Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Los cazadores-recolectores de la Patagonia forman parte, al igual que los tasmanos, los bosquimanos o los inuits, del fondo mitológico de la etnología. ¿Quiénes eran?, ¿cazadores terrestres rechazados de la pampa?, ¿pescadores adaptados a un nuevo entorno? Será necesario realizar investigaciones arqueológicas en los archipiélagos occidentales y septentrionales para resolver este problema. ¿Cómo vivían? Más allá de los lugares comunes que trazan los principales aspectos de su adaptación marítima, todavía ignoramos muchos detalles importantes, como sus ciclos estacionales detallados y la extensión de sus territorios nómadas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 519
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
LOS NÓMADES MARINOS DE PUNTA BAJA
Seno Otway-Patagonia Austral
Dominique Legoupil, editora
Con J. C. Bourhis, M. Christensen, C. Lefèvre, N. Pigeot, M. Pacquet, M. E. Solari, S. Thiébault, P. Uribe, J. Wattez
Traducción: Gabriela Bravo
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
[email protected] – 56-228897726
www.uahurtado.cl
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.
ISBN libro impreso: 978-956-357-386-2
ISBN libro digital: 978-956-357-390-9
Coordinador colección Antropología
Felipe Armstrong
Dirección editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diseño interior
Gloria Barrios
Diseño de portada
Francisca Toral
Imagen de portada: Foto de autor desconocido, archivo Emperaire.
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Índice
Agradecimientos
Prólogo
Prólogo nueva edición
Introducción (ed. 1989)
PRIMERA PARTE
EL SENO OTWAY
Capítulo I: El medio natural
Capítulo II: El medioambiente humano
SEGUNDA PARTE
LA PENÍNSULA DE PUNTA BAJA
Capítulo I: Elementos de geología
Capítulo II: Los sitios arqueológicos de la península de Punta Baja
Capítulo III: El sitio de Punta Baja 1: ubicación y excavaciones
TERCERA PARTE
LOS RESTOS ALIMENTICIOS
Introducción
Capítulo I: Los mamíferos marinos
Capítulo II: Los mamíferos terrestres
Capítulo III: Los moluscos
Capítulo IV: Los equinodermos
Capítulo V: Las aves
Capítulo VI: Los peces
CUARTA PARTE
LA INDUSTRIA
Capítulo I: La industria lítica
Capítulo II: La industria ósea
Capítulo III: Restos metálicos
QUINTA PARTE
LA ORGANIZACIÓN ESPACIO-TEMPORAL DEL CAMPAMENTO
Capítulo I: Datos etnohistóricos
Capítulo II: Los datos arqueológicos de Punta Baja
Capítulo III: Las habitaciones. Características y sucesión
Conclusión
Anexos
Bibliografía
Autoras y autores
Agradecimientos
El interés suscitado por los indígenas de la Patagonia procede de un viejo mito muy arraigado en la cultura europea desde hace varios siglos: el del salvaje, bueno o malo, pero siempre considerado como primitivo e ilustrativo de nuestros antepasados más lejanos.
Queremos agradecer a las personas e instituciones que, con su apoyo, nos han ayudado a corregir esta imagen simplista y caricaturesca:
En primer lugar, a A. Laming-Emperaire, quien fue, por muy poco tiempo, nuestra profesora y guio nuestros primeros pasos en la arqueología sudamericana.
Al Servicio Cultural del Ministerio de Asuntos Exteriores (Francia) y a la Fundación Fyssen, que han financiado esta investigación.
A los excavadores que durante tres años participaron de manera voluntaria en el trabajo en terreno y cuyo entusiasmo resistió precarias condiciones materiales: Jacques Bertucchi, Anne Fétizon, Fabrice Jarossay, Christine Lefèvre, Pierre Masson, Nicole Pigeot, Monique Olive, Pascal Sellier y Maria-Eugenia Solari.
A José Grimaldi, que nos hizo conocer la famosa hospitalidad de los pioneros colonizadores de la Patagonia en la estancia de Río Caleta, y a J. González, su sucesor.
A los ovejeros J. Mansilla y J. Pacheco, que nos acogieron en su rancho y con quienes compartimos durante varios meses aprendiendo los rudimentos de la vida de campo en la Patagonia.
A Mateo Martinic Beros, director del Instituto de la Patagonia, que nos patrocinó en Chile1 y corrigió el segundo capítulo de la primera parte, así como a los investigadores de esta institución por su acogida y apoyo constante.
A François Poplin (Maître de conférence, Museo Nacional de Historia Natural, París), quien ha tenido la amabilidad de revisar el capítulo sobre la fauna, y a Christian de Muizon (investigador CNRS) por los consejos que nos dio para el estudio de los restos de otáridos.
A Martin Sheldrick, responsable de la sección de mamíferos marinos del Museo de Historia Natural del Bristish Museum, quien nos permitió acceder a sus colecciones.
A Anaick Samzun por las traducciones de los textos alemanes de M.Gusinde.
Por último, a Air France, por las facilidades que nos concedió en varias ocasiones.
PRÓLOGO
Consuelo Huidobro Marín* y Jimena Torres Elgueta**
Este libro es el comienzo del largo camino que ha recorrido y sigue recorriendo Dominique Legoupil, desde hace más de 40 años.
La arqueología de los canales patagónicos, desde principios del siglo XX, se desarrolló de manera intermitente y con dificultades materiales, pero con el entusiasmo que significaba el desafío de navegar, descubrir y entender el modo de vida de las sociedades cazadoras recolectoras marinas que habitaban el archipiélago; lo que muchas veces, hizo obviar el viento, la lluvia y el frío que en algunos momentos pudo ser desmotivante, e incluso pudo hasta poner en riesgo las expediciones.
Así podemos ver los viajes de navegación y exploración arqueológica de Junius y Peggy Bird, quienes navegaron desde Puerto Montt a Punta Arenas en 1934 en un cuter fabricado en Puerto Montt, al que pusieron motor, registrando y excavando varios conchales. Destacable es también la labor de Joseph Emperaire y Anette Laming, así como posteriormente, el trabajo de Omar Ortiz Troncoso, quienes descubrieron primeros asentamientos de la posteriormente denominada “cultura Englefield”.
Luego, a principios de 1980, llega a tierras patagónicas la francesa Dominique Legoupil, cargada de sueños y de bolsas con forma de arpón, ya que pensaba que lloverían los arpones de caza de ballena. Importante es su presencia y rol en la escena de la investigación ya que sería, después de Annette Laming, la segunda mujer en dirigir una misión científica en el área. Es importante tomar en cuenta además, que, en el contexto de los años de la década de 1980, los recursos eran muy deficientes, la accesibilidad era altamente compleja y, en general, los equipos de terreno no eran como los que se utilizan hoy en día; pese a todo esto Dominique Legoupil fue decidida: sacó su zodiac comprado de segunda mano a los bomberos de París y aplicó todos sus conocimientos de navegación aprendidos desde la adolescencia en Francia, pero ahora en los antojadizos mares australes.
Dominique llegó a Magallanes luego de realizar una tesis doctoral en etnología, sobre la caza del cachalote en las islas Azores. Quería continuar trabajando el tema de caza de mamíferos marinos, y estudiar la arqueología de poblaciones marítimas, y Annette Laming le había sugerido hacer una tesis de Estado sobre tecnología ósea en las costas de Sudamérica. Con este fin, realizó su primer viaje a Sudamérica, en 1977, apoyada por Annette; excavó en Uruguay y visitó museos en Santiago, Valparaíso, Concepción, Temuco y Punta Arenas, pero la muerte de su mentora ese mismo año la hizo encontrarse un poco a la deriva. No quería trabajar en Brasil como en algún momento sugirió Annette, ni en Tahití donde la había mandado su nuevo director José Garanger y seguía con la idea de buscar cazadores de ballenas en el sur.
