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Julio de 2016, Ernesto Bocanegra y el capataz de su finca en Albacete, Manuel, van en el todoterreno por las tierras de Ernesto. Este ha cogido su arma semiautomática porque quiere coger de improviso a dos «cobardes» que andan haciendo algo indebido. Por el camino, Manuel, que conduce el todoterreno, ve una bomba sin desactivar de las muchas que aún perduran de la guerra civil.
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Seitenzahl: 403
Veröffentlichungsjahr: 2019
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1. Ernesto Bocanegra
2. Ernesto y Julia
3. Julia
4. Ernesto Bocanegra y Julia
5. Julia
6. Beltrán
7. Julia
8. Beltrán
9. Beltrán y Julia
10. Julia y Javier Dragontera
11. Beltrán y Julia
12. Beltrán y Julia
I. José Joselevich
13. Beltrán y Cristian
II. Gabriela
III. José Joselevich
IV. Gabriela
V. Jorge y José Joselevich
VI. Jorge
VII. José Joselevich
14. Pepe y Julia
15. Pepe y Cristian
VIII. Tigre Morosini y Ernesto Bocanegra
IX. Gabriela y Ernesto
16. Beltrán y Cristian
17. Cristian y Javier Dragontera
X. Ernesto y Gabriela
18. Pepe
19. Julia y Ernesto
XI. Facundo y Eva Roncaglia, Jorgito y Gabriela
XII. Gabriela Edelman y Eva Rivelles
20. Julia
21. Beltrán
XIII. Gabriela Edelman, Facundo y Eva Roncaglia
22. Pepe y Julia
23. Ernesto y Julia
XIV. Tigre Morosini y José Joselevich
XV. Facundo y Eva Roncaglia
XVI. Doctor Carlos Figueroa
XVII. Los hermanos Roncaglia
24. Beltrán
25. Beltrán y Julia
26. Beltrán y Cristian Kaczka
27. Beltrán y Cristian Kaczka
28. Ernesto Bocanegra y Cristian Kaczka
29. Jorge Salz y Javier Dragontera
30. Claudia
31. Claudia y Javier Dragontera
Créditos
Para Javier Ortiz-Tallo,allí donde se encuentre
Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos a creer y obedecer sin discutir (…)
PRIMO LEVI.Si esto es un hombre
18 de julio de 2016
La calurosa mañana anticipaba uno de esos días agostados en los que las rastrojeras crujían como si el calor tuviera dedos y el canto de las chicharras sonaba estridente, hasta hacerlo insoportable a la hora de la siesta.
El todoterreno transitaba por una rodada de buena anchura, siguiendo los surcos grabados sobre la tierra por el uso, y acababa de sobrepasar un extenso campo de lavanda, donde se dividía el camino. Se trataba de un suelo calcáreo, pobre y suelto, por lo que los neumáticos del vehículo resbalaban sobre el terreno más de la cuenta, lanzando piedras y levantando una gran polvareda. La silla de ruedas que viajaba en la parte de atrás del vehículo hacía más ruido incluso que las escopetas de caza al contacto con el metal del portón trasero.
—Despacio, Manuel. Mejor toma el camino de los cerezos, corazón de pichón. Si vamos por la rodada principal, los alertaremos. Y lo que quiero es pillarlos con las manos en la masa —dijo Ernesto Bocanegra, el hombre que ocupaba el asiento de copiloto, a la postre dueño de la tierra por la que circulaba el vehículo.
—¿Alertar a quién?, si me permite la pregunta, don Ernesto —dijo el empleado sin apartar la vista del camino.
Manuel, el capataz de la finca, era un hombre robusto, de rostro redondeado y ojos de búho, en permanente alerta. Conocía aquellas tierras tan bien o mejor que su jefe, por lo que andaba preocupado por aquella excursión matutina que le había sido comunicada de improviso, sin ninguna razón que la justificase.
—A un par de alimañas que andan jugándomela —respondió el propietario con cierto laconismo.
—¿Furtivos?
—Algo peor.
—¿Y están escondidos en la casita del pastor, en la chocita de la señora? —preguntó ahora el empleado con tono de sorpresa, como si de ser afirmativa la respuesta él hubiera tenido que ser el primero en conocer el allanamiento.
—Sí, están en la casita del pastor.
Hablaban de un pequeño refugio que otrora los pastores de la comarca habían utilizado en invierno, y que la tercera mujer de don Ernesto, Julia, había acondicionado y convertido en estudio de pintura. Distante dos kilómetros y medio de la casa principal, la mano de la joven mujer había conseguido borrar de la vivienda su rudo y áspero aspecto. Tal fue el cambio que, cuando hubo terminado los trabajos de acondicionamiento, la rebautizó con el nombre de La Chocita.
—Si me lo permite, yo me encargaré de ahuyentarlos. Es mi trabajo, don Ernesto —se ofreció el capataz.
—Es más grave que eso… El asunto supera tus competencias, Manuel. No, tengo que ser yo en persona quien se ocupe de resolver el problema. Nos bajas a la silla y a mí, y me das la Browning —se desmarcó el propietario.
Al tratarse la Browning de una escopeta semiautomática, sentía que, en cierta forma, disponer de un arma de repetición paliaba la desventaja que suponía la falta de movilidad de sus piernas. Bastaba con un movimiento rápido de la cintura para abarcar un amplio ángulo de tiro. Así había abatido a miles de perdices rojas, codornices, muflones, jabalíes, gamos y ciervos.
Cuando bajó la ventanilla, sintió sofoco en los pulmones. Luego sus ojos claros y acuosos, debajo de unos párpados siempre hinchados, se posaron en una avutarda que, lenta y majestuosa, caminaba en dirección a un campo de cereal cercano.
Hacía tiempo que habían dejado de cazarlas por estar la especie en declive, y todos los empleados de la finca tenían la orden de protegerlas.
Más allá de los campos de cereales circundantes, la dehesa se convertía en monte bajo, hasta alcanzar un horizonte enmarcado por un cielo azul, demasiado luminoso las más de las veces, casi cegador. Lentiscos, jaras, coscojas y majuelos acotaban la zona arbustiva del bosque de coníferas, mucho más abierta y expuesta.
