Lunática - Andrea Momoitio - E-Book

Lunática E-Book

Andrea Momoitio

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Beschreibung

En 1977, el cadáver de María Isabel Gutiérrez Velasco aparece calcinado en una celda de la prisión de Basauri (Bizkaia). Sus compañeras no se creyeron la versión oficial y esos días declararon una huelga de prostitutas en Bilbao. De la mano de otros colectivos políticos, organizaron manifestaciones y encierros para exigir la amnistía de las y los presos sociales y la derogación de leyes franquistas que afectaban especialmente a la chusma.
¿Pero quién era María Isabel? La periodista Andrea Momoitio, cofundadora de la revista Pikara Magazine, emprende en Lunática una búsqueda originalísima, apasionada, a ratos caótica, callejera, marginal, intuitiva, detectivesca, desesperada y torrencial. Un crudo y tierno retrato de los márgenes de la sociedad, y una denuncia ácida y sistemática de los mecanismos de represión.
«Una historia fascinante y sobrecogedora, real pero ignorada hasta ahora, que nos habla de explotación, machismo, mentiras oficiales, desidias criminales y prejuicios, contada con sensibilidad y extraordinaria potencia narrativa. Un gran libro». Rosa Montero


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Seitenzahl: 310

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Andrea Momoitio

LUNÁTICA

primera edición: febrero de 2022

© Andrea Momoitio San Martín, 2022

© Libros del K.O., S.L.L., 2022

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-17678-75-3

código ibic: dnj, jffk

imagen de cubierta: fotografía de Javier Freijanes para la revista Posible retocada por Zuriñe Burgoa

maquetación: María OʼShea

corrección: Zaida Gómez y María Campos

«Porque un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo.

Y las cárceles vuelan»

Miguel Hernández

A Lucía Martínez Odriozola

¿Empezamos?

No sé escribir un libro, pero lo he intentado, entre miedos, vinos y muchos bloqueos. Supe que tenía que dejar de investigar —¡y ponerme a escribir!— el día que me vi apuntando el número de expediente de la construcción de la última vivienda que tuvo la familia de María Isabel en Astillero. Ya vale. Sé todo lo que tengo que saber para hacer un bonito homenaje a esta jabata.

Te mando el borrador del primer capítulo, si es que todavía aceptas mi propuesta después de tanto silencio. Te lo mando adjunto, pero dime si prefieres que te lo haga llegar de cualquier otra manera. Lo he escrito con todo el cariño del mundo. Espero que se note.

23 de diciembre de 1953

La prensa se ponía solemne para anunciar el alumbramiento: «La gran duquesa Wladimir de Rusia, nacida princesa Leonida Bagration de Mukhrani, princesa real de Georgia, esposa del gran duque Wladimir, jefe de la casa imperial de Rusia, ha dado a luz a su primer hijo. A la recién nacida se le impondrá el nombre de María». A pesar de los honores, de la imposición y del uso injustificado del masculino genérico, hoy, probablemente solo se acuerde de aquel parto la mismísima princesa Leonida. Mientras ella paría a María, el planeta seguía girando alrededor del Sol y Eugenia empezaba con las contracciones sin que ningún periodista se acercase a preguntarle qué tal iba ella con el tema.

Aquel miércoles, las temperaturas no subieron de los doce grados, el viento del este zumbaba a dieciséis kilómetros por hora y la neblina inundaba de misterio la bahía de Santander. Han pasado muchos años y la memoria de Eugenia, aunque a veces sorprende al recordar pequeños detalles aparentemente insignificantes, no es inmune al paso del tiempo. No sabe, por ejemplo, cómo llegó a Santander. Ni ella ni Manuel tenían coche, así que puede que les acercase algún pariente, que agarrasen el tren, el recién inaugurado trolebús o, quién sabe, quizá pararon un taxi en Astillero, su pueblo. En realidad, tampoco puede asegurar que su marido estuviera con ella mientras se le dilataba el cuello del útero. El que sí estuvo en el paritorio fue el doctor Lastra, un reconocido ginecólogo, que entonces tenía su clínica en la céntrica calle Juan Herrera. Eugenia no se acuerda de cómo fue el parto, pero cree que la cosa estuvo por los cuatro kilos. Puede intuir el dolor y el miedo, si es que se puede intuir algo que no recuerdas. Por ahí debía andar también la tía Teresa, que pagó la minuta del doctor. Ella llegaría caminando desde la casa de los señores a los que servía, dicen, con mucho gusto.

