescar patos y se le da bien, pues que los pesque. Ahora está más cotizado que nunca, niño bonito de una de las teles privadas, que le cuela en toda cosa que produce, desde pelis hasta anuncios de yogures. Aún así, respondió a la llamada de El Baifito de mil amores, encantado de sí mismo, de la vida y de currar en Lanzarote.

Paula Bueno es la influencer, o como se diga, la yutuber que le dije. Yutuber, instagramer, videogamer y suputamadrer, también. Cobra por subir una foto a Internet lo que usted y yo no ganaremos ni juntando nuestros dos sueldos que, por cierto, ya le advierto que sería como poner el suyo solo, si es que alguna vez le hace tilín la propuesta. Porque los clientes de los detectives privados son como los pimientos del dicho, algunos pican y otros no. Donde digo pican, digo pagan. El caso, volviendo al asunto, es que la chica tiene miles de cientos de decenas de seguidores en la red y eso a la gente de El Baifito Producciones debía hacerle el culo pesicola.

Carmela Milana rondará los seiscientos años y hace la mitad de todos esos que dejó de salir de forma asidua en revistas del corazón y programas de cotilleo. Tuvo su época, no lo voy a negar, y seguramente eso es lo que llevó a El Baifito hasta ella. Ampliar el arco de edad de su público. Ampliarlo bastante. Lo cierto es que, hoy en día, la Milana pasea por los platós de Telecinco, Antena3 o quien le abra la puerta, con su caniche Flopi en brazos, mendigando unos minutos para airear algún escándalo inventado de algún otro famosete también venido a menos. ¿El perro? Un auténtico coñazo. Ya sabe cómo ladran los perrillos chicos. No sé cómo el comandante del avión, con la mala leche que gasta, no le largó por la ventanilla en algún punto sobre el Atlántico.

A Alberto Chinea debe conocerle de sobra, es el cocinero este de la tele, el que le grita a los demás cuando tienen la freidora sucia. Y es que hay algunos que parece que sancochen papas en el Saigón de los setenta en lugar de en un restaurán abierto al público. Vi un programa suyo una vez, en el que pasaba la mano por debajo de la campana extractora de un bar y la sacaba como si hubiera hurgado en las entrañas de un Citröen del sesenta y cinco. Es verdad, disculpe, no me desvío. En fin, pues créame, no es tan antipático como parece en su programa. Lo normal es pillarle riendo, especialmente, si ha metido en el estómago algo caliente. El Baifito no podía dejar de aprovechar su tirón, y hasta le hicieron a medida una camisa cocinera con estampados de colores al estilo de los trazos de César Manrique. Todo muy original, tiene toda la razón. El caso es que, quizá, era de los que mejor me caía del grupo. Que uno tiene su corazoncito, a pesar de lo ocurrido.

También estaba la cantante, que va de mosquita muerta y es la que más sabe. ¿De qué? Uy, si le contara, de la vida, dejémoslo ahí, la jodía niña. ¿Por qué me mira así? En fin. Anita G, se hace llamar, la cría. Es una bastada, ya lo sé, no hace falta que lo jure. Ana María Gil, pone en su deneí,y ya le digo que lo que es cantar, lo hace como el culo, pero en todo lo demás destaca. Al tal Jon le hizo bajar tres kilos, en cuatro días de cuarentena forzada, no sé yo si continuaron después el tratamiento a domicilio, que todo es posible. Será cuestión de revisar sus perfiles. ¿Que si yo la caté también? Por favor, Yareli. No me gusta hablar de mí mismo. Además, no se me ponga celosa que, bueno, ya vale. Sigo.

Solo queda el coronel, don Jacinto Samitier, quien tras más años que la cabra en el ejército decidió jubilarse y empezar una carrera como novelista y tertuliano televisivo que ha escocido a más de un alto mando. Que una cosa es narrar crímenes ficticios e inventarse a un sherlockholmes que los resuelva, y otra muy distinta es desvelar secretos de estado disfrazados de tramas irreales. Claro que calentó a unos cuántos, por algo estoy yo aquí. El abuelo se había vuelto paranoico, veía sombras y oía ruidos desde que amanecía hasta que se dejaba dormir, que si por él fuera, no dormía. Estaba seguro de que alguien le quería sellar el pasaporte, bajar la tapa del piano, ya me entiende. Yo le dije que bien podía haberse dedicado a escribir cuentos infantiles, en lugar de tocar los cojones a quien no es recomendable hacer semejante ejercicio, pero no quería perder mi empleo así que tampoco le insistí en que se quedara en casa. Intuía que lo que tenía el tipo era un ataque de nervios y poco más, y que respondiera a la llamada de El Baifito suponía que me llevara con él y me abonara religiosamente sueldo, dietas y alguna propinilla para jarabes contra la sed. A ver quién le lleva la contraria ahora, ¿eh?

