Libro de los árboles. La labranza. Libros I-V - Columela - E-Book

Libro de los árboles. La labranza. Libros I-V E-Book

Columela

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Beschreibung

La principal obra que la Antigüedad nos ha legado sobre agricultura, que es analizada en todos sus aspectos con espíritu práctico y claro. De Lucio Junio Moderato Columela, escritor del siglo I d.C. nacido en Gades (Cádiz), se han conservado dos obras: la Res rustica (Labranza o Agricultura), en doce libros, y el Liber de arboribus (Libro de los árboles); la segunda es lo que ha llegado hasta nosotros de una obra en tres libros que bien pudiera ser una primera redacción abreviada de aquélla. Defensor de la agricultura como fundamento de la economía, y alarmado por su declive, Columela trató de enderezarla con la obra más completa que la Antigüedad nos ha legado en materia agronómica, pues la aborda en todos sus aspectos: condiciones de los terrenos, tipos de tierra, plantaciones de las distintas especies, cuidados, enfermedades y un sinfín de cuestiones relacionadas. Columela ama la vida en el campo, opuesta a la urbana, pero no es un idealista ingenuo y admite su dureza. Fue un agricultor laborioso y con éxito, y algunos estudiosos han supuesto que dirigió una especie de escuela de agricultura. Hoy Columela interesa no sólo a especialistas en materia agraria, sino como escritor, por su personalidad cálida y amable y su estilo sensato y práctico.

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Seitenzahl: 638

Veröffentlichungsjahr: 2016

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 329

Asesores para la sección latina: JOSE JAVIER ISO y JOSÉ LULS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volwnen ha sido revisada por JORGE FERNÁNDEZ LÓPEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2004.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO409

ISBN 9788424937058.

INTRODUCCIÓN1

«Poco a poco, los techos abovedados y las paredes pintadas al fresco se vienen abajo, las prensas para el vino quedan inservibles y las bodegas se convierten en almacén de grano. Abandonada y saqueada, la uilla da cobijo a familias de pastores. Dos esqueletos de la alta Edad Media enterrados bajo el pórtico dan fe de unas gentes de huesos débiles y mal formados, de un existir en el límite de la supervivencia. El subdesarrollo tiene entre nosotros una historia más larga que las fases de ‘milagro económico’, aunque deje menos huellas en el subsuelo. Con su llana y su pala, el arqueólogo trata de rehacer la continuidad de la historia a través de los largos intervalos oscuros.»

Una continuidad que, casi dos mil años más tarde, nos remite a la obra de Columela como necesario y precioso complemento de los hallazgos del arqueólogo a la hora de reconstruir lo que fuimos y, en alguna medida, somos todavía. La cita reproduce el párrafo final de un artículo de Ítalo Calvino, publicado en 1980 en las páginas de La Repubblica , a propósito de las excavaciones de la uilla romana de Settefinestre, en la costa tirrena. Calvino lo tituló «El cerdo y el arqueólogo»: ese año, el equipo dirigido por Andrea Carandini había sacado a la luz las pocilgas de la granja, que plantearon algunas cuestiones concretas relacionadas con la cría de tan sustancioso animal. El escritor italiano, estudiante de agronomía en su juventud, sabe de qué habla; la uilla de Settefinestre responde, claro es, a lo descrito en los tratados agronómicos antiguos, en particular los de Varrón y Columela, y de ellos echa mano para debatir y aclarar las dudas suscitadas por la labor de los arqueólogos. De paso, demuestra que leer esas obras puede ser algo más que una tediosa obligación2 .

Vida

Lucius Iunius Moderatus Columella , es decir, Lucio Junio Moderato (o Moderado) Columela, nombre completo que dan a nuestro escritor los manuscritos, así como la inscripción de que luego se hablará, era originario de Gades , la actual ciudad de Cádiz: in nostro Gadium municipio , dice en Res rustica VIII 16, 93 , tratando de cierto pescado atlántico, el gallo o pez de San Pedro; y en X 185 se refiere a una variedad de lechuga propia de las costas tartesias o gaditanas (et mea —sc. lactuca— quam generant Tortesi litore Gades) . No podemos precisar la fecha de su nacimiento, si bien los datos que pueden recabarse de su obra y de otras fuentes antiguas hacen pensar que pudo ser por los mismos años en que Cristo venía al mundo en el otro extremo del Mediterráneo, sub Caesare Augusto4 . Seguramente su infancia y mocedad transcurrieron en tierras de la Bética, donde estaba afincado su admirado tío Marco Columela —uir inlustribus disciplinis eruditus ac diligentissimus agricola Baeticae prouinciae5 —, mentor de su iniciación en la economía rústica. Suponemos que luego se trasladó a Roma, aunque ignoramos cuál fue allí su ocupación. Sí sabemos que, antes de escribir su obra en edad madura, estuvo en Oriente (en Siria y Cilicia, donde observó la siembra del sésamo, según refiere en II 10, 18), tal vez como mando superior del ejército romano; así lo sugiere al menos la inscripción encontrada en Tarento, funeral u honoraria, que nos lo presenta como tribuno militar de la legión sexta (CIL IX 235)6 :

L · IVNIO · L · F · GAL MODERATO COLVMELLAE TRIB · MIL · LEG · VI · FERRATAE

En cualquier caso, las primeras palabras de la obra —Saepenumero ciuitatis nostrae principes audio culpantis …— sitúan ya a Columela en lo más alto de la sociedad romana, el ambiente en que se movían otros hispanos como él, Séneca el filósofo o Junio Galión, a quienes nombra con admiración y afecto: en III 3, 3, el primero es calificado de uir excellentis ingenii atque doctrinae , y en IX 16, 2, se referirá al segundo como Gallio noster7 . A sus posesiones agrícolas, situadas en los alrededores de Ardea, Carséolos o Alba (tres lugares del Lacio)8 , dedicó sin duda gran parte de su tiempo y lo mejor de sus energías: Columela demuestra un profundo conocimiento de la labranza, a la vez erudito y práctico, que presupone el contacto directo y continuado con la realidad de las uillae . Otra finca, mencionada en la Res rustica a propósito de la maravillosa feracidad de sus vides, ha sido —es todavía— objeto de controversia: en III 3, 3, el gaditano dice in nostris Caeretanis; y en III 9, 6, dirigiéndose a Silvino, también propietario en el mismo lugar, in Caeretano tuo9 . Pues bien, la ubicación de esos agri C(a)er(r)etani ha sido bastante discutida. Adoptada en principio la lección Cerretani , se identificaron durante mucho tiempo con los cerretanos de la Tarraconense citados, entre otros, por Marcial, hasta que los Rodríguez Mohedano, y tiempo después W. Becher, defendieron la tesis hoy más aceptada, que restituye la forma Caeretanus y sitúa esas tierras de Columela y de su amigo Silvino en la etrusca Caere , hoy Cervéteri, a pocos kilómetros de Roma por la vía Aurelia10 . Existe, en fin, una tercera hipótesis que lee Ceretani y sitúa esos campos en la hispana Ceret (hoy Jerez); formulada primero y desestimada luego en el ámbito de la filología germánica, esta identificación —que implica también a Silvino como possessor en la Bética— ha sido defendida de nuevo con renovada argumentación por don Antonio Tovar11 . Sobre la fecha de la muerte de nuestro autor, distintos indicios apuntan a que le sobrevino en edad avanzada, aunque seguramente no más allá de los 65 ó 70 años (Plinio, que escribe por los años setenta del siglo, lo cita ya como no vivo).

