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Lo mejor de las vacaciones no es estar sin hacer nada. Lo sabe muy bien Darío, quien, a sus diez años, se encarga de cuidar de los caballos de su tío en Acacias, un pueblo a orillas del mar. La vida cercana a los animales, cabalgar con su amiga Paula, el campo, la playa, un sol dorado o nubes llenas de lluvia... le harán recordar siempre «ese verano que parece todos los veranos de la vida».
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Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2021
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A Antonio Suárez Pumariega, pastor.
en el que cumplí diez años, como si fuera todos los veranos. Por la mañana me levantaba antes que nadie, mientras amanecía, para soltar a los caballos. Yo era el encargado de los caballos.
Aunque eso fue solo durante un par de veranos, aquel y parte del anterior, cada vez que escucho la palabra verano, me da la sensación de que siempre fui Darío Bis, el encargado de los caballos.
Pasaba las vacaciones en la casa de mi tío Darío. Mis padres se quedaban en Valencia porque mamá trabajaba justo en esos meses, al revés que papá. Así que ellos se quedaban allí, sin vacaciones, mientras que yo me iba a Asturias, a casa de mi tío Darío, en Acacias. Al principio lo sentí, pero luego descubrí que me gustaba. La verdad: lo prefería. A ellos les veía todo el año y a mis tíos, Darío y Fanfan, solo durante los dos meses de verano.
Mi tío Darío era pintor y siempre decía:
—Tengo una yegua, un caballo y un caballete.
El caballete era de madera y le servía para poner el cuadro en él y poder pintarlo. Mi tío Darío se llevaba el caballete a los sitios más raros y luego pintaba sus cuadros.
Yo me llamo también Darío, así que él me llamaba Bis, que quiere decir algo parecido a segundo. Él era «Darío Primero» y yo «Darío Bis».
El tío estaba casado con tía Fanfan. Tía Fanfan era rara y divertida. Mi primer recuerdo de ella es que no hablaba casi, hasta el punto de pasar días enteros sin decir nada. Leía poesías en chino y japonés, cultivaba alcachofas y cardos y recolectaba diente de león y gordolobo, hacía infusiones de tamarisco y se sentaba en la hierba a meditar.
Podías pasar junto a ella y ni te veía.
—Hola, tía Fanfan.
—Om.
Saludaba así: Om.
Los tíos Darío y Fanfan no tenían hijos. Tuvieron uno del que no hablaban apenas. Estaba en una foto, en la chimenea; era pequeñito y tenía cara y orejas de duende. Se murió muchos, muchos años antes, porque una abeja le picó en el paladar. Al menos es lo que me contó tía Fanfan aquel verano, el de mis diez años. Dijo que la abeja estaba dentro de un higo; el niño se comió el higo, la abeja le picó en el paladar y el niño se murió de septicemia. Septicemia era entonces para mí una palabra muy rara que calculaba que debía querer decir «picadura de abeja».
Yo pensaba que la tía Fanfan hablaba poco porque pensaba en su hijo. Recuerdo que una vez la encontré hablando sola. Sonreía. Esa sonrisa me recordó a la de mi madre cuando yo le contaba cosas buenas del colegio.
El primer verano que pasé en casa de los tíos había sido tres años atrás, cuando apenas tenía siete años. Entonces no me ocupaba de los caballos, todavía. Me pasaba el día por la huerta, observando a los animales. Me gustaban los caballos, pero también me gustaban las gallinas, los pájaros y los puercoespines. Una mañana encontré un puercoespín pequeñito: un cachorro de puercoespín. Estaba en la puerta de la huerta, junto a una especie de cepillo para quitar el barro de los pies. Era un cepillo con forma de oso y con la barriga de púas, de manera que parecía un puercoespín grande. El cachorro de puercoespín estaba acurrucado a su lado.
Lo dejé allí y llamé a Fanfan para que lo viera.
—Cree que es su madre, pobre —dijo ella—. Seguramente se ha muerto.
Lloré mucho, sin que nadie me viera. El cachorro de puercoespín es uno de mis primeros recuerdos importantes. Lo llamaba «Pinchos».
Cuidé a Pinchos dos o tres días. Le daba de comer trocitos pequeños de carne. Tenía una cara pequeñita y rosada, con ojos negros, como cabezas de alfiler. A veces, cuando me veía, parecía sonreír. Arrugaba el hocico y me miraba despacio, con ternura. Fui mamá puercoespín media semana, hasta que una mañana Pinchos había desaparecido. Creo que su madre, la de verdad, no se había muerto y que por fin volvió.
