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Un poblado pequeño junto a la selva misionera se encuentra consternado de pronto por sucesos inexplicables. Los reportes de los noticieros anuncian desapariciones misteriosas, causadas posiblemente por animales salvajes, y generan una histeria colectiva. Las sospechas de los locales comienzan a surgir y circulan rumores. Nadie puede dormir tranquilo. Desde discusiones triviales hasta problemas de seguridad perturban la paz de esta pequeña localidad. Mientras las tensiones en el pueblo crecen y las teorías se multiplican, se forman grupos que defienden de forma hostil sus posiciones y sus hipótesis. En el medio de estas confrontaciones, dos amigos se aferran a un mito que se conoce entre los pueblos nativos de la zona: suponen como responsable de los arrebatos a un ser mitológico llamado Mboté. Aunque en un principio solo Antonio es el convencido de esta teoría, logra arrastrar rápidamente a su amigo agnóstico, Víctor, a una peligrosa expedición por la selva virgen y desconocida en busca de respuestas. Así, se adentrarán en la búsqueda de lo incomprensible e inimaginable, donde la naturaleza hace de puente entre la razón y la sabiduría, para lograr encontrar el significado de la vida.
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Seitenzahl: 308
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Yantz, Jonhatan Ariel
Lo que reveló la selva / Jonhatan Ariel Yantz. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
252 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-228-7
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Yantz, Jonhatan Ariel
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Lo que reveló la selva
Introducción
Un poblado pequeño junto a la selva misionera se encuentra consternado de pronto por un suceso inexplicable. Los reportes de noticieros que anuncian desapariciones misteriosas, causadas posiblemente por animales salvajes, generan una histeria colectiva y trastornan la vida de las personas.
Las sospechas de los locales comienzan a transmutarse, circulan rumores de seres míticos e inclusive de extraterrestres. Hipótesis de toda índole se formularán en la sociedad y nadie podrá dormir tranquilo. Desde discusiones triviales hasta problemas de seguridad azotarán la paz de esta pequeña localidad. Se formarán grandes divisiones ideológicas y se generarán grupos enfrentados para defender sus respectivas causas y teorías.
En medio de estas conformaciones grupales, un par de amigos se aferra a un mito conocido entre los aborígenes de la zona y supone como responsable de los arrebatos a un ser mitológico llamado Mboté. Aunque en un principio solo Antonio está convencido de esta teoría, logra arrastrar rápidamente a su amigo agnóstico para que este lo acompañe a una peligrosa expedición en la selva virgen y desconocida. En medio de este proyecto, se encuentran con problemas técnicos y sentimentales, lo que aplaza la travesía por un largo tiempo. Sin embargo, finalmente logran ingresar al denso bosque, donde encuentran las verdaderas dificultades. Los ataques misteriosos y la falta de provisiones los llevan al borde de la muerte, de modo que experimentarán sensaciones nuevas y cambiarán su forma de pensar.
Las consecuencias de cada decisión serán palpables constantemente. Las opiniones podrán tomar giros drásticos, pero todo será para conseguir la explicación correcta: el secreto detrás del misterio y la auténtica verdad liberadora.
El autor se asegura de que no pierda el entusiasmo, entrelazando cada párrafo de manera tal que los acontecimientos se sientan reales y en carne propia. Mantiene constantemente la acción y el suspenso que solo una experiencia en la selva puede ofrecer.
Misterioso informe
Una noticia sacudió nuevamente a los pobladores de Comandante Andresito, un pueblo pequeño rodeado por la selva misionera. Otro desaparecido sobre la ruta 101: un hombre de veintinueve años de edad, oriundo de la zona, había salido con su bicicleta por la noche del cinco de marzo, pero no había regresado; solo se encontró un rastro de sangre muy abundante que se dirigía hacia el espeso bosque. A pocos metros, entre un matorral, se encontró su bici intacta y un zapato, pero no había señales del cuerpo y todo indicaba que algo o alguien lo había arrastrado selva adentro por varios kilómetros. A pesar de la ardua labor policial y de guardaparques, quienes habían rastrillado un perímetro de más de diez kilómetros, se terminaron perdiendo los rastros, por lo que se cerró el caso estimando que un yaguareté lo había devorado.
Yo estaba desayunando mientras escuchaba la noticia. Mis padres estaban muy preocupados, al parecer, ya que intercambiaban miradas y murmuraban que algún ser mitológico había vuelto a cazar humanos. Mi madre, como siempre, vestía un vestido amarillo que llegaba hasta sus rodillas, un delantal de lunares rojos con fondo negro y alpargatas verdes. Usaba su pelo enrollado en un rodete muy apretado, para conservar su estanqueidad mientras caminaba a paso veloz por la cocina. Ella siempre se movía de forma muy rápida; las cosas se debían hacer en tiempo y forma. Con una sonrisa algo forzada en su cara sudada y sus mejillas regordetas, hablaba mientras hacía mil cosas. Era una ama de casa misionera, encargada de todo lo que había que hacer. Sus ojos marrones penetrantes sugerían con bastante persistencia que yo acatara sus órdenes a la hora de hacer alguna colaboración en el hogar. Sus manos, estropeadas de tanto fregar ropa, ollas y pisos, tenían a la vez la fuerza necesaria para acomodar mis ideas si fuese preciso.
