Lo que hicimos por amor - Ignacio del Valle - E-Book

Lo que hicimos por amor E-Book

Ignacio Del Valle

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Beschreibung

Todos hemos hecho algo por amor. Con todos sus deseos y expectativas, con toda su incertidumbre y sus epifanías, con todas sus mentiras y recompensas y rencores. Con toda su felicidad. Ignacio del Valle se sumerge en una relación, la creación del amor, su desgaste paulatino, su destrucción. Todo es un proceso universal, un imaginario, una lucha diaria en la que se dirime la felicidad de dos personas. Dos voces que se entrecruzan durante toda la novela, con toda la ilusión y todo el cansancio. Humor, empatía, crudeza. El amor, «esa sensación de dicha que nos hunde en la idiotez», como definió bien Turguénev. Siempre inabarcable, lleno de cicatrices. Siempre lleno de esperanza y devastación. La primera mirada, la seducción, el primer beso, el sexo. La rutina, las pequeñas miserias, el estrés diario, la economía. Las encrucijadas, el desamor. Los finales y el silencio. Porque la historia se repite, pero no se parece. Porque la historia. Pero no se parece. Y llegas a la conclusión de que la verdadera felicidad, la única, sucede, paradójicamente, cuanto te rindes, cuanto más expuesto estás.

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Seitenzahl: 237

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ÍNDICE

1. Niza

2. Como un burro amarrado a la puerta del baile

3. Infatuation

4. En la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad

5. El pebetero

6. La espuma de los días

7. Senséi

8. Pequeños crímenes colectivos

9. Lecciones de natación

10. Terapia

11. El vacío que se traga la llama

12. Bienes raíces

13. Lauda finem

Créditos

Para Otti.

Una hogaza de pan, una copa de vino,y tú a mi lado en la naturaleza.

RUBAIYAT

Se preguntaba si acaso había entre los seres humanos un amor que no se basara en alguna clase de engaño a uno mismo.

JOHN LE CARRÉ

Con mi mano quemada escribo sobre la naturaleza del fuego.

SAFO

1

NIZA

Las veo venir por el Paseo de los Ingleses. Está atardeciendo, se mueven entre la gente, tres chicas, caminan inseguras del brazo, con tacones vertiginosos, entre risas y esa felicidad que solo es posible en la juventud. Su salida comenzó hace unas horas, cuando se probaron un vestido tras otro, se maquillaron y se peinaron unas a otras, y cada una de ellas imaginó (y se contaron) que esa noche de verano aparecería él, su chico, en cualquier bar o fiesta, su futuro amor, uno de esos amores fuertes, potentes, que teñirá cada aspecto de una relación, que la dotará de un sentido deslumbrante, y con quien acabarían besándose en el sofá de algún piso o echados en la playa. Una escena mítica que recordarían en bucle, nos conocimos en aquella fiesta, recuerdas, y luego acabamos en la playa. Quizás la memoria de él impondrá ligeras variaciones, lo que provocará una discusión rutinaria, tradicional, que formará parte de esos ritos privados que las parejas despliegan y perfeccionan con los años. Resulta extraordinario sentirse tan vivo, tanto, que su huella todavía puede sentirse a través de los años. La chica de la izquierda. Es quien te recuerda a Anabel. Parece más alta de lo que es, rubia, pálida, con un rostro indiscutiblemente cautivador. La belleza de Anabel era anómala, especialmente porque venía de un linaje genético corriente. Según me contaron en alguna tertulia familiar, no hubo indicios previos ni presagios de su belleza, de su clase. Porque es de la clase de lo que te enamoras, no de unos rasgos equilibrados o simétricos, sino de unos gestos, de una manera de estar. Resulta un prodigio, igual que la conciencia que emana de la materia.

