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Edición de los Santos Evangelios basada en la traducción del padre Fuenterrabía. Edición corregida y actualizada pero estrictamente fiel al estilo original de esta pequeña gran obra que tan buena acogida ha tenido desde sus inicios. Un formato muy manejable con una cuidada legibilidad.
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Seitenzahl: 444
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Presentación
EVANGELIOS
Evangelio de Mateo
Evangelio de Marcos
Evangelio de Lucas
Evangelio de Juan
Mapa de Palestina en tiempos del Nuevo Testamento
Creditos
En 1959, la pequeña imprenta a partir de la cual nacería Editorial Verbo Divino dio a luz una sencilla edición de los Santos Evangelios traducidos por el padre Felipe de Fuenterrabía. Esta pequeña gran obra señaló el camino hacia el reconocido proyecto bíblico que hoy desarrolla Editorial Verbo Divino.
Es por ello que nos complace de modo especial presentar esta nueva edición de la traducción del padre Fuenterrabía, que tan buena acogida ha tenido desde sus inicios.
Esta es pues, sin duda, la presentación de una Buena Noticia.
NOMBRE —La palabra evangelio, que quiere decir «feliz mensaje» o «buena noticia», se emplea en los libros del Nuevo Testamento para indicar la buena nueva de la salud traída por Jesús al mundo. Esta salud consiste en la liberación del pecado y en la infusión de la gracia santificante, que hace al hombre hijo de Dios y heredero del cielo. En el uso corriente y vulgar, con la palabra evangelio designamos los libros o escritos donde se contienen los hechos y dichos de Jesús, autor de esa salud.
CATEQUESIS APOSTÓLICA —La doctrina y los hechos de Jesús, antes de ser redactados por escrito, se conservaron oralmente, de palabra. Los apóstoles, a quienes incumbía la obligación de darlos a conocer a todo el mundo, eligieron y ordenaron los hechos más destacados, las doctrinas más fundamentales; luego los fueron enseñando verbalmente según el método de enseñar que estaba entonces en uso. Esto constituyó la catequesis apostólica.
EVANGELIO ORAL —Con el tiempo, esta catequesis tuvo que abarcar más verdades y más hechos de Jesús. Las iglesias o comunidades cristianas se iban extendiendo y multiplicando, los fieles iban progresando en su fe y pedían alimento espiritual más abundante a los apóstoles. Así se constituyó lo que se llama evangelio oral; es decir, conjunto de verdades cristianas que formaban la materia ordinaria de la predicación de los apóstoles.
EVANGELIO ESCRITO —Ya a los pocos años de la muerte de Jesús, muchos se propusieron redactar por escrito algunas de las verdades que se contenían en el evangelio oral. Así se originaron nuestros evangelios escritos. La Iglesia no aceptó más que cuatro libros o escritos como inspirados por Dios, y estos son los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
LA CUESTIÓN SINÓPTICA —Los tres primeros evangelios, los de Mateo, Marcos y Lucas, se llaman sinópticos. Quiere decir que, si se redactan en tres columnas paralelas, se advierten a simple vista o a una somera lectura sus coincidencias clarísimas en la materia, orden y forma de la narración, al mismo tiempo que sus diferencias, no menos evidentes y chocantes, en los mismos puntos. Es muy difícil dar la razón de estas coincidencias y discrepancias. Para explicar las coincidencias, los autores ponen en juego la existencia de la primera catequesis apostólica y la mutua dependencia entre los mismos sinópticos. Para explicar las discrepancias, se apoyan, más que nada, en la índole del autor, diversidad de lectores y documentos empleados por cada uno de los evangelistas. Pero debe decirse que no se ha llegado a una solución que satisfaga por completo a todos los autores.
AUTENTICIDAD —Auténtico se dice del libro que realmente fue escrito por el autor a quien se atribuye. Los cuatro evangelios son auténticos en este sentido. Son tantas y tan seguras las pruebas que se pueden aducir, que no dejan lugar a duda; son testimonios, tanto de católicos como de herejes, que lo afirman ya desde el siglo segundo. Con todo, alguna que otra sección puede haber sido compuesta por algún discípulo, inmediato, de los mismos evangelistas.
INTEGRIDAD —Nuestros cuatro evangelios son también íntegros, es decir, han llegado hasta nosotros tal como salieron de la pluma de los hagiógrafos o escritores sagrados. Con el estudio comparativo de más de 2.500 códices o manuscritos antiguos (cierto que no todos poseen el mismo valor documental), se tiene la certeza de poseer actualmente el mismo texto que escribieron los evangelistas. Los evangelios constan de unos 3.800 versículos. Pues bien, se puede decir que son solamente seis los versículos de importancia cuyo sentido sea incierto, y se debe añadir que ninguno de estos versículos pone en duda o niega alguna verdad de fe. Ningún libro de la antigüedad se puede comparar a los evangelios en cuanto a seguridad crítica del texto.
EL AUTOR —El autor del primer evangelio fue Mateo, hijo de Alfeo. Se llamaba también Leví; y, según nos refieren los evangelios, era un publicano, es decir, tenía por oficio cobrar los impuestos con que los romanos gravaban al pueblo judío.
Cierto día, estando sentado ante su puesto de aduanas, oyó la invitación de Jesús, que le decía: «Sígueme». Dejó todas las cosas y se dispuso a seguir a Jesús. Le ofreció luego un banquete y allí tuvo el consuelo de escuchar aquellas hermosas palabras de labios del maestro: «No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores».
