Marrones y mazmorras - Kristy Boyce - E-Book

Marrones y mazmorras E-Book

Kristy Boyce

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Beschreibung

Una nueva romcom rolera de la autora de "Dramones y mazmorras" Recién llegada a un nuevo instituto y desesperada por hacer amigos, Quinn decide unirse a un grupo de rol. Se lo toman muy en serio; transmiten sus partidas por streaming y tienen una regla inquebrantable: nada de liarse entre miembros. Fácil, ¿no? Pero entonces saltan las chispas con Logan, uno de los integrantes del grupo, y por si fuera poco, ciertas personas del pasado de Quinn amenazan con cargarse la nueva vida que por fin ha logrado construirse. Y así, de pronto, la partida deja de ser lo único que está en juego: ¿podrá Quinn escoger entre lealtad y amor?

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Para Maggie, mi mejor amiga.Gracias por animarmea empezar a escribir de niña.

Capítulo uno

Pensaba que estos últimos días ya había vivido todas las pesadillas que una puede imaginar cuando va a empezar en un nuevo instituto, pero se ve que la creatividad no me dio para concebir esta situación. No es que haya venido a clase desnuda ni que llegue tarde a un examen final para el que no he estudiado: es que, en mi primer día de undécimo curso en el nuevo instituto, me ha traído en coche mi abuela, quien, excesivamente emocionada, insiste en que nos hagamos fotos en el parking para recordar el primer día de clase.

—Es que no es el primer día de clase —alego por tercera vez.

—Es tu primer día de clase en este instituto, Quinn —responde mi abuela, que agarra el volante con las dos manos y se inclina hacia delante hasta quedarse a unos pocos centímetros del parabrisas—. ¿Qué más da que estemos en febrero? ¿Se puede aparcar aquí? —pregunta, señalando una plaza libre.

Miro por la ventanilla.

—No, en la señal pone que es para los mayores.

—Y yo soy mayor, ¿no?

Me vuelvo hacia el asiento de atrás.

—Andrew, ¿me echas una mano?

El quinceañero de mi hermano levanta un hombro sin apartar la vista del móvil.

Estupendo: tan colaborativo y útil como siempre. Miro de frente a mi abuela.

—Se está llenando el parking. No te preocupes: nos bajamos y ya está. Ya nos haremos fotos en otro momento; o podemos hacernos un selfi dentro del coche.

O puedo hacer todo lo que esté en mi mano para que mi abuela no vuelva a traernos a clase nunca más. Recojo la mochila para indicarle que tengo que irme.

—Ni hablar. Por fin tengo a mis nietos viviendo cerca y puedo verlos todos los días; pienso recuperar el tiempo perdido. Quiero una foto de vuestro primer día de clase.

Mi abuela frunce el ceño y se recoloca el pañuelo de seda naranja. Por cómo se ha arreglado para un trayecto de diez minutos en coche, parece que fuera su primer día de clase en vez del nuestro, pero es que siempre ha estado orgullosa de ser la mujer más elegante allá donde vaya. No lleva la típica «ropa de abuela», sino que siempre se pone blusas de colores, pantalones de lino y sus clásicos pañuelos de flores. Pegaría mejor en un yate que en un pueblo de Ohio.

No dejo de darle vueltas a la cabeza y examino frenéticamente el parking en busca de espectadores. Hay montones de alumnos de camino al edificio, así que es imposible que no vaya a haber testigos. Les he suplicado a mis padres esta mañana que me dejasen conducir a mí, pero necesitaban los dos coches para ir a sus respectivos nuevos trabajos. Hace una semana nos mudamos a Laurelburg (Ohio), a dos horas al oeste de donde vivíamos antes, para estar más cerca de mi abuela.

—¡Le va a encantar! —había alegado mi madre poniéndome ojitos—. Ya sabes lo contenta que se pone cuando os ve.

Pues vale, está contenta. Pero, para mi espanto, ha detenido el vehículo junto a un grupo de chicos que rodean un cochazo rojo. Y, a juzgar por las cazadoras que llevan, son deportistas. Me hundo en mi asiento como una serpiente en su nido.

Mi abuela baja la ventanilla y los saluda.

—Hola, chicos. Espero que no os estéis metiendo en líos. ¡Sois todos bien guapetones!

Se me escapa un débil gemido y aprieto los párpados. Mi abuela siempre tiene que hablar con todo el mundo. Detrás de mí, se abre y se cierra una puerta. Miro hacia atrás y veo a Andrew correr entre los coches hacia el edificio del instituto antes de que mi abuela se dé cuenta. ¡Será traidor! No me puedo creer que mi hermano pequeño sea más listo que yo.

—¿Podríais hacernos una foto? —dice mi abuela, y me hundo aún más.

Oigo un murmullo y una carcajada, y entonces mi abuela vuelve a arrancar.

—En fin, qué maleducados. No pierdas el tiempo con ellos.

—Seguro que eso no va a pasar —digo.

Mi abuela está asegurándose de que no tenga la menor oportunidad de hacer amigos en este instituto. Como si no se me diera mal ya de por sí. Nunca he sido de las populares, pero al menos durante un tiempo tuve buenos amigos en mi antiguo instituto. Con ellos estaba a gusto y todo era fácil… hasta que se separó la pandilla. Respiro hondo y trato de recordar que ha sido un cambio para mejor. Es lo que yo quería. No echo de menos el antiguo instituto ni la ansiedad que me daba la posibilidad de encontrarme con alguno de mis examigos en los pasillos.

Mi abuela sigue atravesando despacio el parking, y entonces me fijo en un grupito de cinco alumnos que están hablando. No sabría explicarlo, pero se les ve de mi rollo. En plan que, si se dieran las circunstancias idóneas, podría atreverme a acercarme a ellos y saludarlos. ¿Es cosa mía o la chica de rasgos indios lleva unos pendientes con forma de dado d20 de color verde brillante? Eso me da aún más esperanzas.

Por desgracia, mi abuela también se ha fijado en ellos.