—Me da miedo que pueda haber una tragedia —reconoció el empleado.
—No va a haberla. Solo quiero darles un susto, hacerlos entrar en razón con la ayuda de mi escopeta. Pero tranquilo, no pienso provocar un drama shakespeariano.
—¿Cómo dice, don Ernesto? —preguntó el capataz acostumbrado al lenguaje natural que brotaba de aquella misma tierra.
—Es una forma de hablar. En cuanto me hayas dejado sentado en la silla de ruedas y yo acune el arma, vuelves al coche y das media vuelta. Retrocedes hasta el pozo de piedra, y regresas cuando oigas disparos. No antes.
—No sé lo que está pasando, don Ernesto, pero no pienso dejarlo solo en mitad del campo, sentado en una silla de ruedas, con una escopeta en las manos, y a la espera de que unos furtivos salgan de la casa de la señora —se desmarcó el empleado—. Antes tendrá que despedirme, y ni por esas.
—Manuel, agradezco tu fidelidad, pero se trata de un asunto personal, estrictamente privado, y no quiero testigos. Así que no hay más que hablar. Me dejas donde te diga, te alejas en el coche, y no vuelves hasta que oigas disparos.
—¿Y si es usted el que sale lastimado, don Ernesto? —preguntó ahora el capataz.
—No necesito las piernas para apretar el gatillo, y sabes que soy el mejor tirador de la comarca. Además, sé a quienes me voy a encontrar: un par de cobardes. Cuento además con el factor sorpresa. No me esperan. Quédate tranquilo, ellos tienen más que perder que yo.
Era cierto que en otro tiempo don Ernesto había hecho alarde de su puntería en numerosas cacerías, pero cuando el whisky se apoderó de su vida, hizo lo propio con su pulso. De modo que ahora su destreza con las armas era cuestionable.
—Perdone que insista, don Ernesto, pero no comprendo su empecinamiento, ni tanto misterio. Permítame que sea yo quien intervenga, se lo ruego. Le prometo que le traigo a esos dos cobardes, como usted los llama, andando de rodillas. Una escopeta puede ser también un arma de disuasión.
—Manuel, ya sabes que no me gusta tener que repetir las cosas dos veces. No obro así por capricho. Ni siquiera porque sea un valiente. Pero mis razones son mías y de nadie más. Ahora atiende al volante.
Acto seguido, el vehículo entró en un terreno angosto donde se sucedían seis pasos de cresta, media docena de obstáculos que había que afrontar con el impulso suficiente para que no se quedara enganchado o empanzado en la cima de cada uno de ellos. Treinta años antes, don Ernesto había utilizado en más de una ocasión aquel camino como distracción de sus dos hijos; la subida y bajada de aquellas pendientes provocaba en los pequeños una placentera sensación de vacío en el estómago —ir a los badenes, lo llamaban—, tras lo cual rompían a reír. Ahora las cosas eran distintas. Ya no había motivos para la risa entre ellos; todo lo contrario.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó el capataz en voz alta al tiempo que hundía el pie en el freno.
—¿Qué pasa, Manuel?
—Ahí delante, don Ernesto, ahí delante hay lo que parece ser una bomba, en medio de la carretera.
El vehículo derrapó lentamente en su frenada, hasta quedar cruzado en el camino.
—¡Coño, tienes razón! Parece una vieja bomba. Oríllate y sortéala. Acelera despacio. Despacio, Manuel.
Hijo de un aviador con varias misiones de guerra a sus espaldas, don Ernesto no tardó en reconocer una bomba torpedín de cincuenta kilogramos en aquella protuberancia que sobresalía del camino como la raíz de un tubérculo. No era la primera vez que pasaba algo así; de hecho, en los últimos treinta años, los artificieros de la Guardia Civil habían desactivado medio centenar de artefactos explosivos, recuerdos de la guerra civil, a los que había que sumar los que él y sus hijos habían ocultado para quedárselos como trofeos. No en vano, cabía que alguna de aquellas bombas sin explotar hubiese sido arrojada por el Abuelo Carlos, uno de los más destacados héroes de la aviación franquista, verdadero azote de las Brigadas Internacionales que habían tenido su campo de entrenamiento en aquellas tierras.
—Paso por aquí una o dos veces por semana, y nunca había visto nada semejante —observó el empleado.
—Porque posiblemente el artefacto estaba enterrado y el desgaste del terreno lo ha sacado ahora a la superficie —razonó el propietario—. Mejor así. Podía haber ocurrido una tragedia.
—Mil veces he pasado por este camino. Y nunca he visto algo semejante —insistió el capataz, incrédulo ante lo que estaba viendo.
A veces, Manuel aprovechaba algunos de aquellos hitos para observar las aves autóctonas a través de unos prismáticos: águilas perdiceras, cernícalos, gavilanes, halcones peregrinos, etc. De modo que conocía el terreno que pisaba como la palma de su mano.
—Para colmo está enterrada justo en el arranque de la cresta, cuando hay que pisar el acelerador a fondo. Podíamos haber saltado por los aires —manifestó don Ernesto.
—Deberíamos llamar a la Guardia Civil, de inmediato. Antes de que alguien o de que algún animal salte por los aires —sugirió el capataz pensando que la aparición de aquella bomba en mitad del camino serviría para truncar los planes de su jefe.
—Ya tendremos tiempo de avisar a la Guardia Civil cuando resuelva el asunto de los furtivos. ¿Lo ves? Esa bomba es otro motivo por el que no puedes verte involucrado en lo mío. Habrá que desactivarla. Los artificieros querrán echar un vistazo al terreno. Ahora oríllate y avanza en paralelo a la vereda. Y te detienes a la altura del cerezo de los enamorados.
El aire caliente volvió a abrasarle los pulmones a don Ernesto, dejándole un regusto amargo que se intensificó cuando el vehículo se desvió de la rodada y comenzó a agitarse, como si el chasis hubiera sido colocado en un potro de tortura. El ajetreo le hizo recordar lo necesario que era adquirir un nuevo todoterreno acorde a los tiempos que corrían, con reductora y otros extras, tal y como Manuel no paraba de sugerirle.
