Las paredes oyen - Juan Ruiz de Alarcón - E-Book

Las paredes oyen E-Book

Juan Ruiz de Alarcón

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Beschreibung

«Las paredes oyen» es la mejor de las comedias de don Juan Ruiz de Alarcón, y se distingue por no encontrarse en ella los defectos que eran comunes a cuantas en aquella época se escribieron.
No tiene escenas enfadosas ni largos recitados, ni se abusa de aquellas conceptuosas retahílas en que para expresar sentimientos de amor se prodigan las metáforas mitológicas; las mutaciones de decoración no son frecuentes; el plan está hecho con una admirable habilidad.
Don Mendo, que es vano y murmurador, pregona sus venturas y corteja a dos damas: doña Ana, a la que ama verdaderamente, y doña Lucrecia, prima de esta; y como por escrito y de palabra habla mal de una y otra, ambas lo llegan a saber y las dos le rechazan, otorgando sus favores respectivamente a dos galanes, que las defendieron de las murmuraciones de don Mendo.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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TEATRO ESPAÑOL

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LAS PAREDES OYEN

 

© 2026 Librorium Editions

ISBN : 9782387410177

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO.

ACTO PRIMERO.

Escena primera.

Escena II.

Escena III.

Escena IV.

Escena V.

Escena VI.

Escena VII.

Escena VIII.

Escena IX.

Escena X.

Escena XI.

Escena XII.

Escena XIII.

Escena XIV.

Escena XV.

Escena XVI.

Escena XVII.

Escena XVIII.

Escena XIX.

Escena XX.

Escena XXI.

ACTO SEGUNDO.

Escena primera.

Escena II.

Escena III.

Escena IV.

Escena V.

Escena VI.

Escena VII.

Escena VIII.

Escena IX.

Escena X.

Escena XI.

Escena XII.

Escena XIII.

Escena XIV.

Escena XV.

ACTO TERCERO.

Escena primera.

Escena II.

Escena III.

Escena IV.

Escena V.

Escena VI.

Escena VII.

Escena VIII.

Escena IX.

Escena X.

Escena XI.

Escena XII.

Escena XIII.

Escena XIV.

Escena XV.

Escena XVI.

Escena XVII.

Escena XVIII.

PRÓLOGO.

«Las paredes oyen» es la mejor de las comedias de don Juan Ruiz de Alarcón, y se distingue por no encontrarse en ella los defectos que eran comunes a cuantas en aquella época se escribieron.

No tiene escenas enfadosas ni largos recitados, ni se abusa de aquellas conceptuosas retahílas en que para expresar sentimientos de amor se prodigan las metáforas mitológicas; las mutaciones de decoración no son frecuentes; el plan está hecho con una admirable habilidad.

Don Mendo, que es vano y murmurador, pregona sus venturas y corteja a dos damas: doña Ana, a la que ama verdaderamente, y doña Lucrecia, prima de esta; y como por escrito y de palabra habla mal de una y otra, ambas lo llegan a saber y las dos le rechazan, otorgando sus favores respectivamente a dos galanes, que las defendieron de las murmuraciones de don Mendo.

Unas veces oye doña Ana misma lo que don Mendo murmura de ella para impedir que inspire sentimientos de amor al duque Urbino; otras cae en las manos de doña Lucrecia el papel escrito por él en que la ridiculiza ante su propio rival; otra, censura a sus amigos sin sospechar que le escuchan disfrazados de cocheros, y hasta la criada de la dama de sus pensamientos oye que la llama vieja, y desde aquel momento se convierte en su implacable enemiga.

«Las paredes oyen» y todo cuanto murmura se sabe, y se concitan contra él las antipatías y los odios de quienes le profesaban sentimientos opuestos.

Todo esto sucede con tal naturalidad, y el diálogo es tan justo y adecuado, que se puede decir que en este punto es una comedia modelo.

Además, tiene algunos trozos epigramáticos no inferiores a los del mismo Tirso de Molina, como aquella relación del Beltrán, en el primer acto, en la que explica que todo se reduce en la vida a pedir dinero.

Semeja a «La verdad sospechosa» del mismo autor, en que fustiga en ella el vicio de la murmuración como en la primera se censura el de mentir; pero la trama, el movimiento de los personajes y hasta el diálogo, superan en esta a aquella.

