Madeleine Delbrêl. Poeta, asistente soci - Bernard Pitaud - E-Book

Madeleine Delbrêl. Poeta, asistente soci E-Book

Bernard Pitaud

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Beschreibung

Entrar en contacto con los escritos y con los numerosos testimonios de Madeleine Delbrêl renueva y profundiza el conocimiento que se tenía de ella. Su itinerario, del ateísmo al deslumbramiento de la fe y el compromiso, se perfila con nitidez al hilo de un relato que recorre sus sesenta años de vida, de los cuales más de la mitad suceden en Ivry-sur-Seine, cerca de París, donde, tal y como ella indica, se encontraba una población "increyente y pobre".Poeta, asistente social y mística a partes iguales y complementarias, mujer de acción y de oración, Madeleine Delbrêl (1904-1960) ofrece a nuestra sociedad secularizada y a la misma Iglesia un hermoso rostro, rico en inspiración para una vida cristiana en diálogo con el ateísmo y con la miseria en todas sus formas. Su proceso de beatificación está iniciado y su fama de santidad no deja de crecer.Treinta años después de la excelente biografía que sobre ella escribió Christine de Boismarmin, una de las compañeras más cercanas, este libro es fruto de la obstinada investigación de dos hombres apasionados con la figura de la mística francesa, los sacerdotes Bernard Pitaud y Gilles François, este último postulador de la causa de beatificación de Delbrêl.

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Seitenzahl: 428

Veröffentlichungsjahr: 2021

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PRÓLOGO

Esta presentación de Madeleine Delbrêl es la obra de dos sacerdotes: el padre Bernard Pitaud, sacerdote de Saint-Sulpice, intérprete riguroso de autores espirituales, y el padre Gilles François, sacerdote diocesano de la diócesis de Créteil, de formación historiador y postulador de la causa de Madeleine Delbrêl. Ambos predican muchos retiros a sacerdotes, religiosos y laicos revitalizando su vocación, su ministerio o el compromiso por la lectura del Evangelio a través de los escritos y la vida de Madeleine Delbrêl y lo que ella llama «La Caridad».

Este libro se puede interpretar en un primer momento como una biografía, que sería la reanudación de la publicada por una de sus fieles compañeras, Christine de Boismarmin. En efecto, los autores han querido que descubramos tres perfiles complementarios de Madeleine como poeta, asistente social y mística a través de la revisión de su vida, desde sus orígenes familiares hasta su muerte, pasando por los largos años vividos en Ivry-sur-Seine, en la casa situada en el número 11 de la calle Raspail. Podríamos añadir otro perfil, el de misionera. Porque en la vida de Madeleine, escribir, vivir el servicio social, vivir de Cristo e irradiarlo junto a sus hermanos y hermanas en humanidad no fueron más que una misma cosa; no hay oposición entre estos diferentes perfiles, porque la fuente es única: Jesucristo.

Según el cardenal Veuillot, quien acompañó a Madeleine en sus búsquedas, «el secreto de la vida de Madeleine es una unión con Jesucristo tal que le permitía toda audacia y toda libertad. Por eso su caridad supo hacerse concreta y eficaz para todos los hombres» (La joie de croire, p. 5).

Christine de Boismarmin, una de las fieles al grupo de «La Caridad», el nombre de su fraternidad, muestra lo que ella misma percibió en la actitud de Madeleine: «Obviamente, ahí encontramos el secreto de Madeleine. Ese incesante interrogante sobre lo que es amar, la intuición de que nunca se ama lo suficiente» (Rues des villes, chemins de Dieu, p. 181).

En el momento en que se escribe este prólogo, la Iglesia recibe la Exhortación apostólica del papa Francisco La alegría del Evangelio. La concordancia de mirada misionera entre Madeleine Delbrêl y el papa es bastante sorprendente.

Madeleine y sus hermanas oyeron la llamada del Señor a salir de París para ir a vivir a Ivry-sur-Seine en medio de los más pobres, en el seno de una ciudad popular obrera.

El papa Francisco invita a toda la Iglesia a seguir a Cristo, que sale, a ir a las periferias para encontrarse con los más pobres: «Todos estamos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (La alegría del Evangelio 20).

Intentando definir con sus hermanas lo que sería su vida fraterna, insertándose en el mundo social de Ivry, ciudad marxista, Madeleine decía: «Si Jesús se encontrara hoy con el buen samaritano, no hablaría ni de vino ni de aceite como remedio y no llevaría al herido a una posada, sino al hospital» (Éblouie par Dieu, p. 190).

Cómo no oír aquí un eco de la voz del papa Francisco, que invita a toda la Iglesia a una conversión pastoral y misionera, a estar al servicio de los heridos por la vida, haciéndose semejante a un hospital de campaña:

«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por haber salido a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. […] Si algo debe inquietar nuestra conciencia es que haya tantos hermanos nuestros que vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo» (La alegría del Evangelio 49).

Para el papa Francisco, «toda la evangelización está fundada sobre la Palabra de Dios, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. […] La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar» (La alegría del Evangelio 174).

Según los autores de esta obra, para Madeleine Delbrêl, «la misión comienza en el misionero mismo, que debe dejarse evangelizar por la Palabra, dejarse convertir, si quiere anunciar el Evangelio a los demás no solo con sus labios, sino con su vida». Madeleine expresa así su convicción:

La Palabra de Dios no se lleva a los extremos del mundo en una maleta: se la lleva consigo, se la lleva dentro. […] No se puede ser misionero sin haber hecho en sí esta acogida sincera, generosa, cordial de la Palabra de Dios, del Evangelio. […] Y, cuando la tenemos dentro de esta manera, llegamos a estar capacitados para ser misioneros (La sainteté des gens ordinaires, p. 89).

En la diócesis de Créteil hemos reflexionado entre todos los agentes pastorales –sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, laicos en misión eclesial– sobre la nueva evangelización; ser discípulo para ser apóstol. Madeleine Delbrêl, en su peregrinación a Roma el 5 de mayo de 1952, en plena crisis de los sacerdotes obreros, pedía «que la gracia del apostolado que le ha sido dada a Francia no se pierda por nosotros, sino que la conservemos en la unidad».

El papa Francisco habla de los discípulos-misioneros: «Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”» (La alegría del Evangelio 120).

Vivimos tiempos de discernimiento de cara a un sínodo diocesano, porque, según el papa Francisco, «Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe –el sensus fidei– que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios» (La alegría del Evangelio 119), y exhorta «a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma» (La alegría del Evangelio 30).

