Manifiesto para el cambio - Richard Gerver - E-Book

Manifiesto para el cambio E-Book

Richard Gerver

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Beschreibung

Los alumnos necesitan sentirse apreciados, valorados, tener un propósito elevado en la vida. Como educadores, debemos ser personas apasionadas por el futuro y por quienes pueden construirlo: nuestros hijos. Hemos de proporcionarles la mejor plataforma posible para tener aspiraciones en la vida, lograr alcanzarlas y poseer un profundo sentido de los valores. Uno de los rasgos más poderosos de un centro educativo de éxito es su sentido de la expectativa. Desarrollar una cultura poderosa y positiva no ocurre por casualidad, requiere un esfuerzo continuo y resiliencia. La innovación es una cultura impulsada por toda la comunidad educativa. Por eso la intención de este libro es despertar el debate y la acción hacia el cambio educativo por parte de docentes, padres, cuidadores o cualquier persona con interés por la educación, que quiera implicarse en su mejora. Juntos podemos lograr un cambio en la educación y hacer que resulte relevante, significativa para nuestros jóvenes.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Para Stamps…

Prólogo

 

Richard Gerver ha acumulado más de 25 años de experiencia trabajando en centros de enseñanza y, más recientemente, en entornos educativos de todo el mundo. Es alguien a quien debemos escuchar y que, como educador, ha continuado siendo mi inspiración durante los últimos cinco años desde que por primera vez leí su obra y lo invité a impartir una conferencia en una de mis escuelas.

En la trayectoria profesional de todo docente se llega a un punto en el que es necesario apartarse de un trabajo que amamos. Esa ha sido una decisión que tanto Richard como yo hemos tomado durante la última década y que, como bien ha descrito Richard, constituye uno de esos momentos en que se nos hace un nudo en la garganta.

En este reconfortante libro, Richard recuerda a sus lectores la enorme huella que cada día van dejando los profesores y directores de estudios, que han de tomar miles y miles de decisiones específicas en clase, lo que, sumado en todo el centro escolar, establece una notable diferencia en las vidas de los niños. Quienes trabajan en nuestras escuelas ya conocen una retórica política que se contrapone a nuestro legado. Esa verdad de que nuestras decisiones internas poco o ningún valor tienen en cuanto a parámetros medidos o responsabilidades, pero que, en cambio, definen el impacto alcanzado por el profesor al desarrollar el amor al estudio en un niño, al fomentar su deseo de aprender. ¡No se otorga valor alguno a estos datos sociológicos que resultan difíciles de cuantificar en lo referente a la mejora escolar!

Una frase clave en la introducción de Richard es lo expresado por un colega que asistió a su presentación durante un encuentro: “Nunca pensé que tendría la oportunidad de escuchar una ponencia suya, ya que me habían dicho que usted ya no estaba dedicado a la educación”. Aquí es donde Richard explica por qué había abandonado la primera línea del debate educativo, desmenuzando la verdad tras los retos del trabajo individual y, además, explicándonos el porqué de su cambio de perspectiva sobre la educación. Al estar ahora al otro lado de la valla, puedo comprender por qué se nos ofrece una determinada perspectiva, pero habiéndome introducido en este campo —en el cual Richard llevará ahora unos 10 años— creo que nunca como hasta ahora me había adentrado tanto en todo el sistema educativo.

A pesar de que puedo no estar vinculado a un determinado centro escolar desde un punto de vista físico, al igual que Richard, cada semana trabajo en varios centros o diariamente dialogo con colegas educadores de todo el mundo. Esta perspectiva le ha dado a Richard un ángulo de visión más amplio para recordarnos la razón por la que resulta necesario un cambio completo y compartir con nosotros sus opiniones al respecto.

Richard habla de lo aprendido durante sus viajes sobre evaluaciones, programas de estudio y temas socioeconómicos, y destaca de qué manera y por qué razones otros países están evolucionando hacia nuevos modelos más eficientes, con menor énfasis en las evaluaciones y van cambiando hacia nuevos modelos que pueden contribuir mejor al desarrollo de los jóvenes y de las instituciones educativas. Como destaca Richard con pasión y claridad, nuestro modelo educativo es más bien reactivo que proactivo, y en el último capítulo de su libro comparte una fascinante alternativa para aligerar las cargas académicas.