Las chicas. Se van acercando. Van en dirección a los bares y restaurantes del casco antiguo, repletos de celebrantes, de turistas con ganas de marcha. Las mesas estarán abarrotadas. Cenarán y en breve estarán en la cola de algún pub o discoteca, riendo y fumando. Yo ya soy invisible, puesto que vivo en otro país, el de la madurez, puesto que ellas viven en otro país, el de la juventud. Podría ser deprimente, podría consolarme con que sus habitantes solo serán jóvenes durante un tiempo, con que la noche es efímera y que, cuando menos lo esperen, esas chicas se hallarán en un salón de clase media, con críos que tropiezan por el suelo, recordando aquellas noches de verano en Niza. Pero es tal la cantidad de dones que atesoran, tal la cantidad de promesas y abundancia que me siento incapaz de mezquindad: solo puedo desearles que disfruten la noche que se acerca, que les suceda lo extraordinario, que puedan hacer acopio de recuerdos suficientes para sobrevivir con elegancia al momento en que la fuente deje de manar. Llegará un día en que no se reconozcan o, mejor dicho, el momento en que deban de adecuar las expectativas, que es la mejor forma de envejecer con dignidad. Serán como yo, cincuentones enrollados que evitan vestirse con vestigios de lo que fueron, que se engañan a sí mismos un poco más de lo necesario. Las chicas. Acaban de pasar frente a mí, y ahora les veo las melenas de escándalo, esos culos gloriosos, todo ese poder injusto, irrestricto, de la belleza. La chica de la izquierda. Es quien te recuerda a Anabel. La primera vez que la viste. Como será vista por alguien esta noche, su pura y desenvuelta belleza, y tal vez convertirá su corazón en el escenario de una prueba atómica. Porque la historia se repite. Pero no se parece. Porque la historia se repite. Pero no se parece.

Porque la historia se repite.

Pero no se parece.

2

COMO UN BURRO AMARRADO A LA PUERTA DEL BAILE

Ahí están. Ese es el momento. La primera vez que la vi, sin saber quién era, en una fiesta de la Facultad de Medicina. Todo el mundo iba a aquella fiesta, abierta al resto de facultades, la más animada, la que disponía de mejores espacios. Eran los noventa en Madrid, su principio: sonaba el Baby, don’t cry, de los INXS, o Piel sobre piel, de Tam Tam Go. La chica de la izquierda… No, ya no es ella, es Anabel, está de espaldas, apoyada en una barra de chapa junto a un grifo de cerveza con el logo rojo de Mahou. Me disponía a pedir un litro de cerveza, me esperaban los amigos; vi su melena densa, rubia, sus caderas, sus largas piernas, su culo embutido en unos tejanos, con el Levi’s en el enorme bolsillo derecho. Me acerqué a la barra, me abrí un hueco entre la multitud sedienta, cerca de ella, pedí cerveza a gritos, no me hicieron caso y giré a la izquierda, contemplé el perfil de Anabel. Si en ese momento hubiéramos podido hacer una resonancia magnética en mi cabeza, indicaría una nebulosa de lucecitas que se encienden, como un árbol de Navidad galáctico. Plin plin plin. No había más que decirle algo.

—¡Hola!

Ella me respondió inesperadamente con otro «hola», como si me conociera de toda la vida. Al principio, no supe reaccionar. Anabel tenía la sonrisa vacilante, los ojos muy grandes, la boca pequeña, carnosa.

—¡Menudo ambientazo, eh! —respondí.

—Sí. ¿Qué estudias?

—Derecho. ¿Y tú?

—También. Creo que media facultad está aquí.

Ella sonrió. Fui a decir algo más, algo ocurrente, para no perder su atención, pero en ese momento un grupo de borrachos se interpuso entre nosotros. Justo entonces el camarero se dispuso a atenderme, me trajo el litro de cerveza, que levanté como un trofeo, y salí a duras penas de aquel atasco, derramando el líquido, para juntarme con el resto.

—Qué tío —me recibió mi camarada—. Has hablado con miss mundo.

—¿Quién?

—La tía con la que hablaste en la barra. Uno de los pibones de la facultad.

Asentí, desconcertado, no sabía qué decir. Di un trago de cerveza, me giré y la busqué, pero Anabel ya no estaba en la barra, aunque aún no sabía que se llamaba Anabel. Lo pregunté.

—¿Cómo se llama miss mundo?

—¡Anabel!

