Mi vida - Joseph (Benedicto XVI) Ratzinger - E-Book

Beschreibung

Mi vida es el relato en primera persona de la apasionante historia de un hombre que llegó a ser papa. Recuerdos, anécdotas, encuentros que van de 1927 a 1977, año en que Joseph Ratzinger fue nombrado arzobispo de Múnich y Freising. Protagonista de excepción del cambio de milenio, Ratzinger pone de manifiesto en esta autobiografía, plena de sentido del humor, inteligencia y pasión, que toda su vida estuvo marcada por el lema que escogió para su escudo episcopal: «Cooperatores veritatis». Al hilo de su historia personal, el que fuese papa emérito repasa los grandes problemas de la Iglesia contemporánea, dando una visión plena de lucidez y abriendo su corazón de par en par al lector. La incorporación de un texto a cargo de Giuliano Vigini que reconstruye los años que van de 1978 a 2022, indicando también las directrices de su magisterio y pontificado, y una entrevista del cardenal Angelo Scola acerca de la importancia de su magisterio llevada a cabo tras la muerte de Su Santidad Benedicto XVI, hacen que este libro sea aún más precioso.

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Seitenzahl: 268

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Joseph Ratzinger

Mi vida

Autobiografía

Traducción de Carlos d’Ors Führer

Título en idioma original: Aus meinem Leben. Erinnerungen 1927-1977

© Edizioni San Paolo s.r.l., 1997; del texto de Giuliano Vigini: 2013

© Ediciones Encuentro, S.A. Madrid 1997, 2006, 2013 y la presente, 2023

Traducción de Carlos d’Ors Führer

Traducción del texto «De arzobispo a papa emérito» de Giuliano Vigini: Fernando Montesinos Pons

Apéndice cortesía de Angelo Scola

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 117

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-144-1

ISBN EPUB: 978-84-1339-477-0

Depósito Legal: M-4650-2023

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Nota del editor

Mi vida

Infancia entre el Inn y el Salzach

Los primeros años escolares en el pueblo de Aschau, a la sombra del «Tercer Reich»

Años de bachillerato en Traunstein

Servicio Militar y Prisión

En el seminario de Frisinga

Estudios de Teología en Múnich

Ordenación sacerdotal - Labor pastoral - Doctorado

El drama de la libre docencia y los años de Frisinga

Profesor en Bonn

El comienzo del Concilio y el traslado a Münster

Münster y Tubinga

Los años de Ratisbona

Arzobispo de Múnich y Frisinga

De arzobispo a papa emérito

Las nuevas etapas del ministerio

La impronta de un pontificado

Los fundamentos espirituales del magisterio

La experiencia de la fe

La nueva evangelización

La emergencia educativa

La renovación de la Iglesia

La unidad de los cristianos y el diálogo interreligioso

Conclusión

A modo de despedida

Apéndice

Indicaciones del magisterio de Benedicto XVI para la misión de la Iglesia en nuestro tiempo

Nota del editor

Con motivo del fallecimiento de Benedicto XVI el 31 de diciembre de 2022, hemos querido ofrecer de nuevo a nuestros lectores su autobiografía. Dado que este texto abarca desde la infancia de Joseph Ratzinger hasta su llamada a Roma por Juan Pablo II, hemos añadido, escrito por Giuliano Vigini, el relato de los años transcurridos en Roma, primero como cardenal, después como Benedicto XVI y finalmente como papa emérito. Además, el lector encontrará como apéndice una entrevista al cardenal Angelo Scola, estrecho colaborador de Benedicto XVI, sobre la importancia de su magisterio para la misión de la Iglesia de nuestro tiempo.