El objetivo de este sínodo, del que Madeleine será testigo, la figura espiritual, es que cada cristiano descubra que está llamado a ser misionero, los «misioneros sin barco», los que cogen el metro, van por la calles, llamados a ser Cristo para sus hermanos increyentes. Es en este mismo sentido como mi predecesor, Mons. François Frétellière, decidió, en 1988, incoar la causa de beatificación de Madeleine Delbrêl ante el papa.

Michel SANTIER,

obispo de Créteil

INTRODUCCIÓN

Esta biografía es el fruto de numerosos años de búsqueda en diversos archivos que se encontraban en el número 11 de la calle Raspail, en Ivry-sur-Seine, donde vivió Madeleine Delbrêl y donde fueron reunidos muchos documentos, en particular el conjunto de sus escritos, la mayor parte de ellos de forma autógrafa. El trabajo efectuado por las compañeras de Madeleine, sobre todo Christine de Boismarmin, Hélène Spitzer y Guitemie Galmiche, por el padre Jean Guéguen y continuado por Cécile Moncontié, clasifican hoy eficazmente las investigaciones.

El volumen que se presenta aquí a los lectores con motivo de los cincuenta años del fallecimiento de Madeleine ha sido preparado desde hace tiempo por monografías precedentes, siempre trabajadas en estrecha colaboración entre los dos autores. Tres de esas monografías, bien sean temáticas o sobre los acontecimientos o las relaciones regulares de Madeleine, ya han sido publicadas (Madeleine Delbrêl connue et inconnue. Nouvelle Cité, 2004; Madeleine Delbrêl, genèse d’une spiritualité, Nouvelle Cité, 2008; Eucharistie et discernement chez Madeleine Delbrêl, Nouvelle Cité, 2010). Otras permanecen en los ordenadores; entre ellas: la relación de Madeleine con el cardenal Veuillot, con el padre Gaston Fessard, con su amiga Louise Salonne. Si algún día son publicadas, permitirán a los lectores aclarar y profundizar cualquier aspecto de la vida y pensamiento de Madeleine. Todo este trabajo ha sido estimulado por la redacción de la futura Positio para la causa de beatificación incoada en Roma después de muchos años.

En 1985, Christine de Boismarmin ya había publicado una biografía de Madeleine: Madeleine Delbrêl, rues des villes, chemins de Dieu, en la misma editorial Nouvelle Cité. Esta obra ha sido considerada hasta el momento presente como la biografía de referencia. En efecto, su autora conocía íntimamente a Madeleine Delbrêl; había sido su confidente, en particular en los momentos difíciles, y la había sucedido tras su muerte en la responsabilidad de los Equipos (el grupo se llamó primero «La Caridad», después, poco a poco, se hablará más bien de «Equipos»).

Su texto estaba bien informado, y, como es natural, Christine había encontrado el tono preciso para hablar de su amiga. Sin embargo, aunque la había entendido con gran precisión y había traducido el espíritu de Madeleine y las grandes etapas de su vida, no había podido trabajar todos los documentos de los que disponía ni consultar otros archivos que aportan información preciosa y permiten a menudo arrojar una mirada nueva y mucho más elaborada sobre los escritos de Madeleine y su itinerario espiritual.

Por otra parte, aquella primera publicación estaba todavía muy próxima a los hechos; las numerosas personas que fueron consultadas todavía vivían en aquella época, y Christine de Boismarmin estaba obligada a una gran discreción. Más de treinta años después, esta discreción sigue sin duda en algunos casos, pero nosotros tenemos mucha más libertad para abrir ciertos archivos.

Por estas diversas razones hemos querido poner a disposición de los que aman a Madeleine o de aquellos que aprenderán a quererla esta biografía, que aporta muchos elementos nuevos para el conocimiento de la que se puede considerar una de las maestras espirituales del siglo XX.

Hemos procurado que este texto sea al mismo tiempo comprometido y riguroso. Comprometido, porque los dos autores quieren a Madeleine Delbrêl y han consagrado buena parte de su vida a tratar de darla a conocer y difundir su pensamiento espiritual. Por eso precisamente la obra tiene a todas luces la forma de un itinerario espiritual. Riguroso, porque no afirmamos nada que no venga respaldado por algún documento de los archivos o de algún testimonio seguro; esto se evidencia en las numerosas notas a pie de página.

Tenemos la esperanza de no haber malinterpretado los textos por el hecho de tener que explicarlos en función de otros textos o de un contexto determinado. Por supuesto, somos conscientes del carácter delicado de nuestra «postura», como se dice hoy en día. También acogeremos con mucho gusto las observaciones y críticas que se nos pudieran hacer; trataremos de tenerlas en cuenta para una ulterior reedición.

Además de la obra de Christine de Boismarmin, hay que señalar también el pequeño libro del padre Jean Guéguen, amigo de Madeleine, que ha contribuido a la difusión de su pensamiento y a la conservación de sus textos (en particular, de su correspondencia); este libro, publicado en ediciones DDB en 1995, en la colección «Petites Vies», ha descrito con exactitud el contexto de la ciudad de Ivry en la época de Madeleine y las grandes líneas de su itinerario.

Tenemos que subrayar que esta obra nunca habría visto la luz sin el trabajo llevado a cabo por Cécile Moncontié, nuestra archivera, y su equipo. Indispensable para la publicación de sus Obras completas, trabajo que también nos ha sido muy útil para la redacción de la biografía gracias a la precisión de las informaciones que nos ha proporcionado. Agradecemos igualmente a todos aquellos que, de cerca o de lejos, han participado en esta redacción, en particular a los correctores, tanto por la fluidez del francés como por la corrección de las faltas de ortografía.

Agradecemos, finalmente, su fidelidad a Ediciones Nouvelle Cité, que garantizan desde 2004 la publicación de las Oeuvres complètes, y que, veintinueve años después de la primera edición de la obra de Christine de Boismarmin, han aceptado publicar esta biografía tras las varias obras citadas en este prólogo.

1

«UNA FAMILIA HECHA A TODO»

«He vivido así, y fue una suerte, salvo por el aislamiento social: mi familia estaba hecha a todo; en consecuencia, yo también» 1.