Lo repetí en mi cabeza. Anabel. Un par de décadas más tarde, en la Morgan Library de Nueva York, llegaría a leer, estremecido, el original del poema de Allan Poe, It was many and many a year ago / In a kingdom by the sea / That a maiden there lived whom you may know / By the name of Annabel Lee. Hasta ese momento, tenía solo su carne rediviva. Me desconecté de mi amigo, del resto de conocidos y saludados, y me pasé la noche buscándola por la fiesta. Había varios pisos, arriba, abajo, me ofrecí para ir a buscar más bebida, me di un garbeo por los baños, salí a que me diera el aire. Necesitaba verla de nuevo, darle una naturaleza carnal a la ficción que ya se estaba cociendo en mi cabeza. La volví a encontrar al final del sarao, cuando este pierde gas y solo quedan los charcos oscuros en el suelo, la música caediza (Si tú no vuelves, Bosé), esa sensación de hartazgo e intoxicación etílica que va abriendo huecos en la muchedumbre, pájaros que buscan nuevas cuevas donde seguir la fiesta. Anabel estaba con dos chicas más; eché cuentas, necesitaba refuerzos y los recluté con rapidez. Debía seguir hablando con ella esa misma noche, antes de que se perdiese en el fragor de la retirada.

En la caza en grupo ya hay que contar con la reacción de las chicas que son menos guapas o más antipáticas, las cejas levantadas, las expresiones escépticas. Están acostumbradas a esas lides, resabiadas en maniobras de distracción que no engañan a nadie. La más guapa también sabe que es la más guapa. Te ven venir, te vigilan por el rabillo del ojo. Afortunadamente, entre el grupo contábamos con un experto en crear risas y aplausos, uno de esos tipos con dotes sociales e ingenio que puede mantener la atención suspendida, mientras yo podría ir por mi cuenta. El truco estaba en lanzarlo en la primera oleada, siempre entre el segundo vodka con naranja y el quinto (la cerveza no cuenta), momento en que empezaba a farfullar y a fallarle el repertorio. Pensábamos que funcionaría y funcionó, pero no como pensábamos. Quién caza al cazador. La verdadera causa de que nos dejasen entrar hasta la cocina fue que una de ellas estaba encaprichada con uno de los mercenarios. Allá que nos fuimos, la «ventana de oportunidad» que se diría años más tarde. Me situé estratégicamente, sonreí.

—Hola. Otra vez.

Ella me miró, con curiosidad, con esa curiosidad sin temor con que una enorme ballena podría mirar a un minúsculo buceador que permaneciese a su lado. Sonrió, el chico de la barra, te llamabas Juan. Más tarde me confesó que le había parecido mono, sin más. No hubo deslumbramiento, ni esa energía que se desprende y podría iluminar una ciudad entera. Mi discurso era simpático, un punto disparatado, a veces la lengua se me trababa, quién sabe cuántas cervezas me había tomado; por suerte, ella tampoco estaba intacta, dos rones con Coca-Cola era el tope en su caso. Se inclinó hacia delante para que le encendiese un cigarrillo, buena señal, pensé. Fumaba puritos. Muy finos. Los miro, a ambos, nuestros antiguos yoes, son los primeros momentos, están alimentados solo por su reflejo. De qué estuvieron hablando. De nada. De todo. Como siempre. Yo intentaba ser natural, a ella no le daba miedo que me acercase. La miré. Sonreía. Y las sonrisas abren puertas. Es el juego. El comienzo.

3

INFATUATION

Decir «romanticismo» es decir morbidez, una peste del sentimiento y la locura. Pero qué bien sienta. Es como el primer beso, su onda expansiva, la culminación de un proceso de seducción. Nos pasamos horas besándonos en aquel pub, de madrugada. Hasta llegar ahí, horas, días de llamadas de teléfono y entusiasmo, de confidencias, de cañas y cafés compartidos. Es el juego. ¿Ha estudiado alguien la importancia de las palabras en el nacimiento y la muerte del deseo? Hablar. Hablar sin parar. Escribirse. Telefonearse. Conversar. Escuchar, sobre todo. Aún no era toda esa narrativa rutinaria al llegar a casa del trabajo, las pequeñas miserias, las minúsculas satisfacciones, toda esa ceniza de la que desprenderse para poder seguir respirando. Cuando tu amante salió a la luz, me reprochaste que te parecía llevar un año callada.