Una cuestión, en fin, habitualmente preterida en los últimos tiempos, aun sin estar del todo resuelta, es la posible identidad de nuestro agrónomo y el filósofo neopitagórico Moderato de Gades. Tal posibilidad fue planteada por Nicolás Antonio, quien no acaba de decidirse al respecto, y Fabricio la recoge en su Bibliotheca Latina , juzgándola muy improbable12 . Los Mohedano, en cambio, se inclinan por identificarlos, aunque con ciertas reservas, y un siglo después, Bücheler seguirá encontrando muchos puntos comunes a uno y otro, lo que le llevará a defender, si no la identidad, sí un parentesco entre ambos13 .

Obra

De sus escritos hemos conservado la Res rustica , en doce libros, y un Liber de arboribus que todos los manuscritos conservados traen inserto en la obra mayor como libro III, de manera que durante siglos la tradición conoció un solo tratado con trece libros. Enseguida me referiré a los interrogantes de todo tipo que el Libro de los árboles plantea.

Aparte, Columela mismo afirma (XI 1, 31) que había compuesto también una obra aduersus astrologos con el fin de refutar la creencia exagerada en el influjo de los astros en el clima; y en otro lugar nos dice que tiene intención de escribir acerca de «los ritos seguidos por los antiguos en las lustraciones y demás ceremonias que se hacen para favorecer la cosecha» (II 21, 5), pero ignoramos si llegó a cumplir su propósito. Por último, casi todos los manuscritos que presentan la tabla de materias al final del libro XI (entre ellos los más antiguos, carolingios, el Sangermanensis , S, y el Ambrosianus , A), añaden una nota advirtiendo que, además de los doce libros, existe otro dedicado a Eprio Marcelo14 que trata de las viñas y los árboles. Si la nota, como parece, no es de Columela, sino posterior, sí certifica al menos un momento de la tradición de la Res rustica con los doce libros originales, antes de la inserción del De arboribus como libro III15 .

Contenido y estructura de la «Res rustica»

El presente es el primero de los dos volúmenes de que constará la obra de Columela en esta Biblioteca Clásica Gredos; incluye el Libro de los árboles y los libros I a V de la Res rustica (La labranza) . Falta, pues, un segundo volumen que completará la traducción de la Res rustica con los libros VI a XII. En los párrafos siguientes me referiré al contenido de la obra y a su distribución en los distintos libros. Vaya por delante que la Res rustica columeliana es, sin lugar a dudas, la obra más completa e innovadora que la Antigüedad nos ha legado en materia agronómica. Según una convención habitual en la poesía didáctica, escrita con un destinatario expreso (el Perses de Hesíodo, el Memio de Lucrecio, etc.), los doce libros de la obra mayor están dirigidos a un tal Publio Silvino, de quien nada se sabe salvo lo que en ella leemos. La ausencia de otras fuentes que aporten más datos sobre él, junto con el hecho de servir a veces como contrapunto a las tesis agronómicas del autor, movió a P. D. Carroll a sostener el carácter ficticio del personaje, que habría sido inventado por Columela para personificar ideas contrarias a las suyas25 . La hipótesis, seductora en algunos aspectos, casa mal con determinados pasajes de la Res rustica donde la referencia a Silvino produce más bien una impresión de autenticidad, incluso cuando ejerce ese papel de contraposición a que aludíamos, como en V 1, 1-4, donde Columela justifica no haberse ocupado de ciertos aspectos de la agricultura, aunque acaba cediendo a los ruegos de su interlocutor. Si se trata de una invención funcional, sin más, no se ve la necesidad de atribuirle la propiedad de una finca concreta (III 9, 6) o de mencionarlo en compañía de otros amigos del autor que sí conocemos, Marco Trebelio, por ejemplo (V 1, 2-3), o Galión (IX 16, 2).

El libro I comienza con un largo prefacio general, de gran importancia para conocer el pensamiento de nuestro escritor, solemne y pleno de amargo entusiasmo, si así puede decirse, pues en él se funde la queja por el mal estado de la agricultura con la exposición del verdadero origen de esos males y su posible remedio. Como otros escritores latinos, Columela funda el prestigio de la agricultura en el mos maiorum y los viejos exempla , pero al mismo tiempo es evidente, en este Prefacio como en el resto de la obra, la voluntad de procurar, más allá de una economía de subsistencia, la mayor rentabilidad de los cultivos26 . Sigue una nutrida relación de escritores griegos y latinos —más el cartaginés Magón— de agricultura, y expone luego Columela las condiciones requeridas por la hacienda en cuanto a su ubicación, la calidad del suelo y la salubridad del lugar, ocupándose también de las edificaciones que habrán de levantarse en ella. Termina el libro con instrucciones para el propietario y el capataz referentes al modo de tratar al personal servil. El segundo libro se abre, a instancias de Silvino, quien ha leído ya el primero, con una renovada refutación de la doctrina común que veía el agotamiento de la tierra como un proceso inevitable, y contra la cual Columela se había manifestado en el Prefacio general, para pasar enseguida a describir las clases de terreno y, sobre todo, pues ese es el contenido principal del libro, las labores necesarias para el cultivo de cereales y legumbres. Interesa señalar que en el códice S (Sangermanensis , siglo IX ), el de mejor nota, el libro II es titulado sementiuus , esto es, «el de la siembra»27 , y cultivos de siembra son, en efecto, los de los cereales y las legumbres (incluidas las plantas forrajeras) que en él se exponen.

Recordemos que el De arboribus o Libro de los árboles figura en todos los códices conservados como liber tertius , insertado entre el sementiuus y el surcularis prior , de manera que éste (aun siendo en puridad el III) se convierte en el libro IV de la tradición manuscrita, y así los siguientes hasta el XII y último, que es el XIII de los manuscritos30 . Se ha dicho que su contenido resume el de los libros III, IV y V, pero en realidad lo que en él encontramos es una exposición parcial del contenido de esos libros, ya que en determinados asuntos el texto corre en paralelo, llegándose en algunos puntos a una equivalencia prácticamente literal, mientras que muchos otros aspectos expuestos en ellos faltan por completo en el Libro de los árboles . Dos circunstancias (¿independientes?) hacen particularmente llamativa la relación entre el libro V de la Res rustica y el De arboribus . La primera, el sorprendente mal estado del texto en el libro V, sobre todo desde el capítulo 8 hasta el final; la segunda, el ceñido paralelismo textual, en especial a partir de V 5, 10 / árb . 18 (en esta parte el texto es prácticamente idéntico).

