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Franz Hasel, un pacifista de 40 años de edad, fue reclutado y destinado a la Compañía de Zapadores 699, las tropas escogidas de Hitler que construían puentes en las líneas del frente. Sus escrúpulos religiosos no lo hicieron congraciarse con sus superiores. Sarcásticamente lo apodaron "Come zanahorias" y "Lector de la Biblia", pero finalmente consiguió el respeto de su unidad. Justo antes de ser enviado al interior de Rusia, secretamente se deshizo de su pistola, temiendo que por ser el mejor tirador de su compañía pudiera verse tentado a matar. En Rusia afrontó un problema nuevo: cómo alertar a los judíos locales antes que los encontrase la SS. Entretanto, en casa, Helene, la esposa de Franz, y sus cuatro hijos estaban librando sus propias batallas. Esta es una historia verídica y elevadora de una familia desesperada que eligió ser fiel no importa cuál fuera el costo, y que encontró refugio a la sombra del Omnipotente.
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Seitenzahl: 341
Veröffentlichungsjahr: 2020
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La electrizante historia de un soldado y su familia que se atrevieron a practicar su fe en la Alemania de Hitler
Susi Hasel Mundy
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Mil caerán
Susi Hasel Mundy
Título del original: A Thousand Shall Fall, Review and Herald Publishing Association, Hagerstown, MD, Estados Unidos.
Dirección: Rolando A. Itin
Traducción: Rolando A. Itin
Diseño de tapa: Néstor Rasi
Diseño del interior: Giannina Osorio
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXX
Es propiedad. © 2004, Review and Herald Publ. Assn.
© 2004, 2020 ACES.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-190-2
Hasel Mundy, Susi
Mil caerán / Susi Hasel Mundy / Dirigido por Rolando A. Itin. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
Traducción de: Rolando A. Itin.
ISBN 978-987-798-190-2
1. Literatura piadosa. I. Itin, Rolando A., trad. II. Título.
CDD 242
Publicado el 10 de junio de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Achtung: ¡Atención! ¡Cuidado!
Ersatzcaffee: Sustituto del café, hecho con granos tostados
Frau: Señora
Führer: Conductor; título dado a Adolfo Hitler
Gauleiter: Jefe de distrito
Guten Morgen: Buenos días
Guten Tag: Buenas tardes
Gymnasium: Escuela secundaria en Alemania
Hauptmann: Capitán
Herr: Señor
Jawohl: Sí; Por supuesto
Luftwaffe: Fuerza Aérea
Mutti: Mamita
Onkel: Tío
Papa: Papito; Papá (en alemán es palabra grave, como si fuera Pápa)
Reich: Reino; Imperio
Streng verboten: Terminantemente prohibido
Tante: Tía
Wehrmacht: Ejército
Esta es la historia de mi familia durante la Segunda Guerra Mundial. El informe está basado en los recuerdos de los participantes. Por escrito y en cintas magnéticas mis padres registraron los eventos con meticulosos detalles. Mis hermanos y hermanas me contaron sus recuerdos.
Debo mencionar, sin embargo, que me he tomado ciertas libertades al contar la historia, particularmente las que tienen que ver con la secuencia exacta de los eventos y quién dijo a qué persona qué cosa. Además, algunas veces he combinado dos o más personas en una cuando sentí que era necesario por claridad y simplificación. Sin embargo, mi intención fue siempre iluminar más brillantemente la verdad.
Es mi esperanza que este libro sea un estímulo para el pueblo de Dios durante el tiempo del fin.
Martin Lutero
Castillo fuerte es nuestro Dios;
defensa y buen escudo.
Con su poder nos librará
en este trance agudo.
Con furia y con afán
acósanos Satán.
Por armas deja ver
astucia y gran poder;
cual él no hay en la tierra.
Luchar aquí sin el Señor,
cuán vano hubiera sido.
Mas por nosotros pugnará
de Dios el Escogido.
¿Sabéis quién es? Jesús,
el que venció en la cruz;
Señor de Sabaoth,
omnipotente Dios,
él triunfa en la batalla.
Aun cuando estén demonios mil
prontos a devorarnos,
no temeremos, porque Dios
vendrá a defendernos.
Que muestre su vigor
Satán, y su furor;
dañarnos no podrá,
pues condenado está
por la Palabra santa.
Sin destruir la dejará,
aunque mal de su grado:
es la Palabra del Señor
que lucha a nuestro lado.
Que lleven con furor
los bienes, vida, honor,
los hijos, la mujer,
todo ha de perecer;
de Dios el reino queda.
–¡Nadie, nadie, podrá derrotarnos!
Con la barbilla en alto, el maestro contempló los rostros solemnes de sus alumnos de tercer grado.
Corría el año 1939, y la mayoría de sus conciudadanos de Frankfurt compartían la confianza del maestro. Después de todo, ¿no lo habían demostrado su Patria y su Führer [“conductor”, nombre dado a Hitler] en las dos últimas décadas? El trabajo duro de los alemanes, el control de calidad alemán y la tozudez alemana los habían elevado de ser los pobres destruidos por la guerra a ser la nación más dinámica de Europa. El futuro pertenecía al Reich [“reino”, nombre dado al país].
–Somos el pueblo más fuerte sobre la tierra –le dijo a su clase–. Y el mejor de todos, niños, porque si alguno se atreviera a invadir nuestro espacio aéreo, tenemos las baterías antiaéreas.