El 23 de diciembre de 1953, el periódico Alerta costaba setenta céntimos de peseta y anunciaba el regreso a España de Pilar Primo de Rivera tras su viaje por América Latina. En Santander, la borrina probablemente dificultase las labores de vigilancia en el puerto, pero ningún barco pirata aprovechó la ocasión para arribar allí. Menos mal, porque andarían despistados en el atracadero. La prensa anunciaba que la Junta de Obras había ganado casi millón y medio de pesetas en la lotería de Navidad. El encargado de las grúas bramaba ante los micrófonos: él había jugado 400 pesetas, pero a otro número. El gordo gordísimo cayó en Valencia.

La familia de Eugenia no pilló un duro.

Santander estaba engalanada para recibir la Navidad aquellos días. Las familias de bien ya tendrían todo dispuesto para la cena de Nochebuena y doce camiones habían transportado tres mil cajas de alimentos y regalos de la obra social de la Falange. Los Franco estaban ocupados: la esposa del dictador tenía que inaugurar la tradicional exposición de nacimientos de Navidad y él andaba celebrando que el papa le había concedido la Orden de Cristo. La Santa Sede reconocía así los méritos excepcionales del dictador, que entre rezo y rezo, siempre sacaba un ratito para la represión y la venganza. El aparato del régimen anunció a bombo y platillo la noticia. Llegarían felicitaciones de todo el mundo. Las de Francia, probablemente, con retraso. El país era un hervidero de huelgas. Entre ellas, la del servicio postal.

Manuel se acercó el mismo día al registro de la ciudad para anunciar un nacimiento más discreto que el de la rusa. Había nacido una hembra, que resultó ser salvaje: María Isabel. Una jabata. Hija legítima de don Manuel Melchor Gutiérrez, jornalero, de veintitrés años, natural de San Salvador y de su esposa, doña María Eugenia Joaquina Velasco Bedia, un año menor, natural de Astillero, de esa profesión que entonces se llamaba «su casa», domiciliada en un hogar que era, por defecto, de su marido, fuese de quien fuese en realidad. La única solemnidad de ese nacimiento está dada por el formulario del Registro Civil, que reconoce, por defecto, como don y doña a cualquiera. Un tal Francisco y otro tal Pedro hicieron de testigos de aquella inscripción. Los dos estaban casados, tenían trabajo y vivían en Santander. Puede que tras firmar aquel escrito tomasen algún trago para celebrar el nacimiento de la primogénita del matrimonio, que había pasado por el altar unos meses antes: el 2 de julio de 1953. Ella, con el abdomen hinchado, y los dos, con cara de no haber usado condón. El párroco, Francisco Martínez, se hizo el tonto.

La boda fue poca cosa para lo que es Eugenia. Cree recordar que fue vestida con un traje corto, gris perla, que tantos años después no es capaz de definir con más exactitud. No hay fotos que puedan confirmarlo. Se dieron el «sí, quiero» y el convite se celebró en la casona familiar. Ella y Manuel no vivían allí. Ellos sostenían una pequeña casita, en el barrio de LaChurruca, en la que sus miserias atravesaban las ventanas. Una neblina, más difícil de confirmar, cubre esos recuerdos en la memoria de la Genia. Así la llaman en Astillero, un pequeño municipio de la bahía de Santander en el que puede llover, incluso, cuando la playa del Sardinero está a rebosar de bañistas.

Paco, el padrino de la boda de Eugenia y Manuel, tiene los ojos vidriosos. No es que se emocione al recordar el acontecimiento, que no fue para tanto, es que tiene cataratas. Es tan mayor que da vergüenza preguntarle cuántos años tiene. Le acecha la muerte, pero ni por esas se acerca a la iglesia: «A mí los curas me la soplan», dice. Aquel día tuvo que madrugar para confesarse y poder ejercer de padrino. No era creyente él ni eran creyentes los novios, aunque Eugenia se confiese la más devota justo antes de decir que ningún dios podría consentir todas las desgracias que ha tenido que sufrir ella. Últimamente, predica las virtudes del culto evangélico.

El tío Fidel fue el otro encargado de engañar al señor aquel día. Quizá dijeron que el bombo de Eugenia era fruto de una buena puchera montañesa. Solo ellos firmaron el acta de matrimonio, sin que nadie supiera entonces que, años después, la firma de las mujeres tendría también valor. La madrina fue Teresa, que se entregó en cuerpo y alma a la familia de su sobrino y a la familia rica a la que servía en Santander. Era muy generosa. Dedicó toda su vida al cuidado de una familia bien y otra más regular. Siempre dispuesta a echar una mano, Eugenia insiste en que era una Santa. Trató de evitar la muerte de su sobrino Manuel, pero acabó llorando su cadáver y muchos otros.

