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Las recomendaciones del Concilio Vaticano II fueron decisivas para hacer que la lectio divina (lectura orante de la Palabra de Dios) saliera de los claustros, que la habían conservado preciosamente, y permitir apropiársela a un gran número de creyentes. La expresión, no obstante, abarca prácticas diversas. Frente al apasionamiento actual conviene informarse mejor sobre esta "pedagogía divina", que es menos un método que un camino, un progreso jalonado por etapas precisas con características profundamente bíblicas.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Portada
Prólogo
Presentación
I – La lectio divina en la Tradición cristiana
Orígenes, un pionero
Dos testimonios patrísticos
El siglo VI, período bisagra
La tradición monástica occidental
II – Pedagogía de la lectio divina
Acoger la gracia del tiempo
La escala santa de Guigo el Cartujo
El guía y el modelo
Diálogo en el amor
GUIGO EL CARTUJO -Carta sobre la vida contemplativa (fragmentos)
III – Primer peldaño: la lectio
Arraigo bíblico
Puesta en práctica de la lectio
IV – Segundo peldaño: la meditatio
Arraigo bíblico
Puesta en práctica de la meditatio
V – Tercer peldaño: la oratio
Arraigo bíblico
Puesta en práctica de la oratio
VI – Cuarto peldaño:la contemplatio
Arraigo bíblico
Puesta en práctica de la contemplatio
Propuestas
La lectio divina personal
La lectio divina comunitaria
La lectio divina y la acción
Lista de recuadros
Para saber más
Créditos
CB 164
Un camino para orar la Palabra de Dios
Lectio divina. El nombre latino suena mejor que su traducción española: «lectura divina». En efecto, ¿a qué apunta el nombre sino a una lectura de la Sagrada Escritura que pretende estar de acuerdo con Dios, quien siempre está en conversación con nosotros? Dicho de otra manera, podríamos adelantar que se trata –camino audaz que exige humildad– de estar de acuerdo con lo que Dios posee como propio, a saber, su santidad («Sed santos como yo, el Señor, soy santo», dice Lv 19). Por eso muchas veces se prefiere traducir como «lectura santa».
En octubre de 2007, en Lourdes, durante la gran reunión «Ecclesia 2007», muchas personas comprometidas en la catequesis de jóvenes o de adultos tuvieron conocimiento de esta lectura orante de las Escrituras. Descubrieron sus raíces monásticas, pero también la dinámica que puede insuflar en la vida de todos los cristianos. «Cada creyente está llamado a convertirse en un servidor de la Palabra», ha recordado Enzo Bianchi, monje de la comunidad ecuménica de Bose (Italia), y «esta escucha encuentra su momento privilegiado en la lectio divina». Como sabemos, la relación escucha-servicio del anuncio está en el corazón del Concilio Vaticano II: «Que nadie resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”»; estas palabras tomadas de san Agustín llevan en la escala personal a lo que es la propia identidad de la Iglesia, la cual «escucha religiosamente y proclama confiadamente» la Palabra en el mundo (Dei Verbum 25 y Preámbulo).
En la serie de los Cuadernos Bíblicos, este número resulta excepcional. No se dedica al estudio de un libro o un tema bíblicos, sino a una pedagogía particular. Existen múltiples maneras de rezar con las Escrituras; aunque ha sido experimentada durante siglos, la lectio divina no es la panacea. La expresión abarca hoy muchas prácticas; las etapas varían (¿tres o cuatro?) y también las definiciones (¿qué es la contemplación?). Como veremos, en primer lugar no es un método, sino un camino. Uno de los grandes intereses del Cuaderno, preparado por el P. Christophe de Dreuille, es mostrar a la vez su sencillez, sus exigencias y su arraigo bíblico: las Escrituras nos indican cómo leerlas para escuchar allí la Palabra de Dios…
Gérard Billon
Christophe de Dreuille,presbítero de la diócesis de Aix-en-Provence y Arlés, es superior del Seminario San Lucas en Aix. Enseña Sagrada Escritura en diversos lugares de Provenza y anima grupos de lectio divina. Además de una colaboración regular en la revista Célébrer, ha participado en el volumen 4 de la Bible chrétienne [Biblia cristiana] («Cartas de Pablo»; Éd. Anne Sigier, 2009) y en Culture et christianisme. Artistes, écrivains et savants face à Dieu [Cultura y cristianismo. Artistas, escritores y eruditos frente a Dios] (Cerf, 2009). Responsable del sitio www.lectiodivina.catholique.fr, ha publicado «Nourris-toi de la Parole», une invitation à la lectio divina quotidienne [«Aliméntate de la Palabra», una invitación a la lectio divina diaria]. Lethielleux – Parole et Silence, 2009.