La parte pecuaria de la Res rustica incluye primero un par de libros, el VI y el VII, dedicados respectivamente al ganado mayor (buey, mula y caballo) y menor (oveja, cabra y cerdo, más el perro y el asno), con un prefacio común a ambos y amplias nociones de veterinaria. Los dos libros restantes, el VIII y el IX, exponen las villaticae pastiones , esto es, la cría de animales de granja, según esta distribución: gallinas, palomas, tordos, pavos, gansos y patos, más la piscicultura, se tratan en el octavo; las reservas de caza (liebres y otros animales salvajes), más la apicultura, van en el noveno. El cuadro de la economía rural parece así completo, pero al final del libro IX anuncia Columela que va a tratar la horticultura, en verso, cediendo a los ruegos de Publio Silvino y de Junio Galión, el hermano de Séneca. Y escribe el libro X, con más neta ambición literaria que los anteriores, en la estela de las Geórgicas virgilianas y del poema didáctico alejandrino31 . Las descripciones brillantes y coloristas priman en él sobre la precisión técnica que caracteriza los libros en prosa. Por lo demás, como ha señalado René Martin, Columela deja ahora la gran explotación y pasa a describir un trozo de tierra que puede cultivar un sólo hombre y que evoca el huertecillo virgiliano primorosamente atendido por el viejo tarentino (Geórg . IV 125-146)32 . Aquí como en alguna otra parte del tratado —aun siendo desde luego el autor más citado también en los libros en prosa— es Virgilio, si se me permite parafrasear a Saint-Denis, el espejo en que se mira nuestro Columela33 .

Por más que al comienzo del libro X, en su prefacio en prosa, viene a decir nuestro agrónomo que ése va a ser el último libro del tratado34 , añadirá luego el undécimo a instancias de su joven amigo Claudio Augustal, prosificando la horticultura ya expuesta en hexámetros. Pero a las labores del hortelano preceden dos largos capítulos: retoma el primero el tema, ya tratado en el libro I, de los deberes del vilicus o capataz, mientras el segundo desarrolla un calendario rústico, útil complemento para la ejecución de cuanto se ha venido explicando. Al final del libro XI, según dijimos, muchos manuscritos traen un índice por materias de los distintos libros, supuestamente añadido por el propio Columela, que parece poner fin a la obra. No es así, sin embargo, y todavía se incorpora el libro XII, el más extenso, que expone, en paralelo con el prontuario del vilicus recogido en el libro anterior, los deberes de su compañera y asociada, la vilica , junto con una larga serie de recetas para preparar toda clase de conservas caseras.

Consideración aparte merece el contenido ideológico de la obra, al que ya he aludido al referirme al Prefacio general. En este asunto es inexcusable acudir al estudio de René Martin sobre el pensamiento social y económico de los agrónomos latinos35 , cuyas conclusiones, discutibles a veces, han sido punto de partida obligado para cualquier estudio ulterior. Las relativas a Columela (págs. 289-373) fueron refundidas por el mismo Martin en unos pocos y densos párrafos publicados después36 , que intento a mi vez sintetizar aquí. Tras afirmar la ausencia de innovación tecnológica relevante en la obra de nuestro agrónomo, el investigador francés señala su extraordinaria significación, por el contrario, como pensador económico. Columela parte de una actitud activa que le lleva a analizar con particular lucidez la mala situación de la agricultura itálica, propugnando —contra el abandonismo que se resigna a la agrorum infecunditas como a una fatalidad inevitable— el replanteamiento racional de las formas de producción. Esta nueva visión de lo que es y puede ser la agricultura, expuesta a lo largo de la obra, y particularmente en el Prefacio general, se concreta en los puntos siguientes.

Partiendo de una perspectiva que enlaza con Virgilio y el pensamiento estoico, nuestro autor desarrolla lo que se ha dado en llamar «ideologia della terra»37 , en virtud de la cual la agricultura debe ser considerada como la primera actividad humana por su valor ético, económico y social; desechados el ejército y el comercio como medios ilícitos de fortuna, la propiedad y explotación de la tierra aparecen como fundamento de la sociedad y el Estado. Columela rechaza la teoría de la creciente esterilidad del suelo, expuesta ya por Lucrecio: en opinión de nuestro agrónomo, la tierra no envejece, ni es cierto que un cultivo intensivo agote su capacidad generadora, sino que el problema reside en la adecuada nutrición del suelo38 . Consecuentemente, Columela defiende con insistencia el abonado del terreno, que en su época sólo podía ser orgánico. De ahí su interés por unir agricultura y ganadería, vistas por él (VI 1) como complementarias; critica así implícitamente la práctica común entonces de trasladar el pastoreo al saltus , con lo que las tierras de labor quedaban privadas del principal medio de reconstitución. Con todo, inmerso en una sociedad y un modo de producción esclavista, Columela no cuestiona el sistema como tal, sino su funcionamiento. Propone medidas concretas para males que diagnostica sin embozo (el absentismo de los propietarios, la descuidada elección de capataces y esclavos)39 y aconseja tratar con consideración —más por interés que por humanidad— la mano de obra servil. La escasa viabilidad de tales propuestas no impide que la suya sea una de las reflexiones más lúcidas llevadas a cabo en la Antigüedad sobre el sistema de producción esclavista. Pero su idea más original quizá sea que el propietario ha de tener la posibilidad y, sobre todo, la voluntad de «invertir», introduciendo mejoras en el proceso productivo, fundamentalmente en cuanto a la calidad de la mano de obra. Se advierte aquí de nuevo una actitud de sorprendente modernidad, que prefigura los modos capitalistas40 . Plinio el Viejo defenderá, al contrario que Columela, el abaratamiento de los costes de producción como único medio de compensar la inevitable, al parecer, mengua de las ganancias41 . Tales son, al hilo de la exposición de René Martin, las ideas más relevantes en la ideología social y económica de nuestro autor. Conforman un análisis detallado y penetrante de la agricultura romana, y en no pocos aspectos prefiguran directrices y conceptos de la historia económica posterior42 .

Fuentes y método

Columela hace gala de un amplio conocimiento de la tradición agronómica. La lista de autoridades que ofrece en I 1, 7-14, comprende más de cincuenta nombres, entre griegos (Hesíodo, Demócrito, Jenofonte, Arquitas de Tarento, Aristóteles, Teofrasto, y otros muchos que apenas conocemos) y latinos. Éstos son diez: Catón, los dos Saserna, Tremelio Escrofa, Varrón, Virgilio, el tratadista de apicultura Higino, Cornelio Celso y dos especialistas en la viticultura, Julio Àtico y Julio Grecino; a los que hay que añadir el púnico Magón —rusticationis parens , lo apoda—, a quien lee en su versión latina. Es evidente, sin embargo, que no todos los autores de esta larga nómina han sido utilizados por igual. Como ha señalado B. Baldwin43 , son ciertamente las obras latinas —incluida la de Magón— las más utilizadas, y entre ellas las Geórgicas virgilianas constituyen un caso especial; Virgilio es citado más de treinta veces, algunas mediante epítetos que suplen su nombre y que van desde el encendido verissimus vates (I 4, 4) al sencillo poeta (VI 27, 4), «el poeta» por antonomasia44 .