Poco más se sabe con certeza de su vida. Predicó la fe en primer lugar a los judíos; y, según cuenta la leyenda, llevó después la buena nueva de Cristo a los habitantes de Etiopía, teniendo la dicha de confirmar su predicación con el martirio. Su fiesta se celebra el 21 de septiembre.
EL PRIMER EVANGELIO —San Mateo escribió su evangelio en arameo, la lengua original que hablaban sus compatriotas; pero su obra original se ha perdido. El evangelio griego que poseemos actualmente es un arreglo o refundición del original. No están acordes los autores al precisar la fecha de la aparición de este evangelio en griego. Coinciden en señalar una fecha posterior en algunos años a la composición del evangelio de san Marcos. El evangelio de san Mateo iba destinado a lectores judíos que se habían convertido al cristianismo.
Tenía por objeto principal demostrarles que Jesús era el Mesías que Dios había prometido a los antiguos patriarcas enviar al mundo. Con ese fin recurre frecuentemente a pasajes del Antiguo Testamento, a los que tan familiarizados estaban sus lectores. Presenta también la doctrina de Jesús como la doctrina verdadera, la que ha de suplantar a la antigua ley. Jesús, como sapientísimo maestro y más todavía como Hijo de Dios, enseña la doctrina recibida del Padre: todos los que quieran llegar a Dios han de creer y practicar lo contenido en ella.
PLAN DEL PRIMER EVANGELIO —El primer evangelio puede dividirse en las siguientes secciones:
Nacimiento e infancia de Jesús Mesías (1-2).Preparación del ministerio de Jesús (3,1-4,11).Ministerio de Jesús en Galilea (4,12-18,35). Jesús, camino de Jerusalén (19,1-20,34). Ministerio de Jesús en Jerusalén (21,1-25,46).Pasión y muerte de Jesús (26,1-27,66).Resurrección de Jesús (28,1-20).1 Árbol genealógico de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; 2Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a Judá y a sus hermanos; 3Judá engendró a Fares y a Zara en Tamar; Fares a Hesrón y Hesrón a Ram; 4Ram engendró a Aminadad, Aminadad a Nahasón y Nahasón a Salmón; 5Salmón engendró a Booz en Rahab; Booz en Rut a Obed y Obed a Jesé; 6Jesé engendró al rey David y David a Salomón en la mujer de Urías; 7Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asá; 8Asá a Josalat, Josalat a Joram, Joram a Ozías; 9Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías; 10Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías; 11y Josías a Jeconías y a sus hermanos durante la cautividad de Babilonia. 12Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel; 13Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliacim, Eliacim a Azor; 14Azor a Sadoc, Sadoc a Ahíam, Ahíam a Eliud; 15Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; 16y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es el Mesías. 17Son, pues, en total catorce las generaciones desde Abrahán hasta David, catorce desde David hasta la cautividad de Babilonia, y catorce desde la cautividad de Babilonia hasta el Mesías.
18La concepción de Jesucristo tuvo lugar de esta manera: Estaba desposada María, su madre, con José; y no vivían juntos todavía, cuando se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. 19Su esposo, José, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla secretamente; 20y ya estaba resuelto a ello, cuando se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en traer a tu casa a María como esposa, porque lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo y le llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Así se cumplió lo que el Señor había anunciado por el profeta:
23Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo;
y le llamarán Emmanuel,
que quiere decir «Dios con nosotros».
24Al despertar José del sueño, hizo como le había ordenado el ángel del Señor y la llevó como esposa a su casa. 25Y, sin haber tenido antes relaciones, María dio a luz un hijo; y José le puso por nombre Jesús.
2 Nacido ya Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del oriente a Jerusalén unos magos, 2preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo. 3Cuando se enteró de ello el rey Herodes, le asaltó una intensa inquietud, lo mismo que a todos los habitantes de Jerusalén; 4y, convocando a todos los jefes de los sacerdotes, a los maestros de la Ley y a los notables del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. 5En Belén de Judá, le contestaron; pues así está escrito por el profeta:
6Y tú, Belén, tierra de Judá,
de ningún modo eres la menor de entre
sus ciudades principales;
porque de ti saldrá un jefe
que gobernará a mi pueblo Israel.
7Seguidamente, Herodes llamó en secreto a los magos y se informó cuidadosamente acerca del tiempo de la aparición de la estrella. 8Y, encaminándolos a Belén, les dijo: Id e informaos con toda diligencia sobre ese niño; y, cuando lo halléis, pasadme aviso para que yo también vaya a adorarlo. 9Con estas instrucciones del rey, se pusieron en camino; y la estrella que habían visto en oriente iba delante de ellos, hasta que por fin se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. 10Cuando llegaron a divisar la estrella, sintieron un gran gozo; 11entraron en la casa y encontraron al niño con María, su madre; lo adoraron hincándose de rodillas; y, abriendo las arcas en que traían sus tesoros, le ofrecieron como presente oro, incienso y mirra. 12Advertidos en sueños por Dios de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
13Al partir, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para quitarle la vida. 14José se levantó, tomó de noche al niño y a la madre, y partió para Egipto. 15Y allí permaneció hasta la muerte de Herodes, cumpliéndose así lo que había anunciado el Señor por boca del profeta: De Egipto he llamado a mi hijo.
16Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció y mandó matar en Belén y en toda su comarca a todos los niños de menos de dos años, tiempo que había calculado según las informaciones obtenidas de los magos. 17Entonces se cumplió la profecía del profeta Jeremías:
18Una voz se ha oído en Ramá:
lamentos y amargos sollozos;
es Raquel, que está llorando a sus hijos;
y no admite consuelo,
porque ya no existen.
19Muerto ya Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, 20y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra su vida. 21José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. 22Pero, habiendo oído que en Judea reinaba Arquelao como sucesor de su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allá; y advertido en sueños por Dios, se retiró a la región de Galilea 23y se estableció en una ciudad llamada Nazaret; así se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que sería llamado Nazareno.
3 En aquellos días apareció Juan Bautista predicando en el desierto de Judá 2de esta manera: Arrepentíos, porque ha llegado el Reino de los Cielos. 3Juan fue anunciado por el profeta Isaías, cuando dijo:
Es la voz del mensajero en el desierto:
«Preparad el camino del Señor;
rectificad sus sendas».
4Juan llevaba un vestido de pelo de camello y una correa de cuero a la cintura; y su comida consistía en saltamontes y miel del campo. 5Acudían a él gentes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la ribera del Jordán; 6y de su mano recibían el bautismo en las aguas del río Jordán, confesando al mismo tiempo sus pecados.
7Al ver que venían a bautizarse muchos fariseos y saduceos, les increpó así: Raza de víboras, ¿quién os ha indicado el modo de escapar de la ira divina, que os amenaza? 8Más os valiera dar frutos de verdadero arrepentimiento. 9No os hagáis ilusiones, diciéndoos: «Nosotros ya tenemos por padre a Abrahán». Porque yo os digo que bien puede Dios de estas piedras sacar hijos de Abrahán. 10Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; así que todo árbol que no da buen fruto, va a ser cortado y arrojado al fuego. 11Yo por mi parte os bautizo con agua para que os arrepintáis de vuestros pecados; pero el que viene después de mí es más fuerte que yo y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. 12Tiene su bieldo en la mano para aventar su parva; recogerá el trigo en el granero y quemará la paja con fuego que no se ha de apagar jamás.
13Por aquel tiempo llegó Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. 14Pero Juan se resistía, y le decía: Soy yo quien debo ser bautizado por ti; y ¿eres tú quien viene a mí? 15Por ahora hazlo, le respondió Jesús, pues conviene que cumplamos de esta manera la voluntad de Dios. Entonces Juan condescendió. 16Y Jesús, enseguida que fue bautizado, salió del agua. Y de repente se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y venir sobre él; 17al mismo tiempo una voz que venía del cielo decía: Este es mi único Hijo, mi amado, el que me complace.
4 Luego fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto para que el diablo lo tentara. 2Y, después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3Se le acercó el tentador para decirle: Si realmente eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan. 4Jesús le respondió: La escritura dice: No solo de pan vive el hombre. Dios tiene otros muchos medios para dar vida. 5Entonces lo llevó el diablo a la ciudad santa; y, después de ponerlo sobre el pináculo del Templo, 6le dijo: Si realmente eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues la escritura dice: Dará orden a sus ángeles de que te tomen en sus manos para que tu pie no tropiece contra las piedras. 7Le respondió Jesús: También dice la escritura: No tentarás al Señor, tu Dios. 8Una vez más lo llevó el diablo a un monte muy alto y, haciéndole ver toda la magnificencia de los reinos del mundo, 9le dijo: Todo esto te daré, si, postrándote, me adoras. 10Al momento le respondió Jesús: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y solo a él darás culto. 11Con eso el diablo lo dejó y se acercaron los ángeles y le servían.
12Habiendo oído que Juan había sido metido en la cárcel, Jesús se retiró a Galilea. 13Y, abandonando Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, una ciudad situada a orillas del mar, en los confines de Zabulón y Neftalí. 14Así se cumplió lo que anunció el profeta Isaías cuando dijo:
15¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
en el camino del mar allende el Jordán,
Galilea de los paganos!
16El pueblo sumido en tinieblas
ha visto una gran luz;
una luz ha amanecido
sobre los que yacen en región
y sombras de muerte.
17Desde entonces empezó Jesús a predicar: Arrepentíos, porque ha llegado el Reino de los Cielos.
18Caminando por la orilla del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19Y les dijo: Venid detrás de mí y yo os haré pescadores de hombres. 20Ellos, dejando al momento las redes, le siguieron. 21Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en la barca con su padre componiendo las redes, y los llamó. 22Y ellos, dejando al momento la barca y a su padre, le siguieron.
23Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, predicando la buena nueva del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias de la gente. 24Su fama se extendió por toda Siria. Ante él trajeron a todos los que padecían algún mal: los que sufrían diferentes enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos; y devolvió la salud a todos. 25Y le fue siguiendo una gran multitud: gentes de Galilea y de la Decápolis, de Jerusalén y de Judea y del otro lado del Jordán.
5 A la vista de todo este gentío, se subió a la montaña. Y, una vez que se hubo sentado, se le acercaron los discípulos. 2Entonces Jesús, tomando la palabra, les enseñaba así:
3Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados por Dios. 5Bienaventurados los mansos, porque poseerán el reino del Mesías. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados por Dios. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. 9Bienaventurados los que obran la paz, porque serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 11Bienaventurados vosotros, cuando os insulten y persigan y propalen contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa; así persiguieron a los profetas, que vivieron antes que vosotros.
13Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué la vais a salar? No vale para otra cosa, sino para tirarla fuera y que la pise la gente. 14Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; 15ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los que están en la casa. 16Dé vuestra luz tal resplandor a los demás que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre celestial.
17No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos, sino a llevarlos hasta su perfecto cumplimiento. 18Porque os digo de veras: antes desaparecerán el cielo y la tierra que falle una tilde o un ápice de la Ley; todo se ha de cumplir. 19Por lo tanto, cualquiera que quebrante alguno de estos preceptos, aunque sea el menor de todos, y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el último en el Reino de los Cielos; pero el que los practique y enseñe, ese será el primero en el Reino de los Cielos. 20Porque os aseguro que, si vuestra justicia no es superior a la de los maestros de la Ley y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21Os han enseñado que a vuestros antepasados se mandó en la Ley: No matarás; el que cause una muerte, sea sometido a juicio. 22Pero yo os digo: Todo el que se enoja contra su hermano, será sometido a juicio. Quien diga «abominable» a su hermano, responderá ante el sanedrín: y quien le diga «impío», merecerá la gehena de fuego. 23Si estás para presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene alguna querella contra ti, 24deja tu ofrenda allí ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego presenta tu ofrenda. 25Haz cuanto antes las paces con el que tiene algún pleito contra ti, cuando aún vas con él camino del juzgado; no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. 26Te digo de veras: no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
27Os han enseñado que está mandado en la Ley: No cometerás adulterio. 28Pero yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. 29Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo lejos, porque más te conviene que se pierda un solo miembro que no que tu cuerpo sea arrojado entero al infierno. 30Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala lejos, porque es mejor para ti que se pierda un solo miembro que no ver como tu cuerpo va entero a la gehena.
31También se dice en la Ley: El que despide a su mujer, que le extienda un certificado de divorcio. 32Pero yo os digo: El que despide a su mujer –excepto el caso de concubinato– la hace ser adúltera; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.
33También os han enseñado que a vuestros antepasados se mandó en la Ley: No perjurarás; cumplirás lo que con juramento prometiste al Señor. 34Pero yo os digo: No aseguréis nada bajo juramento; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35ni por la tierra, pues es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey; 36ni por tu cabeza jures tampoco, pues no eres capaz de volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. 37Que vuestro modo de hablar sea «sí», cuando es «sí»; y «no», cuando es «no». Todo lo que sea de más, procede del Maligno.
38Os han enseñado que dice la Ley: Ojo por ojo y diente por diente. 39Pero yo os digo: No hagáis frente al que os quiere mal. Si alguno te da un bofetón en la mejilla derecha, preséntale también la otra. 40Que quiere alguno pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto. 41Que quiere alguno obligarte a caminar una milla, camina dos con él. 42Da al que te pida y no vuelvas la espalda al que quiera pedirte prestado.
43Os han enseñado que dice la Ley: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. 44Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen. 45Así seréis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. 46Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa mereceréis? ¿No hacen otro tanto los mismos publicanos? 47Y si saludáis únicamente a vuestros hermanos, ¿hacéis algo de más? ¿No hacen eso mismo los paganos? 48Sed, pues, perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial.
6 Mirad, no hagáis vuestras obras buenas delante de los hombres para ser vistos. Si lo hacéis así, no recibiréis recompensa de vuestro Padre celestial.
2Por tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando a son de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para conseguir la estima de los hombres. Os aseguro que ya recibieron su paga. 3Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. 4Así tu limosna quedará en lo más secreto, y tu Padre, que ve lo que está en lo más secreto, te recompensará.
5Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas: su mayor gusto es estar rezando con ostentación en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para hacerse ver por los hombres. Os aseguro que ya recibieron su paga. 6Tú, al contrario, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo más secreto. Y tu Padre, que ve lo que está en lo más secreto, te recompensará. 7Cuando estéis rezando, no repitáis muchas palabras inútiles, como los paganos, que piensan que por hablar mucho Dios les va a escuchar. 8No hagáis como ellos; que bien sabe vuestro Padre celestial lo que necesitáis aun antes de pedírselo vosotros. 9Vuestra oración ha de ser así:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre;
10venga tu reino,
hágase tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra.
11El pan nuestro de cada día dánosle hoy;
12perdónanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos
a nuestros deudores;
13y no nos hagas caer en tentación,
mas líbranos del Maligno.
14Porque, si vosotros perdonáis al prójimo sus faltas, también os perdonará las vuestras vuestro Padre celestial. 15Pero si no perdonáis al prójimo sus faltas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.
16Cuando ayunéis, no os hagáis los melancólicos, como los hipócritas, que ponen una cara mustia para hacer ver a los demás que están ayunando. Os digo de veras: Ya recibieron su paga. 17Tú, por el contrario, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara. 18Así no verán los hombres que ayunas, sino solo tu Padre, que está en lo más escondido. Y tu Padre, que ve lo que está en lo más escondido, te recompensará.
19No acumuléis tesoros en la tierra, donde son destruidos por la polilla y la corrosión, y donde son robados por los ladrones, que horadan las paredes de las casas. 20Atesorad tesoros en el cielo; allí ni la polilla ni la corrosión los destruyen, ni hay ladrones que horaden las paredes para robar. 21Porque, donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
22El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, tendrás luz en todo el cuerpo: 23pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará sumido en tinieblas. Si, pues, la luz que llevas en ti es oscuridad, ¡cuánta oscuridad!