Mi vida

Infancia entre el Inn y el Salzach

No es fácil afirmar cuál es realmente mi patria chica. Mi padre, que era gendarme, debía mudarse con frecuencia de un lugar a otro; así que tuvimos que estar constantemente de traslado. Esta peregrinación continua concluyó en el año 1937 cuando, cumplidos los sesenta años de edad, se jubiló. Nos establecimos entonces en una casa en Hufschlag, junto al Traunstein, que se convirtió en ese momento en nuestro verdadero hogar. El anterior peregrinaje constante quedó reducido a un radio limitado: el que comprende el área del triángulo de tierra entre el Inn y el Salzach, cuyo paisaje e historia impregnaron profundamente mi juventud. Se trata de una tierra de antiguos asentamientos celtas, que después formó parte de la provincia romana de Rezia y que siempre ha permanecido orgullosa de esta doble raíz cultural. Hallazgos arqueológicos célticos nos retrotraen a un pasado lejano y nos unen a la historia del mundo céltico de Galia y Britania. Se conservan todavía fragmentos de calzadas romanas, y no son pocas las localidades que pueden exhibir, con el orgullo de su larga historia, su antiguo nombre latino. El cristianismo llegó a estas tierras antes del período constantiniano traído por soldados romanos y, aunque fue sacudido por los tumultos y disturbios de las invasiones germánicas, se salvaron algunos retazos de creyentes. A estos podemos unir los misioneros llegados de Galia, Irlanda e Inglaterra; algunos creen descubrir también influencias bizantinas. Salzburgo —la Iuvavum romana— se convirtió en una metrópolis cristiana que modeló la historia cultural de esta tierra hasta la era napoleónica. Virgilio, el extraordinariamente indómito y obstinado obispo, se convirtió en una figura determinante. Más importante todavía es la figura de Ruperto, venido de la Galia, cuya veneración se mantiene aún más viva que la de Corbiniano, fundador de la diócesis de Frisinga, puesto que solo tras las revueltas del período napoleónico pudo unirse esta tierra a la nueva diócesis de Múnich y Frisinga. Obviamente, al recordar la antigua historia cristiana de esta zona, no podemos dejar de mencionar la figura del anglosajón Bonifacio, al que corresponde el mérito de ser el creador de la organización eclesiástica en el territorio bávaro de aquel entonces.

Nací el 16 de abril de 1927, Sábado Santo, en Marktl, junto al Inn. El hecho de que el día de mi nacimiento fuera el último de la Semana Santa y fuese la víspera de la noche de Pascua de Resurrección ha sido frecuentemente recordado por mi familia; y más aún que fuese bautizado al día siguiente de mi nacimiento, con el agua apenas bendecida de la noche pascual —que entonces se celebraba por la mañana—; ser el primer bautizado con la nueva agua se consideraba como un importante signo premonitorio. Siempre ha sido muy grato para mí el hecho de que, de este modo, mi vida estuviese ya desde un principio inmersa en el misterio pascual, lo que no podía ser más que un signo de bendición. Indudablemente no era el domingo de Pascua, sino exactamente el Sábado Santo. No obstante, cuanto más lo pienso, tanto más me parece la característica esencial de nuestra existencia humana: esperar todavía la Pascua y no estar aún en la luz plena, pero encaminarnos confiadamente hacia ella.

Dado que, a los dos años de mi nacimiento, en 1929, tuvimos que abandonar ya Marktl, no conservo ningún recuerdo propio del lugar, solo lo que mis padres y mis hermanos me contaron. Me hablaron de la nieve alta y del punzante frío en el día de mi nacimiento, tanto que mis dos hermanos mayores, con gran pesar suyo, no pudieron asistir a mi bautizo por el riesgo de coger un resfriado. Aquel período transcurrido por mi familia en Marktl no fue ni mucho menos una etapa fácil: dominaba el paro, las indemnizaciones de guerra gravaban la economía alemana, la lucha de partidos enfrentaba los unos a los otros, las enfermedades causaban estragos en nuestra familia. Pero quedan también muy bellos recuerdos de amistad y de ayuda mutua, de pequeñas fiestas en familia y de vida eclesial. No puedo olvidarme de señalar que Marktl se encuentra muy cerca de Altötting, el antiguo y venerable santuario mariano sobresaliente ya en la época carolingia, que a partir de la Edad Media tardía se convirtió en un lugar de grandes peregrinaciones hacia Baviera y la Austria occidental. Precisamente en aquellos años, Altötting empezaba a recobrar un nuevo esplendor: Conrado de Parzham, el santo hermano portero, fue beatificado primero y después canonizado. En este hombre humilde y bondadoso veíamos nosotros encarnado lo mejor de nuestra gente, guiada por la fe en la realización de sus más bellas posibilidades. Más tarde, he reflexionado a menudo sobre esta extraordinaria circunstancia por la cual la Iglesia, en el siglo del progreso y de la fe en las ciencias, se ha visto representada en lo mejor de sí misma en personas muy sencillas como Bernadette de Lourdes o, concretamente, en el hermano Conrado, a los que apenas parecen afectarles las corrientes de la historia: ¿es tal vez esto una señal de que la Iglesia ha perdido su capacidad de incidir en la cultura y solo consigue tomar asiento fuera del auténtico flujo de la historia? ¿O es un signo de que la capacidad de acoger con inmediatez lo que en verdad importa se da todavía hoy a los más pequeños, a quienes se les ha concedido una mirada que, en cambio, tan a menudo les falta a los «sabios e inteligentes» (cf. Mt 11,25)? Estoy efectivamente convencido de que estos «pequeños» santos son precisamente una gran señal para nuestro tiempo: un tiempo que me conmueve tanto más profundamente cuanto más vivo en él y con él.