Estas frases que Madeleine pronunció en su última conferencia a los estudiantes parisinos, algunas semanas antes de su muerte, requieren ser matizadas. Probablemente quiere decir que su familia nunca vivió una distinción social demasiado pronunciada y que estaba abierta a relaciones muy diversas. Pero no estaba de verdad «hecha a todo». Su madre, Lucile Junière, provenía de un linaje de la pequeña burguesía de provincias. Sus abuelos maternos tenían en Mussidan, en Dordoña, una fábrica de cirios, velas y lamparillas que suministraba además al santuario de Lourdes y que prosperaba en una época en que la electricidad estaba lejos de entrar en todos los hogares. La fábrica tenía empleados a una veintena de obreros. El desarrollo del ferrocarril facilitaba las ventas. Los Junière estaban sólidamente establecidos y bien considerados en este pueblo de Mussidan, que contaba con 2.300 habitantes.

La situación de la familia de su padre, Jules Delbrêl, era mucho más compleja. Los Delbrêl emergían de un largo proceso de declive, iniciado con los problemas psicológicos padecidos por el bisabuelo de Madeleine; estos fueron la causa de su internamiento en una residencia psiquiátrica 2. Esta familia de propietarios había caído en la escala social después de este acontecimiento; el abuelo y el padre de Madeleine remontaban lentamente la cuesta gracias al trabajo que tenían en la región por la extensión de la vía de ferrocarril. No es imposible que la atracción que Jules Delbrêl sentía por la asistencia a las reuniones burguesas y cultivadas, algo que encontramos como una constante en su itinerario, sea el origen de su deseo más o menos consciente de recuperar un estatus que su familia había perdido.

Los problemas de salud psíquica del bisabuelo de Madeleine serán para ella una preocupación. Especialmente cuando su padre, hacia los cincuenta años, manifieste un desequilibrio que conducirá a la separación de sus padres. Volveremos sobre este punto a su tiempo. Pero podemos destacar al menos dos momentos en la vida de Madeleine en los que aparece una inquietud de este orden en ella misma.

En diciembre de 1934, cuando ya había iniciado su vida misionera en Ivry hacía más de un año, se pregunta sobre la legitimidad de la orientación que ha tomado y consulta al padre Lorenzo para que la tranquilice: «¿No estoy desquiciada?» 3. Curiosa pregunta que manifiesta una fragilidad, una duda sobre sí misma.

Y en diciembre de 1956, cuando se ve sobrecargada de preocupaciones y de cansancio y pierde el contacto con la realidad durante varias horas, esta inquietud vuelve y la hace tomar la decisión de abandonar la responsabilidad del grupo, decisión que sus compañeras más próximas, afortunadamente, hicieron que no se llevara a cabo. De hecho, el incidente no era, según los psiquiatras, más que el síntoma de un exceso de fatiga. Pero esta obsesión quizá la atormentara más de lo que pudiéramos imaginar.

La realidad es mucho menos inquietante. Madeleine fue una niña y después una joven equilibrada. Fue muy amada por sus padres; las divisiones a las que llegó la pareja se manifestarán en una época en la que su madurez psíquica estaba, si no teminada, al menos ya muy avanzada. Ella sufrió, sin duda, pero el conflicto no llegó a abrir una brecha en su personalidad. De otra forma no hubiera sido capaz de vivir con tal equilibrio las múltiples tensiones a las que tuvo que hacer frente durante toda su vida.

Ella misma devolvió a sus padres el amor con enorme ternura y delicadeza. Las pocas cartas a su madre que se conservan testimonian una relación de una calidad excepcional y de una confianza conmovedora. Y su actitud hacia su padre durante el período de su enfermedad es testigo de una presencia atenta y cariñosa, a pesar de las ofensas que a veces podía recibir. A su llegada a París, Jules Delbrêl estaba no poco orgulloso de su joven hija con una inteligencia tan viva: la llevaba con él al salón parisino del doctor Armaingaud, donde se hablaba de literatura y filosofía, y seguía de cerca sus primeros ensayos poéticos, en los que ella imitaba a su padre. En efecto, Jules Delbrêl se vanagloriaba de ser poeta en sus ratos libres.

La frase de Madeleine: «Mi familia estaba hecha a todo» era, pues, una expresión incisiva que indicaba la capacidad de adaptación de su mundo familiar, su capacidad de entablar relación con personas de estratos sociales muy dispares. Los Delbrêl vivían muy sencillamente, dándole a su única hija una educación burguesa y permitiéndole frecuentar los círculos artísticos e intelectuales.

Pero sería exagerado decir, como se ha hecho a veces, que la madre de Madeleine pertenecía a la burguesía y su padre al mundo obrero. El hecho de que el abuelo de Madeleine hubiera sido calderero en los talleres del ferrocarril París-Orleans no significa que por eso perteneciera a la clase obrera. Era el hijo de un propietario venido a menos cuyo objetivo era ascender rápidamente los peldaños de la escala social, que su generación anterior había descendido brutalmente.

No hay que olvidar que Jules Delbrêl, el padre de Madeleine, que estaba ciertamente dotado de una gran inteligencia y de un eficaz saber hacer, asciende rápido en la jerarquía profesional. Este ascenso fue facilitado por la guerra y la falta de personal disponible: de simple jefe de equipo llega a ser subdirector de estación, para terminar como supervisor de explotación y, finalmente, jefe de estación; en este tipo de función ocupará varios puestos importantes: Châteauroux y Montluçon, terminando su carrera como jefe de las estaciones parisinas de la línea de Sceaux, en Denfert-Rochereau. Este puesto era más bien honorífico, ya que su salud ya empezaba a degradarse, pero esto muestra que Jules Delbrêl disfrutaba de una buena consideración, signo de su éxito profesional y social.

Hay que reconocer que la misma Madeleine pudo sembrar un poco la confusión al escribir en un artículo de la revista Esprit, publicado en julio-agosto de 1951, sobre su abuelo, que «golpeaba durante dieciséis horas los calderos y comía con el agua de haber lavado los platos» 4. Rasgo de un espíritu un tanto acelerado; Madeleine puede que ignorara que la profesión de calderero no consistía en «golpear los calderos»; por otra parte, si era calderero, su esposa era comadrona (profesión que aprendió después de la muerte de su segundo hijo a la edad de 3 años), por lo que los ingresos de la familia debían de ser suficientes.

Y aunque hubieran cambiado varias veces de domicilio en la ciudad de Périgueux, donde vivían, nunca habían residido en un barrio propiamente obrero. Madeleine no se engañaba, ya que reconocía que, a pesar de su larga presencia en Ivry, en su escuchar a la gente, en su participación en la vida de la comunidad, nunca sería, como decía, «naturalizada como proletaria», ya que no pertenecía al mundo del proletariado.

