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Existen libros que averiguan qué significa leer, ser espectador en un museo o de la televisión, y navegar como internauta. García Canclini explora aquí cómo se transforman estas actividades al practicar cada persona las tres. Los museos, las editoriales y los medios de comunicación ya no pueden ser como eran antes desde que interactúan bajo la convergencia digital. El autor considera las fusiones entre empresas dedicadas a producir libros, mensajes audiovisuales y electrónicos e indaga, sobre todo, los nuevos hábitos culturales. Breves artículos cargados de humor, ordenados como en un diccionario, interactúan al modo de un hipertexto para redefinir, además de a los lectores, espectadores e internautas, cómo somos ahora ciudadanos culturales, nos relacionamos con el patrimonio, los museos y las marcas, y hacia dónde van la piratería, el zapeo y los usos del cuerpo.
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Seitenzahl: 105
Veröffentlichungsjahr: 2007
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Néstor García Canclini (Argentina, 1939). Es profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana e investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores, en México. Recibió el Book Award de la Latin American Studies Association por Culturas híbridas, considerado en 2002 el mejor libro sobre América Latina. En los últimos años sus temas de investigación son los nuevos hábitos culturales y las relaciones entre estética y antropología.
En Gedisa ha publicado Diferentes, desiguales y desconectados: mapas de la interculturalidad (2004), y dirige su coleccíon Culturas.
Néstor García Canclini
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Marc Augé
Por una antropología de la movilidad
Roger Chartier
La historia o la lectura del tiempo
Manuel Cruz
Acerca de la dificultad de vivir juntos
La prioridad de la política sobre la historia
Néstor García Canclini
Lectores, espectadores e internautas
Ferran Mascarell
Barcelona como proyecto de cultura
Josep Ramoneda
Una defensa apasionada de la Ilustración
George Yúdice
Nuevas tecnologías, música y experiencia
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Néstor García Canclini
© Néstor García Canclini, 2007
Diseño de la colección: Sylvia Sans
Primera edición: octubre de 2007, Barcelona
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3.º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
Fax 93 253 09 05
Correo electrónico: [email protected]
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service S.L.
Diagonal 299, entresòl 1ª – 08013 Barcelona
ISBN: 978-84-9784-238-9
Depósito legal: B. 44632-2007
Impreso por Romanyà Valls
Impreso en España
Printed in Spain
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
Serie aniversario 30 años
Visión 3X es una serie conmemorativa de XXX años de edición continuada. De crecimiento en la elaboración de contenidos y su expansión a lo largo y ancho de la geografía española y por supuesto de toda América Latina.
V3X es también mirar hacia dentro, atravesar la piel y ver los huesos de nuestras estructuras y marcas más sólidas. También es una forma de la mirada, es alzar la vista mientras nos damos la vuelta y oteamos nuestros orígenes para entenderlos. A su vez, este artilugio nos permite girar sobre nosotros mismos, levantar de nuevo los ojos y mirar el futuro a través de la palabra que explora y especula. Nuestro artefacto es limitado, su capacidad está dada por las huellas de su historia. Permite ver el interior pero tiene un límite en sus aumentos: treinta años hacia atrás y treinta años hacia delante, y, sin embargo, creemos sinceramente que los selectos invitados que han hecho uso de él le han sacado sus máximas potencialidades.
Gedisa, orgullosa de sí misma y de sus autores, invita a festejar este 30 aniversario con todo el mundo lector que esté dispuesto a ser sacudido por la mirada crítica que los autores de V3X nos proponen: Marc Augé, Manuel Cruz, Roger Chartier, Néstor García Canclini, Ferran Mascarell, Josep Ramoneda y George Yúdice.
Editorial Gedisa, 2007
Para Magali
Apertura
Asombro
Audiencias
¿Campos culturales o mercados?
