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Dos de los rasgos más importantes del seguimiento cristiano son la libertad y la alegría, dones de Dios y garantía de que vamos en su camino, aun cuando circunstancias como miedos, preocupaciones, heridas, personalismos, cansancios, tentaciones, presiones ajenas, etc. puedan resultar costosas. Tras la llamada inicial, siguen llamadas a compartir sus encargos, a asumir el peso de los afanes y trabajos de este mundo. Su amor "nos apremia" –en palabras de san Pablo– a compartir algo de lo mucho recibido, a sembrar en la realidad algo del bien que nos ha sido dado. Nuestro Dios es un Dios insistente, amorosa y curiosamente empeñado en tomar espacio en nuestra vida. Es un huésped paciente y respetuoso con nuestra libertad, pero tenaz, convencido de su plan. Una vez que hayamos concedido atención a su persona mostrará nuevas intenciones. Por eso, aunque tengamos la sensación de haber llegado a una relación de mayor intimidad y compromiso con Dios siempre hay un "más" que nos desafía atrayentemente y espera de nosotros nuevos niveles de consentimiento a su amor.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Carolina Mancini
Libres y alegresen el Señor
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Carolina Manciniha publicado en esta colección:
• Como un amigo habla a otro amigo
• Escuchar entre las voces una
Índice
PRÓLOGO
UN CUENTO PARA EMPEZAR
ESCUCHAR SUS LLAMADAS
La llamada de la juventud: “Hoy me quedo en tu casa” (Lc 19,5)
La llamada de la adultez: “Apacienta mis corderos” (Jn 21,15-17)
La llamada de la madurez: “Permaneced aquí y velad conmigo” (Mt 26,38)
La hora del misterio pascual: “Si muere da mucho fruto” (Jn 12,24)
PARA AUSCULTAR LA VIDA
RESPONDER A UN DON
La disposición. La ayuda humana. La memoria de la gracia. La hora de la respuesta.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
ESO QUE LLAMAMOS “VOLUNTAD DE DIOS”
Buscadores en el Espíritu. Enraizados en la realidad. Unificados y en paz. Peregrinos y en camino.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
LA OBEDIENCIA COMO ESCUCHA, LIBERTAD Y ALEGRÍA
Una escucha que discierne. Una libertad que se recibe. Una alegría que abre caminos.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
EL CUIDADO ANTE LOS FALSOS PROFETAS
Los miedos insidiosos. Las preocupaciones de la vida. Las heridas de la memoria. La mirada miope y apegada al propio juicio. El afán de personalismo. Las pretensiones ambiciosas. Las presiones ajenas. Las tentaciones del camino.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
LA TENSION COMO LUGAR ESPIRITUAL
Invitados a pasar por la puerta estrecha. Humildad que suplica. Espacio para Dios. Buscar el Reino y su justicia.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
CON ESTILO INCONFUNDIBLE
Referidos a Dios. Descentrados de sí mismos. Al servicio del Reino. En relación con otros.
PARA AUSCULTAR LA VIDA
UNA LIBERTAD DE CARNE Y HUESO
Libre y alegre para arriesgar experiencias. Libre y alegre para sanar heridas. Libres y alegres para desinstalar comodidades. Libres y alegres para soltar la vida.
PLAN DE VIDA
PRÓLOGO
Me alegraré en el camino de tus mandatos.
(Sal 119,14)
Esta vez no he pedido a nadie un prólogo, quizá porque de todos mis pobres escritos, este sea demasiado mío, y acaso no tenga más mérito que eso, una experiencia profunda y propia de buscar y responder a esos impulsos del Espíritu que llama y toca el ámbito sagrado de la libertad, esa carta personal a jugarse en medio de circunstancias concretas, realidades que invitan, compromisos que esperan y se vuelven el latido de esa voz de Dios que interiormente podemos reconocer y exteriormente sabe a encarnación histórica.
