Los Salmos - Equipo SAN PABLO - E-Book

Los Salmos E-Book

Equipo San Pablo

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Beschreibung

Elegante edición en piel de Los Salmos, con canto dorado, cinta de registro y cubierta de agradable tacto, en imitación piel con solapa de cierre imantada. Gracias a su formato pequeño y flexible y al papel biblia, el lector podrá tener siempre a mano los salmos, auténticas oraciones para el alma, así como los cánticos bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Incluye también la distribución semanal de los salmos y cánticos para la Liturgia de las Horas y una clasificación temática de los salmos.

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Presentación

Cánticos

Distribución semanal de Salmos y Cánticos

Clasificación de los Salmos

Las traducción de los Salmos ha sido tomada de la obra:

J. BORTOLINI, Conocer y rezar los Salmos, San Pablo, Madrid 20023.

© SAN PABLO 2019 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6118-5

Depósito legal: M. 29.955-2019

Impreso en China. Printed in China

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

«Cantad a Dios salmos, himnos

y canciones religiosas».

(Col 3,16)

Presentación

¿Cuándo nacieron los Salmos?

Esta es una pregunta a la que no podemos contestar con una fecha fija; sí podemos decir que antes de que fueran escritos los Salmos, fueron vividos. Se hallan marcados por las coordenadas de la existencia humana. A quien componía un Salmo no le importaba que fuera escrito, lo que pretendía era expresar ante Dios y ante los demás sus sentimientos de dolor, alegría, confianza, alabanza. Nacieron como oraciones espontáneas que causaron un impacto favorable en la vida de la gente y, por eso, permanecieron vivos con el correr de los tiempos. Quienes pasaban por situaciones semejantes o iguales hicieron propias estas oraciones y así se fueron transmitiendo de generación en generación, hasta que en un determinado momento, difícil de precisar, fueron escritos.

Lo más apropiado que puede decirse de los Salmos es que son una antología de poemas religiosos para nutrir la piedad popular judía. Reflejan el alma judía que ha pasado por tantos avatares históricos y cuyo impacto se ha convertido en oración ante Dios. Por tanto, fue el pueblo en sus luchas, en sus alegrías, en sus esperanzas, en sus certezas y sufrimientos, el autor de los Salmos. Ese pueblo que sintió como su único aliado a Dios en la lucha por la vida y la justicia. Los Salmos, podemos afirmar, son como la síntesis del Antiguo Testamento.

¿Por qué rezamos los Salmos?

Nosotros no sabíamos cómo alabar a Dios y Él mismo se encargó de inspirar cómo quería ser alabado. Según la Dei Verbum, «lo que ha sido revelado divinamente y que está contenido y expuesto en la Sagrada Escritura, ha sido consignado bajo la inspiración del Espíritu Santo» (11). En los Salmos encontramos transformada en oración la vida de un pueblo, por eso son una oración tan universal como el Padrenuestro. Proceden del pueblo de Israel, al que Dios se ha revelado de un modo tan extraordinario.

Cuando rezamos los Salmos, debemos sentirnos unidos a esa muchedumbre de hombres y mujeres creyentes que han rezado y siguen rezando las alabanzas del Señor, sabiendo que al rezarlos usamos las mismas palabras de Dios. Cuanto más usemos en nuestra oración los Salmos, tanto más nos daremos cuenta de cómo los autores han sabido expresar las circunstancias más complicadas de la vida y derramar su espíritu ante Dios, sirviéndonos de ejemplo para hacer lo mismo en nuestras situaciones de cada día. Los Salmos son un medio privilegiado para buscar a Dios y encontrarlo y para conversar con Él en lo más profundo de nuestro ser. Podemos afirmar que no existe ninguna situación en la vida para la que no haya en los Salmos una oración adecuada y oportuna.

Los Salmos y la Iglesia

La Liturgia de la Iglesia acude sin cesar a los Salmos, tanto en la celebración de la Eucaristía como en la Liturgia de las Horas, aunque a veces se hace poco caso al Salmo responsorial que sigue a la primera lectura de la Eucaristía o en ocasiones se omite o se sustituye por un canto.

