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María habló seis veces en el Evangelio y es bueno para los cristianos entrar en esas palabras y dejar que resuenen en nuestro interior. Esta obra de Francesca Cocchini nos permite recorrer ese camino de búsqueda. Se trata de una verdadera lectio divina que nos sumerge en la intimidad de María y nos ayuda a guardar "estas cosas en el corazón".
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Seitenzahl: 98
Veröffentlichungsjahr: 2020
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UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA
AUTORIDADES
Rector
Ing. Rodolfo Gallo Cornejo
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EDITORIAL EUCASA
Directora
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Edición
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Comercialización
Lic. Mariana Remaggi
Francesca Cocchini
EUCASA EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA SALTA - ARGENTINA
Cocchini, Francesca
Las seis palabras de María / Francesca Cocchini. - 1a ed . - Salta : Universidad Católica de Salta. Eucasa, 2020.
Archivo Digital: descargaTraducción de: Mario A. Cargnello. ISBN 978-950-623-216-0
1. Espiritualidad. 2. Teología. I. Cargnello, Mario A., trad. II. Título.
CDD 242.74
© 2020, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA)
Colección: EUCASA Identidad / Espiritualidad
Resolución Rectoral: 634/2020
Diseño interior: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)
Arte de tapa: D.G. Carolina Ísola ([email protected])
Fotografía de tapa: Virgen del Milagro, de Lisardo Maggipinto
Edición original: Le sei parole di Maria, de Francesca Cocchini.
ISBN: 978-88-10-56917-7
© 2019 Centro Editoriale Dehoniano, Bologna (Italia)
Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina
Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa
Tel./fax: (54-387) 426 8607
e-mail: [email protected]
Digitalización: Proyecto451
Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente, sin autorización escrita del editor.
La celebración del Año Mariano Nacional en la Iglesia que peregrina en La Argentina nos ofrece un marco para presentar este trabajo. Conocer este libro me impulsó a compartir con los hermanos la riqueza de esta obra, cargada de densidad bíblica y teológica, y de una extensión ideal para acompañar al cristiano de a pie en su recorrido hacia el Corazón de la Madre de Jesús y desde ese Corazón, por los caminos que el Señor nos traza para responder al Padre.
Una tentación bastante frecuente en nuestro tiempo es buscar palabras de la Santísima Virgen en mensajes sin referencia a la Escritura y a la Iglesia. Esto nos pone en el riesgo de oscurecer el legado que la Madre del Señor nos confió. María habló seis veces en el Evangelio y es bueno para un cristiano entrar en esas palabras y dejar que resuenen en su corazón. Es el Espíritu Santo el autor de las Escrituras y su principal intérprete y exégeta; Él es el maestro interior que nos conduce al corazón del mensaje evangélico. En él entendemos a María, nuestra Madre y Maestra.
Este libro de Francesca Cocchini, profesora ordinaria de Historia del cristianismo en la Universidad «La Sapienza» de Roma y profesora invitada del Instituto Patrístico Agustiniano, reconocida en los ambientes universitarios romanos, nos permite recorrer ese camino de búsqueda en la oración. Es una luz diáfana que deseo ofrecer como servicio a los fieles de la Arquidiócesis de Salta a la que tengo el honor de servir y a cualquiera que se interese por conocer a la Virgen Santísima desde la fuente pura e inagotable de la Palabra de Dios.
El conocimiento sapiencial de los Padres de la Iglesia permite a la autora leer la Escritura con la Escritura. Se trata de una verdadera lectio divina que nos sumerge en el interior de María y nos ayuda a guardar «estas cosas en el corazón». En la escuela de María alimentamos el amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y renovamos la pasión misionera.
Quiera el Señor concedernos su Espíritu para que podamos crecer como discípulos misioneros guiados por la Maestra de Jesús, su primera discípula y la gran misionera de nuestro continente latinoamericano al que quiso convertir en la tierra de la nueva visitación.
Agradezco a la Profesora Cocchini su generosa caridad al aceptar esta traducción y permitirnos que podamos publicarla en nuestra lengua. Encomiendo al cuidado de Nuestra Señora los frutos de este trabajo.
MARIO CARGNELLO
Arzobispo de Salta
Según los evangelios canónicos, María ha tomado la palabra en seis ocasiones diversas. Evidentemente María, en el curso de su existencia, habrá hablado muchas veces, pero los evangelios, y más precisamente el Evangelio de Lucas y el Evangelio de Juan, refieren solo seis expresiones, lo cual es significativo.
Es conocida la tradición cristiana, crecida alrededor de las «siete palabras» que, siempre según el testimonio de los evangelios, Jesús ha pronunciado sobre la Cruz. Son numerosos los escritores eclesiásticos que a lo largo de los siglos las han meditado, elaborando una riquísima doctrina teológica y espiritual, mística y ascética (1); han surgido composiciones musicales (2) y, sobre todo, las mismas han sido leídas no solo como un compendio de cristología, sino también en su valor de ejemplaridad para quien quiere ser un perfecto imitador de Cristo. Las «palabras de María» en cambio, no parece que hayan recibido atención específica alguna. Y esto sorprende, más aún si se considera el hecho de que son seis, un número simbólico, y por lo tanto, «a investigar» en su significado más profundo.
