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Precuela spin-off de LUPIN, la serie de Netflix. Una nueva aventura que no encontrarás en la serie ni en los libros de Maurice Leblanc. Unos años antes del inicio de la primera temporada de LUPIN... Todo está tranquilo en la villa parisina de los padres de Benjamin Férel, anticuarios y marchantes de arte, hasta que alguien entra en la oficina de Jules, el padre. Édith, la madre, dispara a un hombre que huye por el jardín. Misteriosamente, Jules desaparece esa misma noche. Benjamin no quiere que la policía se meta en los asuntos de los Férel. Tiene una alternativa mejor: contactar con su amigo de la infancia Assane Diop, fan de Arsène Lupin, maestro de la astucia y el disfraz, siempre dispuesto a resolver misterios y correr aventuras.
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Seitenzahl: 365
Veröffentlichungsjahr: 2023
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—Entonces, ¿quién es usted?—Un aventurero, nada más. Un aficionado a la aventura. La vida solo merece la pena vivirla en los momentos de aventura, ya sean de los demás o propios.
Príncipe Serge Rénine, alias Arsène LupinMaurice Leblanc, Las ocho campanadas del reloj
Se sabía en los albores de un extraño viaje.
Recibió la noticia a primera hora de la tarde. Archibald Winter había dejado que sus socios concluyesen la reunión del consejo de administración de su grupo editorial sin él tras haber recibido una llamada de su cirujano, Morphy, del Hospital Cedars of Lebanon, donde estaban tratándolo por unas migrañas espantosas.
El facultativo lo había recibido en un amplio y luminoso despacho situado en la última planta del edificio. A través del ventanal de orientación norte, se divisaba la cuadrícula de tierra y vegetación del parque Griffith. Winter se había percatado de las arrugas en la frente de Morphy y lo había comprendido todo al momento. Ni siquiera se había atrevido a mirar la confusa radiografía de su cráneo que le presentaba quien, con el paso de las consultas, había acabado convirtiéndose en su amigo.
—¿Ves la masa de la derecha, Archie?
El mandamás se levantó. Por mucho que uno sea uno de los hombres más ricos y respetados de Estados Unidos, así como uno de los jugadores de ajedrez con más talento de su generación, no por ello es menos capaz la enfermedad de hacerle jaque mate en unos pocos movimientos.
—Es un tumor invasivo. Lo lamento.
Winter contemplaba el parque, a lo lejos, cubierto de magnífico oro por la luz del sol.
—¿Existe algún tratamiento que podamos plantearnos? —preguntó sin volverse.
—El tumor está en una fase avanzada y me parece ver metástasis en la base del cuello.
Sin duda tenía ante él, en las pendientes del parque, lo que habría sido el emplazamiento perfecto para erigir un observatorio desde el que contemplar el cielo.
—¿Cuánto tiempo de vida me queda? —continuó Winter.
—No lo sé, Archie. Lo siento.
—¿Cuánto?
—Por experiencia, un año como mucho.
El enfermo levantó la mano para que el cirujano no lo castigase una vez más con otra fórmula de cortesía. Salió primero del despacho y luego del hospital, sabiendo que no regresaría.
El chófer lo condujo hasta su mansión de Monte Nido, situada al norte de Malibú, en la montaña. Allí se encerró en la biblioteca tras haberle dado dos instrucciones a Raoul, su fiel mayordomo francés. La primera, que deseaba ver de inmediato a Kennedy, su procurador, confidente y consejero. La segunda, que, con la excepción de Kennedy, no quería ver ni oír a nadie más.
Archibald Winter se situó frente al inmenso cuadro de dieciséis pies por nueve que decoraba la pared de ladrillo de la preciosa biblioteca. Nunca se cansaba de contemplar el retrato gigante de su chihuahua Danican, firmado por Rosa Bonheur, la brillante artista francesa a la que había conocido en otros tiempos y a la que admiraba por la forma tan particular y sensible que tenía de pintar a los animales y de reproducir su energía primitiva, su vivacidad y su inteligencia: todo aquello que la mayoría de sus opresores, es decir, los humanos, les negaban.
Mientras esperaba a su hombre de confianza, se deleitó con el lienzo hasta la saciedad, con el goce adicional de poder acariciar y abrazar a Danican, el modelo, que había acudido a tenderse, lleno de vida y amor, sobre sus raquíticas rodillas.
Media hora después llegaba Kennedy, sudoroso y falto de aliento.
—Me queda menos de un año de vida —le dijo Winter a modo de introducción.
El rostro de la eminencia se tornó aún más gris, y el gigante irlandés se tambaleó, sollozó y vaciló antes de agarrarse in extremis al reposabrazos del sillón en el que estaba sentado su jefe y amigo.
Danican ladró.
—Pero… ¿Cómo…? —balbuceó.
Archibald le resumió la información necesaria.
—Vas a luchar —le dijo su interlocutor—. Aún te quedan unos cuantos movimientos.
—No, ya me han hecho jaque mate, amigo. El rey ha caído. No serviría de nada.
—Al menos deberías organizar la herencia para que tus tres hijos…
—¡No! —bramó Winter.
Parecía como si se le hubiese incendiado la cabellera blanca.
—John, Paul y Winston…
El chihuahua ladró una vez más cuando Kennedy pronunció el nombre de sus tres hijos.