La murmuración es un defecto tan general como censurable, que, aunque prediquen contra él los moralistas y le fustiguen los literatos, no ha de extirparse, porque se engendra en la propia naturaleza dispuesta a apreciar defectos ajenos y que para juzgarlos ven, como dice el Evangelio, la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

San Francisco de Sales decía que la suprema virtud era la benevolencia para juzgar al prójimo, y aconsejaba que al referir alguna cosa se procurara siempre darle la interpretación más benévola; la Biblia nos habla de Datán, Coré y Abirón, a los que se tragó la tierra por murmuradores; pero en cambio en nuestro tiempo se considera indicio de gracia y de cualidades sociales ridiculizar con ingenio a las personas y sus actos, y en un salón, aquel que no murmura resulta aburrido.

Otras personas, para medrar en política, donde es más útil que hacerse amar hacerse temer, emplean la murmuración, y algunos murmuran para defenderse, como la célebre condesa de Campo Alange que, señalando con el dedo su lengua, decía: esta es mi guardia civil.

Todo esto quiere decir que «Las paredes oyen», como cuanto se ha escrito contra los murmuradores, ha servido para enriquecer el tesoro literario del país, pero los resultados para la corrección del defecto seguramente no han de corresponder a la importancia del éxito logrado.

Además de las muchas cualidades de don Juan Ruiz de Alarcón, ofrece un motivo a la consideración de los pueblos de América donde se habla el español, y es la de haber nacido en Méjico o en Nueva España, que es el nombre que llevaba entonces aquel virreinato.

Ruiz de Alarcón, que vivió y trabajó en España, y que en su obra retrató costumbres netamente españolas, había nacido en Méjico, como en el siglo xix aconteció con otro ilustre autor dramático que vivió, trabajó y murió en Madrid, y que había nacido en Buenos Aires: don Ventura de la Vega.

Don Juan Ruiz de Alarcón, piadoso como todos los señores de su época, dotó una fundación para religiosos en Madrid, donde yacían sus restos, y el convento, que no sabemos si existe aún, pero que existía hace pocos años, era denominado de «Don Juan de Alarcón», y lo mismo la iglesia.

Nació en América, vivió en España, llevó las costumbres y los personajes de ella a la escena, murió en el seno del catolicismo y dispuso que sus restos reposasen en una iglesia que él había fundado.

Alarcón era un americano español, como lo era la mayor parte.

Un escritor español de peregrino ingenio, comentaba en una crónica enviada a un periódico madrileño que cuando en tierra extranjera declaraba su nacionalidad española le preguntaban:

Pero ¿es usted español de España?

Esta pregunta no demuestra ignorancia, sino, por el contrario, un concepto exacto de que la condición de español no depende del lugar de nacimiento, sino que la determina la raza y la sangre que corre por nuestras venas, y por eso tan español es el de España como el de América, aunque su nacionalidad sea distinta.

Don Juan Ruiz de Alarcón es un español de América, gloria de la Literatura española y símbolo, por tanto, de esa unión hispanoamericana, supremo ideal político de los pueblos llamados a formarla y que, como la estrella Polar marca siempre el Norte, en el horizonte político señala el rumbo del renacimiento de la Raza.

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LAS PAREDES OYEN

PERSONAS.

DON MENDO,

galán.

DON JUAN,

galán.

EL DUQUE,

galán.

EL CONDE,

galán.

LEONARDO,

criado.

BELTRÁN,

gracioso.

DOÑA ANA,

dama viuda.

DOÑA LUCRECIA,

dama.

CELIA,

criada.

ORTIZ,

escudero.

FABIO,

criados del Duque.

MARCELO.

 

ACTO PRIMERO.

Escena primera.

Sala en casa de doña Ana.

Don Juan, vestido llanamente, y Beltrán.

DON JUAN.

Tiéneme desesperado,

Beltrán, la desigualdad,

si no de mi calidad,

de mis partes, y mi estado.

La hermosura de doña Ana,

el cuerpo airoso y gentil,

bella emulación de abril,

dulce envidia de Diana,

¡mira tú cómo podrán,

dar esperanza al deseo

de un hombre tan pobre y feo,

y de mal talle, Beltrán!

BELTRÁN.

A un Narciso, cortesano,

un humano Serafín

resistió un siglo, y al fin

la halló en brazos de un enano.