También investigaba a las gallinas. A una se le rompió el cuello y nadie sabía cómo había sido. Estaba paralítica, con la cabeza caída de lado, como si estuviera muerta. La iban a rematar, pero descubrí que si le ponías la cabeza recta, la gallina se ponía de pie como si tal cosa y empezaba a intentar picotear en el suelo.
—Es como si conectaras los dos extremos de un cable eléctrico roto —me explicó el tío Darío—. La electricidad vuelve a pasar.
A la gallina, al final hubo que sacrificarla. Pero la tía Fanfan no quiso ni oír hablar de guisarla. La enterramos, ella y yo, debajo de un rosal del que otro día se colgó un enjambre de abejas.
Todo eso fue en mis primeras vacaciones en Acacias, en casa de los tíos. Me encargué de los caballos desde el segundo verano.
Yo venía de una ciudad y no sabía nada de animales. Solo lo que había leído y lo que veía en la tele. Mis vacaciones en la casa de Acacias me hicieron conocer el mundo de los animales de una manera distinta a todas las que oía en Valencia. Fanfan decía:
—Los animales son gente.
Gente que andaba por allí. Unos eran del tío Darío y Fanfan, otros simplemente pasaban por la huerta, como los pájaros y los puercoespines. Para Fanfan eran «gente» y desde entonces para mí también lo son. Creo que voy a escribir todo esto para explicar eso: los animales son gente.
Los caballos de mi tío Darío eran hermosos y grandes. La yegua tenía entonces nueve años, cinco más que el caballo. La yegua se llamaba Gioconda y era negra. Yo la veía negra, aunque el tío Darío decía que era «alazana».
—Alazana, negra maltinta —decía, con el pincel en el aire, precisando.
—Pues eso —replicaba yo—. Negra.
Mi tío Darío se reía y pintaba.
La yegua se llamaba Gioconda porque hay un cuadro que se llama La Gioconda que representa a una mujer que está sonriendo:
—Nada más verla me di cuenta de que era igual de oscura que la Gioconda. Por no hablar de la sonrisa.
Y es que mi tío Darío decía que Gioconda, la yegua, también sonreía. Yo al principio no lo veía muy claro, pero ahora estoy de acuerdo.
El caballo era blanco con motas.
—Tordo rodado —volvía a corregir el tío Darío.
El caballo blanco con motas se llamaba Leonardo, aunque entonces yo no sabía aún por qué.
—Ya lo entenderás, Bis —decía mi tío Darío.
Leonardo tenía cuatro años y era un animal. Un verdadero animal. Por cierto, era hijo de Gioconda.
Gioconda «trabajaba» en un picadero, en Madrid, cerca de Algete. Un día tuvo un cólico. Cuando los caballos tienen un cólico se vuelven locos de dolor. Gioconda se tiró contra una valla y se abrió el pecho y la barriga con los hierros. La iban a sacrificar, pero Antonio, el mejor amigo de mi tío Darío, les pidió a los dueños del picadero que se la dieran. Antonio la cosió y la curó. Gioconda se convirtió en inseparable de Antonio. Antonio era pastor y llevaba a Gioconda con él, con los perros y con las ovejas, aunque no la montaba nunca. Gioconda era para Antonio como un perro más.
—Le seguía por el camino. Por delante, las ovejas. Luego Antonio, con su manta y su bastón. A su lado los perros y detrás, Gioconda, sin perderle de vista.
Luego la cruzó con un semental del ejército. De aquel cruce tuvo a Leonardo. El tío Darío dice que había que ver al grupo: el rebaño, un pastor, dos perros, una yegua y un potro, por los caminos de Algete.
Pero un día Antonio murió en un accidente de moto. El tío Darío se quedó a Gioconda y a Leonardo, porque los hermanos de Antonio, que vivían en Madrid, no se podían ocupar de ellos.
—Hay algo del alma de Antonio en Gioconda y en Leonardo. Si les miras a los ojos, ves el fondo de Antonio.
Tenía razón. No conocí a Antonio, pero a su alma, en los ojos de Gioconda y de Leonardo, muy bien.
El primer verano en el que me encargué de los caballos, Gioconda estuvo muy mala. Algo le pasó en las patas o en el pecho, los veterinarios no se ponían de acuerdo. El caso es que se quedó como si fuera una estatua, no se podía mover. La pobre sentía tanto dolor que apoyaba la cabeza en el pecho del tío Darío, y lloraba.
