Lucha de pasiones - Clare Connelly - E-Book

Lucha de pasiones E-Book

Clare Connelly

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Obligada a casarse… ¡Seducida para ser su amante!   A pesar del doloroso pasado que compartían, el último recurso de Annie Langley era pedir ayuda a Theo Leonidas para salvar la empresa familiar. Debería haber sabido que el multimillonario aprovecharía la oportunidad para vengarse del padre de ella, que siempre lo había despreciado. Su condición para ayudarla era que Annie se casase con él. Annie odiaba lo mucho que su cuerpo deseaba a Theo, pero él se negaba a ceder a sus tentadoras fantasías, a no ser que ella claudicara y reconociera que lo deseaba. Pero Annie no iba a rendirse sin presentar batalla.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 184

Veröffentlichungsjahr: 2026

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2026 Clare Connelly

© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lucha de pasiones, n.º 3220 - marzo 2026

Título original: Blackmail to White Veil

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370172466

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Prólogo

 

 

 

 

 

Notar el hambre en el estómago no era una sensación nueva. La había conocido de forma intermitente durante sus trece años de vida. Era un hambre tan extrema que ni siquiera permitía desmayarse, porque la agonía de estar tan vacío y debilitado no consentía ningún respiro.

Desde donde Theo estaba sentado, con la espalda apoyada en la pared de una calle de Atenas, veía pasar por delante a algunas de la personas más ricas de Europa, que apenas miraban al niño sucio, harapiento y esquelético acurrucado en la acera, como si fuera invisible.

Pero sus ojos grises si veían y su cerebro, aunque desnutrido, entendía la desigualdad del mundo, su desequilibrio y su injusticia.

Contemplaba a la élite europea salir y entrar por las puertas giratorias de uno de los hoteles más lujosos de Atenas y la maldecía para sus adentros. ¿Cómo podía haber tanta riqueza en el mundo, cuando él tenía que vivir así?

De todos modos, en opinión de Theodoros Leonidas, la alternativa era peor. Había estado en muchos hogares de acogida y los odiaba. Y no siempre por culpa de la familia. Sabía que era un chico difícil. Se lo habían dicho muchas veces, y era verdad. Estaba enfadado con el mundo y siempre a la defensiva, y si le daban a elegir entre vivir en casa de unos desconocidos o hacerlo en la calle, prefería lo segundo.

Aunque eso significara tener tanta hambre como en aquel momento.

Cerró los ojos, no para dormirse, porque el hambre no se lo permitía, sino para borrar el mundo de la mente. Cuando empezara a anochecer, iría a buscar lo que nadie le daba: un poco de comida para seguir adelante; un poco de comida para un adolescente que no tenía a nadie que se la proporcionara.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Al hombre al que Annie Langley había conocido hacía cinco años no lo habrían visto ni muerto en un lugar como aquel, pero allí estaba, sentado en un reservado de un lujoso bar de Sídney, un lugar que frecuentaba cuando supervisaba sus negocios en Australia.

En otra época, Theo odiaba esa clase de lugares. Por aquel entonces, cuando Annie y él eran jóvenes y estaban enamorados, su idea de pasárselo bien era comprar comida para llevar y tomarla en su piso.

Annie sabía que sus sobreprotectores padres no querían que se relacionara con alguien como Theo, que era mayor que ella, más experimentado y había tenido una vida dura. Para pasar desapercibidos ni siquiera dejaban que los fotografiaran ni que los vieran amigos de la alta sociedad, de modo que su relación fuera secreta, por lo que a ella también le parecía bien evitar esos sitios lujosos.

Sin embargo, en cinco años habían cambiado muchas cosas.

Annie volvió a sentir pena al pensar en lo que había perdido y en cuánto había cambiado, pero intentó permanecer insensible y no pensar en la muerte de su madre, en la caída en la depresión de su padre y en su propia incapacidad para mantenerse serena. Fueron los motivos por los que había volado de Atenas a Australia para encontrarse con el hombre con quien había imaginado que pasaría el resto de su vida.

El hombre con el que había roto y al que se había negado a dirigir la palabra de nuevo.