—No —dijo Winter—. Esos presumidos van a quedarse sin nada. Ya me has oído, Arthur: nada. Ni una pizca de los millones de arpendes de terreno que poseo ni un centavo de los miles que tengo en el banco. Ni siquiera un pedazo de mi tabaco ya mascado. Los tres son unos canallas que han sacado todo de su madre y nada de mí. Sabes bien que nunca quisieron aprender a jugar al ajedrez, todo por desafiarme, por estúpida rebeldía. Conoces mejor que nadie la afrenta de la que se vanaglorian de punta a punta del país. Pues, bien, que sigan bailando, atiborrándose, disfrutando de burlarse de mí con las rentas que les da su madre desde que nos divorciamos. Pero, una vez que el tumor me haya consumido toda la materia gris, Arthur, se van a quedar sin nada. ¡Voy a venderlo todo! Cuando me muera, no me va a quedar ni un centavo; ni siquiera seré el dueño de la cama en la que yacerá mi cadáver. Voy a vender la mansión, las empresas… ¡Todo! Ya me has oído, Kenny: ¡todo! Y esconderé en alguna parte el fruto de esa venta. Será mi tesoro, pase lo que pase.
Su procurador asintió. El tono que empleaba Archibald Winter no contemplaba ninguna posibilidad de debate.
—Pero ¿vas a esconder el tesoro de modo que se pueda encontrar?
—Sí —respondió con firmeza Winter—. Pertenecerá a quien sea el primero en echarle el guante. Te dejaré instrucciones escritas al respecto. En un caso de semejante importancia, no voy a conformarme con un testamento ológrafo. No te preocupes, Arthur: ya tengo algunas ideas sobre la cuestión. Solo queda darle algo de vida a esta búsqueda del tesoro y definir las reglas. Cuando llegue el momento, lo pondrás todo en marcha.
—Lo más tarde posible, espero.
Winter le pidió entonces a su interlocutor que se retirase. Sin embargo, mientras que este último titubeaba camino a la puerta, lo retuvo con un grito:
—¡Arthur!
—Dime, Archibald.
—Pensándolo bien, sí que me gustaría dejarles algo a los inútiles donnadies de mis hijos.
—Te escucho, Archibald.
—Este cuadro —dijo Winter señalándole la obra de Rosa Bonheur—, pues detestan a Danican tanto como yo lo adoro. Y con la obligación de mantenerlo en la familia. En cuanto a Danican, te ocuparás tú de él. Estoy seguro de que a tus nueve hijos les va a encantar jugar con él en la playa de Malibú, Arthur.
—No me cabe ninguna duda, Archibald.
Ya a solas con Danican, el magnate no volvió a situarse ante el lienzo de Rosa Bonheur, sino que se dejó caer en su sillón de lectura favorito. En una mesa baja, a su derecha, había un libro grueso emplazado junto a un tablero de ajedrez de madera. En la cubierta se dibujaba una silueta negra de bigote fino, muy elegante, con sombrero de copa y un bastón en la mano.
—The Extraordinary Adventures of Arsene Lupin, gentleman burglar —leyó Winter con voz apasionada.
Era la traducción de una antología de relatos que había descubierto en París el año anterior durante un torneo de ajedrez, y que acababa de traducir y publicar M. A. Donohue & Co., una editorial de Chicago. Justo a tiempo. Le había encantado leer los relatos en francés, pero estaba seguro de que su cuestionable dominio de la lengua de Maurice Leblanc lo había privado de captar numerosos matices.
Así pues, se embarcó con avidez y, cuando terminó la lectura del quinto relato de la antología, volvió a dejar la obra sobre la mesita.
—Una sana lectura, mi querido Danican —dijo entonces—. Y, para serte sincero, una estimulante inspiración.
Acababa de encontrar la solución para el tesoro, iba a resolver la cuestión de su herencia con la desenvoltura que lo caracterizaba y que tenía en común con el héroe francés cuyas aventuras, a través de terceros, acababa de vivir.
Se arrellanó en el sillón sin dejar de acariciar a su chihuahua.
Y, a pesar de la información tan espantosa que acababa de recibir, sabiendo que tenía contados los meses, las semanas, los minutos, las partidas de ajedrez y las lecturas por culpa de la masa inmunda que le crecía en el interior de su preciado cerebro, Archibald Winter sonreía como nunca antes había sonreído.
Édith aguzó el oído. Acababa de apagar la lámpara de noche tras sus diez páginas de lectura diaria; ni una más ni una menos. Pasaba de página cinco veces y cerraba el libro. Era su ritual nocturno. Sin embargo, su marido, Jules, tenía por norma no parar de leer en mitad de un capítulo. No obstante, ese no era el motivo por el que dormían en habitaciones separadas. En cuanto a su hijo, Benjamin… Édith prefería no pensar. A su único hijo nunca le había gustado leer: uno de los mayores pesares de su madre. En la familia, cada uno tenía sus costumbres, y eso era lo que permitía que todos se llevasen bien, o, mejor dicho, que se soportasen.
Así pues, acababa de pulsar el interruptor de la lámpara y, junto con el chasquido habitual, le había parecido oír otro ruido desconocido, como un eco: una especie de clic ahogado procedente de la planta baja de la casa.
Édith se incorporó sobre la almohada. Quizá a Jules se le hubiese caído algo al suelo del despacho o se hubiese golpeado contra algún mueble, dado su estado. Cuando se despidió de su marido, que se negaba a acostarse a pesar de lo tarde que era, habría podido, con tan solo respirar su aliento, deducir la cantidad de whisky puro de malta que había engullido durante la reunión de amigos.
Demasiado, la verdad fuera dicha.
Se oyó un nuevo ruido, una especie de grito muy breve. Édith se dio cuenta entonces de que no había cerrado las contraventanas. El dormitorio estaba sumido en la oscuridad, pero un rayo de luna iluminaba la cubierta de la novela policiaca, Réquiem por una fiera, en la que se observaba a la célebre Mujer con sombrero de Matisse atravesada por múltiples puñaladas. La hoja del arma, clavada en una pluma escarlata, brillaba burlonamente bajo el haz de plata.