Con todo, esta devoción por Virgilio no impide a nuestro agrónomo impugnar su doctrina cuando lo cree necesario, y lo mismo sucede con los restantes autores. Pues Columela se sirve de las fuentes filtrándolas a través de su propio criterio, seleccionando y valorando lo que en ellas lee. No suele quedarse en mero compilador o divulgador de las teorías expuestas por sus predecesores, sino que valora esa información a la luz de su experiencia personal, abierta a cualquier innovación ventajosa. Experto mihi crede, Siluine …, pide a su destinatario (IV 3, 5), es decir, «créeme porque no hablo de oídas, sino por experiencia». Su examen crítico de las opiniones de los agrónomos precedentes se funda en la constante experimentación; de ahí que haya podido afirmarse que his most important source is his own practical knowledge45 , y que no parezca excesivo calificar de «científico» el método del gaditano46 . Todo lo cual no impide a nuestro Columela ser hijo de su tiempo y dar cabida en su tratado a prácticas y opiniones que hoy consideramos descabelladas47 . Su actitud, en fin, ante la tradición es la de un matizado respeto, como muestran las siguientes palabras: «Mas, sean las que fueren las causas en razón de las cuales la agricultura de nuestro tiempo difiere de la de los antiguos, no deben disuadir de leerlos a quien está aprendiendo. Pues en sus obras es mucho más lo que merece nuestra aprobación que lo que merece nuestro rechazo.» (I 1, 6)

Lengua y estilo

Aunque sabemos que no resulta impropia en la literatura técnica antigua, la calidad estilística de la Res rustica llama nuestra atención si la comparamos con la lengua de los demás agrónomos latinos, en particular Catón y Paladio. Esa calidad, que los estudiosos de las letras romanas han reconocido habitualmente a nuestro autor, determinó, por ejemplo, que el erudito escritor ilustrado Cándido María Trigueros apodara ya a Columela «el Tulio de la Labranza»48 . La mención de Cicerón se revela algo más que simple marchamo de calidad y clasicismo: la influencia del Arpinate es visible desde el comienzo mismo de la obra (Saepenumero ciuitatis nostrae principes audio culpantis …, en paralelo con el principio del De oratore (Cogitanti mihi saepenumero et memoria uetera repetenti…) , y continúa con otros puntos de contacto que muestran cómo Columela ha elegido los tratados retóricos de Cicerón como modelo preferente para el Prefacio inaugural de la Res rustica49 . De este Prefacio ha dicho Richter que constituye «uno de los más notables testimonios del ciceronianismo en el siglo I después de Cristo»50 . Así pues, sin que ello pueda sorprendernos, Cicerón es una referencia fundamental para comprender y valorar los procedimientos retóricos de la prosa de nuestro autor; es presumible que en su formación de adolescente —todavía en la Bética, suponemos— él fue, junto con Virgilio, el principal modelo. Luego vendrá a añadirse a ambos el Varrón agronómico, con quien Columela establece una relación más propiamente de aemulatio: no en vano aspiraba, hasta cierto punto, a suplantarlo, como en general a la tradición agronómica anterior. Lo que no impedía tenerlo presente también a efectos retóricos, al igual que debió de ocurrir con otra fuente todavía más próxima y de dicción más sobria, el Celso agrícola que hemos perdido y que seguramente influyó no sólo en la materia, sino en la expresión literaria del gaditano. Forma y contenido son inseparables en su idea de la agronomía; así, en II 1, 2 dice de su predecesor Tremelio Escrofa que «transmitió a la posteridad, con elegancia y saber unidos, gran número de preceptos agrícolas»51 . Es así como, con dos modelos básicos, Cicerón y Virgilio, más la presencia de Varrón y Celso, entre otros, había de configurarse la lengua y el estilo de Columela como una muestra, característica y peculiar a la vez, de la latinidad argéntea. Se habla a este propósito de una prosa artística en la que se difuminan las fronteras entre lengua de la prosa y lengua de la poesía, y se contrapone el latín enérgico, pero un tanto oscuro y áspero, del Varrón agronómico con la fluidez y elegancia de Columela52 . Y no se crea que esa calidad literaria ha beneficiado siempre a nuestro autor, pues a la larga iba a suponer un obstáculo para la difusión de la Res rustica , ya desde la tardía Antigüedad y durante los siglos oscuros. Plinio el Viejo y Paladio53 criticarán, con velada alusión a Columela, el uso de un estilo rebuscado cuando el tema y el destinatario de la obra requieren una exposición sencilla; y Casiodoro, en el umbral de la Edad Media, recomendará a sus monjes iletrados «la absoluta claridad» (planissima lucidatio) de Paladio, frente a un Columela difícil, disertis potius quam imperitis acommodus , esto es, «más adecuado para las gentes cultivadas que para los inexpertos» (Instit. div . I 28, 6).

No disponemos, sin embargo, de un estudio completo y sistemático de la lengua de Columela, y esta ausencia se traduce en apreciaciones a veces poco firmes e incluso en una cierta contradicción. Un punto dudoso, por ejemplo, es su observancia o no de las normas de la prosa métrica; mientras unos la suponen o la intuyen54 , hay quien adopta al respecto una actitud más prudente: Josephson, en la Introducción de su fundamental estudio sobre la tradición manuscrita de nuestro autor, declara que, vista la discutible evidencia del carácter rítmico de la prosa columeliana, no ha tomado en consideración ese hipotético «Prosarhythmus» como criterio para el establecimiento crítico del texto. Y ello en razón de que él mismo ha contabilizado las distintas cláusulas presentes en una muestra de la Res rustica (el Prefacio general, del libro I, y el libro IX entero) y comparado los resultados con autores de la misma época (Plinio, Frontino, Séneca), llegando a la conclusión de que, en conjunto, la frecuencia de esas cláusulas en Columela «está más cerca de la de un texto no métrico que de la de uno típicamente rítmico (Séneca, Cicerón), si bien, por otro lado, no es mucho menor que la de Plinio el Viejo o la de Frontino»55 . Y si esta divergencia se da en un aspecto objetivo, cual es la prosa métrica, no habrá de extrañar que se produzca al evaluar rasgos de estilo más difusos, tales como el gusto por el color o un cierto dramatismo expresivo, que suelen atribuirse a los escritores hispanos del siglo I , Columela entre ellos. Si bien esto se ha dicho sobre todo del libro X, y de ello hablaré luego, a veces la etiqueta de «estilo español (hispano)» se extiende también a la prosa, aunque sea para negarlo, como en estas palabras de J. Wight Duff: «Una cosa, al menos, es reconfortante, que [Columela] no carga al lector con trozos de lucimiento o con los artificios de su época. Hay en él alusiones a costumbres hispanas y a nombres hispanos, pero no hay retórica hispana»56 .

