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Una novela sobre salud mental, diversidad y pinceladas de historia acompañadas por mucha música. Dailos, Asier y Marta nos transportan a Madrid, Bilbao o Arucas a través de sus vivencias más personales. La música vive no solo en cada melodía, sino en cada artista que se entrega, que da parte de sí y que, incluso de forma no intencionada, nos induce a descubrir aspectos de nuestra propia identidad. Entender que las personas referentes nos acompañan y nos contienen en nuestro crecimiento es fundamental. Por esta razón, salud mental, diversidad y pinceladas de historia se entrelazan en Mimi me salvó junto a mucha música.
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Mimi me salvó
© Sergio Bero
© Kabo&Bero® Ediciones
Ilustraciones y maquetación
Antto Kabo
Corrección
Raquel Mora Navarro
1ª edición física: febrero de 2024
Editado por
Kabo&Bero® Ediciones
www.kaboybero.com
ISBN: 978-84-128078-1-3
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.cedro.org; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
A Antonio,
que fue un antes y un después
Aún recuerdo cuando Sergio me pidió que escribiera el texto de (esta) su obra. Yo estaba en el supermercado tocando aguacates para ver cuáles estaban maduros, y se me cayó un bote de hummus rodando. Me paralicé unos segundos porque «¿qué tenía yo que decir, sin ser escritora profesional?». Me gusta pensar que, aunque me conoce poco, ha visto algo de Marta (a la que conoceréis en breve) en mí. Bueno, de Marta, de Dailos y de Asier; incluso, por qué no, un poco de Mimi también. A la hora de responder a ese porqué, creo que realmente lo que me diría Sergio es que no piense en lo que él quiere de este prólogo, sino en lo que quiero yo y en cumplir mis expectativas. Pero quizás sí que tengo un poco de estos tres personajes “en mis adentros”, no solo por ser parte de la comunidad lgtbiqa+, sino porque estoy viva.
En este libro descubriréis algo muy importante y es que todos, todas, todes, tenemos sentimientos muy similares seamos lgtbiqa+ o no: pertenencia, desarraigo, soledad, morriña, éxito, felicidad y mucho amor. Al final la gasolina y el motor de la vida queman igual en todos los cuerpos porque todos queremos lo mismo: ser.
SER es lo único que deseamos desde la comunidad, un ser que no es sobrevivir, sino vivir plenamente y desarrollarnos en todo nuestro arco de luces, como los objetos que Dailos fotografía. Qué difícil es, entonces, vivir cuando para algunos, algunas y algunes el mundo es un lugar muy hostil. Por eso este libro es para ti, seas o no de la comunidad lgtbiqa+, porque hace falta que el arte queer trascienda las fronteras de nuestra comunidad y llegue a todo el público porque todo el mundo forma parte de la construcción de un futuro mejor para toda la sociedad. De la mano de Marta, Dailos y Asier muchos, muchas y muches van a entender mejor a las personas lgtbiqa+, a nosotres, porque estos tres protagonistas van a ayudarles a comprender que sentimos en un idioma universal.
Antes hablaba de SER. Siempre he pensado que hay una energía, un pulso, un torrente que es la vida y es NUESTRO SER, que se nos desboca, nos inunda, nos atraviesa y que vertemos allí donde pisamos cuando dejamos nuestra impronta por el mundo. Cuando este torrente se encierra y se estanca dentro de un cuerpo, nos envenena por dentro, por eso es necesario permitirnos SER quienes somos sin pedir permiso ni perdón. Este libro os va a invitar a ser y, lo que es igual de bonito, os va a permitir SER a vuestro alrededor, alimentar la luz del resto, como hace Marta con sus pacientes.
