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Esta obra presenta la fascinante historia de la vida y obra de los primeros sacerdotes y religiosos de Don Orione en Mar del Plata, a través de una estupenda reconstrucción epistolar. Un trabajo que contribuye a comprender la grandeza de los hombres y mujeres que dieron su vida por la educación de los niños que vivían en los barrios del Puerto y San José. Esta investigación inédita se realizó mediante la consulta de numerosos archivos en Roma, Buenos Aires y Mar del Plata. Profusa en imágenes que revelan el alma y la fuerza misionera de los pioneros, se presenta narrada a través de sus principales protagonistas. Ellos han sido grandes personas, porque se hicieron pequeños, junto a los niños de unas escuelas que no existían. Y que había que hacer, aunque no desde la grandeza de los proyectos arquitectónicos, ni de los muros de una época que ya pasó, sino desde el patio y el aula. Allí donde la educación adquiría verdadero sentido: en el encuentro con los chicos, su presente y sus sueños. También tuvieron que superar límites y dificultades, porque los alumnos y los docentes vivían en la periferia. No en la ciudad de la alta aristocracia veraneante, sino en la otra Mar del Plata. La que brillaba… pero solo cuando el sol daba en los techos… porque eran de chapa.
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Seitenzahl: 424
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Fernando H. Fornerod
GEO · Grupo de Estudios Orionitas
Argentina - Uruguay - Paraguay
Fornerod, Fernando HéctorLos curas del Puerto : aportes para una historia de la Obra Don Orione en el Puerto y en San José de Mar del Plata 1921-1940 / Fernando Héctor Fornerod. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : GEO - Grupo de Estudios Orionitas, 2021.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descargaTraducción de: Roberto Arcangelo Simionato. ISBN 978-987-47702-7-1
1. Historia de la Iglesia. 2. Iglesia Católica. 3. Cristianismo. I. Título.
CDD 250.982
© 2021 GEO - Grupo de Estudios Orionitas
1ª edición digital: mayo 2022
Foto de tapa: Fachada principal de la Iglesia y Colegio de La Sagrada Familia (marzo de 1927)
Pequeña Obra de la Divina Providencia - Don Orione
Carlos Pellegrini 1441
C1011AAC – Ciudad de Buenos Aires
Argentina
[email protected] · www.donorione.org.ar
Digitalización: Proyecto451
La presente obra fue presentada en el contexto de las 5tas Jornadas Sociohistóricas Don Orione, hombre, sacerdote y santo, desarrolladas en la ciudad de Mar del Plata del 9 al 11 de octubre de 2014. Hace parte de la colección de estudios e investigaciones sobre la presencia y misión evangelizadora de la Pequeña Obra de la Divina Providencia en Argentina, de la que ya fueron publicados los volúmenes correspondientes a Rosario y Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco).
La investigación presenta la fascinante historia de la vida y obra de los primeros misioneros de la Congregación de Don Orione en Mar del Plata. Recorre en modo particular, las distintas etapas de la fundación del Colegio de La Sagrada Familia, de la Parroquia San José y del Colegio José Manuel Estrada en aquella misma ciudad.
El libro impreso, por un error editorial, no contó con la sección “bibliografía”; imprescindible elemento necesario para completar las referencias bibliográficas citadas en las notas al pie de página. En la presente edición digital, esta omisión fue salvada. Fueron corregidos también otros errores y omisiones involuntarias. Respecto a las abreviaciones de fuentes y otros elementos de archivo, fueron adecuadas a las Norme redazionali, sigle e abbreviazioni orionine, publicado en el 2020 por el Equipo Internacional de los Grupos de Estudios Orionitas.
Fernando H. Fornerod
Buenos Aires, 10 de agosto de 2021
Año Centenario de la llegada de Luis Orione a la Argentina
La mirada hacia los acontecimientos, puede hacerse desde varias perspectivas. Hay también muchos niveles de comprensión. Todo esto, sin embargo sirve de poco, si no damos con el sentido de lo vivido. Para ello hay que elegir el camino correcto: contemplar a los protagonistas. Aquellos que dieron la vida a otros. Hay que decirlo; aunque parezca obvio. El recorrido histórico que desarrollaremos a continuación, tiene estos mismos desafíos. Alcanzar a tocar el corazón de los primeros orionitas que llegaron a Mar del Plata. Para dar con su pasión y sentido. Sus fuerzas. El horizonte hacia el cual caminaron. Y si el lector es audaz; decidir también seguir las huellas. Con el mismo espíritu: hacia otros. Siempre.
Nos causó mucho entusiasmo dar con la vida de los pioneros: han sido grandes personas, porque se hicieron pequeños. Con los niños de unas escuelas que no existían. Y que había que hacer. No sólo, o más bien, no únicamente desde la grandeza de los proyectos arquitectónicos. Muros de una época que ya pasó. Sino desde el patio y el aula. Allí donde todo adquiere sentido, porque posibilita el encuentro. Con los chicos; su presente y sus sueños. Es cierto: también con los límites. Vivían en el límite; en la periferia. En la otra Mar del Plata. La que brillaba, sólo cuando el sol daba en los techos. Claro, porque eran de chapa.
Esta investigación, estimula a realizar muchas miradas sobre el período que va desde 1922, con la llegada de Don Orione a la Argentina, y concretamente a la ciudad de Mar del Plata; y se cierra en 1940, año de la muerte del padre Fundador. Ofrece el testimonio de vida de hombres y mujeres, apasionados por los niños y jóvenes, por amor de Jesús.
Sus vidas, movidas por corazones misioneros, nos pondrán enfrente de nuestros propios desafíos. Es verdad; hoy son distintos: son los de nuestro tiempo. Todos, sin embargo, requieren la misma cuota de amor; de entrega, de alegría. Esa alegría que solo brota de la entrega. Pero volvamos a ellos; los protagonistas: José Montagna, José Dutto, el Hno. José Dondero. Los primeros; después llegaron otros. Los conoceremos. Algunos de ellos, no eran profesores; pero todos eran maestros. Porque no sólo enseñaron a leer y a escribir. Sino a escribir cosas buenas, grandes, lindas. A saber leer en la vida de los demás, aquello que toda persona tiene de humano. ¡Para eso tenía sentido aprender gramática! para hacerse entender y comprender a todos. Y ¿Estudiar matemáticas? Para sumar; sin cansarse. ¿Para qué si no?