Édith tanteó en busca del interruptor de la lámpara de noche, pero, al no oír más ruidos, se echó atrás. ¿Y si procedían del jardín? El despertador indicaba que era pasada la medianoche. Se le antojaba muy tarde para que los hijos de los vecinos, los Anfredi, estuviesen jugando en el jardín contiguo al de su casa. Édith negó con la cabeza; no, estaba claro que no. Los Anfredi eran gente decente en todos los sentidos: él, presidente de la filial francesa de una gran petrolífera italiana; ella, clienta fiel de las tiendas de antigüedades Férel, de las que eran propietarios Édith y su marido. Así pues, eran demasiado educados como para dejar a sus dos muchachos retozar en el césped a esas horas. Las noches eran cálidas a principios de verano, pero ni por esas.
Para asegurarse, se levantó y se acercó hasta la ventana. El jardín vecino estaba, al igual que el suyo, sumido en la oscuridad. Solo se distinguía lo alto de un tipi, una heterogénea mezcla de madera y paja que el padre había instalado la semana anterior, con la ayuda de Jules y Benjamin, por el cumpleaños de Alessio, el hijo pequeño.
Édith regresó hacia la cama, pero no se volvió a acostar. Los ruidos, tan breves como curiosos, la habían desvelado, así que se puso la bata de seda y se dirigió hacia el baño. Tenía la garganta seca; demasiado seca. Necesitaba un vaso de agua fresca.
En la planta baja, se cerró una puerta con estrépito. Édith se asustó y, en un acto reflejo, se agazapó en un rincón oscuro de la entreplanta. Abajo había una luz encendida, probablemente la del pasillito que llevaba al despacho de Jules.
Notaba que el corazón iba a salírsele del pecho. Semejante alboroto a esas horas no era propio de su marido. Dudó en si llamarlo. Al fin y al cabo, si era él quien… Pero, de repente, oyó un «¡basta!» espetado con una voz muy animada y aguda que no era la de Jules.
¿Habría recibido visita? No, la habría informado de la presencia de un visitante nocturno.
Volvió a sobresaltarse, esta vez con un ruido de cristales rotos, muy claro y particular, procedente del despacho de su marido.
La anticuaria trató de controlar la angustia que le comprimía el pecho. Algo estaba pasando abajo; algo grave. ¿Debía llamar a la policía? Se había dejado el móvil en la cocina, así que solo le quedaba el fijo del dormitorio. Pero se echó atrás: quizá solo se tratase de una simple discusión entre su marido y un proveedor o un cliente nocturno. No sería la primera vez que Jules recibía a alguien en secreto en su oficina, en medio de la noche, para solucionar un asunto que exigía discreción. «Una transacción sospechosa», como solía llamarlas en broma Benjamin, pensó Édith. Se habría pasado de lista abriéndole la puerta a la policía, que no dudaría en hacer inventario de la casa, lo que incomodaría sobremanera sus negocios. El oficio de anticuario y marchante de arte a veces exige actuar en los márgenes de la legalidad: una norma implícita del medio, que las autoridades juzgarían de forma implacable.
En la planta baja, continuaba la discusión, acallada.
Édith regresó a la habitación y cerró la puerta con la mayor delicadeza posible. Tenía la garganta tan áspera que tragar era un suplicio. Sabía que Jules guardaba en su mesita de noche una pistola de bolsillo. Siempre le repetía que el arma estaba cargada y que bastaba con quitarle el seguro para utilizarla.
A tientas, encontró la culata de la pistola, que notó helada. Édith se hizo con el arma mientras, abajo, crecían las voces.
—¡La segunda! —oyó claramente.
No era el timbre de voz de Jules, así que se decidió a bajar.
Édith se abrió camino en la oscuridad, negándose a encender ninguna luz, por pequeña que fuese. Por suerte, sabía con cuántos peldaños contaba la escalera que llevaba a la planta baja, y su cerebro había memorizado desde hacía mucho su altura. Cambió la alfombra por el mármol, y el frío contacto con la piedra surtió en ella el mismo efecto que una descarga eléctrica. Cuando pasó ante la puerta doble del comedor, con la espalda pegada a la pared y el dedo en el gatillo, le tranquilizó el olor dulzón del papel de Armenia que había quemado Anémone según sus instrucciones.
Édith apenas se encontraba a unos pasos de la puerta del despacho. Entonces, se frenó en seco.
—¡Ahora, Férel! —se alzó la voz.
La frase retumbó. Édith, desconcertada, dio un desafortunado paso atrás y se tropezó con un pequeño velador que estaba decorado con un jarrón de la dinastía Ming del siglo XVII, blanco y azul, con diseño floral. El preciado objeto, desestabilizado, siguió brevemente el balanceo de Édith antes de ir a parar al mármol y romperse.
Todo sucedió de golpe.
Hubo una breve tregua al otro lado de la puerta del despacho, seguida del ruido de un mueble al desplazarse y de una caída.
Édith corrió hacia la puerta y, como arrastrada por una voluntad a la que esperaba que no la acompañase la inconsciencia, la abrió de par en par.
El batiente golpeó la pared y Édith oyó un primer disparo.
Pero no había sido ella, cuyo dedo tembloroso aún se hallaba sobre el gatillo.
Édith distinguió una silueta negra a la derecha que se disponía a salir.
—¡Jules! —gritó.
Pero ¿era solo él?
No hubo respuesta. Entonces, se apagó la luz. El ventanal estaba abierto y dos sombras huían por el jardín. Luego llegó el turno del hombre al que se había enfrentado. No era Jules, sino un ladrón.
Édith apuntó hacia él y la pistola escupió dos balas, una tras otra, en un estruendo ensordecedor. No supo si había alcanzado al fugitivo o si las balas se habían perdido, pero soltó el arma, retrocedió tres pasos y se hundió en el sillón de su marido. Ni veía ni oía nada.