Pero volvamos a mi infancia. La segunda etapa de nuestro peregrinaje fue Tittmoning, la pequeña ciudad sobre el Salzach, cuyo puente forma al mismo tiempo frontera con Austria. Tittmoning, cuya arquitectura es tan marcadamente salzburguesa, ha permanecido como el país de los sueños de mi infancia. Veo todavía la plaza de la ciudad, en su mayestática grandeza, con sus nobles fuentes, delimitada por las puertas de Laufen y de Burghausen, y totalmente rodeada por antiguas y soberbias casas burguesas: una plaza que haría honor a cualquier gran ciudad. Sobre todo los escaparates iluminados de las tiendas en el período navideño han quedado grabados en mi memoria como una maravillosa promesa. En Tittmoning, en la época de la Guerra de los Treinta Años, Bartolomeo Holzhauser había redactado por escrito sus visiones apocalípticas. Pero su mérito principal fue el haber continuado y renovado la vida comunitaria del clero secular, según una idea que se remonta a Eusebio di Vercelli y a san Agustín. Permanecían todavía los títulos del capítulo canónico fundado por él en la pequeña ciudad sobre el Salzach: el párroco era llamado decano y los coadjutores canónigos. Como conviene a una iglesia canonical, el Santísimo era conservado en una capilla sacramental propia y no en el tabernáculo del altar mayor. Por eso teníamos la impresión de que nuestra pequeña ciudad poseía a todas luces algo verdaderamente especial: también la iglesia parroquial se alzaba alta, como un pequeño castillo, por encima de la ciudad. Pero lo que más amábamos sobre todo era la hermosa y antigua iglesia monacal barroca, que antaño había pertenecido a los canónigos agustinos y que entonces estaba al cuidado amoroso de las Damas Inglesas. En los antiguos edificios monásticos se encontraban la Escuela de Señoritas y el entonces Instituto para la Formación del Niño, llamado «Jardín de Infancia». Ha quedado particularmente grabado en mi memoria el recuerdo del «Santo Sepulcro», con muchas flores y luces de colores, que se erigía entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua y que nos ayudaba a sentir próximo el misterio de la Muerte y la Resurrección, a percibirlo con nuestros sentidos internos y externos, mucho antes que cualquier intento de comprensión racional.

Con todo esto, estoy plenamente convencido de no haber agotado todas las peculiaridades que hacían tan querida nuestra ciudad y de las cuales estábamos tan orgullosos. Subiendo por la colina que se alzaba sobre el valle del Salzach, se llegaba a la capilla de Ponlach, un querido santuario barroco, totalmente rodeado de bosque; cerca susurran todavía, descendiendo hacia el valle, las claras aguas del Ponlach. Con frecuencia íbamos en peregrinación los tres hermanos con nuestra madre hasta allí y disfrutábamos de la paz que reina en ese lugar. Y no puedo olvidar mencionar también, claro está, la potente mole de la fortaleza que se eleva sobre la ciudad y que nos habla de su pasada grandeza. El edificio de la gendarmería y nuestra vivienda estaban unidos y era una de las casas más bellas construidas en la plaza mayor de la ciudad; durante un tiempo había pertenecido al Capítulo de los canónigos. Por cierto que la belleza de la fachada no garantiza que una vivienda sea confortable. El pavimento era penoso, las escaleras empinadas y las habitaciones asimétricas. La cocina y las habitaciones eran estrechas, pero, en compensación, el dormitorio estaba situado en la antigua Sala Capitular, lo que, por otro lado, no resultaba realmente cómodo. Para nosotros, niños, todo esto era absolutamente misterioso y excitante, pero para mi madre, sobre la cual recaía el peso de las labores domésticas, era motivo de gran fatiga. Por eso, a ella le alegraba mucho más que a nosotros salir a dar un paseo juntos. Estábamos a pocos pasos de la vecina Austria. Era un sentimiento único encontrarse, en pocos metros, «en el extranjero», donde, no obstante, se hablaba la misma lengua y, con pequeñas diferencias, también el mismo dialecto que hablábamos nosotros. En otoño buscábamos en los campos la lechuga silvestre y, sobre los prados alrededor del Salzach, bajo la dirección de mi madre, diversas cosas útiles para nuestro querido Portal de Belén. Entre nuestros más bellos recuerdos se encuentran las visitas que hacíamos a una anciana señora durante los días de Navidad: su Belén era tan grande que llenaba casi la casa entera. Me viene también a la memoria la buhardilla donde un amigo organizaba para nosotros un teatrillo de marionetas, cuyas figuras hacían volar nuestra fantasía.