Don Orione los fascinó; y ellos se dejaron fascinar. Cómo explicar si no, el hecho que dejaran a sus padres, madres, a su tierra y a los suyos para irse allá… a América. Más allá del océano. A sostener la fe de sus paisanos. Porque no vinieron a hacerse ricos, pero sí a enriquecerse. Dando todo; dándose. Primero habían estado en Victoria, en la provincia de Buenos Aires. Inmediatamente después, fueron a la Sagrada Familia, en el Puerto de Mar del Plata. José Dutto era novicio; estaba haciendo sus primeros pasos en la Congregación; pero ya había entendido lo esencial de la Obra de Don Orione: “nuestro distintivo y nuestra gloria serán la simplicidad y el sacrificio”. Esa simplicidad y gloria que se hicieron escuela. A la que venían los chicos del barrio; todos: porque era gratuita. También los que no tenían camisa, o útiles, o libros. Allí los chicos, encontraron todo eso: lo que les pertenecía; y que algún avivado se había olvidado de entregárselos. Allí pudieron educarse; y esto no era poca cosa.
La historia de quienes hicieron la Sagrada Familia y San José, fue escrita derecho, sobre algunos renglones torcidos. Sí, muchas fueron las fragilidades, los límites… José Dutto, José Montagna, José Zanocchi, Inocencio Torresan y hasta el mismo Don Orione, no los escondieron. Los vivieron como una posibilidad de encuentro con el Señor. Porque esos mismos límites y fragilidades los aproximaron a quienes vivían la exclusión social, económica… en el fondo, mejor decir, en la exclusión humana. Todos necesitaban a Dios. Y lo encontraron allí: en la periferia.
La Congregación de Don Orione en Argentina, fue al comienzo, un puñado de hombres. Las necesidades brotaban por todos lados. No se sabía decir que no. O, quizás, no se sabía cómo decirlo. Y esto obligó a caminar junto a otros; y así fue creciendo, entusiasmando. Vinieron las primeras vocaciones. Y con ellas grandes posibilidades; también inmensos desafíos.
Pero no estuvieron solos. Y así como Madre Teresa Grillo Michel, llamó a Don Orione y a sus hijos, a convertirse en misioneros en Brasil, – hoy de esto cien años atrás – ellos a su vez, las llamaron a ellas, para ser maestras y madres de las niñas y jóvenes que corrían, por las barrosas calles del Puerto de Mar del Plata.
No fue una obra simplemente filantrópica. Nunca. Hubo siempre una constante preocupación: que el pueblo se sintiese Iglesia, y que la Iglesia fuese pueblo. La gente del Puerto necesitaba ambas cosas. Aun si al comienzo hubo algunas dificultades, la misma religiosidad popular ayudó a encontrar nuevas síntesis. Puso a santos patronos y a devotos bajo un mismo corazón: el de San Salvador. Que no era otro sino el del corazón de Jesús abierto por la lanza. El mismo en el cual, Juan evangelista, vio el misterioso nacimiento de la Iglesia. En el corazón abierto de Jesús, todos tenemos lugar. Él es el primero de muchos hermanos, para que todos nosotros seamos pueblo, el Pueblo de Dios.
Hubo un impacto, por llamarlo así de alguna manera, entre la situación de la Iglesia en Argentina y el carisma orionita, caracterizado por la necesidad de encontrar espacios propios. La caridad educativa también supo de tensiones. Personales e institucionales. Todas las dificultades cooperaron a alcanzar un bien mayor. Los protagonistas precisaron la manzoniana mirada para comprender que, quien los había llamado, nunca hubiese turbado el gozo de sus hijos, sino para prepararles otro más seguro y más grande. Las relaciones entre la Conferencia de Señoras de San Vicente de Paul y los religiosos de Don Orione, pasaron por muchas etapas. Todas, ayudaron a que la Congregación encontrara independencia y autonomía para hacer el bien.
Los religiosos fueron llamados a trabajar en la escuela y santuario del Puerto de Mar del Plata; pero sin dejar este compromiso, buscaron enseguida, otras periferias, otros puertos y orillas donde la exclusión y el desamparo exigieran decir: ¡presente! Y así surgió un humilde centro catequístico. Bajo el patrocinio de la santa de las misiones: Teresita. En el barrio Las Ranitas, cerca del Hipódromo. Donde más tarde, la obstinación y la generosidad de un ex párroco construirá un templo dedicado a san José. Y más adelante vendrán otras obras: unas aulas que parecían destinarse a ser usadas como un Postulantado; y que después serán un colegio. El que primero tendrá por nombre: San José. Y después ese otro, “que es todo un programa: José Manuel Estrada”.
La Congregación de Don Orione con este paso, puso su pie en tierra firme. Y no nos referimos, al hecho inmobiliario de recibir en donación un terreno. Lo que estaba en juego fue algo mucho mayor. Ciertamente esta iniciativa en San José, fue el primer punto de inflexión. De no haberlo hecho en ese entonces, los orionitas hubiesen demorado mucho más tiempo, en dejar de ser simples capellanes de las Vicentinas. El Espíritu sopla donde quiere. Y quería que la Pequeña Obra, fuese libre, para ir más allá: a las periferias. El p. José Dutto tuvo mucho que ver en esta distancia institucional y el planteo de relaciones más formales que personales o sociales.
Otra cosa sucederá cuando venga Luis Orione por segunda vez a la Argentina (1934-1937). La situación generada por el Congreso Eucarístico Internacional provocó en el catolicismo argentino, horizontes y desafíos distintos a los de la década del 20. La necesidad de consolidar diócesis y jurisdicciones parroquiales, la búsqueda de una visibilidad católica en el espacio público y social, fueron un verdadero viento de cola para las iniciativas orionitas. Podemos decir que en tal período, las propuestas de apertura de nuevas comunidades llovían todos los días.
