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Loron Wade brinda una mirada llena de frescura a un tema que muchos pueden catalogar como anticuado, pero que, sin darnos cuenta, sus implicaciones nos alcanzan todos los días. El autor nos dice: "Los Diez Mandamientos no son simplemente una pieza de exhibición que debe ser colocada en la vitrina de algún museo. Son un caudal de soluciones prácticas. Son principios que tienen una aplicación razonable en la vida diaria de cada uno. Y en su aplicación está su comprobación, porque los resultados positivos no se hacen esperar. Son inmediatos y sumamente satisfactorios".
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Loron Wade
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Los Diez Mandamientos
Loron T. Wade
Dirección: Pablo D. Ostuni (ACES)
Javier Hidalgo y Alberto Moncada
Diseño: Giannina Osorio
Ilustración: Shutterstock
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición e - Book
MMXXI
Es propiedad. © Review and Herald Publishing Association, 2006.
© Departamento de Publicaciones de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 2006.
© ACES, 2021.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN: 978-987-701-971-1
Wade, Loron T.
Los Diez Mandamientos / Loron T. Wade. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
ISBN 978-987-701-971-1
1. Mandamientos. 2. Vida cotidiana. I. Título.
CDD 241.52
Publicado el 20 de julio de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
¿Cómo dibujaría usted la cara del mundo? Si tratara de expresar la condición del planeta a través de una caricatura, ¿qué rostro le pondría? ¿uno de angustia? ¿de enojo? ¿o le pintaría una gran sonrisa?
Estábamos reunidos en el hogar de unos amigos en Costa Rica cuando les hice esta pregunta.
–Pues –empezó a decir Juan Francisco–, yo creo que…
Pero sus palabras fueron interrumpidas y nunca terminó de darnos su punto de vista, porque en ese instante empezamos a escuchar algo que detuvo abruptamente la conversación.
La casita de nuestros amigos se encontraba en medio de una larga hilera de viviendas similares, todas hechas de madera. Cada casa compartía sus paredes con la casa contigua, de modo que se escuchaba prácticamente lo que acontecía en el hogar de los vecinos.
Y en ese preciso instante, mientras considerábamos la pregunta acerca de la condición del mundo, llegó el vecino a su casa. Entró vociferando y llamando a su mujer. Evidentemente estaba ebrio, y su voz se alzaba más y más mientras le exigía algo –ya no recuerdo qué era–, pero fue algo que ella no tenía para darle. Y como no se lo dio al instante, empezó a golpearla.
Alarmados, escuchamos mientras aquel hombre gritaba:
–Te voy a enseñar que a mí me tienes que respetar. ¡Vas a saber quién soy yo!
Por encima del ruido de golpes y gritos, se escuchaba la voz de un niño que suplicaba llorando:
–¡No, papi! ¡Noooo! No le pegues a mi mamá. Por favor, por favor, papi. ¡Ya no le pegues!
No dudo que usted está leyendo estas palabras en un ambiente tranquilo, alejado por completo de semejantes escenas. ¿Alguien está gritándole o amenazando con darle de golpes? ¿Verdad que no? Entonces, ¿cómo dibujaría la cara del mundo? Con una sonrisa, ¿no es cierto?
Inclusive, puede estar pensando que la escena de maltrato que presenciamos esa noche fue algo excepcional. O que cosas así pueden ocurrir, pero solo en lugares extraños y muy lejos de aquí. Dije que esto sucedió en Costa Rica, así que está bien, sobre todo si usted vive en otro país, porque cosas así siempre suceden muy lejos de aquí, ¿no es cierto? ¿Tiene alguna idea de cuántas mujeres están siendo golpeadas por sus maridos en este mismo instante? En los Estados Unidos sucede un caso cada 15 segundos. ¿Con qué frecuencia cree usted que sucede en el resto del mundo?
Por supuesto, el abuso familiar no es la única característica que podríamos tomar en cuenta para evaluar la situación del mundo. ¿Qué opina en cuanto al hambre? ¿Cuántas personas se encuentran hurgando en algún basurero público hoy, esperando hallar unas migajas para aplacar los clamores de su estómago? ¿Sabe cuál es la causa número uno de muerte entre niños menores de seis años en el mundo entero? Es el hambre, la desnutrición. Dice la OMS [Organización Mundial de la Salud] que cada año mueren cinco millones de personas por esta causa. Esto equivale a 13.700 cada día. En solo 17 días las pérdidas alcanzan un número mayor que el de todos los que murieron en el terrible tsunami de 2004.
Otro ejemplo: ¿cuántas personas huyen en este momento sin rumbo y sin esperanza porque la guerra y la violencia han destruido sus tierras? La Oficina de Refugiados de la ONU dice que tiene 20 millones bajo su cuidado.
