Los ángeles me miran - Marc Pastor - E-Book

Los ángeles me miran E-Book

Marc Pastor

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Beschreibung

Los ángeles te miran, Abraham Corvo, y el diablo te habla. Un asesino anda suelto por Barcelona. Y solo tú puedes detenerle. Dos jóvenes sin relación aparente son descubiertas muertas en lo que parece un asesinato ritual: en posición invertida, con la lengua arrancada y un tatuaje idéntico: unas pequeñas alas en la nuca. Marc Pastor vuelve a la novela negra con una obra urbana, electrizante y adictiva que rompe los cánones y nos presenta a un protagonista de lo que no se olvidan: el cabo Abraham Corvo. Mulato de ascendencia guineana, es perspicaz e intuitivo y reúne todas las cualidades que se atribuyen a un buen detective... y otra arma secreta: una pulsión oscura, una conciencia antigua capaz de mirar directamente a los ojos del mal.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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LOS ÁNGELESME MIRAN

MARC PASTOR

Traducción de Marta Alcaraz

Índice

Relación de personajes y siglas

Semana 1

Semana 2

Semana 3

Semana 4

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

A Lando y a Eva,que hacéis del nuestro el mejor de los multiversos.

Tenemos derecho a caminar entre los muertos con una confianza falsa, con una astucia engañosa, con la certeza autosuficiente de que nos separa el mayor de los abismos.

David Simon, Homicide

She spread her wings made of ashes, ‘cos she’d learnt to fly in hell.

The Hairless Screaming Monkeys, Angel of Fear

El Diablo y yo nos entendemos como dos viejos amigos. A veces se hace mi sombra, va a todas partes conmigo.

Jaime Sabines

Duc el dimoni dins jo.

Tomeu Penya, El dimoni dins jo

It’s time to chow down.

Banzai, The Lion King

Relación de personajes y siglas

ABP (Área Básica Policial)

ACIPER (Área Central de Investigación de Personas)

AIC (Área de Investigación Criminal de Barcelona)

Inspector Oriol Vivales, jefe de la AIC

Área de Investigación Criminal Metropolitana Norte

Sargento Rubén San Luis, jefe de Homicidios

Agente Mateu Almirall, Científica

Agente Ferran Piñol, Científica

Área de Investigación Criminal Metropolitana Sur

Cabo Jordi Pirot, grupo de Homicidios

Agente Mari Romero

ARRO (Área Regional de Recursos Operativos)

CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona)

Consejería de Interior

Consejera Mercè Obioma

Director general de la Policía Jaume Sarroca

CRAE (Centros Residenciales de Acción Educativa)

DAI (División de Asuntos Internos)

Subinspector Daniel Lapointe

Sargento Vilaplana

DGAIA (Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia)

DIC (División de Investigación Criminal)

Intendente Felip Vidal, jefe del Área Central de Investigación de Personas

Sargento Gorka Ulloa, jefe de la Unidad Central de Homicidios

Cabo Òscar Ladera

Agente Lou

Agente Taltavull

División de la Policía Científica

Subinspector Benet Oloriz, jefe del laboratorio biológico

Agente Gervasi Falcó, retratista de la Unidad de Audiovisuales

Agente Rafa Gamo, agente del laboratorio biológico

Gobierno de la Generalitat

Presidente Benjamí Paulo

GRS (Grupo de Reserva de Seguridad)

GUB (Guardia Urbana de Barcelona)

Agente Domingo Arcarazo, Guardia Urbana del distrito de Sant Andreu

Homicidios de Barcelona

Sargento Marta Jordà, jefa de Homicidios

Cabo Abraham Corvo

Cabo Rafel Tur

Agente Carla Cabot

Agente Romuald Cruz

Agente Brauli Folch, Fulci

Agente Índia Guerrero

Agente Olivia Haghenbeck

Agente Serafí Peyró, Jabalí

Agente Emilio Pomares Gabarrell, Pumuky

Agente Pere Peter Llort

Agente Triana Santos

IMLC

Doctor Fontana, médico forense

Doctora Panella, jefa del servicio de Patología Forense

Doctor Rizzo, médico forense

Doctora Roig, médica forense

Julio González, técnico de autopsias

Juzgados

Magistrado Fermí DeCastro, titular del juzgado de Primera Instancia e Instrucción 13 de Barcelona

Magistrada Míriam Eslava, titular del juzgado de Primera Instancia e Instrucción 4 de Barcelona

Magistrada Isabel Soler, titular del juzgado de Primera Instancia e Instrucción 1 de Sabadell

Fiscal Alejandro Cabezas

Mossos d’Esquadra

Mayor Napoleó Puigfornells, jefe del cuerpo

Inspector Lluís Arbequina, portavoz del cuerpo

Comisario Silvestre Ventero, jefe de la Comisaría General de Investigación Criminal

MTO (Medios Técnicos Operativos)

NIP (Número de Identificación Policial)

PGA (Programa General de Evaluación)

PGME (Policía de la Generalitat – Mossos d’Esquadra)

SAID (Sistema Automático de Identificación Digital)

SILTEC (Sistema Integral de Interceptación de Telecomunicaciones)

UCFA (Unidad Central de Fotografía y Audiovisuales)

UI (Unidad de Investigación)

Agente Gabi, Unidad de Investigación de Sant Martí

Agente Sandra, Unidad de Investigación de Sant Martí

Agente David Subirana, Unidad de Investigación de Ciutat Vella

UIP (Unidad de Intervención Policial)

UMP (Universale Maschinenpistole, subfusil universal)

USC (Unidad de Seguridad Ciudadana)

UTI (Unidad Territorial de Investigación de Barcelona)

Subinspector Tomàs Peuderrata, jefe de la UTI

UTPC (Unidad Territorial de la Policía Científica de Barcelona)

Subinspectora Samantha Sam Bagunyà, jefa de la Científica

Sargento Raül Bas

Cabo Paco Aguilella

Cabo Toni Canyet

Agente Edu Allué

Agente Boris Ortega, el Camarada

Agente Lupe Piquer

UTTD (Unidad Territorial de Tratamiento de Datos)

Otros personajes*:

Roman Alcalà, jefe de sucesos de La Vanguardia.

Remei Barracuda, periodista de El republicà

Dídac Barrios, exnovio de Raquel Ledesma

Lurdes Bartolo, prostituta amiga de Svetlana Gerganova

Natàlia Bolèkia, madre de Abraham Corvo

Alfredo Carmona, habitante de la casa donde aparecen las chicas asesinadas y antiguo socio de Malaquías Ledesma

Sara Cerdà, la mejor amiga de Raquel Ledesma

Irene Corvo, hermana de Abraham Corvo

Lucas Corvo, padre de Abraham Corvo

Glòria Fernández Camilla, secretaria de la escuela Jesús, María y José donde estudiaba Silvana Puntí

Inspector Majencio Flaco, antiguo investigador de Homicidios del Cuerpo Nacional de Policía

Iván Flores, ladrón multirreincidente cuyas huellas aparecen en la casa donde son descubiertas las jóvenes

Nerea Garcés, la mejor amiga de Silvana Puntí

Svetlana Gerganova, prostituta bielorrusa

Guillermina Gluyck, madre de Silvana Puntí

Brigitte Halfon, víctima

Dimas Laloux, psicólogo de Brians 2

Malaquías Ledesma, hermano mayor de Raquel Ledesma, en prisión

Raquel Ledesma, víctima

Lenin, proxeneta de Svetlana Gerganova

Rosario Maluenda, abuela de Raquel y Malaquías Ledesma

Pol Martín, exnovio de Silvana Puntí

Juan Alberto Mbaré, «Profesor Ousmane», curandero

Anastasia Mellinas, víctima

Susana Mendoza, amante de Iván Flores

Mònica Mirasol, víctima

Èufrates Monroy, guardaespaldas de Raquel Ledesma a las órdenes de Malaquías

Víctor Negro, trabajador social del Servicio de Atención Domiciliaria

Honori Ochoa-Papasseït, primo del padre de Alfredo Carmona

Santiago Puntí, padre de Silvana Puntí

Silvana Puntí, víctima

Ausiàs Tost, profesor de Silvana Puntí en el colegio de Jesús, María y José

* En este apartado puede haber algún spoiler.

Los ángeles me miran.

