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La reportera Hannah O'Reilly estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de conseguir una exclusiva, incluyendo colarse en la mansión de Jack Brattle en una fría Nochevieja. Pero no tardó en descubrir que aquel millonario era mucho más que champán y caviar. Gracias a la tormenta de nieve, iba a tener la oportunidad de saborear otras delicias… como su increíble cuerpo. Quizá esa vez su tendencia a lanzarse al vacío sin mirar tuviera un final feliz. Pero aún le quedaban unas cuantas sorpresas por descubrir porque el hombre con el que estaba escondía muchos misterios…
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Seitenzahl: 229
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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© 2012 Isabel Sharpe
© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Lujuria a primera vista, Elit nº 456 - mayo 2025
Título original: No Holding Backant
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l u g ares, y s i t u aciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788410745896
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
—Así que ahí estaba yo en París, en uno de los mejores restaurantes del mundo y la gripe estomacal elige justo ese día para cebarse conmigo, entre el pigeon aux olives y el baba au rhum.
—¡Qué horror! —Hannah O’Reilly tomó otro trago de champán templado y miró con desesperación más allá de ese tipo aburrido llamado Frank que se había empeñado en amargarle la noche.
Estaba en una fiesta de Nochevieja que se celebraba en una ostentosa mansión de Filadelfia, enfundada en uno de esos vestidos que guardaba todo el año para ese tipo de fiestas, y debería haber estado bailando con un atractivo desconocido. Si hubiese querido aburrirse, se habría quedado en casa.
Hannah agarró un canapé, aprovechando que un camarero pasaba por allí con la bandeja. No estaba segura de lo que era, pero seguro que costaba más de lo que ella gastaba en comida en todo un día. Gerard Banks, propietario de aquella casa y del periódico para el que ella trabajaba, The Philadelphia Sentinel, celebraba todos los años una lujosa fiesta de Nochevieja para sus empleados, amigos y familiares. Hannah no sabía a cuál de esos grupos pertenecía aquel tipo, pero habría deseado que martirizara a otro con sus anécdotas. Ella había acudido a la fiesta para disfrutar de una sana sesión de hedonismo.
—En otra ocasión, en Londres, me comí una ostra y de repente sentí que algo se movía dentro de mi boca —hizo el gesto de sacarse algo de entre los dientes—. Era un gusano. No he vuelto a comer ostras nunca más.
—No me extraña —dijo ella, poniéndole la mano en el hombro para suavizar un poco el golpe del rechazo—. Bueno, voy a ver si consigo tomarme otra copita de champán. Encantada de conocerte.
—Igualmente —respondió él con resignación—. Feliz Año Nuevo.
—Lo mismo te digo, Frank —y escapó con un suspiro de alivio y cierta culpa a la caza de un camarero que llevara copas llenas de champán.
Después de eso, encontraría a algún hombre guapísimo y soltero con el que iba a coquetear sin ningún tipo de miramientos porque había decidido que en el año que estaba a punto de comenzar iba a comenzar un nuevo capítulo en su vida. En lo relacionado con el trabajo, con la familia y con los hombres. Iba a cambiar la rutina por aventura.
Bingo. A pocos pasos de ella descubrió a un camarero de esmoquin con una bandeja llena de copas. Se coló entre un ficus y una estatua de cerámica con forma de leopardo. Con un poco de suerte, lo interceptaría junto al sofá de terciopelo naranja y…
—Hannah, ¿qué tal está acabando el año? —por desgracia su jefe, Lester Wanefield, que no era ni soltero, ni atractivo, ni llevaba champán para ella, se cruzó en su camino cuando ya le quedaba poco para alcanzar su dosis de burbujas—. Vaya, te favorecen mucho las lentejuelas rojas.
—Gracias —a ella también le gustaba cómo le quedaba el vestido, pero al darse cuenta de que era del gusto de su jefe, deseó haberse puesto un saco de arpillera.
—Buena fiesta, ¿verdad?