«El Oficio divino es la voz de la Iglesia, o sea, de todo el cuerpo místico que alaba públicamente a Dios», nos dice la Sacrosanctum concilium (99). Por su parte, el Catecismo de la Iglesia católica afirma: «La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el pueblo de Dios. En ella, Cristo mismo “sigue ejerciendo su función sacerdotal a través de la Iglesia” (SC 83); cada uno participa en ella según su lugar propio en la Iglesia» (1175).

El Salterio es el libro por excelencia de la oración eclesial. Para san Agustín los Salmos son su gozo y afirmaba rotundamente: «En los Salmos podemos escuchar más la voz del Espíritu de Dios que la nuestra, porque no podríamos pronunciar esas palabras si Él no nos las hubiera inspirado». San Ambrosio dirá: «Son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría; ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de concordia, son como la cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y dispares. Con los Salmos celebramos el nacimiento del día, y con los Salmos cantamos al ocaso...» (Comentario sobre los Salmos, Salmo 1,9-12).

San Juan Pablo II, en la carta apostólica Novo millennio ineunte (32), expresó su deseo de que la Iglesia se distinga cada vez más en el «arte de la oración». Este compromiso se debe vivir sobre todo en la liturgia, fuente y cumbre de la vida eclesial, y es importante prestar mayor atención pastoral a la promoción de la Liturgia de las Horas, acogiendo con renovado afecto los Salmos y los Cánticos que la estructuran como oración de todo el pueblo de Dios.

El papa Francisco, al comentar el Salmo 103 en la Homilía del 6 de febrero de 2017 en Santa Marta, afirmó: «Esta es la oración de alabanza, la oración de alegría, la oración que nos da la alegría de la vida cristiana. No esa oración cerrada, triste, de la persona que nunca sabe recibir un don porque tiene miedo de la libertad que siempre lleva consigo un don».

Como creyentes, todos, laicos y religiosos, estamos invitados a alimentar nuestra vida espiritual con los Salmos. Y nuestra intención como editores es ponerlos a disposición de todos para que la alegría, la alabanza, la petición de paz, de consuelo o de perdón fortalezcan nuestra fe y nos acerquen más a nuestro Padre Dios.

EL EDITOR

Salmo 1

1 Dichoso el hombre

que no acude al consejo de los injustos,

ni anda por el camino de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los cínicos.

2 Sino que su gozo

está en la ley del Señor,

y medita su ley día y noche.

3 Es como un árbol

plantado al borde de la acequia,

que da fruto a su tiempo,

y sus hojas nunca se marchitan.

Todo lo que hace tiene buen fin.

4 ¡No así los injustos! ¡No así!

Al contrario:

son como paja que arrebata el viento...

5 Por eso los injustos no se levantarán

en el Juicio, ni los pecadores

en la asamblea de los justos.

6 Porque el Señor conoce el camino

de los justos,

mientras que el camino

de los injustos acaba mal.

Salmo 2

1 ¿Por qué se amotinan las naciones,

y los pueblos planean un fracaso?

2 Se rebelan los reyes de la tierra,

y, unidos, los príncipes conspiran

contra el Señor y contra su Mesías:

3 «Rompamos sus cadenas,

sacudamos su yugo».

4 El que habita en el cielo sonríe,

el Señor se burla de ellos.

5 Luego les habla enfurecido,

los confunde con su cólera:

6 «Yo ya he entronizado a mi rey

en Sion, mi monte santo».

7 ¡Voy a proclamar el decreto del Señor!

Él me ha dicho: «Tú eres mi hijo,

yo te he engendrado hoy.

8 Pídemelo y te daré en herencia

las naciones,

en propiedad los confines de la tierra.

9 Los gobernarás con cetro de hierro,

los quebrarás como vasos de alfarero».

10 ¡Y ahora, reyes, sed sensatos!

Dejaos corregir, jueces de la tierra.

11 Servid al Señor con temor,

12 rendidle homenaje temblando,

para que no se irrite,

y perezcáis en el camino,

pues su cólera se inflama en un instante.