24Nadie puede ser esclavo de dos señores; porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y mirará con desdén al segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
25Por esto os digo: No os apuréis por vuestra vida pensando si tendréis para comer o para beber; ni por vuestro cuerpo pensando si tendréis con qué vestiros. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? 26Mirad las aves del cielo, que ni siembran ni siegan ni recogen cosechas en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? 27Y por otra parte, ¿puede alguno de vosotros, por mucho que se preocupe, alargar un momento más su vida? 28Y del vestido, ¿por qué os apuráis? Mirad los lirios del campo cómo crecen; ni trabajan ni hilan. 29Y, con todo, yo os aseguro que ni Salomón con todas sus galas se vistió como uno de ellos. 30Y, si Dios viste así la hierba del campo que hoy reverdece y mañana será arrojada al fuego, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? 31No os apuréis, pues, diciendo: ¿Qué vamos a comer o beber, o con qué nos vamos a vestir? 32Los paganos son los que sienten preocupación por todas estas cosas. Bien sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. 34No os inquietéis, pues, por el día siguiente; que el día siguiente ya tendrá sus inquietudes. A cada día le basta su preocupación.
7 No juzguéis para no ser juzgados. 2Ya que él os juzgará teniendo en cuenta vuestros juicios y os medirá con el rasero que apliquéis a los demás. 3¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga en el tuyo? 4O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo como tienes una viga en el tuyo? 5Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, que luego verás cómo quitar la paja del ojo de tu hermano.
6No deis las cosas santas a los perros ni arrojéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisen con sus patas y, volviéndose contra vosotros, os destrocen a mordiscos.
7Pedid y Dios os dará; buscad y hallaréis; llamad y él os abrirá. 8Porque el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, Dios le abrirá. 9¿Hay entre vosotros alguno que dé una piedra a su hijo cuando le pide pan 10o que le dé una serpiente cuando le pide un pescado? 11Pues si vosotros, siendo malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡con cuánta mayor razón las dará vuestro Padre celestial al que se las pida!
12Así pues, todo cuanto queréis que os hagan los demás, hacédselo igualmente vosotros. A esto se reducen la Ley y los Profetas.
13Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. 14¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta es la senda que lleva a la vida, y qué pocos son los que dan con ella!
15Guardaos de los falsos profetas, que se os presentan disfrazados de ovejas, pero que por dentro son lobos feroces. 16Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen racimos de los espinos o higos de los cardos? 17Todo árbol bueno da buenos frutos y todo árbol malo da malos frutos. 18El árbol bueno no puede nunca dar malos frutos ni el árbol malo, darlos buenos. 19Todo árbol que no da buenos frutos, se corta y se arroja al fuego. 20Así que por sus frutos los conoceréis.
21No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial. 22Muchos me dirán en aquel día: «¡Señor, Señor!, ¿acaso no hemos hablado nosotros en tu nombre? ¿No hemos arrojado demonios y obrado muchos milagros en tu nombre?». 23Yo entonces les diré claramente: «Nunca jamás os he conocido. Apartaos de mí vosotros, malvados».
24Todo el que escucha mis palabras y las pone en práctica, será como el varón inteligente, que construyó su casa sobre roca. 25Cayó la lluvia, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y dieron contra aquella casa, pero no se derrumbó porque estaba cimentada sobre roca. 26En cambio, el que, después de haber escuchado estas palabras que acabo de decir, no las pone en práctica, será como el necio, que construyó su casa sobre arena. 27Cayó la lluvia, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y dieron contra aquella casa, que se derrumbó completamente.
28Cuando acabó Jesús estos discursos, la muchedumbre quedó maravillada de la manera que tenía de enseñar; 29porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no a la manera de los maestros que tenían ellos.
8 Al bajar Jesús de la montaña, le fue acompañando una gran muchedumbre. 2Y acercándosele un leproso, se postró ante él diciendo: Señor, si tú quieres, me puedes curar. 3Jesús extendió su mano, le tocó y pronunció estas palabras: Quiero, queda limpio. Y al momento quedó curado de su lepra. 4Y Jesús le hizo esta advertencia: Mira, no se lo digas a nadie; ve a presentarte al sacerdote y llévale la ofrenda mandada por Moisés para que certifique la verdad del hecho.
5Y, cuando entró en Cafarnaún, se le acercó un centurión para pedirle un favor; 6y le dijo: Señor, mi siervo está en casa enfermo de parálisis, sufriendo lo indecible. 7Jesús le respondió: Yo iré y lo curaré. 8Señor, le replicó el centurión, yo no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi siervo recobrará la salud. 9Porque también yo, que no soy sino un oficial subordinado, tengo soldados bajo mi mando; y si digo a uno: «Vete», se va; y a otro: «Ven», viene; y a mi esclavo: «Haz esto», lo hace. 10Al escuchar estas palabras, quedó Jesús admirado y dijo a los que lo acompañaban: Os aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. 11Yo os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente a sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del Reino de los Cielos, 12mientras que los herederos del Reino serán arrojados fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el crujir de dientes. 13Y dijo Jesús al centurión: Vete y que sea como has creído. En aquel mismo momento quedó curado su siervo.