Resulta significativo, en fin, que Francesca Boldrer recurra todavía57 a lo escrito por Kottmann o Kappelmacher, a principios del pasado siglo, sobre la lengua de Columela58 . Martin, que cita también a Kappelmacher, se contenta con dar unos cuantos rasgos generales: búsqueda constante de la variatio en la sintaxis (gran número y variedad de subordinadas) y el léxico (abundancia de sinónimos), gusto por la disposición simétrica (o mediante correlaciones) de los miembros de la frase o del período, y respeto de las exigencias de la prosa métrica59 . La falta de un estudio reciente sobre la lengua de nuestro agrónomo resulta menos comprensible tras la aparición del Index60 y la generalización de los medios informáticos, por más que en el campo lexicográfico sí han aparecido algunos trabajos61 . Así las cosas, me limitaré a enumerar a continuación algunas características de la lengua y el estilo de la Res rustica , sirviéndome para ello de las observaciones de Kappelmacher y de Richter, así como de mi propia experiencia de traductor.

Rasgo principal, unánimemente señalado, es la variatio62 , tanto léxica como sintáctica. Kappelmacher63 aporta, entre otros, los ejemplos de «arar», esto es, arare y sus muchos sinónimos (inarare, imporcare, agros sulcare, agrum uertere, terram uersare, ueruagere agros, terram subigere, terram resoluere, terram perfodere , etc.), o la secuencia de distintos pronombres: pollicem… quem quidam custodem, alii resecem, nonnulli praesidiarium appellant (IV 21, 3)64 ; o bien señala variaciones de caso, de persona o de modo en determinados pasajes. Anota asimismo el gusto por fórmulas aliteradas, del tipo alacer atque audax (VII 6, 9), o por la lítotes; y advierte la ausencia de preposición en construcciones como abstinere (ab) aliqua re o spectare (ad) más acusativo, así como la tendencia a usar el adverbio longe , en lugar de multo , seguido de comparativo: longe laetior , v. gr., en V 6, 3. En conjunto, la impresión que se obtiene no es precisamente la de una total dependencia de su admirado Cicerón, sino la de una lengua que, al decir de Kappelmacher, se sitúa «en la línea que lleva de Salustio65 a Tácito, pasando por Livio y Virgilio». Los tecnicismos que en ella encontramos serían los propios de la materia tratada, aunque ese dominio lingüístico del tema no está libre de cierta pedantería. Y como trazo final del estilo de nuestro agrónomo, reconocido también por todos, anota Kappelmacher el gusto por la personificación del mundo natural, fruto del aliento poético que respira su obra y de su amor por la Naturaleza.

Richter se detendrá en este rasgo básico de la expresión columeliana, señalando analogías, paralelismos o comparaciones que humanizan plantas y animales66 . Así, la analogía entre el organismo vegetal y el cuerpo humano de III 10, 9-11, con sus funciones respectivas, inspirada en Platón y en los estoicos; o la traslación de términos entre los mundos vegetal, animal y humano: el estiércol es el alimento con que «cebamos» al campo (II 5, 1); la cepa es como alguien a quien hay que tratar «con clemencia» (IV 27, 2); el árbol injertado debe «servir» al injerto (V 11, 11); el ganado se recoge y se cuenta al igual que se hace en la milicia con los soldados (VI 23, 2-3); el palomar se dispone de tal o cual manera para evitar «la tristeza» y el debilitamiento de las aves que están criando (VIII 8, 4). Más allá del estilo, en estos ejemplos advertimos una idea trascendente, un sentimiento de la Naturaleza. Subraya asimismo Richter67 la atención prestada por Columela al léxico agrícola, pero no entendido como terminología, sino como «uso lingüístico» (Sprachgebrauch) que en muchos casos conocemos precisamente por él. «Los agricultores lo llaman de tal o cual manera», dice a menudo el gaditano, e incluye también denominaciones no romanas: galas (candetum, candosoccus) , hispanas (Vulturnus, zaeus) y sobre todo griegas (éstas abundan en la zootecnia y la veterinaria, así como en la horticultura), indicio fehaciente de su competencia en esta lengua. En cambio, las veleidades etimologistas al modo de Varrón no tienen cabida en su tratado. Su interés por el origen de las palabras es menor que el que siente por los objetos y su denominación entre los labradores, así como por la práctica misma de la agricultura: lo cual hace pensar —concluye— que Columela destinaba su obra a distinguidos terratenientes urbanos, a quienes quería dar a conocer los nombres y técnicas agrícolas reales para ganar su confianza.

He aquí algunos rasgos característicos de la lengua y el estilo de Columela. Pero queda, seguramente, mucho por decir, y algo de ello descubre la práctica de la traducción68 . En cuanto a los recursos estilísticos, por ejemplo, y aun siendo la variatio el más evidente, constatamos también cierta predilección por determinadas figuras, como la hendíadis69 . Y en el terreno de la sintaxis son muchos los usos que merecen anotarse, de los que doy una muestra a continuación. Particular interés suscita el empleo de los pronombres: neutralización de la oposición identificador / enfático (idem / ipse)70 ; uso de ipse con valor cercano a ille o is , semejante a un artículo71 ; correlación unus … alter … (IV 29, 11), equivalente a alius … alius …; utilización de algunos distributivos como cardinales72 , etc. En la sintaxis de los casos, el ablativo presenta algunos empleos notables que no puedo detallar aquí (mencionaré sólo el de in + ablativo con valor instrumental73 ); y en la oracional, llama la atención el uso de algunos nexos o partículas, como el at de transición (IV 22, 7), más que adversativo, o iam también como partícula de transición normalmente acompañada de otra partícula (IV 21, 2: iam enim; IV 24, 6: iam uero) , o el adverbio quamdiu como conjunción equivalente a dum (IV 24, 7). Pero es seguramente en el léxico donde podríamos extendernos más, en razón de su riqueza y precisión; señalaré al menos que no sólo encontramos la consabida uariatio , sino su contrario, esto es, el uso polisémico del mismo término74 , algo que puede causar serios problemas al traductor. Un ejemplo notorio sería iugum , que no sólo significa «yugo» de uncir los bueyes, en el libro II, y «soporte» de la vid emparrada, en el III, sino que en el IV tiene la acepción más concreta, de «pértiga» o «travesaño», acorde con la definición que de esa voz daba Varrón en sus Res rusticae (I 8, 1). Incluso palabras en principio tan inofensivas como uinea y uitis varían ocasionalmente su sentido habitual, presentándose a veces como términos intercambiables. No hablemos ya del significado de algunos tecnicismos, acerca de los cuales existe una bibliografía específica: el caso de bipalium —se discute si se trata de un apero o de una técnica, o ambas cosas— es quizá el más conspicuo75 .