Nacida en los primeros siglos de la Iglesia, conservada en los monasterios, la lectio divina despierta hoy verdadero entusiasmo entre los cristianos. Ahora bien, no se trata de un «método» como los de la exégesis clásica y no pretende reemplazarlos. Las páginas que siguen la definen más bien como una «pedagogía», en la que la lectura orante avanza por etapas. La reflexión de un monje del siglo XII, Guigo el Cartujo, sirve de referencia al proponer cuatro peldaños o escalones. Pero su origen se remonta mucho más atrás. Más allá de los Padres de la Iglesia, es la propia Biblia, en particular el Nuevo Testamento, la que establece sus premisas.
Por Christophe de Dreuille
La Palabra de Dios prosigue su curso (cf. 2 Tes 3,1), no deja de crecer y multiplicarse (cf. Hch 12,24). La Iglesia del siglo XXI, recogiendo la preciosa herencia de los primeros siglos del cristianismo, continúa, con la gracia propia de su tiempo, haciendo que fructifique esta Palabra y dando testimonio de ella. Ahora bien, entre los elementos que han marcado estas últimas décadas se encuentra indiscutiblemente el redescubrimiento de la lectio divina. Las recomendaciones del Concilio Vaticano II dieron un impulso decisivo para hacer que esta pedagogía divina saliera de los claustros, que la habían conservado como un tesoro, para permitir a un gran número de creyentes apropiársela.
Este redescubrimiento es todavía reciente y, aunque tenemos que disfrutar del apasionamiento actual por la oración de la Palabra de Dios, existe el riesgo de hacer de la lectio divina una especie de sello aplicado indistintamente a cualquier grupo de oración o círculo de estudios bíblicos. Si la expresión latina designa la lectura orante de la Palabra de Dios, ofrece hacerlo según una progresión jalonada de etapas precisas que garantizan su fecundidad.
Recogiendo la exhortación apostólica Verbum Domini (2010), el papa Francisco ha recordado que «la Sagrada Escritura es el testimonio en forma escrita de la Palabra divina, el memorial canónico que atestigua el acontecimiento de la revelación. Así pues, la Palabra de Dios precede y supera a la Biblia. Por eso el centro de nuestra fe no es solo un libro, sino una historia de salvación y, sobre todo, una Persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne» (12 de abril de 2013). Es precisamente a lo que se dedica este arte de la lectio divina: a partir de los textos bíblicos, permitir que se reciba la Palabra de Dios para vivir el encuentro con Aquel que nos habla. Dejando caminar la Palabra en nuestros corazones, guiada por el Espíritu Santo, tendremos la experiencia de la presencia del Hijo, el Verbo de Dios, por quien tenemos libre acceso junto al Padre.
Desde esta perspectiva, la experiencia fundacional de la lectio divina, con su pedagogía, es la de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En un relato cuidadosamente redactado, san Lucas recorre las diferentes etapas del camino que permite a los creyentes acceder a la experiencia de la presencia de Cristo resucitado, antes de convertirse en testigos suyos. Se trata de un castigo, pero también de un encuentro y un diálogo. Los discípulos son conducidos por Cristo a un cierto número de desplazamientos interiores, de conversiones: de la muerte a la vida, de la tristeza a la alegría, de la ausencia a la presencia, de la nostalgia a la memoria, de sus palabras estériles a la Palabra ardiente. Estos son exactamente el desafío de la lectio divina y el fruto de la pedagogía que desarrolla.
