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Personajes muy singulares los profetas de Israel. Uno por uno, les pongo rostro y voz, para que nos hablen en primera persona. Cada uno nos dice: ¿queréis saber cómo me fue en la vida?, ¿por qué me tocó gozar, sufrir, pensar, hablar, dudar de Dios y protestar, desesperar, esperar? Os abro mi corazón; os descubrirá algo del vuestro. Más que sus palabras, nos hablan sus personas y sus vidas. Nos cautivan, nos remueven, nos hieren y sanan, nos denuncian nuestras mentiras e ídolos, nos invitan a la esperanza... De ahí su valor testimonial, enorme y actual. Nos ayudan a leer nuestro corazón en su complejidad, nuestra sociedad moderna con sus enormes contradicciones, la Iglesia con sus páginas bochornosas. Un camino para madurar en nuestra fe y en nuestra esperanza, tan heridas.
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Seitenzahl: 409
Veröffentlichungsjahr: 2021
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José Luis Elorza
Me llamo…
Profetas de la Biblia: vidas que hablan
La Biblia no es un libro de ideas y dogmas religiosos. Habla de experiencias vividas por hombres y mujeres de carne y hueso, hijos de un pueblo original, Israel-Judá. Nos presenta rostros humanos, corazones sensibles, historias vividas.
«Me llamo Oseas, me llamo Isaías, me llamo Gómer…»: a partir de lo que nos dice la Biblia, a cada uno le dejo hablar en tono personal, autobiográfico, testimonial. Cada uno nos dice: ¿queréis saber cómo me fue en la vida?, ¿cómo y por qué me tocó gozar, sufrir, pensar, hablar, dudar, lamentarme en la vida, quejarme ante Dios, llorar, desesperar, esperar? Os abro mi corazón, probablemente os haga descubrir algo del vuestro. ¡Y cuánto se parece mi tiempo a vuestro tiempo!
En este volumen, casi todos son profetas. Vivieron y actuaron hace 3.000-2.000 años, entre 1.000 y 300 años antes de Cristo. Con todo, ¡qué actuales! Han sobrevivido en los libros de la Biblia. En ellos, nos narran sus experiencias de todo género: gozosas, penosas, dulces, hirientes... Experiencias consigo mismos, con la sociedad de su tiempo, y con su Dios Yahvé: ¡un Dios a menudo inescrutable, desconcertante! Nos cautivan, unos más que otros (como Jeremías, Oseas…). Y nos remueven por dentro, nos estimulan, nos hieren y sanan, denuncian nuestras mentiras e ídolos, nos invitan a la esperanza...
«Me llamo...». Cada uno de ellos se nos confiesa, como si nos hablara por encima de toda distancia en el tiempo. Hablándonos de sí, nos permiten entrar en su corazón. Y nos hacen de espejo: nos ponen a mirarnos y reconocernos en ellos. ¡Tan humanos ellos! Nos ayudan a leer y comprender este corazón nuestro, habitado por alegrías y temores, luces y sombras, frustraciones, dudas, errores, esperanzas. De algunos sabemos poco, pero su mensaje leído entre líneas ¡sugiere tanto!
Hablándonos de su tiempo, nos hablan del nuestro: de nuestras sociedades, con sus logros, injusticias y contradicciones; de nuestra Iglesia, con sus tentaciones, fallos y torpezas; y de esta humanidad de los siglos xx-xxi, con su admirable progreso y sus enormes absurdos. Siendo testigos de su tiempo, nos hacen de testigos del nuestro. ¡Actual e interpelante su palabra de hace 2.000-3.000 mil años!
Señalo unos pocos libros que pueden ayudar a completar lo expuesto en este:
Albertz, R. Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento. Madrid: Trotta, 1999. Dos tomos, 912 pp. (Obra ambiciosa, muy interesante).
Alonso Schökel, L. – J. L. Sicre. Profetas. Comentario. Madrid: Cristiandad, 1980. Dos tomos, 1374 pp. (Más ambicioso y largo).
Elorza, J. L. Drama y esperanza. Lectura existencial del Antiguo Testamento. Tomo II: Un Dios desconcertante y fiable. Libros proféticos. Estella: Verbo Divino, 2016. 410 pp. (Es la base de este libro).
Farmer, W. R. et ál. Comentario Bíblico Internacional. Estella: Verbo Divino, 1999. 1728 pp. (Ecuménico).
González Faus, J. I. Vicarios de Cristo. Madrid: Trotta, 1991. 366 pp. (Antología de textos cristianos sobre la justicia. Muy bueno).
Guijarro, S. – M. Salvador (dirs.). Comentario al Antiguo Testamento. Madrid-Estella: La Casa de la Biblia-Verbo Divino, 1997. Tomo II, pp. 13-391 (Básico, breve).
Kessler, R. Historia social de Israel. Salamanca:Sígueme, 2013.
Leclerc, E.El pueblo de Dios en la noche. Santander: Sal Terrae, 2004 (Precioso para captar la crisis del pueblo judío en el siglo vi).
Nocquet, D. El Dios único y los otros dioses. Esbozo de la evolución religiosa del antiguo Israel. Estella: Verbo Divino, 2012. Cuaderno Bíblico 154. 64 pp. (Cuánto le costó a Israel llegar a ser monoteísta).
Sicre, J. L. Con los pobres de la tierra. Madrid: Cristiandad, 1985. 506 pp. (Excelente comentario de los textos sobre la justicia social en los profetas de Israel).
–. Profetismo en Israel. El profeta. Los profetas. El mensaje. Estella: Verbo Divino, 1992. 572 pp.
Sierra Bravo, R. El mensaje social de los Padres de la Iglesia. Selección de textos. Madrid: Ciudad Nueva, 1989. 564 pp.
Me llamo
Natán
No fui de los grandes profetas de Israel y Judá que vinieron después. Con todo, también yo me sentí llamado a hablar y actuar «en nombre de Dios». Y nada menos que ante el rey David, en Jerusalén, por los años 1000 a. C. De ordinario, los «profetas cortesanos» se vendían al rey y a sus intereses, decentes o indecentes, pues vivían a su costa. No miraban tanto los problemas y sufrimientos del pueblo. Pero yo, siendo uno de ellos, no me vendí al rey y a sus intereses. Os lo cuento.
