Más allá del ayer - Ronald K. Noltze - E-Book

Más allá del ayer E-Book

Ronald K. Noltze

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Beschreibung

Todo aquel que realiza un viaje tiene algo para contar. Tanto más hay para contar cuando un misionero no solo hace un viaje, sino que vive en la cultura foránea. A fines de la década de 1920, Karl F. Noltze fue enviado a Liberia, ubicada en la costa occidental del continente africano. Los desafíos que tuvieron que enfrentar él y su esposa, Clarle, son relatados por su hijo, Ronald K. Noltze, quien nació en Liberia. Muchas de las vivencias narradas son extraídas de los diarios personales de su padre. Más allá del ayer brinda una mirada profunda a la labor y a las alegrías –pero también a las angustias– de una pareja de misioneros que no sabía qué les depararía en el continente africano. Sin embargo, Dios mantuvo en todos los momentos críticos su mano protectora sobre la joven familia. Es emocionante ver hoy los resultados del esfuerzo de aquellos sencillos comienzos.

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Seitenzahl: 384

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Más allá del ayer

Misioneros en África para Jesús

Dr. Ronald K. Noltze

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Nota del editor

Más allá del ayer

Misioneros en África para Jesús

Ronald K. Noltze

Dirección: Natalia Jonas

Diseño del interior: Giannina Osorio

Diseño de la tapa: Mauro Perasso

Ilustración de tapa: Propiedad de Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-541-2

Noltze, Ronald K.

Más allá del ayer : Misioneros en África para Jesús / Ronald K. Noltze / Director Natalia Jonas. - 1ª ed - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-798-541-2

1. Misiones Cristianas. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.

CDD 230

Publicado el 30 de diciembre de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicado al recuerdo de mis padres...

Con admiración por su labor misionera...

Y como un agradecido reconocimiento por su inspiración para mi vida.

Gbon, gbon kua lii

kua kelee kua lii

kua lii yala po tai

kua kelee kua lii

(Traducción de la dedicatoria en lengua kpelle)

A mi esposa, Noemí.

A mis hijos y sus familias.

Prólogo

“No tenemos nada que temer en el futuro,

a menos que olvidemos la manera

como el Señor nos ha guiado en el pasado”

Elena de White, Notas biográficas

(Buenos Aires: ACES, 2013), p. 193.

Quien logra hacer un alto en la estresante vida moderna para echar un vistazo a su propio pasado descubre, con sorpresa, que esa mirada retrospectiva enriquece sensiblemente. Inspira a comprender muchos de los enfoques que ha dado a su vida y permite interpretar una serie de decisiones que inconscientemente ha tomado.

El pasado no puede borrarse de nuestra mente, sino permanece resguardado en ella en el subconsciente. Y, desde allí, trabaja generando nuestro carácter y plasmando nuestra personalidad. Se trata de un proceso continuo: mientras más años dejamos atrás, más vivencias se acumulan. Con el correr del tiempo nos alcanzan nuevas impresiones que desplazan –inadvertidamente– experiencias anteriores al infinito del subconsciente.

Suponemos que dichas experiencias se han perdido, pero no es así. Están almacenadas y de ninguna manera inactivas. Se encuentran depositadas en una red sofisticada de archivos de la mente, están permanentemente a disposición para influenciar nuestras decisiones. El pasado dispone las herramientas para que estructuremos el presente.

Fue Salomón quién dijo: “Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6).1 Hacemos bien en prestar atención a los eventos del ayer: estos nos ayudan a entender el presente.

En el pasado, las experiencias de misioneros enviados a tierras lejanas ha sido un tema que ha cautivado, como pocos, a creyentes cristianos de distintos lugares y denominaciones. En línea con esto, en las primeras décadas del siglo XX una serie de sociedades misioneras del centro y del norte de Europa enviaron voluntarios a países de ultramar. Una de ellas fue la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Liberia, un país de África Occidental, fue el destino señalado para uno de los barcos que partió desde el puerto de Hamburgo. Aquella nave llevaba a personas jóvenes de habla alemana que habían aceptado el desafío de proclamar el evangelio a hombres y mujeres de otras culturas. Los registros cuentan de nombres como Rudolf Helbig y su esposa, Elisabeth –tras cuya muerte, el misionero se casó con Erna, con quien continuó la labor–, Ernst Fla­mmer y su cónyuge Hanny, Rudi Reiter y el matrimonio conformado por Karl Noltze y Clärle.

Claro que ellos no estaban solos: las oraciones de sus iglesias los acompañaban. Es que los proyectos en los campos misioneros distantes fueron considerados, al mismo tiempo, proyectos de las iglesias que enviaban a los voluntarios. Todos y cada uno de los miembros se sentían parte del cometido. De hecho, había en el calendario eclesiástico un momento culminante: las visitas de estos misioneros a su país de origen y el relato de sus experiencias. Aquello significaba un impulso espiritual para las iglesias.

Hoy en día los tiempos han cambiado. Las culturas han evolucionado. El hombre mismo se ha ido transformando.

Actualmente, el evangelio no resulta atractivo para el europeo promedio, un individuo secularizado que difícilmente reconoce la existencia de Dios. Sin embargo, no fue en vano lo que se hizo en el pasado: “Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás” (Ecl. 11:1).

El crecimiento espiritual de aquellos países donde se esparció la semilla es palpable. La cosecha está madura. Las pequeñas capillas de la selva se han transformado en iglesias. Y de las estaciones misioneras resultaron escuelas, academias e instituciones médicas.

Los frutos, claro, también incluyen vidas transformadas: no son pocos los predicadores religiosos que han surgido de esos campos misioneros tan distantes de nuestras latitudes. Así, se continúa un círculo virtuoso: los mismos predicadores traen a la memoria de los europeos los valores cristianos que décadas atrás les fueron enseñados.