Por otro lado, cuando leáis este libro, vosotros, vosotras y vosotres jóvenes; quiero que dediquéis unos segundos a recordar a aquellos, aquellas y aquelles que fueron, que andaron para que mi generación corriese y la vuestra pueda volar. A lo mejor me estoy convirtiendo en una abuelita que da consejos pero: recordad, haced memoria y agradeced a aquellas generaciones y sabed que nuestros derechos se volverán a poner en duda: estad listos para ello y, como Asier, aprended a romper. Romped con el pasado, con los discursos de odio, con las voces que os dicen que no os merecéis ser felices porque, sorpresa: claro que os lo merecéis, todos, todas y todes. Sois válidos, válidas, válides; es más, sois valiosos, valiosas y valioses.
A mis otros jovenzuelos y jovenzuelas, que no sois parte de la comunidad: sed los Jordis y las Yurenas de vuestro entorno. Recordad que crear un mundo menos hostil y más confortable para los demás os hace mejores y hace que este mundo también sea mejor para vosotros y vosotras.
Confío en todos vosotros, todas vosotras y todes vosotres; porque en el mundo hay amor, lo he visto, lo he sentido y me ha besado pero, recordad, que cuando no lo encontréis, hay mucho dentro de cada cual y lo mejor es que cuanto más se da, de forma sana, más hay.
Poco le queda por decir a esta abuelita consejera así que, recordad: poneos crema solar, quereos y quered mucho (de una forma sana), soltad lo necesario, iluminad y dejaos iluminar, vivid y sobre todo SED, SED MUCHO.
Lola Buzón
Coloco en el asiento contiguo mi bolso y advierto que el AVE no va lleno, me alivia pensar que no compartiré las casi tres horas que separan mi Málaga natal de la capital con nadie más que mis pensamientos. Mi pantalón de suave felpa, mis deportivas blancas y mi camiseta oversize han sido la mejor elección para que la comodidad sea efectiva. Me dejo caer y resoplo sintiendo aún el terral boquerón que acabo de dejar atrás en la estación María Zambrano. En apenas cinco minutos comienzo a hacer un repaso mental de estas tres últimas semanas.
Sin remedio alguno, el primer pensamiento se lo dedico al pasado miércoles 11 de junio de 2042. Imposible desterrar esa fecha de mi cabeza, día en el que una videollamada cambió mi vida, o al menos, el modo en el que la estaba viviendo. Aunque es cierto que muchas lo hacen –cuántos timbres son la antesala de noticias, cambios y sorpresas–, esta fue la última de ellas.
Cuando una piensa que nada va a moverse del punto donde se encuentra, acude la posibilidad de revancha, en mi caso disfrazada de análisis rutinarios. Nada más ordinario para marcar un punto y aparte que una analítica de sangre.
Ciertos parámetros desajustados vinieron a refrendar las semanas de cansancio que estaba arrastrando y la pérdida de peso que, sin motivo aparente, estaba manifestándose en mí. Esos resultados me llevaron a visitar a mi doctora, Mercedes, que auguraba malas noticias. No podía decirse que tuviera yo demasiada actividad –o más que la de costumbre– últimamente. Sabía que al cuerpo debía darle actividad y descanso de forma adecuada y proporcionada. Escuchar sus necesidades y sus deseos había sido siempre mi ritual, pero también vigilarlo siendo consciente de que la genética podía jugar en mi contra.
Otra llamada, sin cámara aquella vez, hace ya 40 años, cuando aún los sanitarios no atendían desde el plasma de la videoconsulta, también se ocupó de cambiar mi rumbo –anímico en aquella ocasión– inesperadamente. La diferencia de edad entre papá y mamá solo se hizo evidente cuando él enfermó. Los casi veinte años entre ellos nunca habían sido antes tan evidentes. Es más, la gente piropeaba el físico envidiable de papá y el efecto rejuvenecedor que mamá infería en él. Parecían totalmente coetáneos. Sin embargo, como si se tratara del efecto contrario a cualquier anuncio televisivo de cremas antiarrugas, los 60 cayeron de golpe después de que la prematura demencia senil llamara a nuestras puertas. Y sí, no solo a la puerta de papá, sino a la de mamá y a la mía también.