Yo prefiero llamarte María Isabel

El 9 de noviembre de 1977, en la cárcel de Basauri, María Isabel falleció de shockpor quemaduras. No era la primera vez que jugaba con fuego. Ella siempre se manejó bien entre las llamas. Ardió ella y ardieron las calles de San Francisco, el barrio bilbaíno en el que pasó los últimos años de su vida.

Las prostitutas que ejercían en esa zona, sus compañeras, no se creyeron la versión oficial y convocaron algo así como una huelga. Querían que se investigara el caso y que las dejasen vivir en paz. Las putas clamaron al cielo porque, sí, María Isabel estaba loca; porque, sí, había robado; porque, sí, las liaba pardas; porque, es verdad, a veces daba miedo; porque gritaba y pegaba; porque se reía cuando no tocaba y lloraba cuando nadie lo entendía; porque no tenía que estar en la cárcel, porque no tenía que estar sola, porque tenía un hijo muy pequeño; porque aquel día se chamuscó María Isabel, pero las tenían fritas a todas.

Aprobada la amnistía para algunos presos políticos, en julio de 1976 —aunque no entró en vigor hasta octubre—, las decisiones políticas que se tomaron entonces hicieron evidente que la chusma no tenía cabida en el proyecto democrático. Las putas, yonquis, quinquis, macarras, camellos, ladrones, ladronas, locos y locas no iban a pillar ni un poquito de ese amago de libertad. La COPEL (Coordinadora de Presos Españoles en Lucha) y las personas que se estructuraban en torno a ella reclamaban que la amnistía también les tuviera en cuenta. El movimiento feminista exigía que se derogasen los delitos que solo se aplicaban a las mujeres y el incipiente movimiento LGTB pedía la abolición de la ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Las putas estaban atravesadas por un engranaje de normas franquistas que buscaban guardar la moralidad católica.

Cuarenta y tres años después de su muerte, desde mi casa, a 280 metros de la última vivienda en la que estuvo empadronada ella, trato de reconstruir la vida de una tía que luchó siempre por no ser abatida. Alguien me dijo una vez, refiriéndose a María Isabel, que la gente «así» no deja rastro. Consiguió convencerme durante un tiempo, pero ahora sé que estaba absolutamente equivocada. Todo lo que dejó María Isabel fue precisamente rastro. Su nombre está escrito en cientos de documentos y asociado, siempre, a delitos insignificantes y adjetivos horribles. «Depravada», se atrevió a escribir algún funcionario imbécil. Las personas que no dejan rastro son esas que no se saltan ninguna norma, pero ella precisamente saltó y saltó.

Conocí la historia mientras participaba en un proceso de recuperación de la memoria histórica de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia-Bizkaiko Emakume Asanblada, pero acabé de engancharme a María Isabel cuando me encontré con Marta, la Discreta,una prostituta retirada del barrio. Quedamos en un bar cerca del centro de día en el que pasa las mañanas. Anda con dificultad, tiene el pelo completamente blanco y está hermosa. Me pide que no escriba su nombre real y, a cambio, me cuenta su historia con soltura y sentido del humor: «Al llegar a la habitación, ponía a los clientes en el lavabo, que teníamos jabón y de todo, y les daba una buena lavada de huevos». Discreta y limpia, claro que sí. Me ofrece un relato impagable del barrio aunque se empeñe en repetir que hay muchas cosas que no recuerda. Poco a poco, agarrando con cuidado los hilos, conseguimos que caiga en pequeños detalles.

Ella no conoció a María Isabel hasta que estuvo muerta. Marta se acercó con otras compañeras al hospital en el que se encontraba su cuerpo y se recuerda en la morgue ante un cadáver completamente calcinado. Suspira antes de explicarme que tenía los puños cerrados y los brazos ligeramente flexionados. Insiste en el gesto del cadáver, que apenas pudo ver unos segundos antes de retirar la vista y de que cerrasen el féretro. No la recuerda viva. No coincidieron trabajando, aunque las dos ejercieron en la misma zona. Cree que será por la diferencia de edad. Ella era ya toda una mujer, hecha y derecha, cuando María Isabel llegó a Bilbao.

Marta me habló también de Mertxe, una vecina que trabajó muchos años en las campañas de prevención de VIH que se hicieron a finales de los ochenta en Comisión Antisida. Ella, igual que Marta, es una de las mujeres a las que entrevisté para el Proyecto Vecinas, una iniciativa que pusimos en marcha desde Pikara Magazine e Histeria Kolektiboa, un proyecto cultural del barrio. El objetivo era conocer mejor las historias de lucha y resistencia que pasan desapercibidas a nuestro alrededor. Ha sido un impulso imprescindible para acabar escribiendo este libro.