Volviendo a consideraciones más generales, ya apuntábamos que la prosa de la Res rustica , aparte de estar esmaltada con citas del poema geórgico del Mantuano, es una prosa poetizada en mayor o menor medida. No extraña encontrar en ella expresiones como la virgiliana (Geórg . I 1) laetas segetes76 , ni cierto lirismo ocasional (tal la colorista digresión sobre el otoño de III 21, 3, donde leemos que hasta el sujeto más ajeno a la agricultura habrá de maravillarse ante el espectáculo de las cepas dispuestas según su variedad y con las uvas en sazón). Como bien hace notar Francesca Boldrer77 , la voluntad poética del gaditano, sobre todo en relación con Virgilio, se manifiesta ya en los nueve primeros libros, de forma que la composición del X en verso no parece forzada ni fuera de lugar, especialmente tras el noveno, que termina con la exposición de la apicultura, evocadora del libro IV de las Geórgicas y las flores melíferas del huerto del viejo Coricio (vv. 125-148); de esta forma, el anuncio (IX 16, 2) de la horticultura puesta en verso en el libro siguiente se produce de la forma más natural… y virgiliana. Escrito en hexámetros, el libro X, De cultu hortorum , constituye, aun contando con precedentes ilustres, un verdadero tour de force . Agricultura y poesía quedan ensambladas con variable fortuna en un carmen inspirado sobre todo en Virgilio e inscrito en la tradición del poema didáctico alejandrino. Al igual que en las Geórgicas , los principales recursos estilísticos son las perífrasis y digresiones, las alusiones mitológicas y la acumulación de nombres propios de gran sonoridad. Personificación y descripción, procedimientos habituales también en los libros en prosa, adquieren ahora dos notas especialmente características: dramatismo y colorido. En ello han querido ver algunos un rasgo propio del carácter hispano, presente también en Séneca, Lucano, Pomponio Mela e incluso Marcial78 . Otros, sin negar del todo ese tono retórico y colorista en nuestro agrónomo, estiman que la lengua poética de Columela está cerca todavía del clasicismo augusteo de Virgilio. Holgado, por ejemplo, advierte que el estilo de Columela de ninguna manera alcanza en su retoricismo «la recargada y retorcida violencia de Lucano»79 , quien escribe por los mismos años que el gaditano. Boldrer, en fin, ha puesto de relieve los aspectos originales del poema, procurando precisar y completar la visión tradicional de Columela como mero imitador de Virgilio80 . De acuerdo con su análisis, en el libro X se advierte la búsqueda de una expresión artística personal, concretada en una constante innovación, tanto léxica como sintáctica. El vocabulario empleado por el poeta adquiere su peculiaridad por diferentes vías: bien por el procedimiento de dotar a un vocablo preexistente de una nueva acepción —así el helenismo calathus («cesto») usado en el verso 99 con el significado de «cáliz» de los lirios, o numerosus aplicado a hortus («un huerto fértil, productivo») en el verso 6—, bien mediante la introducción de neologismos —a menudo fitónimos griegos, algunas veces hápax, que suplantan a los latinos, como gongylis por rapum («naba») o bunias por napus («nabo») en los versos 421 y 422, o que siguen el gusto alejandrino de lo raro y erudito (panax , v. 103; mandragoras , v. 2081 )—, bien por lo que pudiera llamarse «emparejamiento bilingüe», consistente en poner al lado de un grecismo un adjetivo o una expresión que da en latín explicación etimológica de aquél (candida leucoia , v. 97, o inmortales amaranti , v. 175, verbigracia). Además de estas particularidades léxicas, observa Boldrer ejemplos de construcciones sintácticas anómalas, desusadas o arcaizantes, todo lo cual abonaría la idea de un Columela poeta un tanto imprevisible, deseoso de mostrar una personalidad propia como escritor. Al igual que sucede con Cicerón, principal —pero no único— modelo de los libros en prosa, la adecuada valoración del décimo, de su carmen de cultu hortorum , exige ir más allá del mero virgilianismo.

Fortuna

Las montañas de Tracia —si a Virgilio creemos —

con los trenos de Orfeo se extasiaron;

pero tú, Junio, cantas esos campos agrestes

adonde, en pos de ti, van las ciudades .

¡Qué quirites, oh dioses, tuvo entonces Roma ,

cuando a tan gran agricultor veía!

Este epigrama de Teodoro de Beza82 puede aducirse como muestra elocuente del entusiasmo que Columela llegó a suscitar en el Renacimiento, del que podrían citarse no pocos testimonios repartidos por toda Europa. Mas la fortuna de nuestro agrónomo no fue siempre la misma, sino que conoció vicisitudes diversas que paso ahora a exponer a grandes rasgos. Empezando por su propia época, debe decirse que, pocos años después de ser escrita, la Res rustica es utilizada ya por Plinio como fuente principal de los libros XVII y XVIII de su Naturalis historia; más adelante, la presencia de Columela será también considerable en la obra de autores técnicos tardíos como Gargilio Marcial83 , en diversos textos de veterinaria (Pelagonio84 , Mulomedicina Chironis , Vegecio y el fragmento titulado Cura boum , tradicionalmente atribuido a Gargilio) y, muy en particular, en el Opus agriculturae de Paladio85 . Esa deuda, no siempre explícita, ha sido detallada a lo largo de varios siglos merced a la labor de los filólogos aplicados a la investigación de fuentes y loci paralleli86 .

Ya en el umbral de la Edad Media, Isidoro de Sevilla, especialmente en el libro XVII de las Etimologías —intitulado «De rebus rusticis », a pesar de que trata más bien de botánica—, se sirve de Columela como fuente, a veces sin nombrarlo. Aunque en ocasiones se ha defendido que Isidoro conoce la obra del gaditano sólo por fuente intermedia o mediante extractos, del cotejo de textos de uno y otro se infiere que el hispalense conoce y utiliza directamente la Res rustica87 . Se han señalado asimismo ecos de nuestro agrónomo en la Regula redactada por Benito de Nursia, el fundador de Montecasino, por los mismos años en que Casiodoro escribía sus Institutiones; y en general se aprecia cierto paralelismo entre la uilla descrita por Columela y la organización de los primeros monasterios88 .