Era inútil llamar a Jules: estaba sola en el despacho. Su marido había desaparecido.
Instantes después, una vez que Édith se hubo recompuesto en parte, encendió la lámpara halógena y se dio cuenta de que el despacho de su marido estaba totalmente en orden, y la puerta de la caja fuerte, perfectamente cerrada.
¿Dónde estaba Anémone, la cocinera? ¿Y Joseph, el mayordomo? Los dos empleados dormían en sus respectivos dormitorios de la planta baja, en el otro extremo de la casa, es verdad, pero los dos disparos habían despertado al vecindario. Por el ventanal del despacho, Édith vio iluminarse las ventanas de las distintas viviendas, unas tras otras, formando en torno al parque de Montsouris una especie de damero blanco y negro. A dos jardines de allí, Dufy, el pastor alemán de una vecina, ladraba con furia.
Con la mano temblorosa, Édith tomó la botella de whisky de su marido y se sirvió un vaso hasta arriba, que se bebió de una sentada. Le daba la impresión de que el alcohol la hacía pedazos, pero sintió que volvía a recuperar el control de su cuerpo. Iba a necesitar mucho valor en las próximas horas o incluso días.
Édith descolgó el teléfono fijo, pero no oyó el tono. Miró de reojo hacia la pared: habían arrancado el cable. Por suerte, tenía el móvil de Jules al alcance de la mano, así que lo cogió. ¿Debía llamar a la policía? Estaba claro que no. Aún era pronto. O ya era tarde. Tenía que ir a ver a Benjamin; a lo mejor él sí estaba al corriente de la cita nocturna. Padre e hijo aún se hablaban.
Con un pulso ya más firme, trató de marcar los seis dígitos que le permitirían desbloquear el dispositivo, pero, en su estado, no se acordaba de la contraseña.
Se concentró y recordó las tres últimas cifras.
813.
Pero nada más.
Benjamin Férel se subió sobre la prominente nariz las gafitas redondas, que tenían la molesta costumbre de resbalársele. Pensó: «La montura pesa mucho. El carey tiene su rollo para tratar con los clientes de la tienda, pero, delante de la pantalla, es una lata. Me vendría mejor una montura de titanio, más ligera, con lentes antirreflejos».
Mientras reflexionaba, tecleaba a toda velocidad. Hizo una pausa, durante la que dejó suspendidas las dos manos sobre el teclado, resopló y cogió un portaminas para escribir en una libretita de tapa negra una sola palabra: «óptica».
En ese instante empezó a vibrarle el móvil. Benjamin no miró la pantalla. Las primeras notas de una de las sonatas de Chopin —en un sintetizador— llenaron el espacio de su pequeña habitación.
—No —susurró mientras sus diez dedos retomaban su particular zarabanda sobre el teclado—. No, Assane, no te lo voy a coger. No, se acabó. Me hago a un lado. Incluso tomo un desvío. Seremos amigos de siempre, pero no vuelvas a contar conmigo para tus dudosas juergas.
Volvió a subirse las gafas y tecleó en el nuevo buscador estadounidense de curioso nombre, Google, que se le antojaba revolucionario. Estaba convencido de que iba a cambiarle la vida. Precisamente por eso había instalado internet de alta velocidad en la tienda de sus padres, en la calle Verneuil —apenas a cien metros del Museo d’Orsay—, que administraba y en cuya primera planta residía.
El móvil dejó de sonar, pero al instante retomó la vibración. Férel hijo ojeó brevemente el marco rococó que se encontraba a la derecha de la pantalla y que contenía una foto suya, rodeado de sus dos mejores amigos: Assane y Claire. Se conocían desde que eran adolescentes. Eran inseparables.
—¡La una de la madrugada! Esto no pinta bien —espetó Benjamin, a quien le gustaba hablar solo—. Vas a tener que esperar a mañana, mi querido Assane.
Lo cierto es que esta breve escena sintetizaba bastante bien la personalidad de Benjamin: vivaz, dividida entre el afecto por lo antiguo —su oficio de anticuario— y el amor por las nuevas tecnologías —su verdadera pasión—.
Sin embargo, puesto que la persona que quería hablar con él seguía insistiendo, acabó dándole la vuelta al móvil.
No eran ni Assane ni Claire.
Un extraño «papá» se dibujaba en la pantalla en gruesos píxeles poco definidos. Pulsó el botón verde, con el ceño fruncido. A esas horas, tenía que ser urgente.
—¿Papá?
—¡Ah, por fin me lo coges!
Reconoció la voz de su madre y torció el gesto.
—Benjamin, ¿con quién había quedado tu padre esta noche?
—No sé a qué te refieres.
Hablaba con un tono cortante. Oyó a Édith beber haciendo ruido antes de responder.
—¿Tu padre iba a recibir a clientes esta noche? ¿Estabas al corriente? He oído gritos procedentes del despacho, seguidos de un disparo. ¿Me escuchas? Un disparo. Y, luego, ni rastro de Jules.
—No entiendo nada de lo que me dices. ¿No está papá contigo? ¿No teníais invitados?
—Estaba en su despacho. Se oía mucho barullo. Entonces, han sonado disparos y he acabado disparando yo también.
Benjamin se llevó una mano a la cara. La voz pausada, tranquila y fría —como era habitual—, de su madre contrastaba de forma flagrante con sus palabras inconexas.
—¿Has disparado? Pero ¿a quién? ¿Y por qué?
—No lo sé. ¿Lo sabes tú?
—No. No conozco hora por hora la agenda de papá. ¿Por qué has disparado?
—Porque tenía miedo. He oído gritos, voces amenazantes…
—¿Crees que ha podido ser un robo?
—No lo sé —respondió la madre—. El despacho de Jules está en orden.
