Los animales en la Biblia - Didier Luciani - E-Book

Los animales en la Biblia E-Book

Didier Luciani

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Beschreibung

La crisis ecológica que afronta la humanidad pone en cuestión nuestra visión económico-utilitarista de la naturaleza y nuestra manera de explotar sus recursos. Cuestiona también nuestra relación con los otros seres vivos y, por tanto, con los animales. Nacida bajo otros cielos y elaborada con concepciones diferentes del mundo, la Biblia no calla con respecto a este tema. Así, se impone una relectura de los relatos del Génesis -creación, diluvio, nueva creación- así como un recorrido por las leyes protectoras, las reglas alimentarias y los rituales de las ofrendas sacrificiales. En la espera del día en el que el mundo reconciliado verá al ser humano, al lobo y al cordero jugar juntos y compartir la misma comida...

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Seitenzahl: 122

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Contenido

Portada

Editorial

Portadilla

Prólogo

Introducción: datos estadísticos

I – En la creación y la relación con el hombre

La creación de los animales

El ser humano: ¿un animal?

Después del diluvio

II – En el sistema legislativo y cultual

El valor de la vida animal

El sistema alimentario (kašrut)

El sistema sacrificial

III – Fuente de inspiración y simbolismo

Modelos y fuente de inspiración

Material metafórico y simbólico

Conclusión: los tiempos mesiánicos

Para saber más

Lista de tablas y recuadros

Créditos

CB183

DIDIER LUCIANI

Los animales en la Biblia

«Usus y Homo estaban unidos por una estrecha amistad. Ursus era un hombre, Homo un lobo». Así comienza una de las novelas más oscuras de Victor Hugo, El hombre que ríe (1869). Narra el salvajismo multiforme de algunos seres humanos y comenta narrativamente la sentencia del filósofo Thomas Hobbes (1588-1679) tomada del poeta latino Plauto: «Homo hominis lupus (El hombre es un lobo para el hombre)». Desde el principio, antes de que comience la acción, Hugo nos permite vislumbrar, sin embargo, que las relaciones entre el hombre y el animal pueden ser pacificadas.

Este deseo de armonía está de moda actualmente, sobre todo en Occidente —el prólogo del cuaderno lo explica detalladamente—. Existen asociaciones que protegen y defienden a los animales. Cuentan con el apoyo mediático de artistas (Brigitte Bardot), científicos (Boris Cyrulnik), filósofos (Peter Singer), etc. Se está desarrollando un derecho al respecto. Ha surgido un nuevo modo de vida: el «veganismo» o el vegetarianismo integral, cuya expresión más espectacular es el rechazo a todo alimento o prenda de vestir de origen animal. Menos excesivo, el papa Francisco recuerda que el amor de Dios se extiende a todas las criaturas y que «la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas» (Laudato si’, n. 92).

Este número da la bienvenida al tema. Didier Luciani, profesor en Lovaina la Nueva, dirige a menudo sesiones al respecto. Retoma aquí la materia, las líneas de reflexión, las insistencias surgidas del diálogo entre los textos bíblicos y nuestras cuestiones contemporáneas. No debe esperarse un catálogo del bestiario bíblico y de su simbolismo: se ha hecho frecuentemente y muy bien (véase Para saber más). Más importante —y más apremiante— le ha parecido hacer un estudio de fondo con valor antropológico y teológico, que nos resulta ya muy útil.

Gérard BILLON

Didier Luciani, laico, casado y padre de siete hijos, enseña Antiguo Testamento y Judaísmo en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lovaina (Lovaina la Nueva, Bélgica). Codirige con Jean-Pierre Sonnet la colección bíblica «Le Livre et le Rouleau» (Lessius). Además de sus numerosos estudios sobre el Levítico, sus últimas obras (en colaboración) son Révéler les œuvres de Dieu. Lecture narrative du livre de Tobie (2014, con E. Di Pede, C. Lichtert, C. Vialle y A. Wénin) y L’Antijudaïsme des Pères. Mythes et/ou réalité?(2017, con R. Burnet y J.-M. Auwers). En el Cuaderno Bíblico 168, escribió la parte titulada «Sansón, el arte de un relato» (pp. 4-30).

Los animales en la Biblia

A lo largo de las épocas, las relaciones entre seres humanos y animales han sido múltiples y variadas. La Biblia misma carece de un discurso unificado sobre el tema. El lugar y la función de los animales se abordan de diversas maneras. Entre el jardín de los orígenes (Génesis) y la ciudad mesiánica (Apocalipsis), encontramos relatos que deben explorarse y leyes que deben volver a descubrirse. Para comprender al ser humano es necesario adquirir una cierta familiaridad con «nuestros amigos los animales». Este número se dedica a ello, situando a los animales en el proyecto creador de Dios y, después, en el sistema legislativo y cultual. Terminamos comentando brevemente su potencia simbólica.