—Se les ve majos. Seguro que alguno nos hace la foto. —En esta ocasión, baja mi ventanilla y se inclina sobre mí—. ¡Hola! ¿Podríais hacernos una foto?

A diferencia del grupo anterior, que se ha limitado a reírse y pasar de ella, estos se detienen y se vuelven hacia el coche. Se miran entre sí, confusos, hasta que uno de los chicos da un paso adelante. Me da un vuelco el corazón. ¿Por qué tiene que ser tan guapo? Tan guapo que da asco. El pelo castaño claro le tapa la frente, los ojos azules le hacen juego con el abrigo y tiene las mejillas rosas por el frío. Me mira a los ojos por un segundo antes de sonreírle a mi abuela.

—Claro. ¿Dentro del coche?

—No, dentro del coche no. Que salga el instituto de fondo.

Aparca el coche ahí mismo y enciende las luces de emergencia; ya ningún coche más puede pasar por ahí. Entonces me indica que me baje de mi asiento, y me obligo a hacerle caso, mientras sudo a mares debajo del abrigo a pesar del gélido aire de febrero.

—Oye, ¿dónde está Andrew? —levanta la voz.

—Se ha marchado corriendo hacia el instituto hace un rato —digo en voz baja.

—Este niño… —masculla—. En fin, al menos voy a tener una foto con mi nieta favorita.

El chico de la foto se ríe y a mí me arden las mejillas. El resto del grupo se ha acercado ligeramente para contemplar la escena. Para mi alegría, confirmo que la chica de rasgos indios sí que lleva pendientes con forma de dado. Imagino que nadie lleva esos pendientes si no le gustan los juegos de mesa. Voy a tener que buscarla en las clases, eso si esta situación tan rara no echa a perder mis posibilidades de hacerme su amiga. A su lado hay otro chico de rasgos indios y de su misma altura, que lleva las manos metidas en los bolsillos y luce una expresión de entusiasmo, y otra persona más a la que apenas veo y que lleva un abrigo de plumas y un gorro de ganchillo con los colores del arcoíris. Y luego está el chico que no puede faltar en ninguna pandilla: ya sabes, el que siempre lleva sandalias y pantalones cortos a pesar de que haga cinco grados bajo cero. Lleva el pelo largo recogido en una coleta baja y mira hacia el cielo.

Mi abuela le entrega el móvil al chico de la foto. Tiene puesta una correa larguísima para no perderlo.

—Qué alegría encontrar a un joven tan educado. Hay unos cuantos imbéciles por aquí. —Señala con un movimiento de la cabeza hacia el otro grupo.

—Ah, sí, eso está claro. —El chico mira—. ¿Estudias aquí?

—Eh… sí —mascullo.

Me escudriña, como si no me creyera, o como intentando dilucidar si me ha visto antes.

—Ah, vale. Cuando queráis.

Entonces sostiene el teléfono en posición y nos indica con un gesto que nos juntemos. Agacho la cabeza para mirarme la ropa, cohibida. Casi siempre visto con un estilo bohemio: faldas largas estampadas, jerséis cortos y collares de cuentas. Creo que combinan bien, pero no tanto con un abrigo de plumas violeta. Mi abuela me coge de la cintura, y me yergo.

—¡Decid «espaguetis»! —exclama el chico de la foto.

No puedo evitar sonreír a pesar de mi desgracia. Nos hace varias fotografías, tanto verticales como horizontales.

Mi abuela asiente en señal de aprobación mientras revisa las fotos.

—Ay, qué bonitas. Muchas gracias. —Me empuja en dirección al chico—. Esta es mi nieta; es nueva en el instituto. ¿Me harías el favor de cuidármela? Está nerviosa.

Que alguien me despierte de esta pesadilla pero ya. Sin embargo, antes de que pueda responder o hacer un Andrew y huir corriendo hacia la libertad, mi abuela ya ha centrado su atención en el resto del grupo, que nos rondaba.

—¿No tienes frío? —dice—. Así calzado...

El chico de las fotos esboza una sonrisa y se mueve levemente para darle la espalda al resto del grupo.

—Fotos para recordar el primer día, ¿eh?

—He intentado evitarlo.

—Por lo menos son mejores que algunas de las mías. En la foto de cuarto, salgo con una cara de odio… Mi madre la tiene puesta en el frigorífico para reírse al verla.

Me río entre dientes.

—Si eso lo hubiese hecho yo, mañana tendría aquí a mi abuela repitiendo las fotos.

—Yo creo que han salido estupendas. No va a hacer falta repetirlas.

Me mira a los ojos y noto un manojo de nervios en el estómago. ¿Está tonteando sutilmente conmigo? ¿O acaso soy una egocéntrica y solo se está echando flores por lo bien que hace las fotos?

—Tendríamos que entrar —anuncia uno de los integrantes del grupo para intentar escapar de las garras de mi abuela.

El chico de las fotos se balancea hacia delante y hacia atrás.

—¿Te veo en clase de Francés a primera hora?

Niego con la cabeza.

—Tengo Cálculo.

—Uf, suerte con esa asignatura a primera hora de la mañana. Luego te busco. Se lo he prometido a tu abuela.

Me sonríe y se me acelera el pulso. Igual ya no me molesta tanto que mi abuela haya aparcado aquí.

Cojo la mochila y me despido de mi abuela con un beso rápido; tiene la piel fina y fría. Igual hoy acaba siendo un buen primer día, después de todo.

Por desgracia, no veo al chico de las fotos en ninguna de mis clases (y eso que lo he buscado con los ojos bien abiertos). Creo haber visto al chico de la coleta en Química y a quien llevaba el abrigo de plumas en Lengua, pero, como no he hablado con ninguno de ellos en el parking, se me hacía raro acercarme como si nos conociéramos. Así que, en vez de eso, me paso el primer día paseando en silencio de clase en clase, haciendo como si supiera de lo que tratan a pesar de que ninguna materia se corresponda con el temario que estudiábamos en mi antiguo instituto.