Kurt Hasel, de nueve años de edad, se sentó más derechito. Apretó sus labios y aspiró una bocanada de aire por la nariz.
–Estas baterías están ubicadas por toda Alemania –continuó el maestro–. Están calibradas con tanta precisión que pueden derribar un aeroplano en vuelo. Por esto Alemania será victoriosa.
La mirada de Kurt se paseó orgullosamente por la ventana. A través de ella podía ver el sol que brillaba sobre los frondosos árboles verdes. Esta era su Alemania, su patria, el país más grande del mundo.
–Mutti [mamita] –le dijo a su madre esa tarde–, ¿no sería maravilloso ganar la guerra?
La madre puso ambas manos sobre sus hombros y lo hizo girar para mirarlo de frente.
–Kurt.
–¿Qué?
Su voz sonaba seria.
–Deseo que recuerdes algo.
Él trató de alejarse retorciéndose, pero ella lo sostuvo con firmeza.
–Si ganamos la guerra, significa que les hemos quitado sus países a otras personas.
–¿Cómo?
–Millones de personas perderán sus hogares y sus vidas –la mamá soltó los hombros de Kurt pero sus brazos lo rodearon estrechamente, y su voz salía por sobre su cabeza oscura–. Los niños serán separados de sus padres y hermanos y hermanas. Tal vez nunca vuelvas a ver a Gerd y Lotte –le dio un pequeño apretón y lo sacudió un poco–. La guerra es un error, Kurt. Matar es malo. Dios quiere que los Hasel sean pacificadores.
–Sin embargo –dijo Kurt con terquedad, y su voz se oía amortiguada contra el pecho de la madre–, sería muy excitante ver cómo derriban los aviones y los hacen caer del cielo.
En 1939 Franz y Helene Hasel y sus vecinos sabían que Adolfo Hitler realmente se estaba preparando para la guerra. Y como todos los demás, la pequeña familia adventista del séptimo día se había estado preguntando qué les depararía el futuro.
Pronto lo sabrían.
Un sábado cálido, después del culto, entraron al vestíbulo del edificio de departamentos donde vivían.
Lotte, de seis años de edad, corrió hasta el buzón para la correspondencia que les pertenecía, y miró por la ranura.
–Papa, hay correspondencia –dijo alegremente.
Franz abrió el buzón y sacó un manojo de cartas. Repasándolas rápidamente dijo:
–Sólo cartas comerciales. Pueden esperar hasta la puesta del sol.
Helene prontamente calentó el almuerzo acostumbrado de los sábados, que consistía en pan negro y sopa de lentejas que había preparado el día anterior.
–¿Podemos ir hoy al Paraíso de las Aves? El día está tan bonito hoy –pidió Kurt.
Lotte y el pequeño Gerhard (la familia lo llamaba Gerd) de cuatro años dijeron en coro:
–¡Sí, por favor, por favor, Papa!
Franz dio una mirada anhelosa a una pila de libros que tenía sobre la mesa. Le gustaba estudiar la Biblia y los escritos de Elena G. de White, y había estado ansiando una tarde tranquila en su hogar. Suspiró, y asintió.
La caminata pronto los alejó de la civilización hacia una amplia expansión de campos abiertos que se extendía detrás del gran complejo de departamentos donde vivían. A los niños les deleitaba caminar por los angostos senderos a través de los campos cuya cosecha estaba madurando. Flores azules y amapolas rojas aparecían entre las espigas de trigo todavía levemente verdes que los superaban en altura.
–Juguemos a que somos los hijos de Israel –dijo Kurt–. Estamos caminando por el mar. Aquellas flores son peces.
Un poco más tarde la familia llegó hasta la orilla de las vías del tren. Cruzaron cuidadosamente sobre ellas, y escucharon el leve murmullo que se oía sobre las vías. Una vez del otro lado, se recostaron sobre el pasto fresco.
–¡Un tren! –gritó Lotte.
Cuando el veloz tren de pasajeros pasó frente a ellos por las vías, el pequeño Gerd se aferró de las faldas de su madre, mientras Kurt y Lotte saludaban al maquinista y a los pasajeros sonrientes. Esta vez, el maquinista, amistoso, hasta hizo sonar el silbato del tren, saludándolos. Fue un día muy especial, que los niños recordarían como el último día de felicidad, sin preocupaciones, en varios años.
Una vez que el tren desapareció, la familia caminó por el sendero arenoso que corría a lo largo de las vías, hasta que llegaron al lugar que ellos llamaban el Paraíso de las Aves. Era como un jardín secreto rodeado por un cerco vivo, alto y tupido. No había portón, y ningún ojo podía penetrar ese cerco. Pero los cantos más melodiosos de los pájaros flotaban en el aire de ese lugar misterioso.
Helene y Franz se sentaron a la sombra del cerco vivo, y en voz baja conversaron sobre el amenazador clima político de esos días. Lotte comenzó a juntar flores silvestres mientras Kurt y Gerd recogían piedrecitas hermosas y caracoles. Cuando comenzó a soplar una suave y fresca brisa por la tardecita, la familia comenzó el regreso a casa.
Después de la cena y el culto de despedida del sábado, Franz buscó el manojo de cartas.