El libro que está en tus manos tiene la intención de volver a iluminar el pasado. Lleva el deseo de trasmitir a la generación actual las experiencias de aquella época, con el fin de que estas vivencias sirvan como un impulso para la iglesia. Así, los creyentes actuales podrán nutrirse del legado de los misioneros. Estas páginas también abrigan la esperanza de que los jóvenes encuentren, en los desafíos y las vivencias de los pioneros, sentido e inspiración para sus propias vidas. Finalmente, pero no menos importante, este libro busca servir como motivación para ti y para mí, para que podamos mantener una fe firme y sólidamente fundamentada.

Fue Dios mismo quien señaló la necesidad de conservar recuerdos. Según el relato de la Biblia, al finalizar el Éxodo, fue él quien ordenó a Josué, el líder de Israel, la erección de dos monumentos como recordatorios de la travesía milagrosa por el río Jordán. Mientras las aguas de este aún eran detenidas por Dios, doce rocas debían ser apiladas como recordatorio perpetuo en medio del lugar. Un segundo monumento –también con doce rocas– debía ser construido en la orilla, lejos de las aguas del río.

“Y habló a los hijos de Israel, diciendo: Cuando mañana preguntaren vuestros hijos a sus padres, y dijeren: ¿Qué significan estas piedras?, declararéis a vuestros hijos, diciendo: Israel pasó en seco por este Jordán. Porque Jehová vuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de vosotros, hasta que habíais pasado, a la manera que Jehová vuestro Dios lo había hecho en el Mar Rojo, el cual secó delante de nosotros hasta que pasamos” (Jos. 4:21-23).

Los valores divinos son inmutables. Las culturas cambian y se adaptan. Las sociedades se modifican. Los objetivos de movimientos religiosos pueden incluso descarrilar. Pero, a pesar de todo, el amor de Dios hacia el ser humano se mantiene inamovible. Las aspiraciones humanas y las obras son limitadas, tanto por las estructuras como por el tiempo. El Eterno es permanente. Por ello es valioso trasmitir lo vivido junto con Dios: porque estas experiencias se mantienen vigentes independientemente del tiempo y del lugar.

La descripción de los comienzos de la misión en la inhóspita selva de Liberia es impresionante. La búsqueda de contactos con los aborígenes llevaba a los misioneros muchas veces hasta los límites mismos de lo que era aceptable. Barreras lingüísticas y diferencias culturales se levantaban como muros insuperables para aquellos voluntarios en tierra remota. Los malentendidos y una total falta de comprensión de parte del pueblo local los acompañaban constantemente. Los nativos no estaban en condiciones de aceptar los aparentes errores de los extranjeros en relación con sus costumbres.

Por el contrario, preocupados por la pérdida de su poder, los brujos, los “diablos del pueblo” y las sociedades secretas incitaron los ánimos de los locales en contra de los misioneros. Estos “blancos” eran para ellos, en realidad, ¡las almas resucitadas de sus antepasados muertos! Aquel era un obstáculo místico severo, el cual exigía no poco tacto para ser enfrentado y desarraigado.

Resulta inspirador observar cómo, a pesar de todo, estos hombres y mujeres paganos de la selva, apegados de manera ingenua y ciega a la superstición de su cultura, abrían paulatinamente sus corazones. Humildemente y tocados por el mensaje de salvación, cientos de ellos encontraron el camino a la fe cristiana y al bautismo.

Una vez que el africano se decidía por el evangelio de Cristo, se convertía en un discípulo fiel hasta la última consecuencia. Este hecho ayudó a la expansión del evangelio una vez que los misioneros dejaron Liberia, ya que los conversos locales, quienes previamente habían sido capacitados, continuaron con la obra en los pueblos vecinos.

Además de la resistencia de muchos locales al mensaje del evangelio, Liberia presentaba desafíos propios de su geografía. Los peligros de la selva, emboscadas, el calor constante, las enfermedades y privaciones de todo tipo a las que fueron sometidos los pioneros son motivos suficientes para valorar su tarea. ¡Qué tremenda dedicación mostraron, sin vacilar, con el único fin de predicar el evangelio! ¡Qué manera de poner en un segundo plano su bienestar físico y sus necesidades personales! La alimentación era desequilibrada, la higiene mínima y su salud, muchas veces, estuvo severamente comprometida. Los diarios que con tanto esmero escribieron están colmados de situaciones que reflejan cómo solo con la oración y tomados de la mano de Dios lograron sobrellevar los constantes imprevistos. Así, ellos crecieron espiritualmente y se convirtieron en verdaderos pilares de fe de la nueva comunidad de creyentes.

Como hijo de estos misioneros, muchas de las experiencias mencionadas han sido parte de mi propia vida. Liberia, donde nací, está íntimamente entrelazada con mi infancia. La selva, el idioma y sobre todo el alma africana, que fueron parte de mis primeros años, han dejado sus huellas.

Hace algunos años tuve que viajar desde Buenos Aires, la capital de Argentina, hacia Europa. Y por aquellas marcas que Liberia había dejado en mi infancia, decidí aprovechar la escala en suelo africano y pasar un tiempo en mi tierra natal. Aquel fue un viaje sorpresivo, improvisado, sin ningún tipo de planificación a un lugar que por mucho tiempo no había pisado.

No tuve que esforzarme demasiado para evocar los recuerdos de mi infancia. Y no solo por lo que fluía naturalmente de mis pensamientos, sino también por una particular costumbre que encontré en la escuela primaria local de Liiwa, la estación misionera en la que nací. Allí, los domingos por la mañana todos los alumnos de la escuela asistían a una clase de enseñanza religiosa. Antes de esto, sin embargo, se seguía fielmente una rutina: relatar de memoria la historia de los misioneros adventistas en Liiwa y en el resto del país. Cada uno de los alumnos repetía una parte, comenzando con la llegada de los primeros misioneros a la costa de Liberia y siguiendo progresivamente hasta el presente.

Evidentemente, estaba en presencia de una transmisión oral fiel –palabra por palabra– de todos los detalles del pasado. Con visible satisfacción, el director de la escuela me presentó este logro didáctico de sus alumnos.