Fingen que no estoy, distraídos, mientras interpretan una pieza silenciosa, un concierto inaudible, trompetas y violines congelados en el tiempo y el espacio, una música que solamente puedo oír yo. Pero sé que me miran desafiantes, las alas en punta como las orejas de un perdiguero que ve a un conejo moverse entre los arbustos, levantándose en bloque con la displicencia lúgubre del bronce al anochecer.

Cabronazos.

Sé que me miráis cuando yo no miro. Os veo de refilón: ojos sin pupilas abiertos de par en par escrutándome curiosos. Qué haces aquí, quién eres. Huye, no eres bienvenido.

Os detesto. A los cinco. Me dan ganas de acercarme y gritaros: ¿veis estas piernas? Puedo caminar. Puedo saltar. Puedo bailar. ¿Y vosotros? ¿Qué cojones sabéis hacer, pasmarotes?

¿Aceptáis peticiones? ¿Tocáis alguna pieza de Wagner? ¿Txarango? ¿Vampire Weekend?

Esta canción se la dedico a Triana, que sé que no os estará escuchando.

Putos ángeles.

Dejad de mirarme.

Triana Santos apaga la radio —vaya mierda de música que escuchas, salgamos a fumar un piti— y abre la puerta del coche. Se apoya en el capó y enciende un cigarro. Cruza los brazos, tiene la piel de gallina, la tarde primaveral ha dado paso al frío de un anochecer de marzo. No ha pensado en coger la sudadera antes de salir de comisaría y ahora se arrepiente. Con qué autoridad le puede decir a su hijo todas las mañanas que se ponga la chaqueta, que pillará un resfriado. Expulsa este pensamiento con el humo. Ve pasar a media docena de hombres atados a sus perros, impacientes por entrar en el Turó Park después de llevar todo el día aguantando el pis dentro de un apartamento de diseño con parqué de haya blanca. La mayoría descarga al lado del monumento en homenaje a Pau Casals, el de los ángeles de Apel·les Fenosa, ahora os jodéis, que hay a la entrada del parque. Algunos amos hablan entre ellos, años de conocerse, perros con muchos kilómetros en las patas. Otros ya tiran para volver, bajan el tiempo mínimo para no tener que coincidir con nadie y refugiarse en la televisión. Hoy afortunadamente es jueves, piensa Triana. Los días en que el Barça juega la Champions todos bajan durante el descanso y montan una tertulia a base de no-vamos-bien y la-madre-que-los-parió. La troncha es mucho más aburrida entonces. En horario de partido no hay mucho movimiento, más allá del que aprovecha para ponerle los cuernos a su pareja o del turista que busca el erbianbí con un trolley en una mano y un mapa arrugado en la otra.

Con el Barça o sin él, no hay rastro del Profesor Ousmane desde que vigilan el último lugar donde dio señales de vida, su piso en la calle Bori i Fontestà.

Este caso no debería haber sido para ellos. Es un tema de las UI. El Profesor Ousmane, el sanador y brujo camerunés que ayuda a curar el mal de amores y mejora tu economía. Y te busca piso, y te vuelve más sexy, y te hace de community manager en la gran red social de los malos espíritus que te agregan como amiga. Un estafador. El problema con el Profesor Ousmane no es que no sea ni profesor ni camerunés ni se llame Ousmane (Juan Alberto Mbaré, nacido el 23 de febrero de 1967 en Malabo, Guinea Ecuatorial, hijo de Serafín y María de las Virtudes, con antecedentes por falsedad documental, otro por atentado, tres por amenazas y dos por abuso sexual); el problema es que de un tiempo a esta parte el Profesor tiene la mano muy larga y no se conforma solo con la cartera, sino que también busca la bragueta, y ya tiene cinco denuncias contra él en todo Barcelona. Por eso el caso lo lleva la Unidad de Delitos contra las Personas de la UTI. A pesar de ser autor conocido, y por lo tanto competencia de las UI de cada distrito, que el Profesor haya decidido practicar exorcismos en al menos tres barrios diferentes (Sarrià, Ensanche, Poblenou) ha empujado al inspector Vivales a centralizar el caso en Les Corts.

Como si realmente tuviera poderes, que no los tiene, y supiera que lo vigilan, el brujo se ha volatilizado de su piso en la zona alta barcelonesa.

—Mierda —murmura Abraham Corvo cuando abre la puerta del coche para hacerle compañía a Triana—. Mierda, mierda.

—¿Qué ha pasado?

Abraham Corvo le enseña el faldón de la camiseta de Rush justo por encima de donde oculta la Walther. Tres agujeritos como de mordisco de rata.

—La pistola de los cojones ha vuelto a cargarse una camiseta, y esta me gustaba. La compré en el concierto que dieron en Dublín en 2011.

—Si llevaras una de Ramones como todo el mundo no tendrías problema con los recambios.

Triana Santos le ofrece el cigarrillo a medio terminar, aunque sabe que no fuma. Abraham lo rechaza con un gesto de la mano y Triana lo propulsa en una parábola que describe un arco anaranjado, una estrella fugaz.

Pido un deseo: comer.

—Tengo hambre.

—Aquí en la Diagonal venden sushi para llevar —dice Triana—. Puedo ir a buscar una bandeja.

No oculta una sonrisa sarcástica. Primero el tabaco y ahora esto. Sabe cómo pincharlo. Abraham Corvo siempre come carne, cuanto más cruda, mejor.

Bien sangrante.

—Tú tráeme arroz y pescado y tendrás que pedir hora con el Profesor Ousmane para que te limpie todas las maldiciones que te voy a echar.

Un rato de silencio, hasta que el parque se vacía de perros y amos.

—Puede que este chamán fuera vecino de tu madre —dice Triana.

—Claro, porque todos los negros nos conocemos.

—Tú no eres negro, tú eres mulato.

—Mi madre y yo solo pisamos Malabo cuando fuimos al aeropuerto para abandonar la isla, hace treinta años. Somos de Rebola.

—Todo es África, Abraham. No me vengas con matices.

—Bibeiñ okang ase ayong*.

—No me hagas vudú.

—El vudú es caribeño, mi amol.

Suena el teléfono de guardia, un Nokia pequeño y robusto de batería infinita y un tono de llamada ensordecedor poco adecuado para las vigilancias. Triana contesta y se limita a decir sí, sí, cuántas, dónde, y ahora vamos.

—Tenemos faena —informa a Abraham.

—¿De la que sangra y no se mueve?

—Yo pongo la música.

Entran de nuevo al Focus. Triana agarra el volante con fuerza y arranca mientras Abraham prepara las luces prioritarias. Da la salida a la Sala y enciende la sirena, que hace aullar a todos los perros del barrio.

Ahí os quedáis, ángeles de mierda.

* «La proximidad no hace el parentesco».

Semana 1

1

En el pasaje de la Estació, una callejuela escondida entre otra calle por donde nunca pasa nadie y el parque de la estación de Sant Andreu Comtal, no caben más coches. Dos patrullas, una ambulancia del SEM y el Altea no marcado de la Unidad de Investigación del distrito pintan de azul intermitente las fachadas de media docena de casas bajas.

Triana Santos saluda al policía de seguridad ciudadana apostado a la entrada de Balari i Jovany, pero este la detiene y se inclina a la altura de la ventanilla del coche.

—No se puede pasar.

—Homicidios —responden a coro Triana y Abraham.

El policía reconoce al cabo Corvo de otro servicio en el que coincidieron y asiente con la cabeza.

—Dejad el coche detrás del de Comtal 100 —dice señalando un Pathfinder rotulado y dos ruedas sobre el bordillo.

Por el retrovisor, Abraham Corvo ve las luces de una furgoneta. El agente vuelve la cabeza un segundo y después pregunta:

—¿Vienen con vosotros?

—Lupas —responde Triana.

Conduce el Focus bajo la cinta de baliza y lo aparca donde le ha indicado el agente. La furgoneta los sigue y trata de adelantarlos para acercarse a la casa donde han encontrado los cuerpos, pero cuando los de la Científica ven que no hay manera, dan marcha atrás y rompen un intermitente contra un pilón. El golpe sobresalta a los mossos que estaban de cháchara mientras los esperaban. El cabo Paco Aguilella sale enfadado —joder, Boris, joder— mientras se sube los pantalones, que le cuelgan de un lado por el peso de la pistola.

