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En Madres mamíferas, una mirada mordaz a las supuestas bondades del apego extremo, Eva Millet pone en cuestión un sistema de crianza con tintes progresistas, pero más vinculado a las élites y a una postura que devuelve a las mujeres a casa que a las necesidades prácticas y sensatas de la experiencia de ser madre. En este libro, la autora lanza una pregunta que, más allá del examen y la crítica, deberíamos empezar a plantearnos: ¿funcional la crianza natural? ¿Conviene forzar el apego? ¿Se convierten realmente nuestros hijos en «seres maravillosos» bajo este sistema? ¿No lo son todos para sus padres sin importar cómo han sido paridos y alimentados? Pese a que el siglo XXI es, en teoría, el de la consolidación de la igualdad, la llamada «crianza natural» carga la plena responsabilidad de esta tarea a las madres. En este libro, Eva Millet cuestiona la necesidad de etiquetarlo todo y de poner presión adicional a las madres.
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Madres mamíferas
La crianza natural desde una nueva mirada
Eva Millet
Primera edición en esta colección: marzo de 2023
© Eva Millet, 2023
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2023
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-19271-98-3
Diseño y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Como periodista y madre, hace tiempo que leo sobre el estilo de crianza conocido como «natural», también llamado crianza «con apego» o «respetuosa». Como es lógico, para escribir este libro incrementé estas lecturas, tanto de textos académicos como de libros, artículos, entrevistas y columnas de opinión que promueven este tipo de maternidad. Sin olvidar fuentes más informales, como blogs, comentarios en redes sociales e, incluso, tuits y publicidad de productos vinculados a la crianza natural.
A medida que avanzaba en la documentación y acumulaba material, me di cuenta de que hay una uniformidad del lenguaje de los activistas del apego: textos académicos aparte, en manuales de crianza, folletos, posts, comentarios, artículos, etc., hay un patrón.
Para empezar, en el modo de dirigirse a la lectora: un estilo un poco cursi y santurrón, que predica un tipo de crianza que nos convertirá en madres muy especiales. Un estilo que rezuma comprensión y buen rollo, salpicado de guiños hacia esas mujeres que practican el apego o quieren hacerlo. A estas no iniciadas se las invita a formar parte de una comunidad poseedora de una verdad incontestable, una especie de fórmula mágica. Siempre y cuando se sigan sus preceptos, por supuesto.
Porque no todo es tolerancia y amabilidad en este mundo. Hay textos que rezuman indignación hacia «el sistema», patriarcal y capitalista, que nos obliga a criar a los hijos de cualquier manera. Hay una sensación de agravio latente hacia la maternidad convencional: esa forma de educar «deshumanizada», practicada por nuestras madres y abuelas, quienes dejaban llorar a los niños e impedían cogerlos en brazos para que no se acostumbraran. Una maternidad que ha experimentado «un apocalipsis de causas no especificadas»,1 que ha puesto fin a estas malas prácticas.
Existe, asimismo, un firme rechazo hacia los expertos: hacia esos médicos que tratan a las mujeres y a los bebés como «pacientes-objeto», robándoles el parto. Contra los «adiestradores de sueño» y la industria de la leche de fórmula, que llega a calificarse de veneno. O contra aquellos que se escandalizan al toparse con «unas tetas al aire» nutriendo cuerpos. Se trata de un discurso con un tono encendido, que rezuma una mezcla de victimismo e indignación.
Sin embargo, lo que llama más la atención en la literatura sobre la crianza natural es el abuso de ciertas palabras. Palabras importantes, de las que este movimiento parece haberse apropiado.
La apropiación primigenia sería la del término «apego», la razón de ser del movimiento. Aunque el apego se define de forma algo lacónica en el diccionario de referencia del español,2 este concepto es el eje a partir del cual se ha construido una ideología que está modificando la forma en la que las mujeres están criando a sus hijos en este siglo.
Y es que, como escribió la filósofa Élisabeth Badinter en el inicio de su imprescindible ensayo La mujer y la madre:3
Se ha producido una revolución en nuestra concepción de la maternidad, casi sin que nos diéramos cuenta. Ningún debate, ningún grito ha acompañado esta revolución, o más bien involución. Sin embargo, su objetivo es considerable puesto que se trata, ni más ni menos, de devolver la maternidad al centro del destino femenino.