Annie se quedó en el vestíbulo, protegida por las cortinas y las decenas de clientes, para recuperar el aliento y reunir el valor necesario para el encuentro.

Era su último recurso. Sin ayuda, la empresa de su familia se declararía en bancarrota y todo aquello por lo que sus padres habían luchado desaparecería.

Se tragó las lágrimas. Era el momento de ser fuerte, no de entristecerse, a pesar de que había muchas cosas por las que estar triste.

Se clavó las uñas en las palmas de las manos e intentó concentrarse en el Theo del que se había enamorado, el Theo al que había conocido cuando se mudó a la casa de al lado. Entonces era una niña de once años, y, la primera vez que lo vio subiéndose al coche de sus padres de acogida, el corazón se le derritió. A partir de ese momento, espiarlo se convirtió en una obsesión. Lo adoraba del modo propio de una adolescente.

Siempre lo observaba a distancia. Deseaba y temía a la vez relacionarse con él, porque, si pensaba en hablarle, sabía que no le saldrían las palabras.

Por primera vez en su vida, le importaba alguien que no fueran sus padres y algo que no fuera ser la hija perfecta. Theo ocupaba buena parte de sus pensamientos y sus sueños.

Ahora, aquello era agua pasada. Al final, él acabó fijándose en ella, pero mucho más tarde, la noche de su vigésimo primer cumpleaños, cuando ella le rogó que la besara para hacer realidad sus sueños de adolescente.

Fue el comienzo de un año de locura. Por primera vez, gracias a Theo, Annie se sintió apreciada por lo que era, no por lo que intentaba representar.

Ese Theo le prometió que siempre tendría su apoyo, que, cuando necesitara algo, la ayudaría, que sería el puerto para refugiarse en la tormenta.

A ese Theo era al que iba a pedir ayuda, esa noche, no al Theo frío y furioso, con el que ella había dado por terminada la relación; no al que le había dicho cosas horribles que la dejaron destrozada.

Annie era incapaz de pensar en esa mañana sin querer que se la tragase la tierra.

Echó a andar despacio abriéndose paso entre a multitud y estirándose el vestido de seda color champán con manos temblorosas.

Había crecido en aquel mundo. Era parte de él. La fortuna de sus padres le había abierto muchas puertas. Al haber ido a una prestigiosa escuela internacional, sus amigos eran niños de su misma posición social.

Sin embargo, nunca se había sentido a gusto en aquel ambiente. Representaba el papel de la mujer que todos esperaban que fuera.

Salvo con Theo, le recordó una vocecita interior. De repente, la invadieron los recuerdos de cuando estaban juntos. Ella, en vaqueros y camisa, suya o de él, vagueando como si no tuvieran dinero ni preocupaciones; viendo estúpidas películas de acción, pidiendo comida para llevar, simplemente estando juntos.

Él la dejaba mostrarse como era, a diferencia de sus padres, que parecían existir únicamente para mantenerla viva al precio que fuera.

A él le encantaba realizar con ella actividades atrevidas como montar en moto acuática, hacer escalada o llevarla en moto. A los padres de ella les daría un ataque de nervios si se enteraran.

Con las manos húmedas de sudor, ya casi había llegado a la mesa de Theo cuando él la vio. El mundo se detuvo. A ella se le secó la boca y sus piernas se negaron a avanzar. Se quedó inmóvil.

Lo contempló a través de los recuerdos del hombre que había sido hacía cinco años. No parecía mucho mayor, pero sí mucho más duro. Los ojos que ella habría descrito de color gris oscuro, esa noche parecían casi negros al mirarla, al tiempo que con los labios hacía un gesto que más parecía una mueca de burla que una sonrisa.

Annie se obligó a avanzar hasta llegar al reservado. Él iba de traje, pero se había quitado la chaqueta, que estaba en el asiento. Si también llevaba corbata, no había rastro de ella.

Se había desabrochado el cuello de la camisa, que mostraba su fuerte y bronceado cuello. Se había arremangado hasta debajo de los codos, y ella recordó lo fuerte y musculoso que tenía el cuerpo.

Apartó la vista al tiempo que tomaba aire.