—Sí —siempre y cuando consiguiera no pensar que sería mejor dedicar todo ese dinero a algo más necesario, como obras benéficas, educación, a investigación médica o a aumentar un poco la cuenta bancaria de Hannah O’Reilly.
Seguía mirando al camarero, aún podía conseguirlo. Si daba un par de pasos hacia ella y la miraba…
—He estado pensando en tu próximo trabajo. No para la columna, sería más bien un artículo monográfico. Quizá podría ir en portada.
Lester consiguió hacerse con toda su atención. Ahora que había cumplido un año trabajando en el periódico, Hannah había empezado a dar la lata a su jefe, bueno, al principio le había lanzado indirectas, luego se lo había sugerido y luego sí, había empezado a darle la lata para que le encargara escribir cosas más importantes que los banales artículos que había estado haciendo hasta el momento para las secciones más irrelevantes.
—Sería genial, Lester. La verdad es que he estado investigando sobre algo. Resulta que hay un efecto secundario del medicamento Penz…
—Quiero un artículo sobre tetas.
Hannah se preguntó qué pasaría si le daba un puñetazo en la boca del estómago, ¿gritaría como el cerdo que era?
—Tetas.
—Sí, de mujeres que se han operado las tetas, para ser más exacto. Cómo ha cambiado su vida sentimental y sexual desde que tienen más pecho, si atraen más a los hombres o ha cambiado el tipo de hombres con los que ligan.
—Muy… interesante —debía de ser una broma—. El caso es que yo estaba pensando…
—Quiero muchas fotos —continuó como si ella no hubiera hablado, mirando a una mujer bien dotada que pasaba por al lado—. Muchísimas fotos.
—Yo preferiría…
—Sé lo que preferirías, O’Reilly. Pero en este negocio uno no hace lo que prefiere hasta que lleva muchos más años trabajando.
—Sí, ya me lo habías dicho, pero…
—Nada de «peros»—la cortó de inmediato para luego hacerle un guiño al tiempo que le apretaba el brazo con condescendencia—. Solo tetas.
Qué asco.
Hannah esbozó algo parecido a una sonrisa, consciente de que protestar solo le habría servido para enfadarse más. ¿Cuántas noticias supuestamente femeninas podía soportar una mujer a la que no le gustaban nada ese tipo de cosas femeninas? Al margen del vestido de esa noche.
Necesitaba encontrar algo por sí sola, algo más atractivo que los efectos secundarios de una medicina, algo que ni siquiera el cerdo de Lester pudiera rechazar. Una exclusiva tan atrayente que lo enganchara automáticamente, pero que fuera lo bastante seria como para darle un poco de reputación y le aportase el dinero suficiente para poder ayudar a sus padres si volvían a tener problemas. Para que esa vez pudieran contar con ella.
Soltó el aire al tiempo que veía a otro camarero y después le deseó feliz año a su jefe, consiguiendo que no pareciera que estaba deseándole algo peor. Tenía que alcanzar al camarero para tomarse otra copa que la ayudara a mitigar la frustración. Una historia sobre tetas. Estupendo. Quedaban aproximadamente quince minutos para que acabara el año y, al menos para ella, iba a ser un gran alivio dejarlo atrás. El trabajo de sus sueños había resultado no serlo. Otra vez. Su última relación no había funcionado. Otra vez. No había conseguido perder los cinco kilos que se había propuesto perder. Otra vez. Tenía veintinueve años y siempre había creído que a los treinta tendría todo lo que había soñado.
Al menos los problemas de sus padres se habían solucionado milagrosamente. Aunque ella no hubiese ayudado mucho.
El camarero se detuvo a atender a un trío vestido de gala. Era su oportunidad.
—Hannah —Daphne Baldwin, su mejor amiga del trabajo, la agarró de la mano y tiró de ella en dirección a la biblioteca—. Tienes que conocer a alguien… Dee-Dee no sé qué más. Royco o Rosmer o algo así… se me ha olvidado. El caso es que tienes que conocerla.