—Pero él no está.
—No.
—¿Y la caja fuerte?
—Cerrada.
Benjamin suspiró. ¿Acaso sus padres se habían pasado bebiendo y se les había acabado torciendo una de sus lamentables discusiones? ¿Qué iba a hacer? Ya era tarde y empezaba a notarse cansado. ¿Se veía con fuerzas para ir en bicicleta hasta casa de sus padres para, muy probablemente, asistir a una nueva pelea doméstica?
De pronto se le ocurrió una idea.
—Pásame a Joseph, anda.
Quería hablar con el mayordomo. Benjamin lo conocía desde que era niño y sabía que era un hombre con una sensatez infalible.
—Por fin ha salido de su cuchitril —bufó Édith—. Igual que Anémone.
Gritó el nombre del mayordomo, lo que desató la ira del perro de los vecinos.
—Está viniendo del jardín.
—Pásamelo.
Como única respuesta, Benjamin oyó a su madre emitir un grito estridente.
De repente, se cortó la comunicación.
Férel hijo permaneció inmóvil mientras aún le resonaba en el oído el grito de su madre. Volvió a marcar; los dedos le derrapaban sobre el teclado. Fue Joseph quien descolgó.
—¿Benjamin? —jadeó el mayordomo.
—¿Qué está pasando, Joseph? ¿Por qué ha gritado Édith?
—Acabo de venir del jardín —explicó el empleado con la voz temblorosa—. He encontrado un pañuelo del señor junto a los aligustres, al fondo. Un pañuelo… —Benjamin lo oyó tragar saliva— manchado de sangre.
A Férel hijo le dio un vuelco el corazón. Ahora sí que tenía que acudir a casa de sus padres. Se había derramado sangre.
—Voy para allá. Pásame a mi madre.
Édith cogió el teléfono, jadeante.
—Hay que llamar a la policía —le dijo a su madre.
Con la mano libre, movía el ratón para apagar el ordenador.
—No, primero ven.
—Tardo veinte minutos.
Colgó y ojeó la mesa de trabajo. A la izquierda del teclado se amontonaban fajos de billetes de cien euros, junto con varias placas bases y demás componentes informáticos. En la estantería se observaba un dibujo de Léon Spilliaert, un paisaje de Ostende que había adquirido Benjamin por treinta y cinco mil euros esa misma tarde. Lo guardó todo en la caja fuerte blindada que se encontraba a la derecha de su adusto catre.
A continuación, bajó a toda prisa la escalera de caracol de madera hasta la tienda, que estaba sumida en la oscuridad. Salió por la puerta lateral y se subió a la bicicleta de manillar cromado, aparcada en el fondo del patio. Por París, Benjamin solo se desplazaba en bicicleta.
Recorrió la calle Verneuil y atajó junto a la parada de metro de Rue de Bac. Para llegar a casa de sus padres, situada en la calle Georges Braque, junto al parque de Montsouris, tenía que subir por el bulevar Raspail hasta la plaza Denfert-Rocherau. Tenía un poco de pendiente, pero Benjamin estaba en buena forma.
«Vamos a ver —pensó mientras atravesaba a toda velocidad el bulevar de Montparnasse, en el que aún se amontonaban unos cuantos turistas delante de la fachada de los restaurantes—, papá se ha marchado de casa sin decirle nada a mamá. Tampoco es la primera vez. Pero eso de los disparos, el pañuelo manchado de sangre…».
Pasó delante del famoso León de Belfort y rodeó la entrada de las catacumbas —que le recordaron a algunos momentos en compañía de Assane— antes de adentrarse en la avenida René-Coty. Había pedaleado a toda velocidad y empezaban a cargársele las pantorrillas. Delante de la verja cerrada del parque, giró a la derecha y tomó la calle Georges Braque para detenerse ante el número 8, donde estaba aparcada una enorme furgoneta blanca. El empedrado zarandeó con vehemencia la bicicleta y también a él, pero ya estaba acostumbrado. Se había pasado la infancia en esa casa y se conocía de memoria ese pedacito de campo en París.
Estaban encendidas las luces de todas las plantas de la casa, pero también de las acaudaladas viviendas vecinas.
—¿Va todo bien, señor Férel? —preguntó una voz masculina que Benjamin no reconoció y que provenía de la casa de enfrente—. Hemos oído disparos y…
Benjamin, mientras dejaba la bicicleta en el jardín, tranquilizó a los vecinos.
—Sí. No hay ningún problema; se lo aseguro.
No dijo más y se adentró en el vestíbulo de la casa. Su madre seguía en el despacho de Jules. En cuanto vio a su hijo, dejó escapar un grito de sorpresa.
—¡Esa barba!
—¿Crees que no tienes nada mejor que hacer que comentar sobre mi vello facial? —espetó Benjamin.
Édith se encogió de hombros. Anémone y Joseph, sus dos empleados domésticos, se encontraban uno a cada lado de ella. Benjamin los saludó antes de preguntar.
—¿Y el pañuelo?
Joseph señaló el velador situado junto al ventanal. Benjamin se inclinó sobre la tela con las iniciales de su padre bordadas. Así era: la «F» estaba teñida de un rojo muy intenso, con el brillo de la sangre aún fresca. No se atrevió a tocar el objeto. ¿Sería la sangre de su padre? Probablemente. Y eso no auguraba nada bueno.
—¿Has probado a llamar a papá al móvil? —preguntó.
—Se lo ha dejado en casa.
—Sabes de sobra que tiene dos. ¿Has probado a llamar al otro número?
—Sí, pero me salta el contestador.
Benjamin negaba con la cabeza mientras que Édith le narraba en detalle lo acontecido: la inquietud, la entrada en el despacho, el miedo y los dos disparos. De vez en cuando lanzaba una mirada intranquila a la pistola de bolsillo que todavía se hallaba en el despacho.