14Después fue Jesús a casa de Pedro y encontró a la suegra de este acostada con fiebre. 15Jesús cogió su mano, desapareció la fiebre, y ella se levantó y lo servía. 16Al atardecer le presentaron multitud de endemoniados, y con una sola palabra arrojó a los malos espíritus y devolvió la salud a todos los enfermos. 17Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías cuando dijo:
Tomó él nuestras dolencias
y cargó con nuestras
enfermedades.
18Viendo Jesús la gran multitud de gente que tenía en torno suyo, dio orden de pasar a la otra orilla. 19Y se le acercó un maestro de la Ley para decirle: Maestro, yo quiero seguirte adondequiera que vayas. 20Jesús le respondió: Las raposas tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. 21Otro, que era de sus discípulos, le manifestó: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre, 22pero Jesús le respondió: Tú sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.
23Y cuando entró en la barca le acompañaron sus discípulos. 24Y de repente se levantó una marejada tan fuerte que las olas llegaban a cubrir la barca; mientras tanto, él se había quedado dormido. 25Y se acercaron a él para despertarlo, gritándole: ¡Señor, sálvanos; que nos hundimos! 26Y Jesús les dijo: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran bonanza. 27Aquellos hombres quedaron espantados y se preguntaban: ¿Qué clase de hombre es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!
28Cuando llegó a la otra orilla, al lugar de los gadarenos, vio venir a su encuentro a dos endemoniados, que habían salido de entre los sepulcros. Eran tan agresivos que nadie podía transitar por aquel camino. 29Y de pronto comenzaron a gritar: Tú, Hijo de Dios, ¿por qué te metes con nosotros? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? 30No lejos de allí había una gran piara de puercos paciendo; 31y los demonios le pedían con insistencia esta gracia: Si es que nos vas a echar, mándanos a esa piara de puercos. 32Jesús les dijo: Id. Y, apenas entraron en los puercos, la piara entera se precipitó por una pendiente en las aguas del mar, ahogándose todos. 33Los porqueros escaparon a la ciudad y contaron todo lo que había ocurrido con los endemoniados. 34Toda la gente de la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando dieron con él, le rogaron que se marchase de su comarca.
9 Entró en una barca, pasó a la otra orilla y fue a su ciudad. 2Y le presentaron un paralítico, postrado en su camilla; cuando vio Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Hijo mío, ten confianza, quedan perdonados tus pecados. 3Algunos de los maestros de la Ley se decían para sí: «Este está blasfemando». 4Jesús, que se daba cuenta de lo que pensaban, les dijo: ¿Por qué pensáis tan mal? 5¿Qué es más fácil? ¿Decir: «Quedan perdonados tus pecados», o decir: «Levántate y anda»? 6Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados, levántate (dice entonces al paralítico), toma tu camilla y vete a tu casa. 7Y, acto seguido, se levantó y se marchó a su casa. 8Al ver esto, la muchedumbre quedó sobrecogida de estupor y prorrumpió en alabanzas a Dios por haber dado tal poder a los hombres.
9Y, partiendo Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo sentado ante la oficina de los impuestos: Sígueme, le dijo; y él se levantó y le siguió. 10Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores acudieron a colocarse junto a él y sus discípulos. 11Al ver esto los fariseos, preguntaban a los discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores? 12Pero él al oír sus palabras les respondió: No necesitan médico los que están sanos, sino los enfermos. 13Id y aprended lo que quiere decir esto: Yo quiero la misericordia y no el sacrificio. Porque, en efecto, no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
14Entonces se le presentaron los discípulos de Juan para preguntarle: ¿Cómo es que los fariseos y nosotros estamos ayunando y tú y tus discípulos no? 15Jesús les respondió: ¿Pueden acaso los invitados a las bodas estar con cara triste mientras está el esposo con ellos? Ya vendrán días en que se les quitará el esposo y entonces sí ayunarán. 16Nadie echa un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque el remiendo tirará del vestido y el roto se hará mayor. 17Ni el vino nuevo se echa en cueros viejos, porque los cueros se rompen, el vino se derrama y los cueros se hacen inservibles. El vino nuevo se ha de echar en cueros nuevos, y así se conservan ambos.
18Mientras les estaba diciendo estas cosas, llegó cierto hombre distinguido que, postrándose de rodillas, le hizo esta súplica: Mi hija acaba de morir; ven a imponer tu mano sobre ella para que reviva. 19Y Jesús se levantó y le siguió, acompañado de sus discípulos. 20Y en esto una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó la extremidad de su manto. 21Ella se decía para sí: «Con solo tocar su vestido, me curaré». 22Jesús se volvió, reparó en ella y exclamó: Hija mía, ten confianza; tu fe te ha curado. Y en aquel mismo momento quedó curada la mujer. 23Al llegar Jesús a la casa de aquel magistrado y ver a los flautistas y a la turba de plañideras, 24les dijo: Retiraos, que la niña no ha muerto; está dormida. Pero ellos se reían de él. 25Y después de que echaron a la gente, entró, tomó de la mano a la niña y esta se puso en pie. 26Y la noticia de este suceso corrió por toda aquella tierra.