Y hablando de niños, ¿cuántos duermen cada noche en las calles de nuestras grandes ciudades sin más colchón que el frío concreto? Nadie sabe con seguridad, pero Unicef calcula que son por lo menos 60 millones y que muchos de ellos llegarán a ser víctimas de abuso, adicciones y enfermedades venéreas, y caerán en la delincuencia.
El cínico Napoleón dijo que en la guerra Dios siempre está de parte de los que tienen los cañones más gruesos. Hoy probablemente cambiaría de opinión, porque los terroristas no se valen de cañones sino del sigilo y la traición. Y ahora se han aliado a los narcotraficantes que circulan impunes de frontera en frontera, y solo de vez en cuando se ven retados por las fuerzas del orden.
Durante algún tiempo parecía que la penicilina lograría vencer las enfermedades de transmisión sexual; entonces apareció el SIDA. Actualmente, más de 45 millones de personas padecen esta enfermedad, que en el continente africano está arrasando poblaciones enteras.
Vuelvo a preguntar: ¿cómo dibujaría la cara del mundo?
La estrategia más común que usamos para aislarnos de tanto sufrimiento es la masificación. Para no sentir el dolor, no vemos a individuos sino a masas. Convertimos las tragedias en estadísticas.
El otro día, explotó una bomba en el Medio Oriente. Pero yo no conozco a Mustafá y no estaba con él esa noche. No tuve que acompañarlo mientras, casi ahogado por el polvo, buscó entre los escombros hasta encontrar el cuerpo destrozado de su hermana, la tímida y delicada Haná. No corrieron mis lágrimas mientras Mustafá golpeaba el suelo con sus puños y gemía de dolor al lado del cadáver.
Hablar de tragedias es muy fácil. Sabemos, por supuesto, que suceden, pero no fue mi hermana la que murió. ¿Que cada 15 segundos una mujer es golpeada por su marido? Sí, pero a mí no me toca aguantar aquellos golpes, así que simplemente los convierto en una cifra.
Pero se acerca la hora, o quizá ya llegó, cuando este distanciamiento ya no va a ser posible. Porque la tormenta que azota nuestro planeta está invadiendo más y más el círculo privado de cada quien. Una generación atrás se hablaba de drogadictos, pero ¿quién conocía a uno? Hoy nadie duda que mañana puede ser mi hijo el que caiga en eso, o mi hija la que resulte embarazada. La caída de las Torres Gemelas ha producido un terrible despertar en el mundo entero. ¿Quién no reconoce que hoy todos somos vulnerables?
Siempre ha habido gente sensacionalista que anda diciendo que las cosas están mal. Hoy son los pensadores más sobrios y serios de la época los que están preocupados. Hace cincuenta años algunos filósofos empezaron a hablar de “angustia existencial”, pero entonces era asunto privativo de unos cuantos intelectuales. Hoy ya no.
El siglo XIX fue una época de gran optimismo. El racionalismo, que entonces estaba en su apogeo, presentaba la posibilidad de crear un mundo mejor a través de los esfuerzos de la inteligencia humana. A cada momento salían noticias de avances que parecían confirmar ampliamente esta opinión. Máquinas ingeniosas tejían, cosían, cosechaban y realizaban miles de otras tareas. La gente recorría mar y tierra impulsada por poderosas máquinas a vapor. La muerte de Abraham Lincoln se supo en California el mismo día del atentado, gracias a las recién instaladas líneas del telégrafo.
Con todas esas maravillas producidas por la inteligencia humana, nadie dudaba que muy pronto se acabarían los problemas de la sociedad. Desaparecerían la pobreza, la injusticia y la enfermedad. Las guerras terminarían en una paz universal, y muy pronto veríamos el fin de la ignorancia y la tiranía.
Pero ya nadie piensa de esa manera. El optimismo de aquella época terminó con la Primera Guerra Mundial, y hoy parece cada vez más ilusorio. No es que se haya detenido el avance de la ciencia, sino todo lo contrario. Sin embargo, la mano que desarrolló el microondas nos ha dado también la bomba atómica y con ella la capacidad de destruir la tierra con solo presionar un botón.
Y muy perplejos, los pensadores de nuestros días se preguntan: Con tanta luz, con tanta capacidad de manejar las cosas, ¿cómo es posible que el hambre, la opresión y la tiranía todavía cabalguen sin freno por el paisaje? ¿Dónde hemos fallado?
Es que hemos querido encargar a la ciencia una tarea que simplemente no es capaz de realizar. ¿Por qué siguen sin resolverse los problemas más agudos de la época? Porque no son científicos ni tecnológicos.