Esta experiencia tan singular generó un impacto en mí. El tipo de impacto que lleva a la acción: decidí conservar también –en este caso por escrito– el desarrollo histórico de las misiones de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Liberia.

Los hechos reales que relata este libro son extraídos de un sinnúmero de páginas de diarios personales, notas informales, manuscritos y registros, como así también de artículos y otras publicaciones en revistas de la Iglesia Adventista, tanto en Alemania como en los Estados Unidos. También fueron empleados otros documentos complementarios, como informaciones oficiales enviadas a la Sociedad Misionera en Hamburgo y a la sede de la Asociación General en los Estados Unidos, cartas a iglesias, a los amigos y a la familia.

Por último, hay una gran cantidad de fotos y un reciente documental audiovisual que retratan gráficamente los eventos descritos en el libro.

Quiero expresar una palabra de sentido agradecimiento a Noemí, mi esposa. Ella no solo apoyó sin reservas mis horas de ausencia, empleadas en la selección de los documentos, sino que también me acompañó durante el proceso de lectura y la estructuración de los manuscritos.

Igualmente agradezco a mis dos hijos por su apoyo: a Eroll, por su bien lograda filmación de los comentarios de su abuelo Karl; y a Ariel, por los oportunos consejos en la configuración del libro.

Gracias también a Franz Mössner, editor del Top Life Center Vienna (casa publicadora situada en Austria), por su apoyo profesional para facilitar la publicación de este libro.

Pero, por sobre todo, gracias al Señor del cielo, que permitió que las vivencias excepcionales de nuestros misioneros puedan revivir una vez más y sean accesibles al lector.

Ronald K. Noltze, marzo de 2016.

1 Los versículos bíblicos citados en el libro corresponden a la versión Reina–Valera 1960.

Introducción

En busca de mi pasado

El monótono ruido de las turbinas me estaba dando sueño. Poco a poco se habían silenciado las conversaciones de los demás pasajeros y mi vecino de asiento daba la impresión de dormir. Noté que había total tranquilidad en el avión. Estaba cómodamente reclinado en mi asiento del gran Jumbo Jet en el que me encontraba. En mi mente miles de recuerdos se entretejían con el desafío de aquello desconocido que me esperaba en los próximos días.

Aquel día de 1978 me encontraba en un vuelo intercontinental entre Sudamérica y Europa. El avión despegó mientras los últimos rayos del sol se escondían en Buenos Aires. La máquina comenzó a volar sobre el Atlántico y a acercarse, cada vez más, a la costa de África. Para la 1:00 de la mañana estaba programada la única escala en los 14.000 kilómetros de travesía.

En mi entresueño, registré de pronto que el ruido de las turbinas había cambiado su frecuencia. “¿Será acaso la hora del aterrizaje en África?”, me pregunté. En ese mismo instante se oyó también la voz de una azafata por el parlante de a bordo, anunciando:

–Señoras y señores, hemos abandonado la altura de vuelo y comenzamos el descenso al aeropuerto de Monrovia.

¡Monrovia! Ese era el nombre esperado. ¡Estábamos llegando! Monrovia es la capital de Liberia, asentada en la costa occidental del continente. Me encontraba muy cerca de la tierra donde, como hijo de misioneros alemanes, había nacido. Entonces, recuerdos de mi infancia, que por mucho tiempo habían sido desplazados, comenzaron a surgir ante mí. Porque en aquel país, más de cuarenta años atrás, había vivido una niñez llena de felicidad. Ese lugar era un paraíso de selva tropical y un pueblo amalgamado con esa naturaleza. Una nación políticamente orientada y dispuesta como nueva patria para centenares de los liberados de la esclavitud en los Estados Unidos.

En aquel tiempo en el cual me prestaba a reencontrarme con mi tierra natal, estaba trabajando como médico-misionero en Argentina y el viaje me llevaba a Alemania, donde iba a encontrarme con mi familia. Una agencia de viajes en Buenos Aires me había ofrecido un vuelo con la aerolínea KLM.

–Desafortunadamente no es un vuelo directo, señor. El avión hace una escala en Liberia –me dijo el hombre en el mostrador.

En realidad, esa parada no era parte de mi plan. El vuelo se alargaría por varias horas. Reflexioné por un momento. Y mientras lo hacía, sentí subir ante mis ojos un aluvión de recuerdos, los cuales pintaban la estación misionera de mi niñez. Fue algo completamente inesperado. ¿Debía aprovechar la oportunidad y correr el riesgo de la aventura? ¿Sería acaso esta la única oportunidad de mi vida para buscar las huellas de mi infancia en la frondosa selva africana?

Tomé coraje para decidir rápidamente, miré al empleado y le dije:

–Reservé el vuelo para mí, pero por favor con una variante: quiero interrumpir el viaje en Monrovia por cuatro días y recién entonces continuar hacia Alemania.

El empleado quedó sin habla. “¿Qué querría hacer este hombre con esos días en África?”, se habrá preguntado, en una época donde los destinos exóticos estaban lejos de considerarse opciones turísticas.

El hombre miró y estudió sus papeles y luego me dijo:

–La interrupción es posible, incluso sin recargo adicional.

Preferí no darle ninguna aclaración de lo que iba hacer con esos cuatro días: dudaba sobre si sería capaz de creer mi explicación.

No sabía mucho acerca de la situación en Liberia. La Segunda Guerra Mundial había dificultado los contactos, ya que el país se había aliado con los Estados Unidos, y todos los misioneros europeos emigraron o fueron encarcelados. Tenía, sin embargo, una referencia para comenzar a buscar mis raíces: recordaba muy bien que vivíamos en una estación misionera llamada Konola. Con el transcurso de los años, esta se había transformado en una gran escuela con internado: Konola Academy. En alguna parte, a unos 80 kilómetros de la capital, en dirección al interior del país, debía estar ubicada esta institución.

Claro, aquella información no era demasiado. Desde luego, no tenía su dirección a mano, ya que no estaba preparado para este viaje. Pero, de alguna manera, tenía que encontrar esta escuela, organizar mi visita y encontrar un razonable alojamiento.