En el camino de Emaús, Jesús toma la iniciativa de un encuentro y un diálogo que progresivamente van a abrir su corazón. Parte de lo que ellos pueden decir de los acontecimientos que han vivido, y les deja expresarse ampliamente sobre el asunto. Tomará después la palabra para enseñarles a releer su experiencia a partir de las Escrituras. Les revela que su misterio pascual, lejos de ser incomprensible, es lo que ilumina con una luz nueva y definitiva todas las Escrituras. La Palabra de Jesús hace que crezca en el corazón de los discípulos un deseo que van a poder formular: «Quédate con nosotros, Señor». Esta oración será escuchada más allá de todo lo que ellos habrían podido imaginar. Efectivamente, Jesús va a quedarse con ellos no solo en la casa de Emaús, sino, a partir de ese momento, para siempre. Partirán como testigos para compartir la alegría de este encuentro. Por su testimonio sabemos que el creyente puede tener la experiencia de la presencia del Resucitado a la vez por la meditación de la Palabra de Dios y por la eucaristía.
Este relato tiene un correspondiente preciso, construido sobre el mismo esquema, en los Hechos de los Apóstoles. Se trata del encuentro de Felipe con el eunuco etíope (Hch 8,26-40): el mismo encuentro en el camino, la misma importancia dada al testimonio de las Escrituras (con la larga cita aquí del canto del Siervo sufriente de Isaías), la misma catequesis, los mismos frutos: la acogida del sacramento (eucaristía en Lc 24; bautismo en Hch), finalmente, el encaminamiento a compartir la alegría del don recibido. Solamente que aquí ya no es Jesús resucitado el que camina y abre el corazón del peregrino a la inteligencia de las Escrituras. A partir de ahora es el propio discípulo, enviado por el Espíritu Santo, el que se encarga de esta misión. La pedagogía puesta en práctica por Jesús en el camino de Emaús se convierte en la pedagogía de la misión cristiana.
Apoyada en esta doble experiencia, la Iglesia no dejará de llevar el testimonio de la presencia de Cristo. Abrirá el corazón de los creyentes a este encuentro con el Resucitado mediante la frecuentación asidua de la Palabra de Dios y los sacramentos. En cada generación, frente a los textos bíblicos, se renueva entre la Iglesia y los hombres el diálogo de Felipe con el eunuco: «“¿Comprendes lo que lees?” “¿Cómo podría hacerlo, si nadie me lo explica?”». Así, partiendo de los textos de la Escritura, la Tradición cristiana continúa anunciando «la Buena Nueva de Jesús».
Vamos a ver cómo la Iglesia se alimenta de esta Palabra de Dios de la que da testimonio en el corazón del mundo, cómo mediante la lectio divina ha desarrollado una pedagogía que nos permite escuchar al Señor hablándonos hoy y cómo, por último, esta Palabra puede convertirse en «una luz en nuestro camino» (Sal 119,105). Igual que el escriba de la parábola saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo, así nosotros dedicaremos un amplio espacio en nuestro trabajo no solo a la propia Escritura, sino también a los Padres de la Iglesia y a las enseñanzas de los últimos papas. Finalmente nos situamos de forma resuelta tras los pasos de aquellos que han contribuido a hacer que se redescubra la lectio divina durante estos últimos años y a los que rendiremos homenaje en el recuadro «Iniciativas contemporáneas de la lectio divina».