No sé cuántas veces le habré preguntado a Mertxe por personas que a lo mejor podían conocer a otras personas que tal vez, por qué no, podrían haber conocido a María Isabel. Ella ha estado muchos años enredada con las putas del barrio y puede que incluso participara en las protestas por la muerte de María Isabel, pero no lo recuerda con nitidez. Acudo a ella cuando empiezo a dudar: ¿y si todo ha sido mentira?

Resulta que me dicen que quizá decir «huelga» sea mucho decir y que las prostitutas que se organizaron estuvieron muy guiadas por los y las militantes de los comités de apoyo a la COPEL. De repente, no hay historia. No hay libro. ¿Qué estoy haciendo? Mertxe me tranquiliza enseguida: «Lo importante es enmarcarlo históricamente. No lo relativices. Fue la hostia». Quizá las compañeras de María Isabel no tenían hasta entonces elaborado un discurso político ordenado, pero tenían muy claro cuáles eran sus problemas: «La espontaneidad es un valor muy importante en esta huelga. ¡[La calle] Cortes no era Alto Hornos!», me dice, y vuelvo a respirar tranquila. Es verdad. Además, la prostitución es un actividad muy solitaria y, de alguna manera, competitiva. Cada una de ellas trabajaba bastante a su bola y todas eran competencia para el resto. La huelga funcionó porque aquel noviembre se respiraba apertura y, en este barrio, siempre se ha respirado solidaridad: «Esta siempre ha sido una zona de refugio».

Casi todo lo que he encontrado en la hemeroteca sobre María Isabel es solo relativamente cierto. Incluido su nombre. Las noticias sobre su muerte se suceden en las páginas de decenas de revistas y periódicos, pero hoy casi nadie se acuerda de ella en el barrio en el que pasó los últimos días de su vida. Es difícil también encontrar sus huellas en otros territorios por los que dio tumbos. Llegan a mí algunos ecos sobre su mala hostia, que se confirman con su archivo policial y se esfuman cuando me siento a hablar con alguna de las pocas personas que la recuerdan con cariño. Me frustro al reconocer que, por mucho que escriba, que compruebe, por muchos archivos que visite, por muchas entrevistas que haga, nunca sabré a ciencia cierta cómo prefería ella que la llamasen. Nunca conoceré su nombre. Su familia se refiere a ella como Maribel, pero yo no sé quién es esa. Ese diminutivo, que conozco cuando me acerco a su entorno más cercano, se me hace insignificante y tomo la primera decisión: «Yo prefiero llamarte María Isabel» y, ahí, en esa determinación, encuentro la tranquilidad que necesitaba para seguir. Me consuelo entonces viendo su letra atormentada en algún documento y sonrío ante sus pequeñas mentiras. Cómo iba a imaginar ella que las descubriría tanto tiempo después.

Este libro se escribe sin su consentimiento, sin su voz, que asumo que nunca voy a poder escuchar. No es la única que falta. Faltan, sobre todo, las putas. En unas declaraciones a la revista Cuadernos para el Diálogo, una de ellas decía que la principal dificultad de la huelga era que no habían conseguido que se articulasen las mujeres más jóvenes: «Siempre nos encontramos las mismas, y siempre caemos las mismas cuando hay redadas: las viejas, las que tenemos hijos y nos vemos obligadas a hacer horas extras para poder alimentarlos. Las que, como ya no somos “tan aptas”, no tenemos ningún amigo que nos avise por teléfono cuando van a venir de redada». Las putas que protestaron por la muerte de María Isabel eran mayores en 1977 y, ahora, están muertas.

No es la única dificultad a la que me he tenido que enfrentar. No solo faltan las fuentes orales más importantes —las prostitutas— sino que he tenido que reconstruir la vida de María Isabel, sobre todo, a través de voces de hombres y documentos institucionales. Ni una cosa ni la otra está libre de pecado patriarcal. No puedo confiar en la información que las instituciones franquistas dejaron por escrito, pero tampoco me acabo de fiar de todos los tipos que se han sentado a hablarme de sus años mozos. A los más fanfarrones les he pillado rápido, pero seguro que otros se me han colado. Todos han sido muy amables y han respondido a mis preguntas sin poner freno a ninguna de ellas. Algunos sé que han disfrutado alardeando de sus años más salvajes, pero también sé que para otros ha sido difícil revivir una época de la que no están orgullosos ahora.

Lo más difícil, sin embargo, ha sido tratar de entender —si es que puede entenderse— cuál era exactamente la situación psiquiátrica de María Isabel. No me han convencido ni las explicaciones que me han dado sus familiares, ni las que he encontrado en los documentos para poder afirmar o desmentir que María Isabel pudiera tener algún tipo de dolor psíquico. Lo que sí sé es que estuvo ingresada en varias ocasiones y que le aterraba la idea de volver a ser psiquiatrizada. Aquí, al margen de compartir las declaraciones de personas de su entorno o de transcribir la información que aparece en algunos documentos, parto de una única premisa: María Isabel sufrió y ante su sufrimiento reaccionó de maneras socialmente difíciles de aceptar. No me importan sus diagnósticos oficiales, me importan sus gritos de auxilio.