A pesar de todo, percibíamos que nuestro apacible mundo infantil no era precisamente lo que podíamos considerar un paraíso. Tras aquellas hermosas fachadas se escondía una gran pobreza. La crisis económica había afectado muy seriamente a nuestra pequeña ciudad fronteriza, olvidada por el progreso. El clima político se intensificaba de un modo creciente. Aunque no comprendía del todo lo que en aquellos tiempos estaba sucediendo, en mi memoria han permanecido claramente impresos los llamativos carteles electorales y las constantes luchas políticas a que hacían referencia. La incapacidad de la república de entonces de garantizar la estabilidad política y de tomar iniciativas políticas convincentes era más que evidente en esta exasperante lucha de partidos, perceptible incluso para un niño. El partido nazi era el que jugaba su papel con más fuerza, presentándose como la única alternativa clara en el caos reinante. Cuando Hitler fracasó en su intento de ser elegido a la presidencia del Reich, mi padre y mi madre se sintieron algo más tranquilos, pero no eran demasiado entusiastas del presidente electo Hindenburg, porque no veían en él ninguna garantía segura contra el avance de los camisas pardas. En las reuniones públicas mi padre debía intervenir siempre más de lo deseable contra la violencia de los nazis. Percibíamos con mucha claridad la enorme preocupación que le embargaba y que no era capaz de quitarse de encima ni siquiera en los pequeños gestos cotidianos.

Los primeros años escolares en el pueblo de Aschau, a la sombra del «Tercer Reich»

A finales de 1932 mi padre decidió que nos trasladáramos nuevamente de lugar, puesto que en Tittmoning se había arriesgado demasiado contra los nazis. En diciembre, poco antes de Navidad, nos instalamos en nuestro nuevo hogar de Aschau junto al Inn, un próspero pueblo campesino con grandes y vistosas granjas. Mi madre quedó agradablemente sorprendida de la nueva y preciosa casa que nos correspondió. Un agricultor había construido una pequeña casa de campo con terraza y balcones que, para los criterios de entonces, era muy moderna, alquilándola después a la gendarmería. La oficina y la vivienda del segundo gendarme estaban situadas en la planta baja. Para nosotros estaba destinado el primer piso, el cual era un confortable hogar. Formaba parte de la casa un pequeño jardín delantero con un bello crucifijo que daba al camino y un gran prado en el que había un estanque con carpas, donde yo una vez, mientras jugaba, estuve a punto de ahogarme. En medio de la aldea, como es frecuente en Baviera, había una gran fábrica de cerveza. La cervecería de la fábrica era el punto de encuentro de los hombres todos los domingos; la verdadera plaza del pueblo se encontraba al otro lado de la aldea, con otra gran cervecería, la iglesia y la escuela.