Mi padre, por otro lado, era un hombre pasivo, delgado, fumador y de pocas palabras. Estaba empleado en una empresa de yerba mate como administrador en oficina. Por este motivo, siempre estaba bien rasurado; yo jamás lo vi con barba. Aunque esto jugaba en contra de su nariz puntiaguda (que parecía tener diez centímetros de largo), él cumplía a rajatabla para mantener un semblante formal. Su rostro manchado por los años, con un enorme lunar cerca de la oreja izquierda, hacía que se incomodara a veces, cuando debía colocarse los lentes para leer algo. Él normalmente estaba sentado y observando la televisión cuando se encontraba en la casa. Las pocas palabras que emitía y pronunciaba solían ser las adecuadas. Aunque ahora parecía estar de acuerdo con la teoría de conspiración, habitualmente razonaba con tranquilidad y elocuencia.
Para mí, la situación no parecía tener otra explicación que la oficial: un animal del bosque había salido hambriento y había atacado al primero que se le había cruzado por delante. Se sabe que un yaguareté es capaz de esto; son animales muy fuertes y audaces. El único misterio que no cuadraba era que desde hacía dos meces, una vez por semana, estaba desapareciendo gente. Algunos simplemente desaparecían sin dejar huellas. Con este último caso, ya sumaban nueve desaparecidos y todos se relacionaban con el camino terrado que atraviesa la selva: la ruta 101.
Ese día, camino al aserradero donde trabajaba, me crucé con varias personas que, al igual que yo, se desplazaban a pie hacia sus trabajos. Todos hablaban del Pombero, un ser fantástico que llama a las personas dentro de la selva, haciendo que pierdan el rumbo y terminen extraviadas para siempre. Es uno de los mitos más viejos de la zona y cada vez que alguien desaparece se culpa a este ser. Me reía por dentro observando y escuchando a la gente. No podía creer que, en pleno año 2007, creyeran en algo así; habiendo tanta información y educación en esos días, podían sacarse conclusiones un poco más realistas, como animales hambrientos o algún asesino suelto que supiera camuflarse en la selva.
Cuando llegué al trabajo, mis compañeros también hablaban sobre el tema, pero la cosa se había vuelto más controversial. Había varias suposiciones y teorías; algunos argumentos realmente parecían tener sentido y hasta había posibles evidencias al respecto. Para no desestimar ninguna de las ideas, voy a detallarlas una por una, para que se comprenda el panorama en que me encontraba.
La primera teoría involucraba a una tribu de salvajes que habitaba en el centro del bosque; a pesar de que esta nunca hubiera sido descubierta, los ancianos locales certificaban su existencia. Se trataba de un grupo de caníbales aislados que, cuando se veían forzados por la hambruna, salían a cazar personas que pasaban en la cercanía de la selva. Inclusive algunos campesinos sufrían pérdidas en su ganado de forma misteriosa. Sin dejar rastros, en ocasiones, desaparecían sus vacas o cerdos; por encontrarse muchas veces aglutinados en el monte, era solo cuestión de que algún aborigen ingresara a través del alambrado para llevarse los animales que quisiera hacia el interior selvático.
La segunda teoría se volvía, digamos, un poco más elaborada, para no llamarla conspiranoica. Se trataba de un proyecto gubernamental para aumentar el turismo en las cataratas del Iguazú. Según el compañero que narraba su teoría, desde hacía mucho tiempo, la caída en el turismo afectaba a la provincia en términos económicos, por lo que se creaba un misterio en la selva para llamar la atención en el mundo entero. Aquello llevaba a que muchas personas decidieran viajar hasta aquí por curiosidad, se hospedaran en hoteles y generaran ingresos nuevamente. Las desapariciones, además, estaban planeadas: pagaban al individuo muy bien para que desapareciera para siempre. Alegaba, también, que el mismo Gobierno tenía un equipo de asesinos que cazaban a las personas, las mataban y las dejaban abandonadas para alimentar a los animales salvajes.
La tercera ya involucraba ovnis; estos aparecían desde la nada para llevarse a las personas con un haz de luz que parecía succionar hacia la nave. Aunque esta parecía la más descabellada, la mayoría de los presentes parecía aprobarla. Comenzaban a comentar sucesos que, supuestamente, habían visto con sus propios ojos; desde la aparición de luces muy potentes por la noche que llegaban desde el cielo, hasta sonidos extraños acompañados de luces coloridas, que provenían desde el centro de la selva. Uno de los compañeros sacó su celular del bolsillo y enseñó un video que él mismo había grabado unas semanas antes. Como todo video de naves extraterrestres, era imposible identificar algo. Simplemente, se veía una luz que destellaba a lo lejos, sobre el camino; en teoría, ya que bien podría haber sido una persona que estuviera jugando con una buena linterna.