El coche dio un nuevo brinco, que se le clavó en los riñones. Y luego otro más. Y aún un tercero.
Lo sorprendente fue que después de haber visto tantas veces y tan de cerca la muerte, Ernesto Bocanegra no supiera intuir lo próxima que estaba la suya.
Marzo 2015
Ernesto Bocanegra avanzó despacio en su silla de ruedas hasta la cama y, una vez sus piernas tocaron uno de los extremos, a la altura del cabecero, extendió la mano a la mujer que permanecía tumbada, como una ofrenda de amor y respeto. Era su manera de transmitirle la satisfacción que le había producido verla practicar sexo con otro hombre, mientras él contemplaba la escena desde una estancia contigua. No era la primera vez que solicitaba esa clase de servicio en aquel prostíbulo de lujo, pero ninguna de las veces el espectáculo —por llamarlo de alguna manera— le había resultado creíble, como si estuviera contemplando una película porno en la que el acto sexual gira en torno al tiro de cámara y cada postura, por tanto, es fruto de una forzada impostura; cuando lo que él buscaba era la naturalidad y espontaneidad de la relación, sin alardes.
—Así que te llamas Julia —dijo sin soltar la mano de la mujer.
La mujer, envuelta en la sábana que hasta su entrada en la habitación había permanecido enrollada a sus pies, buscó una postura más cómoda. El movimiento dejó a las claras que era poseedora de un cuerpo armonioso y equilibrado, ni poco ni demasiado atlético, sin desmesuras.
—Sí, me llamo Julia.
A Ernesto Bocanegra le sorprendió que, a esa corta distancia, los ojos de la joven fueran del color del humo; una columna de humo cambiante e inaprensible. Un cielo cubierto de nubes que el viento mueve a su antojo.
—¿Es tu verdadero nombre? —preguntó ahora.
—Si no te gusta, puedo llamarme como prefieras.
—No, Julia está bien. Me gusta. He de confesarte que es la primera vez que veo follar a una profesional como si estuviera enamorada.
La mujer estuvo a punto de decirle que para ella era también la primera vez que le solicitaban un servicio de voyerismo; sin embargo, acabó reconociendo:
—Él es el único cliente con el que me siento cómoda.
—¿El único cliente o el único hombre? —se interesó Ernesto Bocanegra.
—Para mí los hombres son todos clientes.
La voz de Julia sonó neutra, sin inflexiones, como si aquella fuera una respuesta aprendida a lo largo de los años. ¿Acaso el suyo no era un oficio repetitivo y monótono? Atrapar el pene de media docena de hombres entre las manos, practicar cuatro o cinco felaciones, contonearse, acariciarse a sí misma como si de verdad lo deseara, desnudarse, vestirse y ducharse tantas veces al día como le fuera requerido por los clientes; en suma, podía resultar tan rutinario y burocrático como revisar una montaña de informes detrás de un escritorio. De modo que su cuerpo era tan resistente como una cáscara de nuez, cuyo fruto está en su interior.
—Yo puedo hacer que eso cambie. Yo puedo librarte de todos los clientes. Incluso puedo librarte de todos los hombres, hasta de mí mismo —se pronunció Ernesto Bocanegra.
—Me han hecho toda clase de propuestas, pero la tuya es sin duda la más extraña —reconoció Julia—. ¿Quieres que me quede contigo para librarme de ti? Suena a contradicción.
—Voy a decírtelo con otras palabras: te estoy ofreciendo la libertad.
—¿La libertad?
Los ojos de color humo de Julia hicieron un breve recorrido por las cuatro paredes de la estancia, donde había grabado mentalmente aquella palabra tantas veces como cualquier preso marca las paredes de su celda con sus deseos o recuerdos más preciados.
—Solo te pongo una condición.
—¿Una condición o un precio? —preguntó Julia sin ocultar su desconfianza.
—Una prueba. Solo tienes que superar una pequeña prueba.
—¿Qué clase de prueba?
—Quiero que duermas para mí.
Por primera vez, la mirada de Julia se posó con curiosidad en los ojos acuosos de Ernesto Bocanegra; unos ojos cansados e inescrutables que parecían mirar hacia dentro.
—¿Quieres que duerma para ti?
—Sí, como si no estuviera en la habitación. Imagina que estás sola y tienes sueño.
—Primero me haces follar con otro hombre, y ahora quieres que duerma mientras me observas. ¿Es esa la libertad que me ofreces? En ese caso, en vez de estar encerrada entre estas cuatro paredes, lo estaré dentro de tus ojos, de tu mirada. No puedo sentirme libre si me estás observando todo el tiempo —objetó Julia.
—Si aceptas mi ofrecimiento, no tendrás que acostarte con otro hombre por dinero. Solo tendrás que dormir para mí. Solo eso.
—¿Y por qué no me miras mientras me ducho, o mientras como? ¿Por qué has de observarme mientras duermo? ¿Qué tiene de especial contemplar a una persona mientras duerme?
—Es una larga historia, que tiene que ver con mi pasado. Tal vez te la cuente si cerramos el acuerdo.
—No me gusta dormir. Cuando duermo no tengo manera de defenderme —se desmarcó Julia.
—¿De quién tienes que defenderte? ¿A quién temes?
—De mí misma. Me temo a mí misma, mis sueños, mis pesadillas.
—Yo me encargaré de ahuyentarlas, te lo prometo.
—¿Y cómo lo harás?
—Es muy fácil. Yo también llevo años luchando contra mis propios monstruos. De hecho, hace tiempo que no duermo de manera voluntaria.
—¿Entonces?
—El alcohol es quien me obliga a dormir. A menudo bebo hasta perder el sentido, y es entonces cuando Morfeo aprovecha para arrastrarme por los pies hasta su reino. Pero eso solo ocurre cuando bebo demasiado, lo que hoy todavía no ha sucedido, de modo que si te duermes para mí, yo atraeré tus pesadillas como un pararrayos absorbe la electricidad de las nubes.