–Muy bien, veamos quién nos escribió –dijo, mientras las apilaba sobre la mesa en grupos.
De repente se detuvo, observando con atención un sobre con aspecto oficial.
–Helene. No puede ser. Pero pienso...
Cortó un extremo del sobre y sacó una hoja de papel doblada. Helene miró por sobre su hombro.
–Es imposible –dijo ella–. Tú tienes 40 años de edad. Debe haber un error.
La voz de Franz, generalmente tan confiada, ahora sonaba confusa y torpe.
–Pero es así. Es una carta de la oficina de reclutamiento. Debo presentarme en el centro de reclutamiento en Frankfurt el lunes a las 8 de la mañana.
–¿Este lunes?
–Este lunes. En dos días.
Helene y Franz se miraron
–Yo pensé que era demasiado viejo. En cambio, parece que soy uno de los primeros en ser llamado a la conscripción.
Llamó a los niños, los condujo a la sala de estar y les dijo que se sentaran. Entonces les explicó que había sido llamado para ser un soldado.
Lotte comenzó a llorar.
–A los soldados los matan en la guerra –decía entre sollozos–. ¿Vas a morir?
Franz abrió su boca para responder, pero antes de que pudiera decir nada, Kurt dijo despectivamente:
–No seas tonta, Lotte. Alemania es el país más fuerte del mundo. Los otros soldados morirán, no los nuestros.
–¿Papa no va a morir, entonces? –preguntó Lotte con un asomo de esperanza.
–Por supuesto que no –replicó Kurt–. Tenemos armas poderosas que nadie puede vencer. Y tenemos las baterías antiaéreas que pueden derribar los aviones en el cielo si nos atacan. Ganaremos la guerra, y Papa será un héroe, y Alemania gobernará el mundo.
El rostro de Franz empalideció. Un adventista del séptimo día devoto era decididamente un pacifista. No había sospechado cuán completamente su hijo mayor, de nueve años, había aceptado las metas de Hitler de hacer de Alemania el centro en expansión de un superpoder, “el Tercer Reich”, que duraría 1.000 años.
–Kurt. Hijos. Escúchenme.
Gerd se sentó sobre las rodillas del padre, y comenzó a chuparse el pulgar. Franz trató de explicar por qué la guerra era mala y que Hitler era un hombre malo que no amaba a Dios. Kurt escuchó, pero la posición de su pequeño mentón mostraba que todavía pensaba que ser un soldado sería una gran aventura.
El lunes, en la oficina de reclutamiento, Franz tuvo su examen físico. Luego llenó una hoja larga con informaciones y se la pasó al oficial que estaba a cargo de la oficina.
–Señor –le dijo cortésmente–, yo soy un cristiano adventista del séptimo día y un objetante de conciencia. Me gustaría servir como auxiliar médico.
El oficial lo miró de arriba abajo.
–Adventista del séptimo día –repitió–. Nunca oí hablar de ellos.
–Hey, Hans, ¿sabes algo de los adventistas del séptimo día? –gritó hacia el otro extremo de la sala.
–Son como los judíos, guardan el sábado –le respondió Hans, también a los gritos.
El oficial le echó una mirada funesta.
–Bueno, entonces –dijo finalmente–, ¿qué harías si estuvieras cuidando a un soldado herido y el enemigo iniciara un ataque?
–Me acostaría encima del soldado herido y lo protegería con mi cuerpo, señor.
–¡Claro! –y el oficial movió la cabeza, y luego le dijo molesto–: No tenemos lugar para cobardes en el ejército alemán.
Revisó algunos papeles, y luego escribió el destino de Franz en el formulario de ingreso. Franz había sido asignado para servir como soldado raso en la Compañía de Zapadores Park 699.
Franz tragó saliva. Él conocía bien a la compañía de zapadores: a los 18 años había servido con ellos durante la Primera Guerra Mundial. Los zapadores eran unidades de ingeniería que preparaban el camino para el avance de los ejércitos. También sabía que la prestigiosa Compañía 699 tenía la tarea de construir puentes donde quiera Hitler planeaba hacer su próximo avance.
Esto significa, pensó Franz para sí, que los soldados en la 699 siempre estarán entre los primeros alemanes que entren a territorio enemigo. Sin duda el oficial lo había puesto en las líneas del frente porque odiaba a los hombres que no apoyaban los esfuerzos militares de Hitler.
–No se quede ahí parado, soldado –rugió el oficial–. Camine, tenemos otras personas que procesar.
Franz se fue a la barraca donde entregaban los uniformes, y le dieron el suyo. Era de un color verde grisáceo, del ejército alemán. Recibió un par de pantalones y una túnica de combate con cuatro bolsillos aplicados, adornos dorados en el cuello, y el emblema del águila germana sosteniendo una esvástica cosida por encima del bolsillo delantero derecho. También recibió un ancho cinturón negro de cuero, del cual podía colgar la bolsa para el pan y las provisiones. Le dieron un par de zapatos, un par de botas altas, una boina, un casco de acero, ropa interior y calcetines.
Se le ordenó que debía presentarse para el servicio el miércoles de mañana.
De vuelta en casa, los niños exploraron el uniforme. A Lotte le gustaba llevar su muñeca en la bolsa para las provisiones. Los diversos compartimientos eran apropiados para un biberón de repuesto y los pañales.