—¿Por qué? —Hannah miró con frustración al camarero entre la gente. Tan cerca y sin embargo tan inalcanzable.
—Porque es… espera —Daphne buscó a su alrededor frunciendo el ceño—. Estaba aquí hace un segundo.
—¿Dónde está Paul?
Eso hizo que frunciera el ceño aún más.
—No ha venido. Dice que no entendía por qué tenía que arreglarse, ponerse ropa incómoda y pasar la noche con gente que ni conocía, ni tenía ningún interés en conocer cuando podía quedarse en casa y beber tranquilamente sin preocuparse por si se emborrachaba demasiado para conducir.
Tenía algo de razón, pensó Hannah, aunque sin admitirlo en voz alta. A veces creía que Paul sería más feliz con alguien que tuviese tan poca energía como él y que Daphne, sin embargo, necesitaba un hombre más activo, pero su amiga aseguraba que Paul era el contrapeso perfecto.
—Así que esta noche estás libre y soltera. Paul debería tener cuidado.
—No sé, Hannah. Últimamente está muy raro. No quiere hacer nada conmigo.
—¿Quieres decir que ya no te sigue para hacer todo lo que tú quieras?
—Muy graciosa —Daphne continuó buscando por la sala, sin hacer el menor caso al certero comentario de Hannah—. Hablo en serio. Está muy distinto y… no sé, apático. Como si estuviera preocupado por algo.
—¿Crees que te está engañando?
—¿Qué? —el horror se reflejó en la voz y en el rostro de Daphne de una manera tan brusca y clara que varias personas se volvieron a mirarla.
Vaya. ¿Dónde estaba el botón de rebobinado para volver atrás en la conversación? Estaba claro que había tocado un punto delicado y no quería torturar a su amiga con sospechas.
—No es que yo lo crea —se apresuró a decir para tranquilizarla—. Es que siempre es eso lo primero que se piensa cuando…
—Paul jamás me engañaría. No tiene tiempo para hacerlo. Ni la iniciativa necesaria.
Hannah adoraba a Daphne, pero a veces pensaba que Paul debería engañarla simplemente para que ella dejara de dar por hecho que su relación nunca correría peligro.
—¿Algún problema en el trabajo?
—Eso me lo habría contado. Seguramente sea la crisis de la edad. A los hombres les pasa mucho, ¿verdad? Se lo merecen por no tener que estar sometidos a las hormonas todos los meses como nosotras —arrugó el entrecejo y se plantó las manos en las caderas—. ¿Dónde demonios está esa mujer?
—¿Por qué tienes tanto empeño en presentármela? —Hannah resopló con incomodidad. Estaba contrariada y no quería esforzarse por mantener una conversación banal con gente que no conocía, ni siquiera aunque hubiera sido el soltero más sexy del año. Había malgastado el vestido, la noche y el año. Iba camino de malgastar también su vida. Y ni siquiera podía emborracharse porque los camareros huían de ella.
Muy bien, iba a despedir el año, hacerle la pelota a Gerard por haberse gastado una millonada en la misma gente a la que pagaba sueldos insuficientes y luego se marcharía a casa antes de que comenzara la tormenta de nieve que habían pronosticado. Lástima no haber podido hacer realidad la fantasía de pasar la noche con un nuevo amor, pero quizá fuera mejor así porque siempre era la misma historia. Ella se enamoraba de los hombres como una tonta y, cuando se daban cuenta de la intensidad de su pasión y de las esperanzas que había puesto en el futuro de la relación, salían corriendo. Por mucho que intentara cambiar de actitud, los hombres siempre se daban cuenta. Quizá debiera plantearse el propósito de alejarse de los hombres por completo.
—Ven conmigo —le dijo Daphne de pronto al tiempo que tiraba de ella para sacarla de la biblioteca—. Aquí tampoco está —dijo al entrar a la sala contigua, que era una especie de despacho—. Vamos.