Cuando se habla de la familia de Madeleine, no hay que olvidar a Clémentine Laforêt, una joven de Mussidan empleada a los 25 años al servicio de los Delbrêl, que permanecerá junto a la madre de Madeleine hasta la muerte de esta en 1955. Mentine, como la llamaban familiarmente, terminó por formar parte de la familia; tanto es así que Lucile se lamentará más tarde, en una carta a su hija, de no haber podido hablar con ella sin la presencia de Mentine, que se encontraba allí, con toda naturalidad, impidiendo que las relaciones entre la hija y la madre se expresaran en su intimidad cuando Madeleine, muy ocupada, no podía casi dedicarle tiempo a su madre, a quien ella llamaba «mi querida Miou».

Cuando el matrimonio Delbrêl se separó, Mentine no duda en quedarse con la señora Delbrêl. Es evidente que Jules Delbrêl, en el delirio que a veces le invadía, asociaba a ambas mujeres, reprobándolas por igual. Mentine se lo devolvía haciéndole el bien: ella había elegido su campo.

Lucile Delbrêl y Madeleine, por su parte, vivían esto con una gran discreción. Nunca en su correspondencia o en los ecos que nos han llegado de sus propias palabras y actitudes se percibe que Madeleine criticara a su padre. Mentine, al contrario, se dejaba ganar por una cierta parcialidad, y esto ha de tenerse en cuenta en la interpretación que hizo más tarde de los acontecimientos en los que se había visto envuelta.

Naturalmente, daba pruebas de una gran admiración por Madeleine. Se percibe sobre todo en los recuerdos de sus estancias en Ivry después de la muerte de esta en 1964 y en la correspondencia que mantuvo con el padre Jacques Loew; este intercambio, además, muestra que Mentine estaba lejos de ser una analfabeta. Escribía con cierta soltura; en todo caso, habla de su «pequeña» con verdadera devoción. Cuando está en Ivry, la «encuentra por todas partes». También cuando le envía una postal desde Mussidan, el Mussidan de Madeleine, «su Mussidan», «que es el mío», añade.

Mussidan es donde esta mujer, totalmente dedicada a la familia Delbrêl, terminó sus días; Madeleine le adjudicó una renta de la herencia familiar, y esta pudo volver a su casa, que había abandonado para ir a Burdeos en 1907 para entrar, uno o dos años más tarde, al servicio de la familia de Madeleine.

Retomamos ahora de forma más lineal el hilo de los acontecimientos.

Madeleine nace el 24 de octubre de 1904 en Mussidan, en Dordoña, a unos treinta kilómetros al oeste de Périgueux. El origen de la familia Delbreil –convertido en Delbrêl– parece situarse en Moissac, donde los archivos municipales guardan el recuerdo de un convencional diputado de Moissac durante la Revolución de 1789, Pierre Delbrêl, que votó la muerte del rey y se distinguió después como comisario de la guerra en las batallas de la joven República francesa.

Se encuentra la huella de un abogado, muerto en 1846. El padre de Madeleine, Hippolyte Delbrêl, hizo cambiar su nombre en 1900 para adoptar el de Jules (Hippolyte era el nombre de pila de su abuelo internado y era evidente que no se encontraba cómodo a la sombra de su antepasado). Era el mayor de una familia de tres hijos en la que los otros dos murieron siendo todavía niños. Deja sus estudios en el liceo imperial de Périgueux poco después de la muerte de su hermana pequeña, que se llamaba Madeleine, en octubre de 1884.

Nos lo encontramos haciendo el servicio militar al año siguiente, probablemente como voluntario durante tres años con el broche final, en 1891, del grado de subteniente de reserva. Los archivos de la Armada precisan que en aquel momento «dependía de mi madre, quien poseía cierta fortuna». ¿Por qué se declara como estudiante en el censo de 1891? ¿Puede ser por la necesidad recurrente de ponerse siempre por encima de su verdadero estatus? ¿Está tentado en ese momento de retomar sus estudios? No lo sabemos.

En cualquier caso, en esta época comienza su carrera en el ferrocarril París-Orleans, siguiendo así los pasos de su padre. Primero forma parte del equipo de Redon, en Bretaña; después es empleado en la estación de Mussidan entre 1897-1898, donde conoce a quien será su mujer. Su promoción es rápida: es subdirector de la estación París-Orsay en 1900; al año siguiente, subdirector de la estación Juvisy-Triage, entonces Seine-et-Oise.

El 25 de noviembre de 1901 se casa con Lucile Junière, hija mayor de Joseph (llamado Fassol) Junière y de Anne Trouette. Como ya hemos dicho, estos últimos tienen una cerería. Tienen dos hijas, Lucile y Alice. Madeleine confiará mucho más tarde a un amigo que su madre había conocido el sufrimiento antes de su matrimonio. Pero no precisará la naturaleza de sus pruebas o quizá este amigo fue muy discreto en el asunto.

La familia Junière guardó recuerdo de las reticencias que se manifestaron con ocasión de las visitas de los dos futuros esposos, ya que Jules Delbrêl tenía fama de excéntrico. No terminaba de encajar en el ambiente de los Junière, gente tranquila, comerciantes serios, mientras que este, con el que proyectaba casarse su hija, cambiaba frecuentemente de casa y, en su opinión, ponía en riesgo de arrastrar a Lucile a una vida demasiado ajetreada. Aun así, la boda tuvo lugar. Jules tenía 32 años y Lucile, 21. Había entre ellos una gran diferencia de edad, lo cual no era extraño en aquella época. Madeleine nacerá tres años más tarde en casa de sus abuelos maternos. Será hija única.

Pasarán doce años antes de la llegada de la familia a París, doce años muy intensos marcados por numerosos acontecimientos. Intentaremos resumir los más importantes.

Hay, primero, innumerables desplazamientos debidos a los avatares de la carrera profesional de Jules Delbrêl. Nombrado el 17 de enero de 1902 jefe adjunto de la estación de Châteauroux, estará en Bourges a partir del 30 de mayo de ese mismo año con la misma responsabilidad. En 1904, año del nacimiento de Madeleine, es supervisor de explotación en Lorient.

Allí fue donde el bebé se debilitó; se recuperará con la leche de una nodriza de Lorient. En la familia se guardará el recuerdo de este hecho como un pequeño milagro, ya que, dos años más tarde, en 1906, llevan a Madeleine a Lourdes en acción de gracias. Le dieron una medalla de la Virgen, que confiará a Jean Durand, amigo de los Equipos, en 1955, es decir, tan pronto como mueren sus padres 5.