—¿Tiro p’alante? —pregunta Boris Ortega.

—¡No, termina de romperlo del todo, si te parece!

Llega otro cuatro por cuatro con los comandantes de la Científica, la subinspectora Samantha Bagunyà y el sargento Raül Bas, que ya ni atraviesan la cinta y aparcan cerca del puente de Sant Adrià.

El sargento jefe de turno —Comtal 100— sale a recibirlos justo cuando llega la jefa de Homicidios, Marta Jordà.

—¿Habéis activado la comitiva? —pregunta Marta.

—Sí, después de hablar con vosotros.

Los de la científica se están poniendo el mono blanco para no contaminar la escena del crimen. Abraham les pide unos patucos y le dan una caja para que los reparta.

—¿Cómo ha sido? —pregunta mientras se pone los guantes de látex.

—Una patrulla pasaba por el parque, porque a esta hora suele haber un grupo de jóvenes de un centro de menas cercano y acostumbran a liarla. Pero hoy no estaban, y la patrulla ha entrado al pasaje para cambiar de ruta. En el número 6 se han encontrado la puerta de entrada forzada y han llamado al timbre, pero no les ha contestado nadie. Por lo que sabemos, vive un tal... —rebusca en una libreta del sindicato— Alfredo Carmona, con antecedentes por robo con violencia y delito contra la salud pública, un pieza. Hemos estado llamándole al móvil que consta en la pegemeé*, pero nada de nada. Al abrir la puerta del todo, los agentes han notado un fuerte olor y han decidido entrar.

El olor me hace salivar. Un aroma denso, a hierro líquido, rojo, que me abre el estómago, que me despierta. El olor de la sangre. Lo he advertido desde que hemos llegado aquí. Y me llama. Me excita.

—¿Han tocado algo? —pregunta el cabo Aguilella.

—Dicen que no.

—Siempre dicen que no —murmura Raül Bas.

—¿Qué han encontrado exactamente? —pregunta Marta Jordà.

—Mejor que lo veáis —responde Comtal 100.

Una gran R pintada en rojo sobre la fachada desconchada, persianas bajadas, una cucaracha que se escabulle por una alcantarilla cuando llegan los policías. La puerta está llena de astillas, como si un rinoceronte hubiera tratado de meter las llaves con el cuerno. El olor a sangre sale del lugar cual neblina, pero también llega del parque, un rastro leve, de dos cuerpos diferentes. Abraham entra en un comedor pequeño y enciende la linterna. Boris registra el lugar con una cámara de vídeo. Cómodas abiertas, el televisor es una pantalla plana que ahora hace las veces de alfombra al lado del sofá; en la mesa hay Solomotos antiguos y un ejemplar de Estrellas del Basket 16 despidiéndose de Fernando Martín en la portada. Fundas de plástico de deuvedés piratas de Lollipops 19, Super Mega Tetas compilación y Cubanas tetonas #6. No tiene internet. Pañuelos de papel como origamis mironianos de mocos y esperma. Un cenicero lleno de colillas, parecen de la misma marca, ninguna con pintalabios, papel de fumar y agujeros de quemaduras en las sabanas. Una repisa con libros olímpicos de «La Caixa», antiguos premios Planeta amarillentos y Dan Browns y sombras de Grey, un atlas y un par de joyeros abiertos con el contenido (collares, nomeolvides y un reloj de primera comunión) desparramado por el estante.

El baño y la cocina comparten espacio e higiene, cucuruchos de Enrique Tomás en el lavamanos, sobre platos amontonados con restos de comida, huesos de pollo mal rebañados, bocados de tortilla hormigonada y grumos de sustancias no reconocibles.

Voy hacia las escaleras que suben al piso de arriba rodeando una PlayStation desquebrajada en el suelo. Pintadas en las paredes, superpuestas unas sobre otras, ilegibles, miles de años de capas de pintura prehistórica con horror vacui, ss,, K SE PUDRAN LOS 23, A CADA UNX LO QUE NECESITE DE CADA UNX LO QUE PUEDA, VIVA LA CASTAÑADA, AKI SE ABLA ESPAÑOL, A.C.A.B., LIBERTAD JUAN MARÍA, MOZOS ASESINOS 10 ANOS D IMPUNIDA.

—Dice Comtal 100 que era una casa okupada —informa Marta Jordà—. Pero que llevaba un tiempo con un solo habitante.

—Alfredo Carmona —recalca Triana Santos desde el comedor.

—Tiene un gusto exquisito para la decoración de interiores —respondo.

—Podría trabajar con los gemelos de Divinity, los que te arreglan el piso para venderlo —continua Triana.

Boris Ortega manda callar y les señala la cámara de vídeo: se está grabando todo. No sería la primera vez que la filmación de un homicidio no se puede utilizar en un juicio porque alguien se ha dedicado a hacer bromas sobre la manicura del cadáver.

Paco Aguilella está fotografiando todo el comedor y anota en una libreta qué objetos van a recoger para llevarlos al laboratorio. A la espera de la llegada de la comitiva judicial, oficialmente no puede comenzar la inspección ocular, pero sabe que tiene que adelantar trabajo. Por la puerta asoman Olivia Haghenbeck y Pere Llort, de Homicidios.

—¿El jefe está por aquí? —pregunta Olivia.

Paco les indica que han subido las escaleras.

—Decidle que vamos a buscar cámaras por la zona.

—Ok.

—¡Paco! —grita Boris desde el piso de arriba.

Los agentes de investigación regresan a la calle.

—¡¿Qué?! —grita Paco.

—¡Será mejor que subas!

Dos chicas de costado, en posición invertida, sobre la cama de la habitación iluminada por una bombilla que cuelga del techo. Una lleva un vestido azul cielo, corto, la falda remangada hasta las caderas, sin bragas, el pubis descubierto, calcetines de punto, pelo rubio desordenado ocultándole la cara, mechones de sangre cuarteada. La otra es morena, con los brazos cruzados sobre el pecho, como una momia, los ojos abiertos y acuosos, la boca abierta como en un grito ahogado, un volcán de donde ha brotado la sangre —fresca, fresquísima, reluciente— que le resbala por la cara desfigurada por los golpes, la nariz rota, azul en los pómulos, cortes que la cruzan como el mapa de un laberinto, blusa y vaqueros, deportivas Jhayber.

No las han matado aquí. La cama es un colchón cutre sin sábanas ni mantas ni, sobre todo, sangre. Solo están las manchas que se han escurrido desde la boca de las chicas, pero debería haber muchas más. Me pongo en cuclillas al lado del cadáver de la morena, que tendrá unos veinte años a lo sumo. La otra dudo que llegue a los dieciocho.

—¿Las tenemos identificadas? —pregunto.

Si pudiera probarlas. Pero es muy arriesgado. No sé si tienen alguna enfermedad que me puedan transmitir. Me muerdo los labios, tengo que contenerme. Tengo que asegurarme.

—Negativo —dice Marta Jordà, que tapa con la mano el teléfono que lleva en la oreja—. El inspector me pregunta por la causa de la muerte.

—Suicidio —contesta Abraham sin pensarlo dos veces. El subinspector Peuderrata siempre quiere que sea un suicidio. Por estadística, para derivarlo a la UI, para dar carpetazo, para no complicarse la vida. La hipótesis Peuderrata es que cualquier muerte violenta tenderá siempre a ser autolítica mientras no se demuestre lo contrario. Aunque creo que piensa que autolítica es un concesionario de coches.

—Estamos esperando al forense —traduce Marta.

Las han estrangulado. Aparto el pelo de la chica morena para mirarle el cuello. Casi puedo ver la forma de los dedos apretándola. La oigo gritar. Huelo el miedo saliendo por cada poro de la piel como el vapor de una locomotora, el corazón latiendo hasta convertir las piernas en un trapo sin fuerza. Ella, la morena, ella fue la primera. La pilló por sorpresa. Está meada hasta las rodillas, pero no es post mortem. Los pantalones están empapados de orina y el colchón, seco. Fue puro terror.

Y sin embargo, quien más sufrió fue la chica del vestido azul.

—Seguro que ahora nos pide que movamos el cadáver —dice Boris Ortega, que ha dejado de grabar.