Cinéfilos y videófilos
Ciudadanos
Consumidores
Convergencia digital
Creatividad
Cuento posdigital
Cuerpo
Diccionario
Eclecticismo
Espectador
Globalización
Interactividad
Internautas
Lectores
Local
Marcas
Museo
Museo para la globalización
Qué coleccionar y qué exhibir
Dónde colocarlo
PC
Personajes
Piratas
Sospechas
Telesolidaridad
Wash and wear
Zapping
Agradecimientos
Bibliografía
Estás conduciendo el coche mientras escuchas un audiolibro y te interrumpe una llamada del móvil. O estás en tu casa sentado en un sillón con la novela que acabas de comprar, mientras en el televisor encendido a la espera de las noticias pasan publicidad de nuevas funciones del iPod. Te levantas y vas al ordenador para ver si entiendes esas novedades que ya no están en las enciclopedias de papel y de pronto adviertes cuántas veces, aun para buscar datos de otros siglos, recurres a esos nuevos patrimonios de la humanidad que se llaman Google y Yahoo.
Estás leyendo un libro que arranca evocando a otro, de Italo Calvino, que comenzaba así: «Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida».
En ese libro el protagonista, llamado el Lector, al llegar a la página 32 descubre que el autor se repite, aunque en realidad es el libro el que regresa a la página 17, y eso sucede otra vez, o sea que lo encuadernaron mal. Va a la librería y le dicen que ya recibieron una circular de la editorial advirtiendo que por error una parte del volumen se mezcló con la novela polaca Fuera del poblado de Malburk, de Tazio Bazakbal. El Lector se da cuenta de que esa novela es la que ha estado leyendo, decide dejar el libro de Calvino y llevarse la historia de Malburk, como una joven que está allí porque le ocurrió lo mismo. El Lector y la Lectora intercambian sus teléfonos e inician una complicidad que va mudando mientras descubren que cada capítulo es una novela distinta interrumpida, todas con estilos diferentes, aunque formando parte de una cómica conspiración universal narrada una vez como experiencia corpórea, otra interpretativa, otra político-existencial, otra cínico-brutal, etcétera.
La discontinuidad del relato de Calvino, como metáfora de que «vivimos en un mundo de historias que empiezan y no acaban», está hecha con la intertextualidad que se produce entre los libros: «Cada libro nace en presencia de otros libros, en relación y cotejo con otros libros», escribió el autor en un comentario posterior. Su novela no es ingenua: los libros también interactúan con el mercado, se eligen no sólo por placer o valor simbólico, sino por la satisfacción social de acceder a novedades. Eso distingue a quienes compran «Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura» de los que adquieren «Libros Que Todos Han Leído». Pero la interrelación de la lectura solitaria con esas formas industrializadas de la cultura, y con la televisión, está presentada como un enfrentamiento.
En 1979, cuando apareció Si una noche de invierno un viajero, se habían creado pocos audiolibros (el primero, en 1975, lo hizo el escritor colombiano David Sánchez Juliao), no existían móviles ni ordenadores personales, ni iPods.
Estás empezando a leer un libro que explora cómo nos mezclamos con otras culturas, y no sólo por las migraciones. En la misma persona se combinan la lectura que se oye en un disco, los libros escaneados, la publicidad televisiva, los iPods, las enciclopedias digitales que cambian todos los días y diversas imágenes, textos y saberes que hormiguean en la palma de tu mano, donde conectas el móvil.
No estás ante una enciclopedia ni ante un diccionario, pese a que hay algunas definiciones y se cuestionan otras. Aquí se reúnen conocimientos y aproximaciones a palabras que no se hallan en estado de diccionario.
Tampoco es propiamente un libro, sino un lugar donde se indaga para qué sirven hoy los libros, cuándo es mejor averiguar algo en Internet, si es censurable o deseable conseguir vídeos «piratas» o bajar música gratis, qué sentido tiene hacer arte, exhibirlo, ir a verlo o no.
Una enciclopedia organiza con erudición el sentido de los saberes. Los diccionarios fijan el significado de cada término, lo diferencian de otros y legislan sobre los usos correctos. En un tiempo de préstamos y negociaciones entre varias lenguas, entre lenguas e imágenes, no captamos los significados si no estudiamos las peripecias de las palabras, cómo se deslizan en los actos de quienes leen, ya sean espectadores o navegantes por el ciberespacio. Una vasta bibliografía discute qué es un lector, otra qué es un espectador... desde ese punto comenzamos a entrever qué puede ser un internauta. Aquí tratamos que las tres preguntas se reconozcan como indecisiones de las mismas personas.