—¿Has tocado algo?
Su madre balbuceó que no lo sabía. Solo había disparado.
—No parece un robo —concluyó Benjamin—. Está todo en orden.
Inspeccionó brevemente las inmediaciones y encontró en el despacho una bolsa de lona con casi cincuenta mil euros en billetes pequeños.
—¿Papá se había traído trabajo a casa?
Se trataba de una especie de broma entre ellos. Llevarse el trabajo a casa, para los marchantes de arte, consistía no en traerse uno o dos informes que estudiar, sino obras que a menudo valían una fortuna.
—Sí —respondió Édith—. Me había hablado de un Watteau que tenía que peritar. También un pequeño Philippe de Champaigne. Y algunas joyas.
Se volvió hacia una librería cuyos estantes cedían bajo el peso de los libros de arte.
—Pero fíjate: ahí está el Watteau.
Benjamin se acercó y descubrió un pequeño cuadro que mostraba a una mujer tocando la mandolina.
—Y la caja fuerte está cerrada.
—Parece intacta —añadió Benjamin.
—Tú conoces la clave —le espetó Édith a su hijo.
Sin decir nada, Benjamin se puso de cuclillas para introducirla. Entonces, se abrió la puerta: allí estaba el Philippe de Champaigne, además de tres joyas de perlas.
Así pues, no podía tratarse de un robo. O quizá los ladrones apuntasen a un objeto en concreto, pero, en tal caso, ¿por qué ni siquiera se llevaron los billetes?
—¡Han secuestrado a tu padre! —dijo Édith—. Eso es lo que yo creo. ¡Lo han secuestrado! Intentó oponerse y le dispararon. Ese fue el primer ruido que oí.
—Creo que vamos a tener que llamar a la policía —propuso Benjamin.
La cocinera y el mayordomo, que observaban los tejemanejes de su jefa y su hijo, lo aprobaron asintiendo tímidamente con la cabeza.
Llamaron a la puerta principal. Benjamin miró a los ojos primero a su madre y luego a Joseph.
—Es todo el rato así, señor Férel —suspiró el mayordomo.
Benjamin se acercó a abrir. Era el señor Anfredi, en vaqueros y camisa, sin su sempiterna corbata, que había venido a pedir explicaciones.
—Hemos oído disparos —dijo con su acento cantarín—. Espero que no haya pasado nada grave.
Benjamin lo tranquilizó, obligándose a sonreír.
—Mi padre se ha traído a artistas para una performance; ya sabe lo que le gustan estas cosas. No se preocupe, señor Anfredi; va todo bien.
Al italiano le habría encantado entrar —ojeaba con insistencia el vestíbulo—, pero Benjamin cerró la puerta y volvió con su madre.
—Podrías haberte buscado una explicación menos rebuscada que esa tontería del arte contemporáneo —lo amonestó Édith.
Benjamin no respondió, sino que salió por el gran ventanal del despacho al césped bien cuidado. Curiosamente, la noche se le antojó menos cálida que durante su trayecto en bicicleta. Dio unos cuantos pasos.
—¿En qué dirección había echado a correr el tipo cuando le disparaste?
—Hacia allí —respondió señalando el quiosco de música—, hacia la derecha, en dirección al seto de aligustres.
Benjamin dio un paso, seguido de otro, y se adentró en la zona del jardín que no llegaban a iluminar las luces domésticas. Durante un breve instante, dudó sobre si no sería más prudente ir a buscar la Walther PPS de su padre. Pero era absurdo: no se iba a topar de frente con un ladrón… ni con su padre, si este les hubiera gastado una broma de mal gusto. Dijo:
—Pídele a Joseph que encienda los focos del quiosco, anda.
De repente, una ráfaga de viento zarandeó los arbustos e hizo vibrar las flores de los macizos. Benjamin se apartó el mechón de pelo que le caía sobre la frente y se reajustó las gruesas gafas. Pensó en su mejor amigo: este era un caso para Assane. Disparos misteriosos, una desaparición… Un robo que no parecía un robo.
—¡La luz! —espetó Benjamin, que seguía en la oscuridad.
Cuando se encendieron los potentes focos, el joven se hallaba en el centro del haz, cegado. Arrugó los ojos y se concentró en estudiar los arriates a los pies de los aligustres y del muro, de aproximadamente un metro y cincuenta de altura. Detrás de él, por un lado, un caminito daba acceso a la calle Nansouty y por el otro, al parque del Institut Mutualiste Montsouris.
No hacía falta ser Sherlock Holmes —o, mejor dicho, Herlock Sholmes, para complacer a Assane— para darse cuenta de que habían pisoteado la tierra. En ella se encontraban numerosas huellas de pisadas de distintos tamaños y formas. Benjamin encendió la linterna del móvil para contarlas: había tres o incluso cuatro juegos de huellas. Vio varios arbustos destrozados: se habían apoyado en ellos para trepar el muro.
Se había producido un buen barullo en el jardín; Édith no había mentido. El pañuelo de su padre demostraba que probablemente lo habían herido sus asaltantes. ¿Entonces? ¿De verdad lo habían secuestrado?
Benjamin regresó a toda prisa al despacho. Si su padre se había citado con alguien esa noche, figuraría en su agenda. La libreta se encontraba sobre el tapete de cuero, perfectamente alineada, como de costumbre, con la caja de puros, el abrecartas y algunas obras. Solo la presencia del revólver de bolsillo que había dejado ahí su madre revelaba que aquella noche no era como ninguna otra.
Férel hijo hojeó la agenda y se detuvo en la página correspondiente a ese día. Por la noche, leyó «reunión con los Planchet». Nada más. Solo al cerrar la libreta se fijó en una muesca en el tapete. Entonces, levantó la agenda y se le cortó la respiración.