Teniéndome por aquel entonces en Madrid, a mamá se le hizo tremendamente inaccesible el cuidado de papá. Su cómoda vida, llena de confort, opulencia y buenas apariencias como cónyuge de un fiscal renombrado, parecía derrumbarse. La ayuda de una nueva cuidadora interna, además de la que Rosa siempre nos había brindado en casa, no parecía serle suficiente.
Cada llamada consistía en reprochar mis decisiones y mi entorno. Dedicaba más tiempo a desaprobarme que a contarme qué avances, o más bien retrocesos, presentaba papá. Normalicé esos sermones diarios debidos a su indefensión, por verla sola o por el hecho de haber sido ella mi defensora durante mi adolescencia, mientras que yo después hice mi vida lejos de Málaga.
Cierto es que mamá había sido mi protectora, pero nunca mi sobreprotectora. Consiguió que yo creciera creyendo en mí y que viviera mi realidad de forma natural. Sería imposible decir que fue un recorrido sin juicios, pero ella me ayudó a minimizarlos. Fue también ella quien aceptó que desde muy chica me expresara como niña, independientemente de los genitales con los que hubiera nacido. Mamá siempre antepuso mi ser a mi estar; mi yo a mi apariencia. Recuerdo El patito feo como el primer cuento que, siendo un clásico, hablaba de mí. Con mamá fue más sencillo quererme tal cual era, apreciarme y tratarme mejor. Ojalá mi caso fuera una generalidad, pero no lo fue durante los 80 y, salvando distancias, tampoco décadas después.
Sé que soy una privilegiada. A esa mano maternal agarrándome fuerte se uniría haber nacido en una familia con una posición económicamente agradecida. El dinero no da la felicidad, pero ayuda... y mucho. Tal y como defendía la periodista Virginia Vallejo en su relación con el narcotraficante Escobar y el poder: no es lo mismo llorar en primera clase que en turista.
Ante la postura nada empática de papá, imposibilitado para entender mi transición, mamá ocupó el papel convincente para conseguir mis tratamientos en una España –la de los 90– no preparada y obstaculizante. La inquebrantable tozudez de mamá luchando por mi libertad fue mi aliada, para ponerme en manos de mi cirujano en Londres con mis 17 recién cumplidos. Echando la vista atrás, con la perspectiva actual tras un recorrido mucho más amplio, reformulo el planteamiento anterior porque mis genitales no fueron tan independientes. El passing1 siempre ha funcionado como un ajuste al patrón de género que prevalece en la sociedad para así, evitar la hostilidad de ser distinta y visible. En ningún momento hubiera podido yo misma entender, en aquellos tiempos, que mantener mi pene fuera una posibilidad lícita. Aunque no fuera un órgano al que le tuviera desprecio, formaba parte de aquello que debía modificar para sobrevivir ante la transfobia imperante de finales del siglo XX.
Era el año de las famosas olimpiadas barcelonesas y el Curro sevillano: un año donde España quiso mostrarse al exterior, renovándose por dentro y por fuera, como yo misma2. Por eso mismo, por saber que algo tan superficial como el dinero facilita y abre muchas puertas, pero que el apoyo del entorno era imprescindible, fui consciente tempranamente de que quería ayudar a otras personas y facilitar su camino como mamá allanó el mío. Me formé como psicóloga.
Papá había sido un mero dispensador económico, falto de comprensión. Cuando mi oportunidad de sentir orgullo por su parte podría estar en ciernes, cayó enfermo. Había colocado todas mis expectativas en ese momento hipotético y futuro en el que él me valoraría personalmente, aplaudiría mi carrera profesional, y me vería como una mujer hecha y derecha. Ante todo, como una mujer.