Sin haber ingresado aún al CNRS, en 1980 obtuvo un pequeño fondo de la fundación Fyssen, con la idea de financiar una prospección y excavación en Patagonia. Esta primera campaña tuvo mucho de autogestión, y fue posible sobre todo porque sus amigos y colegas, entre los que se encontraban Pascal Sellier, Nicole Pigeot y Monique Olive, accedieron a pagarse ellos mismos el pasaje desde Francia. Muy pronto, obtuvo también financiamiento del ministerio de Relaciones Exteriores francés, quienes, al parecer, se mostraron sorprendidos de los resultados obtenidos por Dominique con el apretado presupuesto de la beca Fyssen. Ingresó el mismo año al CNRS y fue el comienzo de las misiones arqueológicas francesas en la Patagonia. Dominique recorrió hasta Cabo de Hornos en zodiac, destacando arduas prospecciones en seno Skyring, Otway, estrecho de Magallanes, golfo Almirante Montt y golfo de Penas.
Punta Baja fue descubierto en el año 1980 y excavado extensivamente entre 1980 y 1983, con el interés de comprender mejor la vida de las sociedades canoeras en los espacios habitacionales, cómo vivían, qué fabricaban y de qué se alimentaban, en una visión del “hecho social total”, tal como concebido por Marcel Mauss. La prolijidad de su excavación, registro y levantamiento de información tanto arqueológica como ambiental, ha permitido hasta el día de hoy que muchos de los estudios especializados, como el zooarqueológico de aves y mamíferos, el estudio tecnológico en hueso y en lítico y el análisis de metales, entre otros) se encuentren entre los pioneros dentro de la región y aún vigentes en técnicas de análisis y, aún más importante, en la interpretación de los resultados. Si bien no es un sitio excepcional, lo que más se destaca de este pequeño yacimiento es como está trabajado y la calidad de la información que se obtuvo. Esto es algo característico de los trabajos de Dominique, y una de las razones por las que pensamos que la publicación de este trabajo en español es fundamental. Todos los materiales recuperados son estudiados detalladamente y son objeto de un capítulo en la monografía del sitio, y esto con el objetivo tanto de integrar todas las líneas de evidencia en la interpretación, como de transparentar y publicar la información y que esta esté disponible y pueda servir a nuevas interpretaciones a futuro.
En el desarrollo de estos primeros años de trabajo en Patagonia, sus colaboraciones con investigadores locales fueron aumentando lentamente; aunque se podría decir que en esta etapa inicial sus colaboradores eran más bien sus colegas franceses. Durante los años de la década de 1990 y a inicios de los años 2000 fue articulando colaboración con investigadores y estudiantes chilenos, lo que a su vez generó fuertes y duraderos lazos de amistad. Es en este contexto surge su rol como formadora, muchos y muchas estudiantes fueron a realizar el máster 2 y doctorado a Francia.
Luego en este recorrido de 40 años, que incluye múltiples problemáticas y cubre toda la cronología de la ocupación humana en los canales e islas de Patagonia meridional, destacamos las excavaciones en sitios clave para el conocimiento del poblamiento de los canales e islas de Patagonia meridional, como Bahía Colorada, en seno Otway y Ponsomby, en canal Fitz Roy; además de las prospecciones en seno Skyring que generaron el primer modelo de ocupación de esta zona. También destaca la excavación en el sitio Offing, de 3.500 años, es un conchal de importante espesor y de alta densidad de restos de aves y peces; y el sitio Batchelor, con ocupaciones canoeras de contacto histórico; entre otras. Los trabajos en este último sitio, encabezados ahora por Marianne Christensen, nueva directora de la misión francesa en Patagonia, generaron gran motivación para retomar el interés en Punta Baja ya que, los dos sitios son, como dice Dominique, “como dos gotas de agua” y constituyen sitios absolutamente contemporáneos.
En este sentido, el estudio acucioso de Punta Baja permite que, como señalamos antes, 40 años después los datos sean explotables (esto no siempre pasa con los datos generados en las primeras excavaciones arqueológicas realizadas durante el siglo XX), ya que con el avance de la investigación en la zona, muchos de los datos generados en Punta Baja han servido para complementar el conocimiento y, a la inversa, muchos de los nuevos datos como es el caso de los estudios en Batchelor han permitido entender mejor las ocupaciones de Punta Baja. Por ejemplo, y adelantando investigaciones de la misión francesa que continúa muy activa de la mano de Marianne Christensen, análisis en curso de las evidencias de metales encontradas en ambos campamentos, permitirían vincularlos con eventos históricos específicos.
En una conversación con Dominique, ella nos expresó:
Estoy bastante orgullosa de haber excavado relativamente pocos yacimientos, y de preferencia los pequeños. No me gustan los yacimientos grandes, ya que al ser de pequeñas dimensiones podemos permitirnos obtener una interpretación global de la totalidad del campamento, esto es lo que nos enseñó Leroi-Gourhan, y es un poco la particularidad de la escuela francesa. La ventaja es que se destruye poco mientras se explota al máximo. Por supuesto podríamos hacerlo mejor.
Nosotras pensamos que su mezcla entre intuición, motivación y rigor metodológico ha producido un trabajo fundamental e inspirador y este libro es un excelente ejemplo de ello.
Dominique Legoupil en su velero “el Caleuche” junto a su sobrina. Isla Oleron, Francia.
*Universidad Alberto Hurtado, departamento de Antropología.
**Universidad de Magallanes, Instituto de la Patagonia.
1El apoyo del Instituto de la Patagonia, al que agradecemos aquí, ha permitido a la misión arqueológica francesa realizar una treintena de misiones de investigación en la región durante los últimos 40 años. Nota de la nueva ed.
Prólogo nueva edición
Dominique Legoupil
El sitio Punta Baja fue excavado entre 1980 y 1983. La monografía, escrita en 1984-85, se publicó en francés en 1989. Desde entonces, la investigación arqueológica en Fuego-Patagonia avanzó de forma espectacular, incluso en lo que respecta al período de contacto. Sin embargo, hasta donde sabemos, Punta Baja sigue siendo el único sitio arqueológico de este período que ha sido objeto de una excavación integral y de una publicación monográfica. Por eso, a pesar de todas las carencias de un trabajo ya antiguo, estimamos que sería útil para la comunidad científica hacer una publicación en español acerca de este pequeño sitio representativo de los efímeros asentamientos canoeros de la región de los mares interiores y los archipiélagos de la Patagonia.
Decidimos hacerlo tal y como fue concebido en su momento, a modo de testimonio de la escuela francesa de arqueología, muy influenciada por el método inductivo, basado en los hechos, con el fin de reconstruir de la forma más objetiva posible los estilos de vida y de pensamiento de las poblaciones. Este trabajo de juventud, quizás, también refleja en cierta medida el romanticismo del “buen salvaje” desarrollado por una corriente filosófica encabezada por J. J. Rousseau y continuada por L. A. de Bougainville, J. Verne y muchos otros. Este mito, a veces inconsciente, pero siempre vivo, explica tal vez en parte el atractivo en Francia de las palabras “Patagonia”, “Tierra del Fuego” y “Cabo de Hornos”.