1. De forajido a rey
¿Habéis oído hablar de David? Se había convertido en el primer rey del reino de Judá, capital Jerusalén. Fue una figura brillante. Nacido en Belén, una insignificante aldea, era el menor de una familia numerosa, pero llegaría a ser el más ilustre. Comenzó a forjarse, ya desde zagal, como pastor de ovejas en el desierto de Judá, luchando por su vida y por la de las ovejas de su padre. Joven aún, se apuntó a formar parte de la guardia del rey Saúl, recién constituido rey de las vecinas tribus de Israel: fue su primer paso para trepar. Al poco tiempo, en un duelo a muerte, venció, armado solo con una honda y un guijarro del río, al gigante filisteo Goliat: algo que le dio prestigio.
Sus brillantes dotes personales y sus actuaciones lo aupaban ante la gente. El rey Saúl le tomó ojeriza terrible, hasta odiarlo y querer eliminarlo: lo temía como rival y posible usurpador. David hubo de huir de la corte de Saúl, viniendo a ser un habiru: un proscrito de la sociedad, un perseguido que se echa al monte para sobrevivir y salir adelante en la vida como fuera. Verdadero líder, consigue constituirse en jefe nato de otros habiru, igualmente proscritos, peligrosos forajidos como él: «se unieron a él todos los que se encontraban en aprietos, los que tenían deudas y todos los desesperados; David se hizo jefe de todos ellos: eran unos cuatrocientos». Con ellos, formó una aguerrida tropa de gente obligada a vivir como fuera: del saqueo, de la extorsión, de venderse como mercenarios al servicio de reyes vecinos.
Muy sagaz, practica métodos mafiosos con gran astucia: mientras se dedica a la extorsión y al pillaje, protege a campesinos y ganaderos amenazados para ganarse su favor, hace justicia a gente indefensa, distribuye el botín con el mismo fin. ¡Un Robin Hood o Curro Jiménez de vuestros tiempos! Tras ganarse la confianza de los habitantes de la zona, consiguió ser reconocido rey de su tribu de Judá. A los pocos años, trepando y jugando siempre astutamente y a costa de vidas ajenas, llegó a ser rey de un doble reino: Judá e Israel. Hombre de gran talento y fuerte atractivo personal, se había labrado su doble corona real a golpes de habilidad, crueldad, suerte y oportunismo. Con este David, encumbrado al poder desde la nada, me tocó lidiar como profeta.
(Textos bíblicos comentados: 1 Sm 17–21; 22–23; 27–30)
2. «Ese eres tú»
Yo era profeta en su corte de Jerusalén. Pero no me vendí a sus propósitos y pasiones personales. La justicia estaba por encima de mí mismo y del rey. Y llegó un momento en que me enfrenté a él. David no era un santo precisamente, como creen muchos. Os cuento la historia: se podría hacer una película con la misma. Una tarde, después de la siesta, David subió a la terraza; desde la misma, vio a una mujer bañándose; era muy bella. ¿Estaba ella tan inocentemente a la vista de David? Este tenía no sé cuántas mujeres, pero se le encendió la pasión. Preguntó por ella: era Betsabé, la mujer de Urías, un oficial de su ejército que se hallaba lejos, en la guerra contra los amonitas (actual Ammán). La hizo llamar, y se acostó con ella. Así de fácil, sin escrúpulos.
Pero sobrevino un problema delicado. Betsabé avisó a David: he quedado embarazada. David, siempre artero, tramó al momento su estrategia. Mandó llamar a Urías. Llegado este del frente, informó a David de la marcha de la guerra. Luego, David le dijo: «Vete a tu casa, lávate, descansa…». Pillo él, esperaba que se acostara con su mujer Betsabé; de este modo el hijo se atribuiría a Urías. Pero este era todo un tipo: en lugar de ir a su casa, pasó la noche con los soldados de guardia, diciendo: «Mi general y mis soldados luchando en el frente y acampando al aire libre; ¿y yo voy a ir a mi casa a comer, beber y acostarme con mi mujer? Por Dios y por mi rey, nunca haré tal cosa». Honrado, y más fiel a su profesión y a los suyos que el rey a la suya; por desgracia, esta buena gente viene a ser insoportable para los sinvergüenzas y corruptos.
Enterado David, quedó intrigado. Buscó más tretas para que Urías fuera a su casa, pero no lo consiguió. Y como una cosa lleva a otra, tramó el crimen. Con el mismo Urías, envió un encargo al general del ejército: debía trabar batalla con los amonitas y, en la misma, tender una trampa a Urías para que acabase muerto. ¡Dicho y hecho! Así murió un inocente y justo, por las malas artes de un rey, sin moral ni vergüenza, y por la complicidad de otros como él. No os cuento todo el teatro que armó David para disimular su fechoría. Acabó alabando al general que había obedecido sus injustas órdenes. ¿No os parece?: el mal a menudo es una red. Betsabé (¿también ella por comedia?) se puso de luto por algún tiempo. Pero bien pronto se arrimó a David. ¿Qué había en el corazón de él?, ¿y en el de ella?
¡Historia muy humana, de película! ¡Las ha habido similares y las hay tantas! Pero la Biblia no es prensa amarilla; no las cuenta para satisfacer el morbo de la gente. «Lo que había hecho David desagradó a Dios», se dice en la misma. Más que un pecado sexual, se había cometido un atentado al honor de un hombre fiel y justo, deshonrando a su mujer; encima se le había agasajado para engañarlo y utilizarlo; por fin, algo peor: se había atentado contra su vida, con violencia y sangre de por medio. Dios me envió a mí, su profeta, para que desenmascarase la verdad: lo mío, lo propio de todo profeta, era denunciar la mentira y la violencia. Me presenté a David y le canté la verdad. Lo hice cara a cara, sin remilgos, pero con fina astucia, como hacemos los orientales. Había que hacerle caer en la cuenta de la barbaridad que había hecho y que lo reconociese. Me inventé una historia para tenderle una sutil trampa. Se la conté:
Había en una ciudad dos hombres: uno muy rico, con muchas ovejas y vacas; otro, muy pobre: tan solo tenía una corderilla; la había comprado y la había criado como a sus propios hijos, haciéndole comer y beber de su propia escudilla, y dormir en su seno: «era como una hija para él». Un día llegó un huésped a casa del rico. Este, para agasajarlo, en lugar de coger una oveja de las muchísimas que tenía, «robó al pobre su corderilla y se la sirvió al huésped».