—Espera un momento —le pidió Hannah.
Acababa de ver a Rory, el subdirector de publicidad del periódico, del que estaba ligeramente encaprichada. Estaba allí solo y con cara de estar un poco perdido. En la oficina no solía hacerle ni caso, seguramente porque Hannah siempre iba vestida con pantalones vaqueros y ropa ancha. Quizá debiera poner a prueba el efecto de su vestido de lentejuelas y ver si…
¡Dios! ¿Qué era eso, una especie de adicción? Acababa de hacerse un propósito y ya lo había olvidado. «Hombres malos, Hannah. Malos. Sola, bien».
Pero estar sola era aburrido y muy predecible.
—Vamos a probar por aquí.
Hannah se plantó con firmeza para que su amiga dejara de arrastrarla de un lado a otro.
—¿Te importa decirme por qué tienes tanto interés en que conozca a esa persona?
—Está bien —Daphne meneó la cabeza e hizo que le botaran los rizos—. Es íntima de Jack Brattle.
Ah. Hannah apartó la mirada de Rory y la centró en Daphne.
—¿Jack Brattle?
—Sabía que así conseguiría tu atención.
—¿Dónde está? —Hannah agarró el musculoso brazo de Daphne y, por una vez, no sintió envidia de su fuerza de voluntad para ir al gimnasio—. Vamos a buscarla. Una entrevista con Jack Brattle sería…
—Sí, lo sé. Te daría mucho dinero y reputación. ¿Por qué crees que quería que la conocieses?
Siguieron caminando, aunque esa vez era Hannah la que tiraba de Daphne, y llegaron al vestíbulo de la mansión, donde se levantaba una majestuosa escalera propia de Lo que el viento se llevó.
—Ahí está —anunció Daphne.
Señalaba a una rubia despampanante ataviada con un minivestido negro y zapatos de tacón de aguja. La candidata perfecta para protagonizar el artículo que le había encargado Lester.
—Perdona, ¿hay algún concurso de imitadoras de Pamela Anderson? —preguntó Hannah.
—Calla —la reprendió su amiga al tiempo que iba hacia la rubia—. Hola, Dee-Dee.
—Hola —Dee-Dee meneó la melena oxigenada y echó un vistazo a Hannah—. Bonito vestido.
—Gracias —Hannah esbozó una sonrisa—. Lo mismo digo.
—Te presento a Hannah O’Reilly. Trabaja conmigo en el Sentinel.
—¿Sí? —otro meneó de pelo decolorado.
—Escribe La Columna Popular.
—¡Ah! ¡Me encanta esa columna! Siempre te enfrentas con el que escribe La Columna Sofisticada, D.G. Jackson. Es muy divertido.
—Sí —Hannah apretó los dientes. Divertidísimo. El señor Jackson disfrutaba enormemente metiéndose con lo que ella escribía, que solía ensalzar las virtudes de los planes baratos que podían hacerse por la ciudad, mientras que la de él hablaba de lugares a los que no podía permitirse ir ninguna persona normal y en los que cualquiera que no estuviera loco no se atrevería a gastar tantísimo dinero. Hannah había respondido a un comentario particularmente hiriente enviándole una botella de mostaza de Dijon de imitación y, a cambio, él le había mandado unos botes pulverizadores de queso. Pronto se había corrido la voz de lo sucedido y los editores del periódico no habían perdido el tiempo en avivar el fuego para atraer más atención sobre ambas columnas.
Eso era lo único que buscaban, atención. Pero de lo que quería escribir Hannah era de las noticias, de las cosas importantes que ocurrían en el mundo.
—Cuéntame… ¿qué aspecto tiene ese D.G.? —le preguntó Dee-Dee mientras jugueteaba con un mechón de pelo—. Escribe unos artículos tan divertidos y con tanta clase…
—La verdad es que no lo conozco personalmente —Hannah sonrió, impaciente por cambiar de tema y hablar de Jack Brattle—. Pero quizá pueda concertarte una cita para comer con él.