No obstante, debido a la evolución de nuestros conocimientos, consideramos útil introducir algunas modificaciones al texto inicial. De esta manera, se añadieron numerosos comentarios en forma de notas, así como algunas nuevas referencias bibliográficas que se agregaron después de la redacción del texto, pero que se creyeron indispensables. Para las citas, privilegiamos las referencias en español, salvo en el caso de M. Gusinde, cuyas únicas ediciones disponibles en el momento de la redacción de Punta Baja eran en alemán para los alacalufes (T. 3) y en alemán e inglés para los yámanas (T. 2).
Cabe señalar que algunos títulos se simplificaron para hacerlos más claros en español y que ciertas partes se revisaron para integrar nuevas informaciones o definiciones que se estimaron imprescindibles. Este fue el caso, en particular, de las dataciones, que se vieron muy enriquecidas o precisadas en varios sitios; de la industria ósea, cuya propia visión tipológica se amplió con datos tecnológicos (y un nuevo vocabulario) gracias a la contribución de M. Christensen, y de la conclusión, que se modificó en función de los nuevos conocimientos disponibles.
En definitiva, debimos tener en cuenta la evolución de los nombres de los grupos étnicos en las últimas décadas. Cuando se trataba de los datos etnohistóricos, optamos por mantener la terminología tradicional (alacalufe, yámana y selk’nam) utilizada por los etnólogos de los siglos XIX-XX. Por el contrario, para referirnos a las comunidades actuales, empleamos las nuevas denominaciones, en particular kawésqar (para alacalufe), término con el que se reconocen los últimos descendientes de este grupo en Puerto Edén (Emperaire, 1963) y que ha sido aceptado por la Conadi. Por la misma razón, usamos el término yámana para las citas originales etnohistóricas y yagán para la pequeña comunidad actual de este grupo concentrada en Puerto Williams. Por último, preferimos ocupar el vocablo canoeros, que ya es muy común, y evitar la expresión “indios”, que tiene un significado peyorativo en América Latina que no posee en Francia.
Las figuras y los mapas, elaborados con programas informáticos innovadores en su momento, pero ya obsoletos, son ahora inservibles. Por ello, se reprodujeron tal cual o se volvieron a dibujar según los originales y se modificaron los textos para la traducción. Debido a la reducción del tamaño de la edición en castellano, algunos planos se rehicieron para que tuvieran una mejor visibilidad.
Introducción (ed. 1989)
Dominique Legoupil
Los cazadores-recolectores de la Patagonia forman parte, al igual que los tasmanos, los bosquimanos o los inuits, del fondo mitológico de la etnología. Tanto los cazadores de las pampas orientales (en particular los selk’nam de Tierra del Fuego), a menudo considerados un modelo de cazadores terrestres, como los grupos marítimos de la costa del Pacífico (chonos, alacalufes y yámanas), inspiraron en los europeos sentimientos complejos que mezclaban la admiración por su resistencia e ingenio, la compasión por su miseria en un duro clima y el desprecio por su “primitivismo”. Es sin duda este último el que ha prevalecido para los evolucionistas clásicos, quienes los consideraban representantes de los estadios más bajos de la humanidad.
El poder de este mito descansa en gran medida en la autoridad de Darwin, quien, basándose en breves encuentros e información indirecta, instaló la imagen de indígenas “desnudos, apenas protegidos del viento y la lluvia de este terrible país, que yacen en el suelo húmedo, acurrucados unos contra otros y replegados sobre sí mismos como animales” y de los que “apenas podemos creer que sean criaturas humanas”1. Aquejados por el hambre, podrían haber matado a sus madres o a sus hijos, y su fama de antropofagia era tan exitosa que el solitario navegante Jean Vigo meditaba, aún a mediados del siglo XX, sobre los medios de defensa necesarios para atravesar los archipiélagos. Tal descripción, escrita a mediados del siglo XIX por un científico de renombre, resolvió de golpe la vieja discusión del siglo XVIII sobre el “buen salvaje”, aunque Darwin se retractara más tarde de la severidad de su juicio.
En realidad, sabemos muy poco sobre los grupos marítimos que frecuentaron los archipiélagos de la Patagonia durante más de seis milenios.
La información sobre el período tardío representado en Punta Baja proviene de tres fuentes diferentes: en los siglos XVI al XVIII, de los diarios de los navegantes que en ocasiones se encontraban con los indígenas durante sus escalas de reabastecimiento de agua y madera, sobre todo en el estrecho de Magallanes; en el siglo XIX, de los escritos de viajeros científicos como Fitz-Roy, que recorrió los archipiélagos antes de llevar a Darwin a bordo, o el doctor Hyades de la Expedición Científica Francesa al Cabo de Hornos, y por último, en el siglo XX, de los estudios etnográficos, por ej. de M. Gusinde y J. Emperaire, quienes residieron con los sobrevivientes de estos grupos, ya muy aculturados (en los años 20 para el primero, y en 1946-47 para el segundo).
En cuanto al período temprano, lo conocemos gracias a media docena de sitios arqueológicos, situados en su mayoría en dos zonas: por un lado, en el mar de Otway y la parte central del estrecho de Magallanes, y, por otro, en la parte central del canal Beagle2. Estos sitios, datados en su mayoría en los años 5 mil o 6 mil, revelan un asombroso parentesco económico y técnico con la cultura de los canoeros posmagallánicos: eran cazadores de otáridos y aves, recolectores de moluscos, que utilizaban equipamientos bastante similares.
A menudo se ha discutido el origen de estas poblaciones marítimas. Existen dos teorías principales: en la primera, en general la más aceptada, se dice que los canoeros serían descendientes de los primitivos cazadores terrestres del extremo sur del continente sudamericano, representados por los sitios tempranos de la pampa vecina, y que habrían sido desplazados hacia las zonas marginales de los archipiélagos por la llegada de nuevas oleadas de cazadores mejor armados; en la segunda, se señala que corresponderían a grupos marítimos que se trasladaron de manera progresiva hacia el sur, a lo largo de la costa del Pacífico. En realidad, las numerosas discusiones sobre este tema son solo especulativas, y el éxito de la primera hipótesis se basa más en la ausencia de descubrimientos (e investigaciones) arqueológicos en las zonas septentrional y central de los archipiélagos que en un verdadero argumento arqueológico3.
Sea cual sea su origen, la perennidad del modelo tecnoeconómico desarrollado por los canoeros a lo largo de los milenios evidencia el notable equilibrio de su adaptación. El propio Darwin reconoció que “la naturaleza… ha adaptado al fueguino4 al clima y a las producciones de su miserable país5”. En la misma perspectiva, autores recientes han subrayado el rol de este medio tan restrictivo en el desarrollo cultural de sus habitantes. Así, Mac Cartney (1973) justifica el relativo paralelismo cultural existente entre los indígenas de las islas Aleutianas, las Kuriles y los archipiélagos de la Patagonia por la similitud de sus condiciones naturales. Sería tentador explicar la permanencia del modelo tecnoeconómico desarrollado en esta última región a lo largo de más de seis milenios por el determinismo ecológico, ya que los recursos naturales parecen haber variado bastante poco; en particular, allí se encuentra la misma fauna, en términos generales6.
De esta manera, las poblaciones de los archipiélagos de la Patagonia están en el centro de la mayoría de los debates fundamentales de la antropología. Sin embargo, en realidad, a pesar de los esfuerzos de algunos etnólogos y arqueólogos (M. Gusinde, J. Bird, J. Emperaire, A. Laming-Emperaire, O. Ortiz, L. Orquera), muchos aspectos de su modo de vida aún se nos escapan y escasas veces un pueblo tan poco conocido ha dado lugar a tantas especulaciones.