A partir de los relatos que mis padres me contaban, sabía que los habitantes nativos de las aldeas solían llamar al misionero, mi padre, “Massa Noltze”. Pensé que este detalle, por más débil y por más lejano que estuviera en el tiempo, podría ayudarme para contactar al director de la escuela de Konola.

El tiempo era escaso. Decidí enviar desde Buenos Aires un telegrama en inglés. Por aquel momento, a fines de la década de 1970, los telegramas eran la manera habitual para enviar mensajes internacionales urgentes:

“Al señor director – Konola Academy – Liberia”.

“Hijo del misionero Massa Noltze viene de visita”.

“Llegada 18 de mayo – 1:00 a.m.”

“Aeropuerto Monrovia – KLM”.

“Por favor, tome contacto”.

Ahora no quedaba más que orar por la ayuda de Dios, y así lo hice fervientemente. Estaba dispuesto correr el riesgo de la incertidumbre: tenía la esperanza de que alguien, en alguna parte en Liberia, estuviese en condiciones de interpretar debidamente este extraño telegrama y dispuesto a hacerlo llegar a su destinatario real. La inesperada posibilidad de interrumpir mi vuelo en Liberia era un desafío a mi pasado.

El aterrizaje de la gran Boeing 747 fue notablemente suave: apenas una sacudida y la máquina fue rodando por la pista hasta detenerse del todo. Un tanto preocupada, una azafata vino hasta mi asiento y me habló en voz baja:

–¿Es usted el Señor Noltze? Piensa dejar aquí el avión, ¿verdad? Monrovia es una ciudad muy peligrosa, señor, ¡y mucho más a estas horas de la madrugada! ¿Cuenta usted con atención aquí? ¿Necesita nuestra ayuda?

En ese momento comencé a darme cabalmente cuenta de en qué aventura me había metido. Sentí cómo el calor subía hasta mi cuello y mi garganta. Con sorpresa, escuché mi voz decir en tono sereno y con plena convicción:

–Sí, sí... interrumpo aquí el vuelo. No se preocupe... ¡yo nací aquí!

La mujer, sorprendida, se retiró cortésmente. Y entonces llegó el momento... ¡Era, evidentemente, mi momento! De hecho, el único pasajero que dejaba el avión era yo. Sentí cómo todos los ojos se posaban en mí, el personaje exótico. El equipo de tierra arrimó una escalera móvil a la puerta de salida del avión. Con un paso subí hasta la plataforma de esa escalera, me tomé de la barandilla. Estaba húmeda. Y, entonces, me sentí de pronto rodeado de la noche africana... Un cielo estrellado se extendía sobre mí. El aire era cálido... Más que cálido: caliente y denso, impregnado del aroma mohoso-húmedo tan propio de la selva tropical.

Al llegar al edificio del aeropuerto, leí un cartel. Decía “Pasaportes”. El funcionario echó una mirada de sorpresa al documento, luego a mi cara, a mis ojos y otra vez posó su asombro sobre el pasaporte.

–Míster Noltze? –me preguntó en inglés.

–Sí, señor –respondí.

–¿Nació aquí, en Liberia?

–Sí, señor.

–¡Bienvenido! –exclamó mientras estampaba en mi pasaporte el sello rojo que me permitía ingresar al país.

¡Listo! El primer obstáculo estaba superado.

Un empleado uniformado me entregó mi maleta. Me percaté entonces de que me encontraba en una gigantesca sala de admisión, intensamente iluminada. Por donde miraba, había soldados uniformados, quienes se mantenían estáticos, pero atentos, ante cada movimiento de este único pasajero que llegaba al país.

Recién ahora estaba en condiciones de concentrarme en la nueva fase de mi aventura: el posible encuentro con un completo desconocido, en quien, desde hacía días, tenía puesta la esperanza de que me buscara.

Llevaba en mi mano derecha, a modo de identificación, una Review & Herald, la mundialmente conocida revista de la Iglesia Adventista en inglés. Mi pulso iba rápido. Lo sentía latir en el cuello. Estaba tenso. “¿Estaría alguien esperándome?”, me preguntaba. Concentrado, recorría con mis ojos cada rincón de la sala en busca de algo llamativo. Caminaba lentamente y solo.

De pronto, me detuve... ¡Allí había algo extraño!... Noté que, en esas tempranas horas de la madrugada, había una única persona no militar. Se encontraba en el otro extremo del salón, esperando debajo de un cartel verde que indicaba la salida. Vi que era un hombre de raza blanca. Aparentemente despreocupado, estaba apoyado contra un pilar con sus brazos cruzados sobre el pecho.

Lentamente encaminé mis pasos hacia esa persona. Y, mientras me acercaba, casi no podía creer lo que mis ojos veían: ¡En sus manos sostenía una revista! Al acercarme más, reconocí las letras. ¡Era una Review & Herald!

A miles de kilómetros de distancia, ambos nos habíamos decidido por la misma señal de identificación. Antes de pronunciar una sola palabra, lo sabíamos: ¡Nos habíamos encontrado!

–¿Es usted el director de Konola Academy? –pregunté.

–¿Es usted el hijo del misionero Massa Noltze? –respondió él, con otra pregunta.

Espontáneamente nos abrazamos, como si hubiésemos sido viejos conocidos de tiempos pasados, dos amigos que se habían encontrado de nuevo, después de un largo, muy largo viaje. No hizo falta explicar nada más en aquel momento. ¡Todo estaba aclarado! Lo anhelado se había hecho realidad... La Providencia había permitido lo humanamente imposible.

Por vías muy inusuales, y luego de que pasara por diversas manos, Bruce A. Roberts había recibido, como director de la escuela de Konola, el extraño telegrama que yo había mandado. Entonces, lo evaluó. Una y otra vez –me contó– había leído el mensaje, había analizado el contenido y, finalmente, había logrado darle al texto su correcta interpretación. ¡Se había arriesgado a conducir de noche, cien kilómetros por rutas de selva, hasta el aeropuerto, para esperar allí a un absoluto desconocido!