Los días siguientes tampoco es que sean traumáticos, pero me siento sola. El Instituto Laurelburg no es gigante (seremos unos mil alumnos en total), pero da para perderse entre la multitud. Echo de menos ir a clase con Paige y el resto de mis amigos, escribirles después de clase y verlos los fines de semana. Echo de menos tener a gente que me conozca tan bien que no me haga falta contarles nada sobre mi vida para que me entiendan.

Pero ya no tengo amigos así, y no solo porque nos hayamos mudado. De hecho, la mudanza ha sido de agradecer después de los últimos meses que pasé en mi antiguo instituto. Ser la nueva es complicado, pero nada comparable con ser una marginada. Por lo menos aquí puedo andar por los pasillos sin miedo a encontrarme con mi ex mejor amiga y afrontar los cuchicheos y las sonrisitas.

Sin embargo, al final de mi tercer día en el nuevo instituto, estoy desesperada por encontrar la forma de hacer amigos. Me detengo frente a un tablón empapelado de folletos de las distintas asociaciones. Igual esta es la solución: una extraescolar en la que pueda estar con gente afín. Por desgracia, no hay ninguna que me llame la atención. Veo el club de ajedrez, el de robótica, el de teatro y el de agricultura. Se me revuelven las tripas. No hay nada que me parezca mínimamente interesante.

—¿Te gusta la agricultura?

Me giro y veo junto a mí a la chica de los pendientes de dado, con una sonrisita en el rostro. Tiene el pelo negro y ondulado que le cae por debajo de los hombros, un arito de plata en la nariz y pendientes, y lleva una camisa con estampado tie-dye y unos vaqueros cargo anchos. Una tía chulísima.

No puedo dejar de sonreír. Me alegro de ver un rostro familiar, aunque no hayamos hablado nunca.

—Va a ser que no —digo—. Unas navidades, mis padres me regalaron un cactus y lo maté.

Se ríe.

—Entiendo. Me llamo Kashvi.

—Quinn. Soy nueva en el instituto… por si no quedaba claro.

—Me acuerdo por la foto con tu abuela. —Señala el tablón—. ¿Qué aficiones tienes?

Me interesan muchas cosas (leer manga, dibujar y hacer pulseras de cuentas y bisutería), pero D&D es una de mis grandes pasiones desde hace unos años. Ni siquiera los traidores de mi grupo han podido acabar con mi afición. Sé que no es el pasatiempo más de moda, así que no suelo ir contándolo por ahí, pero Kashvi tiene unos pendientes con forma de dado. Eso tiene que significar algo. Así que decido arriesgarme.

—Pues, mira, en mi antiguo instituto jugaba mucho a D&D.

Se le ilumina el rostro entero de alegría.

—¡No te creo! —dice—. Mi hermano mellizo y yo jugamos desde hace años.

—Me fijé en tus pendientes el primer día, así que me lo imaginaba —reconozco.

—¿Sí? Pensaba que suficiente tenías ya con intentar hacerte invisible.

—Uy, créeme: si hubiera podido escaparme por un portal interdimensional, me habría marchado al segundo.

Kashvi suelta una carcajada.

—Me encanta jugar de hechicera. Aún echo de menos a mi elfa hechicera de la última partida.

Asiento con entusiasmo.

—Tal cual. Mi primer personaje era una elfa paladín. Ninguno de los participantes sabíamos jugar y pasábamos por completo de rolear, pero le sigo guardando cariño.

Kashvi me examina; por su expresión, parece que esté evaluándome.

—Oye… —Duda—. ¿Ya tienes grupo con el que jugar?

Se me forma un doloroso nudo en el estómago.

—Me he quedado sin grupo.

Probablemente se haya dado cuenta de que es una larga historia, pero no me obliga a continuar.

—A ver, resulta que nuestro grupo está buscando un nuevo integrante. Puedes venir a vernos cuando quieras. Molaría que hubiera una chica más en la campaña.

Me pongo a dar botecitos de puntillas antes de intentar calmarme.

—¿De verdad? Me encantaría.

Kashvi alarga una mano.

—Pero no te prometo nada. Tómatelo como una partida de prueba.

—Vale, sin problema.

La entiendo. Las dinámicas entre los integrantes de un grupo de D&D son tan importantes como los personajes o la propia campaña, o puede que incluso más. Es difícil encontrar un grupo que se lleve bien y que tenga química; incorporar a una nueva persona podría cargarse el buen rollo. También es posible que no me caigan bien los demás, pero no me veo rechazando la oportunidad de hacer nuevos amigos, sobre todo si también juega el chico de las fotos.

—Te paso la información, ¿vale? —dice después de que nos hayamos dado los teléfonos.

—Perfecto. ¡Muchas gracias!

Kashvi se aleja unos pasos antes de volverse hacia mí.

—Pero no te emociones. Somos bastante intensos: la mayoría de la gente no nos dura mucho.

Mantengo una expresión neutra porque no quiero que parezca que me ha intimidado, pero, por dentro, estoy muerta de miedo. ¿Cómo que no les dura la gente? ¿Y esa advertencia?

Capítulo dos

A la mañana siguiente, mi padre nos deja a Andrew y a mí en el instituto porque tiene una reunión de Recursos Humanos en su nuevo trabajo a primera hora de la mañana.

—¡Que paséis un buen día! —grita a través de la ventanilla del copiloto antes de alejarse, con una voz alegre que contrasta con la mañana fría y oscura.

Como las clases empiezan tempranísimo, llegamos antes de que amanezca. Andrew se marcha en cuanto sus pies tocan el suelo. No sé adónde pretende ir, porque no parece haber nadie más en el instituto, pero, conociéndolo, seguro que ya tiene un grupo de amigos esperándolo dentro o un profesor favorito con el que hablar.

Me meto las manos en los bolsillos y camino a duras penas hacia la entrada, mientras pienso en el día que tengo por delante: otro día más de recorrer en silencio los pasillos y de hacer como si me pareciera bien no hablar con nadie en clase cuando, en realidad, estoy tan nerviosa que no puedo decir palabra.