La escasa difusión medieval de Columela contrasta con la de Paladio, mucho más leído en esos siglos. De antes del XV sólo conservamos —aparte de algunos excerpta — dos códices completos de época carolingia, S (Sangermanensis) y A (Ambrosianus) , copiados en Corbie y Fulda, respectivamente, y descendientes del mismo arquetipo. Una línea de transmisión distinta, itálica, aparece en los manuscritos R (los recentiores humanísticos), más de cuarenta; éstos son posteriores a la llegada a Italia del Ambrosianus (A) a comienzos del siglo XV , en el equipaje de Poggio Bracciolini, y en ellos se encuentran las dos líneas de la tradición, SA y R, representadas en proporción variable. El siglo xv marca, en efecto, una neta inflexión en la pervivencia y aprecio del tratado columeliano, que entonces es copiado y estudiado con fruición, llegando a desbancar a Paladio: si Piero dei Crescenzi, al empezar el siglo XIV , desconoce a Columela (pero no a Catón, Varrón o Paladio), cuando Alonso de Herrera escriba su Obra de Agricultura en los primeros años del XVI , el gaditano se contará entre sus fuentes principales. Dentro de la tradición de la Res rustica , los códices desaparecidos merecen una mención especial. Ya he aludido a la existencia de una línea de transmisión itálica, independiente de SA, que interviene en la prole de manuscritos humanísticos, los cuales, aunque «contaminados» por A, descienden de un códice R deperditus , probable copia de otro manuscrito, también perdido, cuyo texto era incompleto (sus carencias han sido suplidas en R mediante el texto de A); este texto incompleto constituiría el único testimonio conocido de Columela en Italia anterior a la llegada de A. Tenemos asimismo noticia de otros códices desaparecidos, presumiblemente humanísticos, como el Demidovianus moscovita o el escurialense cuya ausencia se advierte tras el incendio de la biblioteca del monasterio en 167189 ; en sentido contrario, la colación parcial de cierto códice pergeñada por Cándido María Trigueros, el erudito ilustrado que tan familiar resulta a los epigrafistas, apunta a la superchería. Del Mosquensis Demidovianus , devorado por las llamas en 1812, conservamos lecturas90 que, con la debida cautela y por poco que contribuyan al establecimiento del texto, deben tenerse en cuenta para conocer y valorar el conjunto de la tradición; y lo mismo cabe decir de las variantes de los manuscritos dados a conocer en trabajos recientes, por más que no aporten grandes novedades, pues pertenecen al nutrido grupo de copias humanísticas (R): de los cinco códices columelianos conservados en bibliotecas españolas, por ejemplo, dos —el Barcinonensis (Barcelona, Biblioteca de Catalunya, ms. 626) y el Colombinus (Sevilla, Biblioteca Capitular y Colombina, ms. 2-3-23 [5])— no fueron conocidos por los editores suecos ni han sido tenidos en cuenta en ediciones posteriores91 .

Suele darse la fecha de 1472 para la editio princeps de los agrónomos latinos, y ésa es la fecha de los primeros ejemplares conservados, pero hay indicios —el testimonio de Fabricius y de Ernesti, fundamentalmente— de que pudo haberse publicado dos años antes, en 1470, siendo la de 1472 una reimpresión92 . En cualquier caso, en esta primera edición de los agrónomos —Venetiis, apud N. lenson, G. Merulae Alexandrini auspiciis —, el texto de Columela está basado en uno o varios códices sin identificar, pero pertenecientes a la línea de transmisión R sin contaminación apreciable de A, a juicio de Josephson93 . Las siguientes ediciones, también italianas, anteriores a la veneciana de 1514, son en líneas generales meras reimpresiones de la princeps (únicamente la boloñesa de 1494 modifica a veces el texto, con algunas conjeturas acertadas). La llamada editio Aldina (Venecia, 1514) supone un salto cualitativo: introduce nuevas colaciones de manuscritos y conjeturas, y el texto cambia bastante; el criterio de «reconstrucción» humanístico (mediante correcciones, normalizaciones e interpolaciones) es evidente, apreciándose además el influjo de un determinado grupo de recentiores . Recordaré que ésta es además la edición que restaura la ordenación original de los libros, separando el De arboribus del cuerpo de la Res rustica (en el que se encontraba inserto como libro III, en la tradición manuscrita, según vimos). El texto constituido en esta edición, el de la vulgata humanística, perdurará en gran parte en las siguientes, hasta la edición actual de referencia, acometida por Lundström a fines del siglo XIX . Ahora bien, durante el siglo XVI , las ediciones —a las italianas se unen ahora las francesas y alemanas— incorporan comentarios diversos y aparecen las primeras traducciones al alemán, al italiano y al francés; y tras un cierto vacío editorial en el XVII , el siglo XVIII traerá consigo, con el desarrollo de la filología alemana, la edición de los agrónomos latinos desde supuestos críticos cada vez más rigurosos (edición de Gesner en 1735, revisada por Ernesti en 1773-1774; edición de Schneider, que tiene al fin en cuenta las lecturas de S, el códice de mejor nota, en 1794-1797).

Puede decirse que el prestigio del texto columeliano —una vez recuperado en su integridad al traer Poggio a suelo italiano el futuro Ambrosianus — corre parejo al desarrollo del humanismo. Las ediciones suelen ilustrarse mediante notas de sólida erudición, y en especial el libro X es leído y estudiado con fruición: se edita solo o acompañado de otros textos, a veces poemas renacentistas de tema más o menos afín, y merece la atención de humanistas de primera fila que se aplican a comentarlo, de Julio Pomponio Leto a Piero Vettori. Una parte de esa labor quedó inédita, a la espera de que su análisis pueda contribuir al mejor conocimiento tanto de la Res rustica como del propio método de trabajo y los intereses de los humanistas. Entre esos materiales, por ejemplo, figuran las anotaciones hechas por Poliziano en su ejemplar de la edición de 1472, conservado hoy en la Bibliothèque Nationale de París, o el comentario de Vadianus al libro X que guarda la biblioteca cantonal de Sankt Gallen94 .

Columela en España

Poco más cabe decir de la fortuna medieval de Columela en nuestro país: tal vez la ficción del códice de Trigueros —fechado por él en el siglo XI — tenía por objeto salvar ese largo silencio, imaginando una pervivencia de la que no tenemos mayores indicios que los apuntados. De los manuscritos existentes en bibliotecas españolas, todos humanísticos, hemos tratado ya; copiados en Italia en el siglo XV , conocemos en algún caso (el escurialense de Jerónimo Zurita, las copias parciales de la Colombina, el bello ejemplar napolitano conservado en Valencia) las circunstancias de sus poseedores y de su llegada a España; dan fe del interés por la agronomía antigua y por nuestro autor en particular, un interés que aflora aquí y allá, en humanistas y escritores españoles de los siglos XVI y XVII , en latín o vulgar. Destaca la decidida valoración de la lengua y el estilo de la Res rustica por parte de humanistas como Nebrija99 o Vives: en el tercer libro de su De tradendis disciplinis , el segundo recomendará la lectura de los agrónomos latinos con el fin de adquirir un vocabulario específico, y elogiará en particular la elegancia de Columela. Todo ello acorde con el general entusiasmo que la recuperación del texto completo de nuestro autor había suscitado en Italia; ya dijimos que la llegada allí del Ambrosianus había dado lugar a una abundante prole de manuscritos humanísticos. Del mismo modo, a partir del siglo XV son numerosos los testimonios que confirman a Columela como autor muy leído y apreciado (véase el epigrama de Teodoro de Beza copiado más arriba como muestra de esa valoración, que hoy puede llegar a sorprendernos).

Esa decidida estimación de nuestro agrónomo se produce en una doble vertiente: la del estilo, ya mencionada, y la del contenido de su obra, considerada útil hasta el siglo XIX . Así, es en la tradición agronómica donde encontramos una ponderación más clara de la Res rustica y su doctrina, de manera que se convierte en fuente importante de la agronomía europea e inspira a menudo textos más amplios, de teoría económica sobre todo (arbitrismo, fisiocracia). A esta doble consideración se añade en España la de su origen hispano: en el De adserenda Hispanorum eruditione (Alcalá de Henares, 1553), por ejemplo, Alfonso García Matamoros celebra la patria bética de Columela junto a la latinidad pura y elocuente de su prosa, preferible en su opinión a la de los otros escritores romanos de agricultura; Columela —dice— trató «de re rustica minime rustice»100 . Y en el siglo XVIII , en medio de polémicas constantes sobre la aportación de cada país al común europeo (recuérdese el artículo «Espagne» de la Encyclopédie) , la vindicación de nuestro autor como «gloria de la nación española» será habitual. Claro que hoy nos parece más que discutible adjetivar como español a quien pertenecía a la lengua y la cultura de Roma, pero la vigencia de esa perspectiva durante siglos es bien conocida y ha actuado como tal en nuestra historia cultural hasta fechas más recientes de lo que uno podría suponer.