Sin embargo, fue todo fulminante. Comenzaron haciéndose más evidentes muchos rasgos que papá había desarrollado hacía tiempo y a los que no les habíamos dado la importancia necesaria. Esos olvidos tontos de eventos, sus confusiones sobre fechas, el malhumor en momentos sociales o necesitar de mamá para elegir la ropa adecuada en cada ocasión, eran comportamientos muy repetidos que jamás nos habían preocupado. Pero sus descuidos mutaron en no recordar la dirección de casa, desorientarse fácilmente, inquietarse durante la noche y necesitar dormir durante el día. De ahí al deterioro más doloroso donde perdió la noción de lo que lo rodeaba, dejó de comunicarse y se volvió vulnerable hasta caer en una letal neumonía, no pasaron más de cuatro años desagradables, tristes y llenos de proyectos, ideas y expectativas rotas que nunca pudieron realizarse. Aquella vez en la que mi dead name reapareció en su boca, como una estaca clavada en mi pecho, fue el momento en el que todas mis esperanzas sobre aquel codiciado orgullo se desvanecieron.
Desde entonces, tras alcanzar papá la séptima fase de Alzheimer de forma tan acelerada, me convertí en detective pendiente de cualquier señal de deterioro cognitivo que pudiera darse en mí. Nació mi obstinación por el deporte, la comida sana y los hábitos que ayudaran a que mi cerebro ni se oxidara ni se sobreestimulara. La sensatez ejerció su peso y esa atención al desgaste hizo que dejara mi consulta mucho antes de mi edad de jubilación. Como profesional de la Psicología, el riesgo de erosión emocional podía pasarme factura con lo que, muy a mi pesar, incluso tomé la decisión de parar hace una década, en pro de esa salud buscada: la que importa.
Durante toda mi carrera, la dedicación y la implicación fueron parte de mi día a día y no podía imaginarme mi trabajo de un modo más desapegado. Se sabe, se dice, que los temas laborales no hay que llevarlos a casa. Pero del dicho al hecho hay un trecho y casi nunca sucede. ¿Cómo dejar una relación en el despacho y retomarla la semana siguiente a la misma hora como si nada? ¿Existe algún modo de hacerlo y que esa relación sea totalmente fructífera? Es algo quimérico pretenderlo incluso. Salir de consulta y hacer mi vida implicaba relacionarme yo también. Compartía con otras personas y no siempre compatibilizaba, lo que me generaba decepción, frustración e incertidumbre, por lo que, de aquel modo, conectaba con lo que X me hubiera dicho durante su sesión. Disfrutaba de series, películas y libros donde de una situación, de un diálogo o de un guion, también aprendía y encontraba afinidad con lo que Z me hubiera explicado otro día de terapia... Es más, no puedo decir que no disfrutara con ello. Porque sí, pensaba en mis pacientes más allá de la consulta. De hecho, nunca los llamé así. Eran las personas usuarias de mi servicio: personas valientes que me entregaban su confianza, que compartían conmigo sus experiencias, sus risas y sus lágrimas. Seguían en mi día a día y se presentaban en mis pensamientos junto a mis rutinas porque eran muchísimo más que “sujetos pacientes”. Significaron parte de mi aprendizaje vital, de mi crecimiento y de mi vocación. Eran mis consultantes.
Lo que sabemos a ciencia cierta que impulsa la eficacia de la Psicología, aunque entre colegas lleguemos a rasgarnos las vestiduras con la viabilidad de un modelo de terapia u otro3 –dándole una intensidad desproporcionada a ello–, además del propio trabajo y compromiso de las personas que acuden a consulta, es el vínculo que se establece en terapia. Esas relaciones contienen más intensidad que la que se establece en otras ocasiones laborales. Esa magnitud de los lazos y su intensidad fue lo que, paradójicamente, quise gestionar y reubicar durante todos los años de profesión.
Poco podía imaginar yo que no fuera mi cerebro el que se encargara de darme un revés sino el cáncer, que acabó por adueñarse de mí.
Se asomó por mi pecho, aunque ya conocía el resto de mi cuerpo sin mi consentimiento. Menuda violencia tan detestable sentí cuando la doctora me dio todos los detalles de la situación, cuando ese cansancio que me tenía rendida desde primavera me devolvió a la realidad de todo lo que mi anatomía había vivido desde jovencita. Siempre había estado atenta a cualquier alarma que pudiera suceder con tanto cambio hormonal4.