—Me encantaría. No sé… tengo una extraña sensación sobre él —se echó a reír—. ¿De verdad harías eso por mí?
—Claro —no lo había dicho en serio, pero tampoco estaba mal prometer que le haría un favor antes de pedirle uno ella. Quizá pudiera convertir aquella cita con alguien tan vulgar como Dee-Dee en otra broma para el señor Intelectual—. ¿Así que eres muy amiga de Jack Brattle?
—Bueno —parpadeó varias veces con sus pestañas postizas—. Tanto como muy amiga. Ni siquiera debería haber dicho…
—Pero sí que eres su amiga, ¿no?
—Bueno —miró con incomodidad a Hannah y luego a Daphne—. Lo conozco.
Hannah le lanzó una mirada a su amiga. Eso no era lo que le había dicho Daphne.
—¿Cuándo lo conociste?
—Hace algún tiempo. De verdad no debería contar nada. Es que se me ha escapado.
Algo que Hannah le agradecía enormemente. Jack Brattle había conseguido escapar de la atención mediática del mismo modo que su fallecido multimillonario padre había conseguido ser el centro de la misma.
Cualquier periodista habría dado algún órgano vital por conseguir una entrevista con el hijo y heredero de Harold Brattle… o al menos un poco de información, que parecía ser lo único que iba a poder darle la neumática Dee-Dee. Hannah se conformaba con saber algo sobre su paradero, sus costumbres, sus gustos, sus preferencias sexuales… lo que fuera.
Muchos reporteros habían intentado hacerse con dicha información, pero ninguno lo había logrado. Sin embargo, a pesar de su ausencia absoluta en los medios, Jack Brattle seguía dirigiendo el imperio de su padre. De vez en cuando alguien afirmaba haberlo visto, igual que otros aseguraban haber visto a Elvis, pero siempre resultaba ser una broma o un error.
—Cuéntame lo que puedas, yo seré muy discreta nadie sabrá nunca de dónde saqué la información.
—Dios. No debería hacerlo.
—Te entiendo —le dijo, poniéndole una mano en el brazo, pero preparada para intentar convencerla—. Sé que te he puesto en una situación muy difícil.
—Bueno —Dee-Dee se mordió el labio, hinchado de silicona—. Podría decirte dónde vive. Una vez un tipo me llevó a su casa. Supongo que eso no puede hacerle ningún daño.
—Claro que no —aseguró Hannah, que volvía a albergar esperanzas. Había rumores que decían que tenía una propiedad por aquella zona, pero nadie había podido confirmarlo—. Sería increíble que me lo dijeras.
—Es en West Chester —parecía que, una vez que había comenzado, iba a ser todo mucho más fácil—. Mi amigo me ha contado que va a estar en el extranjero hasta la primavera, pero la casa no está lejos de aquí.
Las ansias periodísticas de Hannah no hicieron sino crecer. A su alrededor, el murmullo de la gente se hizo más intenso, pues habían encendido unas pantallas gigantes para seguir la llegada de la medianoche.
—¿Podrías decirme dónde está exactamente?
—Sí, claro que podría. Pero él no está.
—Es solo por curiosidad. No voy a intentar entrar, ni voy a molestar a nadie. Solo voy a pasar por allí y nadie se enterará de que lo he hecho —esbozó una sonrisa de inocencia y se encogió de hombros como si en realidad no le importara mucho que Dee-Dee le diera o no la información. «Por favor, por favor, por favor».
—Está bien. ¿Tienes papel o algo donde apuntar?
—Tengo una BlackBerry —afirmó, dando las gracias al cielo por las nuevas tecnologías—. Dime, ¿qué aspecto tiene él?
—Pues es… —la rubia hizo un gesto incierto y miró hacia el cielo—. Ya sabes.
