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Las Dos Doncellas es una de las Novelas Ejemplares escritas por Miguel de Cervantes publicada en 1613. La novela combina elementos de romance caballeresco con una fuerte carga moral y social, características comunes en la colección. La historia narra las peripecias de dos jóvenes nobles, Teodosia y Leocadia, quienes, disfrazadas de hombres, emprenden una búsqueda por separado para recuperar el amor de Marco Antonio, un joven que ha traicionado a ambas. Teodosia, su prometida, y Leocadia, una joven a la que sedujo y abandonó, coinciden en su viaje sin saber inicialmente que están unidas por el mismo hombre. A lo largo de la narración, ambas enfrentan peligros, duelos y pruebas que demuestran su valor, inteligencia y firmeza moral. El desenlace restituye el honor de ambas doncellas: Marco Antonio se casa con Teodosia, como era su deber, y Leocadia encuentra también una salida honorable. Cervantes utiliza esta historia para exaltar la virtud femenina, criticar la doble moral de la época y ofrecer un modelo de conducta ejemplar, conforme al espíritu didáctico de las Novelas Ejemplares. En resumen, Las Dos Doncellas es una narración de aventuras, identidad oculta y redención moral, que combina drama sentimental y reflexión ética con un estilo ágil y lleno de ironía cervantina.
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Seitenzahl: 76
Veröffentlichungsjahr: 2026
MIGUEL DE CERVANTES
LAS DOS DONCELLAS(De Novelas Ejemplares)
Título: Las Dos Doncellas (De Novelas Ejemplares)
Autor: Miguel de Cervantes Saavedra
Editorial: AMA Audiolibros
© De esta edición: 2026 AMA Audiolibros
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ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
LAS DOS DONCELLAS
FIN
“Las Dos Doncellas” es una de las “Novelas Ejemplares” escritas por Miguel de Cervantes publicada en 1613. La novela combina elementos de romance caballeresco con una fuerte carga moral y social, características comunes en la colección.
La historia narra las peripecias de dos jóvenes nobles, Teodosia y Leocadia, quienes, disfrazadas de hombres, emprenden una búsqueda por separado para recuperar el amor de Marco Antonio, un joven que ha traicionado a ambas. Teodosia, su prometida, y Leocadia, una joven a la que sedujo y abandonó, coinciden en su viaje sin saber inicialmente que están unidas por el mismo hombre. A lo largo de la narración, ambas enfrentan peligros, duelos y pruebas que demuestran su valor, inteligencia y firmeza moral. El desenlace restituye el honor de ambas doncellas: Marco Antonio se casa con Teodosia, como era su deber, y Leocadia encuentra también una salida honorable.
Cervantes utiliza esta historia para exaltar la virtud femenina, criticar la doble moral de la época y ofrecer un modelo de conducta ejemplar, conforme al espíritu didáctico de las “Novelas Ejemplares”.
En resumen, “Las Dos Doncellas” es una narración de aventuras, identidad oculta y redención moral, que combina drama sentimental y reflexión ética con un estilo ágil y lleno de ironía cervantina.
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla, está un lugar que se llama Castiblanco y, en uno de muchos mesones que tiene, a la hora que anochecía, entró un caminante sobre un hermoso cuartago, extranjero. No traía criado alguno y, sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran ligereza.
Acudió luego el huésped, que era hombre diligente y de recado, mas no fue tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portal había, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho, y luego dejó caer los brazos a una y a otra parte, dando manifiesto indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó a él y, rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo y él, dando muestras que le había pesado de que así le hubiesen visto, se volvió a abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se recogiese y que, si fuese posible, fuese solo.
Díjole la huéspeda que no había más de uno en toda la casa y que tenía dos camas y que era forzoso, si algún huésped acudiese, acomodarle en la una. A lo cual respondió el caminante que él pagaría los dos lechos, viniese o no huésped alguno; y, sacando un escudo de oro, se le dio a la huéspeda, con condición que a nadie diese el lecho vacío.
No se descontentó la huéspeda de la paga; antes, se ofreció de hacer lo que le pedía, aunque el mismo deán de Sevilla llegase aquella noche a su casa. Preguntole si quería cenar y respondió que no; mas que solo quería que se tuviese gran cuidado con su cuartago. Pidió la llave del aposento y, llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en él y cerró tras sí la puerta con llave y aun, a lo que después pareció, arrimó a ella dos sillas.