La cuarta y última teoría era elaborada. Tenía un toque fantástico especial, pero yo disfrutaba escuchándola, ya que mi amigo Antonio Ferreyra era el presentador. Todo se remontaba a una antigua leyenda nacida cuando los jesuitas llegaron a Misiones. De esto no hay ninguna evidencia, pero, según el locutor, se había pasado de generación en generación esta historia.
Afirmaba que, en el centro de la selva, se encontraba una cueva prácticamente oculta, donde un monstruo de cuatro metros de altura habitaba. Posiblemente, mitad bestia, mitad hombre y con características muy particulares. El físico de este personaje era muy similar al de un humano: poseía dos brazos, dos piernas, caminaba sobre sus dos pies y trepaba como los mejores monos. Su cabeza tenía el tamaño de una rueda de bicicleta, un pequeño hocico con grandes colmillos y orejas como las de un perro. En vez de cinco dedos en sus manos, tenía solamente cuatro, con filosas uñas en las puntas, al igual que en sus pies anchos y huesudos. Su cuerpo estaba cubierto completamente de cabello marrón rojizo, muy similar a la tierra del bosque. La velocidad con la que se movía era superior a la de cualquier animal; corría más rápido que el yaguareté o el venado. Subía los árboles tan velozmente como un mono aullador. Su fuerza equivalía a la de seis hombres o tal vez más; aparentemente, podía cargar una vaca en sus hombros. El nombre de dicho fenómeno de la naturaleza era Mboté; claramente, todo hacía pensar que se trataba de un nombre de origen guaraní, pero ¿cómo saberlo? En historias de seres fantásticos, nadie tiene pruebas; tampoco tienen un sentido y una lógica, mayormente.
Estábamos reunidos en ronda todos los empleados del aserradero (entre veinticinco personas) escuchando las historias. Estábamos tan concentrados que no nos dimos cuenta de que el patrón había llegado con su camioneta. De pronto, se escuchó a alguien reír a carcajadas; volteamos a ver y era Mayer, el dueño del aserradero. Acercándose al grupo, comentó que lo mejor era ponerse a trabajar, ya que todas esas historias eran falsas. Aseguraba que en la selva no había misterios. Él tenía setenta y dos años viviendo adosado al monte, y jamás había visto ni escuchado algo como esto. Aseguró que por muchos años se había internado en la selva con el fin de talar árboles para su empresa; allí solía pasar semanas enteras a solas y jamás había notado nada extraño.
Inmediatamente, todos nos dispusimos a trabajar. Yo me dirigía a la oficina tratando de volver a la realidad, cuando escuché un susurro de Antonio; al pasar a mi lado, dijo que el patrón sabía lo que sucedía, pero que tenía miedo de confesarlo. Yo volteé a verlo con mi cara de incrédulo. Él me señalaba gesticulando con sus manos en forma de garras, pasándolas por la pierna derecha y dirigiéndome con sus ojos hacia la pierna del empresario, que caminaba delante de mí.
Continué hacia mi oficina tratando de recordar el trabajo que debía realizar; tenía varios clientes a los que llamar y algunas planillas para finalizar. Ya sentado frente al escritorio, el día transcurrió como siempre: mucho caos en papeles y guías de despacho. La computadora por momentos quedaba saturada, se volvía muy lenta, lo que causaba bastante estrés, realmente. A la hora del almuerzo, yo continuaba entre los papeles. Mientras mordía un pedazo de sándwich, llegó un momento en que no aguanté más; me levanté y me dirigí a la ventana para así terminar de comer. Intentaba de esta manera tranquilizarme un poco.
Mientras observaba como trabajaban abajo los operarios, noté que mi amigo llevaba el tractor de forma errática, lo conducía muy mal. Normalmente, Antonio era un experto cargando y acomodando los rollos de árboles, dominaba la maquinaria de forma sensacional. Pero este día realmente parecía un principiante, hasta se le apagó en un momento el vehículo. Sospeché que algo andaba mal, por lo que decidí bajar para preguntarle si no se sentía bien, antes de que ocurriera un accidente.
Cuando lo interrogué, vi en sus ojos señales de que estaba pensativo. No parecía tener problemas de salud ni psicológicos; simplemente, se veía inmerso en su propio cerebro. Le indiqué que lo había visto cometer algunos errores en la conducción y que me preocupaba su estado de salud. Él respondió moviendo su mano hacia abajo, insinuando que no tenía importancia. Luego, agregó algunas palabras que se referían a charlar algo después del trabajo. No logré entender, ya que el motor del tractor era el protagonista en aquel ambiente.
Apenas salimos del predio, Antonio comenzó a comentar que se encontraba preocupado. Sospechaba que las desapariciones podían incrementarse en cualquier momento. Él pensaba que tal vez la bestia Mboté no era la única y que podría ser una familia o inclusive una pequeña tribu. Aquello podría generar un caos, en el caso de que estuvieran cazando a los pobladores de Andresito.