Gerd se puso la boina con el punto rojo vivo que había en el frente, con un círculo blanco y uno negro que lo rodeaban.
Kurt le apuntó a Gerd con un arma imaginaria.
–¡Bang! Te di justo en la frente. ¡Estás muerto!
Inmediatamente, Gerd se puso a llorar.
Pero la pieza favorita de Kurt fue el casco de acero. Le gustaba el olor a cuero nuevo que salía del forro interior. Lo rellenó con papel de diario arrugado para evitar que le cayera sobre los ojos, y orgullosamente marchó por la casa proclamando que nadie podía lastimarlo.
En los siguientes dos días Franz tuvo muchas cosas que hacer. Durante años había sido colportor y director de publicaciones en Austria y Alemania. De modo que se puso en contacto con la casa editora en Hamburgo y con el presidente de la Asociación para informarles que había sido reclutado. Trabajando metódicamente, terminó sus informes y contestó las cartas, de modo que cuando se fuera, su trabajo quedara todo en orden.
El miércoles de mañana, Franz se vistió su uniforme y luego reunió a la familia. Lotte lo miró con mucho respeto, y susurró:
–Oh, Papa, te ves muy guapo.
Kurt estudio el cinturón: el águila nazi estaba rodeado por las palabras: Gott mit uns, que significa: “Dios con nosotros”.
–Papa –dijo Kurt pensativamente–, si Hitler quiere que Dios esté con nosotros, no puede ser malo.
–Kurt –dijo Franz con fuerza–. Hitler es un hombre malo. Nunca confíes en lo que él diga. ¡Permanece fiel a Dios, y sólo a él! Pero vengan ahora, hagamos el culto antes de que me vaya.
Franz leyó Salmos 91:5 al 11. “No temerás el terror de la noche, ni la flecha que vuela de día... Podrán caer mil a tu izquierda, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te afectará... Porque él ordenará que sus ángeles te cuiden en todos tus caminos” (NVI).
Luego la familia cantó su himno favorito: “Castillo fuerte es nuestro Dios”. Después se arrodillaron en círculo tomados de la mano, mientras Franz oraba.
“Padre nuestro, he sido reclutado como soldado”, dijo en su oración. “Tú sabes que no tengo interés en la guerra ni en pelear. Tú sabes que no encontré ninguna alegría en la Gran Guerra, aun cuando todavía no era cristiano. Mucho menos ahora. Por favor, quédate con nosotros. Padre, al ir por nuestros caminos separados, ayúdame a ser fiel a mi fe aun en el ejército. Ayúdame de tal manera que no tenga que matar a ninguno. Por favor, tráeme de vuelta con seguridad, y protege a mi familia de todos los peligros de la guerra aquí en casa. Amén”.
Se estaba haciendo tarde. Rápidamente se dijeron Adiós, y Franz se fue, deseando en su corazón que un día todos pudieran estar todos juntos otra vez.
En la estación central de Frankfurt reinaba una atmósfera casi de carnaval. Doscientos soldados con sus elegantes uniformes nuevos eran enviados al campamento de entrenamiento en Nierstein, a orillas del río Rin. Bien afeitados, con el cabello recientemente cortado, ostentando sus nuevos uniformes, se los veía fuertes y confiados.
Esposas y novias abrazaban a sus hombres. Unas pocas de ellas lloraban, pero la mayoría estaba de ánimo como de fiesta, agitando las esvásticas rojas y arrojando papel picado. Un grupo en el centro del gentío bebía champán y cantaba cantos de victoria.
Los soldados sostenían torpemente las flores y las cajas de chocolate artísticamente envueltas que les habían dado las damas. Una señorita a quien Franz nunca había visto antes lo besó en ambas mejillas y le deseó buena suerte. Finalmente, el tren a vapor salió de la estación con el gran estruendo del grito de batalla: ¡Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil! [¡Un pueblo, un imperio, un líder! ¡Victoria salvación! ¡Victoria salvación!]
Un mudo sobresalto pasó por Franz. El poder demoníaco de sugestión de Hitler ha capturado a las masas –pensó–. Están convencidos de que la guerra terminará para Navidad, y que muy pronto Alemania gobernará un mundo mejor.
A medida que el tren se alejaba de la estación, él comenzó a conversar con algunos de los otros soldados. Simpatizó enseguida con Karl Hoffman, y los dos hombres iniciaron una amistad.
Tres horas más tarde llegaron a Nierstein, donde los nuevos conscriptos se ubicaron en sus cuarteles mientras el resto de su batallón llegaba; 1.200 hombres en total. La Compañía de Zapadores Park 699 estaba formada con tropas escogidas de Hitler que recibían órdenes directamente de las oficinas centrales en Berlín. Muchos de los hombres eran avezados artesanos y mecánicos.
El viernes Franz buscó al Hauptmann (capitán) de su unidad, un hombre llamado Brandt. Lo encontró en una sala hablando con su contador y un secretario. Él tenía una expresión agradable en el rostro.
–Herr Hauptmann –dijo Franz–, ¿me da permiso para presentar dos pedidos?
–Habla, hombre. ¿Cuáles son?
–Como usted sabe, señor, yo soy adventista del séptimo día. Adoro a Dios el sábado, como nos enseña la Biblia a hacerlo. Me gustaría que se me eximiera de presentarme al servicio en mi sábado. Además, no como carne de cerdo o ninguna otra cosa proveniente de estos animales. Respetuosamente solicito permiso para recibir un sustituto cada vez que se sirva comidas con cerdo.