Al oírlo, David se enfureció y reaccionó al instante: «¿Quién es ese? Merece la muerte». Yo le dije inmediatamente: «Ese hombre eres tú». David cayó en la cuenta y quedó de piedra. Yo añadí: «Por mi boca, Dios te dice: Te he hecho favor tras favor a lo largo de tu vida; te he salvado de las manos de tu perseguidor, Saúl; te he hecho rey de dos pueblos; ¿y tú me correspondes haciendo algo que me desagrada profundamente? Has matado a Urías y has tomado a su mujer. Atentando contra él, me has despreciado a Mí, que velo por toda vida humana. No puedo menos de pedirte cuentas…». He de decir que David no se cerró a mis palabras. En su corazón había un rescoldo de fe en Dios y de conciencia moral: ambas se le despertaron ante mis palabras; y lloró amargamente. Había desagradado a Dios, pero volvió a su verdad.
Dios se había servido de mí para despertar en el corazón de David la conciencia de lo que está bien y de lo que está mal. No se puede jugar ni con Dios, en el que crees, ni con el prójimo: su vida, su dignidad, su derecho a la felicidad con la mujer o el hombre de su vida son sagrados. Unos veinte años antes, Samuel había cantado la verdad al primer rey de Israel, Saúl: hacer la voluntad de Dios es más importante que ofrecerle ofrendas y sacrificios. Yo, profeta de Dios, no podía menos de cantar la verdad a quien fuese: pequeño o grande, súbdito o rey. David se había pasado; arrastrado por su pasión, había hecho un uso abusivo de su poder, atentando contra el honor y la vida de un inocente. Yo actuaba como testigo de un Dios defensor de los derechos de las personas frente al poder político.
(Textos bíblicos comentados: 2 Sm 11–12; para ampliar el tema: 1 Sm 8; Dt 17,14-20)
3. «¿Tú a Mí?; no, Yo a ti»
Hubo otro momento histórico en que me tocó dirigir mi palabra a David. Este había conquistado Jerusalén (¡con gran astucia por cierto, era un gran estratega!). La constituyó y llamó «ciudad de David», en la capital civil de su reino. Y como religión y política iban siempre unidas, la constituyó también en «ciudad de Yahvé», en la capital religiosa de todas las tribus que componían su reino. Jerusalén capital venía a ser lugar de unión y confluencia para todos. Para lograrlo, trasladó el «arca de la alianza» a la misma. Esta seguía siendo un símbolo religioso nacional importante: el signo de la presencia de nuestro Dios Yahvé entre nosotros. Desde nuestra etapa de seminómadas, trashumantes habitando en tiendas, nos sabíamos acompañados por Yahvé en nuestro caminar incesante. David quería una digna morada para el arca de Yahvé. Y pensó: «Yo tengo un palacio, pero no hay un templo para nuestro Dios Yahvé; voy a edificárselo». Junto al palacio para el rey, un templo para el Dios de la nación. La intención era buena, pero siempre ha sido peligroso el maridaje entre religión y política, entre Dios y los propios intereses.
Su plan parecía encomiable, religioso. En un primer momento, apoyé a David en su idea. Un templo a sus dioses lo tenían todos nuestros pueblos vecinos. Por eso le dije: «Haz lo que te propones, porque el Señor está contigo». Pero nuestro Dios Yahvé era diferente en su modo de relacionarse con los humanos. Y me hizo cambiar de visión y de idea. Dios me dijo:
«Ve a decir a mi siervo David: ¿tú me vas a edificar una casa (templo) para que Yo habite en ella? No, no quiero que me encierres en ella, como lo hacen los demás pueblos con sus dioses. Soy un Dios viviente: no necesito de templo alguno. Mi lugar son todos los espacios del mundo. Lo mío no es estar atado a un lugar, sino ser un Dios que acompaña a los seres humanos, allí donde viven la aventura de su vivir. He sido un Dios peregrino, caminante con vosotros caminantes, desde que salisteis de Egipto.
»Y mira tu propia vida, lo que he hecho contigo: de ser pastor de ovejas en el desierto, te he hecho el pastor y rey de mi pueblo; he estado contigo en todas tus empresas. Mirando al futuro, te daré paz con todos tus enemigos; contigo, mi pueblo Israel vivirá feliz en este lugar. Más aún, de ti sacaré una dinastía: realizaré tu sueño de que te suceda un hijo salido de tus entrañas como rey de Israel y Judá. No me construirás a Mí una casa-templo; lo contrario, seré Yo el que te dé a ti una casa-dinastía real; y “tu dinastía y tu reino subsistirán para siempre; tu trono se mantendrá firme para siempre” para bien de mi pueblo».
(Textos bíblicos comentados: 2 Sm 7,1-17)
4. ¡Buena noticia!
¡Qué palabras las de Dios a David! Ninguno en nuestra historia las había oído semejantes. Dios se había servido de los sueños de grandeza y gloria de David para darnos lo que más necesitábamos en la nueva etapa de la historia. Yo mismo, Natán, me sentía sobrepasado por la promesa que hacía Dios a David por mi boca. Era un «evangelio», una buena noticia: para David y para todo el pueblo. ¡Algo totalmente novedoso! Tras salir de Egipto, nos había costado dos-tres largos siglos llegar a tener una tierra para vivir de sus riquezas y cosechas y constituir un pueblo unido, fuerte, organizado. Tras muchas penalidades y divisiones, Dios nos lo había concedido mediante David: de ser un pastor de ovejas, lo había hecho rey, para nuestra prosperidad y seguridad. Con él, por los años 1000, iniciábamos una etapa nueva en nuestra historia. Las palabras de Dios por mi boca significaban que Él seguiría cuidando de nosotros mediante una familia o dinastía real. Él nos acompañaría en nuestras generaciones futuras, mediante sucesivos «hijos de David». Dios respondía así a una pregunta nuestra muy existencial: ¿tendríamos una institución monárquica que velase por el pueblo?, ¿una dinastía real permanente, que consolidase su reino y nos diese una paz estable, frente a todos los enemigos posibles? Dios, mediante mis palabras, había salido al paso de nuestra inquietud. Y sería fiel a su promesa.