Por el rabillo del ojo veo otra figura solitaria. Me da un vuelco el corazón cuando me percato de quién es: el chico de las fotos. Me planteo saludarlo, pero, de repente, me noto la boca como si acabase de comerme una cucharada enorme de crema de cacahuete. No quiero ponerme en evidencia diciendo alguna tontería, pero, a la vez, es una de las pocas personas de este instituto con las que he hablado. Así que me armo de valor y levanto el brazo en su dirección.

—Hola.

Mira hacia mí y cambia de rumbo para acercarse.

—¿No ha venido tu abuela a hacer más fotos?

Sonrío con pesar.

—Por suerte, no pretende documentar todos los días de clase: solo el primero.

—Igual no te has dado cuenta, pero estamos en febrero, que no es precisamente el comienzo del curso escolar.

—Te prometo que ya lo sé. Cambiar de instituto a mitad de curso no es para cualquiera. Pero el lunes fue el primer día de toda su vida en que pudo traerme a clase, ya que antes vivíamos muy lejos. Así que me conformo con que no me hiciera sostener una pizarrita en la que hubiera escrito cuál es mi asignatura favorita y qué quiero ser de mayor.

El chico de las fotos se ríe y, al oírlo, noto un cosquilleo eléctrico en las extremidades. Qué risa tan bonita tiene... Es de esas en las que participa el cuerpo entero, que hacen que le brillen los ojos y le tiemblen los hombros.

—Ahora me ha dado curiosidad: ¿cuál es tu asignatura favorita?

—Ahora mismo, Introducción al Sueño. De hecho, estoy segura de que podría acceder al nivel avanzado si lo ofreciesen.

—No te gusta madrugar. Lo pillo.

—Si me dieras unos minutos, podría quedarme dormida de pie.

—Me entran ganas de marcharme para ver si es verdad. Sería un pedazo de don. —Se recoloca la correa de la mochila—. A ver, ¿qué más se suele escribir en esas pizarritas? ¿Tu color favorito?

—El verde —respondo de inmediato, señalando con un gesto la parte inferior de mi cuerpo, la única que se ve por debajo del abrigo. Llevo otra de mis faldas bohemias con vuelo, con unos leggings debajo para no pasar frío. Esta es de estampado de cachemira verde, a juego con los pendientes de piedras semipreciosas.

El chico de las fotos asiente en señal de aprobación.

—También el mío. ¿Y tu comida favorita?

—Cualquiera que lleve azúcar y carbohidratos.

—Ostras, dos de dos. Me gusta todo lo que lleve azúcar. Por cierto, conozco el local donde sirven las mejores tortitas. Es un secreto, pero igual te lo revelo.

—Pues me alegro de que nos hayamos conocido.

Me vibra el cuerpo entero tras la breve conversación. Sé que me estoy adelantando, pero me da la impresión de que podría pasarme horas hablando con este chico.

Continuamos juntos hasta la entrada, pero nos detenemos bajo la cornisa antes de entrar. Pasan a nuestro lado varias personas más, pero llegamos con veinte minutos de antelación y no hay casi nadie en el parking.

El chico de las fotos se apoya contra la pared de ladrillo del edificio.

—Sigo sin saber lo más importante de la pizarrita: ¿cómo te llamas?

—Quinn Norton.

—Encantado, Quinn. Yo soy Logan Weber.

Lo miro a los ojos y se me corta la respiración, pero me acuerdo de que lo único que conozco de este chico es su nombre y unos cuatro datos de los más básicos que puedes saber de una persona. Es posible que sea así de amable con todo el mundo. O igual está esperando a que llegue su novia, la coja de la mano y se salten las clases juntos de lo mucho que se quieren. Pero no puedo evitar pensar que hay algo entre nosotros; una chispa que me da la energía que no pueden darme ni las tortitas ni una buena higiene del sueño.

—Tienes Cálculo ahora, ¿no? —pregunta.

Lo miro, sorprendida de que se haya acordado de un dato tan trivial de nuestra última conversación. Otro punto positivo para él.

—Sí. No es la mejor forma de empezar la mañana.

Logan esboza una mueca en señal de compasión.

—Yo me he cogido Geometría solo para evitar a Winchester. La fama lo precede.

—Eso es lo malo de ser la nueva: que no sé qué tengo que evitar.

Logan mira de reojo hacia la entrada y se balancea ligeramente hacia atrás.

—Puedes preguntarme lo que quieras, que estaré encantado de aconsejarte. Aunque ahora he quedado con la profesora Andrews para hablar del trabajo de Historia. ¿Nos vemos luego?

—Sí, claro.

Se marcha dando largas zancadas y lo veo alejarse, tranquila y esperanzada. Puede que mi padre se merezca un abrazo esta noche por haber tenido esa reunión a primera hora.

Capítulo tres

Una de las cosas que menos me gustan de la mudanza es que todo tiene que guardarse en un sitio concreto, pero nadie se pone de acuerdo en dónde o, cuando lo deciden, ese sitio ya está ocupado por otra cosa.

—¡Mamá, no hay sitio para los DVD viejos! —grito por el pasillo.

Es el primer sábado desde que empecé las clases y me habría gustado dormir hasta tarde, pero, por desgracia, mis padres me tienen trabajando desde las ocho y media.

—Prueba con el armario de la tele.

—Andrew lo ha llenado de videojuegos.

Miro con odio las cajas que tengo junto a los pies. Mi madre me ha puesto la tarea de vaciar las del salón, pero están llenas de tanta mierda de todo tipo que es imposible. Por eso me ha asignado la tarea a mí.

—¡Pues no sé! —grita—. Encuéntrales sitio, cielo.

Suspiro y me aparto de la frente el flequillo sudoroso. En un impulso, tomé la decisión de cortarme el flequillo hace unos meses, cuando todo se fue al traste con Paige, Caden y mi antiguo grupo de D&D y necesitaba un cambio. Cogí unas tijeras y me puse a cortar, pensando que igual me parecía a una versión morena de Taylor Swift, pero resulta que se me da fatal cortar el pelo. O tomar decisiones importantes en general, al parecer. Está tardando la vida en crecerme, como si quisiera quedarse así mucho tiempo para recordarme mis errores del pasado.