Yo lo miraba con una sonrisa irónica; me pregunté si realmente estaba pensando en eso mi amigo o si, simplemente, me estaba jugando una broma. El relato continuó mientras caminábamos a nuestras casas; parecía que el narrador estaba creando una historia y, a la vez, convenciéndose de ella. Yo notaba cómo se hundía más y más en sus ideas. Inclusive agregó que sospechaba que nuestro empleador había sido atacado por una de estas bestias. Esto se debía a que hacía unos meses había logrado ver de shorts al señor Mayer en el supermercado y había notado que, en la parte posterior de su pierna, tenía marcas de cortes profundos ya cicatrizados de hacía años.
—Las marcas en su pierna se parecen mucho a lo que dejaría una garra con cuatro filosas uñas —dijo Antonio.
Inmediatamente me eché a reír. Pensé que, realmente, cualquier accidente en el aserradero o trabajando en el bosque podría haber causado eso. Luego, intenté hacerlo entrar en razón, pero solo logré que se sintiera ofendido debido a mi incredulidad.
—¡Vamos a buscar a estas cosas a la selva, entonces! —agregó mi amigo.
Yo solo sonreí y me despedí de él, ya que había llegado al frente de mi domicilio. Todo indicaba que mi compañero había sufrido de un ataque de locura. Tal vez al día siguiente lograra entrar en razón y se olvidara de sus teorías fantásticas, pensaba yo mientras ingresaba a la casa.
Mis padres estaban sentados frente al televisor, observando un canal de noticias de alcance nacional. La información de las desapariciones había trascendido a escalas superiores, lo que ponía a la gente de mi pueblo en una paranoia indescriptible. Me dirigí a bañarme lentamente, mientras escuchaba de fondo el televisor donde un periodista narraba todas las teorías. Las mismas que yo había escuchado por la mañana entre el grupo de trabajo.
Durante la cena, mis padres parecían estar de acuerdo con las teorías de una tribu de caníbales. Me contaban después historias de cuando ellos eran niños, acerca de gente que conocían que había desaparecido durante la noche y sin dejar rastros. Yo solo devoraba la comida mientras escuchaba sus narraciones. Por dentro, no me cuadraba tanto el tema de los aborígenes, ya que tendrían que dejar rastros de pisadas en la tierra y nada de esto jamás se encontró. «El sujeto que desapareció anoche no llegó a bajar de su bicicleta y solo encontraron las huellas de las ruedas en la tierra. Ni siquiera logró bajar sus pies; algo se lo llevó en un segundo. Es decir que debería ser muy fuerte y rápida la criatura. ¿Criatura?, ¿por qué vino eso a mi mente?», pensaba mientras sonreía. Al parecer, ya me estaba afectando la locura de Antonio.
Me levanté luego de la mesa y me dirigí a mi dormitorio para dormir. Necesitaba descansar para aclarar mis pensamientos y volver a la realidad. La idea puesta en práctica no funcionaba. Pasé las horas acostado en la cama, girando de un lado a otro, pero no lograba dormirme. A pesar de varios intentos para relajarme, inhalando profundo y exhalando despacio, no lograba apagar mi cerebro. A pesar de todos los esfuerzos, mi cerebro intentaba buscar la resolución de las desapariciones; buscaba la lógica y la evidencia que indicaría a un animal como atacante, pero no la encontraba.
Desperté con el sonido de la alarma al día siguiente. Afortunadamente, había logrado dormir un poco, después de todo. Mi mente estaba despejada e iniciaba con calma la mañana habitual. Parecía que mis padres también habían olvidado los sucesos del día anterior; se veían tranquilos y charlaban sobre el calor insoportable que estaba comenzando nuevamente. En esta región, durante pleno verano, las temperaturas alcanzan los cuarenta grados Celsius. A eso hay que agregar la humedad de ochenta y cinco por ciento, con lo que logramos un ambiente muy pesado.
Camino al trabajo, sudaba intensamente. Cascadas de gotas sudorosas brotaban de mi rostro y se dirigían hacia el suelo. El sol apenas estaba apareciendo; sus rayos aún no me alcanzaban, pero ya se podía deducir que la temperatura sería muy elevada. Por si todo esto fuera poco, no tenía aire acondicionado en la oficina y el viejo ventilador no daba las vueltas suficientes para generar una brisa refrescante. Al llegar a la empresa, noté que el jefe ya estaba en su despacho y algunos operarios se disponían a comenzar a trabajar, así que inmediatamente subí por las escaleras rumbo a mi escritorio. Abrí las ventanas esperando que alguna brisa entrase por ellas en algún momento, luego me dirigí al baño para lavarme la cara y comenzar con las tareas pendientes.