Ante mis palabras, David entendió: a Dios le interesaba más su pueblo que un templo a Él. En el centro del corazón de Dios estaba su pueblo y su futuro. David, tras escuchar mis palabras, se puso a cantar a Dios, de pura alegría y gratitud. Estaba admirado por tener semejante Dios, y le suplicaba con confianza: «Cumple, Señor, por favor, tu Palabra: confío en Ti y en tu fidelidad a tu pueblo». Escucharlas y creerlas era más importante que levantar un templo a Dios. Dios había regalado su presencia cuidadora a David a lo largo de su pasado; ahora, por medio de él, se la regalaba al pueblo para que viviera confiado y seguro en el futuro. No se trata de dar algo a Dios o hacer algo por Él, sino recibir de Él lo que ofrece al ser humano. La religión que Dios quería de David, de nosotros y de todo ser humano es: recibir lo que Él nos quiere dar y corresponderle con fe agradecida y admirada, confiada y responsable. Ante Dios, más que dador generoso, le toca ser mendigo suplicante y agradecido.
(Textos bíblicos comentados: 2 Sm 7,17-29)
5. ¡Lo que le cuesta a Dios!
Siendo profeta de Dios, yo mismo fui el primero en aprender cosas importantes acerca de Dios y de nuestro pueblo Israel-Judá. Os digo algunas.
Primero, el personaje David. Me hizo pensar mucho: ¡trepador, astuto, vengador y violento, impulsivo, mujeriego, creyente en Dios a su manera! Cuando lo conoces, primero piensas: ¡de qué pasta estamos hechos los humanos! Somos capaces de todo con tal de auparnos y de conseguir poder, prestigio, gloria. Luego pasas a preguntarte: ¿cómo es que Dios se sirve de personajes como David para enderezar y mejorar este mundo torcido o amenazado? ¡Y si, junto a él, miramos a tantos hombres y mujeres de la Biblia, que pertenecen al así llamado «pueblo de Dios»…!
Recuerdo personajes bochornosos de nuestra historia: Ehud, Abimélec, Jefté, los benjaminitas, Saúl, Jehú… ¡Qué elementos!, ¡qué comportamientos los suyos! ¡Y si traemos a la memoria los que ha habido entre vosotros, los cristianos, en vuestra larga historia de dos mil años…! Comenzando por los discípulos de Jesús: uno lo niega, otro lo traiciona, los demás lo abandonan. Y continuando por los de vuestra (llamada) «Iglesia santa»: gobernantes cristianos y hombres de Iglesia autoritarios, violentos, mujeriegos… A veces pienso: ¡qué poco habéis aprendido de Jesús de Nazaret! ¡Él, admirable; vosotros…! Hombres y mujeres de ambos pueblos de Dios estamos hechos de barro sucio: ¡cuánto lodo en nuestras historias!
Ya lo veis: nuestra Biblia es Palabra de Dios; hay bellas y hondas páginas en ella, y personajes admirables. Pero no es propiamente un libro espiritual, con personajes modélicos e historias ejemplares. Está llena de páginas de violencia, astucia, ambición y ansia de trepar, sexo, complots y traiciones, líos familiares, aplastamiento de los otros, Dios y la religión sometidos a intereses políticos, guerras santas en su nombre... Os recomiendo leer precisamente la historia de David y de sus familiares y allegados (1 Sm 16–1 Re 2): ¡lo que costó a Dios domar a David poco a poco y educar su corazón! La Biblia nos presenta personajes muy humanos que se mueven a ras de tierra. Y como los padres con las cacas de sus hijos, Dios aparece ensuciado y pringado con nuestros barros. No, la Biblia no es libro espiritual; sería para ángeles que no pisan este mundo, no para los humanos que nos movemos a ras de suelo. La Biblia es también palabra muy humana que nos ayuda a leernos y comprender el misterio que somos cada uno.
El comportamiento descarado de David contra el honor y la vida de Urías me llevó a pensar también otro punto. No pude menos de meterme con él, por más rey que fuese: antes están las vidas y derechos de sus súbditos que sus intereses, pasiones y caprichos personales. Y pensé: si los humanos carecemos de una conciencia lúcida en el corazón, se nos desatan las pasiones. Unas veces, la pasión sexual; otras, la codicia de acumular más y más, o la ambición y el ego nunca satisfechos, o un subido narcisismo… Nos ciegan y dominan, como a David. Sobre todo, si ocupo un puesto que se presta a ello. Lo veía en mi tiempo y lo veo en el vuestro. La religión se adultera, se falsea, se desvirtúa. Deja de ser espacio de encuentro con Dios y con el prójimo. Os invito a conocer a los profetas que me siguieron: ¡qué críticos con los poderosos que oprimen a la gente sencilla y buena, expuesta a abusos de toda clase!
6. «Todo es mío. ¿Qué podéis darme?»
Como os he dicho, de parte de Dios corregí a David en otro momento, por su plan de levantar un templo a Dios en la capital Jerusalén. Su idea parecía religiosa y devota, pero, en el fondo, pretendía satisfacer su afán de gloria, ¡un afán vestido de religión! (como su hijo Salomón, al edificarlo unos treinta años más tarde). ¿No era, además, un modo de comprar a Dios, de adquirir derechos ante Él para tenerlo a su favor en sus empresas, buenas o malas? Detrás de mucha religión, ¡cuántos intereses muy humanos y poco auténticos! ¡Qué tentación, de gobernantes y pueblos, de utilizar la religión y el nombre de Dios para conseguir gloria personal o nacional, o para fines político-militares, colonizadores! Se levantan catedrales monumentales, o suntuosas mezquitas, para la grandeza de la ciudad, para la admiración de los turistas. A menudo, sirviéndose de prisioneros, esclavos, obreros mal pagados (como el Valle de los Caídos); y cerrando los ojos a la chabolería y pobreza de la población.