¿Quiénes eran?, ¿cazadores terrestres rechazados de la pampa?, ¿pescadores adaptados a un nuevo entorno? Será necesario realizar investigaciones arqueológicas en los archipiélagos occidentales y septentrionales para resolver este problema.
¿Cómo vivían? Más allá de los lugares comunes que trazan los principales aspectos de su adaptación marítima, todavía ignoramos muchos detalles importantes, como sus ciclos estacionales detallados y la extensión de sus territorios nómadas.
Para intentar descubrir algunos nuevos elementos objetivos sobre las técnicas, la economía y la organización social de estos canoeros, y para perfilar el modelo sociocultural de este grupo en un lugar y un tiempo determinados, emprendimos una investigación en la Patagonia, aconsejados por A. Laming-Emperaire.
La excavación y el estudio del sitio Punta Baja se realizaron, pues, con un objetivo triple:
1. Elaborar un inventario, fechado y localizado geográficamente, del equipamiento de un grupo de canoeros tardíos. De hecho, muchos museos de todo el mundo poseen objetos recogidos en la Patagonia por los viajeros de siglos pasados, en particular, las puntas de armas de caza. Citemos, como ejemplo, algunos museos franceses situados en ciudades tan diversas como París, Saint-Germain-en-Laye, La Rochelle, Saint-Servan7, etc. Pero rara vez se indica el origen exacto de estas colecciones y la datación que debe atribuírseles: ¿arpones intercambiados durante las escalas?, ¿recuperados de las playas de sitios erosionados?, ¿fabricados para los navegantes?… El panorama tipológico obtenido es muy heterogéneo y se basa esencialmente en las colecciones de finales del siglo XIX, en particular de los yámanas, pero ofrece pocos puntos de referencia sólidos en los que basar los estudios tipológicos comparativos entre los diferentes grupos y períodos.
2. Buscar datos precisos, cifrados, sobre la dieta alimenticia de un grupo y obtener así un modelo de referencia comparable con los propuestos para otras partes de los archipiélagos o distintas épocas del año (modelos que quedan por descubrir). Esta parece ser la única forma de demostrar la existencia de campamentos especializados y ciclos estacionales, a menudo ignorados por los navegantes, pero sugeridos por la lógica y por algunos datos etnográficos, sobre todo del siglo XX. Así, por ejemplo, M. Gusinde y J. Emperaire citan, aunque sin dar muchos detalles, las expediciones para recolectar huevos en las islas remotas, para cazar otáridos jóvenes en los roqueríos, o para recoger setas y bayas. Una de las preguntas fundamentales que plantea este régimen alimenticio consiste en estimar la importancia relativa del consumo de mariscos y de mamíferos marinos en las distintas épocas del año y los posibles movimientos estacionales implicados en su depredación. En efecto, los canoeros parecen haber sido considerados a veces sobre todo como recolectores de mejillones (su “pan de cada día” en muchos escritos de navegantes franceses), tal vez por la importancia volumétrica que representan los desechos de conchas; sin embargo, los estudios cuantitativos, teniendo en cuenta el valor calórico de los alimentos, como se hizo para el sitio Lancha Packewaïa en el canal Beagle (cf. Orquera, 1977), evidencian el rol crucial de la carne y de la grasa de los otáridos en esta dieta. La visión tradicional de pescadores/recolectores, entonces, podría invertirse en favor de una imagen de cazadores de mamíferos marinos, parientes culturales cercanos de los inuit8.
3. Por último, a partir del análisis espacial de los restos, intentamos reconstruir la estructura del campamento y los retazos de organización social que podría reflejar9.
La presentación monográfica del sitio ha permitido, sin dejar de buscar ante todo las reglas técnicas, económicas y sociales de sus ocupantes, presentar el conjunto de los documentos observados, algunos de los cuales, cuya interpretación podemos haber pasado por alto, pueden reflejar un particularismo cultural.
La elección de un sitio posmagallánico situado en una terraza marina baja (en relación con las variaciones del nivel del mar) permitió utilizar métodos de interpretación etnoarqueológica.
En efecto, Punta Baja, un campamento datado en 280 ± 70 años (datación 14C realizada en el laboratorio de radiactividad de Gif/Yvette - Francia), se encuentra en el mar de Otway, que fue descubierto de manera oficial en el siglo XIX por Fitz-Roy10. Por lo tanto, representa un sitio fundamental desde el punto de vista espacial y cronológico. Sus ocupantes, aunque llevaban su vida tradicional al abrigo de los europeos que navegaban por el vecino estrecho de Magallanes, conocían sin embargo su existencia, como demuestra el descubrimiento de varios restos de origen europeo en el campamento11. Además, la gran movilidad de los canoeros de la región y la corta distancia que separa Punta Baja del estrecho (menos de 50 km en línea recta) permiten aprovechar los documentos etnohistóricos recolectados por los navegantes durante sus escalas en algunas de las bahías de esta clásica ruta de navegación. También hemos utilizado, pero con más circunspección y en especial para las hipótesis sobre el uso de herramientas y armas, los documentos recogidos más tardíamente por los etnólogos sobre los yámanas. En efecto, los documentos etnográficos y arqueológicos muestran la gran similitud de la cultura técnica entre los dos grupos de canoeros: alacalufes y yámanas.
La confrontación de los datos arqueológicos y etnográficos ha permitido plantear algunas hipótesis funcionales sobre el uso de las herramientas y las armas, pero también enriquecer una visión etnográfica a menudo pobre, debido a la brevedad de los contactos entre navegantes y canoeros (casi siempre son los mismos detalles los que llamaron la atención de los europeos a lo largo de los siglos), y plantear algunos problemas nuevos derivados de las contradicciones entre los dos tipos de documentos.
Por último, desde el punto de vista metodológico, Punta Baja parece ser un modelo interesante para la interpretación de los sitios tempranos. En efecto, como ya hemos señalado, existe un estrecho parentesco entre la cultura de los últimos canoeros y la de los hombres que vivieron allí unos milenios antes, en particular en la isla Englefield, a unas quince millas de Punta Baja. Estas similitudes culturales (cf. Parte I, Cap. 2) favorecen las comparaciones y la proyección de las interpretaciones. ¿Cómo no caer en la tentación de comparar los fogones de Punta Baja de tres siglos de antigüedad con los de Bahía Colorada, de 5 500 años cuando los encontramos tan parecidos: un simple lente de tierra quemada de color beige rosáceo, estéril, en medio de una capa arqueológica rica en vestigios? ¿Y cómo olvidar en ambos casos que J. Emperaire había constatado entre los kawésqar que estaba prohibido introducir piedras al establecer los fogones?
Punta Baja 1, un campamento de época tardía excavado según las técnicas arqueológicas desarrolladas por A. Leroi-Gourhan12 e interpretado con la ayuda de documentos etnohistóricos, nos parece representar un vínculo significativo entre los últimos descendientes de los canoeros y los primeros ocupantes de la región.
1“Nus, à peine protégés contre le vent et la pluie de ce terrible pays, qui couchent sur le sol humide, serrés les uns contre les autres et repliés sur eux-mêmes comme des animaux” et dont “c’est à peine si l’on peut croire que ce soient des créatures humaines” (Darwin, 1985, p. 233).
2Desde entonces han aparecido otros cientos de sitios, con distintas fechas, sobre todo en el canal Beagle. Nota de la nueva ed.