Como si hubiera estado un año callada, Juan, así me siento. El estrés en el despacho, los dolores de cuello, el cansancio ya al tercer día de la semana, la preocupación por la salud de mi padre, mi pelo, tan fino que parece que me esté quedando sin él, un eccema en el cuero cabelludo que me pica cuanto más nerviosa estoy, los años, que pasan y te hacen sentir vieja y fea…

Y solo una palabra tuya bastará para sanarme, podría añadir yo, y más, la vida, como ese tambor que va marcando el ritmo a los galeotes en aquella escena de Ben-Hur, boga de combate, más, más rápido, más, más (y el odio en los ojos de Charlton Heston). Las palabras que, al parecer, yo no supe encontrar y sí tu amante: con esa pulsión comunicadora de los enamorados, le contabas todo lo que hubieras querido contarme a mí, me dijiste, el desamor, las encrucijadas, los problemas, los deseos, la crisis de mediana edad, los hijos no, no los hijos, porque no había ni habría, pero sí el agobio, las malas contestaciones, las estrecheces económicas, el estrés laboral, los silencios. Era como intentar sembrar con un fuerte viento, dijiste, y las semillas ni siquiera tocasen el suelo y se arremolinaban alrededor, un turbión de semillas. Pero aún no hemos llegado ahí, todavía somos tú, la enamorada que deja caer sus trenzas por el balcón, y yo, el enamorado que retoma su serenata, porque las palabras todavía me pertenecen, y aquí están, una detrás de otra, despacito y buena letra. Todo a fin de contar que para un hombre es difícil no ceder ante el inexplicable poder que ejerce la mujer que le gusta, sucede en el plano real y en el simbólico. Es algo que te domina, que te hace ceder en tu independencia, pero que te provee de una inusitada felicidad. Y llegas a la conclusión de que la verdadera felicidad, la única, sucede, paradójicamente, cuando te rindes, cuando más expuesto estás. Como esos toreros que se ponen de rodillas ante la salida del toro: la emoción debe ser portentosa, a la altura del riesgo de ser atravesado por el asta del animal. Entretanto, despliegas todas tus plumas a fin de atraer a la hembra, te engañas pensando que eres tú quien seduce, que te conviertes en algo irresistible, cuando son ellas quienes te derrotan, quienes te expropian de tu fuerza y por ello sentimos una inmensa gratitud, «esa sensación de dicha que nos hunde en la idiotez», como definió bien Turguénev. Ya entonces te confesaba mis ínfulas literarias: la carrera, las prácticas, se trataban solo de estaciones de paso, la meta final era escribir novelas, grandes novelas, colosales novelas. Puedes verte, cuánta pasión ante ella. Formaba parte de la panoplia de la seducción, ya la habías desplegado antes, pero sentías que ese juego era diferente; era mucho antes de las pantallas y los chats y las aplicaciones para ligar. Se trataba de seducción pura y dura, podías morir por la boca, como el pez, pero no había pantallas ni fotos con filtros ni largos mensajes que sirvieran para poner en almoneda nuestra libido. Bromas, recuerdos, canciones, libros, películas, mixtificaciones. Todos somos creadores de ficción, y en ocasiones, ni siquiera somos embusteros: lo que uno quiere proyectar dice más acerca de ti que un montón de informes independientes u opiniones de gente que te conoció, como si fuese uno de esos documentales de semblanzas, la crónica de una existencia. Después me confesaste que te hacía gracia toda aquella hiperrepresentación, ya habías decidido follar conmigo, pero querías la obra de teatro al completo, la exigías, la merecías. Cómo no adorar los momentos previos, esos en que todo está decidido, pero aún no se ha dicho ni ha sucedido nada, ese andar uno al lado del otro, o cuando ella se adelanta, mientras la sigues, muy de cerca, casi tocándola, sintiendo que camina de una manera distinta, más segura, como si supiera lo que tú estás pensando. En cien años este paseo no habrá existido, pero, presente, pasado, futuro… no podemos ser obstaculizados por semejantes distinciones temporales. Este paseo será absoluto, eterno e indestructible.

Era el precio por el sexo.

Que llegó.

Imponente.