Con todo, las palabras de Dios a David: «No tú a Mí una casa-templo, sino Yo a ti una casa-dinastía para el futuro de tu pueblo», me llevaron a pensar más. Busqué su sentido más profundo: nuestros mejores sentimientos y pensamientos espirituales no son, a menudo, los de Dios. Creyentes de mi tiempo y del vuestro creen que la religión consiste en hacer algo a Dios o por Dios: levantar un lugar de culto, ofrecerle ofrendas y sacrificios, organizar procesiones y encender velas, escribir un libro espiritual, entregarle la propia vida en celibato… ¡Ideas muy buenas! ¡Y con todo…! Llegué a comprender: nuestra religión bíblica es, ante todo, escuchar la Palabra de Dios, dejarte dar vida por Él, creer que te acompaña en todos tus caminos, ser perdonado, ser llevado siempre más allá de ti; y como respuesta por tu parte, confiar en Él, asombrarte por semejante Dios que ama y cuida de los humanos, vivir agradecido a Él, haciendo su voluntad. ¡Qué bien lo da a entender David, en su oración de gratitud a Dios!
Aunque hayas hecho maravillas en tu vida, con los años te das cuenta de que lo que ha hecho Dios por ti y en tu vida es mucho más; y es más decisivo que lo que tú has hecho por Él. Siglos más tarde, por boca de un profeta, Dios dirá:
«Todo lo que existe, en cielo y tierra, lo he creado Yo; ¿qué templo podéis construirme a Mí para morada mía, si todo es mío y todo es mi morada? Yo pongo mis ojos en el que se pone humilde y confiado ante Mí. Lo que quiero es que os fiéis de Mí, y me dejéis hacer de Dios salvador con nosotros».
Como diciendo: No soy Yo, Dios, el que necesita recibir algo de vosotros; sois vosotros, los humanos, los que necesitáis recibir de Mí. Dios no necesita templos, ni objetos sagrados. Los necesita el creyente por razones prácticas (para reunirse con otros); y por razones simbólicas: el ser humano, como animal simbólico, necesita lugares, objetos, gestos que le ayuden a trasladarse más allá de sí, más allá de su mundo empírico y concreto. Pero Dios no necesita lugares sagrados para hacerse presente en su vida y acompañarlo en todos sus caminos; lo acompaña incluso cuando hace el mal. Dios, por pura bondad suya, pone sus ojos en el humilde de corazón y en el abatido. Como acompañó a David en todos sus caminos cuando aún no era nada ni nadie. Ser humilde de corazón, confiar en Dios y dejarse amar por Él vale mucho más que levantar la catedral más grandiosa y bella o consagrarse a Él mediante votos y promesas. Dejar a sus profetas y a vuestro Jesús de Nazaret decirnos su Palabra de Dios y escucharla, más que mil rezos y procesiones.
(Textos bíblicos comentados: 2 Sm 7,17-29; Is 66,1-2; Sal 131; Mt 15,1-20)
Vuestro hermano, Natán
Natánen síntesis:
El rey y el profeta, cara a cara. La conciencia frente a la ligereza y al abuso de poder. Los profetas disciernen y cantan la verdad, a pequeños y a grandes.El profeta no denuncia por denunciar, sino para lograr la conversión del corazón. Lo primero y principal de la religión bíblica: escuchar la Palabra de Dios y fe agradecida y confiada en Él.Lo más importante y decisivo: lo que Dios ha hecho y quiere hacer por el ser humano.La justicia y el amor al prójimo, más importantes que el templo y el culto.La Biblia es Palabra de Dios siendo palabra muy humana.Preguntas para reflexionar y compartir:
➊¿Qué te dice la figura de David? ¿Y su historia?
➋La religión es dejar a Dios hacer de Dios contigo: ¿qué te sugiere?
Me llamo
Elías
Viví en Israel por los años 870-850 a. C. Me tocó dar guerra; si no, preguntádselo al rey Ajab y a su esposa Jezabel. Por algo fui temido, odiado y perseguido a muerte. Tuve que huir y esconderme con frecuencia. Y pasé por una crisis terrible, ¡hasta desear morir! Porque también los profetas somos humanos, ¡muy humanos! ¿Queréis conocer algo de mí?
1. «Clama al cielo»
¿Recordáis? El profeta Natán, siglo y medio antes, cantó la verdad al rey David, por su doble delito: acostarse sin escrúpulo alguno con Betsabé, mujer de Urías, y asesinar a este, para acabar casándose con ella. En mi tiempo, el rey Ajab hizo una canallada similar. Le pidió a un tal Nabot, ¡un buen hombre de los que hay!, que le cediera su viña, cercana a su palacio, a cambio de una viña mejor o de dinero; quería convertirlo en jardín real. Nabot se negó a vendérselo; el patrimonio familiar recibido de los antepasados se consideraba un depósito sagrado: don de Dios a la familia; no era enajenable. Económicamente hubiera salido ganando. ¿Pero debe primar el interés económico por encima de toda otra razón?, ¿no hay razones del corazón y de la conciencia que pesan más? Nabot era honesto, sensible, creyente. Lo recibido de su Dios Yahvé a través de sus padres estaba por encima de todo. Ceder la viña hubiera sido traición a su corazón y a su familia e infidelidad a Dios. Por eso respondió al rey: «Dios me libre de darte la herencia recibida de mis padres». El rey lamentó vivamente la negativa de Nabot, pero la respetó: comprendía la sensibilidad humana y espiritual de la gente de su pueblo israelita.