El número seis resulta particularmente adaptado a la Madre de Jesús: María es la que lleva a Jesús y, por ello, numéricamente hablando, está junto a Jesús como el seis está junto al siete, número que indica la perfección, como es conocido; el seis es el número que prepara el siete, lo precede, coloca las bases de su ser. En base a tal simbología, es posible pensar la vida del creyente como una vida que, llamada a conformarse con la de Jesús, debe dar espacio también a María, en obediencia a la invitación del mismo Jesús: «Aquí tienes a tu madre» (Jn 19, 26). En efecto, acogiendo a la Madre, nos convertimos en «otro Juan», o «un discípulo amado», como afirmaba Orígenes, en la primera mitad del tercer siglo, cuando en el Comentario al cuarto Evangelio escribía:
No puede captar el sentido profundo (del Evangelio de Juan) quien no haya apoyado su cabeza sobre el pecho de Jesús y no haya recibido de Él a María como su propia Madre. El que será otro Juan debe ser tal que sea indicado por Jesús, por decir así, que es Jesús como Juan. Si en efecto, no existe otro hijo de María sino Jesús, según la opinión de aquellos que piensan rectamente acerca de Ella, y no obstante Jesús le dice a su Madre: «Aquí tienes a tu hijo» no «aquí también tienes a tu hijo». Esto equivale a decir: «Este es Jesús, que Tú has dado a luz». En efecto, el que es perfecto no vive más, en él vive Cristo (Gal 2, 20); y puesto que en él vive Cristo, cuando se habla de él a María se dice: Aquí tienes a tu hijo, es decir Cristo (3).
En tiempos recientes el concilio Vaticano II ha clarificado cuál es el puesto de María en la historia de la salvación, tratando de Ella en el documento en el cual se habla de la Iglesia: Lumen Gentium. En el capítulo octavo se recuerda que la Iglesia continúa el misterio de la Encarnación: ella, como madre —como ya la definía Tertuliano en el siglo II (4)—, continúa, en la historia a hacer nacer a los hijos de Dios. Retomando una frase de Agustín, María es madre de los miembros de Cristo (5). La misión de la Iglesia en la historia es, por lo tanto, la de llevar a cumplimiento el cuerpo de Cristo, un cuerpo que tiene la cabeza perfecta, Cristo, y cuyos miembros en cambio se están formando, están en crecimiento, en aumento, hasta alcanzar la plenitud de la estatura de Cristo (cfr. Ef 4, 13). Y como María ha dado vida al primogénito, a la cabeza del cuerpo, así continúa dando vida a los miembros.
En la argumentación que estamos desarrollando, debemos considerar otro elemento: en la historia de la salvación, es decir, en la historia como es concebida por Dios Padre, en el modo como Él la va realizando, al comienzo fue necesaria la existencia de una pareja, de un hombre y una mujer, Adán y Eva; en la plenitud de los tiempos encontramos también un hombre y una mujer, Cristo y María.
Ireneo, obispo de Lyon a fines del siglo II, retoma la terminología paulina y expresa con claridad este concepto cuando explica que, como Adán fue recapitulado en Cristo, así María ha recapitulado a Eva; y así como fue necesario recapitular a Adán, es decir, asumir toda la historia de Adán y llevarla a plenitud en lo que había comenzado bien y, al mismo tiempo dar un vuelco a la situación que él había iniciado mal, así era necesario recapitular a Eva (6). Según esto, ya en el siglo II existía la intuición de leer la gran historia de Dios centrada en una pareja, en un hombre y una mujer.
Pero no fueron solamente el Vaticano II y la tradición de los más antiguos escritores eclesiásticos los que evidenciaron la importancia del rol femenino en la historia de la salvación; se trata de un dato constitutivo de la revelación de Dios. Ya desde el tiempo del Antiguo Testamento y de la primera predicación de los apóstoles, la revelación bíblica indica como interlocutor de Dios a alguien caracterizado de modo femenino, la humanidad, con la cual Él dialoga desde la creación del mundo; además, su pueblo es su esposa. Basta pensar en el Cantar de los Cantares; la misma imagen se encuentra en textos proféticos de Isaías, Oseas, Ezequiel y Jeremías. También Jesús, como los apóstoles, cuando quisieron hablar de su relación con las comunidades de fieles que constituían y formaban, han hablado en términos femeninos. Piénsese en el texto del Evangelio de Juan en el cual se describe el momento de la manifestación de Jesús a los paganos: los apóstoles se preguntan qué significa que Jesús diga que Él se va, y el Señor, para ayudarlos a comprender cuál es la particularidad de la condición que están viviendo, la especificidad de ese momento, lo compara con una mujer que va a dar a luz: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. Así también ustedes, ahora están tristes» (Jn 16, 21-22). Igualmente Pablo, cuando quiso expresar sus más profundos sentimientos en relación con la comunidad que había formado, se presenta desde lo femenino: «Fuimos tan condescendientes con ustedes como una madre que alimenta y cuida a sus hijos» (1 Tes 2, 7) y, en otra carta escribe: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes!» (Gal 4, 19). Pablo no estaba presente cuando Jesús había pronunciado aquella frase que está propuesta en Jn 16, pero aquella imagen debe haber formado la mentalidad de las primeras comunidades apostólicas.
Esta es, por lo tanto, la obra «femenina», obra maternal que se cumple a través de un «trabajo de parto», una «lactancia materna», para usar las metáforas paulinas, que cada fiel está llamado a realizar: «formar a Cristo» en sí y en la humanidad en general, porque toda la humanidad debe llegar, en su totalidad a conformarse con Cristo.