¡Dichosos los que en él buscan refugio!

Salmo 3

1Salmo. De David.

Cuando huía de su hijo Absalón.

2 ¡Señor, cuántos son mis opresores,

cuántos los que se levantan contra mí!

3 ¡Cuántos los que dicen de mí:

«Dios nunca va a salvarlo»!

4 Pero tú, Señor,

eres el escudo que me protege,

tú eres mi gloria,

tú mantienes alta mi cabeza.

5 A voz en grito clamo al Señor,

y él me responde desde su monte santo.

6 Puedo acostarme y dormir y despertar,

pues el Señor me sostiene.

7 No temo al pueblo innumerable

que acampa a mi alrededor.

8 ¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío!

Tú golpeas a todos mis enemigos

en la mejilla,

y rompes los dientes de los malhechores.

9 De ti, Señor, viene la salvación

y la bendición sobre tu pueblo.

Salmo 4

1Del Maestro de coro.

Para instrumentos de cuerda.

Salmo. De David.

2 ¡Respóndeme cuando te invoco,

Dios, defensor mío!

En la angustia tú me aliviaste,

¡ten piedad de mí y escucha mi oración!

3 Vosotros, hombres,

¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,

amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?

4 Sabed que el Señor

hace maravillas por su fiel:

el Señor me escucha cuando lo invoco.

5 Temblad y no pequéis.

Reflexionad en el silencio

de vuestro lecho.

6 Ofreced sacrificios legítimos

y tened confianza en el Señor.

7 Muchos dicen:

«¿Quién nos hará ver la dicha?».

¡Levanta sobre nosotros, Señor,

la luz de tu rostro!

8 Has puesto en mi corazón más alegría

que cuando ellos cosechan trigo y vino

en abundancia.

9 En paz me acuesto y enseguida

me duermo, porque tú solo, Señor,

me haces vivir tranquilo.

Salmo 5

1Del Maestro de coro. Para flautas.

Salmo. De David.

2 Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos.

3 Haz caso de mis gritos de socorro,

Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor.

4 Por la mañana escuchas mi voz;

por la mañana te expongo mi causa,

y me quedo esperando...

5 Tú no eres un Dios que ame la injusticia,

ni el malvado es tu huésped.

6 ¡No, los arrogantes no se mantienen

en tu presencia!

Detestas a los malhechores

7 y destruyes a los mentirosos.

El Señor aborrece al hombre

sanguinario y traicionero.

8 Pero yo, por tu gran bondad,

entro en tu casa,

me postro hacia tu templo

con toda reverencia.

9 Guíame, Señor, con tu justicia,

por mis enemigos, que me acechan.

Endereza ante mí tu camino.

10 En su boca no hay sinceridad,

su corazón está lleno de maquinaciones.

Su garganta es un sepulcro abierto

mientras halagan con su lengua.

11 Castígalos, oh Dios.

Que sus planes fracasen.

Expúlsalos por sus numerosos crímenes,

porque se rebelan contra ti.

12 Que se alegren los que se refugian en ti,

que se regocijen para siempre.

Tú los proteges, y se llenan de gozo

los que aman tu nombre.

13 Porque tú, Señor, bendices al justo,

como un escudo lo protege tu favor.

Salmo 6

1Del Maestro de coro.

Para instrumentos de cuerda.

Sobre la octava. Salmo. De David.

2 ¡Señor, no me reprendas con tu ira,

no me corrijas con tu cólera!

3 Misericordia, Señor, que desfallezco.

Cúrame, Señor,

que se dislocan mis huesos.

4 Todo mi ser se estremece...

Y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

5 ¡Vuélvete, Señor, libérame!

¡Sálvame, por tu misericordia!

6 Pues en la muerte nadie se acuerda de ti:

¿Quién te va a alabar en el abismo?

7 Estoy agotado de tanto gemir,

de noche lloro sobre el lecho,

riego mi cama con lágrimas.

8 Mis ojos se consumen de dolor,

envejecen por tantas contradicciones.