Naturalmente, para nosotros, niños, faltaba la grandiosidad de la pequeña ciudad de la que habíamos venido y de la que estábamos tan orgullosos. La graciosa iglesita neogótica del pueblo no podía resistir la comparación con la que estábamos habituados en Tittmoning. Las tiendas eran sencillas y el dialecto demasiado rudo, de tal modo que al principio no entendíamos algunas palabras. No obstante, muy pronto empezamos a amar a nuestro pueblo y a valorar sus bellezas propias. Pero nos cayó encima la gran historia. Habíamos llegado allí en diciembre de 1932 y ya el 30 de enero de 1933 Hindenburg confió a Hitler el cargo de canciller del Reich; lo que en el lenguaje del partido nazi se llamó «toma del poder», lo fue efectivamente. Se practicó la fuerza del poder desde el primer momento. No recuerdo nada de aquel día lluvioso, pero mis hermanos me han contado que la escuela tuvo que realizar una marcha a través del pueblo que se convirtió en un zapateo sobre el barro y bajo la lluvia y que no despertó entusiasmo alguno. De todos modos, siempre había habido en el pueblo nazis declarados y nazis ocultos. Todos ellos vieron que por fin sus días habían llegado y que de repente podían sacar, para terror de muchos, sus oscuros uniformes del armario. Fueron implantadas la «Hitlerjugend» (Juventudes hitlerianas) y la «Bund deutscher Mädchen» (Liga de muchachas alemanas), asociadas a la escuela, de tal modo que mi hermano y mi hermana tuvieron que tomar parte en sus manifestaciones. Mi padre sufría mucho por el hecho de estar al servicio de un poder estatal a cuyos representantes consideraba unos criminales, si bien, gracias a Dios, en aquel tiempo su trabajo en el pueblo apenas se vio afectado. En los cuatro años que nosotros pasamos en Aschau, por lo que puedo recordar, el nuevo régimen se dedicó solo a espiar y tener bajo control a los sacerdotes que tenían una conducta «hostil al Reich»; se comprende fácilmente que mi padre no solo no colaboró en ello, sino que, por el contrario, protegió y ayudó a los sacerdotes que sabía que corrían peligro.

Por lo demás, el nacionalsocialismo solo pudo cambiar la vida de la pequeña aldea muy lentamente. Al principio, el maestro, como es costumbre en Baviera, siguió ejerciendo de organista y director del coro de la iglesia y continuó dando las clases de Biblia, mientras el catecismo le correspondía al párroco. Al principio parecía que esto podía ser garantizado por el Concordato, pero bien pronto se pudo comprobar que para los nuevos patrones la fidelidad a los convenios no contaba para nada. Primero se produjo la lucha contra la escuela confesional: hacía falta liquidar el todavía existente vínculo entre Iglesia y escuela y que el fundamento espiritual de esta última no fuera la fe cristiana, sino la ideología del Führer. Los obispos llevaron a cabo con dureza la lucha en defensa de la escuela confesional, la lucha por la observancia del Concordato: han quedado muy grabadas en mi memoria las cartas pastorales sobre este asunto que el párroco leía durante las celebraciones dominicales. Ya entonces empecé a darme cuenta de que con la lucha en defensa de las instituciones desconocían en parte la realidad. Porque, en efecto, la sola garantía institucional no sirve para nada, si no existen las personas que la sostengan con sus propias convicciones personales. Esto, por el contrario, se daba solo en parte; ciertamente, entre los profesores más ancianos y también entre los más jóvenes, había algunos que estaban profundamente convencidos y eran conscientes de su fe, para los que la fe cristiana era el más auténtico fundamento de nuestra cultura y, por ello, también de su labor de educadores. Pero entre los docentes más viejos había un resentimiento anticlerical que, si se piensa en la vigilancia que el clero ejercía entonces sobre la escuela, no estaba falto de razón. En las jóvenes generaciones había nazis convencidos. Tanto en un caso como en otro, la insistencia sobre las garantías institucionales del cristianismo caía en el vacío. Los profesores que tuve durante mi período escolar de cuatro años en Aschau no eran ciertamente unos cristianos convencidos, pero trataban de mantener las distancias con el nuevo movimiento. Dado que la iglesia era el centro del pueblo, no solo arquitectónicamente sino sobre todo en el modo de sentir y vivir de la gente, hubiera sido poco prudente ponerse demasiado en contra de ella: al nuevo régimen esto solo le hubiera procurado enemigos.