A través de las oscuras y desiertas calles de Monrovia, tomamos finalmente la ruta hacia el interior, el camino a Konola.

Entrada principal de la Konola Academy.

Gatai, la niñera

Me desperté demasiado temprano. Una mirada al reloj me confirmó lo que mi cuerpo me decía: no había dormido muchas horas. Eran a penas las seis de la mañana.

Me sentía incómodo y hacía demasiado calor. Noté que estaba bañado en sudor. Mi ropa, inusualmente húmeda, estaba pegada a mi cuerpo (y eso que eran las primeras horas del día). En el aire, denso, se percibía un constante aroma húmedo y mohoso, propio de la selva tropical.

La señora Roberts me invitó a desayunar.

–Hace ya varios años que estamos en África y nos sentimos bastante cómodos aquí –me dijo la joven estadounidense–. Los muchos alumnos y alumnas, junto con el personal docente, son tarea suficiente para llenar nuestros días. Es gente maravillosa. Los amamos sinceramente –agregó.

Luego, Bruce me explicó:

–Konola Academy es una de las cuatro mejores escuelas del país. Pertenece a la Misión de Liberia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, cuya sede central se encuentra en Monrovia. En el país, quienes se consideran personas de elevado rango social o de un nombre importante, envían a sus hijos a nuestro internado. Realmente tiene una muy buena reputación.

Justo en ese momento, cuando mis anfitriones se aprestaban a escucharme para saber algo más de mí, fuimos sorprendidos por unos extraños golpes en la puerta. Venían de la entrada principal de la casa, y, a juzgar por la reacción de los Roberts, no eran habituales. En realidad, habían sido golpes muy vacilantes, tan tímidos, que personalmente no los había escuchado. Roberts se levantó de un salto, empujó su silla hacia atrás y se fue hacia la puerta.

–¿Quién está ahí? –preguntó.

Pero no hubo respuesta. Un rayo de sol resplandeciente entró cuando abrió la puerta. Protegiendo sus ojos con la mano, comenzó un fluido intercambio de palabras. No alcanzaba a ver a la persona con la que hablaba, pero, por su voz, me di cuenta de que era una mujer. De todas maneras, no podía entender ninguna palabra del dialecto nativo en el que hablaban. Siempre con su mano en el picaporte de la puerta, Bruce giró lentamente la cabeza y clavó sobre mí una mirada larga, inquisitiva. Mientras lo hacía, se mantenía en silencio. Aquello era vergonzoso. Y, aunque no había entendido lo que hablaban, era evidente que el asunto tenía que ver conmigo.

Para complicar la situación aún más, la señora Roberts también se levantó y se sumó a la agitada conversación. Esto continuó por unos instantes. De pronto, el dueño de casa regresó a la mesa visiblemente consternado y, aferrando con ambas manos el respaldo de su silla, me dijo:

–Mi estimado amigo, allí afuera hay una mujer. Yo la he visto muchas veces por aquí, porque es una de las cocineras del internado. O esta mujer está desorientada y confusa, hablando disparates, o en lo que dice hay algo de verdad. A toda costa quiere hablar con usted. Asevera que lo conoce desde hace mucho tiempo. Asegura haber sido la niñera que trabajaba para la Sra. Noltze, su madre. Insiste en haberlo cuidado cuando era pequeño... Su nombre es Gatai.

G - A - T - A - I.

Esta palabra desencadenó una cascada de recuerdos en mi mente. En una fracción de segundo aparecieron ante mi retina imágenes que por un largo tiempo habían estado almacenadas en la profundidad de mi subconsciente. De repente, estas imágenes tomaron forma. Estaba sensiblemente conmovido, y a la vez turbado. Gatai: esa era una imagen amorfa en mi mente a la cual debía dar nuevamente estructura y vida.

–Sí, ¡este nombre tiene significado para mí! –respondí.

Un tanto cohibido por todo ese contexto me levanté y murmuré a mis anfitriones:

–Gatai... Gatai... sí, sí... este nombre me resulta familiar. Mis padres muchas veces han hablado de una muchacha llamada Gatai, ese nombre me suena. He visto más de una foto de Gatai. De alguna manera ella ha estado muy ligada a la vida de nuestra familia y la de la estación misionera. Creo que lo que esta mujer dice puede ser real. Me gustaría hablar personalmente con ella.

Afuera, a pocos metros de la casa, me encontré con una mujer morena, de baja estatura y festivamente vestida. Un elevado turbante amarillo y rojo adornaba su cabeza: aquello era una demostración de que ese encuentro era algo muy especial para ella. Un paño de tela multicolor envolvía su cuerpo desde el cuello, pasando por la cintura y llegando hasta cubrir los tobillos. No había joyas en el cuello. No vi pendientes. Estaba descalza. La expresión de su rostro reflejaba la tensión de su alma. Estaba sola. No había otra persona cerca.

Por supuesto, no la reconocí... Era totalmente imposible que así fuera. Fue ella quien rompió la tensión del momento y logró articular las primeras palabras:

–¿Es usted Míster Bubele? –la escuché decir con el acento típico del inglés de Liberia.

Ahora sí, mi sorpresa llegó al extremo. ¡Su frase logró desconcertarme del todo! Solo con dificultad pude mantener la compostura... ¿Cómo era posible que, a miles de kilómetros de Alemania, en lo más recóndito de África, rodeado por selva virgen y animales salvajes, escuchara de la boca de una mujer no blanca y totalmente desconocida mi apodo de niño en alemán: “Bubele”?

Solamente mi padre y mi madre solían llamarme cariñosamente Bubele en mi niñez. Esto sí que eran aires de antaño, de tiempos muy lejanos.

Muchos años habían transcurrido, y las costumbres habían cambiado. Para cuando nos encontramos con Gatai, ya no se usaba de ninguna manera este diminutivo para referirse a un adulto. Solamente el dialecto suabo, del sur de Alemania, transforma un Bübchen (“muchachito”) en un Bubele.

Gatai y Ronald, Konola (1978).