–Vaya, vaya, si es Annie Langley, ni más ni menos –dijo él, con aquel acento tan familiar para ella. No parecía sorprendido de verla–. Y eso que creía que me había librado de ti para siempre.

Fue como si a ella le volviera a clavar un cuchillo en el corazón. La ruptura había sido horrible. El adjetivo se quedaba corto, pero en aquel momento no se le ocurrió otro. Había sido la decisión más desoladora, pero necesaria, de su vida, que había provocado una discusión que aún la hacía temblar al recordarla.

–Yo también me alegro de verte, Theo –consiguió decir con una voz apenas audible por encima de la música electrónica que sonaba en el bar.

–No he dicho que me alegrara –la corrigió él sin dejar de mirarla.

Annie sacó pecho negándose a dejar que viera que la intimidaba.

–Es cierto. ¿Tienes un minuto?

Creyó que iba a negarse. No había querido aceptar esa posibilidad, a pesar de que sabía que estaba ahí, ni contemplar qué haría si él le daba la espalda sin haberle concedido la oportunidad de hablar.

–He quedado con alguien –dijo él mirando el reloj.

–Bueno, pues hasta que llegue –dijo ella con desesperación. No podía aceptar una negativa, así que se sentó frente a él, lo que lamentó inmediatamente, pues sus rodillas se rozaron por debajo de la mesa y se le aceleró el pulso. De repente, volvió a tener veintiún años y a ser la joven que amaba y deseaba con todo su ser.

Él esbozó una media sonrisa burlona al tiempo que levantaba la mano para llamar a una camarera.

–Póngame otro. –Señaló el whisky–. Y tráigale algo a la señorita. –Dijo la palabra «señorita» en tono desdeñoso.

–Por supuesto. ¿Qué desea tomar?

Annie estuvo a punto de decir que no quería nada, pero pensó que un vino le proporcionaría más valor.

–Una copa de vino blanco, por favor.

Theo dijo el nombre de un vino y la camarera esbozó una sonrisa radiante.

–Excelente elección.

Annie se contuvo para no poner los ojos en blanco. Necesitaba la ayuda de Theo y no iba a conseguirla enfrentándose a él. Nerviosa, se echó el largo y sedoso cabello sobre el hombro y jugueteó con los dedos sobre el regazo, ajena a que él le examinaba el rostro haciendo inventario de los cambios.

–¿Es una coincidencia que estés aquí, Annie?

–No. –No iba a mentirle–. He intentado ponerme en contacto contigo. ¿Has recibido mis mensajes?

–Sí.

A ella le dolió que lo reconociera.

–¿No recuerdas que te pedí que no intentaras hacerlo?

–Sí –susurró ella. Carraspeó–. Pero también recuerdo que me dijiste que siempre me apoyarías.

Durante unos segundos, creyó ver algo en los ojos de él: ¿interés, remordimientos, preocupación? Pero desapareció tan deprisa que pensó que probablemente había sido producto de su imaginación.

–De eso hace mucho tiempo.

–No tanto.

En ese momento llegó la camarera con las bebidas. Annie agarró la copa, sin llevársela a los labios.

–Toda una vida.

–Ni siquiera seis años.

Él enarcó una ceja.

–¿Has venido a hablar del pasado?

Ella suspiró y bajó la vista.

–No.

No tenía sentido. Se habían dicho todo lo que había que decirse. Ella lo había dejado porque sus padres la presionaron para que lo hiciera. Él se enfadó e intentó darle argumentos para que la relación siguiera, pero ella se los rebatió. No se separaron como amigos.

Annie dio un sorbo de vino.

–Entonces, ¿por qué estas aquí? Ya te he dicho que espero a alguien. Sería mejor que no estuvieras cuando ella llegue.

Ella.

Annie no prestó atención al nudo que se le había hecho en el estómago.

Sabía que, desde la ruptura, el seguía saliendo con mujeres. Todo el mundo lo sabía. Theodoros Leonidas, uno de los hombres más ricos del mundo, responsable de varias innovaciones tecnológicas, además de haber llevado a cabo promociones inmobiliarias en todo el mundo, había convertido la no despreciable fortuna y la empresa de sus padres de acogida en una potencia económica mundial.