DIDIER LUCIANI

Prólogo

Nadie pondrá en duda el hecho de que, actualmente, al menos en nuestras sociedades occidentales, la cuestión del estatus, de los derechos y del «bienestar» animal se ha ido imponiendo progresivamente en la conciencia colectiva y en el debate público. La esfera mediática y quienes viven en ella se comprometen por esta causa. Una parte del mundo intelectual les sigue el paso. Para darse cuenta de su importancia basta con recorrer los pasillos de una librería e identificar las numerosas publicaciones —con títulos muy explícitos— que tratan del tema:Manifeste pour les animaux(Franz-Olivier Giesbert [dir.], 2014), En defensa de los animales (Matthieu Ricard, 2015), L’Éthique animale(Jean-Baptiste Jeangéne Vilmer, 2015), Les animaux aussi ont des droits(Boris Cyrulnick, Élisabeth de Fontenay y Peter Singer, 2015), Manifiesto animalista (Corine Pelluchon, 2018), Carta abierta a los animales y a los que no se creen superiores a ellos (Frédéric Lenoir, 2018), L214. Une voix pour les animaux. Un autre monde est possible(Jean-Baptiste Del Amo, 2017), etc. O incluso mirar los videos de YouTube, realizados clandestinamente dentro de mataderos, y constatar el impacto que lo que se hace en ellos tiene en la opinión pública.

Sin entrar en cuestiones filosóficas delicadas y complejas, sobre todo la de saber qué constituye la verdadera especificidad de lo humano con relación a lo animal, resulta muy fácil comprender por qué el tema tiene tanta importancia y nos toca tan de cerca. Una primera razón es a la vez tradicional y universal: desde siempre, el hombre ha mantenido relaciones con el animal y ha percibido, más o menos confusamente y de manera diferente según las épocas y las eras culturales y geográficas, que hablar del segundo también implica decir algo del primero (véase por ejemplo las fábulas, desde Esopo hasta La Fontaine). Una segunda razón es más reciente y coyuntural: la grave crisis ecológica que afronta la humanidad pone fundamentalmente en cuestión nuestra visión económico-utilitarista del mundo y nuestra manera, a menudo irresponsable e injusta, de explotar sus recursos. Aunque no se limita a este único aspecto, esta crisis cuestiona también directamente nuestra relación con los demás seres vivos en la «casa común» y, por consiguiente, con los animales: elección de un régimen alimentario, métodos de crianza (a menudo, más bien, «de producción» masiva e industrial) y de sacrificio (algunos dirían de «asesinato» y otros llegarían a hablar incluso de ¡«holocausto de los animales» o de la «Treblinka eterna»!), riesgo de extinción de numerosas especies y rápida disminución de la biodiversidad, etc.

En el debate podrían intervenir también muchos otros motivos —por ejemplo, la urbanización creciente de nuestras sociedades y la modificación consiguiente en términos de distanciamiento y disociación de nuestro vínculo con la naturaleza (desde 2006, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades)—, pero, en todo caso, en este estadio preliminar de la reflexión podemos hacer ya tres sencillas observaciones (véase recuadro «Humanos y animales»):

Desde el animal-máquina de Descartes al «an­tiespecismo» (negación de la superioridad de la especie humana sobre las especies animales), que caracteriza a la mayoría de los adeptos al veganismo (o vegetarianismo integral) pasando por la visión utilitarista de un Spinoza, el modo de concebir y, por consiguiente, de vivir las relaciones entre el hombre y el animal han sido múltiples y variadas.Entre el animal de compañía, «consumidor» y alter ego al que se acaba idolatrando1, y el animal «de consumo» a quien se sacrifica antes de comerlo, nuestra sociedad parece debatirse entre imperativos aparentemente contradictorios o, peor, esquizoides.Si es verdad que un comportamiento cruel con los animales raramente delata una gran compasión por los humanos, cabe constatar —a la inversa— que, en contra de lo podría esperarse, una mejor consideración de la «causa animal» no se ve acompañada siempre con una mayor sensibilidad por la defensa de los derechos humanos.

En todo caso, es evidente que nuestra manera de ver a los animales —suponiendo, por otra parte, que sea razonable globalizar esta categoría (nuestros afectos por la pulga y el perro que parasita son diferentes)— y, sobre todo, nuestra manera de situarnos con respecto a ellos, están muy distanciadas de las de los tiempos antiguos. Para el Israel bíblico, como para las demás civilizaciones rurales antiguas, puede hablarse a la vez de cercanía y de distancia: por un lado, el pastor, cercano a la naturaleza, vive en simbiosis con su ganado que es su sustento; por otro, los animales salvajes o los que perjudican a las culturas constituyen amenazas contra las que debe protegerse el hombre. En todo caso, la relación con el animal se nutre de una cierta forma de respeto, de conocimiento recíproco (Jn 10,27: «Mis ovejas conocen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen») y de equilibrio que debe conocerse y preservarse. Además, antes de ser una cuestión teórica, esta relación adquiere siempre un aspecto pragmático e incluso vital: la vida física, el bienestar material del hombre e incluso su vínculo con la divinidad (a través del culto) dependen de ello.