Como usuario habitual de las redes sociales puedo apreciar una clara división existente entre varios educadores en línea. A menudo comparten puntos de vista que aparecen matizados por sesgos políticos, tomas de posiciones o intereses filosóficos y han sido concebidos para, como afirma Richard en su libro: “minar debates constructivos y observaciones sobre cómo satisfacer mejor las necesidades de nuestros niños”. Richard explica que la educación da lo peor de sí cuando se asumen papeles de adversarios y puedo perfectamente afirmar, al ser uno de los educadores más activos en las redes sociales del Reino Unido, que a menudo surge un debate que se refuerza mediante redes transparentes o, a veces, redes ocultas y llenas de hostilidad.

Lo cierto es que, aunque confío en analizar detalladamente parte de dicha evidencia e influencia, en la tesis doctoral que en estos momentos estoy preparando en la Universidad de Cambridge, Richard nos demuestra que pocas veces ha habido potencial alguno en las redes sociales para ayudarnos a encontrar un nuevo camino hacia adelante.

Las redes sociales podrán o no facilitar la creación de un manifiesto en favor de la educación, pero, sin duda alguna, nuestro futuro ha de ser la colaboración, un objetivo compartido, y una clara visión por parte de todos los agentes implicados en la educación.

Las palabrotas o insultos, la polarización y la falta de trabajo en equipo no ayudan en nada al progreso escolar infantil y, si bien algunos educadores con prestigio continúan comportándose así, ¿acaso estimamos realmente que de esa manera podemos llegar a una solución de equilibrio? Richard explica cómo, en algunas de las escuelas y organizaciones que ha visitado, la cultura alimenta el éxito y explora por qué la confianza ha desaparecido de nuestros centros escolares para ser sustituida por dar valor a responsabilizarse a nivel micro.

Un objetivo común que establece una profunda diferencia en las vidas de nuestros niños y apoya la orientación moral de nuestros educadores puede encontrarse en las exitosas escuelas de negocios y organizaciones empresariales. Países tales como Corea del Sur y Finlandia encabezan sistemáticamente los titulares; sin embargo, otros, como es el caso de Israel, se renuevan a su vez construyendo su sistema educativo sociológicamente para inculcar un objetivo común en toda su gente. Podemos aprender mucho observando lo que ocurre allende el océano, pero también hemos de observar más de cerca nuestro propio sistema para encontrar esas respuestas que tanto necesitamos.

Si esperamos lograr algo con certeza necesitamos confianza, conocimiento y objetivos comunes. Richard destaca algunos interesantes ejemplos de ello en toda una serie de organizaciones. Explica cómo la colaboración y reunir a la gente de manera informal, compartiendo un espacio, a menudo sin un programa predefinido, resulta algo fundamental. Es lo opuesto de lo que observamos en la mayor parte de los entornos educativos, donde agrupamos a los niños por edades o temas —lo que se aparta y mucho de lo que verdaderamente acontece día tras día en el mundo real y de la forma en que la gente vive y trabaja—.

Por supuesto que la respuesta no resulta sencilla y que para lograr un verdadero cambio necesitamos que personas de todos los sectores de la comunidad educativa se reúnan para reflexionar sobre el objetivo de la educación y no solo para debatir, sino también para repensar la forma en que podemos satisfacer las necesidades de nuestros niños con el fin de garantizar que los padres, los políticos y, ante todo, los profesores, hayamos respondido todos a las preguntas más sencillas y, sin embargo, de gran complejidad sobre la educación: ¿cuál es el verdadero propósito de la enseñanza en los centros educativos?

Richard nos recuerda que debemos estar preparados para alejarnos de nuestras zonas de confort, dejando a un lado nuestros sesgos y egos si es que realmente queremos una sociedad mejor. Destaca lo que he observado en las redes sociales durante los 10 últimos años: cómo, dentro del propio sistema, hay quienes se complacen en fomentar objetivos mal definidos y la fragmentación. Para impedir que esta dicotomía se propague aún más en nuestra sociedad, debemos volver a hacer llegar nuestro mensaje de manera que incluya a todos los niños, ¿Cómo se logra esto? Richard nos sugiere que vayamos más allá de los límites de nuestra propia perspectiva.

Cuando uno es profesor, lo es para toda la vida. Esto es cierto, pero no siempre significa que ello sea todo lo que un docente puede hacer. “Soy solamente un profesor”, me repetía durante años, y lo mismo he oído decir a miles de docentes, especialmente al presentarse en un entorno formal. Los profesores son personas sencillas que desconocen su verdadero potencial y tienen grandes responsabilidades, son personas sometidas a una presión significativa y que raras veces tienen el tiempo de buscar la innovación.