Hasta la hora del almuerzo, no despegué la nariz de las planillas y el monitor. Tenía las axilas mojadas y la ropa apestosa. En todo papel que tomaba dejaba una huella de sudor de mis manos. Era un día realmente complicado. Aquello, sumado a las pocas horas de sueño que había logrado, hacía que mi sistema nervioso creara un escandaloso movimiento con mis piernas hacia arriba y abajo, apoyado únicamente la punta de los pies en el suelo. En un instante, solté todo y me dirigí a alimentarme. Solo traía frutas; lo único que se puede tragar con tanto calor. Observando por la ventana, noté que Antonio no estaba en el tractor; había otro empleado en su lugar. Tomé mi teléfono y envié un mensaje para corroborar si él estaba bien, pero no tuve respuesta alguna.
Finalizada la jornada laboral, me dirigí a la casa de mi amigo para ver si se encontraba mal, pero no lo hallé. Su madre me indicó que había salido a la hora de siempre por la mañana, con su ropa de trabajo. Ni bien terminó de contarme esto, su expresión cambió; noté que tenía una preocupación creciendo en su mente. Traté de calmarla inmediatamente, comentando que tal vez se había ido al mercado antes de regresar a casa o que quizá se había puesto de novio con la chica que algunas veces charlaba con él al regresar del trabajo. Intentos fallidos los míos. Su madre me miraba con tanta incredulidad que no tuve más remedio que agachar mi cabeza, despedirme y regresar a mi casa.
Eran las diez de la noche cuando recibí la respuesta de Antonio finalmente en mi celular. El mensaje decía que se había dirigido al lugar donde había ocurrido la desaparición, que ahora estaba más seguro de lo que creía y que solicitaba reunirse conmigo lo antes posible para un proyecto. Intenté llamarlo. Afortunadamente, atendió el teléfono. Me dijo que fuera a su casa temprano al día siguiente y colgó. Sonaba algo misterioso y agitado a la vez. Estaba comenzando a preocuparme.
«¿Se estará volviendo loco definitivamente aquel maquinista soñador?», pensaba mientras intentaba dormirme. Las horas pasaron; otra noche terrible. Tal vez dormí una hora en total, por lo que mi cuerpo se sentía agotado y agobiado a esas alturas. A las cinco de la mañana, comí algo que encontré en el refrigerador acompañado de un café helado y me dirigí a la casa de mi amigo, el desquiciado.
El cielo aún estaba un poco oscuro y una brisa fresca alentaba a que caminara a paso veloz. Mientras tanto, ideaba la técnica correcta para abordar al loco. Me preguntaba cuáles eran las palabras adecuadas para calmarlo y lograr que se enfocara nuevamente en la vida cotidiana. Si no lo ayudaba ahora, posiblemente, empeoraría.
A doscientos metros de mi destino, me crucé con un sujeto extraño. Este, sollozando, balbuceaba: “Me lo quitaron de la moto”. No le di importancia. Podría ser un borracho, ya que caminaba de forma un poco errática y estaba sucio. Además, yo tenía que prepararme para hablar con Antonio. Al llegar a su domicilio, noté que estaba esperándome afuera. Tenía su celular en mano, una mochila cargada en su hombro y en su cintura colgaban, de un grueso cinturón de cuero, un machete y una linterna.
—¡Apúrate, Víctor! —decía mi amigo agitando su brazo.
—¿Qué te pasa? —pregunté—. ¿A dónde vas?
—Voy a cazar al Mboté. Tengo el revólver en la mochila y todo el equipo necesario —respondió emocionado—. ¡Acompáñame! —agregó.
—¿Estás loco? —volví a decirle—. Vas a perder tu trabajo, no debes seguir faltando.
Luego comencé a tratar de calmarlo. Mis palabras brotaban de improviso, nada de lo que había planeado fue lo que dije; simplemente, intenté seguir el juego para ponerlo a mi favor. Le comentaba que, si quería cazar a la criatura, debía estar mejor preparado. Si ese monstruo era tan fuerte y veloz, él solo no podría atraparlo. Debería ir acompañado y mejor armado; en definitiva, organizar un plan. Afortunadamente, escuchó mis palabras y decidió suspender por el momento su cacería. Guardó su mochila y se colocó el uniforme para ir a trabajar.
Caminamos en silencio hasta el aserradero. Yo lo notaba muy silencioso y pensativo. Esto no era normal, ya que siempre estaba hablándome de lo que fuese y realizando bromas. En el trabajo, todo transcurrió de forma habitual y sin sobresaltos. Varias veces había observado, desde la ventana, al maquinista Ferreyra realizando su trabajo de forma perfecta. Su rostro estaba pensativo, pero su cuerpo cumplía con los trabajos que debía realizar.
Llegada la hora de regresar a casa, Antonio corrió hasta alcanzarme inmediatamente y se adosó a mí. Comenzó a narrarme el plan para cazar, los equipos necesarios y la necesidad de contar con la ayuda de más personas, para que fuese una expedición segura. Yo lo escuchaba atento para poder utilizar sus palabras e ideas a mi favor. Tendría que llevarlo a un punto en donde el proyecto se aplazara tanto que se perdiera el interés. Debería agregar motivos o herramientas de difícil obtención, para que perdiera el tiempo buscándolas y adquiriéndolas; algo que estuviera en el proyecto, pero que prolongara la organización.