Mar del Plata fue el escenario para un importante anuncio. Y este fue el segundo punto de inflexión. Una conferencia; que supo de sufridos momentos preliminares. Es cierto: para hacer el bien, no se quiso confiar en la hueca elocuencia humana. Y al final, fue todo Providencia. Y por ello, el anuncio del inicio del Pequeño Cottolengo Argentino, tuvo un eco formidable. No era sólo una institución en favor de los más necesitados. Era, y lo sigue siendo, una verdadera parábola del estado de sufrimiento que vive todo hombre; que en Cristo es radicalmente transformado en fuente de vida: porque él sale a nuestro encuentro.
Y entonces ¿Dónde está el sentido de todo lo que leeremos? Seguramente, en aquellas inspiradoras palabras del Fundador: “Debemos ser santos, pero tales, que nuestra santidad no sea sólo para devoción de los fieles, ni sólo de altar, sino que trascienda y brille en la sociedad y seamos más bien santos de pueblo y de salvación social”. Y ellos, de verdad, sí que lo fueron.
Fernando H. Fornerod fdp
Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco, Julio de 2014
Juan Luis Orione nació el 23 de junio de 1872 en Pontecurone, un pequeño pueblo no distante de Tortona (AL) en el norte de Italia y sus padres fueron Vittorio Orione (1825-1892), garibaldino que combatió por la unidad de Italia, de profesión empedrador y Carolina Feltri, (1833-1908) analfabeta, incansable trabajadora y de una profunda fe religiosa. Él, desde muy temprano, manifestó signos de vocación a la vida religiosa. Después de una breve experiencia con los Franciscanos de Voghera y con San Juan Bosco en Valdocco, ingresó en el seminario de la diócesis de Tortona iniciando sus estudios eclesiásticos el 16 de octubre de 1889. En 1892 el joven seminarista dio inicio a un oratorio festivo de jóvenes, que constituirá el puntapié inicial de una serie de iniciativas en favor de la juventud necesitada. El 15 de octubre de 1893 abrió una escuela para las vocaciones de jóvenes pobres, en el barrio tortonés de San Bernardino, y más tarde en el Santa Clara. Estas acciones marcan el lento proceso del nacimiento, de la que llegará a ser, con el tiempo, la congregación de la «Pequeña Obra de la Divina Providencia». El 13 de abril de 1895 Luis Orione es ordenado sacerdote. En el año 1899 inició la rama de los «Ermitaños de la Divina Providencia». Las tareas de consolidación de la Congregación, en 1913 mandó sus primeros misioneros al Brasil, y el 29 de junio de 1915 fundó la rama femenina de las «Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad» Ese mismo año lo vemos socorriendo a las víctimas del terremoto de La Mársica (1915), y, también, del Primer Conflicto mundial.
Invitado por Mons. Maurilio Silvani, secretario del nuncio en Buenos Aires, Don Orione se dirigió primero al Brasil y luego a la Argentina, permaneciendo en tierras americanas entre 1921 y 1922. Vuelto a Italia, en 1927 fundó la rama contemplativa de las «Hermanas Sacramentinas Adoratrices no videntes». En octubre de 1934 se embarcó desde Génova para participar del 32° Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, permaneciendo en el continente latinoamericano hasta agosto de 1937. Durante este largo periodo de tiempo desarrolló una intensa actividad plasmada en obras en favor de los desamparados y marginados de la sociedad. De entre ellas, se destaca la fundación del «Pequeño Cottolengo Argentino» (1935). Desde el punto de vista epistolar, esta etapa fue muy fructífera. Con la particularidad de que tales escritos adquieren una importancia particular para nuestro estudio: marcan el estado de madurez espiritual, apostólica y humana de una persona que se entregó totalmente a Jesús, en el amor a la Iglesia, y, en particular, al Papa y a los pobres. Vuelto a Italia en agosto de 1937 se dedicó a trasplantar en el viejo continente el espíritu dinámico y renovador de los años latinoamericanos, trascurridos entre los que el mundo considera como «desechos» de la sociedad, pero que para la Iglesia son sus «tesoros». El 12 de marzo de 1940 murió en San Remo. Sus restos mortales descansan en el Santuario de «Ntra. Sra. de la Guardia», en Tortona. Juan Pablo II, definiéndolo «una genial expresión de la caridad cristiana», lo beatificó el 26 de octubre de 1982. Desde el «Gran Jubileo » del año 2000, la reliquia insigne de su corazón, incorrupto, se encuentra en Buenos Aires, en el «Pequeño Cottolengo Argentino». Juan Pablo II lo canonizó el 16 de mayo de 2004.
José Zanocchi nació el 28 de octubre de 1873 en Cegni (Pavia – Italia). A los 26 años conoció a Don Orione e ingresó en el Colegio “Santa Clara” en Tortona; allí se desempeñó como aspirante y portero. En 1900 junto a p. Carlos Sterpi, Vicario general, se trasladó a la ciudad de San Remo para la fundación del “Internado San Rómolo” donde inicia sus estudios bajo la guía del p. Carlos. En noviembre de ese mismo año, de manos de Mons. Daffra, obispo de Ventimiglia, recibe el hábito de novicio. En 1901, siempre en San Remo, pero ahora en lo que se llamará “La Casita” asume la dirección de la misma sustituyendo al p. Carlos. Más tarde, en 1903 inició sus estudios de teología en Tortona. Allí, en 1904 recibió las ordenes menores y también en ese mismo año la ordenación sacerdotal. Durante el tiempo de la Primera Guerra Mundial sustituye al p. Cremaschi en Villa Moffa y posteriormente se desempeña como párroco en Sant’Alberto di Butrio. El 6 de febrero de 1922 llega a la Argentina, junto con los pp. José Montagna, Enrique Contardi y los seminaristas Francisco Castagnetti y José Dondero. Con el Fundador abre la primera casa en tierra argentina: en Victoria; toman posesión el 11 de febrero de 1922. El 19 de marzo de ese mismo año, Don Orione lo nombra superior de los Hijos de la Divina Providencia de Argentina y Uruguay. También se encargó de abrir en 1930 una comunidad para atender huérfanos en La Floresta (Uruguay) y más tarde en 1932 el “Colegio San Carlos” y la Iglesia parroquial en Montevideo. En 1932 fue el encargado de recibir en el Puerto de Buenos Aires a las primeras seis religiosas de Don Orione, y las ayudará a organizar tres nuevos institutos: en Lanús, el “Instituto Beata Imelda” en el centro de Buenos Aires y el “Colegio Santa Catalina” en la localidad de Tres Algarrobos (Pcia. de Buenos Aires). En 1933, Don Orione lo llama a Italia, con el pretexto del Año Santo, para que reponga fuerzas. El 9 de diciembre de ese mismo año, viaja a América Latina acompañando por siete nuevos misioneros. En 1935, se transfiere de Victoria, a la sede central en la calle Carlos Pellegrini en pleno centro porteño. Más tarde será junto al p. José Dutto, el propulsor de la construcción del “Colegio Don Orione” en Presidencia Roque Sáenz Peña en 1940. Un año más tarde inaugura el Pequeño Cottolengo Argentino en la localidad bonaerense de San Miguel. El 10 de mayo de 1942 inicia la obra de Don Orione en Santiago de Chile. El 22 de mayo de 1946 vuelve a Italia en ocasión del Capítulo General y es elegido Vicario General de la Congregación. Después de desempeñar este servicio por seis años, regresa a la Argentina. El 18 de mayo de 1954 murió en Buenos Aires. (1)
José Dutto, nació en Boves (Cuneo, Italia) en 1891. Era un joven sacerdote de la diócesis de Cúneo cuando conoció a nuestro Fundador en 1922, después de la misa de sufragio por la muerte de un sacerdote de la Congregación, el p. Julio Quadrotta. Don Orione le ofreció la oportunidad de colaborar con él en su obra misional. Mientras se preparaba para ingresar escribió a Don Orione: “Si un día consigo ser parte de los Hijos de la Divina Providencia, le ruego desde ahora, ¡ayúdeme a ser santo! Si por cobarde inconstancia olvidara este propósito, recuérdemelo” (carta del 27 de octubre de 1922).
