Algunos valientes sobreviven - Jonhatan Ariel Yantz - E-Book

Algunos valientes sobreviven E-Book

Jonhatan Ariel Yantz

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Beschreibung

Algunos valientes sobreviven es una emocionante historia que desafía los límites de la monotonía y lleva a sus protagonistas a través de un viaje lleno de peligros y descubrimientos inesperados. Martin y Kathy anhelan escapar de la rutina de sus vidas urbanas y embarcarse en una aventura que los llevará más allá de lo conocido. Lo que comienza como un simple viaje turístico se convierte rápidamente en una odisea llena de dificultades y desafíos imprevistos. A medida que viajan por tierras desconocidas, enfrentan una serie de obstáculos que ponen a prueba su coraje y determinación. Desde problemas técnicos hasta dilemas morales, ellos descubren que la vida de aventura conlleva responsabilidades inesperadas y momentos de incertidumbre. Pero cuando creen que lo peor ha pasado, se encuentran navegando por las aguas heladas del océano Atlántico y explorando territorios remotos en busca de respuestas. Con cada giro del destino, se ven obligados a enfrentar desafíos cada vez mayores, poniendo en juego no solo sus vidas, sino también su amor y su cordura. En Algunos valientes sobreviven, la búsqueda de aventura se convierte en una lucha desesperada por la supervivencia, donde la monotonía es en un recuerdo lejano y la supervivencia se vuelve el único objetivo. Ingresa en esta emocionante historia y descubre qué sucede cuando la vida cotidiana se transforma en una batalla por la supervivencia.

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Seitenzahl: 177

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Yantz, Jonhatan Ariel

Algunos valientes sobreviven / Jonhatan Ariel Yantz. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

154 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-056-6

1. Cuentos. 2. Relatos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Yantz, Jonhatan Ariel

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Algunos valientes sobreviven

Introducción

La vida cotidiana envuelve a las personas con una piel de monotonía; algunas veces, algunos afortunados logran quitarse este envoltorio asfixiante en busca del verdadero sentido de vivir.

En el caso de esta historia, la realización de un sueño es lo que lleva a los personajes a vivir una aventura por demás compleja. Comienzan escapando del aburrimiento cotidiano, dejando su forma de vida urbana, para volverse viajeros; un sinfín de inconvenientes encuentran en el camino, pero luego logran realizar ese cambio de vida que tanto anhelan. Esto los embarca en una aventura con dificultades, que primeramente aparentan ser técnicas, pero en el transcurso del viaje descubren que el estilo aventurero libre acarrea muchas responsabilidades.

Todo se vuelve muy difícil de afrontar, su vida pende de un hilo muy delgado, tienen momentos en que la esperanza se pierde, luego nuevamente es recuperada, pero solamente para enfrentar un desafío mayor.

Lo que inicia como un simple viaje turístico y recreativo se transporta al profundo océano Atlántico y llega hasta el polo más frío del planeta descubriendo un misterio impensado. Los giros que da la suerte los terminan guiando fuera del helado continente para transportarlos a un ambiente un poco templado y agradable, pero que esconde un peligro mortal en su interior.

La aventura se vuelve supervivencia y la monotonía se vuelve el tesoro inalcanzable para esta pareja de arriesgados viajeros.

Cambio de rutina

Un domingo normal de invierno en Misiones, una provincia en el extremo noreste de Argentina, con temperaturas de diecisiete grados centígrados, Martin y su esposa Kathy se encontraban en su sala de estar disfrutando de una sabrosa merienda, compuesta de un mate con facturas, mientras veían en su televisor videos de viajeros aventureros que recorren lugares paradisíacos.

Saboreando aquellas imágenes tan deslumbrantes, se miraban de reojo como tramando algo, aunque ninguno emitía palabra alguna, simplemente permanecían estáticos, con algunos movimientos únicamente para tomar un bocadillo. El fuego de su hoguera chisporroteaba y las voces del TV invadían la sala; si se pudiese mirar desde una ventana hacia adentro, lograríamos ver a los dos personajes cómodamente sentados en su sofá, con el fuego de fondo en una hoguera de gran tamaño, con fotografías en sus paredes y el TV en el otro extremo, de frente, como un portal a lo desconocido, donde el brillo de este revelaba la sonrisa de sus caras mientras transcurrían las horas. Al finalizar la programación, comentaban la belleza de los lugares y la facilidad con la que parecían conseguir estos viajeros el acceso a tantas maravillas, con pocos financiamientos económicos y desligados del mundo habitual, con trabajos y horarios por cumplir.