La indefensa mujer que intuí en los primeros recortes acaba por convertirse en una mujerona desafiante, que me mira desde la estantería de mi salón. A veces encuentro piedad en sus ojos y me animo entonces a sentarme un rato a escribir; otros días siento su mirada farruca sobre mi cuerpo y fantaseo con dejarlo. Creo que ella trae todas las tormentas para pedirme que deje de escribir este libro y que me regala cada sol inesperado para rogarme que siga adelante.

Todavía no le he llevado ninguna flor a la fosa común en la que descansan sus huesos. Ese será el punto final de este libro.

Los dolores insoportables de Manuel

Los primeros trazos de María Isabel los busco en Astillero. Era un sitio solemne. La alta burguesía madrileña acudía a veranear a la calle Lepanto, que en el pueblo llamaban «la de los hoteles». Aún pueden encontrarse algunas de esas viviendas, aquejadas por el paso del tiempo y el desdén por el patrimonio. Es un pueblo normal y corriente, pero este municipio no puede entenderse sin el mar Cantábrico. Puro norte, palabras frías y rostros hoscos.

Movimientos lentos.

El chirriar de la madera incluso sobre el asfalto. Un silencio que no corresponde a cómo mueven los labios. Un pueblo que parece estar en mute, aunque parte del vecindario se queje en el grupo de Facebook del ruido de los petardos en San José. Desde Astillero se ve Santander, pero de lejos. No hay playa ni grandes paseos señoriales; las únicas magdalenas aquí son pequeñas y te las regalan con el café. De mala gana. Cae la bruma y no se puede asegurar que todo seguirá en su sitio cuando vuelva a salir el sol. Nadie sabe nada, pero siempre hay alguien que tiene algo que decir. Las palabras se murmullan con contundencia y todas las sentencias se sellan en firme. Las grandes verdades se dictan con una condición: que no sean escritas, que nadie se entere de quién te lo ha contado.

He pasado por Astillero buscando evidencias de María Isabel una decena de veces. He encontrado algunas respuestas, pero, sobre todo, me he sentado a escuchar grandes mentiras sobre una familia que hace mucho que ya no vive allí. Resulta sorprendente comprobar cómo todavía hoy, la pecaminosa vida de Eugenia es demasiado transgresora para ser olvidada. Me cuentan infinidad de anécdotas, que alguien les contó alguna vez; historias que parten de alguna verdad, pero acaban convertidas en viejos estigmas. No tendrán aquí ningún protagonismo las personas que han tratado de convencerme de lo mala malísima que era Eugenia, ni las que aún hoy parecen mosqueadas por su belleza, por su libertad, por la facilidad con la que cerraba bares y se abría de piernas. Guardo con cariño los nombres de quienes han buceado conmigo en sus archivos y en sus memorias para devolver la dignidad a una familia que lo perdió todo.

En el barrio de La Churruca, una zona con mucha solera de Astillero, la de Eugenia y Manuel era una familia muy conocida. De esa gente de toda la vida, que da que hablar, que pareciera que tiene mucho que esconder, aunque todo lo proclamen a los cuatro vientos. La pequeña casa en la que vivían era una construcción de una sola planta, longitudinal, con cubierta a dos aguas de teja. Una vivienda escandalosamente pobre, de esas que se construían cuando no existían los planes urbanísticos en ningún municipio. La vivienda de la familia ya no está en pie, aunque hay dos prácticamente idénticas que han resistido con muy poca fortuna al paso de los años. En ellas, la humedad es evidente y sorprende que la fachada principal —si es que se puede llamar fachada principal a la entrada a un hogar tan humilde— está recubierta de tejas. Debía golpear fuerte la lluvia en esa zona. Algunas casas, en cambio, han resistido los envites mucho mejor que sus moradores.

De La Churruca también eran «los Panaderos», la extensísima familia de Jesusín. Tenía dieciséis hijos, que todos le atribuyen a él sin que nadie reconozca que la que los parió tenía también algún mérito. Uno de ellos, Tiburcio, era un tipo muy conocido. Era tan popular que en 1947, el día de su cumpleaños, prepararon un festín en homenaje a él al que estaba invitado todo el pueblo. Adornaron su carro de trabajo y el hombre se paseó por Astillero. Aquello se convirtió en todo un acontecimiento que estuvo celebrándose hasta 1962. Hace unos años que han recuperado la fiesta y en el pueblo presumen del evento. Quizá la gente más joven crea que Tiburcio era el típico santo, y debía serlo, pero ninguna Iglesia ha reconocido, de momento, sus hazañas. Debía cantar el hombre de bar en bar.