A veces reflexionas: qué tranquilidad tendríamos si no hubiera sexo. Pero el sexo es intrínsecamente obsesivo. Es un canto enloquecido, pone al límite tu conciencia, sacude el árbol del bien y del mal y no deja un puñetero fruto que recoger. Porque no son solo los pecados cometidos, sino también los imaginados. Se piensa en el sexo cuando eres joven, cuando estás en la madurez, y cuando eres viejo o directamente estás a punto de derribo quizás ya no como deseo, pero sí como recuerdo o añoranza. Incluso cuando aparezca la Parca estarás pensando si bajo esa túnica oscura llevará unas braguitas de encaje (también oscuras). Desengáñate: si no estás pensando en sexo, no estás pensando en nada en absoluto. Pasan las chicas por el Paseo de los Ingleses, ves sus tetas bamboleándose, firmes, frescas, erectas. ¿En qué galaxia está viviendo quien considera que su función es solo amamantar? Hace muchos siglos que se convirtieron en objeto de elucubración, se te van los ojos, exaltan, excitan, son objetos puros que a veces parecen carecer de ataduras con el mundo. Bienaventurado quien lo entendiere porque ese mismo día entrará en el reino de los cielos. Los tuyos, Anabel, no cesé de acariciarlos, mordisquearlos, sobarlos, pellizcarlos, chuparlos, sopesarlos, apretarlos. Follábamos con la intensidad de la juventud, en hoteles, en la casa de un amigo, en un parque, en la playa, cuando los papás no estaban en casa, en un baño de la facultad, en el coche prestado, todo el repertorio que luego el tiempo iría magnificando. Somos inagotables, decías tú, siempre en contacto, cogidos de la mano, acariciándonos la espalda, la punta de los dedos, el cuello. En ese estadio, la naturaleza misma de las relaciones amorosas impide que los amantes puedan verse aún como son. En cierta manera, son dos fantasmas que follan desaforadamente. Que follamos. Mientras, las palabras seguían fluyendo, nunca más lo harían con tanta libertad, preferencias sexuales, fantasías, anteriores experiencias, aunque no demasiadas ni muy explícitas, ya que los coletazos de los celos podían ser muy dolorosos.

El sexo como única divinidad. El sexo como exaltación. El sexo como lo máximo que puedes conseguir, ya seas rico o pobre, santo o ladrón. El sexo que no discrimina.

Te pedía que te quedases quieta y desnuda en medio de la habitación para poder admirarte, consentías, te creaba cierto pudor, pero era más divertido que incómodo. Al cabo de una década juntos, aquello hubiera sido impensable, ya estamos mayores para estas cosas, Juan, dijiste una noche. No, en realidad es mera tergiversación, contorsiones de la memoria, nunca dijiste nada, ya se sobreentendía, como si fuésemos una pareja de ancianos que se vistiera y se desnudase de espaldas o en la oscuridad, que limitasen su contacto a heladas masturbaciones con la luz apagada. En alguna ocasión te sorprendí desnuda, o bien te observaba cuando estabas dormida o te pillaba desprevenida mientras mirabas alguna pantalla o leías un libro. Sin embargo, era yo el sorprendido o el desprevenido cuando descubría el paso del tiempo sobre tu cuerpo, el asombro al descubrir una Anabel distinta de quince años atrás, las arrugas, las canas los días en que estabas por teñir, la piel más tirante, llena de poros abiertos, tus tetas no, tus tetas seguían desafiando la gravedad, pero no tus párpados, derrumbados, algún diente mellado, tú, que habías sido miss mundo. Qué hay más triste, comenté una noche borracho a un amigo, que el desvanecimiento de la belleza, y qué hay más atrayente, camarada, que esa belleza que no es consciente de sí misma, y podría ser perfectamente una definición de «la clase» (de la que nos enamoramos), que te quema y te traspasa como a Werther cuando conoce a Lotte. Lo cuenta en aquella carta de junio de 1771, mientras ella realiza una tarea doméstica, modesta, sin conciencia de estar atrayendo una atención fervorosa. Mortal. Es la clase, colega, y le daba un trago al licor que también te quemaba la garganta, mientras continuaba con mi monólogo etílico, ¿te das cuenta de que nosotros no tenemos nada destinado a soliviantar el deseo? Nada parecido a los imanes de las plumas del pavo real (aunque antes haya aludido a ellos), ni a las glándulas de las polillas, ni a la música de estridulación que hacen los saltamontes, ni a los pistilos de las orquídeas que acarician a las abejas, ningún arma biológica que ponga al rojo vivo los transmisores genéticos, al contrario, lo que turba, lo que encandila, lo que inflama de verdad al espectador es ese poder distraído, el eros de las chicas en singladura por el paseo, desconocedoras de la amplitud de su ministerio. Seguía mirándote, tenía que aprovechar cuando te cambiabas para salir, esos momentos fugaces en que veía tu cuerpo, todavía firme, armónico, pero donde ya se vislumbraban las llagas del tiempo (tus pechos no, tus pechos seguían indomables), la carne menos firme de los brazos, las nalgas algo caídas, el desgaste que ya ningún gimnasio puede detener, ni esa cirugía estética invasiva, porque se trata de lo estructural, lo entrópico. Si echas a la naturaleza por la puerta, entrará por la ventana, no lo dudes. Intentaba consolarme pensando que no era más que el deterioro que yo mismo estaba sufriendo, la tripita, el pelo que raleaba (en nada, un implante, bromeábamos), las arrugas (a pesar de tantas cremas pour homme), pero lo que para mí era tristeza, para ti era algo natural, siempre lo llevaste bien, o al menos de forma más realista, el paso del tiempo, los futuros implantes de cadera (otra broma), las manos moteadas de manchas, la pérdida del deseo, las dolorosas hernias… No, no hay belleza en la vejez, y eso, para alguien como yo, obsesionado con ella, era un derrumbe moral.