—¡Eh, ha venido Patrick! —grita mi hermano desde la entrada—. Me voy.

Andrew tiene un año menos que yo y ha tardado exactamente cinco días en integrarse por completo en el nuevo instituto. Es un genio del balón desde los siete años, así que solo ha tenido que apuntarse a la liga de fútbol sala en el polideportivo (en el único equipo de fútbol sala de la zona) y, en cuestión de horas, se ha integrado en un nuevo grupo de amigos. Anoche hasta quedó con una chica muy guapa de décimo.

Intento ser una buena hermana mayor, pero me cuesta no odiarlo.

—¿Vas a volver a salir? —Mi padre asoma la cabeza desde su despacho, en el que está organizando las estanterías. Lleva el pelo corto despeinado y las gafas torcidas, pero tiene la camisa azul y blanca bien planchada y metida por dentro del pantalón, como siempre. Las camisas son como su uniforme—. ¿No ibas a acompañarme esta tarde a casa de la abuela? Quería ordenarle el garaje.

—Perdón, pero los chicos quieren entrenar y les he dicho que iría.

Mi padre suspira.

—Está bien, pero la semana que viene reserva un rato para ir a visitarla. No nos hemos mudado al mismo pueblo para que no puedas ir a verla de lo ocupado que estás.

Me vuelvo a mi tarea y pongo los ojos en blanco. Andrew siempre se sale con la suya, pero, como su afición está más aceptada socialmente, sus intereses siempre son prioritarios.

Una vez que se ha ido Andrew, dejo la caja y me dirijo al despacho. Allí también está mi madre, con pantalones de deporte y una camiseta gigantesca de cuando iba a la universidad. Le susurra a mi padre al oído, y los dos se ríen entre dientes. Siguen tan enamorados como al principio. A todo el mundo le parece bonito, pero yo soy su hija y estoy harta de verlos acaramelados todo el rato.

—Hola.

Los dos se vuelven y sonríen a la vez.

—Hola, cariño. ¿Cómo van los DVD?

—Mal. Además, ya nadie ve películas ni series en DVD. Deberíais donarlos.

Mi padre se recoloca las gafas con una expresión de horror.

—Por encima de mi cadáver. No me fío de la nube. Se supone que lo has comprado, pero ¿qué pasa si deciden dejar de emitirlo? ¡Me quedaría sin poder ver mis episodios favoritos! No, prefiero tener una copia física de lo que me gusta. —Me señala como si me estuviese dando una importante lección vital—. Copias físicas.

—Ya. Gracias por el consejo. —Vuelvo a apartarme el flequillo—. Acordaos de que yo también tengo que irme dentro de nada.

Mi madre mira a mi padre con gesto de confusión. Los quiero mucho, pero no son precisamente organizados. Ese es uno de los motivos por los que la mudanza está siendo un caos.

—¿Adónde vas? —pregunta mi madre, que se coloca el pelo, corto y oscuro, detrás de las orejas—. Si aún no conoces a nadie.

Pongo un brazo en jarras.

—Sí que conozco a gente. Ya os conté que Kashvi me había invitado a una partida de D&D.

A ver, es verdad que no sé cómo se apellida Kashvi ni nada más sobre ella, pero, técnicamente, la conozco.

—¿No puedes ir otro día? —pregunta mi padre—. Tu abuela se va a poner muy triste si ninguno de sus nietos puede ir a verla.

—Pero has dejado que Andrew se fuera sin rechistar.

—Ya, ya. —Mi madre le coge la mano a mi padre—. No se lo digas a Andrew, pero ya sabes cuánto te quiere tu abuela. Siempre le alegras el día.

Dudo. A pesar de sus peculiaridades, me gustar estar con mi abuela. Con ella nunca me aburro: siempre tiene nuevas aficiones o historias graciosas sobre su juventud o ideas de actividades que podemos hacer juntas. Pero creo que hasta mi abuela estaría de acuerdo en que tengo que hacer amigos.

—Kashvi ha sido muy amable al invitarme a lo de hoy, y sería de mala educación dejarla plantada. Ya sabéis lo difícil que es conocer a gente. ¿Queréis que me pase la vida triste y sola?

Mi padre deja escapar un suspiro y mi madre levanta los brazos en señal de rendición.

—No hace falta que exageres —responde ella—. Le diremos a tu abuela que tenías planes que no podías cancelar.

—¡Gracias! —Aplaudo—. ¿Puedo coger el coche?

—Está bien —dice mi padre, que, con un gesto de la mano, me indica que me puedo marchar.

—Decidle que prometo que iré a visitarla dentro de nada —levanto la voz mientras subo corriendo las escaleras para darme una ducha.

—Más te vale, o insistirá en llevaros al instituto todos los días —dice mi madre entre risas.

No debería depositar todas mis esperanzas de futura felicidad en esta tarde, pero está claro que es lo que voy a hacer. Me da vergüenza la cantidad de tiempo que tardo en decidir lo que me voy a poner para la partida, sobre todo teniendo en cuenta que no debería importar. Esa es una de las (muchas) cosas buenas que tiene el D&D: que a nadie le importa tu ropa. Puedes llegar con un vestido de gala, un pijama andrajoso o unas orejas de elfo, que no pasará nada… siempre que en tu grupo no sean unos criticones. Acabo escogiendo una falda larga estampada de color granate, un top corto azul y un cárdigan verde oliva tan largo que me llega hasta las corvas. Es uno de mis looks favoritos y, además, es comodísimo. Añado unos pendientes de aro y tres collares largos, porque no soy yo si no voy hasta los topes de bisutería. Ya sé que recomiendan mirarse al espejo y quitarse un complemento antes de salir de casa, pero yo hago lo contrario: cojo dos pulseras de lapislázuli y me dirijo al coche.

Veinte minutos después, respiro hondo y llamo a la puerta de la dirección que me dio Kashvi. Vamos allá.

Un segundo después, se abre la puerta, pero, en vez de a Kashvi, veo al chico que estaba a su lado en el parking el primer día. Por lo mucho que se parecen, doy por hecho que será su hermano mellizo. Tiene el pelo corto y oscuro, y lleva unos pantalones de chándal y una camiseta del club de robótica del instituto.