En 1909, Jules Delbrêl es ascendido a un puesto más importante: supervisor de explotación en Burdeos, donde permanecerá dos años. En esta época (en 1908 o 1909) entra Clémentine Laforet 6 como empleada en la familia. Es también el momento en que Jules Delbrêl conoce al doctor Armaingaud.

Este médico, procedente de la gran burguesía de Burdeos, se interesaba, además de por su profesión, por la literatura y la filosofía, aunque había hecho una buena carrera médica, ya que fundó dos sanatorios en Arcachon y en Banyuls-sur-Mer, escribió varias obras de medicina y fue el promotor de una liga contra la tuberculosis. Gran conocedor de Montaigne, escribió una edición comentada de sus escritos. Creó en 1912 la Asociación de Amigos de Montaigne, donde el nombre de Jules Delbrêl figura entre los primeros miembros. Tenía una casa en París en la que residía a menudo y tenían lugar las reuniones de la Asociación.

Cuando, en 1916, Jules Delbrêl se trasladó a París, se le hizo fácil participar en estos encuentros. Rápidamente se llevó a Madeleine cuando tenía apenas 13 o 14 años. Pero esta es otra historia sobre la que volveremos más tarde. Porque es evidente que el doctor Armaingaud tuvo un papel importante, sin querer, en la vida de Madeleine.

Librepensador y ateo, era profundamente humano. Quería mucho a Madeleine. Resulta que fue también el padrino del futuro dominico Jean Maydieu, cuyos padres eran también de Burdeos. Es, pues, bajo los auspicios literarios del doctor Armaingaud como se producirá más tarde, en el salón parisino, el encuentro entre Madeleine y el brillante alumno de la Escuela Central.

Mientras tanto, seguimos nuestro periplo a través de Francia con el supervisor de explotación Delbrêl, nombrado en 1911 jefe de la estación de Châteauroux, adonde regresa después de nueve años.

Acaba de alcanzar, pues, el mayor nivel de toda su carrera: jefe de estación. No hay duda de que esto llena su deseo de devolver a la familia Delbrêl, al menos en parte, el lustre de antaño. Porque, en una provincia, el jefe de estación forma parte de los notables. Pero Jules Delbrêl no se detiene en Châteauroux.

En 1913 es trasladado a Montluçon. Madeleine tiene apenas 9 años. Su padre va a tener la oportunidad en este nuevo puesto de desarrollar su vertiente humana y su creatividad. Cuando la guerra estalla al año siguiente, se da cuenta rápidamente de la necesidad de abrir junto a la estación una cantina militar para acoger a los soldados que iban al frente o volvían de él, porque Montluçon es una estación ferroviaria importante.

Madeleine era demasiado joven para poder aprovechar el ejemplo de su padre y el saber hacer del que había dado muestras durante el éxodo de 1940 en la organización de los trenes en la estación de Ivry-sur-Seine. Sin embargo, tiene la tentación de, al menos, intentarlo. Pero lo cierto es que el jefe de estación se agotó poniendo en marcha la logística necesaria para su proyecto, y al final de la guerra tuvo que pedir la baja en el trabajo. Era el principio de sus problemas de salud.

El episodio es interesante, porque nos muestra a un Jules Delbrêl no solamente preocupado por hacerse valer para poder entrar en los ambientes burgueses y cultivados, sino capaz de emplearse sin medida para hacer un poco más soportable la vida de esos soldados que iban a la trinchera o que regresaban a la retaguardia.

¿Cómo habría podido tener una chiquilla de esa edad una escolarización normal en medio de tantas mudanzas y a veces tan sucesivas? De hecho, en los archivos solo hay rastro de una sola institución escolar a la que fue enviada, y no se sabe por cuánto tiempo. Se trata de la institución Sanite-Solange, en Châteauroux. Por lo demás, estamos seguros de que tuvo clases particulares.

Cuando se sabe el nivel cultural que alcanza, se puede pensar que las bases se habían puesto bien con maestros competentes, incluido su propio padre, que supieron despertar su inteligencia y abrirle el camino a los múltiples dones que ya manifestaba. Lo que ella misma nos dice de su infancia indica que los momentos dedicados al trabajo escolar propiamente dichos estaban supeditados al tiempo del estudio de piano: «Mis estudios escolares tuvieron que ponerse en unas horas en las que el piano no interfería. Estaba fuera de cualquier disciplina de enseñanza» 7.

Los padres de Madeleine deseaban que fuera música, y en concreto pianista. ¿Cómo habían detectado en ella esta «vocación»? ¿Se trataba para Jules Delbrêl de satisfacer, a través de su hija, sus propias ambiciones culturales? ¿O bien simplemente las lecciones de piano no eran más que la réplica de lo que Lucile Junière había vivido en su familia con su hermana Alice? La educación de las jóvenes burguesas de esta época tenía normalmente un toque artístico; este fue el caso de las Junière.

El hecho es que Madeleine era inteligente y, si no siguió con el piano, fue sin duda debido a una frágil salud o simplemente porque carecía de las cualidades necesarias para seguir esta carrera.

Sus dotes artísticas eran muy variadas: dibujaba muy bien, componía poemas, también habría podido hacer teatro. Estaba dotada para la animación. Cuando era muy pequeña, en Burdeos, los amigos de su padre la llamaban cariñosamente «Guignolette» 8, lo que muestra su lado travieso; era capaz de entretener a todo un público.

¿Qué hay de su educación religiosa? Sabemos poca cosa, o nada, de los sentimientos personales de sus padres en esta época. Solo podemos hacer conjeturas que tienen el riesgo de proyectar en el pasado lo que sabemos sobre la evolución de su vida. Ambos eran creyentes, pero cada uno a su manera.

La fe de Lucile Junière fue cada vez más profunda en el transcurso de su vida, probablemente por influencia de Madeleine y también del padre Lorenzo, director espiritual de Madeleine y encargado espiritual del grupo de «La Caridad», como veremos más adelante.

La fe de Jules Delbrêl parece ser un tanto superficial. Lo que se puede saber por los intercambios que tendrá más tarde con Jacques Loew es que parece más que compartiera unas ideas a que fuera una experiencia personal de fe. ¿Eran practicantes los dos (o solo uno de ellos)? No sabemos nada. El hecho es que dieron a su hija una educación religiosa convencional. Ella misma dice: «Conocí personas excepcionales que me formaron en la fe de los 7 a los 12 años» 9.