—Puedo tardar varias horas en dormirme —reconoció Julia—. Digamos que a estas horas suelo estar haciendo otra cosa…
—No tengo ninguna prisa. Le he comprado a tu chulo esta noche y las seis siguientes. Así que nos quedaremos aquí hasta que te duermas. Si no lo logras hoy, lo intentaremos mañana, y si no al otro. Si lo prefieres, puedes tomarte una píldora que te ayude a dormir.
—¿Y si en vez de velar mi sueño, lo perturbas? ¿Y si eres un psicópata cuya intención es estrangularme o acuchillarme mientras duermo? —prosiguió Julia con las objeciones.
Ernesto Bocanegra esbozó una sonrisa.
—¿Y cómo me desharía luego de tu cuerpo si estoy anclado a esta maldita silla de ruedas? Tengo setenta años para setenta y uno, y he perdido casi todos los sentidos que hace que un hombre se sienta como tal, que se sienta vivo. Solo cuento con una carta a mi favor: soy un hombre rico, muy rico. De modo que si sumas mis limitaciones físicas y emocionales a mi fortuna, da como resultado que soy un pobre hombre rico, como suelen decir los que únicamente son pobres. Un pobre hombre rico que vive solo. Digamos que detrás de mi oferta se esconde un acto de filantropía, yo que jamás he sentido el menor aprecio por el género humano. En fin, no quiero enredarte con mis palabras. Tienes una oferta, una propuesta que valorar.
—Dormir para un inválido alcohólico y millonario que tiene más de treinta años que yo. ¿Es así?
—Sí, así es.
—Muchos inconvenientes y alguna ventaja —elucubró Julia.
—Mi dinero debería bastar para tapar los inconvenientes. Créeme, el mejor aliado de la libertad es el dinero. Incluso podrás permitirte el lujo de comprar tiempo.
—Tendré que consultar tu extraña oferta con la almohada, ¿no es eso lo que quieres?
Enero 2016
La habitación privada de la clínica ofrecía la intimidad necesaria para llevar a cabo el interrogatorio, así que la funcionaria de policía adscrita a la Unidad de Prevención, Asistencia y Protección contra los malos tratos a la mujer, aprovechó un momento de soledad de la víctima para tratar de arrancarle una confesión.
—¿Julia Urdaneta? —preguntó debajo del dintel, sin atreverse a traspasar el umbral de la puerta.
Las palabras de la extraña alcanzaron a la mujer que yacía en la cama con una premeditada lentitud, como si estuviera tecleando aquel nombre al tiempo que lo pronunciaba.
—Sí, soy yo.
—¿Me permite?
—¡Claro, adelante!
—¿Cómo se encuentra?
Una visible tumefacción que ocupaba el ojo y parte del pómulo derecho de Julia evidenciaba que la pregunta estaba plenamente justificada.
—Me duele la cabeza, y tendré que pasar por el dentista para que compruebe si mis dientes y muelas están donde deben. Llegué escupiendo sangre por la boca, aunque en principio no me falta ninguna pieza. ¿Es usted médico? ¿Trae los resultados del escáner? Me gustaría irme a casa.
—No, no soy médico. Perdone que no me haya presentado. Me llamo Rosa Castillo, y trabajo en la UPAP, la Unidad de Prevención, Asistencia y Protección contra los malos tratos a la mujer.
Julia frunció el ceño, una manera como otra cualquiera de mostrar el rechazo, y también el malestar, que le producía aquella retahíla de siglas.
—Creo que se equivoca de persona. No soy víctima de maltrato alguno. Yo he sido víctima de un robo —se desmarcó.
—Sí, eso es lo que ha declarado. El problema es que hace tres meses escasos fue víctima de otro robo de similares características. En casos como el suyo, estamos obligados a actuar de oficio.
—Mi marido es un hombre rico, y le gusta agasajarme con regalos caros que, a su vez, atraen la atención de los cacos. ¿Qué tiene eso de raro?
—Ya que ha mencionado a su marido, ¿todo marcha bien entre ustedes?
La funcionaria volvió a ralentizar su discurso, como si de nuevo estuviera tecleando las palabras mientras brotaban de su boca.
—Mi matrimonio marcha a las mil maravillas. Como estoy segura de la doble intención de su pregunta, he de decirle, para su tranquilidad, que mi marido sufre problemas de movilidad en las piernas desde hace algún tiempo, por lo que pasa gran parte del día sentado en una silla de ruedas. El mes que viene, además, cumple setenta y un años, así que no podría hacerme daño aunque quisiera.
Teniendo en cuenta que Julia Urdaneta aún no había cumplido los cuarenta, la significativa diferencia de edad era otro dato a tomar en cuenta.
—Comprendo. ¿Sabe si su marido tiene algún enemigo? —preguntó ahora la investigadora.
—Mi marido es el empresario Ernesto Bocanegra, y según él tiene varios cientos de enemigos. Incluidos unos cuantos políticos a los que debe de haber corrompido. Ya sabe, a la gente le gusta morder la mano que le ha dado de comer, porque de esa manera acaban creyendo que siempre han comido por sí solos. En cualquier caso, llevamos casados poco más de nueve meses, por lo que no conozco a sus enemigos, ni tampoco a sus amigos, en caso de que los tenga. Los problemas de movilidad de mi esposo son consecuencia de su alcoholismo, por lo que tampoco hacemos vida social. Su dependencia del whisky o de la ginebra es demasiado grande para ser exhibida en público. Algo que iría en contra de sus intereses comerciales. De hecho, si él no está aquí conmigo es porque a las diez de la noche perdió el sentido. No, no se alarme, una enfermera se encarga de su cuidado por la noche. No sé qué más decirle de mi esposo.
—¿Y de usted? ¿Qué me dice de usted? ¿Puede haber algún novio despechado que no encajara bien su matrimonio con el señor Bocanegra?