9 ¡Apartaos de mí todos los malhechores,

porque el Señor ha escuchado

mis sollozos!

10 El Señor ha escuchado mi súplica.

El Señor ha aceptado mi oración.

11 ¡Que se avergüencen

todos mis enemigos,

que huyan al instante

llenos de vergüenza!

Salmo 7

1Lamentación que cantó David al Señor

a propósito de Cus, el benjaminita.

2 Señor, Dios mío, me acojo a ti.

¡Líbrame de mis perseguidores!

¡Sálvame!

3 ¡Que no me atrapen como un león,

y me desgarren,

sin que haya quien me libre!

4 Señor, Dios mío, si he hecho algo...

si he cometido injusticia,

5 si he devuelto a un amigo mal por bien,

si he liberado sin razón al que me oprimía,

6 que el enemigo me persiga y me alcance.

Que me pisotee vivo por tierra

apretando mi vientre contra el polvo.

7 ¡Levántate, Señor, con tu ira!

¡Álzate contra el abuso de mis opresores!

¡Despierta, Dios mío!

¡Convoca un juicio!

8 Que te rodee la asamblea de las naciones;

pon tu asiento en lo más alto de ella.

9 –El Señor es el juez de los pueblos–.

Júzgame, Señor, según mi justicia,

conforme a la inocencia que hay en mí.

10 Pon fin a la maldad de los injustos

y apoya tú al inocente,

pues tú sondeas el corazón y las entrañas,

tú, el Dios justo.

11 Dios es quien me protege,

él, quien salva a los rectos de corazón.

12 Dios es un juez justo.

Dios amenaza cada día.

13 Si no se convierten, afila su espada,

tensa el arco y apunta;

14 prepara sus armas mortíferas,

apunta sus flechas incendiarias.

15 Mirad: el injusto

ha concebido el crimen,

está preñado de ambición

y da a luz el engaño.

16 Cava y ahonda una fosa,

y acaba cayendo en el hoyo

que ha excavado.

17 Su maldad se vuelve contra él,

recae su violencia sobre su cabeza.

18 Yo daré gracias al Señor por su justicia,

cantaré el nombre del Señor Altísimo.

Salmo 8

1Del Maestro de coro. Sobre el arpa de Gat.

Salmo. De David.

2 ¡Señor, Dios nuestro,

qué admirable es tu nombre

en toda la tierra!

Exaltaste tu majestad sobre los cielos.

3 De la boca de los niños de pecho

has sacado una alabanza

contra tus adversarios,

para reprimir al enemigo y al vengador.

4 Cuando contemplo el cielo,

obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado...

5 ¿Qué es el hombre,

para que te acuerdes de él?

¿El ser humano, para que lo visites?

6 Lo hiciste poco inferior a un dios,

y lo coronaste de gloria y esplendor.

7 Lo hiciste reinar

sobre la obra de tus manos,

lo pusiste todo bajo sus pies:

8 ovejas y bueyes, todos ellos,

y hasta las fieras del campo;

9 las aves del cielo y los peces del mar,

que surcan las sendas de los mares.

10 ¡Señor, Dios nuestro,

qué admirable es tu nombre

en toda la tierra!

Salmo 9

1Del Maestro de coro.

Para oboe y arpa.

Salmo. De David.

2 Te doy gracias, Señor, de todo corazón

proclamando todas tus maravillas.

3 Me alegro y exulto contigo,

y toco en honor de tu nombre,

oh Altísimo.

4 Mis enemigos retroceden,

tropiezan y huyen de tu presencia.

5 Porque has defendido mi causa

y mi derecho:

te has sentado en tu trono de juez justo.

6 Amenazaste a las naciones,

destruiste al malvado,

borraste para siempre su apellido.

7 El enemigo acabó en ruinas para siempre,

arrasaste sus ciudades

y se extinguió su recuerdo.

8 Mira que Dios está sentado para siempre,

ha colocado su trono para el juicio.

9 Juzga el mundo con justicia

y gobierna los pueblos con rectitud.