27Al salir Jesús de allí, le siguieron dos ciegos gritando: Hijo de David, ten compasión de nosotros. 28Y, apenas hubo entrado en casa, se le acercaron; y Jesús les preguntó: ¿Creéis que tengo poder para hacer eso? Sí, Señor, le respondieron. 29Entonces les tocó los ojos y exclamó: Que sea según vuestra fe. 30Y sus ojos se abrieron. Jesús les advirtió con severidad: Procurad que no lo sepa nadie. 31Pero ellos, una vez fuera, lo divulgaron por toda aquella comarca.
32Cuando los ciegos se iban, le presentaron un hombre mudo poseído del demonio. 33Y después de echar fuera al demonio, el mudo comenzó a hablar. La gente se maravillaba y decía: Nunca hemos visto tal cosa en Israel. 34Pero los fariseos replicaban: Arroja a los demonios por el pacto que tiene con el jefe de todos ellos.
35Y recorría Jesús todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando la buena nueva del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. 36Y al ver a las multitudes sintió compasión, porque estaban acosados e indefensos como ovejas sin pastor. 37Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los trabajadores pocos. 38Rogad, pues, al señor de la mies que envíe trabajadores a su mies.
10 Y Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio poder de arrojar a los espíritus impuros y de curar todas las enfermedades y todas las dolencias. 2Estos son los nombres de los doce apóstoles: El primero Simón, llamado también Pedro, y Andrés, hermano suyo; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; 3Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo; y Tadeo; 4Simón, el cananeo; y Judas Iscariote, que lo entregó a la muerte.
5Jesús envió a estos doce a predicar, después de haberles dado estas instrucciones: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en ciudad de samaritanos, 6sino dirigíos a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. 7Id y predicad, anunciando que ha llegado el Reino de los Cielos. 8Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, dejad limpios a los leprosos, arrojad a los demonios; dad gratis lo que gratis habéis recibido. 9No llevéis oro, plata ni cobre en el bolsillo; 10ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque ya tiene el trabajador derecho a su sustento. 11En cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos de qué persona hay en ella digna de confianza y quedaos allí hasta vuestra partida. 12Y, al entrar en la casa, saludadles. 13Y, si la casa lo merece, venga sobre ella vuestra paz; pero si no, vuelva vuestra paz a vosotros. 14Si no os reciben o no prestan atención a vuestras palabras, salid de aquella casa o de aquella ciudad sacudiendo el polvo de vuestros pies. 15Os aseguro que el día del juicio habrá menos rigor para la gente de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.
16Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas. 17No os fiéis de los hombres, porque os citarán ante los tribunales del sanedrín y os azotarán en sus sinagogas. 18Por mi causa se os llevará ante los gobernadores y reyes para declarar en su presencia y en presencia de los paganos. 19Cuando os hagan comparecer, no os apuréis por lo que tengáis que responder; ya os sugerirá Dios entonces las palabras que tengáis que decir. 20No seréis vosotros los que habléis; el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros. 21El hermano entregará al hermano a la muerte; el padre entregará al hijo, y los hijos se levantarán contra los padres para hacerlos condenar a la última pena. 22Por mi causa todos os odiarán; pero el que persevere hasta el final se salvará. 23Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. Estad seguros de que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel hasta la venida del Hijo del hombre.
24No es el discípulo más que el maestro ni el esclavo más que su señor. 25Le basta al discípulo estar al mismo nivel de su maestro y al esclavo al mismo de su señor. Si al señor de la casa lo llamaron Belzebú, ¿qué no dirán de sus familiares? 26No les tengáis miedo; no hay nada oculto que no se haya de descubrir ni secreto que no se haya de conocer. 27Lo que os digo en la oscuridad, enseñadlo a plena luz; y lo que os confío al oído, pregonadlo desde las azoteas. 28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo y no tienen poder para matar el alma; temed más bien a aquel que puede hacer perecer cuerpo y alma en el infierno. 29¿No se venden los pajaritos a unos céntimos el par? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30En cuanto a vosotros, ¡no hay un pelo de vuestra cabeza que no esté contado! 31Estad, pues, sin temor; que bien valéis más que toda una bandada de pajaritos. 32A todo aquel que me reconozca ante los hombres, reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos. 33Y a todo aquel que me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre celestial.
34No creáis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino guerra. 35Porque he venido a poner discordia entre el hijo y su padre, entre la hija y su madre, entre la nuera y su suegra; 36de modo que tendrá cada uno por enemigos a la gente de su propia casa. 37El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. 38Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39Quien quiera conservar su vida, la perderá, y quien por mi causa la pierda, la encontrará.
40El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado. 41Quien acoge a un enviado de Dios por ser tal, tendrá la misma recompensa que se da al enviado de Dios; y quien acoge a un justo por ser justo, tendrá la misma recompensa que se da al justo. 42Y quien da de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeñuelos por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa.
11 Cuando hubo acabado de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
2Habiéndose enterado Juan en la cárcel de las obras del Mesías, envió a sus discípulos 3a que le preguntasen: ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? 4Jesús les respondió: Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo. 5Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el evangelio, 6y bienaventurado aquel que no tropieza en mí para su perdición.