El miedo al desvarío mental vivido por papá, a esa posibilidad genética hereditaria de perder mis propiedades cognitivas, hizo que cambiara de foco olvidando el resto de mi cuerpo. Lo mental vs lo corporal, como si fueran dos cosas distintas: el error occidental hecho ejemplo en mí misma.
Años corriendo como Indiana Jones delante de la bola de piedra que rodaba pisándome los talones –siempre sin bajar la guardia de la consciencia corporal, tanto del censurado original como del deseado final– me graduaron como la mejor de las “sabuesas” de la salud corporal. Pretendía adelantarme a cualquier afección, achaque o desarreglo que mis hormonas añadidas pudieran ocasionarme. Esa bola gigante nunca me alcanzaba porque yo corría más. Hacía fitness, me alimentaba equilibradamente, sin tabaco, sin alcohol, sin drogas (más allá de las médicas) y me creía invencible. Quizás lo fui durante años, pero a mis 67 ya he ganado todo lo que tenía que ganar. No quiero irme luchando por algo utópico, quiero que lo poco que me quede sea para disfrutarlo.
–Marta, tómate tu tiempo –me pidió la doctora–. Háblalo con Gara y decide lo que creas más oportuno. Dispón de mi número para consultarme todas las dudas que te surjan. Intentaré responderte a cada una de ellas. Cuenta conmigo.
–Gracias, Mercedes. Lo haré –no pude corresponder a sus buenas intenciones con nada más que un bloqueo que se prolongó minutos con la pantalla del iPhone ya apagada.
Una lágrima rodó por mi mejilla y pensé en ella: mi mujer. Me había acompañado durante mis momentos difíciles pero también en cada uno de los alegres, preciosos y divinos que habíamos compartido juntas. Era mi persona favorita y siempre me había mostrado que yo era la suya. Mi llanto albergaba el deseo inalcanzable de vivir más años junto a ella.
Ahora, tres semanas después, en este mi último julio de vida y rumbo a Madrid, vuelvo a dejar caer mis lágrimas mientras miro al infinito a través de la ventanilla del tren. Porque ya no ansío un año sino un mes más, unas semanas más... Quiero hablar y sentir tanto, que espero poder concentrar mis anhelos en el tiempo que me quede. La metástasis no me da posibilidad de perspectiva alguna de futuro y mi pasado se agolpa a mi presente de forma vertiginosa.
Rescato de entre mis playlists aquel álbum Bellodrama de principios de los 20 donde mi paisana Ana Mena me hacía recordar el estilo de los clásicos que tanto me ayudaban a repasar memorias con mi mujer. Llevo grabada la imagen de Gara volviendo de la compra aquel miércoles. Se había empeñado en preparar una porra antequerana y durante ese impasse sin ella se dio la videollamada de Mercedes junto a mi posterior shock.
Gara me encontró con la cara desencajada y reaccionó de la mejor forma que puedo imaginar ante lo que ambas ya sabíamos de forma callada que iba a ocurrir desde que mis pruebas comenzaron:
–Mi amor, acaba de llamarte la doctora, ¿verdad? –su voz tierna y suavemente grave me arropó antes que sus brazos–. Voy a estar contigo hasta el final.
–Ese final va a ser más pronto que tarde –rompí a llorar desconsoladamente al sentir su calor a mi alrededor.
–Estaremos juntas cuando llegue, mi niña –me envió toda percepción de que se había preparado para contenerme en este momento, transmitiendo paz a pesar de toda la tristeza que pudiera sentir.
–Esta, tu niña, es muy afortunada de acabar sus días junto a la mujer más inteligente que conoce –mi rostro era un mar amargo.
–Hemos aprendido tanto, Marta. He aprendido tanto –se autocorrigió– y voy a seguir aprendiendo junto a ti mientras estemos en esta tierra unidas.