Tomado por sorpresa, el Hauptmann no sabía qué contestar. Detrás de él, el contador y el secretario se miraron, pusieron los ojos en blanco y se golpearon la frente.
Finalmente, el Hauptmann Brandt se encogió de hombros.
–Si puede hacer los arreglos con el teniente, yo estoy de acuerdo.
Franz buscó al teniente Peter Gutschalk, un hombre agrio que ya se había ganado el apodo de Seltenfroelich (Pocas-veces-alegre).
Saludando con desenvoltura, Franz repitió sus pedidos.
La cara de Gutschalk se puso roja como un tomate maduro.
–Soldado, debe estar loco –vociferó–. ¡Este es el Ejército Alemán! Este batallón se va a la guerra, ¿y usted quiere el sábado libre? –escupió, y hablando para sí dijo–: ¡Justo a mí me tocó la suerte de tener la carga de un religioso chiflado!
–Sólo estoy pidiendo autorización de cambiar el trabajo con otros soldados de modo que mi día libre caiga en sábado.
Procurando inspirar aire como un pececito, el teniente rugió:
–¡Quítate de mi vista!
Franz comenzó a retirarse.
–Haga los arreglos que quiera –siguió diciendo el oficial–, pero déjeme decirle esto, Hasel. Una vez que comience el avance, ¡la guerra no se va a detener para que usted pueda guardar su sábado! Además, si lo veo esquivando su deber de cualquier manera, me ocuparé personalmente que viva para lamentarlo. Recuerde, ¡lo estaré observando!
Cuando Franz volvió a las barracas, le preguntó a los hombres si alguno de ellos estaba dispuesto a cambiar el servicio del domingo con él. Su nuevo amigo, Karl Hoffman estuvo de acuerdo con él de inmediato, y hubo también otros dispuestos a hacerlo. Los domingos tenían entretenimientos y bailes, y como las señoritas locales admiraban a los uniformados, ¿quién sabe qué romances se producirían?
Animado por su éxito, Franz se fue a la cocina. Allí le explicó sus principios de alimentación al cocinero jefe y le pidió si podía conseguir algún sustituto cuando sirvieran cerdo.
El cocinero puso sus manos sobre las caderas y miró fijamente a Franz, de arriba abajo.
–Soldado Hasel –le dijo tensamente, mientras un color rojo parecido al del teniente Gutschalk comenzó a subirle por el cuello–, permítame educarlo acerca de su dieta. Para el desayuno servimos pan, mermelada y café. Para el almuerzo servimos un guiso. Para la cena servimos pan con chorizos u otra carne, y algunas veces, queso. Además, cuatro veces por semana recibirá dos onzas [unos 60 gramos] de mantequilla por la tarde, y tres veces por semana, dos onzas de manteca de cerdo.
Mientras hablaba, el cocinero se iba enojando más y más.
–¿Sabe? ¡Realmente tiene coraje! Éste es el ejército, no un restaurante que le ofrece lo que desea.
Golpeó con sus nudillos una olla enorme, que sonó en forma atronadora.
–¿Ve esto? Esta es la olla que tengo. Toda la comida se prepara aquí. Comerá lo que comen todos los demás, y si no quiere ¡muérase de hambre! ¡Cerdo, justamente! –miró a Franz directamente a la cara y le dijo–: Me parece que usted es un judío disfrazado. ¡Espérese y verá!
Más tarde, Franz se encontró en la fila para recibir la cena, y el cocinero, de modo insolente, le arrojó una porción más grande de salchichas en su plato.
Franz miró la carne que nadaba en grasa. ¿Debía él comer lo que Dios había prohibido, o debía comer sólo el pan y salir con hambre? Más tarde, de regreso en la barraca, buscó el libro de Daniel en su Biblia y releyó la historia de Daniel y sus tres compañeros que decidieron no tocar la comida del rey. Allí mismo se reconsagró a Dios para ser fiel a los principios de alimentación.
Pero él necesitaba alimentarse, de modo que algo tenía que hacer.
En ese tiempo, Franz junto con otros treinta soldados, fue alojado en una casa del otro lado de la calle, frente a una lechería. El lunes de mañana fue a visitar a la dueña de ella.
–Estaré aquí durante algún tiempo, y me gustaría hacer un intercambio con usted –le dijo–. ¿Estaría usted interesada en cambiar productos lácteos por cerdo?
–Por supuesto –replicó la mujer, feliz de tener acceso a alguno de los platos deliciosos de los Zapadores. Discutieron un poco los detalles, y finalmente ella dijo–: Te daré un litro de leche por día, y un cuarto de libra [unos 100 g] de mantequilla cada tercer día, a cambio de tus porciones de cerdo, manteca de cerdo y salchichas.
Después de eso, cada mañana Franz rompía la porción de pan que recibía en trozos pequeños, los regaba con leche fresca, y los comía con su cuchara. Los otros soldados lo miraban fijamente y comenzaron a ponerse celosos de su leche y mantequilla aparentemente inagotables.
–Escucha, Come Zanahorias –le decían–, estás comiendo muy bien, ¿no te parece?
Franz les sonreía de buenas maneras, y les respondía:
–Ustedes sigan comiendo sus chanchos. Yo prefiero esto.