Al ingresar a la Congregación, deja su cargo de vicario parroquial de la iglesia del Sagrado Corazón, de Cuneo (Italia), siendo luego destinado a Argentina, donde la Congregación recientemente comenzaba su labor. Llegó a Buenos Aires, el 5 de mayo de 1923. Siendo su primer destino, la Colonia de Marco Paz, sufrió el desprecio por parte de las autoridades de la misma. Luego, el 17 de marzo de 1924, pasó a “La Sagrada Familia”, de Mar del Plata para reemplazar al p. José Montagna, quien volvía a Italia a visitar a su padre enfermo. Como nuevo Director inició una labor sorprendente como educador, entregándose con entusiasmo a la pastoral con los jóvenes. Su labor pastoral lo llevó a organizar el “Oratorio San Teresita”, base de lo que luego sería la parroquia “San José” de Mar del Plata. Llegando Don Orione en 1934, el p. Dutto fue invitado a trabajar junto al Fundador en la Sede Central del Pequeño Cottolengo Argentino de calle Carlos Pellegrini. Estuvo también como Párroco de Pompeya a partir del 1° de marzo de 1937. Fue nombrado Provincial, al ser el p. Zanocchi elegido Vicario General. Entre otras cosas, durante su provincialato, alentó y financió la construcción del Colegio “Don Orione” de Sáenz Peña (Chaco). Era un Superior austero y que vivía el espíritu de las Constituciones. Gobernó la Provincia desde 1946 hasta 1952. Al participar del III° Capítulo General en 1952, fue nombrado Provincial de San Marciano (Italia), cargo que acepto, pese al dolor que le producía dejar la Argentina, luego de treinta años de entrega generosa. Desde 1955 hasta 1958, fue rector del Santuario de la Guardia de Tortona. En el IV° Capítulo General (1958) fue nombrado Consejero General, y en el V° Capítulo General (1963), Procurador de la Congregación. Murió en Cuneo en 1967, a 76 años de edad, 42 de profesión religiosa y 52 de sacerdocio. (2)
José Montagna nació en Pontecurone en 1887. Cuando tenía 12 años, el 19 de octubre de 1899 fue recibido por el mismo Don Orione y pocos meses más tarde, fue destinado a “La Casita” de San Remo, como postulante. El 21 de junio de 1900 recibe el hábito de seminarista compartiendo su formación con José Zanocchi y Gaspar Goggi. Emitió su primera profesión religiosa en Villa Moffa en 1909; la profesión perpetua en 1912 y ese mismo año fue ordenado sacerdote en Ventimiglia de manos de Mons. Daffra. En diciembre de 1921, respondió afirmativamente al llamado que le hacía el Fundador desde la Argentina. Estuvo en Victoria y posteriormente fue trasladado al Puerto de Mar del Plata para iniciar como director del “Colegio de la Sagrada Familia” en 1924. Durante dos años se ausentó de la Argentina por motivos de la salud de su padre. Tras el fallecimiento de éste, regresó a Uruguay en 1927 haciéndose cargo del patronato de Obreros en Montevideo (Uruguay) hasta 1934. Posteriormente desde ese mismo año hasta 1937 fue responsable del Noviciado en Lanús. Regresó a Uruguay como responsable de La Floresta desde el año 1937 hasta 1942. Volvió a Italia donde se desempeñó como secretario provincial (1952-1964). En 1964 fue nombrado Postulador de la causa de beatificación del Fundador. Símbolo de auténtica vida orionita, de piedad y humildad, fidelísimo al Fundador, el p. José es ejemplo excepcional de virtud, al que siempre y todos deberán mirar. Murió en el Pequeño Cottolengo de Génova el 15 de junio de 1973. (3)
1- J.DUTTO,DonGiuseppeZanocchi;cennibiografici,209-234.
2- PODP,Necrologio,2010,143.
3- G.VENTURELLI,“DonGiuseppeMontagna1887–1973”,353-360.
En las puertas de la ciudad de Mar del Plata, el más grande balneario de la costa atlántica de América del Sud, se vino formando un centro de obreros de importancia notable, constituido por los trabajadores encargados de la construcción del nuevo Puerto de mar, comercial y militar, y por una importante colonia de aproximadamente mil pescadores, casi todos italianos. Un conglomerado de casitas y casuchas, casi todas de madera y de chapas de zinc, irónicamente contrastante con el lujo de la ciudad, que bien podría
llamarse la Montecarlo argentina, constituían el característico suburbio, llamado el Pueblo del Puerto.