Una investigación publicada por la Fundación Varkey en noviembre de 2018 (Dolton et al., 2018) destacaba que las percepciones de los docentes sobre sí mismos están muy por debajo de las percepciones que tiene de ellos la opinión pública.

El estudio realizado en 35 países destaca que debemos tener una mayor confianza en nuestras capacidades. Como líder escolar había empezado a desarrollar una amplia gama de experiencias y capacidades, y en aquel momento en que, con muchos nervios, estaba a punto de abandonar la enseñanza directa en clase al cabo de 25 años, me daba poca cuenta del profundo y complejo conjunto de habilidades adquiridas: desde la capacidad de dirigirme a 500 personas desde un escenario, hasta poder dirigir una empresa y hacer que mis puntos de vista fuesen compartidos por educadores del mundo entero. Al abandonar el centro educativo en 2017, poco imaginaba que —dos años más tarde— sería capaz de influir en las políticas nacionales, de estar dirigiendo un innovador trabajo de investigación y de viajar por el mundo para trabajar con las escuelas.

Los educadores somos una especie rara: inteligente, con una alta capacidad de expresión y expertos conocedores de la gente y de su comportamiento. No hay muchas otras profesiones que conozcan mejor al ser humano —sus motivaciones y qué hacer para mejorar—. Si los docentes pudiésemos emprender el camino, seríamos capaces de conformar las políticas. Entonces, imaginen lo que podríamos lograr todos juntos si nos organizásemos.

Richard hace vibrar una cuerda interna en cada uno de nosotros al recordar la forma en que nos hemos desarrollado como seres humanos. La sociedad no ha evolucionado por haberse centrado en la eficiencia, sino debido a nuestra curiosidad y al afán de aprendizaje.

Este libro se manifiesta en diversas formas. No es una guía práctica para los profesores, sino que más bien se trata de un mensaje para hacernos levantar la cabeza y mirar lo que ocurre a nuestro alrededor, dirigido a aquellos que quieren comprender lo que está ocurriendo en la educación y cómo, juntos, con optimismo, podemos resolver la situación.

No existe una única vía para mejorar la enseñanza, no hay estructuras ni etiquetas, sino personas, y somos los educadores los que podemos realmente asumir el reto de lograrlo. Si hemos podido llegar a la luna, cultivar embriones y hacer que una oreja humana se desarrolle en la espalda de un ratón, entonces, con toda seguridad, podremos diseñar escuelas que permitan dar apoyo a la salud mental de los niños, reducir exclusiones y lograr que todos nuestros hijos puedan graduarse con un conjunto tal de cualificaciones que puedan contribuir a construir una sociedad más inclusiva.

El mensaje de Richard, que espero perdure en el lector, no está solamente en un título impactante sino en el hecho de comprender que ustedes pueden utilizar sus experiencias dentro de la educación para producir juntos un cambio. Cómo lograrlo dependerá enteramente de su conocimiento sobre la enseñanza, de sus experiencias y, ante todo, de su capacidad y deseo de lograr un cambio, pero si pudiera añadir un consejo a este brillante libro sería una llamada urgente a que cada uno reconozca su propia pasión. Que cada uno encuentre su segmento de actividad y se rodee de personas que refuercen nuestra convicción de que el cambio puede hacerse realidad. Mañana, en lugar de concluir una conversación con quienes le critican, expresando un “sí, pero…”, habría que iniciar una conversación con un “sí, y además…”, y también preguntar “¿cómo podemos trabajar juntos para resolver los problemas a los que nos enfrentamos?”.

Nuestras escuelas solamente lograrán llegar a la altura de aquellos que se impliquen verdaderamente en mejorarlas. El proceso comienza por usted y tiene que ser ya, a partir de ahora.

Ross Morrison McGill, enero de 2019

 

Ross Morrison McGill, también conocido como @TeacherToolkit1, el educador con más seguidores en todas las redes sociales del Reino Unido, es el fundador de uno de los sitios web más populares en todo el mundo, ganador de un premio por su blog, y autor y profesor con 26 años de experiencia laboral en centros escolares. El Sunday Times le ha incluido en la lista de las 500 personas más influyentes de Gran Bretaña. Hasta la fecha, Ross sigue siendo el único docente que ha aparecido en dicha lista.

Introducción

 

En el año 2007, al cabo de 16 años en activo como profesor, decidí abandonar la primera línea de la educación. Hasta el día de hoy, ha sido la decisión más difícil y el momento más emotivo de toda mi vida profesional.