Había un joven profesor —hombre de mucho talento— que estaba entusiasmado con las nuevas ideas. Intentó abrir una brecha en la estable unión de la vida de la aldea, toda ella impregnada por los tiempos litúrgicos de la Iglesia. Con gran pompa hizo que se levantara un «árbol de mayo» y compuso una especie de plegaria como símbolo de la fuerza vital que constantemente se renueva. Aquel árbol debía representar el inicio de la restauración de la religión germánica, contribuyendo a reprimir el cristianismo y a denunciarlo como elemento de alienación de la gran cultura germánica. Con la misma intención, organizó además las fiestas del solsticio de verano, siempre como retorno a la santa naturaleza y a los orígenes propios y en polémica con las ideas de pecado y redención que, como sabíamos, habían sido introducidas e impuestas por las creencias extranjeras de judíos y romanos. Hoy, cuando escucho cómo en muchas partes del mundo se hace una crítica del cristianismo como destrucción de los valores culturales autóctonos e imposición de los valores europeos y occidentales, me sorprendo de la analogía de estos tipos de argumentación con los que se empleaban en aquel entonces y de lo tristemente familiares que me resultan ciertas expresiones retóricas. Por fortuna, semejantes eslóganes no producían demasiado efecto en la sobria mentalidad de los campesinos bávaros. Los chavalotes se interesaban más por las salchichas que colgaban del árbol y que acababan en los bolsillos de los más rápidos en trepar para cogerlas que en los altisonantes discursos del maestro de escuela.

Otro signo inquietante de los nuevos tiempos fue el faro construido con celeridad sobre el Winterberg, una de las colinas que circundan el pueblo. De noche, cuando partía el cielo con su luz deslumbrante, aparecía como el relampaguear de un peligro, que no sabíamos entonces cómo llamar. Se decía que así podían divisarse los aviones enemigos. Pero sobre el cielo de Aschau no había aviones y mucho menos enemigos. En lo más íntimo sabíamos que se estaba preparando alguna cosa que podía solo ser motivo de profunda inquietud pero ninguno alcanzaba a creer que estuviese ocurriendo algo abominable en aquel mundo, entonces tan aparentemente apacible. Cuando nos marchamos de allí, en 1937, supimos que se había proyectado la construcción de unas instalaciones que se levantaron —con inusitada rapidez— cuidadosamente ocultas entre los árboles del bosque. Se trataba de una fábrica de municiones que no podía ser divisada desde el aire; lo que nos esperaba empezaba a adquirir una forma clara y terrible.

Pero, como queda dicho, todo aquello no lo vivimos en primera persona. En aquel intervalo de tiempo, la vida cotidiana en el pueblo fue, en líneas generales, la de siempre. En primer lugar, mi hermano se hizo monaguillo; después, en 1935, cuando entró en el Instituto de Bachillerato de Traunstein y en el seminario del Colegio Arzobispal de allí, yo seguí sus pasos, aun cuando no podía compararme con él en empeño y capacidad. Mi hermana comenzó a acudir a la Escuela Media Femenina de Au sobre el Inn a partir de aquel mismo año. La escuela estaba dirigida por hermanas franciscanas en un antiguo complejo monástico de los canónigos agustinos que comprendía también una de las más bellas iglesias barrocas de nuestra región bávara. En líneas generales, la Iglesia continuaba, al menos por el momento, dando su impronta en la formación escolar, si bien la escuela de Au se hallaba ya expuesta a algunas vejaciones. La vida campesina también permanecía fuertemente unida en una simbiosis estable con la fe de la Iglesia: nacimiento y muerte, matrimonio y enfermedad, siembra y cosecha..., todo estaba comprendido en la fe. Aunque el modo de vivir y pensar de cada persona en particular no siempre correspondía a la fe de la Iglesia, ninguno podía imaginar morir sin el consuelo de la Iglesia o vivir sin su compañía otros grandes acontecimientos de la vida. La vida, sencillamente, se habría perdido en el vacío, habría perdido el lugar que la sostenía y le daba sentido. No se iba tan habitualmente como hoy a comulgar, pero había días fijos para recibir el sacramento, que casi nadie dejaba pasar; si alguien no podía mostrar la hojita que atestiguaba la confesión pascual, era considerado un asocial. Hoy, cuando escucho decir que todo esto era muy externo y superficial, reconozco ciertamente que la mayoría lo hacía más por obligación social que por convicción interior. No obstante, no carecía del todo de significado el hecho de que en Pascua también los grandes campesinos, que eran los verdaderos propietarios de la tierra, se arrodillaran humildemente en el confesionario para confesar sus pecados igual que lo hacían sus criadas y criados, que eran, todavía entonces, muy numerosos. Este momento de humillación personal, en el que las diferencias de clase social no existían, no dejaba de tener consecuencias.