Julia Urdaneta forzó una sonrisa antes de decir:
—Teniendo en cuenta que he ejercido la prostitución hasta que me casé, seguro que le he roto el corazón a más de un cliente en los últimos diez años. Los tenía muy fieles. Pero ninguno de ellos me haría daño. Ninguno deseaba hacerme daño. Me querían para otra cosa. Ya me entiende.
La inspectora tuvo que hacer un gran esfuerzo para digerir aquella información, que lo cambiaba todo. Tal vez lo acontecido estuviera relacionado con su pasado prostibulario, y no con el esposo. Tal vez la mujer estuviera siendo extorsionada por un antiguo proxeneta. Cabía incluso que ambos mantuvieran intereses comunes, que la verdadera víctima de aquellas agresiones fuera el marido. En ese caso, sería imposible que accediera a denunciar.
—Comprendo.
—Es la segunda vez que asegura comprenderme —observó Julia.
—Trato de hacerlo, se lo aseguro.
—Le agradezco su interés, pero mi caso está claro: tengo que ser menos ostentosa, relacionarme con la riqueza de una manera más discreta. Le aseguro que he aprendido que no es una buena idea pasearse con un reloj de oro en la muñeca, al menos a partir de ciertas horas de la noche.
La inspectora echó un vistazo al dosier que portaba en el interior de una carpeta de la Dirección General de la Policía.
—Según leo aquí, los dos atracos han tenido lugar en el barrio de Salamanca, donde tiene fijada su residencia, y en ambas ocasiones regresaba usted del cine, de la calle Fuencarral. También el modus operandi de los ladrones, dos hombres que se desplazaban en moto y llevaban las cabezas cubiertas con sendos cascos, ha sido el mismo: uno de ellos desciende de la motocicleta y procede a propinarle una rápida sucesión de puñetazos y patadas. La agresión culmina con el hurto del bolso y de las joyas. ¿Es correcto?
—Lo es. Todo en un minuto y medio.
—Sí, eso dice aquí. ¿No había nadie más en la calle?
—Suelo ir al cine a la última sesión, cuando mi marido ya se ha retirado a dormir, si me permite el eufemismo. A veces regreso caminando. Pueden darme la una o una y media de la madrugada.
—¿Va al cine sola?
—¿Es relevante con quién vaya al cine? —respondió Julia con otra pregunta que brotó de su garganta con un claro tono de malestar.
—Incluso en el caso de que los robos sean eso, solo robos, cualquier detalle es relevante.
—Me duele la cabeza, y también los dientes. Me gustaría ver a un médico de verdad.
—Bueno, parece evidente que no está dispuesta a colaborar —se dio por vencida la inspectora.
—También resulta evidente que su presencia en esta habitación está de más. No tengo por qué soportar sus insinuaciones —le replicó Julia.
—De acuerdo, Julia, me marcho. Pero antes de hacerlo quiero que tenga presente que lo único que me interesa de usted es su vida, su bienestar, por eso no quiero que olvide que más del setenta por ciento de las mujeres que son asesinadas por sus parejas no habían interpuesto denuncia alguna. Las razones son múltiples. Desde la falta de autoestima al miedo visceral que las atenaza; miedo al maltratador, a los demás, al qué dirán, a quedarse sin medios para sobrevivir. No se dan cuenta de que el miedo es el primer golpe que atesta el asesino…
Julia se tomó unos segundos antes de responder:
—Le prometo que no volveré a ir sola al cine.
Ernesto Bocanegra hizo rodar su silla de ruedas hasta la cocina, donde Julia, de espaldas, preparaba café.
—Querida, una inspectora, de no sé qué departamento relacionado con los malos tratos a la mujer, acaba de llamarme para preguntarme cómo calificaría nuestra relación. Le he respondido que no me presto a encuestas, y le he colgado —dijo.
Julia se giró para que su marido viera el ojo tumefacto.
—Ya veo que no se trataba de una encuesta. ¿Y ese ojo a la funerala?
—Ayer volvieron a robarme, cuando regresaba del cine. A doscientos metros de aquí. Creo que eran los mismos tipos de la otra vez.
—De modo que esa mujer cree ahora que soy yo quien te inflige malos tratos, y por eso me ha llamado.
—Algo así. Quería arrancarme una confesión de malos tratos a la fuerza, sin anestesia.
—¿Y te maltrato? ¿Te pego? Tal vez lo haga cuando me emborracho. Quizá la bebida me convierte en un monstruo mientras dura su efecto en mi organismo —elucubró Ernesto.
—No, Ernesto, cuando bebes pierdes el sentido, pero ni siquiera te emborrachas. Tienes la rara habilidad de beber sin desvariar, hasta desplomarte.
—Lo peor de todo es que se trata de la única habilidad que conservo. Es lamentable. Debería sentir lástima de mí mismo.
—No seas tan duro contigo mismo. Cuando nos conocimos, las cosas ya eran así.
—Lo sé. Y eso es precisamente lo que más me mortifica. Que no haya sido capaz de modificar mi comportamiento ni un ápice. Aunque no te pongo la mano encima, me siento culpable por preferir la compañía de Baco antes que la tuya. Eres una mujer muy hermosa. Soy un completo imbécil.
—Sí, lo eres, pero cuando acepté tu propuesta ya sabía dónde me metía.
—Sin embargo, yo no era consciente de dónde te metía. Todo acto conlleva unas consecuencias. El problema es que a veces no son inmediatas. No me gusta despertarme y encontrarme que alguien te ha dado una paliza. Mi deber es protegerte, y está claro que te estoy fallando por culpa de mi enfermedad. Por desgracia, a estas alturas de mi vida, mi alcoholismo es enfermedad crónica, incurable, por lo que no puedo cambiar de hábitos.
—Di mejor que no quieres cambiar de hábitos.
—En efecto, no quiero. Ya no. Eso nos deja una sola opción. Que seas tú quien los modifique. No quiero interferir en tu vida, soy consciente de que dadas mis circunstancias no tengo ese derecho, pero me gustaría que dejaras de salir sola de noche, por el bien de ambos.
Si bien la exposición de Ernesto se antojaba razonable, adolecía de una falla: el pasado de Julia.