En esta nueva maternidad que se dice «natural» —pero, como veremos, hace que lo natural sea extremadamente complicado—, el «apego» es el objetivo que hay que conseguir. La tierra que hay que conquistar, el Santo Grial al que aspirar. Y, también, un reclamo muy efectivo. Porque: ¿quién no quiere ser una madre apegada? ¡Todas queremos serlo! Entre otros, los antónimos de apego son «desinterés» y «desafecto». «Odio», incluso. ¿Cómo no se va a abrazar un movimiento que nos dirá como lograr una relación basada el «cariño», el «amor», la «adoración» y la «devoción», algunos de los sinónimos de la palabra apego?
Y, ¿cómo no vamos a querer ser madres «naturales» y practicar una maternidad «ecológica»? Lo «natural» es lo que «no tiene mezcla o elaboración», la persona «espontánea y no afectada». En tiempos de crisis ambiental: ¿cómo no reivindicar un retorno a la naturaleza?
¿O ser «respetuosas»? Otro término estelar en el discurso de la crianza natural. ¿Quién no quiere «respetar» a sus hijos? Y, por supuesto, ser «consciente», adjetivo que se ha añadido a la ristra de requerimientos para la madre natural. Los antónimos son terroríficos. Ninguna querría ser una madre «inconsciente», «insensible» o «descuidada».
Y no olvidemos a las madres «conectadas»: otra condición que aparece con enervante redundancia en los textos. La crianza con apego pone al niño en el centro y es el deber de la madre estar conectada, 24/7, a la criatura. Lo contrario será una progenitora «ausente», «desunida» o «separada».
Abunda asimismo el término «mamífera» que inspira el título de este libro y es una condición que se alcanzará a través de un parto natural, seguido de una lactancia a demanda, exclusiva y prolongada. Como los animales, la madre mamífera se dejará guiar por su instinto, con la naturaleza como referente.
La madre que cría con apego es asimismo «sabia», «honesta» y, por supuesto: «empoderada». Ello no impide que sea también «sacrificada». El sacrificio y la resistencia al dolor y al agotamiento (al parto sin analgesia, a la lactancia, cueste lo que cueste, a los años sin dormir) es parte del lote para ser una madre de esta tribu.
Otro concepto, la «tribu». La crianza natural puede ser extenuante, pero la recompensa es que una forma parte de una «tribu» de madres conectadas, mamíferas, sabias, conscientes, empoderadas, honestas, respetuosas y naturales, que consiguen el apego con sus criaturas.
Las palabras importan. Las palabras atrapan, y cualquier ideología que se precie lo sabe.
La manipulación del lenguaje es algo que han practicado con especial énfasis los movimientos ideológicos más radicales; pese a que las palabras no tienen dueño, el poder gusta de utilizarlas. En este caso, la crianza natural se apropia de unos términos preciosos y los usa para crear etiquetas. Para distinguir la buena de la mala madre.
Porque las madres con apego, las madres naturales, respetuosas y conscientes son las que sigue sus directrices para criar. Estas, en esencia, son:
Lactancia materna prolongada y a demanda.Colecho (compartir la cama con la criatura).Porteo (cargar al niño para favorecer un intenso contacto físico con la madre).No dejar llorar al hijo bajo ninguna circunstancia.Otro requerimiento estrella sería el del parto natural, entendido por esta corriente como un parto lo más «desmedicalizado» posible. Si se produce en casa, una ya se convierte en la madre diez.
Estas condiciones son los pilares de un movimiento que ya es tendencia y que bebe de fuentes como la Teoría del Buen Salvaje, de Rousseau. Ya en el siglo XVIII, este filósofo idealizaba el estilo de vida primitivo y la figura de la madre en comunión con la naturaleza. Una mujer centrada en la maternidad, la cual seguía su instinto natural.
Élisabeth Badinter explica que el resurgimiento de la doctrina naturalista, basada en la dependencia del ser humano con la naturaleza y sus leyes, coincide con las crisis económicas de finales del siglo XX. Crisis que afectan en especial a las mujeres: las primeras en ver reducidos sus salarios o en ser despedidas. Sin olvidar que siguen cobrando menos que los hombres.
Si el mundo laboral es decepcionante, razona esta filósofa, ¿por qué convertirlo en una prioridad, como hicieron nuestras madres? ¿Por qué no volver al hogar y dedicarse a una actividad tan fundamental como es la crianza? La maternidad, escribe, se puede convertir en la obra cumbre de sus vidas:
Numerosas mujeres empiezan a pensar que el estatus de madre de familia también tiene valor y que el cuidado y la educación de sus hijos podrían ser su obra maestra. Contrariamente a sus madres, siempre con prisas, que habían hecho malabarismos entre las exigencias familiares y profesionales, las hijas fueron sensibles a la nueva consigna: ¡los niños primero!