3Varios arqueólogos han emprendido en las últimas décadas la exploración de la vertiente pacífica de la Patagonia, en especial del archipiélago de los chonos (véase San Román y Sierpe, 2016; Reyes, 2021), sin que haya aparecido el eslabón perdido fechado en los años 6 mil y 7 mil entre el sur de Chile (Puerto Montt, Chiloé) y la Patagonia austral, quizás por la excepcional dificultad de prospección en esta región. El sitio más antiguo descubierto en la parte central de los archipiélagos está fechado solo en 4520 ± 60 BP (Legoupil 2004). Nota de la nueva ed.
4El término “fueguino” se refiere aquí, como a menudo en los escritos de los navegantes, a los grupos marítimos de los archipiélagos de Tierra del Fuego y no a los cazadores terrestres de la gran isla.
5“la nature… a approprié le Fuégien au climat et aux productions de son misérable pays” (Darwin, 1985, p. 237).
6Nuevos estudios han revelado ahora ligeras variaciones climáticas durante este período que han provocado cambios en particular en la salinidad y en la productividad del agua (Araceña et al., 2015). Sin embargo, la representación de las especies de aves o mamíferos no parece haberse modificado de manera significativa. Nota de la nueva ed.
7Museo del Hombre en París; Museo Nacional de Prehistoria de Saint-Germain-en-Laye; Museo de Historia Natural de La Rochelle; Museo de los Cap-Horniers en Saint-Servan… (los objetos del Museo del Hombre están ahora depositados en el Museo del Quai Branly). Nota de la nueva ed.
8Las investigaciones de las últimas décadas han puesto de manifiesto algunas de estas variaciones en el tiempo y el espacio. Por ejemplo, la importancia de la pesca en el estrecho de Magallanes o en el canal Beagle (Torres et al., 2016 y en prensa; Zangrando, 2009) o de la caza de aves en algunas islas del seno Skyring o del archipiélago de Cabo de Hornos (cf. Legoupil 1994-95 y 2000). Nota de la nueva ed.
9Según los preceptos desarrollados por A. Leroi-Gourhan para los sitios prehistóricos. Nota de la nueva ed.
10Sin embargo, un navegante francés, La Guilbaudière, ya había penetrado en el mar de Otway a finales del siglo XVII (Legoupil et al., 2021). Nota de la nueva ed.
11Estos restos parecen muy relacionados con otros descubiertos de forma reciente en el sitio Batchelor excavado en el estrecho de Magallanes por la misión arqueológica francesa dirigida por M. Christensen. Se están realizando análisis físicos y químicos comparativos de estos restos. Nota de la nueva ed.
12La autora, en esa época, era miembro del equipo de Etnología Prehistórica (URA 275 - CNRS), dirigido por A. Leroi-Gourhan. Este equipo está fusionado con la UMR 7055 (CNRS), fundada por J. Tixier, para conformar una nueva UMR TEMPS (8068 - CNRS) en 2022. Nota de la nueva ed.
PRIMERA PARTE
EL SENO OTWAY
CAPÍTULO I
El medio natural
Dominique Legoupil
Geografía
El sitio de Punta Baja está situado en la entrada de un fiordo del seno o mar de Otway (Fig. 1). Se trata de una vasta extensión marina de 49 millas de largo (90 km), con orientación noreste/sudoeste, y 16 millas de ancho máximo. Está centrado en el paralelo 53° sur, en una longitud entre 71° y 72° oeste. Limita al noroeste y al oeste con la costa de la gran isla Riesco y al sudeste y al este con la península de Brunswick, el avance más austral del continente sudamericano. Solo una multitud de islas, incluidas la gran isla de Tierra del Fuego y el famoso islote de cabo de Hornos, existen más al sur, del otro lado del estrecho de Magallanes.
El mar de Otway pertenece al conjunto geográfico llamado “mares interiores”, compuesto por tres senos (Otway, Skyring y Última Esperanza), y constituye una zona intermedia entre la vertiente atlántica (la pampa) y la vertiente pacífica (los archipiélagos) de la Patagonia austral. Por mucho tiempo desconocido por los navegantes, presenta una posición clave que permite comunicarse hacia el sur con el estrecho de Magallanes y los archipiélagos fueguinos (ya sea a través del canal Jerónimo o por una vía de porteo ubicada al final del fiordo Silva Palma); hacia el norte con el mar de Skyring (a través del canal Fitz-Roy) y con todos los archipiélagos occidentales, ya que una vía de porteo y el pequeño seno Obstrucción conectan los senos Skyring y Última Esperanza, y, por último, hacia el noreste con la pampa y el área de los cazadores.
El origen de este mar es bastante conocido: se trata de un antiguo lago glaciar que estuvo conectado con el océano Pacífico a través del estrecho de Magallanes después del retroceso de los glaciares a fines del Pleistoceno/inicio del Holoceno1.
El relieve está muy marcado por sus orígenes glaciales. Numerosas huellas de morrenas son visibles en la península de Brunswick y en la isla Riesco, a menudo cortadas por ríos torrentosos. Se pueden encontrar bloques erráticos hasta los 600 m de altura en la zona del Cerro Canelo (Ceccioni et al., 1974), los que también se han podido observar en el extremo de la península de Punta Baja.
Solo la costa ha sido de interés para los arqueólogos, ya que el interior es por lo general impenetrable, excepto en la pampa del noreste. En el litoral se observa un escalonamiento de terrazas de origen glacio-lacustre (para las terrazas más altas) y de origen marino (para las terrazas inferiores a los 10 m s. n. m.). Nunca, según Ceccioni et al. (1974), se han encontrado depósitos marinos intercalados en los sedimentos glacio-lacustres que forman las terrazas de 20 a 40 m, lo que tiende a confirmar lo reciente de la intrusión marina en este lago glacial.
El movimiento general de elevación terrestre está bastante bien documentado en el mar de Otway durante el Holoceno. Se debe, lo más probable, a la conjunción de diversos factores, entre ellos la tectónica, y en especial a los movimientos eustáticos causados por el derretimiento de hielo que, liberando a la tierra de su enorme peso, habría favorecido su lenta elevación. Sin embargo, pareciera que en algunos puntos particulares este movimiento se vio frustrado o incluso invertido por la tectónica local. Según geólogos americanos (cf. Johnson, 1976), este sería el caso en particular de la zona baja y pantanosa del fondo del fiordo Silva Palma, en cuya entrada se encuentra la península de Punta Baja.
Los sitios arqueológicos de los archipiélagos se encuentran, al parecer, siempre sobre estas terrazas, ya que es costumbre que los pescadores se instalen en la orilla del agua. Por lo tanto, existe una estrecha relación entre la antigüedad de los sitios y la altura de las terrazas sobre las cuales se sitúan. Así, los sitios tardíos (Punta Baja, Angostura Titus, etc.) se encuentran cerca del agua en la línea de costa de 2 m s. n. m., mientras que los más antiguos (Englefield, Punta Santa Ana, Bahía Buena) están situados sobre terrazas de 12 a 17 m s. n. m. debido a las variaciones del nivel del mar desde su época de ocupación. La altura de las terrazas, sobre las cuales se encuentran los sitios, representa, por lo tanto, un buen indicador cronológico para estos sitios marítimos (aunque solo es un indicador).
Fig. 1. Situación de Punta Baja y división territorial de las principales etnias reconocidas en el período etnográfico en los archipiélagos de Fuego-Patagonia
El relieve de tierras que bordea el seno Otway, tanto en el lado de la isla Riesco como en el de la península de Brunswick, representa la transición entre la gran meseta glaciar de las pampas atlánticas en el este y la cordillera de los Andes en el oeste. Plano o poco ondulado al noreste, se vuelve de manera progresiva más montañoso desde el nivel medio del seno. Más al oeste y al sur, toda la costa del Pacífico está formada por una multitud de islas (5 769 para el conjunto de los archipiélagos de Patagonia)2, fiordos y canales moldeados por el relieve de la cordillera, que a veces se eleva hasta casi 4 000 m de altura (el cerro Fitz- Roy se eleva hasta 3 875 m) y se hunde en abismos submarinos de más de 1 000 m.