Si hablamos de tradición agronómica, hemos de mencionar la Obra de Agricultura (Alcalá de Henares, 1513) de Gabriel Alonso de Herrera, el primer tratado sobre la materia escrito directamente en vulgar, por encargo del cardenal Cisneros, que alcanzaría gran difusión también fuera de España. Aun a falta de un análisis exhaustivo de las fuentes, la deuda de Herrera para con Columela es considerable; nuestro agrónomo ocupa el cuarto lugar por el número de citas expresas, sólo superado por «el Crecentino» (Piero dei Crescenzi), Plinio y Paladio. Ahora bien, ya vimos que tanto Plinio como, sobre todo, Paladio se sirven de Columela, y Crescenzi tiene a Paladio como fuente principal, de manera que podría darse el caso de que algunas citas de estos autores en Herrera remitieran en realidad a Columela. Por otro lado, una lectura atenta de la Obra de agricultura , incluidas las adiciones que el autor hizo al texto de la primera edición, revela enseguida la presencia encubierta de más contenidos columelianos; así tuve ocasión de comprobarlo en el análisis del Prólogo recogido en mi libro. Herrera asume una tradición compleja: las fuentes son tanto clásicas como medievales —algunas de éstas son árabes— y se presentan teñidas de una ideología cristiana; además, el autor demuestra conocimiento de la agricultura española, italiana y francesa. Refiriéndose a la patria común tanto como a la importancia de las obras de ambos, un ilustrado de última hora hablará de Herrera como de «un segundo Columela»101 , y quizá esto deba entenderse de forma todavía más literal, en el sentido de que la obra de Herrera tuvo seguramente el efecto de hacer innecesaria para el público español la traducción de la del gaditano; esa ha sido al menos la ocasional explicación, por lo demás verosímil, de que en nuestro país no se hubiera traducido hasta muy tarde la Res rustica , algo que otros países de Europa habían hecho hacía tiempo.

Tras Herrera —cuya obra, por lo demás, seguirá imprimiéndose durante mucho tiempo—, la agronomía española de los siglos XVI y XVII muestra una clara inclinación a la reflexión económica y política, especialmente en los textos arbitristas, que anticipan la actitud ilustrada ante la cuestión agraria. Se plantean entonces polémicas duraderas, como la que enfrenta a partidarios y detractores de la labranza con mulas, o la defensa de los intereses ganaderos —la todopoderosa Mesta— frente a la agricultura. Aunque está todavía por determinar la presencia de los agrónomos latinos —y en particular de Columela— en la mayoría de esas obras, sí he tenido ocasión de examinar las de dos arbitristas, Deza y Caxa de Leruela, del primer tercio del XVII . La huella de Columela, en particular de los aspectos ideológicos expuestos en el Prefacio general, es bien visible en ambos autores (sobre todo en Caxa). Por los mismos años —concretamente en 1617— vio la luz en Barcelona el manual agronómico seguramente más popular en España durante casi dos siglos, a saber, el Llibre dels Secrets de Agricultura, casa rustica y Pastoril (sic), de Miquel Agustí, con veinte ediciones documentadas, la primera de las cuales es la única en catalán, mientras la segunda (Perpiñán, 1626), bastante ampliada, ofrece la versión castellana del propio autor. Su fuente y modelo principal es L’Agriculture et Maison Rustique (París, 1564) de Ch. Estienne y J. Liébaut; esta obra y las de algunos otros, pocos, autores modernos habrían sido —a juicio de un estudio reciente102 — las únicas manejadas directamente por el escritor catalán, de manera que las citas de las muchas autoridades mencionadas, incluido Columela, serían indirectas.

Diversas circunstancias concurren para hacer del XVIII un siglo «columeliano». Nuevas ediciones y traducciones de los agrónomos latinos van apareciendo en diversos países; señalemos entre ellas la edición de Ernesti (Lepizig, 1773-1774), revisión de la de Gesner (Lepizig, 1735), y la traducción francesa de Saboureux (París, 1771-1772), pronto adoptadas como medios de trabajo básicos por los estudiosos españoles de Columela. La atención a la agronomía antigua se ve favorecida por la reivindicación del saber positivo y práctico propia de la época, que concede a la agricultura un papel preponderante como fundamento del bienestar general y del progreso; tal es la visión de los fisiócratas, que encuentran en Columela un claro precedente de sus postulados. Y si la agronomía experimenta nuevas técnicas, no desdeña por ello conocer las antiguas; de ahí la actitud de equilibrio o compromiso entre tradición e innovaciones que encontramos en muchos ilustrados. En España, la cultura oficial de la Ilustración tendrá su mejor momento en el reinado de Carlos III (1759-1788); es entonces cuando se produce un verdadero «redescubrimiento» de Columela que tiene su reflejo en importantes iniciativas, promovidas a menudo institucionalmente.

Aunque redactada en los últimos años del siglo XVII , la obra de Nicolás Antonio es ya un claro precedente de la renovación ilustrada. Su noticia sobre Columela en la Bibliotheca Hispana Vetus constituye una sólida síntesis de conocimientos luego aprovechada por Fabricio, Gesner y los Mohedano, entre otros. Muy distinta es la significación del «discurso» titulado «Honra y provecho de la agricultura», incluido en el Teatro crítico universal de Feijoo. Si la erudición crítica de Nicolás Antonio anuncia el rigor y la minuciosidad de los Mayans, Burriel o Pérez Bayer, en el benedictino de Oviedo sobrepuja el ideólogo y divulgador, en la línea de los arbitristas y los ilustrados reformadores. En su ensayo pesa más el pragmatismo que la erudición, aunque no falte la argumentación historicista y el recurso a las fuentes, entre las que sobresale la Res rustica . Pero es en la segunda mitad del XVIII y primeros años del XIX cuando la frecuencia y la diversidad de las referencias atestiguan una cierta vulgarización de nuestro agrónomo. Jesuitas expulsos, políticos, botanistas, elogian y conocen su tratado. Y junto a versiones de escaso mérito, obra del fraile oscuro o el cortesano ocioso, en esas décadas toman cuerpo proyectos tan importantes como la traducción, parcialmente realizada, de Cándido María Trigueros —la primera a nuestro idioma de que tenemos noticia—, el exhaustivo estudio de Columela llevado a cabo por los Mohedano en el octavo tomo de la Historia literaria de España , la edición bilingüe y la antología auspiciadas por la Real Sociedad Económica Matritense, o la primera traducción completa publicada, obra de Álvarez de Sotomayor.