Annie sabía cómo lo había hecho.

Al igual que había fotos de él en la prensa con hermosas mujeres del brazo, había artículos en la prensa económica sobre su despiadada forma de competir, su manera de negociar sin andarse con rodeos, su capacidad para lograr acuerdos difíciles y apartarse de todo aquello que no le sirviera.

Así que, ¿qué más daba que esperase a una mujer? Eso no tenía nada que ver con Annie. No estaba allí por motivos personales, sino económicos.

–Quiero hacerte una propuesta –dijo después de haber tomado otro sorbo de vino.

–Qué interesante. Y yo que creía que no tenía nada que ofrecerte.

–Es mejor que olvidemos el pasado.

Él asintió. Ella volvió a beber.

–Te propongo una inversión.

–¿Crees que necesito ayuda en ese terreno? –preguntó él con expresión burlona.

No le habría dejado más claro lo que pensaba de ella si hubiera escrito con un rotulador en la mesa: «Annie Langley es escoria».

¿Se lo merecía? Tal vez. Las acusaciones que él le había lanzado en la discusión por la ruptura eran justas. Y ella había entendido lo que se callaba. Entre sus padres y él, ella había elegido a sus padres, lo cual, para Theo, suponía una traición imperdonable. Pero él no había entendido su razonamiento. Pensó que era una esnob, al igual que sus padres, y que rompía con él porque se había criado en la pobreza y no pertenecía al mundo de ella.

Podía ser cierto en el caso de algunas de sus amigas, pero el dinero no tenía nada que ver con la reacción de los padres de Annie. Lo que querían era protegerla, como no habían hecho, en su opinión, con Mary, su hermana mayor.

–Y estoy aquí porque eres la única persona que conozco que me puede ayudar.

–¿De qué me estás hablando, Annie? ¿De caridad o de una oportunidad para invertir?

–Supongo que de las dos cosas.

–Fascinante. ¿Por qué no empiezas por el principio? Tienes exactamente el tiempo que tarde en llegar mi acompañante, así que yo, en tu lugar, no me quedaría sentado jugueteando con las manos más tiempo del necesario.

Ella tragó saliva y desvió la mirada hacia el suelo. Su crueldad le hacía un daño que no había previsto.

–Busco a alguien que quiera comprar el cuarenta y cinco por ciento de las acciones de la empresa de mis padres.

Como no lo miraba, no vio su reacción, la tensión de su rostro ni cómo se le oscurecieron los ojos. Y no lo miró porque creyó que su expresión sería de triunfo.

–No va muy bien, pero tiene muchas posibilidades de crecer y mejorar. Para ti sería prácticamente una ganga y nosotros podríamos seguir adelante.

Lo que necesitaba era una inversión económica. Que alguien como Theo se uniera a la empresa tranquilizaría a los empleados.

–No compro acciones de empresas –dijo él agarrando el vaso de whisky y dando un trago.

–Lo sé, pero creí que, en este caso…

–¿Haría una excepción? ¿Por qué? –preguntó él poniendo los codos en la mesa e inclinándose hacia delante. Y ella recordó lo grande que era. Siempre se había sentido segura a su lado, en su brazos, como si fuera un gladiador que la protegería de todo.

–A ver si lo adivino: porque salimos hace mucho tiempo, ¿crees que te debo un favor?

Ella se encogió visiblemente ante la cruda descripción de su relación.

–Hicimos algo más que salir.

–Lo que tú digas –dijo él sonriendo con desprecio, como había hecho ya varias veces esa noche.

Ella fue a contestarle, pero se preguntó si le estaba tendiendo una trampa haciendo que recordara la fallida relación, en vez de hablar de sus motivos para estar allí.

–Tengo todos los datos económicos –dijo ella sacando un lápiz de memoria del bolso, que dejó en la mesa–. La contraseña es la fecha de tu cumpleaños. –No había querido utilizar la del cumpleaños de ella, por si él no la recordaba y tuviera que reconocerlo.