Apenas se hubo encerrado, cuando se juntaron a consejo el huésped y la huéspeda y el mozo que daba la cebada y otros dos vecinos que acaso allí se hallaron y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposición del nuevo huésped, concluyendo que jamás tal belleza habían visto. Tanteáronle la edad y se resolvieron que tendría de diez y seis a diez y siete años. Fueron y vinieron y dieron y tomaron, como suele decirse, sobre qué podía haber sido la causa del desmayo que le dio, pero, como no la alcanzaron, quedáronse con la admiración de su gentileza.
Fuéronse los vecinos a sus casas y el huésped a pensar el cuartago y la huéspeda a aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca más edad que el primero y no de menos gallardía y, apenas le hubo visto la huéspeda, cuando dijo:
—¡Válame Dios!, ¿y qué es esto? ¿Vienen, por ventura, esta noche a posar ángeles a mi casa?
—¿Por qué dice eso la señora huéspeda? —dijo el caballero.
—No lo digo por nada, señor —respondió la mesonera—, solo digo que vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenía las ha tomado un caballero que está en aquel aposento y me las ha pagado entrambas, aunque no había menester más de la una sola, porque nadie le entre en el aposento y es que debe de gustar de la soledad y, en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él cara ni disposición para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le bendiga.
—¿Tan lindo es, señora huéspeda? —replicó el caballero.
—¡Y cómo si es lindo! —dijo ella— y aun más que relindo.
—Ten aquí, mozo —dijo a esta sazón el caballero—, que, aunque duerma en el suelo tengo que ver hombre tan alabado.
Y, dando el estribo a un mozo de mulas que con él venía, se apeó y hizo que le diesen luego de cenar y así fue hecho. Y, estando cenando, entró un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa) y sentose a conversación con el caballero en tanto que cenaba y no dejó, entre razón y razón, de echar abajo tres cubiletes de vino y de roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dio el caballero. Y todo se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte y de las guerras de Flandes y bajada del Turco, no olvidándose de los sucesos del Trasilvano, que Nuestro Señor guarde.
El caballero cenaba y callaba, porque no venía de parte que le pudiese satisfacer a sus preguntas. Ya en esto, había acabado el mesonero de dar recado al cuartago y sentose a hacer tercio en la conversación y a probar de su mismo vino no menos tragos que el alguacil y a cada trago que envasaba volvía y derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdo y alababa el vino, que le ponía en las nubes, aunque no se atrevía a dejarle mucho en ellas por que no se aguase. De lance en lance, volvieron a las alabanzas del huésped encerrado y contaron de su desmayo y encerramiento y de que no había querido cenar cosa alguna. Ponderaron el aparato de las bolsas y la bondad del cuartago y del vestido vistoso que de camino traía: todo lo cual requería no venir sin mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verle y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase a dormir en la otra cama y le daría un escudo de oro. Y, puesto que la codicia del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser imposible, a causa de que estaba cerrado por de dentro y no se atrevía a despertar al que dentro dormía y que también tenía pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil diciendo:
—Lo que se podrá hacer es que yo llamaré a la puerta, diciendo que soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo a aposentar a este caballero a este mesón y que, no habiendo otra cama, se le manda dar aquella. A lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio porque ya está alquilada y no es razón quitarla al que la tiene. Con esto quedará el mesonero desculpado y vuesa merced consiguirá su intento.
A todos les pareció bien la traza del alguacil y por ella le dio el deseoso cuatro reales.
Púsose luego por obra y, en resolución, mostrando gran sentimiento, el primer huésped abrió a la justicia y el segundo, pidiéndole perdón del agravio que al parecer se le había hecho, se fue acostar en el lecho desocupado. Pero ni el otro le respondió palabra, ni menos se dejó ver el rostro, porque apenas hubo abierto cuando se fue a su cama y, vuelta la cara a la pared, por no responder, hizo que dormía. El otro se acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.
Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre y el frío y el cansancio del camino forzaba a procurar pasarlas con reposo, pero, como no le tenía el huésped primero, a poco más de la media noche, comenzó a suspirar tan amargamente que con cada suspiro parecía despedírsele el alma y fue de tal manera que, aunque el segundo dormía, hubo de despertar al lastimero son del que se quejaba. Y, admirado de los sollozos con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso a escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura y las camas bien desviadas, pero no por esto dejó de oír, entre otras razones, estas, que, con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped primero decía:
—¡Ay sin ventura! ¿Adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis hados? ¿Qué camino es el mío o qué salida espero tener del intricado