Pero he aquí que intervino su mujer, Jezabel, cananeo-fenicia de origen, religión y mentalidad. Y mujer de armas tomar. La negativa de Nabot le pareció un ultraje a su marido, el rey: según su cultura cananea, el rey podía ejercer un poder absoluto sobre sus súbditos y sus propiedades; sus derechos reales estaban por encima de toda ley o tradición; nadie podía contrariar su voluntad. Jezabel recriminó a su marido, Ajab: su respeto a Nabot era una debilidad, una cesión de sus derechos reales. ¿No era Nabot un simple súbdito? Pretendía actuar según la concepción despótica y absoluta del derecho cananeo sobre la concepción israelita, más respetuosa con las vidas y derechos individuales. Y, por su cuenta, tramó eliminar a Nabot. He ahí a Nabot, símbolo de todo hombre o mujer defensor de sus derechos y fiel a su Dios, acosado por el poderoso.
Jezabel convocó a los cabezas de familia a un acto religioso de ayuno general. Dentro del mismo, se celebraría un juicio contra Nabot. Por su cuenta, contrató a dos individuos sin escrúpulos para que testificaran contra él. Unos y otros le hicieron caso por puro miedo: ¿quién iba a osar ir contra la poderosa reina? Presentado Nabot ante la asamblea, los dos testigos dijeron: «Ha maldecido a Dios y al rey». Se le acusaba de una doble blasfemia. Acusado falsamente, solo y sin defensores posibles por miedo, fue condenado a muerte. El pobre acabó arrastrado como una bestia: «lo sacaron fuera de la ciudad, y lo mataron a pedradas. Y mandaron decir a Jezabel: Nabot ya está muerto». Jezabel, orgullosa de haber conseguido su objetivo, se lo comunicó a su marido. Ajab el rey se levantó, y, sin escrúpulo alguno, tomó posesión de la viña de Nabot: tenía derecho a apropiarse de las haciendas de los condenados.
¡Impresiona leer esta historia! Aparentemente, todo se hizo legalmente (constitución de un tribunal, el juicio, presencia de testigos, acusación grave, sentencia de muerte por lapidación). Pero lo realizado legalmente ¿es siempre justo y moral? Todo había sido puro ejercicio de prepotencia arbitraria y abusiva. Como tantas veces en la historia. ¡Hay quienes nunca han tenido conciencia ni sensibilidad, o si las han tenido, las han ahogado! Y quienes, de la ambición, del poder, de la codicia, de la dureza de corazón…, hacen su razón y su ley. Llegan a utilizar la religión misma para descartar sin piedad a los que los estorban. Sus caprichos e intereses devienen derechos absolutos, sin límite alguno.
Al enterarme de lo acaecido, a mí, Elías, se me revolvieron las tripas. Y sentí que Dios me gritaba en el corazón:
«Ve al encuentro de Ajab el rey. Está en la viña de Nabot, tomando posesión de la misma; sorpréndelo en el lugar mismo del delito. Y le dirás de mi parte: has asesinado a Nabot y, encima, te apropias su viña; ¿crees que Yo, Yahvé, puedo dejar pasar la cosa? Os haré pagar a los dos, a ti y a Jezabel, con vuestras vidas…».
Os pregunto: ¿puede Dios cerrar sus ojos para no ver el delito contra los indefensos?, ¿tapar sus oídos para no oír el clamor de los abusados?, ¿cerrar su corazón al sufrimiento infligido a la gente justa y honrada de la sociedad? «La sangre de tu hermano Abel me grita desde la tierra», había dicho Dios a Caín tras el asesinato de su hermano Abel.
Jezabel fue una reina nefasta para nuestro pueblo Israel. Desde nuestros orígenes tribales, teníamos una tradición igualitaria y antiabsolutista: solo Yahvé es Dios, solo Él es el dueño de la tierra; y se la da a su pueblo para ser distribuida en justicia e igualdad: a cada familia, su pedazo de tierra, para que pueda trabajarla y vivir dignamente de la misma. Los reyes de este mundo no tienen poder absoluto. Todo poder humano es recibido de Dios; y recibido para ejercerlo al servicio de todos, con el deber de cuidar especialmente de los pobres y desvalidos de la sociedad.
Con razón dos siglos antes el profeta Samuel nos había advertido de los peligros de la monarquía: establecer entre nosotros un estado político con su rey, su corte, su ejército, era temible; podía fácilmente derivar en ejercicio arbitrario del poder; pondría todo a su servicio: personas, tierras, cosechas, animales… Además, ¿no se había revelado nuestro Dios Yahvé como Dios libertador de los esclavos de Egipto, y defensor de los inocentes y oprimidos de la sociedad? Ningún poder humano debía atentar contra la vida, la libertad y la propiedad de nadie: eran sagradas, inviolables, regalo de nuestro Dios. Frente a la concepción igualitaria y antiabsolutista de nuestro pueblo Israel, Jezabel, extranjera, imponía su concepción absolutista del poder real. Y Ajab, impulsado por su esposa Jezabel, se había vendido a la misma, en perjuicio de sus súbditos israelitas: así se lo dije yo sin remilgos. Si de antes me temía, en adelante me miró como enemigo.
(Textos bíblicos comentados: 1 Re 21; para ampliar el tema: Gn 4,1-16; 2 Sm 8; 11)
2. ¿Baal o Yahvé?
Para mí, Elías, profeta de Yahvé, había otro punto importante de nuestra identidad israelita en que Ajab se había igualmente vendido a Jezabel. Esta era adoradora ferviente de sus dioses cananeos: Baal y Astarté. Y, doblegando a su marido, Ajab, quería imponer el culto a los mismos en el reino israelita. Para ello, perseguía la religión yahvista, destruía nuestros lugares de culto, asesinaba a los profetas de Yahvé… Yo mismo tuve que huir y convertirme en profeta fugitivo y escondido. El rey llegó a llamarme «el azote de Israel», pues le echaba en cara su política religiosa y le anunciaba desgracias. Yo le respondí: «No soy yo el azote de Israel; lo sois tú y tu familia, que habéis despreciado a nuestro Dios Yahvé y dais culto a dioses extranjeros». Ya que la confusión religiosa en el pueblo era cada vez mayor, le propuse que convocáramos una asamblea del pueblo para saber quién es el Dios de nuestro pueblo: si Baal, el dios de tu mujer y de los cananeos, o Yahvé, el Dios que, hace siglos, nos liberó de la esclavitud de Egipto, haciendo de nosotros su pueblo.