Al día siguiente, la vida rutinaria volvía a comenzar, cada uno en sus labores, entretenidos por los quehaceres y obligaciones, como todo lunes, parecía difícil iniciar el día, el sabor de que se necesitaría un día más al menos para poder descansar y desconectarse de todo se hacía presente.

Al finalizar el día, al regresar a casa, decidieron encender su televisor para ver un capítulo nuevo que acababa de subir un viajero a su canal online, mientras disfrutaban de la cena. Una vez más los maravillosos paisajes se dibujaban en la pantalla, pero parecía que el televisor full HD ya no tenía la nitidez suficiente, faltaba algo que pudiera estimular la sonrisa y esa emoción cautivante. Finalizó el video y se acostaron a dormir, en silencio, sin comentarios al respecto del viajero y la aventura transmitida.

Nuevamente un día asomó por la ventana, esta vez mucho más radiante, con el sol brillando y unas pequeñas nubes dibujadas alrededor, los pájaros comenzaron con sus cantos y la temperatura subió a los 22 grados centígrados. Ambos, viendo desde la cama por la ventana, movieron sus cabezas hacia un lado buscándose con una sonrisa, con sus ojos brillando como aquel sol que veían, pero todo quedó ahí, sin comentarios además de un “Buen día” agregado a una caricia que el esposo realizó en la mejilla de su amada.

Nuevamente cada uno volvió a su rutina, pero esta vez parecía que el día era perfecto, había algo especial manejando el humor, llevando a que la sonrisa no se extinguiera. Martin se dirigió por las calles a paso lento, observando todo a su alrededor, las plantas, los pájaros, el cielo y los árboles, sintiendo el viento en su rostro e inhalando profundamente ese aroma agradable, de la vegetación y aire limpio. Kathy, por su parte, recogió los frutos de unas moras que encontró en la plaza del barrio, camino a la tienda para hacer las compras habituales; se la veía sonriente observando con detalle a su alrededor, sobre todo las obras de la naturaleza, apreciando cada paso que daba sobre el césped húmedo por el rocío presente aún a la sombra de los árboles.

Por la noche se volvieron a reencontrar en su morada, con la sonrisa intacta, con una expresión de que algo estaban tramando en su interior, nadie agregaba nada nuevo a la charla, todo era lo normal, lo que sucedió en la rutina del día, pero con un ánimo descomunal, con una luz en la mirada. Esa noche no encendieron el televisor, se acostaron, cada uno tomó su libro y pasaron varias horas concentrados en la lectura. Kathy mirando el reloj de pared notó que pasaron dos horas más de las habituales de lectura, por consiguiente, cerró su libro y recostó su cabeza en la almohada observando a su esposo que seguía en la lectura. Este, como vio a su amada acostada, cerró también su libro, se acostó y apagó la luz.

Transcurrieron unos minutos en silencio, ambos quietos como estatuas en sus lugares, no se oía ni el más leve susurro, únicamente el tac, tac, tac del reloj de pared que seguía girando. En un momento dado, Kathy se acomodó un poco, estirando un poco la cobija hacia su lado, aflojó un poco su almohada y lanzó un suspiro pequeño, pero que se oyó perfectamente en la habitación silenciosa. Martin interrumpió el sórdido silencio, preguntando si ella también estaba con dificultades de conciliar el sueño, a lo que ella respondió inmediatamente:

—Sí, pareciese que no encuentro comodidad, ¿y tú?

—Tampoco... —respondió él.

Pasaron unos segundos más en silencio, cuando Martin volvió a emitir un leve susurro:

—Sería mucho más cómodo dormir en la tienda de acampar, a un lado de la cascada que montó el viajero del video.

—¿El viajero que vimos en el televisor el domingo? —preguntó ella.

—Sí —respondió Martin.

Kathy, con voz un poco menos tenue ya, replicó:

—Sí, sería una noche muy hermosa escuchando la cascada, además del increíble amanecer al siguiente día. Y lo mejor, no iniciaría la rutina acostumbrada. Libre de ruidos de motocicletas y bocinas, aire puro y naturaleza.

—Sí —respondió Martin nuevamente, y agregó—: sería interesante descubrir el secreto para vivir de esa forma y seguir generando dinero sin trabajar.