Preguntemos a la ciencia cómo proyectar un rayo de energía electromagnética a través del espacio para enviar a la Tierra una foto desde la superficie de Marte, y nos dará rápidamente la respuesta. Preguntémosle cómo está organizado el genoma humano, o pidámosle que nos explique qué son las endorfinas y cómo influyen en nuestras neuronas, y no vacilará en responder. Pero si le preguntamos cómo resolver los problemas más urgentes de la época, tendrá que responder: No lo sé. Esa no es mi área.
Y es así porque los problemas más graves de nuestro tiempo no son de orden científico, sino moral. Pregúntese: ¿Cuál de los grandes problemas que hoy azotan el planeta no es de índole moral? Todos lo son.
Tomemos como ejemplo el problema del hambre. No se debe a que hay escasez de alimentos en el mundo, sino a la terrible desigualdad en su distribución. Y esto, a su vez, es causado por una desigualdad aún más marcada en la distribución de capital, de conocimientos y de los medios de producción y transporte. La opresión económica de los que no tienen nada por parte de los que les sobra, ¿qué es? En definitiva, es un problema moral.
¿Y los demás? Claramente el terror, la opresión política y la tiranía son situaciones morales. La violencia doméstica, el aborto y las adicciones también lo son, como también el estilo de vida que ha dado lugar al SIDA y al desmoronamiento de la familia. De haber sido problemas científicos o tecnológicos, hace mucho tiempo se hubieran solucionado. Porque en eso, sí somos expertos.
A algunas personas tal vez les parecerá humillante aceptar lo que estoy diciendo, porque el racionalismo está fundamentado en el principio de la autosuficiencia. Su lema es: ¡Yo sí puedo! Mi inteligencia, mi fuerza de carácter, mi espíritu emprendedor, mi “lo que sea”, pero es lo mío lo que va a salvar al mundo.
¿Cuánto tiempo más vamos a insistir en buscar soluciones donde no las hay? ¿Cuánto tiempo más seguiremos tocando, y hasta clamando desesperadamente, ante las puertas de la ciencia cuando ella está tan frustrada como nosotros por su inhabilidad para ofrecer respuestas reales o efectivas? ¿Cuántas evidencias más tendrán que golpearnos en la cara hasta que aceptemos esta realidad?
Ante el evidente fracaso de la ciencia en ofrecernos soluciones, ¿qué vamos a hacer? ¿Acaso debemos resignarnos simplemente al status quo? ¿O será que hay una solución por mucho tiempo ignorada o pasada por alto?
Si alguna vez usted tiene oportunidad de visitar Washington, D.C., cuando no está en sesión el Supremo Tribunal de Justicia, procure entrar en el impresionante edificio con sus grandes columnas de mármol blanco y ver la tribuna donde se sientan los nueve jueces para deliberar. Al hacerlo, no deje de elevar su vista y observar las figuras esculpidas en la pared detrás de la tribuna. Allí verá un personaje augusto que tiene en su mano derecha dos tablas de piedra. Es Moisés, y las tablas son aquel antiguo código moral conocido como los Diez Mandamientos.
Es que las generaciones pasadas, las que diseñaron el edificio, no padecían de la misma arrogancia que la nuestra. Estaban dispuestas a reconocer el inmenso valor de la Ley Moral, y no les importaba que no la inventaran ellos ni que no fuera producto de su época. Quizá no haya otra evidencia mejor del espíritu de nuestro tiempo que el hecho de que haya grupos de activistas que exigen a los jueces que borren esa figura de la pared. Mientras tanto, seguimos esperando contra toda esperanza a que por fin, algún día, la ciencia pronuncie las palabras mágicas que resolverán el dilema. Precisamente por esta insensatez es que las cosas han llegado a su estado actual de crisis.
Antes de continuar, quiero extenderle una invitación, y también una promesa:
Lo invito a repasar conmigo los grandes principios expresados en la Ley Moral, o sea, en los Diez Mandamientos. Al hacerlo, usted notará cómo la solución propuesta hace tantos siglos en la Sagrada Biblia satisface las más urgentes necesidades de nuestro tiempo.
La promesa es que este no será un monólogo sino una conversación. Lo animo a participar activamente, a pensar por usted mismo y llegar a sus propias conclusiones. Posiblemente querrá usar un cuaderno para anotar algunas de sus reflexiones a medida que avancemos. Esto puede ser provechoso, porque, después de todo, no serán mis ideas o mis conclusiones las que produzcan una diferencia real en su vida.
Dije que le haría una promesa. En realidad, son dos, pero la segunda es parte de la primera, y es esta: No le pediré en ningún momento que acepte ciegamente lo que digo acerca de este importante tema. Al contrario, tendrá amplia oportunidad de verificar y comprobar la validez de los principios expuestos.