Os cuento en pocas palabras lo que en la Biblia está escenificado y exagerado… El acto lo celebramos en el mítico monte Carmelo. Era un desafío a los profetas cananeos, defensores del dios Baal. Debía quedar claro quién era el Dios de Israel: si Baal o Yahvé. Ese era el problema: había (según se creía entonces) muchos dioses, pero ¿quién era nuestro Dios? Mejor dicho, ¿qué dios había hecho de Dios, dador de vida y de salvador con nosotros? Solo Él merecería nuestra adoración y nuestra confianza total. Es como preguntar: de las muchas mujeres que existen, quién es mi madre, cuál de ellas ha hecho de madre conmigo: concebido, llevado en su seno, dado a luz en sangre, amamantado, cuidado.
Adorar y servir a Baal era equipararlo con nuestro Yahvé. Era negar nuestra historia y nuestra identidad, pues habíamos llegado a ser pueblo gracias a Yahvé. Él nos había dado a luz; a Él debíamos nuestra existencia, nuestra libertad, nuestra tierra. Con una seguridad rotunda, yo trataba de decir a la población israelita: debíamos resistir a la política religiosa de los reyes; no podíamos reconocer a Baal como nuestro dios; el Dios Yahvé era nuestro Dios único. Muchos israelitas, al vivir mezclados con población cananea, adoraban a Baal y Astarté; o adoraban y se confiaban tanto a Baal como a Yahvé, según conveniencias y momentos. Caían en un fácil sincretismo religioso-cultual. En el fondo, era negar u olvidar a Yahvé, al que había hecho de Dios con nosotros en nuestro pasado y seguía haciéndolo. Era como negar u olvidar a esa mujer única que ha hecho de madre contigo: la única a la que puedes llamar «mi madre», la única digna de tu reconocimiento y confianza totales.
En el acto del monte Carmelo, quedó claro: el dios Baal no pasaba de ser un ídolo inerte. ¡Inútil creer en él y gritarle todo el día!: no respondía. Sus devotos se desgañitaron durante horas y horas, bailaban frenéticamente y se herían con cuchillas, según sus ritos cultuales, pero respondía con el silencio a sus clamores. Quedaba desacreditado ante todos: no servía adorarlo y suplicarle. ¿Sirve para algo adorar y confiarte a dioses fabricados por los humanos? Es como gritar a espacios vacíos. Frente a él, Yahvé se mostró de nuevo como un Dios Viviente que habla por sus profetas-testigos y se deja ver en sus signos. Había hecho ya de Dios al liberarnos de la esclavitud de Egipto y al traernos a esta tierra para dárnosla. Nuestro pueblo Israel se sentía agradecido y deudor con Él. Ahora respondía a la oración de los suyos; se dejaba ver de nuevo como fuego, signo de su presencia. Solo Él tenía derecho a ser reconocido como Dios, ninguno más. «Yahvé es nuestro Dios», acabó gritando el pueblo.
Como profeta, fue mi tarea de toda la vida ser testigo suyo: defenderlo como Dios único de nuestro pueblo Israel. Me veía como su siervo, su defensor frente a los centenares de profetas de Jezabel que trataban de engatusar a mi pueblo. Mi nombre mismo, Eliyahu, lo decía todo: «Yahvé es mi Dios». Mi nombre era mi programa de vida. Él era todo para mí. Vivía de Él y para Él. Por defenderlo ante el pueblo, llegaba a poner en peligro mi vida. Y combatí la religión cananea; por una parte, era extraña a nosotros; y por otra, se practicaban en ella costumbres y ritos que eran inhumanos: la prostitución sagrada, el sacrificio de hijos primogénitos, sus frenéticos bailes rituales y autoheridas con cuchillas hasta perder el sentido… Por combatirla, prácticamente solo, sin más armas que mi palabra, se inventaron leyendas sobre mí; entre otras, que yo habría asesinado a 400 profetas de Baal (¿los imagináis dejándose matar por mi mano, uno por uno? Quizá fue atribuido a mí algo que pudo hacer el siguiente rey, Jehú).
(Textos bíblicos comentados: 2 Re 18,20-40; 17,7-24;para ampliar el tema: Mt 6,19-34)
3. ¿Quién es mi Dios?
Esta historia del monte Carmelo os puede parecer legendaria, antigua, sin sentido. Con todo, simboliza algo real y actual, que sucede en el corazón de hombres y mujeres, antiguos y modernos. ¿No sigue siendo importante la pregunta: «¿Quién es mi Dios?, ¿quién es nuestro Dios?». No es una pregunta baladí. No lo era en mi tiempo, ni lo es en el vuestro, tres mil años más tarde. En cada corazón humano y en cada generación humana, sigue habiendo guerra entre el Dios verdadero y los dioses falsos: ¡que los hay tantos! Perdonadme que os diga: en vuestro tiempo y cultura, veo muchos ídolos creados por vosotros mismos. Muchos pensáis que no hace falta creer en dios alguno, pero luego adoráis el dinero, o el éxito, vuestro ego, vuestra imagen.
Otros practicáis demasiada religión de rezos y ritos, como si Dios fuera una estatua. Y tantos vivís un claro sincretismo politeísta: adoráis a Dios durante media hora el domingo y corréis afanosamente tras otros dioses a lo largo de la semana en sus templos: espacios comerciales, campos de fútbol, concursos de belleza o de fuerza... Muchos ni siquiera os hacéis la pregunta: ¿quién es mi Dios, en mi corazón y en mi vida?, ¿no debería ser pregunta de todo hombre y toda mujer? Elimináis incluso toda filosofía, toda pregunta sobre el sentido de vuestra vida. Otros vivís largos años sin Dios, pero de repente emerge en vosotros la sed de lo espiritual; o incluso la sospecha y deseo latente de que ¡ojalá exista algo por ahí arriba, más allá de este mundo!, ¡o alguien que mereciera mi admiración y mi confianza absolutas!