La chica del vestido azul ha sido torturada, ese olor... inconfundible... a sexo. El asesino la violó. Acerco la cara a un palmo de la vagina y Triana se incomoda. Huelo el pubis, afeitado: crema depilatoria, perfume, látex, carne.

—Abraham... —murmura Triana.

—No movemos el cadáver —contesta Marta al teléfono—. No. No. Esperamos a la comitiva.

—Qué obsesión tiene Peuderrata con eso de mover los cadáveres —le dice Paco a Boris.

—Yo creo que le da yuyu que estén tan quietos.

—Él sí que está quieto en casita.

Abraham se pone en pie y camina alrededor de la cama.

Ninguna de las dos víctimas lleva pulseras, ni pendientes ni collares. En el comedor no he visto ninguna cartera de mano, ni documentación. Y, sobre todo, no llevan móvil. No hay ninguna adolescente que salga de casa sin el móvil. Me agacho y rebusco debajo de la cama, llena de mierda acumulada, envoltorios de chocolatina, latas de cerveza con colillas en su interior. Después miro alrededor y sigo el vuelo de una mosca. Ya llegan. La ventana que da al exterior está tapiada con ladrillos. Hay una silla que sirve de pedestal para una montaña de chándales y, al lado, un televisor Samsung enorme, novísimo, desproporcionado para las dimensiones del dormitorio. En el mueble donde está el televisor, un 20 minutos de ayer, martes 12. Chasqueo los dedos para avisar a Triana, que charla con los de la Científica.

—¿Tú qué crees? —le pregunta Triana a Abraham.

—Que las mataron en otro lugar —respondo.

—Falta sangre, ¿verdad? —No espera a que Abraham le conteste y añade—: Tendrías que dejar de hacer eso con los cadáveres. Da miedo.

—¿Hacer qué?

—Ya lo sabes, Abi.

De una carpeta con citaciones judiciales y los papeles del paro de Alfredo Carmona sale una fotografía. Dos hombres con bigote de bandolero y camiseta muy ceñida se ríen mientras sostienen un entrecot crudo en cada mano y lo enseñan a la cámara. Sal, lágrimas secas, rabia. Le doy la vuelta a la fotografía y leo una anotación hecha con boli: «Julio 2014».

—La comitiva está llegando —grita Comtal 100 desde el comedor.

Cojo la fotografía y bajo con el resto.

Ya fuera, Abraham Corvo pide la ficha de reseña de Alfredo Carmona por el grupo de whatsapp de la unidad. Cuando la comitiva judicial aparece por la esquina del pasaje, recibe una respuesta: sin el bigote, es uno de los dos hombres de la barbacoa.

El dolor que impregna la fotografía me quema los dedos a través de los guantes.

El juez DeCastro es un hombre menudo con cara de pijama y Frenadol, la nariz como una bajante agrietada y ganas de volver a casa rápido, maldita guardia precisamente hoy. El secretario judicial tiene toda la pinta de haberse duchado una docena de veces antes de salir de casa con una colonia de supermercado low cost, y se aferra a la carpeta como si le fuera la vida en ello. Abraham Corvo reconoce a la forense, la doctora Muncunill, de un puñado de levantamientos anteriores.

Samantha y Marta se acercan al juez, que elige al sargento como interlocutor. Raül Bas da un paso atrás y cede la palabra a la jefa de Homicidios, pero el juez insiste en dirigirse a él. Marta le explica la situación y el juez asiente y dice que sí, que sí, y cuando tiene que preguntar algo vuelve a dirigirse al sargento.

—¿Podría ser esta chica? —Comtal 100 planta un móvil en la cara de Abraham con la fotografía de una adolescente rubia con un jersey de Hollister.

Disfrazada de Sadako con el pelo tapándole la cara y mucha sangre seca, sí, es ella.

—No la he visto bien allá arriba. ¿Quién es?

—Silvana Puntí. Desapareció el sábado, hace cinco días.

—¿El día 9?

—Sí. Es del barrio, de los pisos de La Maquinista. —Mira hacia el parque que da a las vías. Allá, al otro lado.

—¿Sabemos qué ropa llevaba cuando desapareció?

—Ahora mismo no, pero te lo podría gestionar.

—Triana, avisa a Olivia y a Peter, que vayan a hablar con los padres.

Triana sale a buscarlos y se cruza con la doctora Muncunill. Se saludan.

—¿Qué has visto? —pregunta la forense.

—Poca cosa. Diría que a la joven la han violado, pero desconozco la causa de la muerte. A la otra la han estrangulado.

—No. Que qué has visto.

Me conoce, o eso cree. Ella me llama intuición, olfato. Qué lejos está de saber quién soy, qué soy.

—Un Dante de bolsillo.

—Esta me la apunto —dice la forense mientras se pone los guantes.

—No es mía. Es de mi cuñado. —Y rectifica—: Excuñado.

La doctora Muncunill ya no lo escucha. Coge aire y se dirige al juez:

—Señoría, ¿entramos?

La comitiva va directa al piso de arriba, guiados por Marta Jordà. El juez guarda silencio y de vez en cuando se suena la nariz. El secretario describe con cuatro palabras el estado del comedor y se lleva las manos a la boca cuando le sube una arcada. La doctora Muncunill se ríe para sus adentros y cruza una mirada de complicidad con Abraham Corvo.

Delante de las chicas, la única que habla ahora es la forense. En voz alta, va narrando qué ve (chica de unos diecisiete años, complexión delgada, en posición de decúbito supino...) y hace preguntas a los de la Científica (¿alguien ha movido los cadáveres?, ¿habéis encontrado algún pañuelo o cuerda en la habitación?, ¿hay algún rastro de sangre en otro lugar?). El secretario toma nota. El juez estornuda y esparce ADN por todos lados. La doctora comprueba que las chicas están rígidas. Aparta el pelo de la cara de la rubia: tiene arañazos en las mejillas y la nariz rota. Le abre los ojos, las pupilas en midriasis. Le palpa la cabeza en busca de algún orificio, pero no encuentra ninguno. Tiene livideces fijas en la nuca, pero también le parece advertir otra a un lado del cuello. Le desabrocha el vestido y se lo baja un poco por los hombros.

—¿Veis las livideces? —señala el tono rosado de la piel en el hombro derecho—. Estuvo un rato de costado después de morir. Ayudadme a mover el cadáver.

Boris levanta la cámara como diciendo «yo no puedo, tengo que grabar» y finalmente son los dos metros de altura de Paco Aguilella y Abraham Corvo los que se acercan a la forense y le dan la vuelta al cuerpo.

Al moverla, de la boca se escapa un vómito de sangre negra, como un jarabe delicioso, que salpica los pantalones de la doctora.

—En el hombro también tiene —dice Samantha—. Están fijas.

—La tuvieron de costado hasta que la dejaron aquí —concluye la forense.

—¿Cuanto tiempo llevará muerta? —el juez, con voz nasal.

La médica duda, el cuerpo inclinado, las piernas abiertas para aguantar el equilibrio. Se sube las gafas con el dedo índice y mancha de sangre la montura.

—No lo sé. El cuerpo está frío y muy rígido... —Hace cálculos mentales—. No lo sé. No más de doce horas, pero no lo puedo asegurar.

Todos miran sus relojes, faltan veinte minutos para las once de la noche.

—Si le parece bien —dice el cabo de la Científica—, preservaremos las manos para la autopsia.

La doctora mira las uñas del cadáver, pintadas del mismo azul cielo que el vestido y rotas.

—Sí, sí. Por mí, sí —responde, y el juez lo autoriza con un cabeceo.

Paco envuelve las manos con dos sobres de papel, que ata con cinta adhesiva. La doctora, mientras tanto, se ha agachado y pide una linterna. Boris se abre el mono para coger una pequeña que lleva en el bolsillo y se la pasa. La médica la usa para iluminar el interior de la boca. Introduce los dedos, y cuando los saca, son como garras rojas. Se levanta y se cambia los guantes. A los segundos les cuesta entrar, tiene las manos sudadas. Camina hasta la chica morena y le pone la linterna sobre la boca. Mete los dedos y los mueve con cuidado hasta que encuentra lo que busca. Se vuelve hacia el juez:

—No veo la lengua.

El corazón se me dispara.

—¿Cómo? —El juez DeCastro tose.