Y si las historias creo,

y ejemplos de autores graves

(pues, aunque sirviente, sabes

que a ratos escribo y leo),

me dicen que es ciego amor,

y sin consejo se inclina;

que la emperatriz Faustina

quiso un feo esgrimidor;

que mil injustos deseos,

puestos locamente en ella,

cumplió Hipia noble y bella

de hombres humildes y feos.

DON JUAN.

Beltrán, ¿para qué refieres

comparaciones tan vanas?

¿No ves que eran más livianas

que bellas esas mujeres,

y que en doña Ana es locura

esperar igual error,

en quien excede el honor,

al milagro de hermosura?

BELTRÁN.

¿No eres don Juan de Mendoza?

Pues doña Ana ¿qué perdiera

cuando la mano te diera?

DON JUAN.

Tan alta fortuna goza,

que nos hace desiguales

la humilde en que yo me veo.

BELTRÁN.

Que diste en el punto, creo,

de que proceden tus males.

Si Fortuna en tu humildad

con un soplo te ayudara,

a fe que te aprovechara

la misma desigualdad.

Fortuna acompaña al dios

que amorosas flechas tira,

que en un templo los de Egira

adoraban a los dos.

Sin riqueza, su hermosura

pudieras lograr tu intento:

siglos de merecimiento

trueco a puntos de ventura.

DON JUAN.

Eso mismo me acobarda:

¡soy desdichado, Beltrán!

BELTRÁN.

Trocar las manos podrán

fortuna y amor; aguarda.

DON JUAN.

Si a don Mendo hace favor,

¿qué esperanza he de tener?

BELTRÁN.

En ese echarás de ver,

que es todo fortuna amor.

A competencia lo quieren

doña Ana y doña Teodora;

doña Lucrecia lo adora,

todas al fin por él mueren.

Jamás el desdén gustó.

DON JUAN.

Es bello, rico y mancebo.

BELTRÁN.

¡Cuánto mejor era Febo,

y Dafne lo desdeñó!

Y cuando no conociera

otro en perfección igual,

aquesto de decir mal

¿es defecto como quiera?

DON JUAN.

¿Y no es eso murmurar?

BELTRÁN.

Esto es decir lo que siento.

DON JUAN.

Lo que siente el pensamiento

no siempre se ha de explicar.

BELTRÁN.

Decir...

DON JUAN.

Que calles te digo,

y ten por cosa segura

que tiene aquel que murmura

en su lengua su enemigo.

BELTRÁN.

Entre tus desconfianzas

en su casa entrar te veo;

sin duda que el gran deseo

engaña tus esperanzas.

Vete en desierto lugar,

y no ceses de dar voces,

y aunque tu muerte conoces,

nadas en medio del mar.

DON JUAN.

Lo que en gran tiempo no ha hecho

hace amor en solo un día,

venciendo en fin la porfía.

BELTRÁN.

Que te sucede, sospecho,

lo que al tahúr que, en perdiendo,

solamente con decir:

«¡Que no sepa yo gruñir!»

está sin cesar gruñendo.

Tú dices que desesperas,

y entre el mismo no esperar

nunca dejas de intentar:

¿qué más haces cuando esperas?

¿Tú piensas que el esperar

es alguna confección

venida ya del Japón?

El esperar es pensar

que puede al fin suceder

aquello que se desea,

y quien hace porque sea

bien piensa que pueda ser.

DON JUAN.

(Saca una carta).

Pues si con esta invención

en su desdén no hay mudanza,

aunque viva mi esperanza,

morirá mi pretensión.

BELTRÁN.

El mercader marinero,

con la codicia avarienta,

cada viaje que intenta

dice que será el postrero.

Así tú, cuando imagino

que desengañado estás,

ya con nuevo intento vas

en la mitad del camino.

Mas dime: ¿qué te ha obligado

a trazar esta invención

para mostrar tu afición,

pudiendo con un criado

de su casa negociar

lo que tú vienes a hacer?

DON JUAN.

No he de arriesgarme a ofender

a quien pretendo obligar;

que como es tan delicada

la honra, suele perderse

solamente con saberse

que ha sido solicitada.

Y así del murmurador

pretendo que esté segura

mi desdicha o mi ventura,

su flaqueza o su valor.

Que aun a ti mismo callado

estos intentos hubiera,

si en ti, Beltrán, no tuviera

más amigo que criado.

BELTRÁN.

¿Toda esta casa, don Juan,

a una mujer aposenta?

DON JUAN.

Seis mil ducados de renta,

¿qué alcázar no ocuparán?

BELTRÁN.