—No todos los caballos lloran —me dijo Fanfan—, pero algunos, sí. Las lágrimas de Gioconda eran espesas y blanquecinas.
El tío Darío decía que poca gente de la que anda todo el día entre caballos sabe que, a veces, algunos caballos lloran. A mí, saberlo me hace ver a los caballos de una manera diferente.
Los tíos tenían los animales así, de dos en dos, madre e hijo. Una gata que se llamaba Buda y su hijo que se llamaba Tíbet. Una perra que se llamaba Sahara (lo pronunciaba sin apenas hache: Sa’ra) y su hijo que se llamaba Tinduf. Tinduf es el sitio en el que los saharauis instalaron sus campamentos de refugiados esperando volver, algún día, a su tierra. Todo eso lo sé porque me lo contaba el tío Darío. Por las tardes, después de dar la cena a los caballos iba a la cocina y él me contaba historias mientras preparaba nuestra cena. A veces aparecía tía Fanfan, cocía unas hojas de tamarisco, les añadía miel y se subía al mirador del mar. Tío Darío y yo nos quedábamos entonces a solas en la cocina y charlábamos.
Lo mejor eran sus historias de animales. Y sus mejores cuadros, también. La exposición por la que era más famoso se llamaba Jaulas de Tinduf. Eran cuadros de cabras y camellos. Algunas cabras tenían un ojo azul, como si les diera un foco de luz en pleno ojo.
Mi tío Darío estuvo en los campamentos de refugiados de los saharauis porque quería pintar a los niños del Sahara. Pero lo que pintó de verdad fueron las jaulas en las que tienen a las cabras y los camellos.
—Como no hay árboles ni madera tienen que hacer las jaulas con chatarra de los camiones que desguazan.
Me gustaban los cuadros de las jaulas de mi tío. Eran como ilustraciones de libros de ciencia ficción, de un planeta fantástico y sus animales cautivos. Los pintó con todo detalle y así se veían las planchas de acero agujereadas, los ejes de la dirección convertidos en postes, los neumáticos en ventanas por las que asoman la cabeza las cabras... En cada cuadro había una jaula y, de vez en cuando, había alguno en el que se veían muchas jaulas, una extraña ciudad de jaulas de chatarra en medio del desierto.
—Hamada. El desierto de los campamentos no es ni siquiera desierto. Es la nada. La hamada. Piedras y tierra apisonada.
En uno de los cuadros de jaulas se veía a un camello asomándose por encima de una cerca hecha a base de latas de leche de la Comunidad Europea. Banderas azules y estrellitas doradas. El camello sí que sonreía. Parecía que se estaba burlando del pintor, que era mi tío Darío.
—Los camellos están muy tristes porque ya no sirven para lo que nacieron.
—¿Y para qué nacieron?
—Pues para vivir en el desierto. Los saharauis son nómadas, pero llevan un cuarto de siglo quietos, en la hamada.
—¿Y los camellos?
—Se los comen.
—Puaj.
—De eso nada. El camello está bueno. Smell, lo llaman. Hmm.
—Yo no comería camello. Pobre.
—Eso, sí. Pobre camello. Y pobre cabra. Cuando llega un visitante a vivir en una jaima el dueño de la jaima le sacrifica una cabra. A mí también me hicieron aquel honor.
Mi tío contaba las cosas al mismo tiempo que batía huevos y cortaba tomates, así que yo tenía que moverme alrededor, para no perderme nada.
—Vi llegar a la cabrita, atada con una cuerda. No quise ver cómo la degollaban. Por la noche comimos cuscús con guiso de cabra.
—Puaj.
—Y dale. Toda la carne que comes antes estaba viva.
—Puaj.
—Pues hazte vegetariano.
—No lo dudes. Cuando sea mayor seré vegetariano.
Mi tío intentaba disimular, pero dudaba de mi decisión.
—Después de comerme el guiso de cabra se me ocurrió decirle a mi anfitrión: «Qué pena me dio la pobre cabrita, pero qué rica estaba la condenada.» El hombre se moría de risa.
Parecía feliz, mi tío, recordando la risa del saharaui. Sacudía la cabeza.
—Luego íbamos por el campamento y él se lo contaba a todo el mundo: «¡Mira este español, lo que dijo! ¡Qué pena me dio la pobre cabrita...»
—Pero ¡qué rica estaba la condenada!
Y nos reímos los dos.
El tío me enseñó aquel verano a decir «sí» a lo saharaui.
Consiste en una especie de chasquido con la lengua, entre las muelas:
—Cj.