—Espera, aquí... —La doctora entrevé una maraña carnosa en la garganta—. Qué destrozo... —señala con el dedo enguantado—. A estas chicas les han cortado la punta de la lengua.

Aprieto los puños. Me muerdo los labios. Soy un torrente de fuego recorriendo el cuerpo de Abraham.

A la partida se ha unido un nuevo jugador.

Y es como yo.

* PGME. Aplicación informática de los Mossos.

2

Un par de horas de sofá, un café, una ducha y moto rumbo a la Ciudad de la Justicia.

Delante de las puertas hay una veintena de acampados que llevan tres meses reclamando la anulación de la amnistía para los militares de Todos los Santos. Ya no gritan ni corean lemas, tienen la pancarta extendida sobre los adoquines y una mesa de cámping llena de tápers y termos de café. Uno de los manifestantes sigue a Abraham con la mirada antes de regresar a ordenar las veintitrés rosas que hay extendidas en el suelo y que renuevan cada mañana.

El Instituto de Medicina Legal de Cataluña es un enorme cubo gris lleno de ventanas, tan en fila que le dan un aspecto de examen tipo test que hay que rellenar con un lápiz del dos. Abraham entra y se identifica —«vengo a la autopsia de las dos chicas de ayer»— y el vigilante de seguridad, un hombre con la cabeza hundida entre los hombros, llama a la sala y después le pregunta:

—¿Conoce el camino?

Abraham se lo sabe de memoria, el camino. Cuando empezó a asistir a las autopsias, todavía se hacían en un sótano mazmorra del Hospital Clínico, y las nuevas dependencias del complejo cercano a la plaza Cerdà las estrenó con el doble homicidio de una mujer mayor y su hijo durante un robo en el bar que regentaban.

Baja las escaleras y espera en un vestíbulo donde hay cuatro sillas de plástico en fila y un dispensador de agua al lado de una docena de garrafas apiladas. Al cabo de unos minutos, Julio abre la puerta.

—Ya tienes una compañera tuya aquí —le dice, con una mano descansando sobre el pomo.

—Lo sé, Julio. Ayer fui al levantamiento y me he quedado algo traspuesto.

Julio me mira fijamente con sus ojos de color azul espectral, como intentado adivinar mis intenciones. Soy el único agente de investigación que va a las autopsias. Normalmente se encargan los de la Científica, y a los médicos les molesta que haya muchos policías en la sala. Soy el raro, y no van desencaminados.

—Venga, pasa.

En el vestidor se lava la cara y cuelga la chaqueta vaquera. En el váter hay un papel amarillento con instrucciones para no mear fuera de la taza que parecerían dirigidas a un niño de seis años si no fuera por el dibujo en bolígrafo de un pene gigante en cada muñeco. Se prepara con una bata de celulosa y unos patucos, coge unos guantes de vinilo y con el codo aprieta un botón para abrir la puerta corredera.

—¿Ya han comenzado? —pregunta Abraham.

—Hace diez minutos. Acabamos de limpiar los cuerpos.

—¿Quién está a cargo?

—Fontana.

Dos mesas de operaciones metálicas, frías, y encima los cuerpos de las víctimas, desnudos, limpios, como muñecas abandonadas; iluminación cenital, colores fríos, olor a desinfectante. Hay dos técnicos por cada una de las chicas, delantales y máscaras protectoras, dos pares de guantes sobre las mangas, que anotan los datos antropométricos con rotulador sobre una pizarra blanca.

El doctor Fontana es un hombre pequeño, gafas y labios sin montura, de líneas claras, trazo europeo, como dibujado por Hergé. Está fotografiando los cadáveres con una Leica Q, una de sus últimas adquisiciones, un apasionado de las cámaras. Cuando ve a Abraham, lo saluda con un hilo de voz y chispas en los ojos. Es tímido, contenido, y se comporta siempre con una educación exquisita.

A su lado, Lupe Piquer sostiene una carpeta metálica en una mano y una réflex en la otra.

—¿Qué tal?

—Cansado —responde Abraham—. Estuve en el levantamiento hasta las tantas.

—Me irá bien —dice el doctor Fontana. Ahora se ha plantado delante del ordenador y trastea con la tarjeta de memoria que Lupe le ha traído con las fotografías de la inspección ocular—. Así me contará un poco cómo encontraron todo.

—A mí también me irás bien —añade Lupe—. ¿Te importa ir apuntando las heridas mientras yo me encargo de la cámara?

Sin esperar la respuesta, ya le está dando la carpeta y un bolígrafo del sindicato policial. Hay un par de trípticos rosados con la silueta de un cuerpo asexuado y un montón de casillas donde anotar la información.

El doctor Fontana va pasando las imágenes en la pantalla mientras Abraham lo pone al corriente brevemente. Los técnicos aprovechan para extender la ropa sobre una mortaja de plástico en el suelo.

—¿Empezamos? —pregunta Julio.

—¿Has hecho las fotos? —pregunta el doctor Fontana a Lupe. Y cuando ella dice que sí, se vuelve y se acerca a la chica rubia.

Según los datos de la pantalla todavía no tiene nombre, pero no tardarán en ponerle uno: Silvana Puntí.

—No es la ropa con la que la vieron por última vez —dice Abraham, que lo ha leído en el grupo de whatsapp de Homicidios—, pero los padres han confirmado que tiene un vestido azul como este y que no está en casa.

Con la piel limpia, del color de la cera, las marcas violáceas de los dedos alrededor del cuello son mucho más nítidas, heridas pre mortem, estrangulación manual desde atrás; todavía es pronto para decirlo, pero podría ser una posible causa de la muerte. Tiene otros agarrones en las caderas y moratones en la espalda y las piernas.

A pesar de que la han limpiado, la chica huele a cardamomo y vainilla.

—Vamos a examinar la vagina, porque me apuesto lo que sea a que la han violado.

—¿A quién han violado? —exclama el doctor Rizzo, voz de tenor, andares de mafioso de New Jersey.

Da unas palmadas, se frota las manos y va directamente al ordenador. Cierra el visualizador de fotografías y abre el reproductor de música.

—Pon algo animado —le pide Julio.

Freddie Mercury chasquea los dedos seis veces antes de empezar a cantar «Killer Queen». El doctor Rizzo solo se sabe la parte que dice «she is a killer queeeen» y el resto se lo inventa con un tarareo indescifrable. Mira el cadáver de la chica morena, rasgos gitanos, la cara desfigurada, el cuerpo casi intacto. Un tatuaje en la muñeca, «Rosario» sobre una cenefa.

—Os confirmo que está muerta —afirma—. ¿Alguna idea de quién es «Rosario»? ¿Es ella?

Lupe Piquer se encoge de hombros y le pasa la pelota a Abraham Corvo.

—De esta no sabemos nada.

—Pues vamos a conocerla a fondo, ¿no? —sonríe Rizzo—. ¿Le podemos dar la vuelta?

Los técnicos toman posiciones y ponen los cuerpos boca abajo, espaldas azuladas, húmedas, sin ninguna herida.

En la nuca las dos tienen el mismo tatuaje, exactamente igual: dos alas negras extendidas, pequeñas, la tinta todavía brilla.

—Son muy recientes —dice el doctor Fontana.

—Y son clavados —observo—. Tiene que haberlos hecho el mismo tatuador.

—Con poco tiempo de diferencia.

—Ya tenemos una cosa en común. —Saco como puedo el bloc de notas de un bolsillo de debajo de la bata y escribo: «Buscar tatuaje alas».

Parece que, al fin y al cabo, los ángeles sí que trataban de hablarme ayer.

Veo que Silvana, además, tiene un dibujo en la piel, hecho de arrugas rojizas, en la parte posterior de los brazos y en las pantorrillas.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—La marca de la mortaja —deduce Julio sin pensarlo.

El doctor Fontana se acerca.

—Es muy regular —dice.

Saca una foto. Lupe Piquer también hace una, por si acaso. Son tres líneas paralelas, pero la superficie es tan reducida que el dibujo está incompleto. El doctor Fontana da marcha atrás y vuelve a abrir el visualizador de imágenes. Va mirando a toda velocidad hasta que llega al levantamiento.

—El colchón no tiene esa forma —dice Rizzo, poniendo los brazos en jarra.