Las porras no se cocinaron para almorzar puesto que tuvimos horas de charla, besos y abrazos. Cuánta belleza en su saber estar y en su calma sin impostar, fruto de su deliberado análisis. Siempre había admirado sus modos y su actitud. Me había repetido y agradecido hasta la saciedad, durante estas décadas juntas, su propio crecimiento en mi compañía. Posiblemente, haciendo recuento, yo no lo había expresado de la misma forma explícita, y eso que ella era mi pilar.
Esa tarde tan complicada continué viendo en sus ojos ese brillo lleno de admiración con el que me daba protagonismo. Ojalá que todas y cada una de las personas pudiéramos sentir esas miradas de amor en algún momento de la vida. No hay nada más facilitador y confortable que cada ocasión en la que yo las sentí.
Las citas con Mercedes se sucedieron, así como las decisiones con Gara; me brindó una acompañante libertad al tomarlas, aunque yo quisiera proponer un consenso prioritario. Acordé mantenerme lejos de tratamientos invasivos, a pesar de que fueran paliativos. Esas conversaciones con Gara y conmigo misma me ayudaron a esclarecer que no quería alargar nada. En mi vida este dogma se ha perseguido y mantenido: darle al tiempo lo suyo, sin estirar acontecimientos ni intenciones.
De nuevo repito: soy una privilegiada. Muchos aspectos en mi relación conmigo misma son plenos y el afecto compartido también lo es. No debo demostrarme nada a mí. Mucho menos, al mundo.
El pacto con Gara fue vivir lo que quedara sin prisas, sin agobios, sin pretensiones y con la única promesa de no llegar a un dolor insufrible. Vivir disfrutando hasta el final y, si el cuerpo no me dejara llevar a cabo ese disfrute, cerrar los ojos de la forma más tranquila posible habiendo dado todo el amor posible.
No hicimos ningún plan de viaje sabiendo que cualquier agenda futura podría ser ya ciencia ficción, pero los paseos diarios por la Malagueta fueron las mejores visitas que pude haber planeado.
Aunque me siento con fortaleza, durante estas tres semanas he adelgazado considerablemente, efecto visible del desenlace al que estoy abocada. Sin embargo, ello no ha sido excusa suficiente para anular la invitación que Dailos me brindó hace ya unos meses. Es más, he experimentado estos días la angustia de no llegar a tiempo en plenas facultades, porque es evidente la herencia que me dejó papá de apagarnos velozmente. Incluso diría que lo he superado, porque sus cinco años son para mí una ilusión irracional e imposible.
Pero este viaje ha llegado y estoy camino a Madrid. Entre tanta sombra, sonrío al pensar en la luz que emanó de aquella llamada:
–Marta –me nombró a través de mi iPhone una voz suave con ligero acento canario–, soy Dailos, de Arucas, ¿me recuerdas?
–Ay, por favor, ¿cómo no voy a recordarte? –me recorrió un ligero suspiro frío por los brazos dejándome la adrenalina activada– ¡Cuántos años! –le exclamé con subtítulos interrogatorios.
–No sabía si podría localizarte así de fácil tanto tiempo después –me confirmó el túnel del tiempo.
–Mi lindeza –exterioricé mi ternura hacia los recuerdos que afloraron–, ¿cómo así me llama una estrella como Düllos?
–Jajajaja –explotó en carcajadas–. Tengo algo que proponerte a lo que no me gustaría recibir un no como respuesta.
Quien estaba al otro lado del móvil fue, en su momento, la persona más carismática, sensitiva y retadora que yo había tenido como consultante: Dailos Müller. Compartió conmigo su proceso de identidad, lleno de pensamientos intrusivos. Veinte años después es ampliamente conocido en el mundo artístico. Yo sabía de su trayectoria por los medios: quizás era lo esperable de alguien con una creatividad y una observación tan sobresalientes. Tenemos Gara y yo en el salón una litografía en piedra calcárea que Dailos nos regaló tras su primera exposición en Madrid, cuando yo aún trabajaba en Las Palmas. Después, notas de prensa en Google me habían anunciado distintos logros que, con su alter ego –y marca comercial– Düllos, había ido consiguiendo. ¿Quién podría haber vaticinado que ese niñe llegaría tan lejos? Yo, al menos, me lo imaginé.