La crianza natural tilda a la crianza anterior de «adultocéntrica» y pone el foco, absoluto, sobre los hijos. O más bien, sobre el hijo, dado el bajo índice de natalidad en Occidente, donde en países como España hay una media de 1,2 criaturas por pareja. El hijo, que hoy llega más tarde y a menudo es fruto de una puntillosa planificación y un deseo intenso. El hijo, que a veces ha costado Dios y ayuda concebir, a través de duros tratamientos de fertilidad. El hijo, que se convierte en el proyecto, la obra maestra a la que se refería Badinter.
A esta criatura va a dedicarse en cuerpo y alma, cada minuto del día, la madre de apego. A través de una intensa preparación y un parto lo más animal posible. A través de la lactancia extendida y a demanda, incluso durante años. Del contacto constante gracias al porteo y al colecho. Se trata de una maternidad radical, que implica una dedicación física y emocional muy superior a la de las madres convencionales. La crianza natural o con apego es una «maternidad intensiva», término acuñado en 1996 por la socióloga Sharon Hays,4 quien identificó tres principios fundamentales:
Inversión de una enorme cantidad de tiempo, energía, dinero y desgaste emocional en la crianza.Desprecio inicial de la aportación paterna.Consideración de los niños como seres sagrados, inocentes, puros por naturaleza. El polo opuesto de una sociedad mercantilista.Este adjetivo, «intensivo», no gusta, sin embargo, a un movimiento que se presenta como alternativo. Lo «natural» se identifica como algo contestatario y empoderante. Una manera, incluso, de cambiar el mundo. «Para mí criar con apego es una actitud crítica ante la sociedad y el sistema. Una acción política que estamos haciendo las mujeres y las familias», me aseguró una madre.
Es también una respuesta al control que el patriarcado, epitomizado en los médicos varones, ha impuesto a las mujeres a lo largo de la historia. Por ello, no deja de sorprender que los principales ideólogos de esta corriente (como el obstetra Grantly Dick-Read y el pediatra William Sears) sean hombres, blancos y profundamente religiosos. Además de médicos.
Sin olvidar, por supuesto, el grupo de fervientes cristianas que fundaron, en 1956, la poderosa La Liga de la Leche; de la que nace el lactivismo: la militancia por la promoción de la lactancia materna. Una organización que lleva décadas influyendo en las políticas de la UNICEF y la OMS.
Como advierten algunas de sus abanderadas, la crianza natural no es para todo el mundo. Es verdad: no todas pueden permitirse una maternidad tan intensa. En parte, porque requiere de unos recursos importantes. En consecuencia, es mayoritariamente ejercida por mujeres blancas, de clases medias y altas, con educación superior, lo que la convierte sociológicamente en dominante.
También se ha convertido en dominante en los medios de comunicación convencionales y su presencia es abrumadora en las redes sociales. El mensaje que allí reciben las nuevas madres es que si no crías siguiendo los postulados del «apego», tus hijos serán menos sanos e inteligentes y, la mayor catástrofe: te querrán menos. Todo ello, como apunta la feminista Beatriz Gimeno:
Genera un complejo de culpa entre las que intentan llevarla a cabo y no llegan, porque la mayoría no pueden dedicarse a una crianza tan intensiva. No es lo mismo estar en casa, con un permiso de dos años, que tener un trabajo normal y meterte en esta dinámica. La crianza natural se ha convertido en factor de diferenciación social: ahora son las ricas las que paren en casa, las que dan de mamar dos años, etc. Lo terrible es que las demás se sienten mal: creen que no están criando bien, tienen complejo de culpa y se sienten responsables de lo que luego les pase a sus hijos.
Pese a su etiqueta anticapitalista, lo natural también representa un mercado enorme, que incluye a sus especialistas alternativos, como doulas,5 matronas para el parto en casa o asesoras de lactancia y de sueño infantil; además de sus gurús, cursos, conferencias, webs, blogs, literatura especializada y merchandising variado: de sacaleches a pañales de tela, pasando por fulares de porteo, juguetes «naturales», cosmética infantil ecológica, fundas para piscina de partos, esponjas de lana «natural y curativa» y un largo etcétera.
Con la ciencia, la relación es ambivalente. Pese a que la crianza natural desconfía de ella en cuestiones como el parto, la medicina convencional e, incluso, las vacunas, la superioridad científica es blandida sin tregua en aspectos como los beneficios de la leche materna. Desde el lactivismo se ha llevado a cabo una de las campañas más efectivas a nivel mundial para, prácticamente, obligar a las mujeres a dar de mamar.