Finalmente me había decidido por una trayectoria profesional en el campo de la educación, al cabo de años tratando de encontrar mi camino, esclarecer mis aspiraciones y hallar el sentido del valor después de haber terminado los estudios de secundaria en 1987. Fue un momento que —aunque duro— resultó extraordinario para mí. Había logrado alcanzar un rendimiento escolar aceptable, dentro del promedio, tanto desde el punto de vista académico como deportivo. Si algún talento poseía, era más bien en el terreno artístico, pero no era alguien propenso a seguir las reglas del juego.

Después de 15 años de educación formal, atravesé por última vez las puertas de mi colegio con mis compañeros y amigos en junio de 1987, muchos habían decidido entrar en la universidad, algunos empezaron a trabajar, ¿y qué iba a hacer yo? Bien, al salir de la escuela por última vez, sabía que iba a emprender un camino para hacer algo, pero no tenía idea alguna sobre qué.

Durante el siguiente par de años, trabajé algo como actor, también en publicidad, en una agencia inmobiliaria, en algo relacionado con derechos de autor e incluso participé en la venta de los primeros teléfonos móviles. Finalmente decidí orientarme nuevamente hacia la educación superior.

Fue durante ese feliz primer año cuando, por primera vez en mi vida, experimenté esa alegría de estar rodeado de personas que compartíamos la misma forma de pensar, todos estudiando aquello que nos gustaba, con lo que nos relacionábamos y que nos importaba; en el que, por primera vez desde que tenía 13 o 14 años, se encendió de nuevo en mí la llama de la pasión por el estudio.

Mi decisión de enseñar cristalizó durante ese primer año feliz en la universidad. Cuando intento recordar, debo dar las gracias a tres personas por tan importante revelación.

En primer lugar, a mi madre, una mujer que no solo lo había dado todo para criarnos a mi hermano y a mí, sino que, además, tuvo el valor de permitirnos perseguir nuestros propios sueños y pasiones y elegir nuestros propios caminos, aunque, en la mayor parte de los casos, no nos condujesen a parte alguna. Me inculcó la creencia de que encontraría finalmente una pasión y, cuando por fin lo logré, fui capaz de darme cuenta y de dedicarme a ello con determinación, entusiasmo y perseverancia.

En segundo lugar, a aquella compañera de clase, también en formación para ser profesora, que, desde una primera cita, logró que comprendiese algo sobre la educación desde el punto de vista del docente. Era una persona con sentido práctico, bien organizada y llena de determinación que me enseñó mucho sobre aquello que yo desconocía, y gracias a la cual me sentí capaz de pensar que podía enseñar y que debía continuar estudiando y obtener una cualificación completa como profesor. Casi 30 años después continúa siendo quien me da fuerzas y ha sabido transmitir a nuestros hijos esas mismas cualidades.

Por último, estaba David, mi maestro. Todos tenemos uno. Él fue quien me enseñó Inglés y Arte Dramático desde que tenía 9 años hasta que entré en la escuela secundaria. Cuando por primera vez empecé a pensar en ser profesor, fue su recuerdo como persona, educador, fuente de inspiración, capaz de cambiarte la vida, lo que vino a mi mente en esos instantes, y confirmó mi deseo de lograr establecer una verdadera diferencia para la siguiente generación.

Cuando ya empecé mi andadura profesional, y durante todo el proceso, me obsesionaba una pregunta: ¿cómo quería yo que fuesen como seres humanos aquellos alumnos a quienes tenía la suerte de impartir clases, cuando ya no estuviesen a mi cargo? Es una pregunta que me he formulado muchas veces. Estoy seguro de que no soy el único que ha decidido ser profesor por lo que algunos pudieran considerar como razones ideológicas, pero para mí eran razones fundamentales, y lo siguen siendo hasta el día de hoy.

Yo quería convertirme en profesor para preparar a los demás para vivir sus propias vidas con felicidad, con un objetivo determinado y lograr alcanzar el éxito. Desde el punto de vista ideológico, quería ayudar a preparar a las nuevas generaciones para ser capaces de conducir el mundo hacia mejores lugares, y de encontrar soluciones a problemas vinculados con el medioambiente, la economía, la igualdad y la cohesión social que hoy día se han convertido en elementos predominantes.

Egoístamente, yo quería establecer una diferencia.

Nunca olvidaré mi último día como educador, al despedirme por última vez de mis colegas y alumnos que se habían convertido en una familia. En esa última tarea como jefe de estudios del centro Grange Primary School, lo que más difícil me resultaba dejar atrás era esa experiencia nuestra compartida de crear algo especial.