De esta manera, toda la mitad sur de las tierras que bordean el seno Otway está compuesta por montañas un tanto altas (alrededor de 1 000 m) e impenetrables, a menudo cubiertas de nieve o de glaciares incluso en verano. Las costas son por lo general rocosas y abruptas, intercaladas con fiordos y bahías, en especial en las desembocaduras de los ríos. En la mitad norte y noreste el relieve disminuye de forma gradual, anunciando la pampa. Las costas son, entonces, más bajas, arenosas, a veces rocosas, pero de todos modos no muy hospitalarias para la gente que viene del mar debido a que son golpeadas de manera constante por las olas y no ofrecen ensenadas protegidas, como en la parte sur.
Las corrientes son en particular fuertes en los canales (canal Jerónimo, canal Fitz-Roy) y en las zonas de estrechamiento, como en la Angostura Titus, en el medio del fiordo Silva Palma. Se deben a las mareas y, por lo tanto, no obstaculizan la navegación si se las conoce y adaptan a sus movimientos según la hora de la subida y bajada de la marea.
La marea presenta una extensión media (1,80 m), suficiente como para permitir el establecimiento de pesquerías (muros de piedra y ramas que retienen a los peces en la marea baja mientras dejan fluir el agua). Hemos visto los restos de varias de ellas en la costa sur del seno Otway (y en especial en Punta Baja). El ancho del intertidal descubierto en marea baja es suficiente para permitir la recolección de muchos mariscos (lapas, fisúrelas, choros, etc.).
CLIMA
El clima del seno Otway está relacionado de manera estrecha con el relieve: más frío en altitud que en la costa, más húmedo en las zonas montañosas, donde se concentran las lluvias, que en la pampa. Está marcado por la situación intermedia de la región: entre la pampa muy seca del noreste y los archipiélagos del oeste bañados por una humedad constante y muy fuerte.
La temperatura en el nivel de costas es un tanto agradable y las variaciones estacionales son bajas: las curvas isotérmicas basadas en varios promedios de años recientes (Zamora et al., 1981) muestran un promedio de 0° en julio, de 9 a 10° en enero y un promedio anual de 5 a 6° en Punta Baja (Fig. 2). Por el contrario, la temperatura se enfría muy rápido en altitud, ya que en la parte sur del seno algunas montañas están cubiertas todo el año por glaciares. Sucedió con frecuencia durante nuestras estancias, siempre en verano, que las montañas vecinas estaban cubiertas de nieve hasta una altitud bastante baja (700 a 800 m). Solo una vez (Navidad de 1981) cayeron ráfagas de nieve en la propia península de Punta Baja, caídas de nieve estival a nivel del mar que ya fueron reportadas en el siglo XVIII por Bougainville en el cercano estrecho de Magallanes.
La tasa de precipitación sigue una progresión constante de un extremo del seno al otro, como puede verse en la Fig. 3 basada en los promedios anuales de varios años recientes. En el extremo noreste, más cercano a la pampa seca, se registran 300 mm anuales de precipitaciones. Luego, de forma gradual, las curvas de isoyetas aumentan hasta alcanzar los 700 mm hacia la mitad del seno, 800 mm en Punta Baja en la entrada del fiordo Silva Palma y 1 500 mm hacia la mitad de este último. En el fondo mismo del seno, en el canal Jerónimo, se estima que alcanzan los 2 000 mm y en la salida del estrecho de Magallanes en el océano Pacífico hasta entre 5 000 a 6 000 mm (Zamora et al., 1979 y 1981).
Así, desde Punta Baja se veía con frecuencia un cielo claro, a veces azul hacia el noreste, hacia el canal Fitz-Roy, mientras que era casi gris o negro de manera permanente hacia el lado opuesto, hacia el fondo del fiordo Silva Palma y el canal Jerónimo.
No tenemos las cifras de la insolación de Punta Baja. Sin embargo, sí conocemos las que han sido registradas en Punta Arenas, ciudad cercana situada en la misma latitud, por el Instituto de la Patagonia: entre 1 659 y 1 674 horas de sol al año (entre los años 1981 y 1983). Cabe señalar que en estas regiones de baja latitud la duración de la luz del día varía mucho entre el invierno y el verano, lo que explica las grandes diferencias de sol entre estas dos estaciones: así, en junio de1981, el Instituto de la Patagonia registró solo 59 horas de sol, menos de 2 horas por día, y en diciembre del mismo año, 222 horas, más de 7 horas por día (Resumen meteorológico, 1981).
Fig. 2. Curvas isotérmicas mensuales, año 1981, Zamora et al., 1981
Fig. 3. Curvas de isoyetas mensuales, año 1981, Zamora et al., 1981
Pero la principal característica climática de la región es el viento que sopla desde el océano Pacífico sobre toda la Patagonia, secando las grandes áreas de la pampa atlántica, mientras que en los archipiélagos hace que la lluvia sea más penetrante y el frío más intenso. Son sobre todo vientos del oeste que se orientan a veces hacia el norte, noroeste o al sur, suroeste. Su promedio anual de 1981 a 1983 varió entre 17 y 22 km/h, pero casi todos los meses, en especial en verano, se producen tormentas con ráfagas cercanas a los 100 km/h, y a veces superiores (Resumen meteorológico, 1981, 1982, 1983).
La costa este del seno (la península de Brunswick) es la más afectada por los vientos del oeste, los cuales provocan olas frecuentes en las playas bajas que bordean la pampa al noreste y un oleaje muy violento en las zonas rocosas situadas al sudeste.
Las costas orientadas al oeste a lo largo de la isla Riesco o de los diversos fiordos parecen estar más protegidas. De hecho, en las zonas montañosas pueden producirse remolinos de viento que descienden por las laderas de las montañas y que son muy peligrosos para los barcos. Hemos podido observar varios de estos fenómenos, llamados williwaws por los navegantes ingleses, en particular a lo largo de la costa oeste del fiordo Silva Palma, frente a Punta Baja.
La violencia y la frecuencia de las tormentas en la Patagonia son fenómenos evidenciados como una constante climática por todos los navegantes desde el descubrimiento de esta región por Magallanes en 1520.
Flora
María-Eugenia Solari y Dominique Legoupil
La vegetación actual del seno Otway 3
La vegetación que cubre las tierras que bordean el mar de Otway varía de manera considerable según el relieve y el clima que caracterizan sus partes septentrional y meridional. La zona noreste, límite final de la pampa continental, está cubierta de estepa, con matas de coirones (Festuca magellanica y Festuca gracillima), arbustos de calafates (Berberis buxifolia) y mata negra (Chiliotrichum diffusum); la mitad suroeste, donde el relieve de la cordillera de los Andes se perfila de forma vigorosa, está cubierta de bosques desde el nivel del mar hasta una altitud de entre 700 y 800 m, mientras que las alturas mayores se encuentran casi desprovistas de vegetación y a menudo cubiertas de nieve o glaciares.
Durante el último siglo, bajo la acción humana, la pampa fue ganando terreno poco a poco sobre el bosque a lo largo de la costa sudeste del seno Otway. En el Anuario Hidrográfico de Chile (1907, t. 26) se sostiene que, a principios del siglo XX, el límite entre el bosque y la pampa se situaba alrededor del río Canelo, mientras que hoy en día se encuentra alrededor del río Caleta (ver infra Fig. 9).