Cosita, yo te quiero igual, y cuando seas un viejo te querré lo mismo, no estés triste. Seremos dos viejecitos elegantes, te compraré una chaqueta de lino y un sombrero con una plumita, para que paseemos juntos, como aquel escritor que te gustaba tanto. No hay otra, mi amor, que envejecer con dignidad. ¿Crees que yo no sufro al verme en el espejo? Yo, que era miss mundo, como decías. Además, a ti aún te tiran los tejos los gays, ¿no?, algo es algo.

Reíamos. Por no llorar. Pero la grieta ya estaba ahí mucho antes de darnos cuenta, antes de ser dos fantasmas que hacían el amor. No era solo que yo estuviera obsesionado con los encuentros con antiguos conocidos, cada vez más estropeados (heraldos de mi propia obsolescencia); con mi hipocondría; con cumplir religiosamente en la piscina a fin de mantener los músculos tonificados y la tripita a raya; con estar al día de todo tipo de tendencias para no parecer anclado en el tiempo, con la conciencia de que empezaba a morirse todo el ecosistema mítico en el que habíamos crecido, actores, deportistas, estrellas musicales… A pocos, por no decir a ninguno, le había conocido personalmente, pero su desaparición me conmovía profundamente, estrellas fijas en un cosmos de expectativas eternas, que, de repente, dejaban de existir. Ni pensar en la muerte de los padres, por supuesto, esa escena mil veces recreada en mi cabeza en la que me despedía de ellos, asegurándoles con lágrimas en los ojos que lo habían hecho muy, muy bien.

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

No. Se trataba de algo más profundo, más esencial, una disonancia cognitiva, una insatisfacción que me recorría como una veta oscura, algo erróneo, algún mal identificado a medias, un índice de insuficiencia. Mientras tú sentías un extraño orgullo por seguir viva, envejeciendo, sí (aunque tus pechos continuaran siendo misiles balísticos), pero cada vez más entrelazados por la complicidad y el cuidado; con sus discusiones y sus desencuentros, sí, pero sin que ninguno retirara los fundamentos morales o pisotease las reglas no escritas que mantienen en pie una relación, aunque al final solo queden pilares y arcos desnudos del antiguo templo. Muchas veces hablamos sobre ello, mi mirada sombría acerca del abuso que representaba que se apagasen las luces de la juventud, mientras tú elogiabas la capacidad para encontrar otras luces diferentes por las que guiarnos, evitando convertirnos en criaturas estúpidas e inútiles. Hay quien dice que en toda pareja hay un impostor, que uno de los dos no ama, o ama menos, pero no, lo que hay en toda pareja es una asimetría, se puede amar lo mismo, pero de distinta manera. La media naranja, el yin y el yang, nada más engañoso. El universo mismo es desequilibrio y contraposición que nunca, y repito nunca, son iguales entre sí. Los equilibrios duran un instante, y luego no tardan en derrumbarse estrepitosamente. Uno de esos pocos momentos en que el fiel de la balanza se mantiene quieto es en esos primeros pasos del sexo. ¿No lo escuchas? Solo hay que quedarse callado, ese encuentro, ese apareo, ese roce, esa mezcla, en todas partes y sin cesar, una música casi imperceptible de esferas que giran unas en el interior de otras, el rumor de la copulación endémica que se produce en este segundo, millones de polvos, en las playas, en camas, en vehículos, en iglesias, en callejones, en piscinas. Nosotros dos estamos ahí, en algún lugar del pasado, follando como posesos, sudando, oliéndonos, sintiéndonos pletóricos, elegidos, únicos. Déjanos ahí, Anabel, ahí estamos bien, no nos molestes, no nos alertes, que se adhieran, luchen y manoteen, que les falten manos para agarrarse, que saboreen con la lengua las diminutas gotas de sudor, que continúen haciéndose rasguños, teniendo calambres por dormir toda la noche anudados y que vuelvan a follar por la mañana. Sí, siempre tuviste unos pechos insolentes. Eso seguro.