Debido a su clara influencia, la productora de la plataforma de streaming Pointv, quiso contar con su experiencia para un próximo proyecto en forma de docuserie. Varios artistas fueron invitados para que relataran momentos de sus vidas en los que la salud mental hubiera sido protagonista, de modo que el discurso fuera un revulsivo para la audiencia más joven. Cada episodio tendría, por tanto, un personaje público principal al que acompañarían un par de personas, de algún modo allegadas, que darían detalles del contexto a modo de entrevista.
Mientras Dailos me explicaba con detalle todo el proceso mediante el cual la productora había ido puliendo detalles de la serie televisada, mi emoción aumentaba y pasajes de su historia compartida conmigo pasaban por mi mente:
–Y aquí es donde entras tú, Marta –hizo que me sobrecogiera y que mantuviera el silencio esperando saber a qué se refería–. He pensado que rememorar mis años de adolescencia en el instituto es imposible sin dos protas. A uno de ellos; el vasco, ya lo convencí –sigo callada, asombrada y enternecida– porque mantuvimos el contacto siempre vivo. Si he conseguido que Asier se apunte, no puede decirme que no mi psicóloga favorita.
–Dailos –musité con total gratitud–... Es una maravilla que quieras hacerme partícipe.
–Es que fuiste parte fundamental, mi cielo.
Lloré en ese momento del mismo modo que, ahora sentada en el AVE, vuelvo a hacerlo agradeciendo poder cerrar un ciclo de apoyo, de entrega y de amor. Ese orgullo que quise necesitar de papá, lo voy a recibir de otras personas, como un boomerang lleno de afecto. Quizás ese deba ser mi último aprendizaje. La vida te da, siempre te da, aunque no sea del lugar exacto de donde esperas recibir.
El rodaje sería en un hotel del distrito Nuevo Norte en torno a unos sofás, a modo de talk show sin moderador ni público. Con ello, tanto Dailos como Asier y una servidora, tendríamos meses para ordenar todo lo que nos gustaría visibilizar.
Lo que Asier o Dailos no podrán imaginar –igual que ni yo misma pude hacerlo hasta hace tres semanas–, es que este, mi episodio actual, será el último que podré interpretar en esta función que es la vida, donde la salud no ha querido conformarse con un rol secundario y me ha robado toda posibilidad de cualquier otro tipo de papel. Sin saberlo, ya he protagonizado mis últimos ensayos.