—No sé qué vendes, pero no nos interesa.

Lo miro desconcertada.

—Eh… no vendo nada. ¿Está Kashvi?

—Todo el mundo vende algo. —Ladea la cabeza y me examina—. Aunque sea a sí mismo.

Boquiabierta, doy un paso a un lado para fijarme en las grandes cifras de madera atornilladas al buzón del porche. Pues sí que es la dirección que me dio Kashvi. Retrocedo sin saber muy bien qué hacer.

—¡Tranquila! —dice riéndose—. Estaba de coña.

—¡Sanjiv, deja de molestar a la invitada! ¡Quita! —Sanjiv se aparta con un traspié, y Kashvi ocupa su lugar en el umbral, con el pelo revuelto y una sonrisa tensa—. Perdona. Adelante.

Entro dubitativa.

—Pasa de mi hermano. Es lo que hago yo cuando se pone así.

Sanjiv esquiva una hilera de zapatos perfectamente ordenados en el vestíbulo.

—Es imposible pasar de mí. Y tenía que comprobar si iba a congeniar con nosotros. —Se frota la barbilla—. No las tengo todas conmigo.

Kashvi pone los ojos en blanco.

—Ve a ponerte morado de Doritos mientras nosotras hablamos.

Sanjiv se encoge de hombros y se marcha.

—Querría haber llegado a la puerta antes que él, pero estaba arriba. —Mira hacia atrás—. No suele ser tan terrible, pero está haciendo de un clérigo demasiado filosófico y, cuando se mete en el personaje, se pone insoportable. Me alegro de que estemos a punto de terminar la campaña.

Me indica con señas que pase y nos sentamos en un salón muy formal. Tiene la casa limpísima. A ver, que mi casa ahora mismo parece una tienda de cajas de cartón, porque estamos recién mudados, pero, aun en su mejor momento, está desordenada. Esto parece una exposición de muebles.

—¿Qué tal todo? —pregunta Kashvi.

Me da vergüenza reconocer que lo más cerca que he estado de pasármelo bien en Laurelburg ha sido viendo La ruleta de la suerte con mis padres. Y ellos se pasaron medio concurso escribiéndose con amigos, mientras que yo no tenía nada mejor que hacer que resolver el panel musical con solo una vocal.

—Bien —le respondo—. Me alegro de haber venido. —En algún lugar de la casa, se oyen risas masculinas, que hacen que me recorra la espalda un cosquilleo nervioso. Entre la advertencia de Kashvi y el comentario de Sanjiv, empiezo a dudar que vaya a encajar—. ¿Dices que está acabando la campaña?

—A punto. Terminamos esta tarde, y por eso he pensado que era buen día para que vinieras; para que puedas conocernos en todo nuestro esplendor.

—Ah. —Intento que no se refleje mi decepción—. Pues gracias por invitarme. Me he librado de tener que hacer unas tareas.

—No hay de qué. Y no te preocupes: vamos a empezar una campaña dentro de nada, así que es el momento perfecto para traer una nueva participante. Si te apetece.

Sus palabras hacen que me ponga aún más nerviosa. ¿Por qué sigue insinuando que podría no apetecerme? Es D&D: ¿qué tiene de intimidante? Igual los demás jugadores son unos gilipollas. En eso ya tengo experiencia, y no me interesaría formar parte de otro grupo tóxico.

—Vamoooos. Tenemos que matar a un mago maligno —se queja Sanjiv al entrar en el salón.

Lo sigue el chico al que no le gustan los abrigos. Hoy lleva el pelo suelto, que le cae hasta los hombros. Luce una camiseta de una banda de música y lleva en la mano una botella de dos litros de Dr Pepper.

—Hola. —Me saluda con un movimiento de la cabeza—. Estás en mi clase de Química, ¿no? ¿Qué tal?

—Hola —digo, saludándolo con un gesto de la mano.

—Es Mark —dice Kashvi—. A Sanjiv lo has conocido en la entrada, y a Logan ya lo conoces del primer día.

¡Ah, juega con Kashvi! Logan entra y lo saludo, tratando de parecer despreocupada para que no se percate de lo feliz que me hace que esté en la partida. El día ha mejorado incluso más.

—Hola, Quinn. Qué agradable sorpresa. —Su sonrisa hace que note calorcito en el cuerpo—. No sabía que fueras amiga de Kashvi.

—Me alegro de volver a veros a todos —digo—. Kashvi ha sido muy amable al invitarme.

—Se me ha ocurrido que estaría bien que viniera a ver la partida —explica—. Jugaba en su anterior instituto. Por cierto, vamos a ir bajando antes de que Sloane venga a buscarnos.

Sigo al grupo, que atraviesa la cocina hasta las escaleras del sótano, y Logan se pone a mi lado.

—¿Qué tal en Cálculo?

Refunfuño.

—Mal. El temario no tiene nada que ver con el de mi anterior instituto y el señor Winchester va muy deprisa.

—Me ofrecería para darte clases, pero seguro que lo único que consigo es bajarte aún más la nota.

—Qué buena oferta —respondo, aunque, la verdad, estaría dispuesta a aceptar unas notas bajas a cambio de pasar más tiempo a solas con él.

Mark mira hacia atrás.

—Da igual el instituto si tenemos D&D. Quinn, ¿lista para el momento épico que vas a presenciar?

—Eh… puede.

—¿Puede? —bufa Sanjiv—. Deberías darnos las gracias por dejarte vernos.

Mark sonríe.

—La mayoría de los mortales no tiene la oportunidad.

Con eso basta para volver a ponerme nerviosa. Antes de conocer al grupo, estaba bastante segura de mis conocimientos de D&D, pero ahora me da la sensación de que soy una novata absoluta. Pero ya es tarde: estoy bajando las escaleras y no hay vuelta atrás.