María Isabel celebró San Tiburcio en al menos una ocasión. Una foto borrosa lo corrobora. Su pelo, corto. La sonrisa, inmóvil. Estaría por ahí con sus amigas, esas que hoy apenas se acuerdan de ella. Divertida y abierta, siempre fue muy popular. Las niñas del barrio corrían de aquí para allá y acababan, siempre que podían, en la tienda que la abuela de una de ellas tenía en la plaza. La mujer vendía de todo: comida, sombreros y bolsos. Era una vieja muy amable y cuando tenía tiempo las llevaba a todas a jugar a Socabarga, un municipio rural colindante. Quizá María Isabel aprovechaba entonces para visitar a su abuela, que vivía también allí en una pequeña cabaña de la que hoy apenas quedan cuatro piedras escondidas entre la hierba. Concha, la güelita, hacía un café exquisito de puchero. Era la madre de Manuel.

En la zona todavía se acuerdan de ellos. Manolo y su mujer —que hace muy bien de mujer de Manolo y no me dice su nombre aunque se lo pregunto un par de veces— llevan allí toda la vida. Me cuentan que la güelita Concha trabajó siempre en el taller de Astillero, que tenía vacas y vivía como podía: «Una familia correctísima. Aquí todos los problemas han venido cuando el hijo se casó con la de Astillero. Ellos podían ser un poco raros al hablar, un poco cerrados, pero correctos».

Todas las personas que recuerdan a Manuel, le recuerdan enfermo, pálido y delgado. En las pocas imágenes que se conservan aparece un apuesto y enclenque caballero; serio y recto, firme. Así le describe también Eugenia, que le nombra siempre antes o después de un profundo y sonoro suspiro. Juntos tuvieron cuatro hijos. Ella se ríe diciendo que era muy facilona y que a él no se le daba bien retirarse a tiempo. Ningún periódico recogió sus dichas, pero luego han sido cientos los que han escrito sobre sus desgracias. Tras el nacimiento de María Isabel, la primogénita, llegaron Manuel, conocido como Lolo; María del Carmen y Pedro, Pedrito. La favorita de papá siempre fue María del Carmen, una pequeña y risueña niña de la que su familia solo conserva una foto en la que aparece muerta. Ella también tenía devoción por su padre. Esperaba atenta a que abriese la puerta y, al ritmo de las llaves, le llevaba las zapatillas de estar en casa. Las calentaba previamente al fuego para que estuviesen cálidas. Manuel se derretía con su pequeña aún con los pies fríos, que se abrazaba a él con insistencia y nunca salía a la calle si su padre estaba en casa. Volvía siempre cansado de trabajar. Aquejado por dolencias que nadie parecía saber curar, el trabajo en la fábrica Nueva Montaña Quijano estaba por encima de sus posibilidades, pero no había otra opción. Trabajó en la fundición, en los trenes de laminación, con las grúas. Trabajó y trabajó.

No es que todo fuera bien en la familia de Manuel y Eugenia, pero todo fue a peor. Un domingo, el 15 de abril de 1962, Eugenia aprovechó para ir a comprarle leche a Socorro. Agarró, como siempre, los calderos y se llevó con ella a María del Carmen, que entonces apenas tenía cuatro añitos. De vuelta a casa, cargada de leche, la niña se soltó de la mano de su madre y cruzó sin mirar la carretera. El golpazo fue mortal, aunque tardó unas horas en morir. A partir de entonces, el llanto inundó a su familia. Eugenia recuerda haber pegado una buena paliza al conductor del coche que atropelló a su hija. El hombre trabajaba en un banco. Lo del banco es verdad, pero lo de la zurra parece poco probable. Necesita relatarse como la madre coraje que no ha sido nunca. En la esquela que publicaron en el periódico, sus apenados padres aparecían acompañados por la abuela paterna, la güelita Concha; sus hijos, primos, tíos y demás familia. Pedían compañía para la conducción del cadáver desde la casa mortuoria al cementerio de Astillero. Llevarían muchas flores hasta que en 2009 la familia perdió los derechos funerarios y la titularidad de la concesión en el cementerio municipal. A María Isabel, claro, le afectó mucho la muerte de su hermana, pero era una niña. Entre juegos, risas y carreras por el pueblo, tanto ella como sus hermanos superaron aquel duelo sin saber que pronto vendrían otros.