Soy consciente de que este proceso de escuchar a Dios, discernir su voluntad –pues siempre es un proceso– y procurar responder, es a su vez universal. Se juega con elementos comunes a esta humanidad que compartimos en coyunturas muy variadas. Es el mismo Dios, insistente, persistente. Es la misma condición humana, resistente y luchadora, pero habitada también por el don de una libertad invitada amorosamente a ir siempre más allá de su limitación y condicionamiento. Lo he comprobado escuchando historias ajenas y reconociéndome en ellas, a la vez que comprendiendo mi camino en el de otros porque somos comunidad que se fortalece y acompaña en el camino, avanzando por la fidelidad de Aquel que gana a todas nuestras torpezas.
Agradezco a Dios su don del cual dependen mis pasos por mínimos que sean. Sin su aliento no podría sostener ninguno de mis intentos y cada vez es una certeza más amplia.
Agradezco a las personas que día a día, en gestos y detalles cuidan mi vida. No podría ser sin tanta gente buena que rodea mi camino de bien. Soy una mujer bendecida y ayudada de muchas maneras que jamás podré retribuir.
Agradezco a quienes han sostenido con escucha y oración mis búsquedas llenas de intensidad que los años parecen apaciguar, sin que desaparezca esa huella personal de lucha que necesita un humano sostén en el camino.
Agradezco a tantos que han compartido a su vez su propio peregrinar en el que he aprendido que ninguna persona que abre con honestidad su vida a Dios queda desamparada de su favor, aunque a veces las respuestas sean diferentes a las esperadas.
Confiando que estos dos rasgos del seguimiento cristiano, la libertad y la alegría, son don de Dios y garantía de que vamos en su camino, dejo estas ideas sencillas en torno a cómo responder a la voluntad de Dios con este tono de celebración y gozo, aun cuando las circunstancias puedan resultar costosas. Se trata entonces de secundar un don y defenderlo de “falsos profetas” (Mt 7,15) que puedan hacernos perder el camino: miedos, preocupaciones, heridas, personalismos, cansancios, tentaciones, presiones ajenas y otros. Las últimas páginas invitan a contemplar un estilo de vida posible en esos testigos que animan a vivir en sintonía con la voluntad de Dios, invitación a que cada lector complete con gratitud sus propios nombres.
A mí escribir me ayuda mucho. Si a ti te ayuda a compartir y encontrar la pista espiritual de tu camino ¡bendito sea Dios! Por eso esto termina en libro. Solo a Él lo busca porque buscarlo a Él es el espacio de salvación de toda inquietud. Su llamado va siendo fiel a lo largo de la vida, aunque va cambiando y profundizando algo que fragua en mayor crecimiento, mayor libertad, mayor relación, mayor amor. Deseo que así lo vayamos viviendo.
Carolina Mancini
UN CUENTO PARA EMPEZAR
Cuando algún acontecimiento dichoso o infeliz dice su palabra, cuando algo interiormente estremece, cuando se conmueven las entrañas en movimiento espiritual, cuando la existencia despierta y necesita decir su asombro, nos damos cuenta de que estamos en la vida para jugar nuestra carta más grande como seres libres para responder. Querría poner en palabras el arquetipo de esta experiencia humana de escuchar a Dios –de tantas maneras como personas– y tratar de responder a sus llamadas. Tal vez por sentir que esto no es patrimonio propio, sino don inmerecidamente grande y bueno para compartir; tal vez por necesitar reposar en la escritura la impresión de tanto bien recibido.
Tras la llamada inicial a la relación con Él, vienen llamadas a compartir sus encargos, la llamada menos gozosa a asumir el peso de los afanes y trabajos de este mundo. Puede que no hayamos respondido a la llamada de Dios más que por esa primera chispa de su amistad. Pero quizás ese mismo amor envía a hacerse cargo, “nos apremia” –en palabras de san Pablo– a compartir algo de lo mucho recibido, a sembrar en la realidad algo del bien que nos ha sido dado. Es un movimiento de agradecimiento y como tal brota con naturalidad, aun cuando en algo pueda resultar costoso. Hay un fondo de paz y cierta alegría en poder responder a Dios cuya generosidad siempre ha ganado y precedido. Sin esa paz de base, sería una inmolación heroica, que poco tendría que ver con el modo de seguimiento de Jesús.