Aunque en este libro no se ponen en duda los beneficios de la lactancia materna, sí que se cuestionan dos aspectos que hoy la condicionan. Por un lado, las supuestas e inacabables virtudes de la leche materna frente al demonizado biberón; por otro, las presiones que reciben las madres para llevar a cabo la lactancia, la cual cada vez se prolonga más.
En una sociedad en la que los niños son un bien escaso y nacen con una monumental carga de expectativas, la crianza con apego se ha convertido en una forma de hipermaternidad, un estilo de educación intensivo al que he dedicado dos libros.6 Esta tendencia, asimismo dominante entre las clases medias y altas, se caracteriza por la sobreprotección, la atención excesiva y la supervisión constante a la prole. Se dedican a los hijos ingentes cantidades de recursos y ansiedades con un objetivo claro: que triunfen. Que sean mejores que el resto.
Es lo que, precisamente, promete el apego: hijos mejores, material y espiritualmente. Destinados, nada más y nada menos, a cambiar la sociedad. Así los describe el doctor William Sears, considerado el padre de la crianza con apego, quien, sin pestañear, garantiza que aquellos que sigan el estilo que propone conseguirán unos niños «maravillosamente especiales». No solo «más inteligentes», sino también con mejor salud, mejor desarrollo y mejor comportamiento. Hijos «misericordiosos, cariñosos y receptivos, que confían en ellos y en los más cercanos».
El mensaje cala: en uno de las primeras ocasiones que escribí sobre este tema, las mamás del grupo de apego con las que hablé me aseguraron que su objetivo era conseguir hijos «diferentes», «emocionalmente sanos», «más seguros». «Sí, mejores», resumían.
En un mundo cada vez más polarizado, la crianza natural, el apego, se está instaurando con fuerza, ante el asombro de quienes creemos que se puede amar a los hijos sin ejercer una maternidad tan radical, destinada a producir hijos «maravillosamente especiales», demostrar que somos las mejores madres o desafiar al sistema.
Si no se aspira a ser una madre perfecta, es difícil pifiarla. Por ello, es injusto que domine el discurso de una ideología que no solo implica un retorno a épocas en las que el principal papel de la mujer era quedarse en casa, sino que también exige un esfuerzo físico extenuante y la supeditación —en nombre de un amor mal entendido— a la voluntad del hijo.
Y aunque hay mujeres que abrazan esta corriente con entusiasmo y están encantadas, las hay también que se sienten culpables, malas madres y frustradas por no seguir sus parámetros. Por haber parido por cesárea, no poder dar el pecho, no querer compartir la cama con sus hijos por sistema o por dejar de ser conscientes durante unos minutos, gritar a la criatura y pensar que la ha dañado para siempre. Como también hay madres que no comparten que el estar pendientes de sus hijos a estos niveles, que rozan lo obsesivo, vaya a ser lo más beneficioso para la familia.
Como ellas, reivindico una maternidad más equilibrada y relajada, lejos de dogmatismos y de competencias. Porque ni los hijos son un producto ni las madres han de llevar etiquetas, ni han de sentirse mal por no seguir un movimiento que no tiene una base científica, sino que es… una opción personal. Como tal, el máximo respeto, pero desde una mirada crítica.
Esta es la intención de este libro: explicar, entender y tranquilizar; para que ninguna mujer se sienta inadecuada por no criar siguiendo unos preceptos que no tienen absolutamente nada que ver con ser mejor o peor madre.
«Hoy se observa el comportamiento de una madre chimpancé y se proclama que ese es el modelo a seguir».
ÉLISABETH BADINTER
Los hay de varios tipos y colores. El fular de agua se promociona como la opción «más adecuada, ligera y fresca» para temperaturas altas. El fular elástico es «una solución cómoda para que podáis disfrutar de las delicias del porteo». Luego está el de bambú: «El tejido más agradable del mundo para portear», que soporta hasta diez kilos de peso. Los fulares, según la web que los comercializa, son «mucho más» que una tira de tela. Según la empresa Amarsupiel7 los fulares son:
Una prenda maravillosa para portear de forma versátil, con apoyo real, sujeción y retención completas, que te permitirá tener las manos libres y realizar gestiones cotidianas. Un sistema que favorece la lactancia materna en cualquier momento y en cualquier lugar.
