Minorías - Solange Lefebvre - E-Book

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Solange Lefebvre

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El nacionalismo de derechos está en ascenso, y las vidas de las minorías se ven colocadas bajo una constante amenaza: la reciente victoria de Donald Trump en los Estados Unidos y su "America first"; el éxito del brexit y los mensajes de preferencia hacia el "nativo británico" para el trabajo; Marine Le Pen y su Frente Nacional francés, que promete un referéndum por el frexit paralelo al del Reino Unido; Rodrigo Duterte, elegido en fecha reciente presidente de Filipinas, caso más complejo y ambivalente. Este número de Concilium quiere tratar la ambivalente relación con el poder en el fenómeno de las "minorías", y cómo influye la presencia de minorías en la forma en que hacemos teología: ¿Cómo nos ayudan estas minorías a repensar nuestras categorías teológicas?

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2017

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CONTENIDO

1. Tema monográfico: MINORÍAS

Daniel Franklin Pilario, Susan Ross y Solange Lefebvre: Editorial

I. Minorías y teología

1.1. R. Scott Appleby: La exclusión sacralizada: el ascenso del ultranacionalismo y del populismo de derechas

1.2. Neera Chandhoke: Secularismo, democracia y derechos de las minorías

1.3. Rolando A. Tuazon: Las minorías culturales y la tradición social católica

1.4. Diego Irarrazaval: Exigencias espirituales desde minorías subordinadas

1.5. Stefanie Knauss: Minorías sexuales: el cuerpo de Cristo color arcoíris

1.6. Bryan Massingale: Supremacía blanca, la elección de Donald Trump y el desafío a la teología

II. Minorías en un contexto global

1.7. Michel Andraos: Las comunidades cristianas de Oriente Próximo: ¿minorías perseguidas o pueblos autóctonos?

1.8. Maung John: Los musulmanes rohinyás de Birmania

1.9. Cristina Simonelli: Las Iglesias frente al espejo: los gitanos como test evangélico

1.10. Stan Chu Ilo: Los derechos de los pueblos nativos africanos: lecciones de las luchas de los ogonis del delta del Níger

1.11. Kathleen Rushton: Los pueblos de las islas del Pacífico: resiliencia y cambio climático

1.12. Jean-François Roussel: Iglesias y teología en Canadá después de los pensionados autóctonos: los difíciles caminos de la verdad, de la reparación y de la descolonización

2. Foro teológico

2.1. Abby Day: Las laicas anglicanas mayores y su lucha contra las mujeres presbítero

2.2. Anselmo Borges: Las «apariciones» de Fátima

Créditos

Consejo

Suscripción

Contra

Tema monográfico

MINORÍAS

EDITORIAL

El nacionalismo de derechos está en ascenso, y las vidas de las minorías se ven colocadas bajo una constante amenaza. Después de la reciente victoria de Donald Trump en los Estados Unidos abundan los grafitis que dicen: «This is Trump’s America. In other words, get out» [«Estos son los Estados Unidos de Trump. En otras palabras: marchaos»]; «Build the wall» [«Construid el muro»]; «You are no longer welcome here, Muslim!» [«¡Ya no eres bienvenido aquí, musulmán!»]. A pesar de las afirmaciones que se hacen en contrario, Nigel Farage, el líder británico responsable del éxito del brexit, ha sido fuertemente criticado como racista y despectivo hacia las minorías por preferir a un «nativo británico» para el trabajo o afirmar que los rumanos son responsables del 92 por ciento de los ataques contra los cajeros automáticos de Londres. Todo ello por no mencionar que es también un buen amigo de Trump. Otra dirigente de la Unión Europea, Marine Le Pen, del Frente Nacional francés, promete un referéndum por el frexit paralelo al del Reino Unido. La campaña de su partido durante el año 2015 retrató dos rostros de mujer: uno con el pelo suelto y una bandera francesa pintada en el rostro, y el otro vistiendo un burka. El pie de imagen decía: «Choisissez votre banlieue. Votez Front» [«Elija su barrio. Vote al Frente [Nacional]». Rodrigo Duterte, elegido en fecha reciente presidente de Filipinas, es más complejo y ambivalente. Por un lado, quiere incorporar a la vida política a los musulmanes de Mindanao, a los izquierdistas y a sectores marginados, pero, por el otro, promete dar muerte a todos los drogadictos y traficantes de drogas —su propia versión de una minoría inhumana—, la mayoría de los cuales vienen de los estratos pobres. Habiendo eliminado a 7 000 personas tras siete meses en el ejercicio de sus funciones, su gobierno es una curiosa mezcla de alianzas de izquierdas, políticas liberales, pronunciamientos dictatoriales y retórica populista que, irónicamente, goza de un índice de aprobación del 80 por ciento. El ensayo de Scott Appleby, que inaugura el presente número, titulado «La exclusión sacralizada», disecciona este presente: el populismo ultranacionalista y el nacionalismo religioso convergen en un punto: la sacralización de la nación. «La nación es absoluta porque participa de lo sagrado; lo sagrado está íntimamente asociado al destino de la nación». En efecto, se construye a las minorías como «impuras», haciendo de ellas «objetivos justificables de la violencia».