Capítulo cuatro

No sé qué esperaba encontrarme, pero no es lo que veo al bajar las escaleras del sótano. Vale que están las cosas típicas que se encuentran en muchos sótanos de Ohio: suelo de moqueta desgastada, techos bajos y un sofá viejo que mira a un televisor. También hay un letrero del estado de Ohio en la pared, que parece tan antiguo como si llevara ahí desde que construyeron la casa en los ochenta.

Y, cómo no, hay una larga mesa repleta de manuales de D&D, hojas y miniaturas, pero también hay webcams en trípodes y micrófonos de mesa frente a cada asiento.

Kashvi señala a otra persona más, que está claramente esperando al grupo.

—Es Sloane, nuestre DM.

Saludo a Sloane con un gesto de la mano; recuerdo que llevaba un gorro con los colores del arcoíris mi primera mañana de clase. Del gorro le asoman mechones cortos de pelo negro, con matices violetas y azules, y lleva una camiseta negra de Fullmetal Alchemist.

Me devuelve el saludo desde detrás del tríptico de DM.

—Quinn, ¿no? Bienvenida.

—Gracias. —Todos desfilan a mi alrededor y se sientan en sus respectivas sillas frente a la mesa—. ¿Y toda esta tecnología? —pregunto.

En mi antiguo grupo, teníamos la norma no escrita de que no podíamos sacar el móvil ni la tableta durante la sesión a menos que fuese para buscar información. Se carga el ambiente de la partida que la mitad de los jugadores estén leyendo Reddit en vez de prestar atención a lo que está pasando en el juego. Pero nunca había visto nada parecido a esta partida.

Logan mira a Kashvi sorprendido.

—¿No se lo has dicho?

—¿Qué tenía que decirme?

—No quería asustarla —le responde antes de volverse hacia mí—. No somos un grupo de D&D corriente. En realidad, emitimos en directo todas nuestras sesiones.

—¿Como Critical Role?

Todos sonríen y asienten.

—Aún no somos tan famosos como ellos, pero sí —responde Mark—. Son nuestros ídolos. Algún día tendremos tantos espectadores como ellos.

Trato de dominar mi expresión, pero sería un pedazo de sueño. El canal de Critical Role lleva años teniendo muchísimos seguidores; millones de personas ven sus sesiones de D&D y su serie.

—Entonces, ¿os ve gente?

Sanjiv resopla.

—¿Tú te crees que haríamos todo esto si no nos viera nadie?

Señala la iluminación difusa y la decoración. Me fijo en las librerías que cubren las paredes a los dos lados de la mesa. Están repletas de varias ediciones de manuales de D&D, dados y réplicas de botellas de pociones y armas, supongo que para que los jugadores tengan como telón de fondo algo relacionado con la temática.

—Estamos haciendo una excepción, pero normalmente en esta sala solo pueden entrar jugadores —continúa.

—Quien quiera vernos, que ponga nuestro canal —añade Sloane, que señala el portátil que tiene a la derecha.

—Que sí, que ya lo ha captado —les dice Kashvi. Entonces me explica en voz más baja—: Perdona; se ponen muy a la defensiva. Hemos tenido algunas sesiones en las que nos han visto casi setenta y cinco espectadores, pero normalmente son treinta o menos.

—Pero cada vez son más —añade Mark.

—Hoy va a haber muchos espectadores —dice Sloane—, porque a la gente le encanta ver los finales de campaña.

Asiento con los ojos como platos.

—Cómo mola.

—Mola muchísimo —dice Sanjiv.

—Pues ponte cómoda y disfruta —dice Logan con una sonrisita. Es el único que no se ha puesto intensito con la retransmisión, y se lo agradezco.

Todos se sientan en sus respectivos sitios y se toquetean el pelo y juguetean con los dados. Yo me acerco de puntillas a Sloane para echarle un ojo a la retransmisión en el portátil. Elle aparece en un recuadro a la izquierda de la pantalla, mientras que los demás están encuadrados dentro de dos rectángulos, uno encima del otro, a la derecha. Logan y Mark están en el rectángulo superior porque están sentados uno al lado del otro en la mesa, mientras que Kashvi y Sanjiv están en el otro rectángulo.

No tengo mucha experiencia en el streaming de partidas de D&D, aunque Caden y yo escuchábamos juntos un pódcast sobre D&D, La DM sonriente. Al igual que Critical Role, es un grupo famosísimo, con decenas de miles de seguidores y un estudio profesional. Este no es tan perfecto, pero han conseguido replicar la misma idea. Hay una cámara apuntando solo a Sloane, que para eso es DM, mientras que las demás cámaras permiten que los espectadores vean al resto de los jugadores, para que puedan fijarse en las interacciones y en las expresiones faciales. Además, las librerías de detrás crean un buen ambiente. Kashvi y Sanjiv tienen suerte de que sus padres les dejen usar el sótano. Los míos no me lo permitirían.

—Aún no habéis empezado el streaming, ¿verdad? —le pregunto a Sloane, que está de espaldas a mí.

—No —contesta con una carcajada—. Si así fuera, te estaría sacando del plano a empujones. Retransmitimos todos los sábados de dos a cuatro de la tarde, y no empezamos hasta la hora exacta. Publicamos los horarios online y la gente se cabrea si comenzamos antes o después de la hora. Es la mejor manera de perder espectadores: no tener un horario fijo.

Asiento, y empiezo a entender por qué Kashvi y Sanjiv pusieron en duda que me fuese a gustar. Va más en serio que cualquier cosa que haya hecho yo en la vida.

Sloane señala la parte inferior de la pantalla, en la que hay una ventana de chat.

—Si la gente se suscribe al canal, tiene ventajas, como acceder al chat y emojis exclusivos. No me da para estar pendiente del chat durante la sesión, pero me gusta leerlo al terminar y ver lo que comentaba la gente.

Encima del chat, se lee una advertencia: «Prohibido opinar desde el sofá».

—¿Y esto? —pregunto, señalando el aviso.