Esto es posible porque los Diez Mandamientos no son simplemente una pieza de exhibición que debe ser colocada en la vitrina de algún museo. Son un caudal de soluciones prácticas. Son principios que tienen una aplicación razonable en la vida diaria de cada uno. Y en su aplicación está su comprobación, porque los resultados positivos no se hacen esperar. Son inmediatos y sumamente satisfactorios.
No dude, pues, en aceptar esta invitación a estudiar el tema de los Diez Mandamientos e incorporar sus principios a su diario vivir.
El primer Mandamiento
No tendrés dioses ajenos delante de mí(Éxodo 20:3).
–Parece que no entiendes, Arlín. Lo que está en juego es tu futuro, tu vida.
–No, papá, tú eres el que no entiende. Hace tantos años que dejaste atrás la juventud que ya no sabes lo que se siente, lo que se vive. Yo amo a Dany y se ve que no eres capaz de entenderlo.
Por un largo rato Mariano Silva se quedó mirando a su hija. Entonces suspiró y sacudió la cabeza, como si quisiera despertar de la pesadilla que estaba viviendo.
–Por favor, hija, tienes que escucharme.
–¡No, no, no! No necesito escuchar a nadie. La decisión ya está tomada. El próximo jueves el juez nos va a casar. Y no hay nada más que decir.
Otro silencio. Finalmente, Mariano habló con voz pausada:
–Está bien. Comprendo que es un hecho. Has tomado tu decisión y nadie te la va a cambiar. Solo quiero preguntarte una cosa.
Esta vez Arlín, calmada, tal vez porque sentía que su padre estaba cediendo, no lo interrumpió.
–El jueves pasado te pusiste una blusa blanca cuando Daniel quería que usaras otra. ¿Te acuerdas cómo reaccionó?
–Es que la que él quería estaba manchada. Creo que le había caído algo.
–Pero, mi pregunta es: ¿cuál fue la reacción de tu novio?
–Ah, bueno, sí… No le gustó mucho.
–¿Que no le gustó mucho? Se enojó demasiado; gritó y te dijo de todo. Y esa misma noche, cuando lo invitamos a cenar aquí en casa, ¿qué sucedió?
–¡Papá! ¿Por qué quieres recordar eso?
–Porque al hombre no le importó avergonzarte delante de toda tu familia cuando dijiste algo que no le pareció. Si así te trata ahora, ¿cómo crees que será cuando…?
–¡Ya basta, papá! –gritó Arlín, tapándose los oídos–. Tú no sabes ni entiendes. Estoy enamorada de Dany. Lo quiero. Él es mi vida. Lo demás, todo eso que tú dices, no importa, porque lo amo mucho. Es más, lo adoro. Eso es todo.
–¿Lo adoras, hija? ¿Lo adoras? Entonces… ¿qué es Dany para ti? ¿Es un dios?
–Sí, papá, es como tú dices. Dany es mi dios.
Suspendemos aquí este relato para hacer una pregunta. ¿Por qué cree que el padre de Arlín sintió esas palabras como una estocada en el corazón? ¿Por qué sintió tanto dolor al escucharlas?
Tal vez le sorprenda la respuesta que voy a dar. Mariano temblaba ante las palabras de su hija, porque conocía el poder del amor cuando se convierte en instrumento del mal. El amor desbarata nuestras defensas y nos deja expuestos y vulnerables como no lo puede hacer ninguna otra fuerza en la tierra.
Considere el caso de unos padres que se encuentran esperando fuera de una unidad de cuidados intensivos de un hospital moderno, porque uno de sus hijos está grave. ¿Por qué es tan grande su dolor y angustia? Es por el amor. Y esos mismos padres pueden experimentar un dolor igual o peor unos pocos años después cuando este hijo llega a la casa alterado por las drogas.
¡Qué duro fue para el padre de Arlín, unos meses después, cuando su hija, con muchas lágrimas, le confesó que ya había empezado a cosechar las terribles consecuencias de su decisión! Desaparecida la neblina de su infatuación, había despertado para descubrir que su esposo era un hombre intensamente celoso, que no estaba satisfecho nunca con sus mejores esfuerzos, que aplastaba constantemente su espíritu con sarcasmos y desprecio y, a menudo, con golpes. Por eso se había estremecido el espíritu de Mariano Silva ante la actitud de su hija. Sentía pavor ante la perspectiva de que ella se colocara en manos de alguien que, tan evidentemente, la iba a perjudicar.
Y por eso Dios nos ha dado el primer Mandamiento. Es una advertencia, motivada por una profunda preocupación. Su mensaje es: No entregues tu lealtad, no rindas tu devoción a otros “dioses” que no lo son, en realidad. No te comprometas en el servicio de quienes, después de todo, te van a defraudar y lastimar.