En contextos ordinarios, puesto que las minorías pertenecen a los ámbitos de dominación de todo espacio social, son vulnerables al ejercicio descarado a la vez que sutil del poder social. Por la magnitud insignificante de su población, por su falta de capital económico y político, y por las parcialidades y prejuicios contra sus identidades culturales, sus religiones o sus lenguas, las minorías son fácilmente víctimas de violencia real y simbólica tanto por parte del Estado como de actores no estatales, con los cuales no puede contar para su protección. Las formas concretas de marginación, discriminación y exclusión abundan: negación de ciudadanía, estigmatización, violencia de actores no estatales e impunidad, desplazamiento interno durante conflictos armados, huida para convertirse en refugiados en otros países, prohibición de practicar sus religiones y de utilizar sus lenguas, denegación del acceso a la educación, a los cargos públicos y muchas otras cosas.

En otros contextos, sin embargo, una «minoría» poderosa y elitista puede tomar el control del poder para dominar todo el discurso sociopolítico y, si se ve amenazada, no duda en tomar represalias con medidas socioeconómicas y políticas contra aquellos que ponen en peligro su hegemonía. Pensemos en la anterior minoría colonial blanca en la Sudáfrica del apartheid, en el dominio de los tutsi en Ruanda, en las políticas de hindutva en la India, en los crecientes movimientos ultranacionalistas y populistas en todo el mundo, etc. Este racismo de elite en las posiciones altas maneja todos los recursos políticos, religiosos, corporativos, mediáticos y académicos con el fin de ayudar a mantener y reproducir su dominio del conjunto del espacio social. Por ejemplo, el ensayo de Michel Andraos sugiere cómo las comunidades cristianas de Medio Oriente, antes desaventajadas, se convirtieron al catolicismo romano durante el Imperio otomano, cosecharon la protección del Occidente cristiano, se convirtieron en una nueva burguesía y, a continuación, se convirtieron en la «extensión del poder europeo y de su misión civilizadora para el Oriente musulmán». O bien, desde otro contexto histórico, como lo observa Bryan Massingale en su entrevista, Donald Trump no obtuvo realmente la mayoría de los votos (Trump recibió 2,8 millones de votos menos que su rival): solamente ganó la presidencia, no las elecciones. En su entrevista, Massingale argumenta que, en el fenómeno Trump, «un segmento asediado de la población» —la mayoría blanca de una era pasada— está intentando desesperadamente hacerse con el poder en el contexto de «“morenización” de los Estados Unidos». Esta visión pone también en perspectiva la retórica racista que está emergiendo fuertemente en Europa y en otros lugares en la nueva situación de migración masiva global y de la crisis de los refugiados.