–Esto está bien, por el momento. Pero, ¿qué vas a hacer cuando lleguemos al frente y ya no puedas hacer negocios?
–Eso no me aflige por el momento. Dios se ocupará de eso.
Y de hecho, la compañía se estaba entrenando con toda intensidad, preparándose para ir al frente. Además de la instrucción básica del ejército, los Zapadores construyeron varios puentes sobre el río Rin. Era un trabajo muy duro y pesado. A mediodía, la cocina de campaña les traía la comida hasta el lugar donde trabajaban. Cuando Franz miró en la olla y vio cerdo, no tomó nada de la comida. Siempre llevaba algo de pan y queso, y comió eso en cambio.
Una vez, un soldado de otra compañía vio esto y le dijo:
–Dime, noté que no comes carne. ¿Hay alguna razón para ello?
Franz le explicó cuáles eran sus convicciones.
–Bueno, tenemos en nuestra compañía a un hombre que tampoco come cerdo.
–¿Realmente? ¿Dónde está él? ¿Cómo se llama?
–Michel, y no recuerdo su apellido.
–¿No será Michel Schroedel?
–¡Eso es! –respondió el soldado–. Él trabaja en ese edificio allí.
Franz corrió hacia el edificio, y subió los escalones de a dos. Adentro descubrió a su viejo amigo, Michel Schroedel, el gerente de la imprenta del Seminario Adventista de Marienhohe. Los dos hombres se habían conocido quince años antes. Durante las cuatro semanas que transcurrieron hasta que sus compañías se separaron, Franz y Michel se reunieron para adorar juntos y animarse mutuamente cada sábado.
Por el momento, dos problemas se habían resuelto: la observancia del sábado y la dieta. Pero quedaba todavía uno más.
Franz se había convertido al adventismo a los 20 años de edad, y desde entonces había formado el hábito de leer la Biblia entera cada año una vez. Aunque sabía que no sería fácil, decidió seguir con esta práctica en el ejército. Cada mañana y cada noche se sentaba en su catre para leer su Biblia y orar.
Los soldados procuraron hacer todo lo posible para interrumpir sus devociones contando chistes, a los que seguían fuertes risotadas, o arrojándole zapatos y almohadas. Pronto había ganado el apodo de “Lector de la Biblia”, además de “Come Zanahorias”.
De todos los hombres, el teniente Gutschalk era el más cruel en ridiculizarlo. No perdía ninguna oportunidad para humillar a Franz frente a sus camaradas. Franz se daba cuenta de que si quería mantener el respeto de los hombres, tendría que conseguir que el oficial cambiara. De modo que empezó a preparar un plan.
Una mañana, cuando estaban formados para pasar lista, el teniente preguntó:
–Bueno, Hasel, ¿ya hiciste tu culto?
Franz saludó prontamente y le respondió:
–Sí, señor.
–¿Cómo puedes creer en esos cuentos de hadas en estos tiempos tan iluminados? Debes estar mal de la cabeza.
–Es interesante, teniente, pero acabo de leer acerca de personas como usted en 2 Pedro 3:3 –y Franz rápidamente sacó su Biblia de bolsillo, la abrió y leyó–: “Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias”. Este pasaje, fue escrito hace más de 1.900 años atrás. Gracias, señor, por confirmar que la Biblia es cierta, y por fortalecer mi fe.
Durante la cena, unos pocos días más tarde, el teniente Gutschalk estaba caminando del lado opuesto del comedor.
–Bueno, Sr. Santulón –lo llamó por sobre las cabezas de los hombres que comían–, ¿has leído alguna otra cosa útil en tu Biblia hoy?
–Sí, señor –le respondió con vigor–, en realidad leí acerca de usted.
–¿Acerca de mí?
Nuevamente Franz sacó su Biblia.
–Escuche lo que dice Eclesiastés 12:13 y 14: “El fin de todo el discurso es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre”, incluyendo al teniente Gutschalk.
Los soldados silbaron y aplaudieron mientras Gutschalk se retiraba apresuradamente. Nunca más preguntó por las devociones de Franz. Pero continuó siendo su enemigo, y siguió buscando oportunidades para ponerlo en dificultades.
A fines de setiembre los Zapadores recibieron órdenes de construir un pontón sobre el río Rin en Oppenheim. Era su primera oportunidad para poner en práctica las habilidades adquiridas. Requisaron una cantidad de barcazas, y reembolsaron su valor a los dueños. Las barcazas fueron ancladas juntas en forma apropiada, y sobre ellas construyeron el puente. Fue un tremendo éxito. En honor de su Hauptmann, el puente fue llamado Brandtbruecke (“El puente de Brandt).
Cuando estuvo terminado, hubo una gran celebración. Las banderas ondeaban al viento, tocó la banda del ejército y el Hauptmann Brandt dio un discurso entusiasta acerca de los elevados ideales alemanes, que pronto establecerían la norma para el mundo entero. Las orillas del Rin devolvieron el eco de los gritos de “¡Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil!”
Entonces los soldados y la gente de la ciudad cruzaron el Rin sobre el puente nuevo, sobre tablones aromáticos de pino y que destilaban resina. En cada cabecera del puente había en lo alto un águila alemana con una esvástica en las garras. Este puente sobrevivió durante toda la guerra, y se usó hasta el otoño de 1944 durante la primera invasión norteamericana a Alemania.