¿Quiénes eran estas personas excepcionales? ¿Los sacerdotes de las parroquias a las que Madeleine fue enviada para la catequesis? ¿O bien está dando a entender que para la formación religiosa también fue ayudada por clases particulares? En cualquier caso, se preparará para su primera comunión en la parroquia, lo que debió de tener lugar el 22 de mayo de 1915.

Pero su abuela paterna, Marie Delbrêl-Lavergne, que era comadrona en Périgueux, muere el 21 de mayo. Ni hablar de primera comunión; hay que movilizarse rápido para enterrarla. A su regreso, Clémentine se acuerda de que Madeleine había pedido al párroco, el padre Tinardon, permiso para hacer sola la primera comunión, lo que le fue concedido. Madeleine comulgó, pues, por primera vez el 6 de junio.

Hemos tenido la suerte de tener dos cuadernos del retiro de preparación de Madeleine, uno de la primera comunión y otro de la confirmación al año siguiente de la primera comunión, justo antes de su partida familiar a París. Con una escritura muy pulcra, cuentan con detalle lo que el sacerdote había dicho en el retiro. Pero los comentarios de Madeleine son lo que más interesa, este en particular:

Cuando sea mayor intentaré convertir a las personas que todavía no gustan la dulzura que procura la religión. […] Si cuando sea mayor voy por el mundo, no me dejaré tentar por las malas compañías, y Jesús encontrará siempre en mí una amiga fiel 10.

¿Cómo imaginar que la que escribe estas frases será completamente atea tres o cuatro años después? Se percibe con facilidad que las palabras son muy convencionales: «La dulzura que procura la religión»; hay todavía en esta preadolescente algo de sentimental que la dureza del ateísmo que encontrará en París barrerá pronto.

Sin embargo, el deseo apostólico ya está presente. ¿No había fundado ella la Asociación de las Almas (asociación que no debía de contar con muchos miembros, aunque al menos estaba Clémentine) para rezar por la conversión de una de sus compañeras, que era atea? Esto muestra que París no fue su primer lugar de confrontación con el ateísmo. Ya sabía a los 12 años que se podía vivir sin Dios. Madeleine se enterará más tarde de que aquella compañera acabó convirtiéndose 11.

Expresa también su deseo apostólico en las resoluciones que toma en el retiro: «La vida es un apostolado que hay que ejercer», dice. Entre sus preocupaciones: la muerte, la cruz que hay llevar, la importancia de luchar contra sus defectos, y en particular, para ella, la soberbia. Seguramente le gusta lo que se le ha sugerido, y encontramos en sus notas los temas habituales de la predicación de la época, entre otros, la preocupación por la propia salvación. Nos encontramos con la clásica instrucción, muy estricta, sobre el espíritu, y, en cualquier caso, con poca preocupación pedagógica y muy poco adaptada a los niños: el párroco exponía las grandes verdades cristianas, como suele decirse, sobre la muerte, el juicio, el pecado, el infierno.

Nada cambió durante el retiro de confirmación al año siguiente, salvo una referencia más frecuente al Evangelio; pero la escritura de Madeleine cambió; ella se fortaleció, adquirió un aspecto más atractivo, menos infantil. El tono es más personal.

Durante este retiro se ve confrontada, por mediación de otra compañera, con una cuestión fundamental: ¿cómo un Dios bueno pudo crear el infierno? Y la reencarnación, ¿no es mejor solución que el purgatorio para alcanzar la pureza necesaria sin la que el cielo no se nos abre? Aparece también la palabra «espiritismo». Consultan a una catequista, que se desentiende enviando a las dos chiquillas a la ciencia infalible del párroco.

Este intenta salir airoso y sin molestarse mucho, y les dice que esas no son cosas que deban preguntarse las niñas. Pero ellas insisten. Entonces les expone los grandes principios sobre el hecho de que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que le deja en su libertad, y que Dios, si bien puede prever que el hombre sea condenado, no necesariamente lo desea. Estas palabras parecen aclarar a Madeleine, que quiso recurrir a esto por si algún día su fe fuera tentada. Pide a su «pequeño Jesús» que lleve a otras personas a la comunión eucarística.

Durante los últimos años de esta época de la infancia, la muerte está muy presente en su entorno más inmediato. En 1913 desaparece su bisabuelo. Después, en 1915, su abuela paterna, Marie Lavergne, como acabamos de ver. En 1916, su abuelo paterno muere en Montluçon, donde los padres de Madeleine probablemente lo habían acogido después de la muerte de su esposa.

Más tarde, en mayo de 1918, cuando Madeleine tiene ya 14 años y su familia se establece en París, desaparece Daniel Mocquet, su tío, marido de su tía Alice, hermana de su madre, que se queda sola con un niño de 8 años (Jean, primo de Madeleine); se hará cargo más tarde de la cerería de los Junière.

Madeleine, a la que se le había dado una buena posición social, tiene desde muy joven la experiencia de la muerte de las generaciones precedentes con el añadido de la guerra, que planea constantemente su amenaza sobre los jóvenes. En Montluçon vio pasar a muchos soldados, a veces gravemente heridos, por los que su padre no escatimaba ni tiempo ni fatigas.

Es también la época en la que escribe sus primeros poemas. En esto sigue el ejemplo de su padre. Su estilo es bastante banal y convencional. ¡Pero qué importa! Ella lo intenta, y su sensibilidad encuentra en la poesía una forma de expresión que nunca abandonará, hasta 1928, fecha en la que se lanzará hacia otra forma de arte, en este caso, el de la caridad.

Por ahora, en estas primeras tentativas no es necesario ver las primicias de una vocación literaria futura. Muchos niños se han lanzado a escribir pequeños poemas cuya veta rápidamente se agota. Los que compone Madeleine son muy torpes: el primero que conocemos está escrito con ocasión del nuevo año de 1914. Firma como Nénette, su apodo familiar. Las ocasiones de los poemas son las fiestas familiares, la guerra, las despedidas de Marcelle Régnier, su amiga, en septiembre de 1916. Durante la guerra, Madeleine se muestra animada por un espíritu patriótico vehemente que refleja a todas luces su entorno:

Que los franceses muy vivamente

destruyan Alemania,

así como a su jefe, un demente

el que maldice a Francia, quien gana (agosto de 1914).

Uno de los poemas está fechado el 22 de septiembre de 1915. Está dirigido a un soldado, probablemente su tío Daniel Mocquet. Se ve incluso cómo Madeleine estaba impregnada del espíritu de su tiempo: quien combate por Francia es un héroe que

fue elegido para la gloria de servir en medio de nuestros trances,

nuestra patria, nuestra bandera, Francia.