El silencio nuevamente invadió el dormitorio, la madrugada se acercaba, el sueño se apoderaba de sus cuerpos y quedaron dormidos al son del reloj.

La mañana siguiente el sol no apareció por la ventana, estaba nublado, con una densa niebla que no permitía ver más que al jardín de la casa, todo estaba en silencio, los pájaros aún no salían de sus nidos, todo se veía mojado, del techo caían gotas lentas y formaban pequeños charcos debajo, sobre la vereda. Iniciaron sus rutinas, con la sonrisa dibujada en sus rostros como el día anterior, Kathy comentó que estaba muy a gusto con el clima de ese día, Martin también se veía alegre y satisfecho. Comenzaron a hablar mientras desayunaban y recordaron un video que habían visto hacía unos meses, de unos viajeros que recorrían la Patagonia chilena, en donde la niebla cubría los lagos que descansaban junto a la montaña, los personajes del video se encontraban en una tienda de acampar bebiendo un café caliente mientras contemplaban aquel majestuoso paisaje que se fue despejando, conforme avanzaba el día.

Martin, con la taza en la mano comentó a su esposa:

—Qué buena vida la de los viajeros. Tener tantos paisajes a disposición, todas esas variantes climáticas, solos en la naturaleza disfrutando y descubriendo al mundo.

—Quiero esa vida —respondió Kathy—. Siempre soñé con vivir así, recorriendo lugares y sintiendo la naturaleza entre mis manos, no quiero ver ciudades, quiero montañas, lagos, árboles, tierra y mar.

—Un poco complicado es tu sueño —replicó Martin y continuó—: ¿con qué pagarías una vida así? ¿De dónde saldría el dinero para el combustible, la comida, la ropa y los gastos que involucra una vida así?

—Tienes razón, pero los viajeros que vemos en internet lo hacen. Viven de lo que muestran al mundo, hacen trabajos remotos y otras cosas.

—¡Otras cosas, sí! Debe ser gente que tiene dinero, simulan no tenerlo para que no los roben cuando viajan, o para que no los tilden de irresponsables. No creo que paguen todo con unos simples videos posteados o changas casuales, la vida es cara y sobre todo si es en movimiento constante. Deben ser herederos de gente muy adinerada o… tal vez sean narcotraficantes, aprovechan sus viajes para hacer su negocio.

—Otra vez tú con tu negatividad —respondió Kathy—. Cuando a alguien le va bien, supones que es por algo ilícito.

—La mayoría de los casos son así —respondió Martin—. Nosotros no podríamos costear unos viajes de esa magnitud, si viviendo aquí, sin movernos y cuidándonos con los gastos, apenas sobrevivimos, dándonos muy pocos lujos.

En silencio concluyó el desayuno, la sonrisa se borró fugazmente, cada uno volvió a su respectiva rutina como todos los días.

En el trabajo, Martin estaba charlando con un cliente, que le contaba como desde hacía tiempo estaba viajando cada vez que podía con su casa rodante, le explicaba detalles de cómo reunía el dinero para poder construirla y cómo financiaba luego sus escapadas de fin de semana. Los detalles se fueron prolongando, todo lo que decía parecía volver a pintar la sonrisa en el rostro de Martin, parecía soñar despierto escuchando aquellas historias de viaje, su imaginación diseñaba aquellos paisajes y a su vez construía y bosquejaba su propio motorhome.

De regreso a su casa, encontró a su esposa con las características de monotonía, una pequeña mueca solamente expresó al saludarlo y continuó con la limpieza de la cocina en la que estaba ocupada. Martin comenzó a contar lo que escuchó de aquel cliente, resaltando con qué facilidad lograrían hacer un viaje, “con un poco de organización —decía—, podemos empezar con lo que tenemos e ir viendo cómo avanzar en el camino”. Mientras seguía recitando las palabras que comentó aquel viajero, los ojos de Kathy se iluminaban cada vez más, introduciendo también ella opiniones y metodologías para conseguir comenzar el viaje; estaban envueltos en la planificación. Pasaron la noche hablando sobre el tema y buscando la manera de comenzar esa travesía tan ansiada.

Debido a que el presupuesto que tenían era muy pequeño, decidieron intentar conseguir algún automóvil pequeño y antiguo, sobre todo barato, para hacerle unos arreglos e iniciar el viaje. Pasaron meses buscando algo que se acomodara a su bolsillo y finalmente lo encontraron. Un automóvil, pequeño, viejo, feo y destartalado, como el que estaban buscando.