10 Que el Señor sea el refugio del oprimido,

su fortaleza en tiempos de angustia.

11 En ti confían los que conocen

tu nombre, porque no abandonas

a los que te buscan, Señor.

12 Tocad en honor del Señor,

que habita en Sion,

contad sus hazañas entre los pueblos:

13 Él venga la sangre derramada, recuerda

y no olvida nunca el clamor de los pobres.

14 ¡Piedad, Señor! ¡Mira mi aflicción!

¡Levántame de las puertas de la muerte,

15 para que pueda proclamar tus alabanzas

y exulte con tu salvación

junto a las puertas de Sion!

16 Los pueblos han caído

en la fosa que cavaron,

su pie ha quedado prendido

en la red que escondieron.

17 El Señor apareció para hacer justicia,

quedó atrapado el malvado

en sus propias maniobras.

18 Vuelvan al sepulcro los malvados,

todos los pueblos que olvidan a Dios.

19 Pues el pobre no será olvidado

para siempre, ni la esperanza

del indigente quedará frustrada.

20 ¡Levántate, Señor!

¡Que no triunfen los mortales!

¡Sean juzgados los pueblos

en tu presencia!

21 ¡Infúndeles terror, Señor:

y aprendan los pueblos que no son

más que hombres mortales!

Salmo 10 (9B)

1 ¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en tiempos de angustia?

2 La soberbia del malvado

persigue al infeliz.

¡Queden presos en las trampas

que han urdido!

3 El malvado se gloría

de su propia ambición,

el avaro maldice y desprecia al Señor.

4 El malvado es soberbio, nunca indaga.

–«Dios no existe»– es todo lo que piensa.

5 Cuanto emprende prospera

en todo momento,

tus sentencias quedan muy lejos

de su mente y desafía a todos sus rivales.

6 Y piensa: «¡No vacilaré!

Nunca caeré en la desgracia».

7 Su boca está llena de engaños y fraudes,

su lengua encubre

la maldad y la opresión.

8 Se aposta al acecho entre los juncos,

a escondidas mata al inocente.

9 Al acecho, bien oculto,

como el león en su guarida,

acecha para apresar al pobre:

lo atrapa enredándolo en sus redes.

10 Está a la espera, vigilando,

se agacha y se encoge,

y el indefenso cae en sus garras.

11 Y piensa: «¡Dios lo olvida,

y cubre su rostro para no ver nada!».

12 ¡Levántate, Señor! ¡Alza tu mano!

¡No te olvides de los pobres!

13 ¿Por qué el malvado

ha de despreciar a Dios

pensando que no le pedirá cuentas?

14 Pero tú ves las fatigas y sufrimientos,

y miras para tomarlos en tu mano:

a ti se encomienda el indefenso,

tú socorres al huérfano.

15 Rómpele el brazo al injusto y al malvado,

busca entonces su maldad:

¡ya no la encuentras!

16 El Señor reinará eternamente,

por siempre.

Los gentiles desaparecerán de su tierra.

17 Señor, tú escuchas

los deseos de los pobres,

les prestas oído y fortaleces su corazón,

18 haciendo justicia al huérfano

y al oprimido, para que el hombre,

hecho de tierra,

ya no vuelva a infundir terror.

Salmo 11 (10)

1Del Maestro de coro. De David.

Me refugio en el Señor.

¿Por qué me decís:

«Escapa como un pájaro al monte»,

2 porque los malvados tensan el arco,

ajustando la flecha a la cuerda,

para disparar escondidos

contra los rectos de corazón?

3 Cuando fallan los cimientos,

¿qué puede hacer el justo?

4 Pero el Señor está en su templo santo,

el Señor tiene su trono en el cielo.

Sus ojos contemplan el mundo,

sus pupilas examinan a los hombres.

5 El Señor examina al justo y al malvado,

y al que ama la violencia él lo odia.

6 Hará llover sobre los malvados

brasas y azufre, y un violento huracán.

Es la herencia que les corresponde.

7 Porque el Señor es justo

y ama la justicia,

y los rectos de corazón

contemplarán su rostro.