Esta ambivalente relación con el poder en el fenómeno de las «minorías» es la que queremos tratar en este número de Concilium. No faltan de parte de las Naciones Unidas ni de los Gobiernos declaraciones y afirmaciones sobre la protección de los pueblos pertenecientes a minorías1. La Declaración de la ONU de 1992 se inicia con la siguiente frase: «Los Estados protegerán la existencia y la identidad nacional o étnica, cultural, religiosa y lingüística de las minorías dentro de sus territorios respectivos y fomentarán las condiciones para la promoción de esa identidad» (Art. 1. n.o 1). En el contexto de etnicidades reemergentes —en otro tiempo ahogadas por Estados hegemónicos en la era de la Guerra Fría— que comenzaron a afirmarse a sí mismas, Naciones Unidas y los Gobiernos nacionales reconocen que el derecho de las minorías no procede solamente de la benevolencia de Estado alguno, sino que son derechos humanos universales. Y esos Estados tienen que probar que han cumplido su obligación frente a tales pueblos olvidados: «Los Estados adoptarán medidas apropiadas, legislativas y de otro tipo, para lograr esos objetivos» (Art. 1, n.o 2).

No obstante, en el actual contexto de migración global, de la crisis de los refugiados y de guerra contra el terrorismo, la visión que se tiene de las minorías experimenta un giro diferente. Tanto las minorías autóctonas situadas dentro del propio territorio nacional como las «nuevas minorías» —la mayoría de ellas migrantes, refugiados económicos o políticos con filiaciones lingüísticas o religioso-culturales «extrañas»— amenazan la seguridad política y económica del Estado. En este paso de «secularización» de los derechos de las minorías, los «Estados han invertido la carga de la prueba: el Estado no necesita ya probar el cumplimiento de sus obligaciones con respecto a las minorías, sino que las minorías deben probar su lealtad hacia el Estado»2. Y si no pueden probarla, el poder político y económico se ejerce en contra de ellas y de sus familias.

Es en este contexto que el artículo de Neera Chandhoke insiste en dos conceptos complementarios en defensa de las minorías: democracia y secularismo. Por un lado, el secularismo prohíbe al Estado proteger una religión o legitimarse a sí mismo mediante autoridad religiosa alguna, sino que asegura, en lugar de ello, que todos los ciudadanos poseen el derecho a practicar sus propias creencias (o no creencias) individuales dentro del conjunto del espacio social. Por el otro, la democracia, entendida como igualdad fundamental, fuerza al Estado a proteger a los que pertenecen a grupos minoritarios frente a las mayorías hegemónicas. El reconocimiento de «derechos de las minorías» es una parte esencial de la democracia, en cuanto asegura que todas las personas tienen igual libertad para practicar la propia cultura o religión «con independencia de lo que crea una mayoría en un momento determinado del tiempo».