Condición que desde Platón hasta Karl Jaspers y Bruno Latour ha sido considerada por muchos filósofos como el origen del conocimiento. Durante unas décadas fue el recurso de las artes de vanguardia para distinguir sus efectos estéticos de los producidos por el folclore y la industrialización de la cultura: la sorpresa incesante de las innovaciones frente a la monotonía atribuida a las tradiciones o a la estandarización de los medios y diseños masivos. En el momento en que las artes dejaron de llamarse de vanguardia cedieron al mercado, a las galerías, a los editores y a la publicidad la tarea de suscitar el asombro para atraer públicos.
Los antropólogos también lo cultivan en tanto especialistas en culturas exóticas, costumbres poco habituales o que ya nadie cree que se practiquen, y por eso uno de ellos propone designarlos «mercaderes de lo insólito» (Geertz, 1996: 122). Varios antropólogos, asombrados con la globalización, temen que el cruce de tantas culturas «aumente el número de personas que han visto demasiadas cosas para ser susceptibles de sorprenderse fácilmente» (Hannerz, 1996: 17). Hace unos años los estudios antropológicos y culturales comenzaron a preguntarse qué sucedía cuando las prohibiciones musulmanas se ejecutaban en Manhattan o París, las artesanías indígenas se vendían en boutiques modernas y las músicas folclóricas se convertían en éxitos mediáticos. Hoy todo eso se ha vuelto tan habitual que es difícil asombrar a alguien escribiendo libros sobre tales mezclas. Las humanidades clásicas tienden a conjurar lo que aún nos puede desconcertar en esas «confusiones», reafirmando el canon de los saberes y las artes occidentales. Un sector de los científicos sociales, sobre todo economistas y politólogos, trató de reordenar ese «caos» reduciendo la complejidad de la globalización a un pensamiento único.
Si bien sigue habiendo innovaciones en el arte y descubrimientos científicos que sorprenden, las mayores fuentes de asombro provienen ahora de la diversidad del mundo que se hace presente en la propia sociedad y del ámbito distante o ignorado que nos acerca la conectividad. Toda enciclopedia, todo orden clasificatorio, se muestra cuestionable. ¿Cómo reorganizar los saberes dando lugar a los múltiples conocimientos y modos de conocer que desafían las jerarquías instauradas por las ciencias modernas: las culturas de continentes periféricos, las miradas críticas del feminismo y de los movimientos étnicos, las hibridaciones entre varios sistemas clasificatorios practicadas por migrantes?
Ante el desconcierto que genera la multiplicación de lo distinto, lo emergente, lo que se autoorganiza fuera de las totalizaciones conocidas, surgieron intentos de definir y clasificar de modo abierto. El más conocido es la Wikipedia, un sitio de acceso libre en Internet cuyas entradas pueden ser escritas y modificadas por quien lo desee. Se multiplican las voces y se flexibiliza el orden sin devoción hacia los expertos o hacia una cultura dominante.
Como indican Mike Featherstone y Couze Veun, en un mundo de desigualdad entre lenguas, rígidas estructuras académico-disciplinarias y monopolios de información, ni Internet ni la formación de una enciclopedia digital pueden ser sistemas neutrales. Moverse entre los 100 millones de páginas web alcanzadas a finales de 2006, cuando sólo en ese último año nacieron 27,4 millones de sitios, es fascinante y desorientador. La expansión digital de los archivos, dicen estos autores, además de favorecer la difusión de genealogías alternativas y contramemorias, nos vuelve disponibles a pensar más allá del libro y de la vieja oposición entre lectura e imágenes, pero nos deja también sin los matices o paradigmas que permitían pensar (Featherstone y Veun, 2006).
El asombro ante la multiplicación de lo heterogéneo, observó Michel Foucault a propósito de la «enciclopedia china de Borges», que dividía a los animales en «a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación…», hace que el espacio común del encuentro entre lo diverso quede en ruinas. «Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en que podrían ser vecinas» (Foucault, 1978: 2). La simple abundancia de información, que acumula en la navegación digital textos e imágenes, ocurrencias, opiniones y publicidad, no construye puentes en un mundo roto.
No hay por qué dolerse de que la exuberancia de datos y la mezcla de lenguajes hayan arruinado un orden o un suelo común que sólo era para pocos. El riesgo es que el viaje digital errático sea tan absorbente que lleve a confundir la profusión con la realidad, la dispersión con el fin de los poderes y que el encandilamiento impida renovar el asombro como camino hacia otro conocimiento.