—Sí, sí —Hannah se vino abajo. Estaba claro que no lo había visto en su vida, seguramente ni siquiera sabía dónde estaba su casa. Aquello iba a ser otra decepción, era mejor que fuera preparándose. Claro que, si había la más mínima oportunidad de que fuera cierto…—. Explícame cómo llegar a la casa.
Unos minutos después, Hannah había escrito las indicaciones de Dee-Dee, que consistían en frases como «gira a la derecha cuando veas una cosa de piedra» o «sigue por la carretera aunque parezca que se acaba».
Iba a ser un milagro si conseguía dar con la casa, o si al menos existía dicha casa.
Alguien había empezado la cuenta atrás en la sala. Hannah se guardó la BlackBerry en el bolsito de noche, luego consiguió, por fin, una segunda copa de champán y miró a la pantalla más cercana.
En cuanto entrara el nuevo año, iría en busca de Gerard, le daría las gracias por la fiesta y saldría en busca del escurridizo Jack Brattle, heredero de la enorme fortuna inmobiliaria de su padre. Aunque, dado el origen de su información, quizá fuera como perseguir el arcoíris.
Levantó su copa y contó con todos los demás.
—Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Claro que también era posible que consiguiera lo que no había logrado ningún otro periodista y aquello fuera el comienzo de su nueva vida.
Hannah apretó el acelerador con cautela, tratando de ver algo al otro lado de la cortina de aguanieve que golpeaba contra el parabrisas y el techo de su querido Mazda rojo, al que había bautizado con el nombre de Matilda. Hannah se consideraba una investigadora tenaz, pero en aquellos momentos empezaba a cuestionarse si era buena idea estar allí sola con la que estaba cayendo. El paisaje de Pensilvania rodeaba al coche y, a pesar de la belleza del campo y de los bosques, no quería salirse de la carretera y acabar teniendo que pasar la noche en uno de esos campos.
Sorprendentemente, por el momento las indicaciones de Dee-Dee estaban siendo bastante acertadas, lo que la animaba a continuar. Hannah había encontrado la «cosa de piedra» e incluso había reconocido el «árbol impresionante». Quizá no tuviera una mente privilegiada, pero, al margen de que al final Hannah pudiese encontrar a Jack Brattle, lo cierto era que Dee-Dee era muy observadora y tenía muy buena memoria. Solo le quedaba tomar un desvío en unas puertas que «dan un poco de miedo y parecen de una cárcel». Y que además «no se ven bien desde la carretera a no ser que mires con atención».
Hannah miraba con toda la atención del mundo, pero no veía nada.
La tormenta arreciaba y no había ni rastro del desvío. Ni de las puertas.
—Vamos, casa, aparece de una vez —a esas alturas, solo quería ver el desvío, registrar el lugar en el GPS para poder encontrarlo de nuevo y volver otro día en que el tiempo no amenazase con acabar con ella. Una vocecilla en su interior le recordaba una y otra vez que desde el principio habría sido mejor haberlo dejarlo para otro momento.
Un desvío. Sin puertas. Las casas no estaban precisamente pegadas en Millonariolandia. Todo el mundo necesitaba su propio establo, su piscina, su pista de tenis, su campo de golf… las necesidades más básicas.
De pronto le sonó la BlackBerry. Hannah la sacó del bolso y miró la pantalla. Era su padre que llamaba para desearle Feliz Año Nuevo. Si no respondía, se preocuparía, así que detuvo a Matilda en el arcén y encendió las luces de emergencia.
—Feliz Año, papá.
—Feliz Año, preciosa —respondió él con voz tranquila—. No se oye ruido de fiesta, ¿es que no has ido? ¿O es que las fiestas de lujo no son ruidosas?
—Me fui poco después de medianoche, quería volver a casa antes de que empeorara el tiempo.
—¿Hace muy malo ahora? Hace un buen rato que no miro por la ventana.
—No, no todavía no está mal del todo —los cristales de hielo seguían golpeando el techo del coche y los faros iluminaban unas bolas de granizo del tamaño de guisantes que rebotaban contra el asfalto—. La carretera está bien.