La miseria y el abandono moral de estos pobres obreros, eran superiores a la desventura material. Los niños y los jóvenes crecían sin la mínima asistencia religiosa; muchos quedaban sin el bautismo; casi todos sin la primera Comunión; cerca de totalidad de los matrimonios prescindían de la bendición nupcial; los moribundos estaban privados de toda asistencia religiosa:
todo era una verdadera desolación.(4)
Los inicios de la Obra de Don Orione en Mar del Plata tuvieron como escenario el “Pueblo de pescadores”. Con este nombre –afirma Bettina Favero– solía llamarse hasta entrada la década de 1950 al barrio del Puerto. Este tuvo sus orígenes entre los años 1917 y 1922, con el asentamiento de los primeros pescadores en la zona y de los obreros contratados por la empresa francesa “Societè Nationale de Travaux Publiques” encargada de la construcción del Puerto de ultramar de Mar del Plata. Con la construcción de la escollera sur, los pescadores comenzaron a realizar sus actividades en dicho lugar, debido a los “corrimientos” espaciales sufridos a partir de la década de 1910 desde la zona de la Playa Bristol, pasando por la zona de “La Pescadilla” (Av. Colón a la altura de la Estación Terminal) y la de “Tierra del Fuego” (Güemes y Rawson). Estos desplazamientos territoriales de población, se debieron al crecimiento de la zona del centro, pero en particular, a las exigencias y demandas de la élite porteña veraneante. Los pescadores, que en su inmensa mayoría eran inmigrantes, se establecieron entonces en la zona aledaña a la banquina de pescadores o, en lo que se comenzó a llamar, la “otra Mar del Plata”. (5) Para la Argentina, en medio de los festejos del primer centenario de la República, la construcción del Puerto de ultramar, fue una obra que marcó el espíritu de la nación de ese entonces. La obra, sin embargo, no había nacido para los pescadores: era más bien un Puerto agroexportador. Efectivamente “El Puerto de Mar del Plata fue una obra colosal en su tiempo, que se inscribió en los sueños grandes que sucedieron a la Generación del 80, también en la confianza y opulencia que se vivía en los años del centenario de la Revolución de Mayo”. (6)
Pocos años antes de la inauguración oficial, es decir en 1917, operaban ya en el Puerto unas 100 lanchas pesqueras de motor y a vela. Esta actividad pesquera era sostenida por un alto número de familias inmigrantes, a las que se fueron sumando otras personas que, relacionadas con la actividad, se radicaron también en ese lugar. En 1922, se realizó la inauguración oficial del primer tramo del Puerto de Mar del Plata. Para ese entonces, la población en torno a la estructura portuaria tenía unos 1.800 habitantes. La grandeza de la obra civil y comercial, contrastaba con la situación de precariedad de los habitantes de la zona. Las carencias asomaban por todos lados:
Para la época en que los pescadores llegaron al “Pueblo del Puerto”, las posibilidades de alojamiento eran escasas, y obligaba a compartir las habitaciones, cocina y otras dependencias. No había provisión de agua potable domiciliara, por lo que la población portuaria lo hacía sirviéndose del arroyo del Barco, que algunos recuerdan, pasaba por las actuales calles Magallanes y Figueroa Alcorta, y desembocaba en el mar. No había sala de primeros auxilios, ni tranvía. Calles de tierra y piedra, difíciles de transitar en días de lluvia, escasos comercios, pocas proveedurías, falta de energía eléctrica domiciliaria y terrenos en alquiler muy onerosos, eran alguna de las muchas incomodidades y falencias del lugar prometido. La falta de escuela, la cubría la empresa francesa constructora del Puerto, pero sólo para sus empleados. En 1913 comenzó a funcionar una escuela provincial, que lo hacía en un galpón fiscal de chapa y madera. Pero los inmigrantes italianos se vieron con dificultad para entender y aprender el castellano, pues probablemente no había maestros bilingües. (7)
Del otro lado, allá, pero no tan lejos, estaba la ciudad del buen vivir. Con sus ramblas y marquesinas; con sus fiestas y despreocupaciones. Más acá, la marginación y la pobreza: material y moral. La situación de los pescadores, y la de sus hijos fundamentalmente, era muy frágil. Más que pobres, la gente se sentía empobrecida. Los sueños de progreso, no eran alcanzados por el esfuerzo de su trabajo. Para ellos, todo se hacía una cuesta arriba. Ante tales circunstancias, no era difícil pensar que las ideas anarquistas y socialistas, junto a otras ideas políticas similares traídas por los inmigrantes, tuvieran un espacio propicio para su desarrollo. Las autoridades y la elite porteña, quizás por esto y también por la situación que padecían los habitantes, se mostraron atentos a intervenir. Había que evitar males mayores. En esta tarea intermediarán de modo decisivo una asociación de laicos católicos: Las Damas Vicentinas.