—Con un poco de trabajo, lo reparamos y pintamos nosotros solos, para poder abaratar costos —comentó Martin.

—¡Sí! ¡Con un poco de esfuerzo vamos a lograr hacerlo funcionar bien! —replicó Kathy.

Se suponía que en un par de meses lo tendrían listo para salir de viaje, pero esto no ocurrió, pasaron trece meses hasta lograr ponerlo más o menos en condiciones de salir a probarlo. Hacían un par de kilómetros y luego debían regresar, ya que algo se dañaba, el motor comenzaba a fallar o algún ruido aparecía. Llevaron prácticamente otro año más haciendo ajustes y reparando el viejo automóvil, aun así, no funcionaba, lograban hacer más kilómetros que al principio, pero no llegaban lejos, igualmente. Comenzaron a resignarse a que su viaje no llegaría más allá de los límites de la pequeña provincia, no se desanimaron y la recorrieron por cada rincón, paseaban por los caminos de tierra colorada, entre bosques y cerros, pasaban el día junto a un arroyo o algún río, disfrutaban hasta donde se los permitía el automóvil y su presupuesto.

Nuevos planes

Una mañana fría del mes de julio, llegaron al puerto de Eldorado, con una niebla que cubría todo; decidieron comer algo mientras calentaban el agua para beber un té. Salieron del viejo auto observando una silueta que se acercaba a la costa en donde ellos estaban estacionados, era un barco viejo y oxidado que se acercaba lentamente con un sonido muy grave, indicando un poderoso y antiguo motor. Momento más tarde bajaba del navío el viejo capitán, con un cartel de cartón en el que decía: se vende o permuta por vivienda. Por la tarde, Martin y Kathy se aproximaron al barco, aprovechando que se había disipado la niebla y el sol predominaba iluminando aquella costa, observando con curiosidad la embarcación y al capitán, que se veía más viejo de lo que suponían.

—Schmidt, capitán Schmidt, a sus órdenes —exclamó el viejo hombre. Y agregó—: ¿Quieren subir a ver mi casa?

El capitán era un hombre de avanzada edad, con una barba gris, los ojos celestes un poco pálidos, su rostro marcado por las arrugas resecas de tanto sol y vestido con unos jeans azules muy gastados con una camisa a cuadros roja estilo leñador.

Inmediatamente Martin aceptó, subieron a bordo del oxidado y enorme barco, observando el interior revestido en madera, además, un olor a pescado podrido mezclado con aceite y combustible que parecía no afectar al capitán. En el interior, observaron una cocina, un baño, un comedor, un camarote grande y uno para almacenamiento de víveres.

—Es enorme —comentó Kathy, y agregó—: No sabía que en un barco tenían tantas comodidades.

—Y eso no es todo —respondió Schmidt—, también por esas escaleras pueden bajar a ver el motor, ahí también hay espacio para las cañas y redes de pesca, el combustible, entre otras cosas, además del enorme freezer para guardar los pescados y la cerveza.

Bajaron los tres y mientras recorrían aquel “sótano” del barco, Martin preguntó a qué se dedicaba el capitán, cómo solventaba su vida sobre este bote. Schmidt les contaba que había vivido en el mar prácticamente toda su vida, se dedicaba a la pesca y también hacía excursiones de pesca para turistas, recorría las costas de Argentina y de vez en cuando llegaba hasta Brasil. Debido a que ya tenía ochenta y nueve años, había decidido dejar el agua y descansar en tierra firme, donde tuviera mejor acceso a medicina y alimentos, por eso eligió subir por el río Paraná hasta encontrar un lugar que le agradara.

Martin no podía creer que aquel hombre con una larga y desarreglada barba gris hubiera vivido tantos años sobre un barco, en su mente no podía conseguir organizar la información para que todo encajara; Kathy, sin embargo, estaba deslumbrada, parecía estar en un hotel de cinco estrellas y en un momento balbuceó para decir:

—¿No le interesaría nuestra casa? Está a unos doscientos kilómetros de aquí, tiene un enorme patio y el barrio es tranquilo.

Martin se quedó helado, sus ojos parecían los de un gato asustado; el capitán miró a Kathy con una sonrisa y respondió:

—Podría interesarme, pero quisiera verla primero.