Total, resulta que el equipo de rodaje jamás apareció por los Jameos. A lo largo del domingo, los actores y la productora intercambiaron mensajes sin descanso, nos hartamos de mirar el agua de la piscina y de ver a Paula sacarse fotos en las posturas más raras junto a las grandes palmeras. Anita G nos tenía de los nervios con su versión, estilo voz de pato, del «Resistiré» de los cojones, pero en determinado momento los ladridos de Flopi la derrotaron. Yo vi una lucha muy igualada en esa contienda, la verdad. Con el paso de las horas, las celébritis fueron mostrándose cada vez más cabreadas, por lo que podía ver desde mi silla a la sombrita, en el café. Echaban humo por debajo de sus mascarillas y no debía ser solo por el calor. Al final, lo que a media mañana parecía un aplazamiento, por la tarde se convirtió en la cancelación total del evento.

El virus, ya sabe. El puto bicho. La amenaza de cerrar a partir del lunes el espacio aéreo entre islas no gustó nada a los actores que, antes de quedarse encerrados en Lanzarote, exigieron a la productora una solución. La solución fue traerlos de vuelta a Gran Canaria, sin más rodaje que el de nuestras maletas. Así que de golpe y porrazo nos vimos metidos en un avión veinticuatro horas antes de lo que teníamos previsto.

4

Ponga usted de su parte también, Yareli. Tenga en cuenta que de la mayoría de las conversaciones yo no me enteraba. Solo estaba allí para que ningún fan intransigente le hiciera un johnlennon a mi jefe, el coronel, de manera que solía mantenerme al margen. Siempre me he llevado muy bien con los márgenes, especialmente si cerca tienen una barra de bar con un buen surtido de botellas de colores. Es parte de mi encanto, como un superpoder. Quizá por eso ya no soy policía, sí, lleva razón, pero no tiene usted por qué meter el dedo en la llaga.

El domingo cada uno cenó donde quiso y dormimos en el hotel que El Baifito había reservado para nosotros en Lanzarote. El lunes por la mañana nos subimos a un avión y eso nos lleva al momento en el que pretendí comenzar a contarle esta historia, ese de la pequeña confusión sobre si yo estaba dormido o no. Que, por supuesto, no lo estaba.

—No es tan importante. Dígame qué sucedió al llegar a Gran Canaria.

—Pues sucedió algo muy extraño, resulta curioso. Apenas se detuvo el avión y la azafata, Chen qué encanto de niña, qué mirada oriental, qué sonrisa, qué manejo del español, es que en verdad nació en La Isleta, fíjese lo que es la vida, abrió la puerta, desarmó rampas y croscheck, se plantaron al pie de la escalerilla dos señores equipados con el mono amarillo de «Encuentros en la Tercera Fase», con termómetros iguales a pistolas láser de starguars y una ristra de palillos largos para hacernos el test este de hurgar en la nariz. Pasamos todos las pruebas y nos tuvimos que quedar media mañana en la terminal hasta que dieron los resultados.

Los siete cabezas de turco enviados por El Baifito a Lanzarote dimos positivo en COVID19, el resto del pasaje no. ¿Que ya es mala suerte? Ya le digo, todavía me guardo el cabreo. A saber quién trajo el bicho y nos lo fue regando a todos, que, la verdad, yo no me quejo, porque a duras penas recuerdo dónde pasé la semana anterior y no es plan de escupir en contra del viento. Con la misma les puse yo el presente a mis colegas, aunque imagino que a estas alturas da igual quién lo hiciera. Se unieron al grupo de infectados el piloto del avión y la azafata, y estos sí que lo estaban flipando en colores. A los pasajeros negativos les mandaron a sus casas con orden de salir lo menos posible y acudir al centro de salud si les subía la fiebre, y a nosotros nos empaquetaron en una ambulancia de camino a una casa rural donde Blas perdió el compás, para encerrarnos allí durante catorce días o hasta la siguiente prueba negativa. No fuimos al hospital porque ninguno teníamos síntomas, y lo que a la productora se le ocurrió fue tenernos de colonias a todos juntos hasta que pasara lo que tenía que pasar. Y pasó.

¿Qué tenía que pasar? Yo te lo cuento, Yareli. Permíteme el tuteo, que ya casi nos conocemos.

5

Lo más jodido no fue tener que confinarme en una casa, entiéndeme, que a mí me daba lo mismo, el de vivir solo y a mi bola no es un plan que me disguste. Y aunque a cobrar sin hacer nada estoy acostumbrado, a hacerlo, además, viviendo a tutiplén y mantenido por el Estado, mucho menos. Así que fue una experiencia nueva la mar de gratificante. Lo peor fue soportar las quejas del elenco de estrellitas que tenían que encerrarse conmigo.