En un momento, pronunció unas palabras que me daban una oportunidad. Se refería a la cantidad necesaria de comida que debíamos llevar. Inmediatamente, lo interrumpí diciendo que deberíamos preparar carne seca y alimentos que no se arruinaran con el calor; deberían ser livianos para no quitarnos la agilidad. Concluí que debíamos administrar bien el peso que llevábamos; además, intentar entrenar un tiempo para conseguir el estado físico necesario para semejante aventura.
No podía creer lo fácil de convencer que había resultado. El maquinista estaba de acuerdo con lo que yo planteaba. Señaló que yo debía ser el primero en comenzar con los ejercicios para mejorar mi físico. Alegaba Antonio que un oficinista con algo de sobrepeso y poca actividad sería un verdadero problema en la selva. Yo, simplemente, asentía mientras pensaba que no me vendría mal un poco de ejercicio, después de todo. Simplemente, debería ejercitarme lo suficientemente lento para que mi progreso no alentara a mi amigo a una pronta cacería.
Cuando llegué a casa, mis padres me miraron horrorizados. Me preguntaron si me había enterado de lo sucedido. Yo los miraba sin entender nada, por lo que mi madre relató la noticia del día.
—¡Otra persona desapareció! —Mirándome con espanto, agregó—: El hijo del peón de Ricardo, el vecino, fue arrancado de la motocicleta en la que viajaban él y su padre sobre la 101. Su padre conducía y, de un momento a otro, algo saltó del barranco, tomó a su hijo y subió nuevamente. Fue tan rápido que no logró ver nada en la oscuridad. Ni siquiera la moto cayó al suelo, solo sintió el roce de algo peludo y caliente en su espalda.
Mi madre contaba todo esto con una euforia descomunal. Yo, por mi parte, estaba atónito; trataba de buscar la lógica inmediatamente para dar mi respuesta.
—Un yaguareté fácilmente puede hacer eso con un niño pequeño —pronuncié con total seguridad.
Mi madre sacudía su cabeza de lado a lado, argumentando que aquello no era posible, ya que un animal no atacaría a una motocicleta en movimiento. Según el historial local, los animales de la selva se espantan con los ruidosos motores y luces. Además, aseguraba que jamás había sucedido algo así. Recordando las historias de mi abuelo, uno de los primeros colonos de esta zona, se podía dar la razón a mi madre. Su padre siempre relataba que con una fogata era suficiente para ahuyentar a los animales. Solo bastaba fuego para dormir y, si se requería de mayor seguridad, se hacían ruidos fuertes o se disparaba al aire con la escopeta.
—Eran otros tiempos —agregué—. Los animales tenían alimento suficiente. Ahora pueden estar con hambre y por eso salen en busca de comida. Tal vez desarrollaron nuevas habilidades… La necesidad los obliga a adaptarse.
Mis padres seguían moviendo sus cabezas de lado a lado. Mis argumentos no parecían satisfacer su necesidad de explicaciones, y parecía tomar más fuerza la teoría de un ser fantástico que habitaba en el bosque. Esto, posiblemente, significaba que mi amigo no suspendería nunca su plan de encontrar a la fiera. Seguramente, el pueblo también comenzaría a inclinarse a favor de la idea del Mboté. En un pueblo pequeño, las historias fantásticas siempre cobran fuerza; sobre todo, cuando no hay suficiente evidencia. Y, como la policía no tiene presupuesto, iniciar una investigación de gran magnitud en el interior de la selva es prácticamente imposible. Parecía que ya los veía con antorchas, palos y escopetas, recorriendo por las noches las inmediaciones del pueblo para tener mayor seguridad. También estaba la posibilidad de que el miedo fuera tan grande que simplemente se encerraran en sus casas, temerosos de que algo anduviera afuera.
Volviendo a la normalidad
Los días continuaron normalmente de aquí en adelante. A veces, por las noches, el temor se apoderaba de las personas, aunque se podía notar como, poco a poco, el miedo se estaba perdiendo y todos parecían estar volviendo a razonar. Lamentablemente, esto no incluía a mi amigo; él estaba muy motivado para cumplir con su objetivo. Por las mañanas, antes de trabajar, salíamos a trotar y hacíamos algunos ejercicios. Pero, cuando llovía, simplemente me quedaba a dormir un poco más. Antonio, por el contrario, estudiaba un mapa que había adquirido, marcando los lugares en donde habían sucedido las desapariciones y trazando una posible ruta a la cueva de la bestia.