Mientras el entrenamiento en el campamento continuaba, pronto llegó a ser evidente que Franz era especialmente bueno en la práctica de tiro al blanco, y la mayoría de las veces daba en el centro del blanco. Pronto se ganó la admiración de otros y llegó a ser conocido como el mejor tirador de la compañía.
En el campo de tiro, un día su amigo Karl Hoffman le preguntó:
–Franz, ¿cuál es el secreto de tu buena puntería?
Franz se encogió de hombros.
–No sé de nada en especial que haga. Sencillamente miro al blanco por la mirilla, luego apunto el arma un poquito más bajo y aprieto el gatillo.
–Voy a practicar tu truco. Probablemente me salvará la vida algún día.
En un sentido, por supuesto, lo que dijo Karl era cierto. Pero la conversación asustó a Franz. Cuando estaba solo, a menudo se preguntaba qué haría si un enemigo lo atacaba. ¿Tomaría instintivamente el arma y lo mataría para protegerse? Recordó su promesa a Dios de no quitar la vida a otra persona, pero en este mundo no estaba seguro de sí mismo si era puesto a prueba.
La Compañía de Zapadores Park 699 celebró su primera Navidad en el ejército con una reunión a la luz de velas en la majestuosa vieja catedral de Oppenheim junto al río Rin. Los soldados estaban chasqueados de que la guerra no hubiera terminado ya, pero el discurso entusiasta que pronunció Hitler la Nochebuena les devolvió la confianza. Una vez más su personalidad hipnótica dominó a las masas. Todo sigue bien... El Tercer Reich se establecerá pronto... Alemania reinará suprema durante 1.000 años.
Se habían hecho planes para una gran fiesta más tarde esa noche. Franz solicitó permiso para quedarse en la barraca. No, la asistencia era obligatoria. Cuando llegó al salón de la fiesta, el teniente Gutschalk estaba en la puerta.
–Hasel, ¿qué estás llevando allí?
–Como usted sabe, teniente, yo no bebo alcohol. Tengo aquí una botella de jugo de uva de modo que tenga algo para beber.
–Entonces, entra –gruñó el teniente dejando pasar a Franz.
Dentro del salón, grandes mesones sobre caballetes habían sido cubiertos con sábanas blancas, y decoradas con ramilletes de abeto fresco y velas. La fragancia de las coníferas se mezclaba con el aroma de las porciones de torta de Navidad llenas de especias, puestas en el lugar para cada soldado.
La festividad comenzó con el canto de algunos antiguos villancicos de Navidad alemanes: “Es ist ein Ros’ Entsprungen”, “O Tannenbaum”, y por supuesto, el clásico “Stille Nacht”.
Pero pronto la cerveza y el coñac comenzaron a hacer su efecto, y el ambiente se volvió más ligero. Uno de los soldados había compuesto un poema acerca de las características de los hombres de la compañía. Con curiosidad, Franz aguardó para ver qué dirían de él. Finalmente, apareció:
“Hasel gustosamente lee su Biblia, lleno de celo como vimos todos,
Come verdura fresca y papas hervidas, zanahorias y pepinos crudos.
Les predica a todos la buena palabra de la temperancia,
no come carne, no fuma, no bebe: así debería ser un cristiano”.
Él supo que a pesar de que lo molestaban, lo habían aceptado.
Después de unas dos horas, Franz era el único hombre sobrio en toda la compañía. Cuando la fiesta se puso más ruidosa y los chistes más groseros, salió del salón y pasó el resto de la noche en su barraca leyendo su Biblia.
Al día siguiente, mientras cumplía una orden, se encontró con el Mayor y el Hauptmann. Con el saludo militar, trató de seguir su camino, pero ellos lo detuvieron.
–Hasel –le dijo el Mayor–, notamos que usted se mantuvo sobrio anoche. Queremos que sepa que apreciamos mucho eso.
Unos pocos días más tarde, Franz fue promovido a soldado de Primera Clase. Para su sorpresa, también recibió una medalla, la Kriegverdienstkreuz 2. Klasse mit Schwertern, la Cruz al Mérito en la Guerra de 2da. Clase con Espadas. Con curiosidad observó la caja forrada con satén azul. En ella brillaba una Cruz de Malta, con la esvástica en el centro y dos espadas cruzadas en diagonal, colgadas de una barra de cinta con fajas rojas, blancas y negras y otro par de espadas cruzadas.
Él no tenía idea de qué había hecho para merecer ese honor. En un ejército saturado de alcohol, la sobriedad sola no le daría méritos para esta recompensa.
Junto con su promoción vino un beneficio nuevo e inesperado. Franz fue liberado de todo trabajo al aire libre, y se lo asignó como guardia nocturno en la oficina de la compañía. Una noche le volvió la curiosidad acerca de su medalla, y decidió revisar su legajo.
Lo encontró en un archivo, buscó el registro acerca de la medalla, y descubrió que la había recibido “por ser una buena influencia moral sobre los hombres de la compañía entera”. Pensó en las diversas ocasiones en que había dicho: “Camaradas, detengan su charla inmoral y sus chistes sucios. No tomen el sexo livianamente; el sexo es sagrado. Recuerden a sus esposas e hijas en casa. ¿Cómo se sentirían ellas si oyeran este lenguaje inmoral?” Franz había pensado que sus advertencias se las había llevado el viento. Ahora se daba cuenta de que habían sido escuchadas y apreciadas.