Este ecosistema boscoso está compuesto en su mayoría por coigües (Nothofagus betuloides) asociados a canelos (Drimys winteri) y, en ocasiones, a leñaduras (Maytenus magellanica) y cipreses (Pilgerodendron uviferum). El desarrollo de los árboles es variable y depende de su exposición al viento y del espesor del sedimento que cubre la roca. En ciertas zonas privilegiadas, como la desembocadura del río Caleta, o en sectores del fiordo Silva Palma se encuentran especies arbóreas que pueden crecer hasta 15 o 20 m de altura. A mayor altitud o más hacia el Pacífico, se vuelven de modo gradual más frágiles, de tamaño reducido, deformadas por el viento, constituyendo, por su complejo entramado, lo que suele llamarse el bosque virgen magallánico.
En vista del corto período de tiempo que ha transcurrido entre la ocupación del sitio de Punta Baja y la actualidad (tres siglos) y la relativa constancia del clima desde el siglo XVII, se puede suponer que la cubierta vegetal no ha sufrido cambios significativos en términos de especies y que nuestra observación de la vegetación natural actual se aproxima al paisaje existente en el momento de la ocupación del campamento4. Esta hipótesis ha comenzado a confirmarse con el análisis de los restos leñosos encontrados carbonizados en el sitio (cf. Thiébault, Anexo nº 5). De hecho, podemos ver en este estudio que de un total de 105 carbones identificados, las tres especies más frecuentes hoy en día están representadas casi por igual: Nothofagus (33 %, en su mayoría Nothofagus betuloides), Drimys winteri (29 %), Maytenus magellanica (26 %)5.
La vegetación actual de la península de Punta Baja
Esta península experimentó grandes cambios en su cubierta vegetal durante el siglo XX como resultado de la intervención de colonos que, en los años 30, deforestaron de manera parcial algunas de las zonas costeras situadas al este del fiordo Silva Palma, primero con fines de explotación forestal, y luego para establecer una pequeña cría de ganado ovino. Debido a que la península fue quemada y limpiada, se extendió el estudio de la dispersión de especies a una zona más amplia, entre Cabo Camden por el norte y Punta Errázuriz por el sur, donde el paisaje natural se ha preservado en mejores condiciones (Fig. 4).
Según el estudio realizado por E. Pisano (1973) para toda la península de Brunswick, la región de Punta Baja estaría compuesta por tres provincias bióticas que se escalonan según la altitud (Fig. 5):
➣En la cima de la montaña, que domina Punta Baja con sus 772 m. una zona desértica, muy a menudo cubierta de nieve: el desierto andino.
➣Debajo de este desierto andino se encuentra el bosque perennifolio magallánico, compuesto sobre todo por la asociación de Nothofagus betuloides y Drimys winteri.
➣Finalmente, casi a nivel del mar, como aún se observa en Bahía Camden, el bosque patagónico mixto, compuesto por las especies anteriores, a las cuales se añaden Pseudopanax laetevirens, que no tolera el frío de altitudes superiores a 100 o 150 m, y algunos renovales menores de Maytenus magellanica.
Una observación más precisa de este bosque que se encuentra bastante bien conservado dominando en la actualidad la península (100 a 200 m) revela la presencia de coigüe (Nothofagus betuloides), pero también de algunos notros (Embothrium coccineum) y cipreses (Pilgerodendron uviferum). Estos últimos experimentaron un desarrollo bastante importante en el fiordo Silva Palma antes de su explotación por el aserradero Angostura Titus (J. Grimaldi, comunicación personal, antiguo propietario del aserradero). También se observa en algunas turberas cercanas a la península el desarrollo de juncos como Marsippospermum grandiflorum, utilizados por los grupos indígenas patagónicos en cestería, fabricación de cuerdas, etc. Por último, en el sotobosque, los arbustos de Berberis buxifolia son reemplazados de a poco por Berberis ilicifolia.
Fig. 4. La flora de Punta Baja: área de estudio
Fig. 5. Las provincias bióticas de la península de Brunswick (Pisano, 1973)
La cubierta vegetal de la península se ha visto muy modificada por la explotación forestal y los incendios provocados en los años 30. Por ello, se generó una vasta pradera herbácea. Algunos árboles quemados o en malas condiciones (coigües), que pueden alcanzar una decena de metros, se encuentran tumbados, pero la mayoría de ellos fueron desplazados hacia la entrada del istmo para despejar mejor la pradera para uso del ganado ovino. Unos pocos de estos especímenes todavía permanecen en algunos sectores de la península, últimos testigos de la extensión del bosque antes de la intervención humana del siglo XX.
En algunos lugares, en particular a lo largo de la orilla de playa, han crecido matorrales de arbustos espinosos compuestos por Berberis buxifolia (calafates), cuyas bayas comestibles maduran en verano, Fuchsia magellanica, Chiliotrichum diffusum y Ribes magellanicum (especie de grosella silvestre).
En el bloque rocoso, que constituye el extremo de Punta Baja, se encuentra una masa enmarañada de arbustos espinosos y pequeños árboles (Nothofagus betuloides y Drimys winteri) que han crecido vigorosa y de manera desordenada, pero que no llegan a más de 3 o 4 m de altura. Mientras que en toda la franja costera se desarrollan algunas especies arbustivas menores bien adaptadas a las condiciones locales de viento y salinidad: ericáceas (Pernettya mucronata), murtilla (Empetrum rubrum), junto con apio silvestre (Apium australe).
La vegetación actual del sitio de Punta Baja 1
El sitio arqueológico está situado en una terraza herbácea que bordea la ensenada sur de la península a 2 o 3 m. En algunas zonas se han desarrollado manchones de arbustos: Berberis buxifolia, Ribes magellanicum, Pernettya mucronata, Empetrum rubrum junto con herbáceas como Apium australe. Es posible que la presencia de restos orgánicos y conchas haya favorecido el desarrollo de estas especies en el sitio y en especial en el conchal sur, que en gran parte fue cubierto por ellas.
Dada la exigua capa orgánica que posee la terraza, con la presencia de grava y rocas a poca profundidad, no se observaron especies arbóreas de mayor altura, por lo que es poco probable que una vegetación de importancia se desarrollara en el pasado. Talvez podría tratarse de un espacio arbustivo similar al actual.
En la terraza de 5 o 6 m inmediatamente superior al sitio se observan algunos árboles de pocas dimensiones; en particular, un ejemplar de canelo (Drimys winteri) que creció casi de forma horizontal debido al sustrato rocoso y a su exposición al viento. Este árbol, en plena madurez, mide menos de 2 m, lo que demuestra la incapacidad del sector para soportar el desarrollo de especies de mayor tamaño.
El uso de la vegetación por los canoeros de Punta Baja 1: hipótesis
En la Tabla 1 se muestra un resumen de las principales especies vegetales presentes hoy en la zona de Punta Baja. Las distintas utilizaciones que proponemos se basan en su mayoría en la información de etnólogos y botánicos: M. Gusinde (1982), O. Urban (1934), J. Emperaire (1963) y E. Pisano (1973), y en la encuesta realizada por M. E. Solari en 1982-83 en Punta Baja con la participación, como informantes, de ovejeros y pescadores de la región.