—¿Y con quién quieres que salga?
—Con quien quieras. Con unas amigas.
—¿Olvidas de dónde vengo? Las pocas amigas que tengo son prostitutas como yo, y es precisamente durante la noche cuando más trabajo tienen.
Ernesto Bocanegra pensó que Julia tenía razón, que tanto su pasado como el hecho de que él no estuviera disponible para ella, por así decir, limitaban su capacidad de acción. Cabía incluso que la mezcla de ambas cosas fuera el detonante de aquellas agresiones. Tenía que encontrar una solución creativa, antes de que la situación empeorara aún más.
—Está bien. Se me ocurre que le pidas a uno de mis hijos que te saque por ahí.
A tenor de la mala relación que mantenía con sus dos vástagos, la sugerencia entrañaba no pocos riesgos. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Hacía tiempo que vivía encerrado en sí mismo, sin relacionarse con nadie, por lo que no tenía a quien recurrir.
—Tenía entendido que tus hijos te odiaban —observó Julia.
—Y me odian. Abandoné a su madre, quien luego se quitó la vida. Siempre me han hecho responsable de aquello. Luego me he casado dos veces con mujeres mucho más jóvenes que yo… Digamos que piensan que, en aras de mi egoísmo, he sacrificado la relación para con ellos. ¿Tienen razón? Tal vez. Supongo que sí. Siendo sincero: la tienen. Pero es algo que nunca me ha creado problemas de conciencia. No puedo negar que si tuve hijos fue porque mi primera esposa quería tenerlos. Fue un regalo que le hice, un regalo para ella, por eso nunca entendí que se quitara la vida. Siempre he pensado que lo hizo para castigarme, para devolverme aquel regalo que eran nuestros hijos.
Julia dejó que aquellas confesiones se asentaran de nuevo como una capa de polvo sobre ese viejo mueble que era la conciencia de su marido. Luego, dijo:
—A mí también me gustaría tener un hijo.
—Ya sabes que eso es imposible.
—Para mí no hay nada imposible —se desmarcó Julia—. Sé ordeñar una vaca incluso dormida.
—¿Acaso no recuerdas que, según nuestro acuerdo original, solo tenías que dormir para mí? Ese era todo tu cometido.
—Pero todo cambió cuando al cabo de unos meses me pediste matrimonio. Fuiste tú quien quiso dar el siguiente paso porque creías que el matrimonio me daría seguridad en mí misma, aumentaría mi autoestima. Me haría sentir una mujer más completa. Y, en honor a la verdad, eso es lo que ha pasado. Tengo treinta y ocho años, ¿por qué no iba a querer ser madre? ¿Acaso piensas que las prostitutas, por el mero hecho de serlo, carecemos de instinto maternal? No, no me queda mucho tiempo para ser madre.
—No cambies el tema de conversación. Compré tu libertad para que dispusieras de ella como mejor creyeras, para que la gestionaras a tu conveniencia. Me casé contigo para darte una plataforma, seguridad y medios materiales a la hora de desenvolverte, pero nuestro matrimonio no me incluía a mí, al menos no al cien por cien, dada mis circunstancias personales. Por eso mismo me preocupa lo que está pasando, así que llama a los muchachos.
—Si tus hijos te odian, también me odiarán a mí.
—Con toda probabilidad. Pero el odio que sienten hacia mí es inversamente proporcional al amor que les provoca mi dinero. Si se acercan a ti creerán que se acercan a mí, a mi fortuna. De hecho, Beltrán, el mayor, ha hecho varias tentativas. Es un hombre astuto, por lo que es consciente del peligro que representas para él teniendo en cuenta lo cerca que está mi muerte.
—No seas melodramático.
—Toda vida es un melodrama, querida. Te aseguro que salir de paseo con Beltrán es tan peligroso como hacerlo en compañía de una boa constrictor. Más tarde o más temprano se enroscará sobre ti y apretará hasta asfixiarte.
—No pienso salir con una serpiente.
—Bueno, es una forma de hablar. Quiero decir que si sales con Beltrán, tratará de ganarte para su causa, que no es otra que acercarse a mi dinero.
—Así que quieres que llame al cabrón de tu hijo mayor para que me lleve al cine. ¿Y qué hay de tu hijo pequeño, de Pepe? ¿Es otra serpiente?
—No, Pepe tiene problemas con el alcohol y las drogas desde que se vio involucrado en un accidente de circulación en el que falleció la que era entonces su novia. Siempre ha echado de menos a su madre. Fue un niño vulnerable y ahora es un hombre frágil e indefenso.
—Comprendo.
—Llama al que quieras, pero no vuelvas a salir sola de noche, te lo ruego.
Sensu stricto, Ernesto Bocanegra no tenía las piernas paralizadas, si bien se quejaba de un fuerte dolor y de sufrir un permanente cosquilleo o adormecimiento cuando caminaba más de dos pasos. Sus extremidades inferiores, en definitiva, ya no podían sostener su pesado tronco y su metro y ochenta y tres centímetros de altura. Aquel dolor y cosquilleo no afectaban a la lucidez de su cabeza, por lo que, al menos cuando estaba sereno, era consciente de que su deterioro físico se debía precisamente a su abuso del alcohol. La araña de varices que adornaba su mejilla derecha era la señal más visible de aquel deterioro. El whisky le aligeraba el espíritu, lo elevaba fuera de su cuerpo, pero a cambio hacía que sus piernas resultaran cada vez más pesadas e inestables. A veces, al tratar de erguirse, el mundo comenzaba a tambalearse a su alrededor, como si se tratara de una superficie oscilante e inestable, por lo que cada día le costaba más trabajo abandonar aquella silla. En numerosas ocasiones había hecho propósito de enmienda, se había prometido dejar de beber, ponerse en manos de profesionales, pero al final nunca daba el paso, pues tenía el convencimiento de que el alcohol era el dique de contención de sus remordimientos. No eran los agravios de otros los que le habían convertido en alcohólico, sino los cometidos por él mismo. Había tomado parte en crímenes atroces, que solo su conciencia le reprochaba, de ahí que la ahogara en whisky. Era como tenerla sumergida en un baño de formol, dentro de un frasco de cristal.