4

EN LA PROSPERIDAD Y EN LA POBREZA, EN LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD

Ah, sí, la boda. Todo un género literario, igual que la familia. Es de recibo un poco de costumbrismo, pero, en general, comienza como sainete y acaba en esperpento. Y algunas en tragedia. Sin embargo, quiero creer que la nuestra fue una comedia con toques de farsa. Son inevitables. Salimos con ventaja. Con mucha ventaja. Nada como los usos y costumbres del país, el padre de Anabel era de esos tipos con barriga, campechanos y astutos, «dederechasdetodalavida» pero con apertura de miras, que ha pasado del Codorníu al Taittinger borrando los rastros, y a quien te podías imaginar igual de cómodo en una casa de putas que en el Teatro Real, aunque fuera para hacer el paripé. Éramos antitéticos, pero nos caíamos bien: él veía en mí a uno de esos mariachis literarios que se llevaba a su niña, que, aunque fuera un mal partido la hacía sonreír, yo veía en él a uno de esos buitres de la plusvalía. Tenía una empresa de transportes, con muchas ramificaciones y contactos, y Anabel se colocó en una constructora, gestión de recursos humanos. Por mi parte comencé a trabajar en una gestoría, nada del otro mundo, pero ya teníamos un colchón, como se suele decir. Llevábamos más de un lustro acumulando vivencias, momentos especiales, afinando la relación hasta dejarla tan suave como esas piezas de madera pulidas. Se habían sucedido los viajes, las escapadas de fin de semana, un parador en Cuenca, un hotel con encanto en Mérida, un pueblito de pescadores (que ya no pescaban) en Almería; el norte de Marruecos, aquellos días en Rávena visitando la tumba de Dante (fue capital del Imperio romano, no cesaba de repetir yo mismo, asombrado), el fin de año en Estrasburgo, siempre rascábamos algo de dinero para irnos a Nueva York. Y descubrimos Niza. Pero eso fue más adelante. Aún estamos en la curva ascendente, en la intensidad, pequeños museos, restaurantes recomendados, blancos en barrica de roble, réquiems en el auditorio, cócteles en algún sky bar, la búsqueda del genius loci, esos lugares donde en el pasado ocurrieron grandes cosas que solo puedes imaginar, porque te encuentras una pradera vacía o un pedazo desangelado de playa. Cuánto lamentábamos haber tardado tanto en encontrarnos, y especulábamos mucho acerca de dónde estaba cada uno en cada estación de la vida, y si acaso habíamos estado cerca en tal o cual fecha y lugar, y que, aunque no nos viésemos, seguramente ya nos presentíamos. Ese momento tórrido era un estado transitorio que, según Freud, si se prolongase muchos años, se convertiría en algo patológico. Más adelante, a lo largo de mi «años perdidos», como los denominé, leí mucho sobre cómo afrontar una ruptura. Entre los libros hubo una guía práctica para superar los enganches emocionales, una serie de pasos para amar con «independencia y libertad», que numeraban las actitudes más frecuentes en el enamoramiento. Véase:

—Idealización del otro.

—Exclusividad (solo te apetece sexualmente tu pareja).

—Apego (pensar que nada tiene sentido sin el otro).

—Ilusión de permanencia (creer que ese amor es único).

—Pensamientos obsesivos (la mente estará al servicio de la otra persona).

—Sentido de fusión (sensación de ser almas gemelas).

—Riesgos irracionales (la conducta se hace compulsiva).