Salmo 12 (11)

1Del Maestro de coro.

Para instrumentos de ocho cuerdas.

Salmo. De David.

2 ¡Sálvanos, Señor,

que se acaban los buenos!

Desaparece la fidelidad

entre los hombres:

3 cada uno le miente a su prójimo

con labios embusteros

y doblez de corazón.

4 Que el Señor corte de un tajo

los labios embusteros

y la lengua arrogante

5 de los que dicen:

«Nuestra fuerza está en la lengua,

nuestras armas son nuestros labios.

¿Quién podrá dominarnos?».

6 El Señor responde:

«¡Ahora me levanto yo

para defender a los pobres oprimidos

y a los necesitados que gimen.

Voy a salvar a quien lo ansía!».

7 Las palabras del Señor

son palabras sinceras,

plata pura, sin impureza alguna,

siete veces refinada.

8 Tú, Señor, nos guardarás,

nos librarás para siempre de esa gente.

9 Por todas partes merodean los malvados,

mientras la corrupción se exalta

entre los hombres.

Salmo 13 (12)

1Del Maestro de coro. Salmo. De David.

2 ¿Hasta cuándo, Señor,

seguirás olvidándome?

¿Para siempre?

¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro?

3 ¿Hasta cuándo tendrá que sufrir mi alma

y estará mi corazón triste noche y día?

¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?

4 ¡Atiéndeme, Señor, mi Dios!

¡Respóndeme!

Ilumina mis ojos

para que no me duerma en la muerte.

5 Que no diga mi enemigo:

«¡Le he vencido!», y mis opresores

no se alegren de mi fracaso.

6 ¡Pues yo confío en tu misericordia!,

mi corazón se alegra con tu salvación,

y cantaré al Señor por el bien

que me ha hecho.

Salmo 14 (13)

1Del Maestro de coro. De David.

Dice el necio en su corazón:

«Dios no existe».

Todos se han corrompido

cometiendo abominaciones:

no hay quien obre el bien.

2 El Señor se inclina desde el cielo

sobre los hijos de Adán,

para ver si queda alguno sensato,

alguien que busque a Dios.

3 Todos andan extraviados

y obstinados por igual:

no hay uno que obre bien,

ni uno solo.

4 ¿No van a aprender los malhechores?

Devoran a mi pueblo

como si comieran pan,

y no invocan al Señor.

5 Pero a su hora temblarán de espanto,

porque Dios está con los justos.

6 Podéis burlaros de los planes del pobre,

pero su refugio es el Señor.

7 ¡Ojalá venga desde Sion

la salvación de Israel!

Cuando el Señor

cambie la suerte de su pueblo

exultará Jacob y se alegrará Israel.

Salmo 15 (14)

1Salmo. De David.

¿Quién puede, Señor,

hospedarse en tu tienda

y habitar en tu monte santo?

2 El que obra con integridad

y practica la justicia;

el que dice con sinceridad lo que piensa

3 y no calumnia con su lengua;

el que no hace mal a su prójimo

y no difama a su vecino;

4 el que desprecia al malvado

y honra a los que temen al Señor;

el que mantiene lo que juró

aun en daño propio;

5 el que no presta dinero con intereses,

ni acepta soborno contra el inocente.

¡El que así obra nunca se tambaleará!

Salmo 16 (15)

1A media voz. De David.

Protégeme, Dios mío,

pues me refugio en ti.

2 Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».

3 Los dioses y señores de la tierra

no me satisfacen.

4 Multiplican las estatuas

de dioses extraños.

Nunca derramaré sus libaciones

con mis manos,

ni tomaré sus nombres en mis labios.

5 El Señor es mi parte de la herencia

y mi copa,

mi suerte está en sus manos.

6 Me ha tocado un lote delicioso;

sí, mi heredad es la más bella.

7 Bendigo al Señor que me aconseja,

hasta de noche me instruye

interiormente.

8 Tengo siempre al Señor

en mi presencia.

Con él a mi derecha jamás vacilaré.