Julia, por el contrario, le incitaba a la sobriedad, aunque solo fuera por un instante, por unos minutos, por unas horas. Si veía las cosas con perspectiva, la relación de Julia tenía algo de resarcimiento, habida cuenta el nulo caso que había hecho a sus propios hijos.
Ni los treinta y tres años que los separaban ni su profesión había supuesto un obstáculo para que firmaran una alianza que pronto devino en una relación sentimental poco convencional.
Acostumbrado a comprar con dinero todo lo que se le antojaba, no tardó en percatarse de que la adquisición del cuerpo de Julia Urdaneta no incluía su alma, donde radicaba precisamente su más preciado tesoro.
«Si todas las personas tienen un precio, también han de tenerlo sus almas», se dijo entonces.
Julia Urdaneta era una prostituta singular en el sentido más amplio de la palabra, tanto que ni siquiera tenía una concepción libertina del sexo, lo que le llevó a pensar si detrás de la elección de aquel oficio casquivano subyacía una mortificación autoimpuesta, una clase de castigo tras el cual se ocultaba un abismo interior, un modo de buscar la autodestrucción una vez perdida la fe en el género humano. Era como si se hubiera condenado a sí misma a una vida que detestaba, ya que no había redención posible. Eso no significaba que la joven se entregara al amante de turno con desgana; simplemente, se abría de piernas, pero jamás abría su corazón.
Durante los primeros encuentros, se refería a ella como «la puta prudente» o «la puta melancólica», hasta que con el paso de los días la incapacidad de la joven para plegarse a los sentimientos —a los de los clientes y a los suyos propios—, su evidente falta de comunicación afectiva hizo que aumentara su atractivo. Ya no era solo una cuestión de atracción física o de empatía. La contradicción entre lo exterior y lo interior, entre lo evidente y lo inmanente, era tan clara que creció su interés por aquel delicado ser. Sí, lo superfluo, lo grosero de su oficio era en ella una anomalía. La verdadera Julia estaba en otro lugar, en lo más profundo de su cuerpo manoseado.
El plan, por tanto, pasaba por adentrarse en su interior tal que un espeleólogo en una gruta, y encontrar ese lugar recóndito donde las sombras del alma se aplastan y proyectan. Veinte años antes el esfuerzo no hubiera merecido la pena, pero ahora las cosas eran diferentes. Se aproximaba a su fin, de ahí que tratara de aferrarse a un nuevo comienzo. Era una reacción habitual en el mundo de la literatura, que también conocía. Borges, Alberti, Saramago, Cela, Moravia, H. G. Welles, todos habían sucumbido siendo ancianos a los encantos de mujeres bastante más jóvenes. ¿No decían los chinos que un hombre tenía la edad de su esposa? Sin duda, se trataba de un adagio un tanto exagerado. En cambio, parecía aproximarse bastante más a la realidad una frase que le escuchó decir sobre este particular a un amigo suyo, millonario como él: «La cuestión de fondo es que todo lo bueno llega tarde. Al menos para nosotros, puesto que para ellas llega en el mejor momento, por eso aguantan nuestras babas».
Julia escrutó el ojo tumefacto delante del espejo del cuarto de baño. Habían pasado cinco días desde el incidente y la hinchazón del párpado había comenzado a disminuir. Por fortuna, la hemorragia no había afectado a la cámara anterior del ojo. Luego abrió el grifo, se humedeció la cara y examinó de nuevo la herida. Cuando terminó el reconocimiento, con el agua todavía cayendo sobre la vasija del lavabo, dio un paso atrás y se contempló a sí misma de cintura para arriba.
—Tienes que hacerlo, Julia —le dijo en voz alta a su reflejo —Por ti. Has de hacerlo por ti si quieres dejar de ser tú. El miedo no existe, Julia. No has llegado hasta aquí para tener miedo —añadió.
Repitió el mensaje hasta convertirlo en un mantra, mientras buscaba en el botiquín las píldoras de lorazepan con las que Ernesto conseguía que durmiera. Una a una, fue ingiriendo hasta diez pastillas seguidas, en intervalos de treinta o cuarenta segundos, con la ayuda de otros tantos tragos de agua. Incluso tuvo tiempo para pensar lo bien que sabía el agua de Madrid.
Finalizado el banquete de barbitúricos, cerró el grifo y volvió a decirle a la figura que se reflejaba en el espejo:
—Ahora esperas diez minutos, y luego arrastras todos los cacharros del baño para que te oigan. Por último, te desplomas. Te desplomas, Julia, te desplomas con estruendo, y que sea lo que Dios quiera.
Con la mirada de nuevo sobre el espejo, fue calculando el paso del tiempo contando los latidos de su corazón.
Seis meses más tardePrimavera-verano de 2016
–Beltrán, no lo hagas, acostarte con la esposa de tu padre es llevar las cosas demasiado lejos. Es una aberración —le dijo su conciencia.
Al editor Beltrán Bocanegra no dejaba de sorprenderle que el amor que sentía por Julia Urdaneta, la mujer que yacía desnuda a su lado, hubiera surgido del profundo odio que le profesaba a su padre. El hecho de que además fuera su madrastra le añadía un plus.
Si la función de la conciencia era que cada cual descubriera sus propias fallas, con el propósito de denunciarse o acusarse a sí mismo cuando el único testigo era uno mismo —según la cita de un célebre escritor y filósofo francés—, sus recomendaciones también podían ser ignoradas. Cada cual era libre, por tanto, de asumir las consecuencias de sus actos.
En lo que a él concernía, la conciencia era un estorbo.
—¡Cierra el pico! ¿Qué sabrás tú del verdadero amor? —le reprochó a la voz que acababa hablarle desde su interior.
Claro que tampoco él sabía mucho sobre el amor verdadero, ese que se daba a cambio de nada. Del carnal, en cambio, se consideraba un experto. De hecho, en su opinión, el enamorado era quien menos sabía del amor, cuyo fin último era preservar la especie, la procreación, por encima de sentimentalismos. Siendo el amor ciego, nada se le podía reprochar a quien portara su venda en todo momento, como era su caso.