Sentí que se me escapaban las palabras:

–Sí... efectivamente... ¡Yo soy el Bubele!

–Dígame, por favor, ¿es usted Gatai? –pregunté, aunque la respuesta estuviera implícita.

–Sí, señor, soy yo... yo soy Gatai.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, sin poder –o sin querer– evitarlo, abracé emotivamente a esta pequeña y, en realidad, totalmente desconocida mujer. Gatai respondió sin ninguna timidez: estaba eufórica.

Pero lo que a continuación me esperaba era aun de mayor calibre. En forma totalmente inesperada, Gatai me tomó con ambas manos por la cintura y, sujetándose firmemente, comenzó a pisar el suelo, levantando alternativamente sus pies con un ritmo rápido. Al mismo tiempo, emitía un sonido alto y muy agudo, interrumpido por los labios o la lengua. Sonaba como: “¡Bi... bi... bi... bi... bi... bi...!”

¡Qué extraña situación! ¿Qué podría significar esto? ¿Cómo debía reaccionar? ¿Se trataba acaso de un ritual de alegría? ¿O, tal vez, tenía un significado vergonzoso para mí? ¿Era acaso un homenaje a mi persona?

Por encima del hombro, eché una mirada a Bruce. Pero solo le vi una sonrisa radiante y relajada. Aún más divertida parecía estar su esposa. De modo que de allí no podía esperar gran ayuda para detenerme y entender qué era lo que pasaba.

Mientras tanto, Gatai no cesaba con su baile. Todo este asunto, de alguna manera, se extendía demasiado para mi gusto. Para colmo de males, mientras ella bailaba, venían corriendo desde distintos lugares estudiantes de la escuela. Muy pronto estábamos rodeados por docenas de muchachos y chicas que gesticulaban alegremente y se esforzaban por emitir el mismo chirrido estridente y tan singular: “¡Bi... bi... bi... bi...!” ¡El mundo parecía fuera de control!

Danza: expresión de alegría y bienvenida.

Finalmente, las fuerzas de Gatai se agotaron. Sus manos soltaron lentamente mis caderas y ella se desplomó exhausta en el pasto.

Más tarde supe de qué se trataba aquello. El pataleo rítmico, acompañado por la imitación del grito de un conocido pájaro de la selva, era el más alto homenaje y cordial saludo que su tribu conocía. Era el mensaje de bienvenida bailado de la mujer de la selva; la expresión máxima de su afecto.

¡Liberia me había dado la bienvenida! El director quería mostrarme el campus y las instalaciones de la escuela. Invitó a Gatai a que nos acompañara. La entrada principal del edificio llevaba con letras blancas en relieve la inscripción: “Konola Academy – Seventh-day Adventist Church”. Altas palmeras de la época de los pioneros marcaban todo el trayecto de las calles y, desde el campanario, la vieja campana donada por iglesias alemanas en los años treinta seguía llamando para todos los servicios religiosos.

No muy lejos de allí, se encontraba sobre un pedestal el tambor de 2 metros de altura, un regalo de los nativos de Liiwa –una de las estaciones misioneras fundadas por europeos– a los pioneros. Los recuerdos seguían aflorando en mi mente.

Una gran capilla de arenisca blanca atestiguaba el crecimiento de la iglesia. Los hogares estudiantiles y las aulas constituían el centro neurálgico de la escuela, y la bandera de Liberia ondeaba en un mástil central.

En todas partes nos encontramos con jóvenes bien vestidos con uniforme de estudiante: una camisa de color gris claro con falda o pantalón azul. La disciplina y el orden entre los más de trescientos estudiantes era evidente. En la cocina estaba, como en los viejos tiempos, la olla de hierro negro sobre el fuego abierto, con el almuerzo para los alumnos.

Alumnas con el uniforme de la Konola Academy.

Además de la recorrida por la escuela de Konola, Gatai reservó una visita muy especial para mí: a la casa en la que habíamos vivido junto con mi familia, un lugar en el cual había quedado parte de mi historia y también de la suya. Los recuerdos que me apuntó Gatai resucitaron en mi mente una infinidad de anécdotas que hicieron revivir el pasado y más de una experiencia olvidada volvió a tomar forma. No solo era “mi día”, también era el “día de Gatai”.

Estación misionera Konola: la casa de los misioneros, edificada por pioneros en 1936.

Viaje a Liiwa

–Mañana tenemos que visitar sin falta Liiwa, tu lugar de nacimiento –dijo Roberts.

Liiwa había sido la segunda estación misionera fundada en el país.

–Para cubrir esta distancia antes los misioneros necesitaban unas dos semanas –nos dijo Gatai, en relación con el trayecto que íbamos a emprender–. Solía ser una caravana de hasta treinta hombres de carga. La señora, tu madre, generalmente viajaba en una hamaca. Yo siempre los acompañaba, ya que conozco esa región –explicó.

Ahora, con auto, podían cubrirse en solo dos horas los 110 kilómetros hasta la ciudad de Gbarnga, la capital de la provincia. Allí tuvimos que dejar el vehículo, porque solo por senderos de densa selva se podía llegar hasta la antigua estación misionera: Liiwa. Gatai era de esta zona. Para mi gran sorpresa y consternación, se quitó súbitamente toda la ropa y se quedó solo con un taparrabos –llamado lappa entre los nativos–, la vestimenta natural de su tribu.

–No me entenderían de otra manera –fue su comentario, ingenuo y seco, al notar mi sorpresa.

Estación misionera Liiwa (1935).

La agotadora caminata, cuesta arriba y en el calor del mediodía, me exigía al máximo. Gatai, por su parte, caminaba ágil y liviana a mi lado, entreteniéndome con recuerdos, a la vez que se empeñaba con solicitud en ayudarme, cuando mi calzado quería resbalarse en los húmedos puentes, llenos de moho, construidos con troncos de un árbol.

Inesperadamente, el bosque se abrió y salimos a un claro, una plataforma que permitía la vista sobre un vasto valle. Sobre una colina cercana se veía una alargada choza de barro, con techo de paja.