En 1965, la familia dejó el barrio de La Churruca para mudarse a Santa Ana, un complejo de viviendas de protección oficial muy cerca de la Academia Puente. Allí María Isabel comenzó a estudiar los cuatro cursos que se ofrecían de Técnica de Comercio. Un tal Gumersindo Puente fundó la institución en Santander y en 1950 abrió una delegación en Astillero. El colegio cambió de ubicación varias veces hasta que se inauguró en la avenida España, a treinta metros de la parada final del trolebús y a ciento sesenta metros del nuevo domicilio de la familia. Eugenia trabajaba entonces limpiando la sucursal de un banco porque su marido apenas podía ya mantenerse con vida. Tenía fuertes dolores de espalda y problemas de corazón. Estaba deslomado.

Elena era una de las mejores amigas de María Isabel, pero parece que no quiere acordarse mucho de ella. Puede que la recuerde con cariño, pero cuesta detectarlo cuando habla. Tuve que asaltarla por la calle para que me contara lo que ya sabía: que era una niña normal y corriente, que jugaba y se divertía; que hacía el gamberro. Eran muy amigas de crías, pero se pegaban siempre que tenían ocasión. Las dos eran malas en los estudios y muy buenas en el manejo de las relaciones sociales. Elena sigue siéndolo. Ya no vive en Astillero, pero es incapaz de andar unos metros por el pueblo sin saludar a dos o tres vecinas. La reconozco porque dice «adeu» y alguien me había dicho ya que vivía en Barcelona. Me acerco y habla, habla, habla, pero no me dice gran cosa. Insiste en que todo cambió cuando se mudaron de barrio poco antes de que muriera su padre: «Solo estuve una vez en la casa nueva. Teníamos que estar calladas porque decía que su madre estaba durmiendo porque había trabajado de noche». Al acabar el colegio, ella empezó a currar en un supermercado y perdió de vista a María Isabel. Volvió a tener noticias de ella a través del periódico y de los rumores del pueblo, que la recuerdan con pudor y morbo. No he conseguido volver a hablar con Elena.

Un jueves, el 22 de febrero de 1966, a las nueve de la mañana, Manuel falleció en casa de una doble lesión mitral. No le dio tiempo a leer en el periódico que John Glenn había logrado orbitar la tierra en la Friendship 7, la nave de la misión Mercury Atlas 6. Estados Unidos se marcaba un tanto en la carrera espacial mientras Eugenia lloraba su desgracia ante la atenta mirada de su vecindario. Siempre estuvieron muy entretenidos chismorreando.

El portal en el que vivía la familia era el último de una calle peatonal sin salida, a la que solo podía accederse por un extremo y tras subir unas escaleras. El coche fúnebre no podía acceder hasta allí y, según recuerda una vecina, se tuvo que apañar una rampa para que pudieran recoger el cadáver de Manuel. No he podido comprobar que sea cierto, pero me gusta. Me gusta pensar que la familia de Eugenia y Manuel siempre ha dejado huella, en el territorio, en los recuerdos, en los periódicos, en los bares, en la cárcel, en todas las calles que han pisado siempre con firmeza. Esa firmeza con la que caminan quienes no tienen nada que perder, ni que ganar, ni que ofrecer. Esa firmeza con la que sobreviven esos a los que se les ha despojado de todo.

La familia de Eugenia no lloró mucho la muerte de Manuel porque nunca le tuvieron la devoción que hoy parece profesarle su mujer: «No les gustaba Manuel porque para mí querían un príncipe», dice. Guapo era, pero no tenía ni un pelo de aristócrata. Un día de mucho calor, apremiada por la urgencia, Eugenia quiso poner a prueba la fidelidad de su familia. Se acercó a casa de su madre a pedir dinero para que su marido pudiera comprarse unos zapatos. «No», contestó impasible. Manuel fue a trabajar aquel día con katiuskas, esas botas de plástico, que te resguardan del agua, pero te cuecen los pies en verano. Era el único calzado que no tenía roto. Todavía hoy, Pedro, el único de los hermanos que queda vivo, recuerda también la anécdota de las botas de goma.

Poco después de que muriera Manuel, Eugenia decidió vender su casa y marcharse a Santander. Ella dice que un amigo suyo, constructor, le ofreció una casa con muy buenas condiciones en una zona relativamente buena de la ciudad. Agarró al pequeño Pedro, a Manuel y a María Isabel para empezar una nueva vida en la capital cántabra.

En aquella época, cuenta, conoció a Revilla.