Hace poco que una serie de felices coincidencias hizo que me reuniese con algunos de los profesores de mi primer trabajo como docente. Llevan mucho tiempo jubilados y me habían invitado a hablar durante la comida anual de antiguos profesores. Fue una experiencia muy conmovedora compartir los recuerdos de algunos alumnos y acontecimientos que todavía hoy día permanecen vivos en su memoria. Algunos, hoy personas de avanzada edad, hablaban apasionadamente de las tareas que un día les habían ocupado, brillaba la luz en sus pupilas al recordar a Lucy, a Tom o a Ashraf y expresaban con orgullo que habían logrado establecer una diferencia.

Solo unos pocos días después, tuve una reunión con algunos de los maestros de la escuela de primaria Grange y, por supuesto, como hacemos siempre los viejos colegas, recordábamos a algunos de nuestros antiguos alumnos, y lo impactante era que muchos de ellos habían decidido a su vez dedicarse a la enseñanza y, al recordarlo, no podíamos evitar un nudo en la garganta.

Y me encontré evocando los detalles de mi propia trayectoria como profesor.

En 2010 fue publicado mi primer libro, Creating Tomorrow’s Schools Today2. Jamás me había propuesto escribir un libro y en un primer borrador no era más que una reflexión personal sobre mi trayectoria profesional como docente, mis convicciones y mis experiencias en la escuela Grange. Para mí seguirá siendo eso, pero tuve la suerte de que despertase el interés de educadores y padres en todas partes y que de esta manera un nuevo mundo se abriese ante mí. Un mundo que no solo me ha llevado a embarcarme en aventuras geográficas, sino también culturales; me ha ofrecido la suerte de conocer y experimentar vidas y entornos más allá de lo educativo. Me ha llevado a conocer a líderes mundiales, ídolos del mundo del deporte, héroes de la cultura y titanes de la industria y de los negocios. Mentiría si no confesara que ha sido algo asombroso, una reciente etapa de mi vida llena de esos momentos en que los que hay que pellizcarse para cerciorarse de que son verdad.

Sin embargo, a finales del año 2017, me encontraba en Edimburgo impartiendo una conferencia sobre la educación y su futuro. Después de mi presentación, una joven maestra se me acercó y me pidió que le firmara un ejemplar de mi libro Crear hoy la escuela del mañana, que había sido muy consultado. Sonrió, me dio las gracias, y entonces me dijo: “Nunca pensé que tendría la suerte de asistir a una conferencia suya porque me han dicho que ya no estaba usted trabajando en la educación”. En cierta medida eso me resultaba desconcertante, pero comprendía lo que ella había querido decirme.

Esta fue la gota que colmó el vaso y la razón de que escribiera este libro.

Lo cierto es que cuando se es docente es para toda la vida. Para comprenderlo es suficiente compartir tiempo con los docentes jubilados y las generaciones precedentes de la educación. Al dejar la escuela Grange y la primera línea de la educación, en ningún momento estimaba que estaba abandonando la enseñanza. No era en ningún caso porque me sintiese desilusionado o me hubiera aburrido, sino porque realmente consideraba que en aquel momento me había surgido la oportunidad de aumentar mi propio conocimiento, experiencia y formación. Mi esposa también me había recordado que, durante toda mi trayectoria profesional, yo siempre había alentado a mis estudiantes a que aprovechasen la oportunidad y tuviesen el valor de asumir riesgos para poder desarrollar su potencial. En este caso yo debía hacer lo mismo.

Sin haberme planteado escribir otro libro sobre la educación, una serie de experiencias fundamentales vividas a lo largo de los últimos 10 años hicieron que constatase que había acumulado nuevos pensamientos e ideas que necesitaba compartir.

Durante la década transcurrida desde que había dejado la escuela Grange, había viajado y trabajado en algunos de los sistemas educativos más interesantes y dinámicos del mundo: Finlandia, Corea del Sur, Singapur, China y Colombia. Incluso había tenido el honor de trabajar con escuelas de Pakistán. Está claro que todos están orientados hacia el futuro, no hacia el pasado, y todos están buscando los nuevos modelos de aprendizaje que mejor puedan preparar a los jóvenes para el futuro. Como resultado, están formulando preguntas claves sobre exámenes, programas de estudios, aspectos socioeconómicos y salud. Muchos países, incluyendo China y Singapur, habían tomado la valiente decisión de dejar de intentar lograr sistemas más eficientes, basados en controles académicos, para buscar nuevos modelos y vías novedosas para desarrollar mejor a los jóvenes y prepararlos para un futuro que ya no puede ser la búsqueda y garantía de la certeza, sino saber enfrentarse a un mundo que va cambiando exponencialmente y que constituye un reto, un mundo que ofrece tantas nuevas oportunidades como desafíos. En este libro citaré ejemplos al respecto y sobre cómo ello debería condicionar nuestro propio pensamiento y nuestra práctica.