De este estudio se desprende que la zona de Punta Baja seguía estando cubierta en su totalidad hace menos de medio siglo por un bosque de especies variadas y de buen tamaño; en particular, coigües y cipreses alcanzaban unos 15 m, como lo demuestran algunos troncos desechados en la entrada de la península y que podrían haber sido utilizados para la construcción de embarcaciones. En cuanto a la leñadura, que aún hoy está presente junto al sitio y cuyos carbones han sido encontrados en sus capas arqueológicas (cf. Anexo n° 5), según datos etnográficos se trata de una madera muy dura y adecuada para la fabricación de mangos de armas o herramientas. Aunque el canelo no es duro en extremo, también puede haber sido usado para la fabricación de herramientas de uso cotidiano.
Este bosque es de una penetración, si no fácil, por lo menos posible, al contrario del que cubre la mayoría de los islotes de los archipiélagos occidentales, lo que podría haber permitido emprender eventuales expediciones de caza de huemules, cérvidos de los que se encontraron cuantiosos restos en el sitio.
La propia península albergó numerosos arbustos comestibles (calafate, parilla, chaura) cuyas bayas eran muy apreciadas por los grupos indígenas durante el verano.
Por último, la presencia cercana de una turbera (a menos de dos kilómetros de la península) ofrecía, a pesar del mítico temor de los grupos indígenas por este tipo de lugar (cf. J. Emperaire, 1963), dos recursos adicionales: los juncos, necesarios para la cestería, y la posibilidad de conservar trozos de grasa de mamíferos marinos envueltos en cuero e inmersos en el pantano (Ibid., p. 122).
Tabla 1. Las principales especies vegetales observadas en Punta Baja (1981- 83) y su utilización tradicional por los grupos indígenas
Especies
Cestería- cuerdas
Colorante
Arma/herramienta
Canoa
Choza
Combustible
Alimentación
Medicina
ÁRBOLES
Nothofagus betuloides (coigüe)
x
x
x
x
Maytenus magellanica (leñadura)
x
x
Pilgerodendron uvifera (ciprés)
x
x
x
x
Drymis winteri (canelo)
x
x
Embothrium coccineum (ciruellilo)
x
x
Pseudopanax laetevirens (barraco)
ARBUSTOS
Fuchsia magellanica (chilco)
x
x
Ribes magellanicum (parilla)
x
x
Berberis buxifolia (calafate)
x
x
x
Berberis ilicifolia (michay)
x
x
Pernettya mucronata (chaura)
x
x
Empetrum rubrum (murtilla)
x
Chiliotrichum diffusum (mata negra)
x
Escallonia sp.
x
HERBÁCEAS
Apium australe (apio salvaje)
x
x
Marsippospermum grandiflorum (junquillo)
x
x
x
Blechnum penna-marina
HONGOS
Puccinia borboridina
Cyttaria darwini
x
x
x
ALGAS
Macrocystis pirifera
x
LÍQUENES
Usnea barbata (barba de palo)
x
Fauna actual
Dominique Legoupil
La fauna del seno de Otway es ante todo marina. Está compuesta por delfínidos (Delphinus commersonii y Orcinus orca), otáridos (Otaria flavescens y tal vez Arctocephalus australis), nutrias (Lutra provocax), aves marinas (gansos marinos, cormoranes, pingüinos, patos, petreles, gaviotas), peces (salmónidos, nototénidos) y diversos mariscos (choros, lapas, fisúrelas, vieira), crustáceos (Lithodes antarctica) y equinodermos (erizos de mar).
Estos recursos son más abundantes en la mitad sur del seno. En particular, todos los roqueríos de otáridos están situados en esta zona, a menudo rocosa, donde también se encuentran grandes centollas (Lithodes antarctica) y ostiones (Pecten sp.), en especial en el fiordo Silva Palma.
En las montañas del sur todavía hay algunos animales terrestres: zorros culpeos (Pseudalopex culpaeus), pumas (Felix concolor), liebres y conejos, ambos de origen no nativo. El huemul (Hippocamelus bisulcus), un pequeño ciervo andino, se encuentra aún presente, aunque muy poco, en la isla Riesco y en la península de Brunswick.
En la zona de la pampa que bordea el seno al noreste solían haber muchos guanacos (Lama guanicoe), presa favorita de los cazadores terrestres que ahora es rara. Por otro lado, todavía podemos ver manadas dispersas de ñandús (Pterocnemia pennata o Rhea pennata) y algunos pequeños zorros azules de la pampa.
CAPÍTULO II
El medioambiente humano
Dominique Legoupil
La ocupación de la región del mar de Otway ha tenido dos aspectos sucesivos a lo largo del tiempo: el poblamiento indígena, que comenzó hace varios milenios tras el retroceso de los glaciares y que acaba de extinguirse en el siglo XX, y la colonización, que comenzó hace menos de un siglo, pero que ya ha modificado de forma parcial el ecosistema de la región, al menos en sus partes norte, noreste y este, ya que la mitad sur, zona montañosa, ha permanecido más o menos virgen.
El poblamiento indígena
La visión arqueológica y las dataciones
Según los documentos arqueológicos, los sitios de los pescadores de los archipiélagos del oeste de la Patagonia y de la región de los mares interiores son más recientes que los sitios de los cazadores terrestres de la meseta esteparia de la vertiente atlántica.
En la pampa hay muchos sitios que datan de ocho a doce milenios (cf. Fig. 6): Cueva Fell (10720 ± 300 años AP), Pali Aike (8639 ± 450 años AP), Los Toldos (12600 ± 600 años AP) y Marazzi en la gran isla de Tierra del Fuego (9590 ± 210 años AP)6.
En el límite entre la pampa y la zona marítima, el sitio de Ponsonby, situado a orillas del canal Fitz-Roy (Fig. 6, n° 7), ha sido datado en 7610 ± 170 años AP. Sin embargo, esta datación solo afecta a los niveles más elevados sobre el nivel del mar, atribuibles a los cazadores terrestres, mientras que los niveles más bajos, cerca del canal Fitz-Roy, corresponderían a ocupaciones marítimas7.
El mar de Otway representa, por su posición geográfica, una zona de transición entre cazadores terrestres y grupos marítimos.
En su parte noreste, el límite actual de la pampa, se han encontrado algunos escasos talleres líticos (Fig. 7, nos 4, 6 y quizás 8) muy pobres en restos alimenticios y cuyas herramientas sobre guijarros, bastante toscas, son similares a las de algunos sitios terrestres situados más al norte en la pampa: Lago Sarmiento, Cabo Negro, Laguna T. Gold… (cf. Ortiz, 1973).
Fig. 6. Los principales sitios arqueológicos de la Patagonia austral (sitios de cazadores terrestres en cursivas)
Fig. 7. Los principales sitios arqueológicos en el mar de Otway
En la mitad sur del seno se han descubierto, tras diversos estudios (J. Emperaire y Laming-Emperaire, 1961; Ortiz, 1973; Johnson, 1976; Legoupil, 1980), numerosos sitios marítimos de fácil identificación gracias a su equipamiento específico (herramientas sobre huesos de cetáceos, cuyo elemento más representativo es el arpón) y restos de economía marina. En la mayoría de los casos, como en Punta Baja, se trata de conchales tardíos emplazados en terrazas marinas bajas (2 a 3 m s. n. m.):
➣En la isla Vivian, J. Emperaire excavó un pequeño conchal de unos 40 m de diámetro y de 30 a 60 cm de espesor (Fig. 7, n° 3). Se encontraba en una terraza de 1, 50 m s. n. m., a unos 50 m de la línea de costa actual, y estaba cubierta por una fina capa de sedimento. Aunque no existe una datación por 14C para este sitio, su ubicación en una terraza baja y su industria (en particular los arpones de base con espaldón simple) permiten clasificarlo como un sitio reciente.
➣