9 Por eso se me alegra el corazón,

exultan mis entrañas,

y mi carne reposa serena;

10 porque no me entregarás a la muerte,

ni dejarás a tu fiel

que conozca el sepulcro.

11 Me enseñarás el camino de la vida,

lleno de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha.

Salmo 17 (16)

1Oración. De David.

Escucha, Señor, mi apelación,

atiende a mis clamores;

presta oído a mi súplica,

que no proviene de labios mentirosos.

2 Emane de tu rostro mi sentencia,

vean tus ojos dónde está la rectitud.

3 Aunque sondees mi corazón

y lo examines de noche;

aunque me pruebes al fuego,

no encontrarás en mí malicia alguna.

Mi boca no ha faltado

4 como suelen los hombres.

Conforme a la palabra de tus labios,

he respetado los caminos prescritos:

5 mis pies no han vacilado,

mis pasos se han mantenido

en tus huellas.

6 ¡Yo te invoco porque tú me respondes,

Dios mío!

Inclina hacia mí tu oído,

escucha mis palabras,

7 muestra las maravillas de tu amor,

tú, que salvas de los agresores

a quien se refugia a tu derecha.

8 Guárdame como a las niñas de tus ojos,

a la sombra de tus alas escóndeme

9 lejos de los injustos que me oprimen,

de los enemigos mortales que me cercan.

10 Cierran su corazón con grasa

y hablan con boca arrogante,

11 ya me rodean sus pasos,

clavan en mí sus ojos

para arrojarme por tierra.

12 Parecen un león, ávido de presa,

un cachorro de león

agazapado en su guarida.

13 ¡Levántate, Señor! ¡Hazles frente!

¡Derríbalos!

Que tu espada me libre del malvado,

14 y tu mano, Señor,

los expulse de la humanidad,

fuera de la humanidad y del mundo:

¡Sea esa su herencia en esta vida!

Llénales el vientre con tu despensa:

que se sacien sus hijos

y dejen las sobras para sus pequeños.

15 Pero yo, con justicia, veré tu rostro;

al despertar me saciaré con tu semblante.

Salmo 18 (17)

1Del maestro de coro.

De David, siervo de Dios.

Él dirigió al Señor

las palabras de este cántico,

cuando el Señor lo liberó

de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.

2Y dijo:

¡Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza!

3 ¡Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador;

Dios mío, peña mía,

refugio mío, escudo mío,

mi fuerza salvadora, mi baluarte!

4 ¡Alabado sea Dios! ¡Invoqué al Señor

y me salvó de mis enemigos!

5 Me envolvían olas mortales,

torrentes destructores me aterraban,

6 me cercaban los lazos de la muerte,

se abrían ante mí trampas mortales.

7 En mi angustia invoqué al Señor,

dirigí a Dios mis gritos.

Desde su templo él escuchó mi voz

y mi grito llegó a sus oídos.

8 Entonces se estremeció y tembló la tierra,

vacilaron los cimientos de los montes,

sacudidos por su cólera.

9 De sus narices se alzó una humareda,

y de su boca un fuego voraz:

de ellas salían carbones encendidos.

10 Inclinó el cielo y bajó,

con nubes oscuras bajo sus pies;

11 montó un querubín y emprendió el vuelo,

planeando sobre las alas del viento.

12 De las tinieblas hizo su manto,

aguas oscuras y espesos nubarrones

lo rodeaban como una tienda.

13 Al fulgor de su presencia,

las nubes se deshicieron

en granizo y centellas.

14 El Señor tronó desde el cielo,

el Altísimo hizo oír su voz;

15 disparó sus flechas y los dispersó,

y los expulsó lanzando sus rayos.

16 Apareció el fondo de los mares,

y se vieron los cimientos del orbe,

a causa, Señor, de tu estruendo

y del viento que resoplaban tus narices.

17 Desde lo alto alargó la mano y me agarró,

me sacó de las aguas caudalosas.

18 Me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

19 Me asaltaron en el día de mi derrota,

pero el Señor fue mi apoyo.

20 Me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

21 El Señor me pagó según mi justicia,

me retribuyó conforme a la pureza

de mis manos,

22 porque he seguido los caminos del Señor

y no me he rebelado contra mi Dios.