Passing es el término que se utiliza para hacer referencia a la capacidad de una persona para ser considerada como perteneciente a un grupo (o categoría de identidad diferente) del que se le presupone. Esto conlleva en las personas del colectivo trans ciertas aspiraciones como aceptación social en búsqueda de autoprotección y evitación de la estigmatización:
Gamarel, K.E., Reisner, S.L., Laurenceau, J., Nemoto, T. & Operario, D. (2014). Gender minority stress, mental health, and relationship quality: a dyadic investigation of transgender women and their cisgender male partner. Journal of Family Psychology, 28(1), 4373447.McGarrit, L.A. (2014). Socioeconomic status as context for minority stress and health disparities among lesbian, gay, and bisexual individuals. Psychology of Sexual Orientation and Gender Diversity of Family Psychology, 1(4), 383-397.Pfeffer, C.A. (2016). Queering families: the postmodern partnerships of cisgenderwomen and transgender men. OUP US.González, M. (2022). Exclusión social de las mujeres trans. [Trabajo Fin de Grado. en Trabajo Social, Universidad Pública de Navarra].Tener en cuenta el contexto socio-cultural, y por tanto legal, de aquella época nos facilita la comprensión de los obstáculos concretos con los que el colectivo trans se topaba en los 90 en España. Te invito a leer, como ejemplo, estas referencias bibliográficas de los primeros años de aquella década:
Jimenez, M.A. (1990). Transexualismo. Revista de Psiquiatría Infanto-Juvenil, (1), 28-31.López, E. (1991). Estados intersexuales y cambio de sexo: aspectos éticos. Proyección: Teología y mundo actual, (161), 131-141.Martín, J.A. (1991). Barreras ético-jurídicas a la investigación clínica y farmacéutica. Jueces para la democracia, (12), 62-69.Ruiz, C. (1992). La configuración constitucional del derecho a la intimidad. [Tesis doctoral en Derecho, Universidad Complutense de Madrid].Si quieres saber sobre las diferencias entre las psicoterapias que se realizan en las primeras décadas del s. XXI, aquí tienes estas consultas donde, además, puedes encontrar factores de eficacia terapéutica:
Rodríguez, A. (2016). El cliente en psicoterapia: contribución al resultado terapéutico. Anales de Psicología, 32(1), 1-8.Gabalda, I. (2020). Constructivismo, psicoterapias cognitivas de reestructuración y enfoques contextuales: una comparación desde la diferencia. Revista de Psicoterapia, 31(116), 115-131.Corpas, J. (2021). La efectividad de los tratamientos psicológicos breves y de enfoque transdiagnóstico para los trastornos emocionales en los sistemas sanitarios. [Tesis doctoral en Ciencias Sociales y Jurídicas, Universidad de Córdoba].Pereira, G.L., Trujillo, C., Alonso, J., Echevarría, D., & Froxán, M.X. (2023). ¿Qué sabemos sobre las variables que subyacen a la actuación del terapeuta altamente eficaz? Una revisión sistemática. Anales de Psicología, 39(1), 10-19.La decisión de someterse a cambios hormonales no siempre fue una elección libre por parte de pacientes trans –concretamente en España hasta la publicación en el BOE en 2023 de la conocida como “Ley Trans” (abajo indicada)–, con la asunción obligada de todos los efectos secundarios relacionados con las modificaciones hormonales que conllevaba para quien quisiera legalizar su situación. Sin mencionar los casos con tratamientos clandestinos o la falta de información aportada durante varias décadas:
Dhejne, C., Lichtenstein, P., Boman, M., Johansson, A.L.V., Långström & Landén, M. (2011). Long-Term follow-up of transsexual persons undergoing sex reassignment surgery: cohort study in Sweden. PLoS One, 6(2), 1-8.Crespo, B. & Almudéver, L. (2020). Personas con reasignación de sexo: un reto para la enfermería. Index de Enfermería, 29(1-2), 33-36.Grossman S., Berman S., & Potter J. (2022). Basic principles of trauma-informed and gender-affirming care. Keuroghlian A.S., Potter J. & Reisner S.L. (Eds.), Transgender and Gender diverse health care: the fenway guide. McGraw Hill.Preámbulo I de la Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas lgtbi. Boletín Oficial del Estado, 51, de 1 de marzo de 2023.Alcanzar la lejana salida, tras infinidad de pasarelas mecánicas de la estación Almudena Grandes en la Puerta de Atocha, ya es símbolo premonitorio de lo que le espera a una en Madrid: caminar y paciencia. Aunque la fila para los taxis automáticos sin conductor es menor, prefiero un vtc. A pesar de que la tecnología nos ha traído muchas ventajas, inclinarse hacia lo convencional de forma ocasional es un placer. Me acerco a la cola y espero hasta que el taxista de turno acomode mi maleta antes de arrancar e indicarle mi dirección en Renazca. Es cerrar la puerta y unos acordes del siglo pasado que suenan en la radiofórmula me hacen estremecer: es la inolvidable Torroja en aquel Quédate en Madrid que me invita a abrazar esta urbe a veces tan de hielo, a veces tan de fuego.