Desde Los Negrales, España, lugar en que reposan sus restos, leo la vivencia de san Pedro Poveda: “Pero como Dios conoce lo que por mí pasa, no ha permitido que sienta desaliento alguno, sino deseos, cada día mayores, de cumplir su divina voluntad, cueste lo que costare”.1 Esta es la suavidad inconfundible con la que se opera esa llamada-respuesta en la relación con Dios. Aun con conciencia de la dificultad, se trata de un deseo despierto y gozoso, de dejarse conducir en él hacia donde nos muestra, de secundar su movimiento y su don.
He compartido muchas veces con jóvenes este relato, pero ante todo, lo he experimentado con el Señor.
El Padre llama a la puerta buscando un hogar para su hijo.
–El alquiler es barato, de verdad– le digo.
–No quiero alquilarlo, quiero comprarlo– dice Dios.
–No sé si querré venderlo, pero puedes entrar y echarle un vistazo.
–Sí, voy a verlo– dice Dios.
–Te podría dejar una o dos habitaciones.
–Me gusta– dice Dios, pero aguardaré. Lo que he visto me gusta.
–Bueno, quizá te pueda dejar otra habitación. En realidad yo no necesito tanto.
–Gracias– dice Dios. La tomo. Me gusta lo que he visto.
–Me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis dudas.
–Piénsalo– dice Dios. La tomo. Me gusta lo que he visto.
–Me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis dudas.
–Piénsalo– dice Dios. Yo no te dejaría fuera. Tu casa sería mía y mi hijo viviría en ella. Y tú tendrías más espacio del que has tenido nunca.
–No entiendo lo que me estás diciendo.
–Ya lo sé– dice Dios, pero no puedo explicártelo. Tendrás que descubrirlo por tu cuenta. Y esto solo puede suceder si le dejas toda la casa.
–Un poco arriesgado, ¿no?
–Así es– dice Dios, pero ponme a prueba.
–Me lo pensaré. Me pondré en contacto contigo.
–Puedo esperar– dice Dios. Lo que he visto me gusta.
Margaret Halaska, O.S.F2
Nuestro Dios es un Dios insistente, amorosa y curiosamente empeñado en tomar espacio en nuestra vida. Su “estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20), no es cuestión de una sola visita. En cuanto se siente cómodo en el espacio que le hayamos habilitado va a por más lugar. Es un huésped paciente y respetuoso de nuestra libertad, pero tenaz, convencido de su plan, insistirá. Una vez que hayamos concedido atención a su persona va a mostrar nuevas intenciones.
Muchas veces en la vida espiritual tenemos la sensación de haber cruzado umbrales de conciencia, morada tras morada –diría santa Teresa– en una relación de mayor intimidad y compromiso, porque como descubrió san Ignacio, con Dios siempre hay “más”, un magis que nos desafía como llamada atrayente y espera de nosotros nuevos niveles de consentimiento a su amor.
1Poveda, Pedro: “La gran empresa en que trabajamos” [348] en Creí, por eso hablé. Narcea, Madrid, 2005.
2Lewis, Hedwig: En casa con Dios. Mensajero, Bilbao, 2003, 20 ed., pág 54.
ESCUCHAR SUS LLAMADAS
Cuando Dios llama, llama… insiste. Persiste. Es claro, aunque tal vez nos cueste escuchar esa voz, que puede sacudir algo de lo que teníamos establecido. No habla como los modernos mensajes que las tecnologías acercan en tiempo real. A veces va sembrando de insinuaciones nuestra vida en largo proceso para que podamos confirmar esa escucha. Aunque también a veces, por el contrario, dice una palabra contundente y concreta, pronunciada en el interior o en el exterior o desde su Palabra y que, como el discípulo, reconocemos que viene de Él, sin poder dudar: “Es el Señor”.