23 Tengo presentes todos

sus mandamientos,

nunca me he apartado de sus preceptos;

24 para con él he sido irreprochable

y me he guardado de la injusticia.

25 El Señor retribuyó mi justicia,

la pureza de mis manos en su presencia.

26 Con el fiel tú eres fiel,

con el íntegro tú eres íntegro,

27 con el sincero eres sincero,

pero con el perverso tú eres astuto.

28 Tú salvas al pueblo humilde

y humillas los ojos altaneros.

29 Señor, tú eres mi lámpara,

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

30 Pues contigo corro a la lucha,

con mi Dios asalto la muralla.

31 El camino de Dios es perfecto

la palabra del Señor se cumple siempre,

él es escudo para los que a él se acogen.

32 ¿Quién es Dios fuera del Señor?

¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?

33 El Dios que me ciñe de poder

y hace perfecto mi camino,

34 que asemeja mis pies a los del ciervo

y me mantiene firme en las alturas.

35 Adiestra mis manos para la guerra,

y mis brazos para tensar arcos de bronce.

36 Tú me diste tu escudo salvador,

tu diestra me sostuvo,

y multiplicaste tus cuidados conmigo.

37 Ensanchaste el camino ante mis pasos,

y no flaquearon mis tobillos.

38 Perseguí hasta alcanzar a mis enemigos,

y no me volví hasta acabar con ellos.

39 Los derroté y no pudieron levantarse;

cayeron bajo mis pies.

40 Me ceñiste de fortaleza para el combate,

doblegaste ante mí a mis agresores.

41 Me mostraste la espalda de mis enemigos

y exterminé a mis adversarios.

42 Gritaban, pero nadie vino a socorrerlos.

Gritaban al Señor, pero no les respondía.

43 Los deshice como polvo

que arrebata el viento,

los aplasté como el barro del camino.

44 Me libraste de las contiendas

de mi pueblo,

me pusiste a la cabeza de naciones;

un pueblo desconocido se convirtió

en mi vasallo.

45 Los extranjeros se me sometían,

me prestaban oídos y me obedecían.

46 Los extranjeros palidecían,

y salían temblando de sus fortalezas.

47 ¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi roca!

Sea ensalzado mi Dios y Salvador,

48 el Dios que me concedió venganza

y me sometió los pueblos;

49 que me libró de enemigos furiosos,

me exaltó sobre mis agresores

y me salvó del hombre cruel.

50 Por eso, Señor,

te alabo entre las naciones

y toco en honor de tu nombre:

51 «Él da grandes victorias a su rey,

y tiene misericordia de su ungido,

de David y de su descendencia

por siempre».

Salmo 19 (18)

1Del maestro de coro. Salmo. De David.

2 El cielo proclama la gloria de Dios,

el firmamento pregona

la obra de sus manos.

3 El día al día le pasa el mensaje,

la noche a la noche se lo susurra.

4 Sin hablar y sin palabras,

sin que se escuche su voz,

5 a toda la tierra llega su eco,

hasta los límites del orbe su lenguaje.

Ahí le ha puesto una tienda al sol,

6 y sale como el esposo de su alcoba,

contento como un atleta

recorriendo su camino.

7 Sale por un lado del cielo,

y su recorrido llega al otro extremo,

nada escapa a su calor.

8 La ley del Señor es perfecta,

un descanso para el alma.

El testimonio del Señor es veraz,

instruye al ignorante.

9 Los preceptos del Señor son rectos,

alegría para el corazón.

El mandamiento del Señor

es transparente, es luz para los ojos.

10 El temor del Señor es puro

y eternamente estable.

Los decretos del Señor son verdaderos

e igualmente justos.

11 Son más preciosos que el oro,

más que el oro fino.

Más dulces que la miel

de un panal que destila.

12 Con ellos, también se instruye tu servidor,

y guardarlos es de gran provecho.

13 ¿Quién puede conocer

sus propios errores?

¡Perdóname las faltas ocultas!

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