Martin salió del bote con sus extremidades tiesas, no por el frío que tenía, sino por el impacto de las palabras de Kathy. Luego salió también su esposa, dirigiéndose a él, que estaba sentado en el viejo automóvil viendo hacia el bote; tuvieron una larga charla. Desde el navío el capitán observaba como la pareja estaba hablando y escribiendo en un cuaderno, como haciendo una lista o sacando cuentas. Cayendo la tarde, salieron de aquel auto y se dirigieron al capitán, expresaron su interés en la permuta, ofrecieron llevarlo hasta su casa para que la viera y en el camino coordinaban como llevarían a cabo el negocio. Llegaron al domicilio de la pareja por la madrugada, el viejo quedó encantado con el lugar, observó el jardín e inmediatamente cerraron el trato. Habían acordado que el capitán enseñaría a la pareja a navegar y reparar la embarcación, además de darles consejos y un detallado mapa del río Paraná, donde marcaba con gran precisión los lugares de riesgo en donde había remolinos o bancos de arena.

Luego de tres meses, Martin ya tenía listo el barco y también la licencia para pilotarlo, lo habían pintado en algunas partes, también repararon lo que hacía falta. Pero ¿cómo se financiarían? Ya lo tenían decidido y solucionado, vendieron el auto y gran parte de los muebles que tenían en la casa, además disponían de algunos ahorros aún.

El veinticuatro de octubre partieron, era un magnífico día, el sol hacía que las olas del río se vieran con hilos dorados en sus crestas, las aves volaban en círculos sobre la embarcación y las flores en la costa completaban aquel cuadro primaveral. Todo fluía como un sueño, era como viajar sobre una nube, Kathy preparando algo en la cocina, su esposo en la cabina de mando. Avanzaron unos pocos kilómetros, mientras Martin observaba en la costa como unos caballos bebían el agua del río; de pronto, un terrible movimiento, Kathy se agarró con fuerzas mientras veía como una bandeja con galletas salía despedida; Martin, colgándose de un tubo que servía de apoyo casi sentado, no entendía lo que sucedía; volvió a parase trastabillando y al mirar hacia adelante, notó que el río no era igual, ahora la corriente venía de frente y no a favor, como al comienzo. El barco pasó por un remolino que lo volteó ciento ochenta grados y ahora navegaban lentamente hacia atrás. Kathy salió asustada de la cocina y vio sobre la cabina de controles que Martin veía hacia todos lados asustado y paralizado, ella gritó preguntando qué sucedió, a lo que él sacudió su cabeza diciendo que no lo sabía.

—El ancla —gritó Martin—, hay que largar el ancla.

Kathy salió corriendo hacia la proa y soltó el ancla, inmediatamente el barco se detuvo; Martin bajó por las escaleras hasta donde estaba su esposa, ella lo miraba sin entender nada, él con las manos temblorosas se agarraba de la baranda y miraba hacia abajo, como buscando a un enorme monstruo que había movido su barco. De pronto oyó que su amada se reía a carcajadas, volteó a verla y esta le indicaba hacia lo lejos en mitad del río.

—¡Un remolino! —dijo Kathy—: pasamos por un remolino. Parece que el capitán estaba distraído —agregó.

Martin suspiró profundamente y sonrió, tardaron más de treinta minutos en poner al barco nuevamente en dirección a la que iban, fue muy difícil maniobrar cerca del remolino, quitar el ancla y volver a posicionar la nave. El susto pasó y continuaron río abajo, eso sí, con mucha más atención, la vista del capitán no se despegaba del agua, observaba cada movimiento, cada sombra y disminuía la velocidad cuando sospechaba de algo inconsistente. Durante el día navegaban, en la noche se acercaban a una costa y anclaban el bote, no querían tomar riesgos. Transcurrieron varios días viajando a una marcha muy lenta, Martin detenía la embarcación muchas veces para dedicarse a pescar; con esto, gran parte del presupuesto que necesitaban para comida se reducía, ya que por lo menos cinco veces a la semana se alimentaban de pescados.

Días más tarde, estaban ingresando al territorio de Corrientes, allí se complicaba un poco el viaje ya que enfrentaban muchos bancos de arena además de conformaciones de islas en las que fácilmente podrían encallar o perderse. Decidieron costear por las orillas, lentamente y guiándose por donde otros botes y barcazas se desplazaban, con precaución y concentración. Por la tarde, vieron una hermosa playa que parecía desolada, decidieron acercarse a la costa y pasar la noche con una fogata, aprovechando para hacer un asado y sentir tierra firme nuevamente en sus pies.