«Es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, según la antigua y siempre actual tradición de la lectio divina». Estas pocas palabras de Juan Pablo II confirmaron y abrieron a todos, más ampliamente aún. esa renovación de la lectio divina iniciada después del Concilio Vaticano II. A pesar de que ya había insistido en varias ocasiones, el Santo Padre lo hizo aquí en un documento dirigido a toda la Iglesia y destinado a abrir perspectivas al final del Jubileo del año 2000 (cf. «Los papas y la lectio divina»). Benedicto XVI a su vez, y en varias ocasiones, hablará de la lectio divina. Aportará a la Iglesia, dice, «una nueva primavera espiritual». Al insistir en su importancia en la vida espiritual y al recomendarla resueltamente a todos los cristianos, los papas de estas últimas décadas innovan menos de lo que parece. En realidad enlazan con la gran Tradición cristiana de los primeros siglos, donde la lectio divina no era en primer lugar una práctica reservada a la vida monástica, sino el tesoro de la oración para todos los cristianos.
«No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración solo se puede concebirse a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios. Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas individualmente como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos. Precisamente con esta atención a la Palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» (JUAN PABLO II, Novo millennio ineunte [2000], n. 39).
«Alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra” en el compromiso de la evangelización es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio» (ibid., n. 40).
«Me gustaría evocar y recomendar la antigua tradición de la lectio divina: la lectura asidua de la Sagrada Escritura, acompañada por la oración, realiza el diálogo íntimo en el cual, al leer, se escucha a Dios que habla y, al rezar, se le responde con una apertura del corazón confiado (cf. Dei Verbum 25). Esta práctica, si se promueve de forma eficaz, aportará a la Iglesia, estoy convencido de ello, una nueva primavera espiritual. Por tanto, en cuanto punto firme de la pastoral bíblica, la lectio divina debe ser más alentada a través de la utilización igualmente de nuevos métodos, estudiados atentamente, al ritmo de las épocas. Jamás debemos olvidar que la Palabra de Dios es la lámpara para nuestros pasos y luz para nuestro camino (cf. Sal 118 [119],105)» (BENEDICTO XVI, 16 de septiembre de 2005).
En el siglo III, este teólogo de Alejandría es el primer gran testigo de la «antigua tradición de la lectio divina». Es en su obra donde la expresión «lectio divina» aparece por primera vez. Al final de una carta dirigida a Gregorio el Taumaturgo invita a su discípulo a no contentarse con comentarios, sino a remontar hasta la misma fuente de la revelación, aplicándose a «la lectura de las divinas Escrituras».
Como iniciador de la propia fórmula, igualmente ofrece sus principales características, apoyándose en la imagen evangélica de la puerta (cf. Mt 7,7; Lc 11,9 y Jn 10,3). Distingue tres etapas: golpear, buscar y pedir. Son necesarias para acceder verdaderamente a la Palabra de Dios contenida en las Escrituras, so pena de tener, escribe, «algún pensamiento demasiado temerario sobre el asunto». También hay que tener las disposiciones interiores adecuadas: «La intención de creer y agradar a Dios». La lectura debe ser asidua, la meditación «busca en Dios el sentido de los divinos Escritos». La oración pide la plena comprensión de las «cosas divinas». El objetivo consiste, estando unido a Cristo, Verbo del Padre, en «convertirse en participantes de Dios» (cf. Orígenes, Carta a Gregorio 4; trad. francesa en «Sources Chrétiennes» 148, pp. 193-195; ed. española en Gregorio Taumaturgo, Elogio del maestro cristiano. Madrid, Ciudad Nueva, 21994).
Benedicto XVI recuerda que, para Orígenes, la comprensión de las Escrituras exige «más aún que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. Está convencido de que el camino privilegiado para conocer a Dios es el amor, y que no hay auténtica scientia Christi sin caer enamorado de él» (audiencia del 2 de mayo de 2007). La aportación de Orígenes tanto al estudio de los textos bíblicos como a la oración de la Palabra de Dios es considerable1.
El período patrístico en su conjunto es el crisol en que se elaboró la tradición de la lectio divina.