—La han transportado después de muerta. —Los ojos de Fontana se iluminan y hace que Lupe se acerque a la pantalla—. Eso quiere decir que no la han matado ahí, ¿lo ve? Eso explicaría que las livideces no se correspondan con la posición en la que estaban y la falta de sangre en el lugar donde encontraron los cadáveres.

—¿Qué puede haber dejado esta marca? —pregunta Lupe Piquer.

El rastro hormonal provenía del parque de la estación. El asesino las había llevado allí, pero ¿cómo? ¿Cómo iba a arriesgarse a ser visto? ¿Cómo las ocultó? O tal vez las tenía encerradas en...

—...el maletero de un coche. Podría ser el fondo de un maletero, que tuviera este relieve. Investigaremos qué modelos tienen este dibujo.

—Podría ser, sí. La otra chica está limpia porque llevaba pantalones y camiseta de manga larga, claro —reflexiona en voz alta.

—Jefe, ¿voy abriendo? —se impacienta Julio.

Mika canta «We are Golden» cuando el doctor Fontana da el visto bueno y vuelven a girar los cuerpos. Pasan una manguera para limpiar toda la sangre coagulada que se ha escurrido de las bocas. Julio va abriendo el cuello de Silvana y aparta la piel —blanca— y la grasa —amarilla— a los lados con delicadeza, como si se tratara de las tapas de un libro valiosísimo.

—Mire, mire, el hioides está fracturado. —Fontana señala el interior—. Eso es por el estrangulamiento, que muy probablemente sea la causa de la muerte.

—La mía lo tiene intacto —dice Rizzo.

—Acerca la luz aquí, Carme —pide el doctor Fontana, y la técnico ilumina la cavidad bucal de Silvana. El médico saca un par de fotografías y se hace a un lado para que Lupe también saque alguna.

—Qué carnicería —murmura Rizzo entre dientes—. Fíjate: el corte no es limpio.

—¿Con qué lo han hecho? —pregunto.

—Una navaja, un cuchillo de cocina, un escalpelo... —Rizzo, por veinticinco céntimos de euro la respuesta.

—Cualquier utensilio de corte liso. —Fontana toca la campana y se acabó—. Descartamos los cuchillos de sierra. Y los machetes. Tiene que ser algo de un tamaño más bien pequeño, porque la amputación no ha sido de una sola pasada. Hay dos, tres, cuatro iteraciones.

—¿Es una amputación post mortem?

El doctor Fontana me mira por encima de las gafas, pero en realidad está haciendo cálculos en una pizarra mental. Finalmente se encoge de hombros.

—Peri mortem.

En las cercanías de la muerte. Una manera de no mojarse cuando no las tienes todas contigo.

La operación se repite en la boca de la chica morena. Los mismos cortes. La misma violencia. El deseo de arrancarle la lengua y no poder controlarse. Lo veo tragársela al instante, sin esperar.

—¿Quién hace una cosa así? —pregunta el doctor Rizzo.

—¿Las quería silenciar? —aventura—. Aquí nos hará falta un psiquiatra.

—Igual quería que no hablaran y esto es como muy simbólico, ¿no? Muy del silencio de los corderos. Igual su madre no callaba nunca y ahora se está vengando.

No es eso, Julio. Las quiere poseer. Quiere asimilarlas. Necesita que formen parte de él, que le den fuerza, que lo conviertan en alguien más poderoso. Buscaba un poder divino. Sé de lo que hablo y no solo porque lo estudiase en la facultad. Pero él no puede esperar, no tiene autocontrol. Les corta la lengua antes de que se les escape el alma por la boca y lo hace a contrarreloj, porque si están vacías, si no las puede engullir, cazarlas no le sirve de nada. Se excita tanto cuando llega el momento que se vuelve descuidado y le tiemblan las piernas. No es cuidadoso. No es rápido. No es el puto Jack el Destripador. Pero no es la primera vez, no son las primeras víctimas.

—¿Lo habíais visto antes? —pregunto.

Rizzo examina lo que queda de las lenguas con detenimiento, ahora que están estiradas sobre el mármol, como dos anguilas rugosas. Me mira y niega con la cabeza.

—Me acordaría.

Fontana hace tres fotografías antes de responder.

—No, nunca. —Y después, con ese peculiar sentido de la estética forense, añade—:No me negará que este es un caso chulo.

—Echaremos una ojeada a los archivos —dice Rizzo, que se vuelve hacia la chica morena—. Ya podemos mirar dentro.

Los técnicos cogen los bisturíes y cortan los torsos como en una coreografía norcoreana. Abren a las dos chicas como capullos y extraen los pulmones (rosados y suaves, salpicados de manchas negras por los cigarrillos que fumaban a escondidas) y el estómago. El de la morena todavía tiene restos de comida a medio digerir: arroz y pipas de girasol, y un embutido que debía de ser fuet. El de Silvana solo tiene sangre, que debió de tragarse mientras el asesino la torturaba, pero nada de comida.

Julio tararea «Can’t Get You Out of My Head» de Kylie Minogue mientras saca los riñones, el hígado y el corazón y los pesa, y yo no dejo de seguirlos con la mirada porque se me hace la boca agua. De acuerdo con los padres de Silvana, era una chica sana, o sea que sus órganos son frescos y no corro peligro de pillar alguna mierda que me deje fuera de combate como me pasó con aquel directivo de un banco que se suicidó y que tenía por afición gastarse todo el dinero calentando cucharillas. Necesité tres meses para recuperarme de los efectos de la heroína. No solo me dejó grogui. Fueron tres meses de baja laboral, que además me repercutió en el sueldo y en la paga extra. No fue peor que los dos meses que dejamos de cobrar la nómina a principios de 2018, pero casi. Me lo miro mucho, ahora, antes de meterme en la boca cualquier cosa que no sea de primerísima calidad.

Con el chirrido de la sierra mecánica —polvo de hueso saliendo del cráneo de Silvana como una nevada macabra— nadie se da cuenta de que la música se ha acabado y nadie la echa en falta. Los técnicos están concentrados detrás de las máscaras de metacrilato mientras los dos médicos examinan cada detalle minuciosamente.

Aprovecho que están muy ocupados con las cabezas de las chicas para coger el corazón y un riñón de Silvana y ponerlos dentro de la bolsa de congelados que escondo en la mochila. No puedo contenerme, chupo los guantes y siento cómo los glóbulos rojos me bajan por la garganta y se desvían hasta donde se acurruca Evú, que late feliz a pesar del sabor amargo del vinilo. Es peor la acidez del polvo del látex, que le quita a la sangre todo el sabor a óxido.

—Ë ribötyö ré röbbó, wae ë riwëi ké ribbé*.

Una vez rapado el cuero cabelludo de la chica morena, Rizzo sospecha la causa de la muerte: politraumatismos craneales producidos por un objeto contundente del tamaño de una plancha. El médico enumera uno por uno los golpes en la cabeza que han localizado después de cortarle el pelo, y reconstruye el cráneo rajado para comprobar que tres de los impactos fueron lo bastante fuertes como para romperlo y provocar daños irreversibles en el cerebro.

Lupe se vuelve hacia Abraham.

—¿Lo has apuntado?

Siento un escalofrío por todo el espinazo. Fantaseo con volver a casa y cortar una lámina finísima de riñón y salpimentarla. Le pondré eneldo y aceite de oliva de primera prensada. Lupe repite la pregunta: «¿Lo has apuntado?». Estoy muy lejos de aquí y me obligo a volver.

—Ahora mismo.

—Cuando descubráis el lugar donde se han producido las muertes, buscad el arma homicida para comprobar que sea compatible con las heridas —pide Rizzo.

Digo que sí con la cabeza. Los técnicos vuelven a colocar todos los órganos dentro de los cuerpos y no echan en falta ni el corazón ni el riñón de Silvana. Nadie lo hace. Los he eliminado de sus mentes. Nsong Mibimi. Recolocan las caras en su lugar (las habían plegado contra la barbilla mientras examinaban los cráneos), y cosen los torsos con puntadas utilizando un hilo grueso. Lupe me pide ayuda para tomar las necroreseñas, la impresión en tinta de los diez dedos por duplicado, que cuesta porque las manos están arrugadas y mojadas y los pulpejos no tienen la menor tensión. Recogemos dos sobres con sangre de las víctimas para hacer las identificaciones de ADN y pasamos a una oficina donde se rellenan formularios y se descargan las fotografías en un disco duro. Nos despedimos de los doctores antes de salir a la calle, hace sol, ya es mediodía, estoy hambriento y llego tarde a la comisaría.