Su padre se había casado en terceras nupcias con una prostituta treinta y tres años más joven, un amor a todas luces vergonzante y mercenario. En última instancia —al menos en su opinión—, lo que su progenitor perseguía con ese matrimonio era culminar una serie de afrentas que se habían repetido a lo largo de los últimos treinta años, desde que Pepe, su hermano pequeño, y él eran niños.
—Cuando un tipo que ya ha cumplido los setenta se casa con una prostituta treinta y tres años menor, merece todo lo malo que le pase. Además, ha sido él quien me la ha servido en bandeja. Ni siquiera he tenido que mover un dedo. ¿Por qué lo ha hecho, te lo has preguntado? —se dijo a sí mismo —Si haces algo así, si te casas con una puta y le dices a tu hijo que se ocupe de ella, ¿qué es lo que puede pasar? ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Quedarme cruzado de brazos? Si lo hubiera hecho no sería digno hijo del grandísimo hijo de puta que es el viejo —prosiguió.
La primera idea que pasó por la cabeza de Beltrán cuando conoció a Julia Urdaneta, su segunda madrastra, fue la de embarazarla, con el propósito de controlar la parte de la herencia de su padre que le correspondiera al vástago que naciera de aquella relación. Era una idea enrevesada, folletinesca, aunque no carente de practicismo. Su padre no había tenido hijos con su segunda esposa, pero Julia era un caso completamente distinto. Huérfana y emigrada desde Uruguay, hablaba a menudo de lo mucho que le gustaría formar una familia cuanto antes, dado que ya había rebasado los treinta y ocho. Por fortuna, su padre, cumplidos ya los setenta y uno, llevaba veinte años practicando un tenaz alcoholismo, por lo que era raro que pudiera mantenerse en pie más allá de las diez o diez y media de la noche. De hecho, lo de mantenerse en pie era una manera de hablar, ya que llevaba más de un año atado a una silla de ruedas por tener problemas de movilidad en las piernas. La respuesta a la pregunta de por qué una mujer joven y hermosa como Julia Urdaneta se había casado con su padre podía resumirse en una palabra: dinero.
Durante los treinta años que había durado la sobriedad de su padre, este había amasado una gran fortuna, un importante patrimonio inmobiliario urbano y rústico valorado en más de cien millones de euros.
A la fortuna de su progenitor había que sumar la herencia recibida de su abuelo, el famoso aviador Carlos Bocanegra —azote de las Brigadas Internacionales, sobre cuyas cabezas había arrojado unas cuantas toneladas de bombas—, cuya joya de la corona era la finca familiar de Albacete, con una extensión que sobrepasaba las diez mil hectáreas, y cuyo solar albergaba un negocio agropecuario que daba trabajo a más de ochenta empleados y generaba varios millones de euros anuales de beneficio.
En su fuero interno, consideraba que solo Pepe y él tenían derecho a heredar dicha fortuna, en tanto que hijos de la única mujer con la que su padre se había casado por la Iglesia y a la que, a todas luces, había vejado y humillado con su comportamiento, hasta dejarla a las puertas de una depresión que la condujo al suicidio. Los vástagos que pudieran nacer de otros matrimonios, de otras mujeres, en consecuencia, serían ilegítimos, al menos para él. Claro que la legislación vigente no compartía su visión de las cosas. Pese a que su padre y Julia se habían casado bajo el régimen económico de separación de bienes y firmado un preacuerdo matrimonial, el nacimiento de un descendiente lo cambiaba todo desde el punto de vista testamentario. De ahí la conveniencia de convertirse en padre de los hijos de su padre, si se podía decir así. En ese caso, los hijos de su padre, en tanto que hijos suyos, no serían herederos de aquel, sino de él. De esa forma se haría con el control de casi todo.
El problema surgió cuando creyó reconocer en Julia a uno de los personajes femeninos de El gatopardo, su novela favorita.
Julia Urdaneta semejaba una de esas jóvenes mediterráneas que con tanto tino describía Guiseppe Tomasi di Lampedusa en su obra: piel atezada y cabellera de color azabache, ojos grises —enmarcados por unas bellas cejas con forma de perfectos arcos de medio punto—, y una expresión severa que brotaba de unas facciones suaves. Tenía un cuerpo bien modelado y esbelto, que superaba el metro y setenta centímetros, y se movía con soltura y elasticidad, pero sin demasiados contoneos, con cierta contención aprendida. A su juicio, su aspecto era comparable al de un hermoso felino apaciguado. Una auténtica «gatopardesa».
Él también tenía fama de ser un hombre bien parecido. Él también podía considerarse un gatopardo de pura cepa. A sus casi treinta y seis años mantenía un cuerpo atlético y proporcionado. Su metro y ochenta y siete centímetros, sus ojos azules —locuaces y expresivos a decir de todo el mundo—, así como la fortaleza de su cabello oscuro y ensortijado, hacían el resto.
De modo que al principio se acercó a su joven madrastra con el fin de mantener con ella sexo por despecho. Julia le atraía físicamente, sin duda, pero al mismo tiempo se sentía en la obligación de odiarla.
Sin embargo, en mitad del trayecto, en alguna estación intermedia e inopinada, sin saber cuándo ni cómo, descubrió que se había enamorado de su madrastra, perdidamente, tanto que cada vez que la estrechaba entre sus brazos, el mundo se convertía en un salón de baile, y le invadía la sensación de que la vida transcurriría para ellos por un camino tan liso como el suelo del lujoso salón por el que se dejaban llevar. Vana ilusión que se hacía añicos con la llegada del alba, con cada nueva separación. Como decía su admirado príncipe de Salina, «solo tenemos derecho a odiar aquello que es eterno». Pero nadie odiaba la eternidad en sí misma, sino las cosas que se disfrazaban de ella: la religión, la muerte, la nada, el tedio, la monotonía, y cosas parecidas.