–Esa es nuestra escuela, la escuela de la Misión –dijo Gatai con orgullo.

Tres docenas de alumnos formaban una fila ordenada junto a su maestro y sobre ellos flameaba la bandera de Liberia. Era evidente que nos habían estado esperando. Cada uno vestía camisa y pantaloncito, y todos ellos tenían una Biblia en la mano.

–¿Cómo sabían ustedes que vendríamos hoy? –le pregunté al maestro.

–Oh, Míster Bubele, Recibimos la noticia con un mensaje del tambor que nos enviaron desde Konola –me explicó.

Giré y miré a los ojos de Gatai buscando comprender aquella respuesta. Mientras me miraba, murmuró con algo de vergüenza:

–Sí, Míster Bubele, fui yo.

Evidentemente había sido ella la que, sin consultar a Míster Roberts, hizo los arreglos para pasar el mensaje de aviso a su tribu mediante un código basado en el tambor.

El maestro de la escuela resultó sorprendentemente bien informado sobre el desarrollo histórico de las misiones adventistas en el país.

–Como parte de la enseñanza para los niños repetimos cada semana la historia de los pioneros. Cada niño sabe de memoria en qué forma se establecieron las diferentes estaciones misioneras. ¿Quiere escucharlo? –me preguntó.

Con visible satisfacción, llamó a un alumno de entre las filas y este repitió con voz clara cómo había sido la llegada del misionero Massa Noltze, en una barcaza, a la costa de Liberia. Era evidente: la trasmisión oral consecuente había logrado conservar cada uno de los detalles del pasado.

¡Impresionante! Escuchar de labios de un niño liberiano el relato de cómo mis padres habían arribado a su país fue algo conmovedor. ¡Estaba fascinado!

La casa principal de los misioneros en Liiwa ya no existía. Había sido incendiada y destruida por los hechiceros de la tribu de los Kpelle –un grupo étnico de la zona– a mediados de los años treinta. Pregunté a Gatai por el sitio.

–Conozco perfectamente el lugar donde ha estado ubicada la “gran casa blanca”, pero ahora está todo invadido y cubierto por los matorrales de la selva –me respondió.

De todas maneras, no me rendí e insistí:

–Quisiera ir a ese lugar, vayamos a esas ruinas, por favor.

Con machetes, algunos hombres de la zona nos abrieron laboriosamente el camino. Cuando llegamos, comprobé que Gatai estaba bien informada. Me encontré parado frente a los restos carbonizados de lo que alguna vez había sido mi lugar de nacimiento: allí estaban los hierros retorcidos y oxidados de la cama de mis padres, una cocina de hierro fundido con una todavía legible inscripción de “Stuttgart” y un pequeño montículo más alto y extendido de cenizas de lo que había sido una gran casa hecha de troncos.

¡Había llegado a la meta de mi viaje! Este había sido el desafío: las expectativas se habían cumplido. No sé durante cuánto tiempo permanecí en cuclillas, ensimismado, recordando lo que había sido y lo que ya no era más...

–No estés triste... –dijo Gatai con voz suave.

–Gracias –fue lo único que logré musitar.

Estaba emocionado ante estos mudos testigos. Ellos me hacían recordar a los intrépidos pioneros, quienes habían venido a este país para traer al pueblo liberiano el mensaje de un Redentor que los ama. Entre ellos estaban mis propios padres. Su confianza en Dios había sido más fuerte que el temor a los nativos incivilizados; más fuerte que el miedo a la selva, los animales salvajes y al calor tropical. Habían puesto fundamentos, con la certeza de que, con la ayuda de Dios, otros se encargarían de la cosecha.

Con el tiempo, las estaciones misioneras –sencillas, aunque bien organizadas– se desarrollaron. Seminaristas nativos, hijos de la misma tierra, fueron entrenados como pastores y continuaron con la labor. De los vacilantes comienzos resultaron escuelas reconocidas, una universidad, un hospital y una gran cantidad de iglesias adventistas en todo el país.

Mirada retrospectiva

¿Cuál fue la estructura social desde la cual Europa tomó la decisión de enviar misioneros a la costa atlántica de África? ¿Qué motivó a los pioneros para enfrentar semejante desafío de llevar el evangelio de Cristo a estos países tropicales? ¿Cómo fueron realmente las experiencias que vivieron estos hombres y mujeres junto a Dios?

Esta visita improvisada me permitió dirigir una mirada retrospectiva hacia una época prácticamente olvidada de Liberia. Y, al hacerlo, las preguntas sobre aquel pasado comenzaron a brotar en mi mente.

Las vivencias del viaje me impulsaron a reconstruir –pa­ra ti, apreciado lector– los años llenos de sacrificios y ricas experiencias de los primeros intrépidos misioneros en la costa occidental de África. De ello se tratan las próximas páginas.

Ronald Noltze de visita en Monorvia (1978). Pastor Harding, Secretario de la Misión de Liberia de la IASD. Bruce Roberts, Director de la Konola Academy.

Capítulo 1

Liberia, el campo misionero virgen en la costa atlántica de África

La Primera Guerra Mundial había terminado. Europa trató de recuperar su vida normal, pero los tiempos de la posguerra resultaron ser años por demás turbulentos.

Por un lado, hubo diversos conflictos políticos, pero fue la crisis económica la principal responsable de que se paralizaran los Estados del centro de Europa. Cinco años después de la rendición, Alemania se confrontó en 1923 con una hiperinflación nunca imaginada, la cual quitó a la gente hasta sus últimas posesiones. El desorden financiero se extendió paulatinamente a otros países y terminó, finalmente, en la crisis económica mundial que comenzó en 1928 (la cual estallaría al año siguiente y recibiría el nombre de La Gran Depresión).

Paralelamente, se notaba un cambio en la mentalidad del pueblo. Conceptos religiosos cristianos, que antes nunca habían sido puestos en tela de juicio, comenzaban a ser cuestionados. El proceso era complejo: mientras unos lo incitaban, otros lo veían con malos ojos. Paulatinamente, se llegó a una incertidumbre generalizada.