Jules Férel había grabado burdamente pequeños símbolos en el cuero negro.
Su hijo acercó la lámpara halógena para iluminarlos.
Benjamin se llevó las manos a la cabeza. ¿Cómo? ¿De verdad acababa de descubrir una serie de símbolos o su imaginación le estaba jugando una mala pasada?
Benjamin recibió a Assane y a Claire durante varios días en la segunda vivienda de sus padres. Édith se había marchado a París por asuntos de negocios, mientras que Jules se iba a quedar unos días más para redactar las últimas reseñas de un catálogo de subastas de manuscritos poco comunes que tendría lugar en el Hôtel Drouot en otoño. Mejor así. A Édith no le hacían mucha gracia las compañías de su hijo. Nunca había entendido cómo era posible que los padres de esos jóvenes barriobajeros tuvieran el don de gentes y los recursos económicos necesarios para escolarizarlos en el distinguido centro en el que había matriculado a Benjamin. Sin embargo, a Jules no le molestaba la presencia de los dos adolescentes. Veía que su hijo estaba feliz de poder pasar algunos días de vacaciones con ellos, y eso era lo único que le importaba. Claire era una muchacha muy simpática, educada y no precisamente tonta. Le parecía muy empática, rasgo poco habitual a su edad. Sin embargo, distintos eran los motivos por los que a Férel padre le caía bien Assane. Al huérfano le encantaba leer, sobre todo novelas policíacas o de aventuras: muy oportuno teniendo en cuenta la inmensa colección con la que contaba la biblioteca de la casa solariega. Y no era Benjamin quien las leía, pues invertía la mayor parte de su tiempo en jugar a videojuegos. Por la noche, cuando Claire y Benjamin estaban ya en la cama, Assane se quedaba hasta tarde en la biblioteca. Ojeaba el lomo de las novelas y, cuando le llamaba la atención un título, lo sacaba para leer las primeras páginas, y más aún si le gustaban. Así pues, durante las vacaciones había descubierto las novelas de John Dickson Carr, repletas de crímenes imposibles en lugares cerrados. Pero, sobre todo, en un minúsculo libro de bolsillo de páginas arrugadas y cubierta amarilla en la que figuraba una máscara negra atravesada por una pluma del mismo color, leyó un relato fascinante: La Tour, prends garde, de David Alexander, en el que un hombre, para denunciar a su asesino, reúne en torno a él, mientras agoniza, cartas que señalarán al culpable. A Assane siempre le habían encantado los enigmas y compartía esa pasión con Claire y Benjamin, quien adoraba los videojuegos que los contenían. Sin embargo, los tres amigos no se imaginaban que a Jules Férel le gustaban tanto como a ellos.
Cuando el anticuario sorprendió a Assane —a las cuatro de la madrugada, con la vista cansada, pero aún brillante— sumido en las últimas páginas de la novela de David Alexander, se limitó a sentarse junto a él y a dibujar símbolos extraños, casi cabalísticos, en un bloc de notas.
—Si te digo que un punto vale dos cuadrados y que el nombre que tienes que descifrar es el de uno de los personajes del libro que acabas de terminar, ¿podrías resolver el enigma?
El adolescente lo intentó, pero estaba agotado; fue Claire quien lo consiguió la mañana siguiente, mientras devoraba tostadas de pan de masa madre untadas con mantequilla dulce.
—¡Thomas Pirtle!
Jules Férel estaba impresionado, así que propuso aplazar las reseñas del catálogo para el día siguiente.
—Chicos, vamos a sentarnos todos a la mesa que hay en medio de la biblioteca y vamos a poner en común nuestra astucia para crear un código secreto entre nosotros.
Assane y Claire aplaudieron. Sí, era una idea divertida. Sin embargo, Benjamin estaba menos convencido.
—Pero ¿para qué? —preguntó.
—Para nada —respondió Assane.
—Para nada de momento —añadió Jules—. Pero a lo mejor algún día…
Se rodearon de diccionarios, de distintos manuales y de decenas de hojas en las que escribieron una por una. Optaron por un código a base de figuras, triángulos, cuadrados, círculos, rombos, trapecios, puntos y cruces, con una tabla para descifrarlo: algo de apariencia misteriosa, pero muy sencillo en realidad. Para los iniciados.
Cuando Claire, Assane, Benjamin y Jules levantaron la cabeza del papel, una vez terminada su labor, ya era la hora de la cena. Estaban extenuados, pero compartían una alegría electrizante. Para festejarlo, Jules los invitó a un restaurante premiado: una bonita noche de celebración durante la que los comensales se dirigieron los unos a los otros con expresiones como «rombo con una cruz dentro» y «trapecio y exclamación», bajo la mirada atónita y hasta desaprobadora de quienes se sentaban en las mesas de alrededor.
Sí, una tarde preciosa: una de las mejores que pasó Benjamin en compañía de su padre y sus dos mejores amigos.
«Para nada de momento —había dicho Jules Férel esa mañana de verano en Normandía—. Pero a lo mejor algún día…».
Pues ese día había llegado. El descubrimiento de los símbolos que había grabado el desaparecido en el tapete, probablemente con la punta del abrecartas, lo cambiaba todo.
Ya podía deducir dos cosas, pensó. Su amigo Assane estaría orgulloso de él. La primera: si Jules había tenido tiempo de grabar los símbolos, se podía pensar que el encuentro se había iniciado sin mucha prisa, acompañado de una vaga amenaza hacia su padre, puesto que había tenido la oportunidad de hacerse con el abrecartas, potencial arma, sin que sus interlocutores se lo impidiesen. Y había tenido la mente lo bastante despejada como para acordarse del código y grabar los símbolos. Bien.