En contrapartida a la situación de los inmigrantes y pescadores del Puerto, la ciudad de Mar del Plata, como dijimos, giraba en torno al balneario frecuentado por la aristocracia de Buenos Aires. El cuadro era de fuertes contrastes. Como en un juego de contraluces, la riqueza y la exclusión, entonces, se constituyeron en testigos de numerosas iniciativas de beneficencia; no solo en la ciudad, sino en el país entero. Las mujeres de los poderosos buscaron paliar los efectos del contexto:
Mar del Plata fue un sitio apto que las mujeres de la élite se afianzaron como benefactoras, pues estaba aún todo por hacerse, dado que muchos de sus pobladores inmigrantes, especialmente los dedicados a la pesca sufrían importantes carencias. Este contexto se ve reflejado en las actas de la Institución Stella Maris: “Mar del Plata centro obligatorio de la aristocracia porteña durante los meses más fuertes del verano, tiene, también, una manifestación brillante de nuestra caridad. Doquiera vaya la mujer argentina brotan las obras de misericordia…”. (8)
En este escenario, la llamada “Sociedad Conferencia de Señoras de San Vicente de Paul” desarrolló numerosas iniciativas de caridad. Este grupo de benefactoras, eran conocidas como las “Damas Vicentinas”. (9) Ellas, dependían de “La Sociedad de San Vicente de Paul”. Esta sociedad, actualmente, es una organización caritativa católica, dirigida por voluntarios. Fue creada en París en 1833 por un grupo de laicos católicos; entre ellos, se encontraba un joven, que después sería beatificado por Juan Pablo II: el beato Federico Ozanam (1813-1853). Desde su fundación, la organización ha sido dirigida única y exclusivamente por seglares católicos, que colaboran con la jerarquía eclesiástica católica, pero actuando de forma independiente. Está constituida y dirigida por voluntarios, en la mayoría laicos católicos, que entregan parte de su tiempo a la Institución. Las Conferencias que la componen, están unidas en todo el mundo por unas reglas y estatutos en común, y con estatutos específicos adaptados a las circunstancias sociales y legales de cada país. Estas unidades, son reconocidas por el Consejo General de la Confederación Internacional de la Sociedad, que les concede una carta de agregación. Las Conferencias locales se reúnen con frecuencia, cada una o dos semanas, para planear y discutir su trabajo para los necesitados en su comunidad local. Cada Conferencia o Consejo debe contar, como mínimo, con un presidente, elegido por tiempo determinado, un Vice-Presidente, un Secretario y un Tesorero, nombrados por el mismo Presidente electo, así como con un Consejero Espiritual, que en la mayoría de las ocasiones, se trata de un sacerdote de la parroquia a la que pertenece dicha Conferencia. (10)
Ahora bien, en Argentina una de estas Conferencias, fue fundada en 1889 por Mons. León Federico Aneiros (1826-1894), en ese entonces Arzobispo de Buenos Aires. La nueva asociación tomó el nombre de “Conferencia de Señoras de San Vicente de Paul”. Esta asumió un influjo importante en el desarrollo de variadas acciones de caridad social. Escuelas, hogares para niños, asilos y hospitales las tuvieron, no sólo como iniciadoras, sino también como defensoras de la acción en favor de los más necesitados. Durante el período que analizamos, la presidencia de las Damas Vicentinas de Buenos Aires recayó en la Sra. Dolores de Anchorena de Elortondo. Como tendremos oportunidad de ver, Don Orione selló el inicio de varias iniciativas caritativas durante el curso de su gobierno. Por otro lado, en Mar del Plata, también existió una sub comisión o comisión auxiliar, dependiente del Consejo General de las Damas Vicentinas. La delegación local llevó el nombre de “Comisión Auxiliar de Obras Vicentinas de Mar del Plata”. Esta se ocupó de todas aquellas obras de caridad, que incumbían particularmente a dicha ciudad; este anexo estuvo a cargo de la Sra. María Elisa Alvear de Bosch.
El ambiente precario de las gentes de la zona del Puerto, no se redujo únicamente a sus necesidades económicas. Otros frentes para su desarrollo social se abrían entre la barriada; particularmente la escolarización de los niños y jóvenes. Las Damas Vicentinas, contaron desde muy pronto, es decir, desde 1919 con una sede en la zona del Puerto. Su accionar, como bien afirma Bettina Favero, combinó las formas de beneficencia tradicional, reparto de alimentos y guardapolvos para los niños, con el apoyo a una educación “preocupada por la consecución de un orden social” y por el “fortalecimiento de una nacionalidad peligrosamente puesta en duda” en la zona. (11) Un informe escrito en aquellos años, expresa del siguiente modo el fin de la obra en el Puerto de Mar del Plata:
Fin de la obra: fin primario de la obra vicentina fue el de oponerse a la propaganda socialista y comunista valiente y triunfante en el municipio de Mar del Plata, donde impera desde hace unos veinte años hasta esta parte. Una obra que por su carácter eminentemente filantrópico, la que sin embargo, tiene sus fines particulares, pudiese ser bien aceptada por todos los partidos. (12)
La educación de la niñez y de la juventud, especialmente en los ambientes de exclusión y marginación, fue entonces un propósito prioritario.
La proximidad del centenario de la independencia incentivó en los dirigentes el deseo de abatir la torre de Babel anticipada por Juan B. Alberdi. Juan María Ramos Mejía, presidente del Consejo General de Educación entre 1908 y 1912, dirigió la cruzada pedagógica tendiente a proporcionar a los alumnos de la escuela primaria una educación homogeneizadora. El inspector general técnico de la Enseñanza Pablo Pizzurno, un hijo de italianos compenetrado con los modernos sistemas pedagógicos europeos, resumió en un discurso su concepto de patriotismo: “Hablemos de la Patria como ciudadanos que la aman mucho pero como ciudadanos a quienes el patriotismo no les pone una venda ante los ojos que solo les permite ver las bellezas de su tierra, recordar la fecundidad de su suelo, cantar himnos a la gloria de sus próceres y después dormir sobre los laureles que ellos ganaron y que nosotros apenas conservamos sin aumentarlos; hablemos de la patria como educadores obligados a servirla no con frases enfáticas y explosiones patrioteras, a fecha fija, en Mayo y en Julio, sino con la acción serena, meditada, perseverante y también entusiasta, de todo el año, de todos los momentos”. (13)
Para la consecución de estos objetivos, entonces se abrieron escuelas y orfelinatos en varios puntos de la ciudad. Unido a este propósito cívico, o confundido con él, pueden individualizarse las notas esenciales del espíritu de la evangelización católica. Todas las iniciativas eclesiales para la educación de la niñez y juventud, estaban teñidas por esta perspectiva. La zona del Puerto, no contaba con escuelas católicas ni iglesia; por lo que las Damas Vicentinas buscaron un lugar provisorio para levantar ambas. A tal fin, en un principio, fue alquilado un viejo caserón en la zona, propiedad del Sr. Bralio Arenas. Se respondería a una situación urgente: los chicos crecían prácticamente solos, ya que los adultos debían trabajar.