Los fulares Amarsupiel son también «respetuosos» con el desarrollo óseo y muscular del pequeño. En definitiva, la forma más práctica de entrar en «el maravilloso mundo del porteo» y facilitar la vida de la madre, mientras entre ella y su hijo crece «un fuerte vínculo afectivo».
El fular no es el único instrumento para llevar el bebé a cuestas: hay también bandoleras, «camisetas evolutivas» y abrigos portabebés. Todos son métodos alternativos para cargar al hijo, porque la madre natural no es partidaria del cochecito.
En una crianza que deposita en la madre el grueso de la responsabilidad, el porteo se publicita como un método más igualitario. El bebé, anuncian, puede ser llevado por los dos progenitores. Sin embargo, en el vídeo en la web de Amarsupiel el padre no aparece por ningún lado. Sí se muestra a una madre, la cual, tras colocarse un modelo llamado camiseta Crisálida, se enfunda al bebé para dedicarse a las tareas del hogar. Hace la cama, dobla y guarda la ropa, ordena los pañales, recoge el salón, lava los platos, limpia la encimera y pasa el aspirador, siempre con el niño encima.
Aunque hay muchos progenitores que pasean a sus hijos de esta forma y no se definen como practicantes del apego, el porteo es una de las opciones imprescindibles de esta crianza. La madre natural llevará a la criatura así hasta que sus fuerzas se lo permitan. ¿Las razones? Es una de las formas indicadas para conseguir el ansiado apego y volver a uno de sus referentes fundamentales: esa madre primitiva que, a diferencia de la moderna, sí sabía cómo criar a sus hijos.
Fue Jean Liedloff, una antropóloga autodidacta, quien hizo estas observaciones en El Concepto del Continuum: en busca del bienestar perdido,8 un libro clave para la construcción del discurso la maternidad natural. Un libro sin el cual empresas como Amarsupiel quizás no existirían.
Nacida en Nueva York en 1926, Jean Liedloff era una estudiante de la universidad de Cornell que trabajaba como modelo. Durante unas vacaciones en Europa conoció a dos italianos que la invitaron a ir a la selva venezolana para buscar diamantes. Liedloff, joven y aventurera, no dudó en abandonar sus estudios y marcharse a la jungla. El objetivo era, según explicó en su día a The New York Times: «Ganar dinero del modo más fácil posible».9
En la selva las cosas no fueron sencillas. Liedloff vadeó en aguas infestadas de caimanes y serpientes, espantó leopardos y se alimentó a base de arroz, tapir y capibaras. Pese a las adversidades, encontraron diamantes. Cuando retornó a Nueva York, se trajo su parte del hallazgo, además de un mono aullador, una piel de leopardo y una canoa india.
Pero también se trajo una observación que, con el tiempo, le proporcionaría más beneficios que las gemas. Una observación que iría madurando en las tres siguientes expediciones, en las que tuvo la oportunidad de sumergirse en lo que describió como «el mundo de la Edad de Piedra» de los yecuana; una tribu de la selva venezolana cuya existencia como cazadores-recolectores le causó un profundo impacto.
Le impresionó, en especial, el comportamiento de los niños, a los que definió como «cooperativos, seguros de sí mismos y relajados». Nada que ver con las criaturas de su Nueva York natal, que consideraba ansiosas y dependientes. A Liedloff le pareció que el estilo de crianza yecuana era mucho más «natural e intuitivo» que el de las madres estadounidenses. Así se lo hizo saber al periodista del New York Times, Gay Talese,10 a quien le contó que, en comparación con la jungla, la vida de Nueva York era artificial e inhumana.
Puso como ejemplo la relación entre madre-bebé. Mientras lo normal para una madre neoyorquina era consultar con el pediatra, o en un libro, qué hacer con su criatura, en la selva, las madres sabían instintivamente cómo actuar. Liedloff le dijo a Talese que le hubiera dado mucha vergüenza admitir a los yecuana que: «Donde vivo, las madres tienen que pedir consejo a otras personas para lidiar con sus propios hijos».
Esta frase llamó la atención de un avispado editor, el cual le propuso que a partir de ella escribiera un libro. Así nació El Concepto del Continuum, que pronto se convirtió en un éxito editorial. A partir de sus observaciones con los yecuana, la autora daba las indicaciones siguientes para un adecuado desarrollo del bebé:
Contacto físico permanente desde el nacimiento.Dormir con sus padres hasta que deje de necesitarlo por sí mismo.Lactancia materna a demanda, en respuesta a las señales corporales.Tenerlo permanentemente en brazos o en contacto físico hasta que comience la fase de gateo.