Y la segunda: al emplear ese código, Jules deseaba que su hijo fuese el único capaz de leerlo y, por lo tanto, de descubrir el secreto de su desaparición.
Benjamin sacó el teléfono para hacerle una foto al mensaje.
El único problema en ese instante, y no precisamente poca cosa, era que Benjamin no se acordaba del código.
Entonces, regresó Édith, que había salido del despacho para refrescarse. En un acto reflejo, Benjamin volvió a colocar en su sitio la agenda. Joseph entró justo después.
—Me he cruzado con otro vecino —dijo el mayordomo—. Es normal que todos estén preocupados. ¿No deberíamos llamar a la policía? Tenemos el pañuelo, las huellas de pisadas, las ramas rotas…
Édith lo interrumpió:
—Déjate de hacer inventario. No parece buena idea llamar a la policía a estas horas, ¿verdad?
Miró de reojo a su hijo, que ni se inmutó.
—Jules ha podido marcharse en un arrebato.
—El pañuelo, señora —se la jugó Joseph—. Está claro que el señor está herido.
Édith decidió interpretar el silencio de su hijo como un gesto de aprobación.
—Si no se ha marchado, sino que lo han secuestrado, en breve nos llegará una petición de rescate. Como somos ricos, la pagaremos. No quiero que la policía meta la nariz en nuestros asuntos.
Típico de su madre, pensó Benjamin. Un animal de sangre fría y pragmático como ningún otro, que siempre sopesaba los pros y los contras antes de actuar. ¿Por qué él no decía nada? Porque tampoco quería llamar a la policía antes de haber descifrado el código que le proporcionaría, parcial o íntegramente, la solución al enigma. Si llegaba la policía, en el fondo poco le importaba que descubriesen algún que otro negocio sospechoso, pero sí que se percatarían de la presencia del código y si Jules lo había escrito, era porque solo quería que se enterase su hijo.
Él. Además de Assane y Claire. Porque el código involucraba a los tres, ¿verdad?
—Si está herido —continuó Édith, que insistía con el tema—, no cabe duda de que los secuestradores lo van a curar, porque si le pasa algo a Jules, se habrán tomado todas estas molestias para nada. Además, aún cabe la posibilidad de que Jules se escape. Entonces, volvería a casa y juntos podríamos tomar la mejor decisión para salvaguardar nuestro negocio.
—¿Vuestro negocio? —se indignó Benjamin, volviéndose a tal velocidad que desparramó varios informes que se encontraban mal amontonados sobre el escritorio.
—Nuestro negocio también es el tuyo —replicó Édith.
Por única respuesta, su hijo dejó escapar una carcajada.
—No te hagas el inocente, Benjamin. Has tenido momentos en la vida en los que lo que menos te apetecía era cruzarte con un hombre de uniforme.
Menudo golpe bajo. Benjamin se quedó mudo.
—Dentro de un rato probaremos a volver a llamarlo a su segundo número —precisó Édith—. Si tengo novedades, te informaré. Y espero lo mismo por tu parte.
—Me hablas como si fuera uno de tus empleados, pero soy tu hijo. Y el suyo.
—Pero también eres un empleado, Benjamin. Nuestro empleado. Hemos pasado por alto muchos aspectos de tu vida, así que ahora deberías comportarte de forma irreprochable con nosotros.
A Benjamin se le endureció aún más la mirada.
—Espero que no tengas pensado repetirme tu cantinela habitual sobre Assane. Ahora. Con lo que acaba de pasar.
—Los tres llegamos a un acuerdo. No voy a repetirte los términos exactos. Decidiste poner por delante a tu supuesto amigo antes que a tus propios padres. Caíste en su trampa y lo pagaste. Y bien. Y sigues pagándolo; es normal. Esta es mi casa y soy yo la que manda.
Édith volvía a ser ella misma: una mujer autoritaria y fría.
—Vamos a ganar tiempo. Si llamamos ahora a la policía, tenemos mucho que perder. Si tu padre simplemente se ha marchado sin avisarnos por motivos que solo él conoce, no nos perdonará haber cedido al pánico.
Benjamin se levantó. El debate —si es que existía tal cosa— había terminado. Miró la hora en el reloj de cristal líquido: las dos y media de la madrugada. Debía volver a casa; tenía mucho que hacer. Se marchó tras despedirse de Joseph y Anémone, pero sin darle un beso a su madre.
Durante el trayecto de vuelta, Benjamin luchó contra la oleada de emociones que amenazaban con devorarlo. ¿Quién era él de verdad? ¿Cómo debía considerarse? ¿Como un niño de papá de veinticuatro años que se había visto obligado de algún modo a formar parte del negocio de sus padres para que se olvidasen de los contratiempos de su pasado? ¿Y así evitar lo peor? ¿Pero quien, en realidad, seguía soñando con otra vida, una vida de aventuras mucho más emocionante que la suya, que consistía en vender antigüedades de valor a viejos coleccionistas sin valores?
Junto con Assane y Claire, desde adolescentes, se habían prometido disfrutar de la vida y no dejarse atrapar por la monotonía y la tristeza del día a día. Los tres procedían de mundos distintos: el padre de Assane era un inmigrante senegalés. Después de que un empresario rico lo acusase de robo, se suicidó en la cárcel. Los padres de Claire eran gente humilde, y los de Benjamin, burgueses ricos. Pero a los tres los unía el deseo común de escapar y vivir aventuras. Assane, por ejemplo, partía del principio de que el futuro podía leerse en las novelas, sobre todo las de un tal Maurice Leblanc. ¡Pues a lo mejor sí que tenía razón!
Tras encadenar la bicicleta en el patio, Benjamin regresó a la tienda, subió al primer piso y, sin desvestirse, se metió en la cama.