—Bueno. De todas maneras, llámame cuando llegues a casa. Han dicho que va a caer una buena tormenta.
«Dímelo a mí».
—Estoy casi llegando, papá. De hecho, ahora mismo estoy entrando en mi calle. ¿Qué tal está mamá?
—Mejor, cada vez mejor, gracias a Dios. No sé qué habríamos hecho sin Susie.
—Sí, es estupenda.
—Hoy mamá hasta ha podido comer sola parte de la cena. He hecho lasaña.
—¡Qué bien! Es su comida preferida —Hannah sonrió, avergonzada de no sentirse lo bastante agradecida por las pocas cosas buenas que habían sucedido durante el año que acababa de terminar.
El último lugar para el que había trabajado su padre, la Sinfónica de Broadway, se había salvado de la ruina en el último momento gracias a la generosa donación de una persona que había saldado la deuda de la orquesta y había evitado que su padre perdiera el primer trabajo que le había durado tanto, ya iba para cinco años. Y Susie, un ángel de enfermera, se había presentado en casa de sus padres, con la recomendación del médico de su madre, y se había ofrecido a ayudarla en la rehabilitación a cambio de un sueldo ridículo con la excusa de que necesitaba la experiencia.
Hasta que habían ocurrido esos dos milagros, Hannah se había sentido desesperada e impotente por no poder ayudarlos con su ridícula cuenta bancaria. Sus padres no habían podido darle una infancia estable, pero ahora que habían logrado salir del agujero, Hannah quería que disfrutasen de una buena jubilación.
—Dile a mamá que la quiero y que estoy segura de que este año va a volver a ser la misma de siempre. Os llamaré mañana.
—Se lo diré. Espero que también para ti sea un buen año, Hannah Banana —sus palabras se vieron interrumpidas por la tos, el legado de toda una vida como fumador—. Puede que conozcas a un buen hombre.
—Puede —Hannah meneó la cabeza. Quizá conociera a alguien y quizá se quedara a su lado más de un mes y quizá el cáncer empezara a curarse solo y se frenara espontáneamente el calentamiento global.
—Cuídate y conduce despacio.
—No te preocupes, papá. Te quiero —se despidió llena de culpa por haberle mentido y por volver a meterse en la carretera en medio de la tormenta. Era una locura. ¿Qué sería de su padre si le ocurría algo a ella? Le había supuesto bastante esfuerzo mantenerse sobrio tras el repentino derrame cerebral de su madre y de haber estado a punto de perder su única fuente de ingresos.
Hannah estaba siendo muy egoísta. Debería darse media vuelta y volver a casa, olvidarse de toda aquella locura hasta que hiciera mejor tiempo.
El problema era que ya había llegado tan lejos… Y se trataba de Jack Brattle. ¿Y si Dee-Dee había hablado con algún otro periodista? ¿Y si perdía la oportunidad de conseguir semejante exclusiva? ¿Y si? ¿Y si? ¿Y si?
Avanzó lentamente por la carretera. Un relámpago la sobresaltó e hizo que se agarrara al volante con fuerza, a la espera del trueno, que llegó acompañado de más nieve. La cosa se ponía divertida.
Otro desvío… sin puertas.
Se había levantado un viento muy fuerte que zarandeaba a Matilda de un lado a otro. Hannah consiguió esquivar una rama de árbol que había caído en medio de la carretera, pero la nieve cada vez le dificultaba más la visibilidad.
Ay Dios.
En el siguiente desvío tuvo que girar para poder ver bien.
¡Puertas! Unas horribles puertas que parecían las de una cárcel. ¡Por fin! Lo había encontrado. O al menos había encontrado algo.
Sacó la BlackBerry y registró la dirección en el GPS. Bingo. Tenía la dirección de Jack Brattle. El 523 de Hilltop Lane, West Chester, Pensilvania.
Volvería al día siguiente para…
Otro relámpago y apenas un segundo después sonó el trueno.