No es seguro que esto corresponda completamente al espíritu de los que combatían en las trincheras.

¿Oyó Madeleine evocar en su familia, durante su estancia en Montluçon, el movimiento obrero, que agitaba desde hacía treinta años la cuenca de carbón de Commentry, de la que Montluçon, ciudad de más de 35.000 habitantes en 1911, era su caladero, con su industria pesada y, concretamente, la siderurgia? Además, en la estación de Montluçon vio trabajar a muchos del ferrocarril, pues la familia del jefe de estación vivía allí mismo; estos no eran, con toda seguridad, ajenos a lo que sucedía en torno a las minas de carbón.

En Commentry, ciudad situada a unos quince kilómetros, un socialista salió elegido alcalde por primera vez en el mundo en 1882. El ayuntamiento de Montluçon se convirtió en socialista en 1892. Diez años más tarde, en 1902, el congreso constitutivo del Partido Socialista francés, de Jules Guesde y Édouard Vaillant, se instaló en Commentry. El movimiento obrero, que progresivamente se impregnará de ideología marxista, tenía allí uno de sus centros de operaciones, con mucho movimiento y efervescencia. Se puede suponer que Jules Delbrêl, muy abierto a las evoluciones de la sociedad, estuvo interesado en este movimiento y habló de él. Pero ningún documento nos permite saber si esto marcó a Madeleine.

En 1916, Jules Delbrêl era nombrado en Denfert-Rochereau jefe de las estaciones parisinas de la línea de Sceaux. La familia llegaba a París, donde Madeleine iba a vivir su adolescencia y su juventud, antes de partir a Ivry-sur-Seine en 1933.

2

EL CAMINO DE UNA ARTISTA(1916-1928)

Madeleine estaba acostumbrada a las mudanzas. No nos es difícil imaginar el deseo mezclado de ansiedad que habita en esta niña de 12 años, abierta a todo lo que la vida pueda aportarle, cuando aterriza en la capital el 22 de septiembre de 1916. Esta etapa de su vida será decisiva por los descubrimientos que se van a suceder y las múltiples relaciones que, progresivamente, va a entablar. La estabilidad geográfica que encontrará allí le va a permitir tejer una amplia red de relaciones.

Este será el escenario de una evolución personal marcada primero por el paso al ateísmo y después por el cambio radical de su conversión, el 29 de marzo de 1924. Esta la llevará a sufrir cambios profundos en su vida, consecuencias visibles de una experiencia interior que mantendrá en secreto, aunque algunos matices de sus poemas dejen presentir este espacio misterioso.

Pero aún no estamos ahí. De momento, la familia se instala en el número 3 de la plaza Denfert-Rochereau, en el piso oficial de la empresa asignado a Jules Delbrêl. Este tiene 47 años. Al asignarle este puesto, la dirección toma conciencia de la degradación progresiva de su estado de salud. Ya antes de la muerte de su madre, en 1915, había estado de baja médica un mes. En el mes de agosto siguiente tiene que parar de nuevo para tratarse de problemas cardíacos y hacer frente a sus insoportables cefaleas.

Obviamente, apenas está capacitado para asumir responsabilidades de peso. El puesto que le ha sido confiado se presenta ante él como una honrosa salida; se trata de un trabajo de supervisión que no le exige mucho por las limitaciones horarias. Pero el reposo que le ofrece este nombramiento, debido seguramente al buen estado de los servicios, le durará poco.

La enfermedad avanza inexorable, tanto en el plano físico como en el mental. El mal que padece le afecta a la vista e irá quedándose ciego. Su carácter también se degrada; la relación entre Jules y Lucile es cada vez más tensa. Madeleine tiene que afrontar, en el umbral de su adolescencia, el desencuentro de sus padres, que terminará, años más tarde, en su separación definitiva.

¿Cómo, en estas circunstancias tan difíciles, podría guardar su equilibrio emocional, la solidez interior que le caracteriza a pesar de sus problemas de salud personales recurrentes? ¿Cómo ha podido sostener en lo sucesivo la misma atención y el mismo afecto a sus padres sin jamás tomar partido por uno de ellos? Espontáneamente se piensa en el trabajo de la gracia en ella y la invasión de su humanidad por la caridad.

Pero también, ya lo hemos apuntado, fue muy querida por sus padres; sufrió su ruptura, pero nunca padeció ningún abandono o descuido de ellos. Con su madre experimentó una ternura y delicadeza de sentimientos que más tarde se expresarán en su relación de adultas de una forma muy bella; en su padre encontró un amor que la empujaba a desarrollar sus talentos artísticos.

Hay que subrayar también que recibió una educación muy libre. Sus padres depositaban en ella una confianza merecida de la que nunca abusó. Aunque era hija única y la habrían podido proteger, sus padres la dejaban salir con sus amigos desde que cumplió 15 o 16 años; amaba la vida, bailaba y no dudaba en fumar.

Hay que añadir que Madeleine entraba en la vida sin presión. En esta época, las hijas de familias burguesas, como era su caso, no hacían estudios universitarios, salvo raras excepciones. Incluso el bachillerato estaba reservado solo para los chicos. Accedían al matrimonio las chicas que podían, y para ello se preparaban ejercitando labores domésticas y aprendiendo junto a sus madres a llevar una casa.

Asimismo, Madeleine podía dar curso libre a perfeccionar sus aptitudes artísticas. Recibe clases de dibujo. Se permite incluso el lujo de seguir en la Sorbona cursos de filosofía durante dos años; volveremos sobre esto.

Algunas de sus amigas se sorprendieron de que no se hubiera convertido en una persona egoísta. Pues no solo sus padres le daban una gran libertad, no solo ambos la querían profundamente, sino que se puede decir que adulaban a su hija, que tenía tanto talento, contaba con variados y prometedores dones, y estaba muy abierta a la vida. Aunque la vanidad fuera para ella una tentación real 1, crecerá sana.

Generosa, atenta con los demás, con carácter de líder, exprimía la vida al máximo sin acapararla para sí misma. Sabía hacer amigas por todas partes por donde pasaba y, a pesar de ser reservada en lo que le afectaba, entablaba amistades profundas y duraderas. En Mussidan, no obstante, se la llamaba «la parisina»; pero ¿no era acaso su ropa demasiado a la moda la que impresionaba desfavorablemente?