–Ya te he dicho que no compro participaciones parciales de empresas.

–Lo sé. ¿Crees que he venido sin haber buscado información?

–Pues has perdido el tiempo.

–Si miras los detalles, verás que es un buen negocio. Lo que podemos llegar a hacer en el mercado…

–Ha llegado mi acompañante –dijo él saliendo del reservado con la chaqueta en la mano. De pie frente a ella, con sus casi dos metros de altura, la miró al rostro–. Lo siento, Annie. Te diría que ha sido un placer volver a verte, pero ambos sabemos que mentiría.

Annie observó cómo le cambiaba la expresión y sonreía al abrazar a la mujer y besarla en los labios. Annie pensó que prefería no haberlo visto. Bastante desagradable era ya ver fotos de él con mujeres del brazo, pero eran fotos, no aquello.

Sin embargo, como había llegado hasta allí, agarró el lápiz de memoria y cruzó el bar a toda prisa para alcanzar a Theo, que ya había salido con la mujer, y lo agarró del brazo.

Theo volvió la cabeza para mirarla y frunció el ceño, como si no la conociera.

A Annie le dolió mucho, pero se negó a reconocerlo. Más tarde, en la habitación del hotel, se compadecería de sí misma por la vergüenza y la humillación que le había supuesto aquella experiencia, pero ahora debía seguir adelante.

–Examina los datos económicos –dijo mientras la otra mujer la miraba–. Mi número de teléfono está en el documento. Voy a estar en Sídney otros dos días. Llámame, Theo, por favor.

Él entrecerró los ojos y, sin decir palabra, agarró el lápiz de memoria y se lo metió en el bolsillo.

–Adiós, Annie.

Ella lo contempló mientras se alejaba, sin saber si volvería a saber de él.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Theo podría haber seguido viviendo sin volver a oír el apellido Langley. Annie había sido uno de los peores errores de su existencia, y él no solía cometer equivocaciones, sobre todo con la gente, y nunca en cuestiones de confianza.

Sin embargo, había confiado en ella, que se abrió camino entre sus defensas insistiendo en que no era como él creía. Y Theo se dejó vencer, poco a poco.

El día en que cumplió dieciocho años, Annie bebió mucho champán con sus amigas y le rogó que la besara. De hecho, una de sus amigas, una tal Bianca, la había desafiado a que lo hiciera. Sus amigas consideraban divertido que estuviera deprimida por lo mucho que la atraía, ya que era un niño de la calle que, a pesar de haberse trasladado al barrio de ella, no pertenecía a ese medio. Nadie de esa clase social lo consideraba adecuado para Annie.

Y Theo se había negado a tocarla.

Era poco más que una niña, y no estaba dispuesto a proporcionar diversión a su círculo social. Pero el día en que ella cumplió veintiún años fue diferente. Ya era mayor y más experimentada, estaba sobria y, por lo que él sabía, pedirle que la besara era idea suya. Sus amigas no estaban allí.

Él heredaría la fortuna de sus padres de acogida, que no tenían hijos y que, admirados por su capacidad para los negocios, lo habían nombrado su heredero. Ya era dueño de sí mismo y se había abierto camino en el mundo.

Así que la besó.

Eso debería haber sido todo, pero había algo adictivo en Annie Langley; también algo peligroso, porque era una persona que podía hacer que deseara lo que nunca había deseado: que lo quisieran y necesitaran.

Theo tenía bastante experiencia con las mujeres, pero Annie no se parecía a aquellas con las que se acostaba. Era inocente e ingenua en su forma de reaccionar y era evidente que lo deseaba. Fue un milagro que no se acostaran esa noche ni tampoco más adelante. Esperar le pareció lo adecuado, en el caso de Annie.

Al principio, él hizo lo posible por controlar la relación. Quiso tener a Annie circunscrita a un compartimento de su vida. Le gustaba estar con ella, pero no quería que lo distrajera de lo importante.

Theo ya había realizado cambios fundamentales en la empresa de sus padres. Había revolucionado sus valores e incrementado su fortuna. Decía al niño que había sido que continuara esforzándose para que el negocio tuviera éxito.