La constatación de que Dios no llama una única vez muestra que la fe es una relación con alguien distinto a nosotros. Si no fuera así, incluso podríamos sospechar de la primera llamada como una ilusión de juventud, como un recuerdo idealizado, pero Dios es un Dios vivo, capaz de sorprender en su continuo desafío.
Estas nuevas llamadas vienen al hilo de la vida, a veces desde adentro; intuiciones claras, deseos persistentes, afectos que ganan; a veces desde afuera, llamadas de la historia, urgencias de la realidad que no nos dejan indiferentes.
Desde adentro, una sensación de habitualidad, de rutina, de cierta instalación en la vida, puede poner alerta al deseo. Dispone el espíritu a la apertura y la novedad. Tal vez se mueva en el interior del ámbito de la propia libertad, como un ensanchamiento del ser que nos haga sentir más disponibles. Podremos sentirnos en marcha hacia alguna parte. Es un regalo de gracia que nos hará ágiles llegado el momento. Lo escuchamos como canto germinal del corazón. No sabemos aún en qué se jugará esta llamada, pero el espíritu está libre y dispuesto: “Cuando Él llegue con su brisa, zarparemos en su oferta, aunque cruja la costumbre”.3
Desde afuera, desde la historia, desde la coyuntura, desde las necesidades de la realidad, vendrán ocasiones que se convertirán en llamada si somos capaces de unir en la escucha estas dos dimensiones de la vida: oración como canto profundo del corazón y compromiso en el entorno que nos ha sido dado, como oportunidad de encarnación de esa vida interior.
Queríamos servir y la vida nos pega un guiño de necesidad concreta. Queríamos amar y alguien está esperando nuestra ayuda. Nos preocupaba algo y, de pronto, parece que tenemos que cruzar la acera desde donde mirábamos el problema para ocuparnos de él. Dios susurra sentido y lo siembra en el corazón, pues sin sentidos, no podríamos responder ni comprometernos. ¡Cuánto dependemos de su don! Pero aun con disposición de corazón, con conciencia de la necesidad concreta, con sentido reconocido, no siempre resulta fácil responder.
El miedo se presenta como el principal enemigo que mina el camino. Se siente la desproporción del desafío ante las propias fuerzas. “Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer 1, 6). Solo la gracia podrá dar el impulso que permita captar la libertad, porque sin ella tampoco podríamos decir que sí. Don y esfuerzo. Discernimiento y honestidad. Búsqueda de luz y contraste de motivaciones con quien pueda ayudarnos en libertad a buscar el mayor bien. Así es el camino de ponerse a la escucha de Dios, disponibles a su don para responder.
Lo que más conmueve es la impresión del don recibido, la conciencia de la propia precariedad para responder desde nuestras fuerzas. Cuando vamos teniendo más años, más sabemos de esto y más agradecida se vuelve la memoria de estas experiencias. Podríamos hacer un ejercicio de recordar esta impresión al hilo de cada llamada en nuestra vida.
Solo el agradecimiento, solo ese desborde humano de impresión ante “tanto bien recibido”, es el motor capaz de dinamizar la fuerza necesaria para responder a los desafíos que sobrevengan con capacidad de permanecer en ellos. Lo otro sería voluntarismo de poca vida, combustible para poco viaje, esfuerzo valorable pero infructuoso al fin.
Cuando hemos sentido que el encargo sobrepasa nuestro deseo, nuestra posibilidad y aun así, somos capaces de aceptarlo sin perder la paz; cuando hemos experimentado ese tirón de la gracia que invita más allá de nosotros mismos a otra orilla desconocida; cuando somos capaces de asumir una responsabilidad sin vislumbrar con claridad resultados favorables haciendo nuestra ofrenda, vivimos de un don recibido y sabemos que dependemos de él como el gran tesoro de la vida.