—No esperamos más —dice Marta Jordà.

Doble check gris del whatsapp, el móvil a un lado sobre la mesa donde se sienta, observada por una docena de agentes de la Unidad de Homicidios, en corrillo a su alrededor. Son las dos y media pasadas y comienzan el briefing conjunto del turno de la mañana y de la tarde. No ha reservado ningún locutorio: se quedan en el despacho porque hay para rato y Marta Jordà quiere tener a mano el ordenador con las fotografías. Han bajado las persianas y cerrado la puerta. Teléfonos en modo vibración. Brazos cruzados o manos en la barbilla, las miradas perdidas.

Triana ofrece una descripción del hallazgo de los cadáveres, a pesar de que el resto ya sabe de sobra cómo ha ido el levantamiento, así que abrevia.

—Tenemos cinco identificaciones desde el lunes —continúa el cabo Tur—. Tres son de las tardes del lunes y el martes, de los chavales que están en el centro de reeducación al que habéis ido esta mañana.

—Centro Residencial de Acción Educativa —aclara Pumuky.

—Eso. La cuarta es del miércoles por la mañana: Sebastià Viciana, el sintecho que vive en el parque de la estación. La quinta es el paquistaní que tiene una tienda en la calle Sant Adrià, justo unos minutos antes de que la patrulla localizara la casa con la puerta destrozada. Esta tarde vendrán los compañeros de la uesecé para que la Científica les tome las huellas y se puedan comparar con las que se han encontrado en la escena del crimen.

—¿Muchas? —se interesa Serafí Peyró.

—Por lo que sé —responde el jefe—, dos en la puerta de la entrada y media docena en el interior.

—Más los objetos que han recogido para el laboratorio —aclara el cabo Tur.

—Más los objetos que han recogido para el laboratorio —repite Marta—. ¿Y vosotros qué tenéis?

Fulci se incorpora en la silla donde estaba repantingado, que chirría y parece que vaya a partirse de un momento a otro. Pumuky saca el bloc de notas y dice:

—Solo hemos encontrado cámaras en la estación de tren y en la Clínica Sant Jordi, que estaban a unos ochenta metros de la casa, y ya hemos pedido las grabaciones. En la calle Sant Adrià y Josep Soldevilla, gestión negativa.

—También hemos ido al centro residencial de acción bla bla bla. —Fulci señala al cabo Tur como para ratificar la información que ha dado antes—. Nos ha costado un huevo hablar con los críos. Los educadores solo nos ponían pegas.

—¿Pero habéis podido? —pregunta la jefa.

—Sí, sí. Con dos, Redouan y Andrés, de quince años.

—Niñatos —describe Fulci.

—Niñatos —asiente Pumuky, y da un trago a la lata de Coca-Cola antes de continuar—. No nos han dicho mucho: que se pasan la tarde comiendo pipas y fumando porros en el parque de la estación. El segurata de allí los conoce de sobra porque han tenido más de un altercado. Dice que acosan a las mujeres y les dicen porquerías, pero que son inofensivos.

—¿Inofensivos? —Marta levanta las cejas.

—Perro ladrador, poco mordedor —dice Fulci.

—De todas maneras, no deberíamos perderles la pista. ¿Qué pasa con el tercero?

—Mohamed Soufine, de diecisiete años. Ayer no fue a dormir, pero se ve que es algo habitual, que se escapa con una novia que tiene en la Trini.

El cabo Tur anota el nombre en la libreta y, alrededor, dibuja un montón de flechas.

—¿Y el sintecho? —pregunta.

—Ni rastro de él. Desde el miércoles por la mañana nadie lo ha visto.

—Ha desaparecido —concluye Pumuky.

—O sea —comienza a resumir Marta—, que tenemos pendiente de localizar a Soufine y...

—A Viciana —la ayuda Fulci.

—Y a Viciana.

—Exacto —murmulla Tur—. Nos falta el resultado de la autopsia y...

—Dime que ayer Hellboy lo hizo —Pumuky se dirige a Triana—. Dime que hizo eso que él hace.

Triana Santos finge estar tomado notas. Que Abraham y Pumuky no se pueden ni ver es una cuestión entre ellos que ha salpicado al grupo en demasiadas ocasiones. Ella no piensa entrar en el asunto, de ningún modo.

—Vaya si lo hizo —continúa—. Por la cara que pones. ¿Qué fue esta vez? ¿Le metió la nariz en la boca? ¿Le lamió los dedos de los pies?

—Pumuky, basta ya —dice la jefa.

—¿Le olió el coño?

Triana le dispara una mirada de enojo cargada de confirmaciones. Fulci aplaude, ha acertado. Mueve los labios: «Puto loco».

—¡Pumuky! —Marta se impone.

Abraham Corvo entra por la puerta con las manos en los bolsillos y todos se quedan en silencio, como niños pillados en plena travesura.

—¿Habéis empezado la fiesta sin mí? —dice con un hilo de voz imperceptible.

Mientras me quito la chaqueta y la dejo en el colgador, Pumuky se mira la camisa alarmado. Después, las manos. Busca el origen de tanto pringue y Fulci, que se sienta a su lado y lo observa, porque lo ha visto de reojo pegar un salto, grita:

—¡Hostia puta!

De la nariz de Pumuky brota sangre de un rojo chillón digno de una película de terror barata, que baja hacia la boca y le salpica el pecho y las manos y deja un reguero de gotas en el suelo de linóleo. Pumuky sale despavorido fuera del despacho, en dirección al baño. No sé cuándo empezó nuestra enemistad: ni siquiera creo que tenga un origen político, como casi todas las disputas desde la escisión del cuerpo. Sea por la razón que sea, con los años hemos consolidado una bonita relación de reproches y malas caras.

—¿Estás bien?—Aliño la escena con una dosis de cinismo.

—¿Cómo ha ido? —pregunta la jefa.

Abraham abre el bloc de notas y da un repaso antes de comenzar:

—Silvana, si la Científica nos confirma ahora que es ella, falleció estrangulada después de que la violaran. La chica morena murió de múltiples contusiones en la cabeza. El autor les cortó la lengua con una navaja, apresuradamente. Es muy probable que el lugar de la muerte no fuera la casa, sino que las trasladaran allí. Silvana tiene unas marcas en los brazos y las piernas que parecen del maletero de un coche —les paso el móvil con mis fotografías del cadáver—y las dos tienen el mismo tatuaje en la espalda. Paso la foto, es este. Dos alas negras extendidas, bastante recientes, por lo que parece.

Pumuky aparece con un emplasto de papel de váter y sangre embutido en la nariz, y un ataque de dignidad que le está dejando la espalda bien derecha. Se sienta sin decir palabra.

—¿Y vosotros qué tenéis? —Marta se dirige a Serafí Peyró y a Olivia Haghenbeck, que se han entrevistado con los padres de Silvana por la mañana.

—Silvana Puntí, diecisiete años —lee mecánicamente Olivia Haghenbeck—. Hija de Santiago y Guillermina. Buena hija, mejor estudiante, ejemplar, guapa, lista, amiga de sus amigas... hasta hace un año.

—Cuando se le despertó la afición a desaparecer de casa por unos días —añade Serafí Peyró, alias Jabalí—. Con esta sería la tercera vez, pero nunca había desaparecido más de veinticuatro o cuarenta y ocho horas. En esta ocasión los padres se preocuparon, porque se marchó el sábado y el lunes ya no volvió al instituto. Fue entonces cuando pusieron la denuncia.

—Entonces confirmamos que el sábado todavía estaba viva.

—Si los padres no mienten, sí. —Olivia se remete un mechón de pelo por detrás de la oreja y vuelve a mordisquear el bolígrafo.

—¿Y Facebook?

—No tiene. Y el Instagram no es para tirar cohetes: fotos de puestas de sol y mensajes de Mr. Wonderful, hasta noviembre. Desde entonces, nada de nada.

—¿Drogas?

—¿En Instagram? —bromea Serafí.

—Si consumía, ellos lo desconocen —lo arregla Olivia.

A Marta no le ha hecho nada de gracia; cuando esta de briefing, deja el sentido del humor en la bandeja de documentación personal, junto a la hoja de horas.