Esta vida es para merecer otra

Pedro es el único miembro de la familia de María Isabel con el que tengo relación y escribo con cierto miedo. No quiero decepcionarle. Sé, no puede ser de otra manera, que no le van a gustar algunas de las cosas que cuento, aunque me haya dicho otras mucho peores. He filtrado desgracias y he maquillado algunas tragedias que no afectaban directamente a María Isabel. Están narradas, con toda la crudeza, todas las que sí tienen que ver con ella. Los demás no me importan aunque cada uno de ellos podría protagonizar cualquierthriller. Estoy casi segura de que Pedro no leerá este libro, pero ha puesto todo el amor que le cabe en el pecho para que salga adelante. Estoy agradecida —y, joder, te quiero, Pedro—, pero no escribo para él. No estoy contando su historia, sino tratando de entrelazar muchas para entender un poco a María Isabel. No escribo para honrar la memoria de su familia, escribo en contra de la historia y del periodismo.

El día que me llamó por primera vez grité en silencio su nombre con el mismo entusiasmo que puso Penélope Cruz al nombrar a Almodóvar en aquella gala de los Óscar: ¡Peeeeeedro! Por fin, Pedro. Un par de días después, cogí un Blablacar y me planté en Xixón.

Me visto de cualquier manera. Me pongo las gafas, vaqueros, sudadera, algún abrigo un poco hortera y zapatillas. En realidad, no sé qué llevaba exactamente ese día, pero esa descripción me sirve para prácticamente cualquiera. Dormía en un hotel bastante desagradable; un edificio céntrico, con muchísimas plantas y habitaciones desangeladas. Las colchas, ásperas y feísimas; la tele colgada en la pared de gotelé sobre el típico brazo giratorio. Dos camas pequeñas, una mesa de broma, de esas que te golpean en las rodillas si te sientas. El lugar tenía pinta de ser el típico hotel al que llegan viajes del Imserso, pero aquellos días estaba prácticamente vacío. Empecé a sentirme mal. «¿Lo tengo todo? Sí, coño, corre, venga» o algo así debí pensar antes de agarrar el ascensor con un hombre de unos cincuenta años. No me fijé mucho más en él. Empecé a sentirme un poco peor. «No aguanto, no aguanto», rumié. Efectivamente: sorpresa. Vomité. Es más: vomité sobre los zapatos del amable huésped. No dijo ni mu más allá de un tímido: «No te preocupes. No te preocupes». Previo paso por el servicio, cogí un taxi.

Cambié mi propuesta de tila por una caña en cuanto tuve delante a Pedro. Él ya estaba en el bar charlando con la camarera. Me imagino que le contaría que una muchacha de Bilbao quería entrevistarlo para hablar de su hermana. Nunca le había hablado de ella hasta este sábado de septiembre, que podría ser junio y tenía más pinta de martes.

Pedro habla sin miedo de su hermana. Entre él y yo, los únicos miedos son los míos: miedo a que se me derrame la birra, a que se enfade, a traspasar alguna barrera que aún no conozco, a hacerle daño, a obligarle a recordar escenas de su vida que intuyo que deben dolerle mucho. Es un hombre muy sentido. El pequeño de una familia en la que todo les ha ido más bien mal y, a pesar de los esfuerzos que él mismo hace, resulta difícil que recuerde buenos momentos de su infancia.

Siempre que nos hemos visto me habla de él sentado sobre las rodillas de su padre comiendo una ensalada. Quién sabe si al hombre le gustaba cenar lechuga a diario o si la memoria de Pedro ha distorsionado el cariño que recibió de su padre una noche excepcional. Lo que tiene clarísimo es que era un hombre muy muy firme. Un día pilló fumando a Lolo y se lio la de san Dios. Le obligó a fumar dos paquetes de Celtas y dos puros: «Mi padre era muy rígido. Agua a sopa, sal si está sosa». No acabo de entender lo que quiere decir con esa expresión, pero resulta tan convincente que prefiero apuntar y callar. Manuel —«papá»— sufrió mucho con la muerte de su hija pequeña y con las fechorías de Lolo, que no paraba de liarla. Pedro solo tenía un añito cuando murió su hermana y cinco cuando falleció su padre. Todo lo que recuerda de ambos parece más fruto de la memoria colectiva de su familia que de sus propios recuerdos.

Me mira con descaro y cariño. Nos reímos de muchas anécdotas, me la juego con algunas preguntas, insisto, con cuidado, en algunos dolores y él no me pone ningún límite. Sé también que no tendría problema en mentirme: «Tú pregunta lo que quieras, que te contestaré lo que me dé la gana». Es difícil discernir entre qué es cierto y qué no. Algunos de los datos que yo traigo contradicen su relato y a él le cuesta bajarse del burro. «Tenía diez años cuando murió mi hermana [en 1977]. Yo nací en 1961». No dan las cuentas, pero insiste. Es persistente y muy buen orador, con esa jerga que se aprende en la vida y no reconoce la RAE.

Él también tiene algo que preguntarme:

—¿Fumas porros?

—Muy de vez en cuando. Me dan paranoia.