Cuando miro vuestro tiempo, veo algo parecido a lo que sucedía en mi tiempo. Hay una sorda lucha entre el Dios que se revela como Dios único, creador de todo, fuente de vida para los seres humanos, y los muchos dioses que fabrica vuestra sociedad. Muchos Baal y muchas Astarté: el dinero, el poder, el éxito, la buena estampa física, la eterna juventud, la imagen social, la última marca de móvil o de smartphone, la última moda, el disfrute y placer permanentes… Y muchos idolatrados: deportistas, estrellas de cine, políticos, el capitalismo, el socialismo, el progreso ilimitado, la ciencia y la tecnología omnipotentes… ¡No pasan de ser meros ídolos! De algunos se espera la solución de todos los problemas humanos. Multitudes inmensas se convierten en sus adoradores: los celebran, los buscan con pasión en los montajes de espectáculos, concursos, mítines, publicidad, escaparates… Buscan llenar con ellos sus vacíos. La fe en el Dios de cielos y tierra, sustituida por religiones terrenas: mucha algarabía y ruido mediático, como en el monte Carmelo. Pero también los «baales» modernos responden con el silencio y el vacío. No responden a los graves interrogantes del ser humano, ni llenan los corazones de los que los aclaman a rabiar.
4. Un resto
Antes, con Nabot, Dios me había pedido defender la justicia. Esta vez, me había pedido defender la fe en Él, el Dios único. Nuestra religión yahvista siguió siendo perseguida y arrinconada por la política de la corte real. Como hay tiempos difíciles para defender la justicia, los hay igualmente difíciles para vivir la fe en Dios: por el cambio cultural, por la indiferencia religiosa ambiental, por la sensación de que se puede vivir sin Dios, por el apagamiento de los grandes interrogantes humanos, por los variados ídolos que crea el ser humano, por la persecución… En mi tiempo, en medio de tanta idolatría, quedó un resto de creyentes fieles a nuestro Dios Yahvé. Mi misión de profeta era fortalecerlos y hacer volver al pueblo a Dios. En ello me jugué la vida, expuesto a la ira de la reina. Por ello, andaba fugitivo y escondido, hasta que Dios me pedía de nuevo ser audaz y actuar ante el rey o ante el pueblo. También en vuestro tiempo, tiempos complejos y difíciles, hay un resto de creyentes fieles al Dios único y a su Palabra.
Dios me protegía y cuidaba de mí en mi dura vida de perseguido y fugitivo. La leyenda dice que me mandó esconderme en el torrente Kerit; allí podía beber de su agua y comer del pan y de la carne que me enviaba mediante un cuervo, por la mañana y por la tarde. Luego, en plena sequía y época de hambre, me hizo huir a Sarepta de Sidón, a la tierra de nuestra fanática reina Jezabel (como vuestro Jesús, cuando marchó a tierras de Tiro y Sidón, en plena crisis). Dios cuidó de mí por medio de una mujer pagana, viuda, pobre, condenada con su hijo a morir de hambre. Con ellos viví un tiempo y fui testigo de cosas inolvidables.
La mujer era fenicia, ¡pero qué diferente de Jezabel! No le quedaba más que una ración de alimento, pero me acogió, me dio de comer. Mi Dios Yahvé la miró con bondad y nos concedió sobrevivir, como si se hubieran multiplicado el escaso aceite y harina de que disponía todo el tiempo que duró la sequía. Junto a la pobreza, había amor y fe. Poco más tarde, mi Dios Yahvé, compasivo ante el dolor humano, escuchaba mi oración por su hijo que volvió a revivir. Para mi Dios, no había fronteras. Una vez más, se mostraba como Dios Viviente, Dios de vida. Había despertado fe en el corazón de una pagana, que me dijo: «Ahora reconozco que eres un hombre de Dios, y que la palabra de (vuestro) Dios Yahvé se cumple». ¡Cómo me confirmaba mi Dios Yahvé en mi identidad y tarea de profeta-testigo suyo, en mi tierra y más allá de la misma! ¡Con todo…!
(Textos bíblicos comentados: 1 Re 17)
5. «Come, te queda un largo camino por delante»
Cuando la reina Jezabel se enteró de lo sucedido en el monte Carmelo, me tomó odio terrible, y se juró a sí misma eliminarme. Me invadió el miedo. Para salvar mi vida, hui al reino del Sur. Cerca ya del desierto, dejé a mi criado, quedé solo. Durante un día entero, caminé por el desierto. Hasta que, agotado de cansancio, me senté bajo una retama. Os lo confieso: pasé el peor momento de mi vida. Me sentía solo, en soledad de miedo y de amargura. Y tan harto de ser profeta, e incluso de vivir, que me deseé la muerte. Del fondo de mi alma me salió decir a Dios: «Basta, Señor; quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados que están ya muertos».
Era cansancio existencial, más que físico. No huía solo de la reina, mi perseguidora; huía de la vida; peor aún, huía de mí mismo. ¿Habéis pasado alguna vez por semejante trance? Cuando estás pasándolo tan mal y te encuentras con que nadie te acompaña…, cuando has fracasado o no se cumplen tus sueños…, cuando te parece que hasta Dios te falla y te deja a tu suerte…, cuando tu vida y tus metas han perdido sentido…, cuando no ves salida alguna a tu situación…
Solo era capaz de tumbarme y dormir. En el fondo, para olvidarme de mí mismo. Incapaz de seguir viviendo, entregado a mi soledad y mi tristeza profundas, sin brío, sin esperanza. Dios tuvo compasión de mí al verme tan roto, por fuera y por dentro. Y me salió al encuentro. Sentí su voz que me decía: «Levántate y come». No me preguntaba por mi tarea profética; se interesaba por mí mismo, por mi estado. Miré con ojos deprimidos; vi a mi cabecera una hogaza cocida, todavía caliente, y un vaso de agua. Era lo que más necesitaba mi cuerpo agotado por el cansancio y el hambre. Y, mientras comía, sentía la misteriosa presencia de Alguien conmigo; comencé a notar algo de vida por mis adentros. Pero yo, tras comer y beber, volví a acostarme y a dormir. Me pesaba mi cansancio físico; me pesaba, sobre todo, mi cansancio existencial, mi falta de energía vital y de mínimo deseo de vivir. No me bastó aquel primer refrigerio. Los humanos nos sentimos a veces tan quebrados e incapaces de nada: ¡si no nos recrea Dios…!