7Cuando se marcharon, comenzó Jesús a preguntar a la gente sobre la persona de Juan. ¿Qué habéis salido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? 8Pues entonces, ¿qué habéis salido a ver? ¿Un hombre vestido elegantemente? Ya sabéis que los que visten así viven en los palacios de los reyes. 9Pues, ¿a qué habéis salido? ¿A ver a un profeta? Sí, os aseguro, y más que a un profeta. 10Juan es aquel de quien dice la escritura: Voy a enviar a mi mensajero delante de ti. Él irá preparándote el camino. 11Os digo la verdad: Entre los nacidos de mujer, no ha surgido nadie mayor que Juan Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. 12Desde que apareció Juan Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos se abre paso a viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo arrebatan. 13Todos los Profetas y la Ley han profetizado hasta Juan. 14Y, si queréis recibirlo, él es Elías, el que ha de venir. 15Quien lo entienda, que piense en ello.
16¿A quién compararé esta generación? Se parece a los muchachos que están en la plaza y cantan a sus compañeros aquello de: 17«Os cantamos al son de la flauta y no habéis bailado. Hemos entonado lamentos y no habéis llorado». 18Porque llegó Juan, que no comía ni bebía, y dicen: «Tiene un demonio». 19Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Mirad, ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores». Sin embargo, la sabiduría se acredita por sus propias obras.
20Después comenzó a lanzar invectivas contra las ciudades que, a pesar de haber visto sus numerosos milagros, no se habían convertido. 21¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran obrado los milagros que se han hecho en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de saco y ceniza. 22Por lo tanto, os aseguro que Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras en el día del juicio. 23Y tú, Cafarnaún, ¿piensas acaso levantarte hasta el cielo? ¡Hasta el infierno te hundirás! Porque, si los milagros que se han hecho en ti se hubieran hecho en Sodoma, seguramente que esta no habría desaparecido todavía. 24Por lo tanto, os aseguro que los habitantes de Sodoma serán tratados con menos rigor en el día del juicio.
25En aquella ocasión tomó Jesús la palabra y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has descubierto a los sencillos estas cosas que escondiste a los sabios y prudentes. 26Sea así, oh Padre; porque esa ha sido tu voluntad. 27Todas las cosas ha puesto el Padre en mis manos. Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera darlo a conocer. 28Venid a mí todos los que andáis cansados y agobiados, que yo os haré descansar. 29Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, porque yo soy suave y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. 30Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
12 En una ocasión iba Jesús de camino por los sembrados en sábado y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas y a comérselas porque tenían hambre. 2Los fariseos, al advertirlo, se lo echaron en cara: Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado. 3Pero él les contestó: ¿No habéis leído lo que hicieron David y los que le acompañaban en cierta ocasión en que tenían hambre? 4¿Cómo entró él en la casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda? ¡Y eso que ni él ni los suyos, sino solo los sacerdotes, podían comerlos! 5¿Tampoco habéis leído en la Ley que los sacerdotes quebrantan en el Templo el descanso del sábado y no cometen pecado? 6Pues yo os advierto que hay aquí uno que es superior al mismo Templo. 7Si hubieseis comprendido bien lo que quiere decir: Misericordia quiero y no sacrificios, no habríais condenado a quienes no tienen culpa. 8Sabed que el Hijo del hombre es señor del sábado.
9Y marchando de allí, entró en la sinagoga. 10Se encontró con un hombre que tenía una mano seca. Como buscaban un motivo para poder acusarlo, le preguntaron: ¿Se puede curar en sábado? 11Y Jesús respondió: ¿Hay entre vosotros alguno que, no teniendo más que una oveja, no vaya en sábado a sacarla del pozo donde había caído? 12Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! De modo que se puede hacer una obra buena en sábado. 13Entonces mandó a aquel hombre que estirara su mano. Y la estiró y se le quedó sana como la otra.
14Y los fariseos salieron y se reunieron en consejo para tramar el modo de hacerlo perecer. 15Jesús, al saberlo, se alejó de allí. Le siguió mucha gente y él devolvió la salud a todos, 16pero ordenándoles que no dijeran que había sido él.
17Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías:
18Mirad a mi siervo, mi elegido,
mi bien amado, en quien se complace mi alma.
Haré posar mi espíritu sobre él
y dará a conocer la justicia a los paganos.
19No disputará ni gritará;
nadie oirá su voz en las plazas.
20No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que humea todavía,
hasta que por fin haga triunfar la justicia.
21Y en su nombre pondrán los paganos su esperanza.
22En una ocasión le presentaron un endemoniado ciego y mudo, y lo curó, de manera que podía hablar y ver. 23Y toda la gente, llena de entusiasmo y admiración, se preguntaba: ¿No será este el Hijo de David?
24Pero los fariseos, cuando se enteraron de esto, replicaron: Este no arroja los demonios sino por arte de Belzebú, que es el jefe de todos ellos. 25Jesús, que se daba cuenta de lo que pensaban, les dijo: Todo reino dividido en facciones enemigas va a la ruina, y toda ciudad o casa dividida en bandos no podrá mantenerse en pie. 26Si Satanás echa fuera a Satanás, está en guerra consigo mismo; ¿cómo, pues, se va a mantener su reino en pie? 27Y si yo arrojo los demonios por arte de Belzebú, ¿por arte de quién los arrojan vuestros discípulos? Así que ellos os decidirán la cuestión. 28Pero, si es verdad que yo arrojo los demonios por el Espíritu de Dios, es señal de que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. 29Pues, ¿cómo va a entrar uno en la casa de un hombre valiente a robar sus riquezas, si primero no lo encadena? Solo entonces podrá saquear su casa. 30Quien no está conmigo, está contra mí; y quien conmigo no recoge, desparrama.
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