El veinticinco de abril, en mi vida apareció una luz de felicidad. Había entablado una amistad con la hija del panadero. Para ser franco, estaba un poco más avanzada la relación, pero aún no lo hacíamos oficial. La hermosa y delicada Elisabeth… Una joven tan blanca como la nieve, delgada y de largas piernas contorneadas majestuosamente. Su abundante y suave pelo, que se ondulaba con el viento cual voluta de humo, me hipnotizaba. Ese cabello negro como la noche, que llegaba hasta su cintura como una cascada al paraíso… Esa cadera que tanto ansiaba tener entre mis manos para bailar música lenta sin contar el tiempo, mientras nos miramos tiernamente. Sus ojos verde esmeralda, iguales a lagunas cristalinas en donde no temía sumergirme. Y sus labios… esos labios carnosos y rojos la destacaban de todas las demás mujeres; uno solo de sus besos era suficiente para atraparme y que cayera rendido a sus pies. Tenía un carácter interesante, algo frío algunas veces y hasta manipulador. Con sus veintisiete años de edad, ya tenía claro lo que quería y lo que no. Estaba formada por una buena educación. Era muy inteligente y le gustaban los números, por eso era la contadora de la empresa familiar.
¿Cómo se enamoró de mí?, no lo sé. Yo tenía su misma edad y solo era un oficinista de familia pobre. Mi estatura era media; apenas sobrepasaba por un centímetro a mi amada. Sentía que tenía un poco de sobrepeso o bastante, en realidad, ya que mi abdomen siempre llegaba antes que el resto del cuerpo al acercarme a algún sitio. Tenía el cabello descuidado y el rostro dañado por los granos que azotaron mi piel en la adolescencia. Contaba con muy pocas cualidades físicas a favor. Aunque sí era muy hábil con las palabras.
Debió esto último ser lo que la conquistó, ya que se conoce que las mujeres, normalmente, se guían por lo que escuchan y los hombres por lo que vemos. Por eso, seguramente, hubo tantos poetas de sexo masculino en la historia. Todos trataban de llegar a su amada con palabras, cuando su apariencia física no colaboraba. La duda era si se podría considerar esto como un don o, simplemente, la respuesta del cuerpo al ver que no se consigue una meta. Al no tener éxito con la estética, se comienza a transformar la energía para mejorar la dialéctica. Qué misteriosa es la vida, algunas teorías solo acarrean a otras dudas. Lo mejor era continuar hacia adelante, sobre todo si resultaba la fórmula para estar junto a mi enamorada.
Para ser francos, creo que la actividad física me estaba ayudando psicológicamente. Los días de ejercicio me hacían sentir muy seguro de mí mismo. Me estaba contagiando de mi amigo. Antonio era un fortachón atlético, difícil de superar. Prevalecía ampliamente al correr y realizar abdominales; los ejercicios parecían ser insignificantes para él. Para mí era una tortura constante, pero internamente sabía que estaba logrando mejorarme. Incluso la mente parecía despejada, llovían ideas y proyectos; muchos de ellos tenían que ver con mi enamorada. Mi amigo siempre me recordaba que en el mes de julio deberíamos ingresar a la selva. El invierno sería nuestro aliado. Gracias a la estación fría, no sufriríamos de calor agobiante y, en teoría, el Mboté estaría en su cueva hibernando como un oso. Aquellas eran las conclusiones que sacaba el entusiasmado fortachón mientras trotábamos alrededor del pueblo.
Los planes de la expedición parecían envolverme cada día un poco más. No sé si la actividad física, mi relación con Elisabeth o simplemente la inercia me llevaba a formular ideas y posibles soluciones para enfrentar con éxito la misión. El único inconveniente que hasta el momento teníamos era la falta de voluntarios que acompañasen nuestra cacería. A pesar de que Antonio intentaba persuadir a compañeros de trabajo, vecinos y conocidos, no lograba hacerse ni siquiera de uno solo. Alunas personas nos veían como a locos, otros argumentaban tener miedo de ingresar a la selva, y otros pocos amenazaban con denunciarnos a ecología. Es sabido que está totalmente prohibido ingresar a territorios protegidos y más aún realizar una cacería. Esta última era una clara razón por la cual debía convencer a mi amigo de suspender la travesía. Ingresar a una reserva natural protegida nos metería en problemas. Seguramente, terminaríamos presos, si primero no moríamos de hambre perdidos en la espesa vegetación.
Los días seguían pasando velozmente, por lo menos para mí. Entre los entrenamientos, el trabajo en la empresa y las visitas a mi amada, me quedaba muy poco tiempo libre. Estaba muy entretenido, por lo que no me había dado cuenta de la fecha en que estábamos. El ocho de abril, saliendo del trabajo, me disponía a regresar hasta mi casa; después de una buena ducha, iría a visitar a la contadora de mis sueños. Pero estos planes fueron interrumpidos por un extraño suceso.
Aún se veía iluminado el cielo, el sol ya se había ocultado en el horizonte y dejaba de un tono naranja las nubes dispersas. Las farolas de la calle ya estaban encendiéndose y comenzaba a verse mejor sobre la vereda, cuando un abrupto corte de luz apagó todo. Esto no fue lo que me sorprendió; es normal que en los pueblos se corte la luz, debido a las precarias instalaciones eléctricas. Lo impactante ocurrió segundos después. Un fuerte sonido, como el de una gran aspiradora, parecía venir desde el bosque. Algo se dirigía hacia el poblado. Lentamente, el sonido iba incrementando, pero no se lograba ver nada. La noche se puso muy oscura y, desde el origen del sonido, se podía apreciar un fulgor muy blanco.