—¿Novios? ¿Amigos? —Marta toma notas en un bloc de papel reciclado, un puñado de hojas cortadas con guillotina y unidas por un fastener, impresas por una cara (fotografías de inspecciones oculares, copias de declaraciones, citaciones judiciales) que tienen una segunda vida en las mesas de Homicidios.

—Un ex: Pol Martín —dice Serafí.

—Un noviete del instituto, nada serio —matiza Olivia.

—De los Padres. —Serafí quiere tener la última palabra.

—¿De los qué?

—El Jesús, María y José, un concertado del barrio.

—¿Habéis hablado?

—Todavía no.

—¿Qué os han dicho sus padres?

—Que es un buen tío, pero que hace meses que no lo ven. —Serafí simula unas tijeras con los dedos.

—¿Os encargáis vosotros?

—SLM.

—Tur os coordinará. Corvo, a ti te toca la morena, con Peter y Triana. —La sargento salta a otro tema—. Los de Información nos pasan candidatos para la explosión en el centro cívico de Gracia. Ya les he dicho que ahora mismo la prioridad es el homicidio, pero que echaremos un vistazo cuando tengamos tiempo.

Desde que los dedepés anexionistas empezaron a atentar contra comercios y espacios públicos, los jefes de la Comisaría General de Investigación Criminal y la Comisaría General de Información acordaron montar equipos mixtos en las áreas regionales para perseguir a los autores. Hasta el momento se han producido cuatro explosiones de baja intensidad a lo largo de tres meses, artefactos caseros puestos de madrugada, sin víctimas mortales. Una señora perdió la audición del oído izquierdo y tiene cicatrices en media cara producidas por la metralla que le impactó delante de la librería Documenta cuando regresaba a su casa. Pero el temor a que se produzca una escalada de violencia ha puesto a todo el mundo en alerta.

—Jefa —interrumpe Abraham—, tengo dos preguntas.

—Dispara.

—¿Qué hacemos con Ousmane?

—¿El curandero? —Toma aire—. Pasa a segundo plano. Si se nos pone a tiro, lo trincamos. Pero de momento no haremos más tronchas.

—Ousmane, a la reserva. Ok.

—Y la otra pregunta.

—El nombre del caso. ¿Ya lo tenemos?

—Ahora me reúno con Peuderrata y Vivales para escogerlo. Tenemos dos opciones, espera... —Rebusca entre los papeles que tiene sobre la mesa—. Géminis o Estación.

—Escogerán Estación —dice Triana—. Ya lo verás.

—¿Por? —pregunta Fulci—. A mí me gusta Géminis.

—Por eso mismo. Porque suena a psicópata, a asesino del zodiaco, a helicópteros sobrevolando el escondite del criminal. Tú espérate a que se entere la prensa y ya verás que Géminis les encanta. Escogerán Estación.

—Un perfil bajo.

—Como siempre.

—De acuerdo, se ha acabado la tertulia —corta la sargento—, y aquí hay gente que quiere ir a comer —mira a Pumuky, con la ropa estampada de sangre— o a recibir una transfusión.

El sonido ahogado del autobús despierta a Domingo Arcarazo hacia las cuatro de la tarde. Hace un rato que vaguea en la cama, no tiene prisa. Se levanta, orina, se toma un cortado y enciende la tele, todavía en pijama. El homicidio le viene a la cabeza como un flash, como si los recuerdos tardaran un poco más en cargarse en el disco duro. Cambia de canal y busca en el tresveinticuatro y en el veinticuatrohoras. Nada. Ni una palabra. Coge el móvil y prueba con un par de búsquedas. «chicas asesinadas sant andreu», «homicidio doble barcelona violadas». Todos son resultados antiguos, ninguno relacionado con las jóvenes de la calle de la Estació. Decide enviar un whatsapp a Remei Barracuda: «sabes algo del homicidio de ayer??».

Un check gris.

Doble check gris.

Doble check azul.

Escribiendo...

«Te puedo llamar?»

Emoticono de ok.

Cuando todavía no ha clicado para enviar, el teléfono vibra con la llamada de Remei.

—Buenos días, guapa.

—¿Qué homicidio?

—Dos chicas muertas, ayer, en Sant Andreu.

Remei Barracuda echa de menos el Bracafé de la calle Casp, al lado de la radio, que cerró hace un año. Busca mesa en una cafetería cercana, pero no tiene el encanto ni los recuerdos acumulados del local que ahora es la entrada a un aparcamiento. No entra en antena hasta las seis, a una pequeña sección de crónica negra que tiene cada semana en la que habla de crímenes famosos (el Arropiero, Enriqueta Martí, el Violador del Ensanche #1, #2 y #3 etc.). Mira el reloj: hay tiempo de sobra.

—¿En la casa okupa?

—Sí.

—¿Pero no eran dos indigentes?

—Dos chavalillas. Yo no las vi, pero nadie ha hablado de indigentes.

—La nota de prensa de los Mossos lo insinuaba.

—¿Quieres que quedemos antes del turno para tomarnos una copa, Reme?

—Hoy tengo radio.

—Te paso a buscar.

—Te mando un whats cuando salga.

No lo hará. Remei no tiene ninguna intención de enrollarse con Domingo, por mucho que le dé a entender lo contrario en las conversaciones que mantienen por teléfono. A ella le interesa que este guardia urbano divorciado la llame de vez en cuando y crea que tiene alguna posibilidad, porque así siempre es más fácil sacarle información. En este caso, sin embargo, poco la puede ayudar.

—No te olvides, ¿eh?

—Tengo que colgar, adiós.

Domingo Arcarazo respira hondo y duda. No sabe si hacerse una paja, desperezarse y empezar bien el día o esperar a verse con Remei. Decide que no tiene por qué jugárselo todo a una carta, así que abre el portátil, se asegura que la cara de Modric que recortó de un cromo adhesivo tape bien la webcam y abre el historial mientras se baja los pantalones.

Remei, por su parte, comprueba que un par de diarios online han sacado la noticia en breves, pero la mayoría no ha considerado que tenga relevancia alguna. Lee la nota de los Mossos una vez más y ahora la ve lo bastante ambigua como para entender la confusión. Podría llamar a Mireia Espigó, de Comunicación, pero si han decidido no ser meridianos es porque el tema debe de ser gordo y no quieren mucho ruido, así que deduce que no sacará nada de nada.

Recorre la agenda hasta la C de Corvo.

Abraham no tarda en responder. Se disculpa con Triana y sale de la cafetería de Travessera de les Corts con el teléfono en una oreja y la mano en la otra. Se cruza con un par de agentes que lo saludan al entrar y él los ignora.

—¿Se puede saber por qué no me has dicho nada, Corvo? —le riñe Remei.

—¿De qué me hablas?

—¿Tienes a dos tías asesinadas y yo me entero por terceros?

—Todavía tenemos muy poca cosa.

—Dos tías.

—No sabemos ni quiénes son.

—Dos tías sin identificar. Y dais a entender que son dos indigentes.

—¿Qué quieres que te diga, Remei? Ya sabes casi más que yo. —Camina hasta la esquina y comprueba que no haya nadie de la comisaría cerca.

—Si se descuida, la Patri escribe en la nota que «dos drogadictos en plena ansiedad roban y matan a Mario Postigo».

—No sé de qué me hablas.

—Mecano. «Cruz de Navajas».

—¿Crees que me gusta Mecano?

—¿Lo llevas tú?

—¿El asesinato de Mario Postigo?

—¡Bum! —Remei no puede reprimir el gesto de tocar los platillos.

—Sí.

—¿Se ha hecho la autopsia?

—Han terminado hace un rato.

—Entonces Roman, Xus y Saira ya estarán recibiendo llamadas del juzgado y del imelec. Dime algo que ellos no sepan.

—Dos jóvenes de unos diecisiete años, sin identificar —no hace falta decirlo todo—. Han aparecido en una casa okupada de Sant Andreu, en la calle de la Estació.

—¿Suicidio o asesinato?

—Asesinato.

—¿Violencia doméstica?

—No lo creo. Es de los peliculeros. Alcásser al lado de esto es una comedia romántica. Pero no nos conviene divulgarlo mucho.

—¿Las han violado?

—¿Tú qué crees?