Las circunstancias, sin embargo, no eran las ideales a su llegada a París en 1916. Primero, la guerra está en su apogeo; aunque el frente se ha estabilizado y París sigue protegida de los bombardeos alemanes, que no llegarán hasta 1918, momento en que se notarán las restricciones.

Precisamente en el transcurso de este último año de guerra sucede un grave acontecimiento, al que ya hemos aludido, que va a afectar a la familia Delbrêl. El 28 de mayo, Daniel Mocquet, esposo de Alice Junière, tío de Madeleine, desaparece en el frente. Jules Delbrêl se esforzará enormemente por encontrar, sin éxito, el rastro del desaparecido y para ayudar a su cuñada en los trámites administrativos.

Su responsabilidad en los ferrocarriles le permitirá facilitar a la cerería Junière la distribución de sus productos, dificultada por la guerra. Pero, en 1921, muere el abuelo materno de Madeleine, dejando a su hija Alice sola para dirigir la empresa.

Estas preocupaciones agravan la salud, ya muy frágil, de Jules Delbrêl. Durante el invierno de 1918-1919 se ve obligado de nuevo a estar de baja cuatro meses por una fatiga cardíaca. ¿Somatizaba Madeleine, por su parte, estas preocupaciones, que no podían sino dañar a una adolescente de 14 años? ¿O bien la gripe que coge hacia finales de 1918 es portadora de un tropismo particular, como a veces sucede? El hecho es que se ve afectada por una parálisis de piernas de la que no se librará hasta el verano siguiente, después de una temporada en Mussidan, en la que, según el consejo del médico, cambia las muletas por la bicicleta, lo que la restituirá. Sin embargo, de esta enfermedad un tanto misteriosa conservará la fatiga, pero también una fuerte voluntad para afrontarla y curarse.

Estos años están, pues, marcados por la inquietud, la tristeza de las separaciones, el sufrimiento de los seres queridos. Pero también en este momento se abren nuevas perspectivas con la asistencia asidua al salón del doctor Armaingaud. Este apasionado de Montaigne acoge cada domingo por la noche a sus amigos, de los que forman parte la familia Delbrêl. Lucile no acude más que de vez en cuando, pero Jules y su hija son fieles a la cita.

El doctor se interesa por esta adolescente que compone poemas y parece ávida de aprender y de entender. Él es positivista, ateo sin agresividad; poco a poco, esta atmósfera impregna a Madeleine, que dirá más tarde que la inteligencia contaba mucho para ella, y que se dejaba llevar por los atractivos de la razón, que rápidamente barrían la formación cristiana que había recibido en la catequesis.

Ella, que siempre se vestía con estilo, como su madre, empieza a dejarse ganar por el lado superficial de la vida, y las afirmaciones de la fe le parecían pasadas de moda en relación con el pensamiento racional, que parece dar respuesta a todo.

Las personas que iba conociendo en el salón del doctor Armaingaud eran muy diferentes. Desgraciadamente, nos falta información más amplia para poder esbozar un panorama general de aquella asamblea. Sin embargo, el testimonio de Françoise Mathieu, nieta del doctor Guichard, amigo de Armaingaud, nos permite desvelarlo un poco.

Guichard era dentista cirujano y profesor de ortodoncia en la escuela dental de la Tour d’Auvergne. Este salvará a Madeleine, más tarde, de una septicemia sacándole once dientes en la misma intervención. En aquel momento participaba en la Asociación Amigos de Montaigne, de la que será secretario general. Iba a las reuniones con su hija Denyse, que simpatizó mucho con Madeleine. Ambas serán amigas hasta el punto de que Madeleine será madrina de Françoise, la hija de Denyse: «Mi madre era cristiana, como las de las demás chicas del círculo. […] No solo había ateos, sino también cristianos. Su punto en común era ser personas muy originales, ávidas de ideas libres» 2.

El círculo de los Amigos de Montaigne no era, pues, una asamblea de ateos convencidos y militantes. Se caracterizaba más bien por la libertad de opinión.

A pesar de las apariencias tan libres, a Madeleine no le faltaba la capacidad de una vida interior excepcional para una chica de su edad. Clémentine Laforêt, en su lenguaje algo inseguro, reveló cómo componía los poemas:

Le encantaba escribir y hacer versos. Cuando paseábamos las dos juntas, tenía 16 años… 15 o 16 años… Me decía: «Ahora no hables, estoy trabajando». Así que íbamos sin decir nada. ¡A mí no me parecía una cosa muy alegre! Le decía: «¿Ya has terminado de componer tus versos?». «Espera, yo te avisaré». Y a veces me los recitaba, y luego los escribía cuando volvíamos. Porque muchos poemas de La route 3 los hizo siendo muy joven.

Esta actitud la confina a veces en cierto aislamiento sobre sí misma. Permanece escondida, no le gusta que se le hagan demasiadas preguntas, según cuenta Clémentine. Esta a la que llaman la «Guignolette» ha dado paso a una chica reservada, seria, sin el sentido del humor que tendrá más tarde.

Hélène Jüng, una de las amigas de entonces, da testimonio; esta también componía poemas y siguió un itinerario semejante al de Madeleine; después de un período de ateísmo, se convirtió y entró en las dominicas de Béthanie. En esta época la ve como «una adolescente lírica y grave, sin el humor fino que mostrará más adelante» 4.

Madeleine dejó que poco a poco se insinuara en ella una forma de escepticismo decepcionado que se instala con la pérdida de la fe y que culminará en un cierto número de poemas escritos en torno a los años 1920-1921, y en el célebre texto «Dieu est mort, vive la mort». En «L’éternel renouveau» 5, en enero de 1921, meditando sobre los ciclos de la naturaleza, escribe:

Pero, por qué lamentar lo que se amaba ayer,

puesto que mañana volveremos a ver las mismas cosas. […]

Si todo brota y todo crece, es con el fin de morir.

En 1922, a los 17 años, escribe «Dieu est mort, vive la mort» 6. Expresa una confesión de fe atea sin ninguna concesión, con una ironía mordaz en la que las flechas alcanzan a los que pretenden cambiar el mundo y que tendrán que dejarlo, a los enamorados que pronuncian la palabra «siempre» con una ingenuidad desconcertante que Madeleine muestra con una alegría destructiva.

Podría haber llegado al campo del existencialismo, pero quiere permanecer libre, incluso podría haberse pasado al lado de los que pensaban que el suicidio era una solución posible para la desesperación. Amaba demasiado la vida. De hecho, decide divertirse. Para ella, divertirse es salir, bailar, distraerse, como se diría hoy, «pasarlo bien».