—Uf, es que hay gente a la que le encanta decirnos que lo hacemos todo mal. Es un coñazo, así que hemos tenido que ponerlo. —Mira el reloj—. Venga, que ya es la hora—. Me indica con un gesto que me siente junto a la pared para no salir en cámara. Menos mal que, entrecerrando los ojos, llego a ver la pantalla—. Entramos en tres, dos, uno… —Pulsa un botón y todos se yerguen en su asiento.

En cuanto empieza la retransmisión, comienzan a llegar los espectadores. Abro los ojos como platos al ver las cifras: treinta, cincuenta, ochenta… No paran de subir. ¿Vienen a ver una partida de D&D entre adolescentes? La verdad es que no me lo esperaba.

—Ostras —digo, y me llevo la mano a la boca.

Los demás se tensan, pero no me miran. Vaya por Dios. Voy a tener que estarme calladita.

—Damos la bienvenida a nuestros espectadores. Esto es Con todo el equipo, y habéis venido en un día fabuloso. El grupo lleva meses luchando contra goblins y gigantes con la esperanza de alcanzar la torre del mago para recuperar la piedra y volver a salvo a su hogar. Hoy se decide todo. ¿Lograrán sobrevivir o este será su último día de vida?

Los demás se sonríen.

—Tengo ganas de vengar la muerte de mi madre —dice Mark.

—Y yo de acabar con el mago —dice Kashvi.

—Ya va tocando. Vamos —dice Logan.

Sloane se inclina hacia delante, con una expresión decidida y la voz grave.

—Os situáis delante de la colosal puerta de madera que lleva a la torre del mago. Los gigantescos árboles que rodean la torre se mecen de forma siniestra bajo el sombrío cielo del crepúsculo. Todo está en silencio, como si las aves y las bestias también se encontrasen a la espera de la batalla que va a acontecer. ¿Cómo os gustaría proceder?

Me percato de que todos se vuelven hacia Logan, como si fuera el líder del grupo.

—¿Qué quieres hacer, Hathor? —pregunta Mark.

—Voy a detectar y disipar la magia que le quede al mago —responde Logan, que ya no es Logan. Pone acento escocés y se ha erguido en su asiento para parecer aún más corpulento de lo habitual. Debe de estar interpretando a un personaje mágico, probablemente a otro mago, si va a usar conjuros.

—Entro yo primero —dice Sanjiv en cuanto han derribado la puerta—. Tiene que haber algo dentro esperando para matarnos.

—Te acompaño —contesta Kashvi.

—Bien, porque no quiero morir hoy —responde Sanjiv, y se miran con una sonrisa.

Antes no sabía si Kashvi se llevaba bien con su hermano mellizo, pero ahora queda claro que son un equipo.

—Avanzáis unos cuantos pasos hasta oír el sonido estridente del metal contra la piedra.

Para mi sorpresa, Sloane saca una piedra y una pequeña espada (de aspecto muy realista) de debajo de la mesa y las raspa para crear el efecto sonoro. El chirrido me da escalofríos.

—¿Podría ser que se esté abriendo la puerta de una celda? A lo mejor el mago está liberando algo —pregunta Mark.

—Puede. —Logan clava la vista en Sloane, que sonríe. Eso nunca es buena señal.

—Podría ser —le dice Sloane al grupo—, pero lo que habéis oído no es la puerta de una celda, sino armaduras. El sonido metálico y los chirridos son cada vez más fuertes, tanto que os impiden pensar, hasta que aparecen cinco armaduras andantes, cada una con dos espadas cortas.

El grupo vuelve a saltar a la acción y yo me reclino en mi asiento, ensimismada. Me fascina lo metidos que están en la partida, como si fueran los personajes y no hubiera nada que los distrajera. En mi último grupo no nos lo tomábamos tan en serio. Los cinco (Caden, Paige, Makayla, Travis y yo) pasábamos tanto tiempo de cachondeo, comiendo y haciendo el tonto como jugando e interpretando los encuentros. Bueno, más bien sería un 70/30. Apenas avanzábamos en la campaña.

Pero aquí, aunque sí que hay algo de cachondeo, es todo dentro del contexto del juego. No se interrumpen para quejarse de la última redacción que les puso la profesora Calson ni para hablar de la pelea que hubo en el ala norte el viernes. ¿Y cómo son capaces de poner tantos acentos? Yo no sé hacer eso.

Liquidan a las armaduras y proceden con la búsqueda de la piedra. No sé de qué va nada, ya que es la primera vez que veo su partida, pero me da la impresión de que el personaje de Logan y el mago maligno se conocen desde hace tiempo (¿puede que sean hermanos?) y Logan lo está dando todo. El mago envía a varias arpías secuaces para distraer al grupo, y Logan se incorpora sobre su silla y se pone a gritar y a dar órdenes. Los mellizos colaboran para matar a todo bicho viviente, mientras que Mark sana a los integrantes que lo necesiten. Cuando derrotan al mago y termina la sesión, tengo el corazón a mil por hora y me hundo sobre mi asiento. Es casi como ver a unos actores improvisar sobre el escenario. Es increíble, sobre todo Logan. De verdad parecía como si llevara toda la vida peleado con su tío, el mago malvado.

Estaba demasiado ensimismada como para fijarme en lo que estaba ocurriendo en la pantalla, pero ahora veo que el número de espectadores ha ascendido a ciento cincuenta. Respiro hondo. Mola mucho y tal, pero ¿estoy dispuesta a que me vea tanta gente jugar al rol? ¿Qué pasa si me confundo y digo alguna tontería? A ver, seamos sinceros: la pregunta no es si me voy a confundir, sino cuándo me voy a confundir.

Con la campaña completada, lo celebran y charlan durante unos minutos sobre lo estupenda que ha sido antes de despedirse. Una vez que está claro que ha terminado el streaming, todos se hunden en su asiento como he hecho yo, riéndose y chocándose los cinco.

—¡Ha sido brutal! —grita Logan. Entonces señala a Mark—. Has estado genial paralizando a la arpía y usándola como escudo.

—Se me ha ocurrido de repente.

—Y vosotros —dice Sloane, señalando a Kashvi y a Sanjiv— habéis trabajado genial en equipo.

Los mellizos sonríen y se dan codazos de complicidad.