Para este tiempo, los hombres de la Compañía de Zapadores Park 699 habían llegado a ser un grupo cohesivo, y habían establecido una rutina cómoda. Pero eso no había de durar mucho.
Allá en Frankfurt las cosas fueron empeorando para Helene y los niños. El alimento y la ropa que necesitaban estaban estrictamente racionados, y sólo se podían comprar si Helene presentaba las tarjetas de racionamiento apropiadas. Cada persona recibía una papa y dos rebanadas de pan por día, y los niños recibían además un medio litro de leche. Más tarde, para Navidad, les dieron una naranja, y para Pascua, todos tenían derecho a un huevo. Cada seis meses se les entregaba una lata de jamón, y cada primavera todos los niños recibían un par de zapatos.
No obstante, la moral se mantenía alta. Hitler había comenzado a invadir los países vecinos sin mucha oposición, y los alemanes esperaban con optimismo que la guerra pronto terminaría.
Kurt y Lotte asistían a la escuela “Ludwig Richter”. A Kurt le gustaba la escuela, principalmente porque allí escuchaba las emocionantes noticias diarias del progreso de Hitler. Su maestro les hablaba de la flota de submarinos y barcos de guerra, los aviones, las bombas, los tanques y la nueva “arma secreta” de Hitler que se estaba desarrollando.
Helene, sin embargo, pronto tuvo que vérselas con amenazas a sus creencias que eran mucho más serias que el lavado de cerebros que recibían Lotte y Kurt en la escuela.
El Nazionalsozialistische Deutsche Arbeitspartei, el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán, había llegado a ser muy poderoso, y ahora dominaba la política alemana. La gente sentía un honor ser un Nazi, como se llamaba a sus miembros. Y los miembros del partido tenían muchos privilegios, incluyendo mayores raciones de alimentos y trabajo si lo deseaban. Sin embargo, Helene sabía que ella nunca podría aceptar los ideales nazis.
No obstante, no era fácil mantenerse del lado contrario. En las tiendas y lugares públicos se sabía inmediatamente a quién pertenecía su lealtad por la manera de usar el nuevo saludo alemán: “Heil Hitler” [Salve Hitler] mientras levantaba el brazo derecho extendido. Si alguien seguía usando el tradicional “Guten Morgen” o “Guten Tag”, se lo tildaba de desleal a su país. Helene rehusó ceder ante la presión.
Una tarde ella respondió a un llamado en la puerta. Allí estaba el Herr Doering, un vecino que había llegado a ser un dirigente del partido.
–Heil Hitler –la saludó él, levantando el brazo extendido.
–Buenas tardes –contestó Helene con precaución.
–¿Puedo pasar un momento?
Silenciosamente, Helene abrió la puerta y lo condujo a la sala de estar.
–Frau Hasel –comenzó él–, hemos notado que usted todavía no es miembro de nuestro partido. A lo largo de los años he observado que junto con su esposo son ciudadanos ejemplares. Usted es la clase de persona que queremos que sean nazis. Yo he sido enviado para extenderle una invitación para unirse al partido.
Helene lo miró con sus claros ojos azules mientras él explicaba los beneficios a los que tendría derecho por ser miembro del partido.
–Las raciones serán el doble –dijo–. Sus hijos recibirán no uno, sino dos pares de zapatos por año, dos juegos de ropa, y un abrigo grueso para el invierno. Usted y sus hijos gozarán de una vacación de seis semanas en un hotel en la montaña o junto al mar, con alimentos no racionados. Allí podrá comer todo lo que quiera.
Señor, oró ella en silencio, ¿qué hago ahora? Si no me uno al partido, este hombre se enojará y correré peligro con mis hijos. Tal vez es un momento en el que haría bien en cumplir externamente con la demanda, como la reina Ester, pero seguir siendo fiel a mi fe en mi corazón. Dame sabiduría.
Herr Doering terminó su invitación, puso una solicitud de ingreso y una pluma en su mano, y la miró con expectación.
Helene se la devolvió.
–Herr Doering –le dijo–, mi esposo ha estado en el frente desde el primer día de la guerra. He notado que los hombres que son miembros del partido están todavía aquí. No quiero unirme a un partido así. Además, yo ya pertenezco a un partido.
–¿Qué partido será? –preguntó el hombre con desdén.
–Es el partido de Jesucristo. No necesito otro –replicó Helene.
Herr Doering pareció aturdido por su osadía. Entonces el color de la humillación subió a sus mejillas.
–Ya veremos acerca de eso –siseó con los dientes apretados.
Salió a zancadas de la habitación, y golpeó con fuerza la puerta del departamento.
Desde ese día en adelante, fue el enemigo de Helene. Aunque él sabía que ella era adventista del séptimo día, comenzó a esparcir el rumor de que era judía, lo que le causaría muchas dificultades más adelante en la guerra. A menudo tocaba el timbre a medianoche mientras golpeaba la puerta con los puños. Con un corazón sobresaltado, Helene iba a abrir la puerta, pensando que era la Gestapo que había salido a medianoche para arrestarla. Pero allí estaba Herr Doering.
–Mañana por la noche –gruñía él– sus hijos le serán quitados a menos que se una al partido.