Nuestra cuota de participación es una enorme libertad para acogerlo, fruto de ceder espacio a Dios como el gran hacedor de todo. Pero este protagonismo suyo lo vamos aprendiendo poco a poco y aun sabiéndolo en teoría y habiéndolo experimentado, cuántas veces nos vemos cargando un peso y una responsabilidad que no nos pertenecen, como si todo dependiera de nosotros.
Podríamos reconocer en la vida momentos o etapas, distintas horas con sus llamadas. Ninguno es mejor que otro, sino que profundiza el anterior. Crece la relación en la impresión de dejarnos llevar en la amistad y el seguimiento de Alguien que va delante, abriendo el camino. En todas estas etapas habrá una sabiduría propia, pero todas se resumen en una única invitación que será hacernos siempre disponibles a Dios.
La llamada de la juventud: “Hoy me quedo en tu casa”(Lc 19,5)
Mirar la llamada de la juventud a distancia descubre la nostalgia del amor primero. La Palabra nos invita a mantener siempre viva aquella frescura original del encuentro con Alguien que deslumbra la vida y alumbra caminos posibles. “Tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor” (Ap 2,4). Todo es fácil y hace sortear temores e impedimentos en la fuerza de ese encuentro fundante que tiene para cada uno una geografía y una hora inconfundible. “Eran las cuatro de la tarde” (Jn 1,35-39).
Como le ocurrió a Zaqueo, nuestra curiosidad fue saciada en una visita que vino para quedarse. “Baja que hoy me quedo en tu casa” (Lc 19,5). Así como seríamos capaces de recordar los detalles del comienzo de cualquier gran amistad, podríamos evocar circunstancias, personas, acontecimientos y hasta la tonalidad interior de aquel primer encuentro con el Señor que seguramente marcó afectivamente nuestra vida para siempre.
Muchas veces la fe llega como una herencia familiar, cultural, unos mundos que nos fueron llevando hasta allí, pero habrá un momento de acoger una experiencia propia y personalizarla, la de un encuentro que marca significando la existencia. Y si no la hubiera, habrá un tiempo de interrogación pura y única que tendremos que procurar para hacer nuestra esa relación y posibilidad. Cuántos procesos naufragan por no haber tenido una experiencia fundante propia sino solo un camino de socialización con otros en algunos valores compartidos. Amar el tiempo de las dudas y las preguntas personales, de la soledad que rumia y busca una luz a su camino, será un bien necesario. Tocará esperar en la sensibilidad de una sed personal y única que será saciada en una herencia de testigos que nos traen agua pero que acogeremos en vaso único y nuestro.
Nunca desaparecerá el fervor de aquella primera llamada que dio fuerza para iniciar un camino. Aunque a veces los tiempos parezcan poner menor vigor en la vivencia, sentimos que ya nunca conoceremos a Dios como en ese instante original, la llamada se irá haciendo más profunda, más honda y tal vez más discreta. Muchos adultos, al plantearse con seriedad la vida espiritual, parecen añorar con nostalgia aquellas horas primeras, tiempos de experiencia fundamental y de vivencia muy intensa. Estamos invitados a soltar, a dejar atrás un modo conocido y hasta un sabor que la tendencia a conocer y controlar puede querer reeditar, para ir hacia nuevas etapas y tramos del camino donde la novedad esperará en algo distinto.
A nuevas etapas de la vida, vendrán nuevas llamadas de Dios. Es el mismo Señor, la misma relación que irá alimentando los tiempos y la vida. Tocará ir afinando el oído al hilo de esa escucha, arte hecho de seguimiento y de humildad al dejarse conducir por Otro, hacia donde no sabemos.
La llamada de la adultez: “Apacienta mis corderos”(Jn 21,15-17)
Andando el tiempo, habrá tal vez una llamada a salir de la mera relación con Él en la fecundidad que pueda tener ese vínculo con el Señor. Es la llamada a la misión, a compartir la encomienda de una tarea. Como a Pedro, Jesús nos dice que, si lo amamos, nos encarguemos de sus cosas. “Apacienta mis corderos” (Jn 21,15 y ss).