La escala de valores del cristianismo había sufrido una incisión notable, con la cual la mayoría tenía serios problemas. Una búsqueda por el retorno a las viejas raíces de estabilidad, nobleza y confianza se palpaba en todos los niveles y la gente encontraba estos postulados en la religión y en la fe cristiana. Las iglesias comenzaron a ser frecuentadas otra vez, las casas de oración se llenaron y los diferentes credos experimentaron un crecimiento repentino.

También los adventistas del séptimo día, cuyas raíces provienen de la Reforma y de los movimientos de reavivamiento del siglo XIX, se beneficiaron con este despertar religioso. Un intenso deseo por la actividad misionera impregnó sus filas. Los miembros de las iglesias tuvieron el anhelo de trasmitir a otros el mensaje del evangelio. Y esto involucraba tanto actividades en los propios países europeos como también esfuerzos misioneros extendidos a países lejanos, los cuales fueron apoyados e incentivados con mucho entusiasmo.

En 1926, la dirección general de la Iglesia Adventista en Europa Central decidió iniciar un programa de “campos misioneros nuevos”.

Desde hacía muchos años existían misioneros alemanes en África del este. Cerca del monte Kilimanjaro, en las montañas de Pare de Tanzania, se había establecido en 1903 la estación misionera Friedenstal. Otras instituciones la siguieron. Misioneros del norte de Europa y otros de los Estados Unidos fueron enviados a los más diversos países del globo. Aquella fue una época floreciente para las misiones en ultramar. Ahora, las miradas se dirigían a África occidental.

En una empresa mancomunada de Europa del Norte y Europa Central se acordó enviar voluntarios con el fin de establecer estaciones misioneras en Liberia. El secretario de las misiones inglesas, J. Read, y el alemán Walter K. Ising fueron los encargados del proyecto. Ante todo, tomaron contacto con el Gobierno de Liberia y lograron que este donara, generosamente, dos grandes terrenos a la iglesia. Estaban localizados no muy lejos de la costa, en la provincia de Grand Bassa. La primera condición básica para poder iniciar el proyecto había sido alcanzada. La siguiente tarea, un tanto más delicada, consistía en la búsqueda de jóvenes ministros, adecuados y capacitados para enfrentar el desafío de la misión.

En el transcurso de los siguientes catorce años, la iglesia extendió invitaciones para el “servicio como misionero en Liberia” a varios pastores. Ernst Flammer y Rudolf Helbig, de Alemania, fueron dos de los primeros en responder afirmativamente al llamado. Los siguieron Karl Noltze y Rudi Reiter. Más tarde, el teólogo Toivo Ketola se integró al grupo. Entre 1927 y 1941, estos hombres, junto con sus familias, pusieron los fundamentos para la iglesia en el país. Establecieron en la impenetrable selva liberiana tres estaciones misioneras: Palmberg, Liiwa, Konola y una sede central en la capital nacional, Monrovia.

Enviado como misionero a Liberia

Cada vez que misioneros venían de sus campos en ultramar y contaban sus vivencias y experiencias, los corazones de sus oyentes latían más rápido. Países lejanos, pueblos desconocidos y, sobre todo, la vida de un misionero en el frente de batalla escuchada de primera mano abría los corazones. El efecto no fue diferente entre los estudiantes del Seminario Teológico Marienhöhe, en Alemania. Más de un candidato al ministerio pastoral soñaba con ser también uno de estos intrépidos misioneros.

Para algunos de ellos, el deseo se convertiría en el desafío de sus vidas. Cada vez que se aproximaba el final del año de estudios, la dirección del seminario ofrecía a los alumnos dos alternativas: un llamado como pastor asistente en una iglesia en Alemania o tareas en algún campo misionero.

Los dos primeros que eligieron un llamado al extranjero fueron los antes mencionados Flammer y Helbig, quienes viajaron a Liberia en la primavera de 1927. Los informes que enviaban eran alentadores. Sin embargo, se podía leer entre líneas que la tarea encomendada era casi imposible de abarcar. Los líderes de la Iglesia se convencieron muy pronto de que hacían falta más manos. Al aproximarse el fin de los estudios, el director Schubert hizo llamar al seminarista Karl, de 23 años, a su oficina. El joven se preocupó, y no poco: una cita con el director siempre tenía una connotación especial. Karl, quien admiraba al director, no podía imaginarse que aquella charla derivaría en el cumplimiento de sus deseos más profundos.

–¡Noltze, la dirección de la Iglesia tiene un llamado especial para ti!

El mensaje de recepción para el estudiante de Teología fue corto, preciso y al punto.

–Hemos pensado en ti porque ha surgido la necesidad de enviar, todavía en este año, un misionero más a Liberia. Estamos convencidos de que eres el hombre para esta tarea. Puedes meditarlo y darnos el aviso de tu decisión –agregó el director, quien esperaba, con aquella sorpresiva oferta, dar la charla por cerrada.

Karl F. Noltze, graduado de teología (1927).

La idea de ser eventualmente un misionero había rondado durante bastante tiempo por su mente. Más de una vez había abierto su corazón a Dios y presentado en sus oraciones este deseo. Por eso, aunque el ofrecimiento que acababa de recibir era completamente inesperado en aquel momento, Karl estaba interiormente preparado para hacer frente a los desafíos que demandaba llevar el evangelio a una tierra remota.

El joven seminarista se puso en pie y, antes de dar un paso, dejó perplejo al director:

–Pastor Schubert, gracias por escogerme: ¡acepto el llamado! No necesito tiempo para meditar al respecto –respondió.

–¿Estás realmente seguro de lo que me dices, Noltze? –indagó, algo escéptico, Schubert–. ¿Te parece prudente esta rapidez? ¿No quieres tomarte algún tiempo?

–Sí, pastor, estoy absolutamente decidido. Estoy listo y acepto –reiteró su respuesta.

Tiempo después, en el certificado de graduación de Karl se leería: “Llamado como misionero a Liberia, África occidental”.