Todos estaban furiosos como monas, pero quien más daba el coñazo en tres idiomas era el piloto, el tal Pierre Nduna, un franchute con problemas de ansiedad al que Air Europa había prometido una línea tranquila y segura para gozar sus últimos años de servicio y acabó rebotando de isla a isla con Binter en aviones poco más que de juguete. Al llegar a Tafira Baja alguien nos abrió la puerta y le entregó a Elgorriaga una llave y un folio doblado por la mitad. Ambos pasaron de mano en mano, desde el actor a la influencer, de la influencer a la cría, de la cría a la Milana, de esta al cocinero, a Samitier y finalmente llegaron a mí. Desdoblé la hoja y Chen, la azafata -qué perfume, qué aliento en mi oreja, ponte la mascarilla bien, carajo- se arrimó a mi hombro para leer lo que ponía. Podía sentir la expectación de los demás en mi coronilla.

—«Tienen comida en la nevera».

Bajamos de la ambulancia, cada uno con su maleta, y nos giramos hacia la entrada de la casa que El Baifito había alquilado para nosotros en colaboración con la Policía. Hay dos cosas que me gustan de Tafira Baja: el clima local, que hace que duermas congelado, te levantes con fresquito, pases el día sudando como en los hornos del infierno y al caer el sol se te vuelva a helar el tuétano, y los palacetes de estilo neorrenacentista, rococó o yo qué leches sé, que los señoritos en su día construyeron a las faldas del barranco. El nuestro era uno de esos: piel ajada y amarilla, tabiques a medio torcer, jardineras descuidadas, como dejadas al libre albedrío, una verja desvencijada y roída por el óxido y ventanas empañadas por la mugre exterior y también interior.

—Necesitaría una mano de pintura —comentó el chef.

—Ni loca me meto yo ahí dentro —añadió la Milana.

—Pues como tengan Tropical fresquita en esa nevera, me lo quedo —concluí yo.

Paula Bueno me miró con mala cara. La suya, vamos.

—Es usted de lo peor.

—Tendría que ver mi casa —sonreí—. ¿Se apunta?

El coronel me empujó con su bastón y entramos todos en la vivienda. Todos no, la influencer se detuvo un momento para posarse un selfi en la entrada. Primero lo hizo sola, levantando un brazo por encima de su cabeza, cadera al bies, morritos fuera, luego el actor se arrimó a ella para una segunda toma. Lo que su mano estaba tomando, precisamente, por debajo de la cintura de la chica, no iba a salir en la foto.

La vivienda era un lujazo de resort, qué le voy a contar que usted no sepa. Todo lo que tenía de feo por fuera, cambiaba de raíz una vez dentro. Tenía dos alturas, vamos, las sigue tiendo, digo yo, salvo que haya terminado de caerse. En la planta baja están la cocina, un gran salón comedor con forma oval y una sala de estar o biblioteca. En la superior quedan los dormitorios. Había pertenecido, en tiempos, a una familia bien de Vitoria y con los años había acabado formando parte del patrimonio municipal para pasar a utilizarse como sanatorio, primero, y más recientemente como hotelito rural. Tiene ocho habitaciones, lo cual es más que perfecto para aprovecharlo en tiempos de COVID y confinamiento, con el fin de aislar a grupos de positivos VIP como el nuestro.

Entramos y subimos los escalones de madera hacia el segundo piso. Nos recibió un pasillo en ele en el que se sucedían las habitaciones, todas de un tamaño similar, pared con pared y pechito con pechito. En la primera se instaló Chinea, no sé si por estar más cerca de la cocina, y en la siguiente entró Carmela Milana, con aquel dichoso caniche que imagino que le regó el cuarto de pis nada más entrar, de rincón a rincón. Llevaba el animalito desde Lanzarote sin aliviarse. Al lado de esta habitación está el aseo común y justo después dos cuartos, algo más pequeños, que ocuparon Anita G y Paula Bueno. Frente a ellas, al otro lado del pasillo, se instalaron en dos habitaciones siamesas Chen Vega qué cintura, qué vaivén de caderas subiendo las escaleras ¿qué le parece si le hago una visita después de la cena?, no dude en llamarme si necesita algo, y el pesado del piloto, que no había dejado de quejarse desde el disparo de salida de nuestra aventura. Tanta formación y millas recorridas para acabar siendo el tipo más revenido que un hombre de mundo pueda ser. Las dos últimas habitaciones lindan con un precioso balcón cuyas vistas caen maravillosas de la muerte sobre la sima del barranco. De la muerte, por bonitas, y porque si alguien fuera tan torpe de dejarse caer, llegaría rebotando hasta la orilla del Atlántico. Una particularidad de algunos caserones es que las habitaciones comunican entre sí con una puertecilla interior con fechillo en la pared, como en los compartimentos de los trenes antiguos. Imagínate qué divertido, Yareli. Jon Elgorriaga eligió, como era de esperar, la que tocaba con la de la yutuber, y el coronel Samitier se quedó la opuesta, que además era una suite un poco más grande que el resto.

—Dormiré en la biblioteca —me ofrecí. Las ocho puertas se cerraron de golpe dejándome a solas en mitad del pasillo, por lo que di por aceptada mi propuesta.