El año litúrgico daba al tiempo su ritmo y yo lo percibí ya de niño, es más, precisamente por ser niño, con gran alegría y agradecimiento. En el tiempo de Adviento, por la mañana temprano, se celebraban con gran solemnidad las misas Rorate en la iglesia aún a oscuras, solo iluminada por la luz de las velas. La espera gozosa de la Navidad daba a aquellos días melancólicos un sello muy especial. Cada año, nuestro «Nacimiento» aumentaba con alguna figura y era siempre motivo de gran alegría ir con mi padre al bosque a coger musgo, enebro y ramitas de abeto. Los jueves de Cuaresma se organizaban unos momentos de adoración llamados del «Huerto de los Olivos», con una seriedad y una fe que siempre me conmovían profundamente. Particularmente impresionante era la celebración de la Resurrección, la noche del Sábado Santo. Durante toda la Semana Santa las ventanas de la iglesia se cubrían de cortinas negras, de modo que el ambiente, aun a pleno día, resultaba inmerso en una oscuridad densa de misterio. Pero apenas el párroco cantaba el versículo que anunciaba «¡Cristo ha resucitado!», se abrían de repente las cortinas de las ventanas y una luz radiante irrumpía en todo el espacio de la iglesia: era la más impresionante representación de la Resurrección de Cristo que yo consigo imaginarme. El movimiento litúrgico, que había llegado entonces a su punto más alto, había alcanzado a nuestro pueblo. El párroco organizaba misas comunitarias para los escolares en las que se leían los textos del «Schott» y las respuestas se recitaban en común.

¿Qué era el «Schott»? A fines del siglo pasado, Anselm Schott, abad del monasterio benedictino de Beuron, había traducido el misal al alemán. Había ediciones solo en lengua alemana; otras tenían parte del texto de la misa en latín y parte en alemán; otras, en fin, en que todo el texto era en latín y al lado el texto alemán traducido. Un párroco muy abierto había regalado a mis padres con ocasión de su boda el «Schott» en 1920; por eso, aquel libro de oración estuvo siempre presente en nuestra familia. Nuestros padres nos ayudaron desde muy pequeños en la comprensión y entendimiento de la liturgia: era un libro de oración para los niños inspirado en el misal; en él, el desarrollo de la acción litúrgica iba ilustrado con imágenes para que se pudiese seguir bien lo que sucedía; además, presentaba de vez en cuando una breve plegaria que sintetizaba lo principal de las distintas partes de la liturgia, haciéndola accesible para el rezo de los niños. Como paso siguiente recibí un Schott para niños en el que estaban ya expuestas las partes esenciales de la liturgia; después recibí el Schott dominical, donde se exponía íntegramente la liturgia del domingo y de los días festivos, y, finalmente, todo el misal completo. Cada nuevo paso que me hacía profundizar más en la liturgia era para mí un gran acontecimiento. Cada librito litúrgico que recibía era algo precioso, algo que no podía soñar más bello. Era una aventura fascinante entrar poco a poco en el misterioso mundo de la liturgia que se desarrollaba allí, en el altar, ante nosotros y para nosotros. Cada vez se me hacía más claro que en ella yo encontraba una realidad que no había sido inventada por nadie, que no era creación de una autoridad cualquiera, ni de una gran personalidad en particular. Este misterioso entretejido de textos y acciones se había desarrollado en el curso de los siglos a través de la fe de la Iglesia. Llevaba en sí el peso de toda la historia y era, al mismo tiempo, mucho más que un producto de la historia humana. Cada siglo había dejado sus huellas. Las introducciones nos permitían ver lo que procedía de la Iglesia primitiva, lo proveniente del medievo y lo que se originó en la época moderna. No todo era lógico, muchas cosas eran complejas y no era siempre fácil orientarse. Pero, precisamente por esto, el edificio era maravilloso y era como mi hogar. Naturalmente, como niño no comprendía cada uno de los detalles, pero mi camino con la liturgia era un proceso de continuo crecimiento en una gran realidad que superaba todas las individualidades y las generaciones, que se convertía en ocasión de asombro y descubrimientos siempre nuevos. La inagotable realidad de la liturgia católica me ha acompañado a lo largo de todas las etapas de mi vida; por este motivo, no puedo dejar de hablar continuamente de ella.

Años de bachillerato en Traunstein