En estas condiciones, ¿tiene aún algo que decirnos la fuente bíblica? ¿No está, al contrario (como algunos sostienen), en el origen de la visión utilitarista ampliamente rechazada actualmente? ¿Se reducen los textos fundacionales a lo que ha querido hacer de ellos una cierta tradición judeo-cristiana o una lectura renovada podría permitirnos comprender las intuiciones de un Francisco de Asís, de un Serafín de Sarov o incluso, más cercano a nosotros, de un Albert Schweitzer, el médico de Lambaréné, premio Nobel de la Paz en 1952 (sobre la cuestión animal, véanse especialmente sus dos obras: La civilización y la ética, 1962; Mi vida y mi pensamiento, 1966)? Nuestra investigación no pretende responder a todas las preguntas planteadas anteriormente, pero sí quisiera mostrar al menos el interés de releer la Biblia para enriquecer e inspirar nuestra reflexión y —quién sabe, recuperar así una relación más adecuada con el mundo creado (animales incluidos)— para cambiar algunas de nuestras prácticas.

Humanos y animales

1. El animal-máquina (Descartes, Discurso del método, 1637)

«[...] aquellos que, sabiendo cuántos autómatas o máquinas semovientes puede construir la industria humana, sin emplear sino poquísimas piezas, en comparación de la gran muchedumbre de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y demás partes que hay en el cuerpo de un animal, consideren este cuerpo como una máquina que, por ser hecha de manos de Dios, está incomparablemente mejor ordenada y posee movimientos más admirables que ninguna otra de las que puedan inventar los hombres [...]. Ahora bien, por esos dos medios puede conocerse también la diferencia que hay entre los hombres y las bestias, pues es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado que esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto de varias palabras y componer un discurso que dé a entender sus pensamientos; y, por el contrario, no hay animal, por perfecto y felizmente dotado que sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los animales les falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como nosotros, palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es decir, dar fe de que piensan lo que dicen; en cambio los hombres que, habiendo nacido sordos y mudos, están privados de los órganos, que a los otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por donde se declaran a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su lengua. Y esto no sólo prueba que las bestias tienen menos razón que los hombres, sino que no tienen ninguna».

2. Acusación contra la moral judeo-cristiana (Arthur Schopenhauer, Fundamento de la moral, Fráncfort 1841)

«La pretendida carencia de derechos de los animales, el prejuicio de que nuestra conducta con ellos no tiene importancia moral, de que, como se suele decir, no hay deberes para con los irracionales, todo esto es ciertamente una grosería que repugna, una barbarie de Occidente, que tiene su origen en el judaísmo. [...] El hecho de que la moral del cristianismo no tenga en consideración a los animales es un defecto que más vale admitir que perpetuar».

3. Los animales ¿mejor tratados que ciertos hombres? (art. 1 de la ley del 24 de noviembre de 1933 sobre la protección de los animales, gobierno alemán del Reich)

«En el nuevo Reich no se permitirá en absoluto ser crueles con los animales, porque puede considerarse, con toda razón, que la legislación sobre la protección de los animales es un criterio revelador del nivel cultural de un país [...] la evolución natural de la cultura de un pueblo exige que una parte cada vez mayor de la población juzgue las brutalidades cometidas contra seres sensibles como una ofensa al sentido moral [...]. El pueblo alemán tiene desde siempre un gran amor a los animales y ha sido siempre consciente de las obligaciones éticas que tenemos con ellos. Sin embargo, solo gracias a la dirección nacional-socialista, el anhelo, compartido por amplios círculos, de una mejora de las disposiciones jurídicas para la protección de los animales se ha hecho realidad promulgando una ley específica que reconoce el derecho que poseen los animales a ser protegidos por sí mismos».

4. El antiespecismo (Peter Singer, Liberación animal, 1999)

«Un chimpancé, un perro o un cerdo, por ejemplo, tendrán un mayor grado de autoconciencia y más capacidad para establecer relaciones significativas con otros que un recién nacido muy retrasado mentalmente o alguien en estado avanzado de demencia senil».

5. «Todo está relacionado» (papa Francisco, Laudato si’, n. 92)

«Por otra parte, cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad. Por consiguiente, también es verdad que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos. El corazón es uno solo, y la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas. Todo ensañamiento con cualquier criatura “es contrario a la dignidad humana” [cita del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2418, véase también nn. 2415-2417]. No podemos considerarnos grandes amantes si excluimos de nuestros intereses alguna parte de la realidad: “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo” [cita de un documento de la Conferencia Episcopal de la República Dominicana de 1987]. Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra».

1 En 2014, el mercado de animales domésticos movía una cantidad de 4,5 mil millones de euros en Francia, 54 mil millones en todo el mundo. No dejar de crecer cada año.