La jornada de trabajo de los hombres, ya sea en la pesca o en las obras de construcción del Puerto, eran larguísimas y agotadoras, lo que hacía que llegaran a sus casas sin otro anhelo que descansar para la siguiente jornada. En cuanto a las mujeres, debido a la carencia total de comodidades, como el agua, la electricidad, lo alejado de los comercios, etc., debían invertir todo el día en las tareas del hogar. Por esta situación es que los niños estaban gran parte del tiempo, solos, recibiendo de esta forma una educación que distaba bastante de la ideal. Todo esto, acentuado aún más por la falta de una iglesia en la zona, ya que la más cercana se hallaba bastante alejada, agravándose la situación debido al mal estado de los caminos, sobre todo en los largos inviernos. También se notaba la necesidad de un colegio católico para iniciar a estos niños en los preceptos de la Iglesia. Las necesidades descritas fueron percibidas por las Damas Vicentinas durante sus periódicas visitas a los barrios periféricos, motivándolas a trabajar por la creación de una iglesia y una escuela en este lugar. (14)
Los recursos para hacer frente a las iniciativas educativas y sociales, como veremos, no faltaron. El personal religioso que se hiciera cargo de la dirección de las mismas era el que escaseaba. Esto fue una constante preocupación de las Damas Vicentinas. Por ello, la búsqueda de sacerdotes y religiosos se tornó imperiosa. Este contexto constituyó la premisa fundamental para que una congregación, como la de Don Orione, hiciera pie en el país.
La situación del catolicismo argentino, en las primeras décadas del siglo XX, explica entonces, las razones por las que se propició la llegada de congregaciones religiosas, y de sacerdotes en general, a la Argentina:
Los imperativos que orientaron la vida de la Iglesia argentina en la primera década del siglo XX fueron, más que la lucha contra las ideologías seculares, los de la organización y profundización de la vida religiosa. Ante todo, la Iglesia procuró por un lado “crear” el mundo católico, despertar de la apatía y movilizar las energías católicas, atrayendo también otras nuevas, reforzar y consolidar sus propias estructuras institucionales, centralizar y efectivizar la autoridad de la jerarquía eclesiástica sobre la Iglesia y los católicos en su conjunto, mejorar la formación y la disciplina del clero, etc. Y por otro, procuró uniformar las prácticas litúrgicas y devocionales, así como las técnicas pastorales y de catequesis, y reactivar la vida parroquial al otorgarle un mayor espesor comunitario y espiritual al catolicismo argentino. […] Se trataba de darle una dimensión y una relevancia efectivamente nacionales, para dotarlo de la cohesión y de la coherencia doctrinaria sin las cuales no habría de escapar al estado de marginalidad en que la secularización tendía a relegarlo. […] Todo esto, sin embargo, no significó el abandono o la renuncia a la dimensión social del catolicismo, sino más bien su subordinación a la prioridad del reforzamiento de la “ciudadela de Cristo”, de la Iglesia. (15)
La organización y profundización de la vida religiosa del país, requería de agentes calificados para llevar adelante la evangelización y volver eficaz la estructura eclesial. La solución pasó por reclutarlos en Europa.
En otro orden de cosas, desde hacía ya un tiempo atrás, Don Orione había manifestado a su obispo de Tortona Mons. Igino Bandi sus deseos de ser misionero. Algunas circunstancias, como el terremoto de Messina en 1908, habían pospuesto la realización de este ideal. Sus religiosos, sin embargo, en 1913, pudieron desembarcar en Brasil. Habían sido destinados, en primer lugar a asistir a los inmigrantes italianos; ayudándoles a no claudicar en su fe. Ellos estando en una tierra lejana, corrían el peligro de perder su identidad, o lo que se denominaba en ese entonces la “italianidad”, de la que la fe católica, era el elemento aglutinante. Esta fue una constante preocupación de Don Orione. También sus religiosos tuvieron como tarea, acompañar espiritualmente a las Pequeñas Hermanas de la Divina Providencia, fundación de la Madre Teresa Grillo Michel, que ya se encontraban en Brasil. Así también, otros empeños apostólicos apuntaban a dar algún tipo de respuesta a los desafíos de la ignorancia y supersticiones del catolicismo afro-brasilero. Los propósitos de ambas familias religiosas, coincidían en el campo apostólico social; por lo que el envío de religiosos orionitas a Latinoamérica, obedeció también a coordinar una futura unión entre ambos institutos. El 4 de agosto de 1921, el Fundador obteniendo el permiso del nuevo obispo de Tortona, Mons. Simón Pietro Grassi, y después de muchas insistencias tanto de sus religiosos como de la Madre Teresa Grillo Michel, decidió inspeccionar las obras en Brasil. (16) Realizando esa visita, entonces fue que Luis Orione, recibió la propuesta de asumir obras de caridad en la Argentina. La invitación partió de Mons. Maurilio Silvani, su compañero en el seminario de Tortona. En 1921, este sacerdote, era auditor de la Nunciatura Apostólica en Argentina. (17) Uno de los biógrafos del santo Fundador, comenta que, mientras éste se encontraba en Brasil en el mes de octubre de 1921,
Le llegó desde la Argentina otra carta de Monseñor [Maurilio] Silvani, rogándole se decidiera: “Aquí hay para elegir. Monseñor Francisco Alberti, Obispo electo de La Plata, le costea el viaje y se encarga de conseguirle una buena residencia lo más cercana posible a la capital argentina; se habla de ofrecerle un orfelinato en Mar del Plata, una colonia agrícola en Pergamino... Pero venga, venga pronto, en noviembre, que en la Argentina es el mes de la Virgen y de las flores. Aquí no hay nada para los pobres, para la escoria de la sociedad. No hay nada para los niños abandonados, para los desamparados...”. (18)
Luis Orione, ante tal llamada, no dudó en alargar su mirada hacia el sur. Y respondiendo a esta invitación, decidió entonces, viajar a la Argentina:
“Estaré presente en la peregrinación a Luján; allí, a los pies de la Virgen, comenzará la misión de los Hijos de la Divina Providencia en la Argentina; predicaré, haré todo lo que quieran...”. (19)
El 8 de noviembre de 1921, desde Brasil, se embarcó en la nave inglesa “Deseado”, y el 11 le escribió a Gaetano Piccinini, en aquel tiempo, seminarista orionita en Italia. En su carta le describió el trayecto que realizaría, para llegar lo más pronto posible a Buenos Aires:
Desde el océano, a bordo de un vapor inglés. […] ¡Ahí aparece Montevideo! Suspendo, porque recibí esta noche un telegrama de Monseñor Maurilio Silvani, de la Nunciatura de Buenos Aires, que me dice que descienda en Montevideo y me traslade a bordo de un vapor local que llegará más rápido a Buenos Aires, para estar a tiempo pasado mañana, en la gran peregrinación de numerosas decenas de miles de italianos que se dirigen al más célebre santuario de la Virgen en la Argentina. (20)
Pero el atajo sugerido por Mons. Maurilio Silvani tuvo el efecto contrario, pues Don Orione debió permanecer en Montevideo a la fuerza. Su pasaporte era para la Argentina, no para el Uruguay; mientras tanto las horas volaron. Don Orione, con profunda tristeza, no pudo llegar a tiempo a Luján. Fue la privación más grande que debió sufrir durante su estadía en América Latina en aquel período: un estupendo billete de ingreso pagado para llegar al umbral de la Argentina... En compensación, conoció en Montevideo al Arzobispo Mons. Juan Aragone y a Mons. Bianchetti, párroco de La Aguada; ambos le ofrecieron institutos de asistencia para obreros y huérfanos, que no pudo aceptar por la escasez de personal; respondió sin embargo que, si la Providencia lo consentía, consideraría tales ofrecimientos. Finalmente, llegó a Buenos Aires el 13 de noviembre de 1921, y fue hospedado por los padres Redentoristas. (21) En los días siguientes a su arribo, Mons. Maurilio Silvani lo presentó al obispo de La Plata, Mons. Francisco Alberti, quien en aquella primera audiencia, le propuso aceptar un templo dedicado a Ntra. Sra. de la Guardia en la localidad de Victoria, por entonces capellanía de San Fernando (Pcia. de Buenos Aires). (22) Algunos días después, escribió al p. José Zanocchi, contándole todo cuanto había vivido:
PADRES REDENTORISTAS
PARAGUAY 1204
Estoy en Buenos Aires desde ayer, después de haber realizado un estupendo viaje, desde Río de janeiro hasta aquí; fueron cinco días de mar. Soy huésped de los Redentoristas, y permaneceré aquí 15 días aproximadamente; en este tiempo, espero hacer todo, y luego regresar al Brasil. […] Aquí tuve una acogida muy cordial, entusiasta, sea del Arzobispo [Mariano Antonio Espinosa] como del Nuncio [Juan Veda Cardinale] y de muchos personajes distinguidos ¡alabado sea el Señor! Mañana iré a visitar a Mons. [Francisco] Alberti, Obispo de La Plata, la más grande y popular provincia [sic] de la Argentina; (23) Obispo muy influyente, oriundo de Savona, quien “quiere ser el primer protector de los Hijos de la Divina Providencia en Argentina”. Fue él quien me pagó el pasaje para llegar hasta aquí y, pasado mañana celebraré a los pies de la prodigiosa Virgen de Luján.
Ayer fui acompañado por Mons. [Maurilio] Silvani a visitar la Liga Argentina de Damas Católicas, y el sábado 19 del corriente, daré un discurso en el Colegio de Damas del Sagrado Corazón, a las Señoras y a las Hijas de María, aquí en Buenos Aires. Hablaré también a la Sociedad [Conferencia de Señoras] de San Vicente [de Paul]. Aquí tengo muchas propuestas. Muy ventajosas desde cualquier punto de vista. La dificultad está en elegir, debido a la escasez de personal disponible. […] aquí es necesario abrir al menos dos casas: una en La Plata y la otra en Buenos Aires, o a las puertas de la ciudad, para los huérfanos; en cuanto a las ayudas, no se preocupen, que aquí nos ayudarán y mucho. (24)
Efectivamente, la relación de Don Orione con Mons. Maurilio Silvani, le permitió vincularse con la alta sociedad argentina, con las Damas Vicentinas y con los obispos más importantes de Buenos Aires. La presencia de Don Orione en Argentina, se conjugó perfectamente, a lo que se perfiló como el plan de consolidación del apostolado social católico, del que hablamos anteriormente. Las posibilidades, vistas desde este propósito, eran muchas. El desarrollo de las obras de caridad social tuvo, en cierta forma, un procedimiento maestro. Las Damas Vicentinas obteniendo dinero oficial y privado, construyeron grandes obras en favor de la población carente de recursos. Pero como mencionáramos, las instituciones de caridad que surgían, necesitaban personal religioso que se hiciera cargo de su conducción. No todas sin embargo, armonizaban con el fin y apostolado de la Congregación. El Fundador, abrigaba la esperanza de levantar obras de caridad social y cristiana, en las periferias de las grandes ciudades; de modo particular asistiendo a los inmigrantes italianos. Sin excluir a ningún desamparado.
Todos tenían necesidad de personal; también Don Orione. Sus deseos de ir al encuentro de los más pobres, en su paso en tierra americana, eran inmensos: “verdaderamente mi corazón llora: poseer aquí tantas propuestas para abrir comunidades, ¡y tener siempre que rechazarlas! –escribió al p. Julio Cremaschi– pero si vuelvo a Italia, ¡quiero llevar a cabo un reclutamiento masivo en el Nombre de Dios para la salvación de millones de almas!”. (25) Pero ¿Cómo hacerlo? Y fundamentalmente, ¿A quién pedirle la generosidad del apostolado en estas tierras? Las noticias que provenían de Italia, no eran buenas: hablaban del fallecimiento de algunos de sus religiosos, situación que comprometía todo tipo de aspiración misionera:
Reza querido Monseñor [Maurilio Silvani], reza un poco por ellos, pero ¡reza también un poco por mí! Si aquellas Madres Argentinas te hablan para retomar las tratativas, antes de estrechar definitivamente, escríbemelo, porque temo que muy pronto se abra alguna otra tumba. ¿Qué quieres? Dominus dedit, Dominus abstulit: sit Nomen domini Benedictum! (26)
Para llevar adelante algunas iniciativas, sin embargo, el Fundador estaba dispuesto a hacer algún sacrificio. De las conversaciones entre Don Orione y las Damas Vicentinas, había surgido una segunda posibilidad de apostolado: una capellanía en la Colonia para menores en Marcos Paz, al Oeste de la ciudad de Buenos Aires. Luis Orione aceptó esta propuesta el 23 de enero de 1922. Este inicio, según algunos documentos, tuvo como mediador también a Mons. Maurilio Silvani; el Fundador, así lo manifestó en una carta de agradecimiento dirigida al Obispo de La Plata: “Excelencia [Mons. Francisco Alberti] […] fui ayer con Mons. [Maurilio]