Luego todo se calmó lentamente hasta llegar al completo silencio. Las personas estaban paradas en las veredas y patios mirando hacia arriba. Yo estaba petrificado, no comprendía lo que estaba sucediendo y mi cerebro inició la búsqueda de explicaciones lógicas, como siempre. De pronto, las luces de las farolas se encendieron nuevamente, yo bajé mi cabeza y continué caminando.
A las nueve de la noche, estaba cenando con mi amiga Elisabeth en casa de sus padres. Su madre era muy tranquila y amable, tenía rasgos que delataban su nacionalidad paraguaya: cabello negro, pero no tanto como sus ojos; piel morena, de baja estatura y con bastante sobrepeso. Su padre, un hombre alto de ascendencia alemana. Con ojos celestes, mirada firme y seria; parecía bastante autoritario, pero era amable. Notando que no les caía mal mi presencia, aprovechamos la ocasión y anunciamos nuestro noviazgo oficialmente. Todo marchaba bien, sus padres me aceptaron con total amabilidad y solamente tenían algo para recomendar.
—¡No deberías continuar con tus planes de ingresar a la selva! —dijo su padre frunciendo el ceño—. Ya todo el pueblo está hablando de la locura de ustedes. Tu amigo te está influenciando de mala manera y, de seguir así, terminarán en la prisión.
Yo solo asentí con la cabeza mientras me encogía de hombros. Sentí una enorme vergüenza que, seguramente, fue delatada por el habitual enrojecimiento de mi rostro. No sabía cómo responder, tenían razón en lo que me decían. Seguramente, no querían que su hija se viera involucrada con un loco cazador de seres míticos.
—No se preocupe —respondí en tono calmado—. Mi amigo está atravesando un problema mental y yo solo estoy tratando de ayudarlo. La idea es aplazar todo lo posible sus planes, para que pierda el interés con el tiempo y termine por olvidar el asunto.
—Perfecto —contestó el panadero dando por concluida la charla.
Elisabeth y yo salimos al jardín para continuar con nuestras cursilerías, que involucraban besos y caricias. Siempre estaban acompañadas de las mejores palabras, en contextos poéticos, desde mi parte; estos eran exagerados y ella misma me lo decía. Pero ¿qué podía hacer yo? Tenía a la mujer más bella del mundo a mi lado y quería asegurarme de no perderla. No tenía otra cosa que ofrecer; solo palabras, halagos y versos, además de mi amor. Con tan solo verla sonreír era suficiente; quería verla feliz y no paraba de buscar la forma de mantenerla en ese estado.
Cortando mis elaborados versos, mi amada me preguntó qué había sucedido en el corte de luz, ya que ella estaba en la oficina. Algunos de sus vecinos le habían comentado que habían visto una potente iluminación proveniente de la selva, además de un sonido agudo. Encogiéndome de hombros, simplemente respondí que no sabía qué era eso.
—Lo escuché —respondí luego intentando hacer memoria—, también vi la luz. Pero, sinceramente, no sé qué fue eso. Supongo que la turbina de un avión… pero esa iluminación tan fuerte desconozco si puede provenir de una aeronave comercial, de las que frecuentan esta zona.
Al estar en proximidad con el aeropuerto de Iguazú, era habitual ver aviones comerciales volando por la zona. Algunos pasaban muy cerca de los árboles, pero en ninguna ocasión que yo recordara se había visto semejante iluminación. Al no haber una explicación razonable desde mi parte, ella comenzó a preguntarme sobre las desapariciones; quería saber si en realidad yo estaba dispuesto a introducirme en la selva con mi amigo para cazar un hombre lobo.
—¡No es un hombre lobo! —respondí en automático—. Es una bestia salvaje, un animal.
Inmediatamente me avergoncé. Ya parecía un completo loco que respondía sobre el tema como un experto.
—¿Y cómo es esa cosa exactamente? —preguntó con una sonrisa burlona Elisabeth.
—No lo sé —respondí escondiéndome de su mirada—. Simplemente, sé eso. Mi amigo me dio esa descripción. Y parece que también estoy perdiendo la razón.
—Hasta en las respuestas conspirativas estás respondiendo con rimas —decía mi amada mientras reía sin cesar.
No sabía qué me sucedía. Por dentro sabía que sonaba a locura todo lo referido a ese ser mítico. Tal vez fue por estar escuchando a ese lunático de Antonio. No obstante, sentía que podía tener algo de cierto, ya que hasta ahora no se habían encontrado evidencias de las desapariciones. Me quedé en silencio un largo rato abrazando a la joven. Mi cabeza trataba de encontrar las palabras para reivindicarme, pero parecía no hallar nada lógico. Por este motivo, decidí despedirme alegando que ya era tarde y luego me dirigí a mi casa.