Durante mis viajes he tenido la suerte de conocer, conversar y trabajar con personas que han ayudado a conformar el mundo en que vivimos y aquel hacia el cual nos movemos. Personas como el cofundador de Apple, Steve Wozniak, que estima que pasamos demasiado tiempo hablando sobre qué deberíamos enseñar y dedicamos demasiado poco a debatir sobre cómo la gente debería aprender, una idea basada en el enfoque que él, con Steve Jobs, puso en práctica inicialmente, cuando contrataban personal, “nunca contratar a nadie que necesitase ser gestionado”. Esto es algo que el primer dueño, Nolan Bushnell, el fundador de Atari, destacó cuando me hablaba del futuro del trabajo y de la necesidad de conceder importancia a las capacidades humanas que constituirán un valor premium cada vez más apreciado ahora, con la llegada de la inteligencia artificial y de otras tecnologías disruptivas.

Estas provocaciones están siendo respaldadas por informes de importancia mundial sobre el futuro de la educación, las habilidades y el trabajo, como el Panorama de las habilidades3 de 2013, realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Dicho informe cita cuatro retos fundamentales que debemos tener en cuenta al desarrollar una política sobre el futuro de la educación con el fin de garantizar que los jóvenes estén preparados eficazmente para el futuro:

1. Reconsiderar la excesiva importancia conferida a las cualificaciones formales en lugar de centrarnos en las habilidades actuales.

2. Garantizar la comprensión de las habilidades interpersonales por encima del conocimiento habitual.

3. Comprender la creciente importancia del aprendizaje de la gente para adaptarse y cambiar.

4. Explorar vínculos más estrechos entre el mundo del trabajo y el de la educación.

Estos hallazgos me fueron aún más destacados por un hombre que considero personalmente como un héroe, el expresidente de los Estados Unidos de América, el señor Barack Obama, que afirmó durante nuestro encuentro en el verano de 2018 que los actuales modelos educativos que prevalecen en países como Estados Unidos y el Reino Unido merecían una mayor reflexión al respecto. Considera Obama que el modelo creado para sacar a la gente del mundo agrario y conducirla al de las fábricas y las oficinas —un modelo basado casi por completo en el desarrollo académico y técnico —, necesita una evolución radical si lo que queremos realmente es ayudar a los jóvenes a forjarse un futuro distinto en un mundo diferente.

Entre todo ese caos, la confusión y la incertidumbre del mundo contemporáneo, he llegado a la conclusión de que estamos al alba de un nuevo renacimiento, profundamente humano, conducido por nuestros hijos. Por tanto, quisiera explorar la mejor manera de apoyarlos mediante su educación, para favorecer que esto se haga posible.

Como educadores, debemos ser personas apasionadas por el futuro y por quienes pueden construirlo: nuestros hijos. Debemos encontrar siempre la fortaleza y energía necesarias para tener presente nuestro legado y no vernos atrapados por el estrés y la presión de lo inmediato. Este libro presenta claramente mi propio punto de vista sobre dicho legado, que esencialmente se construye bajo el empuje gravitatorio de nuestra forma de ayudar a la nueva generación a ser:

• Saludable

• Cualificada

• Concienciada

• Esperanzada

• De valor

Me preocupa que, en cuanto a la política y los titulares, la educación siga estancada en un modo reactivo, todavía luchando por aumentar la eficiencia en lugar de buscar el cambio, empecinada en recuperar el desaparecido sentido de la certidumbre —perdido desde hace ya tiempo— de aquel mundo en el que nos sentíamos seguros y protegidos y que, lamento afirmar; ya no existe. Sin embargo, no es razón para lamentarnos ni para estar preocupados. El futuro sigue siendo tan brillante como siempre. Claro que hay —y siempre habrá— retos, algunos de importancia, pero somos una especie singular, que siempre puede hacer mejor las cosas y progresar. La educación, la formidable educación, puede conducirnos a lograrlo si encontramos el valor suficiente para aceptar los retos y enfrentarnos a ellos.