¿Cómo influye la presencia de minorías en la forma en que hacemos teología? ¿Cómo nos ayudan estas a repensar nuestras categorías teológicas? La reflexión de Rolando Tuazon sobre la tradición social católica afirma que el contexto posmoderno —en contraste con los períodos colonial y moderno— hace que la Iglesia y su teología sean más sensibles a las voces marginadas de culturas despreciadas, de razas degradadas, de géneros suprimidos y de religiones menospreciadas. La posmodernidad ayuda a que estas perspectivas olvidadas se autoafirmen en cuanto, irónicamente, se convierten en fuentes de crítica y de transformación de los sistemas dominantes que fueron los primeros en marginarlas. En contraste, el ensayo de Diego Irarrazaval afirma que algunos procesos globales posmodernos distorsionan y desintegran las vidas y las culturas religiosas de las minorías. El mercado liberal global ofrece una miríada de bienes para la salvación, incluyendo rituales y valores, devoción e incluso trascendencia en las formas neoespirituales y posmodernas. Pero, al igual que Tuazon, también Irarrazaval cree que una nueva esperanza amanece para el mundo a partir de las energías frágiles, fragmentadas pero inagotables que hay entre las minorías, a partir de su solidaridad y de su fe. El artículo de Stefanie Knauss pregunta acerca del modo en que las minorías sexuales desafían nuestras categorías teológicas. Presentar a Dios desde una perspectiva queer convierte en «extraño» lo que se toma como evidente y nos lleva a nuevas formas de pensar sobre Dios, sobre Cristo y sobre la Iglesia. La autora habla del deseo de Dios, que es una divinidad transgresora y poliamorosa, apasionadamente enamorada de una humanidad de miríadas; de una cristología bisexual que va más allá de límites establecidos de cultura y de género; y de la Iglesia de nuestro tiempo como el cuerpo de Cristo color arcoíris. La entrevista de Susan Ross con Bryan Massingale tras la llegada de Trump al poder desenmascara también algunas direcciones problemáticas en la Iglesia y la teología (estadounidenses): su visión de las relaciones entre razas, el colocar en posición «minoritaria» la experiencia de fe de más de la mitad de la población, el llamamiento al discurso profético en la esfera pública. Primero, Massingale afirma que los obispos estadounidenses tienen una visión individualista de las relaciones raciales que no tiene en cuenta el pecado estructural o social presente en la violencia racista. Segundo, critica la teología por descuidar la experiencia de los negros, las mujeres, los asiáticos, que conforman la nueva mayoría estadounidense. Ser «católico» solía significar «inmigrante irlandés/europeo blanco», pero aun con el cambio de la demografía, la teología sigue mirando las otras razas como periféricas respecto del currículo teológico y del pensamiento teológico. En tercer lugar, reta a los teólogos a que ejerzan su vocación profética más allá de las aulas y de las revistas: en lugares de crisis y de solidaridad entre los sufrimientos y las luchas de los desposeídos.

La segunda parte de este volumen intenta entender la situación de una selección de minorías de distintos continentes, p. ej., los cristianos en Oriente Próximo, los rohinyás de Birmania, la población gitana en Europa, los pueblos ogonis en el delta del Níger y la nueva minoría cristiana en Canadá. Estas son articuladas por teólogos cuya ubicación en el terreno les permite articular una visión más profunda y matizada de estas minorías. El ensayo de Andraos, ya mencionado anteriormente, cuestiona la noción de «comunidades cristianas perseguidas necesitadas de protección» en un contexto de Oriente Próximo predominantemente islámico. Según afirma el autor, el discurso acerca de una «minoría cristiana» esconde más de lo que clarifica estas complejas situaciones llenas de carga política, producto, como son, de políticas coloniales pasadas. Maung John, un teólogo laico que trabaja por el desarrollo en Birmania, rastrea la historia y los problemas actuales de la minoría rohinyá, hoy controvertida, cuyo nombre es incluso un tabú en ese país predominantemente budista. Cristina Simonelli, teóloga que ha colaborado y vivido entre los gitanos, argumenta a favor de un modo de actuar desde abajo —una vida de participación y solidaridad con ellos como un modo de entender a su población específica— como enfoque tanto político como pastoral. Políticamente, lo que se sugiere es escuchar las voces de los grupos gitanos de base a fin de implementar de forma efectiva las muchas iniciativas legislativas de la Unión Europea acerca de su bienestar. En lo pastoral, Simonelli sugiere que la gente de Iglesia debería vivir en medio de ellos en sus pequeñas áreas residenciales, en caravanas y chabolas, pero no tanto para evangelizarlos como para ser evangelizados por sus vidas. Stan Chu Ilo, teólogo nigeriano, escribe sobre las luchas de la minoría ogoni por el control de los recursos en el delta del Níger en contra de la invasión de compañías petroleras multinacionales. Subraya las lecciones que aprendió de su movimiento de reivindicación y las líneas teológicas a las que apunta su lucha por la autodeterminación. Por último, en el contexto de la disminución de la influencia moral y social de la Iglesia entre la población canadiense, Jean-François Roussel pregunta cómo las comunidades cristianas comprometidas del presente, siendo una nueva minoría, pueden decidirse a proseguir su dedicación pastoral de reparación de la población aborigen. ¿Puede la nueva experiencia kenótica dar origen a nuevas formas de solidaridad compartida con los pueblos indígenas?

El Foro teológico presenta dos artículos sobre la ordenación anglicana de mujeres y sobre la «aparición en Fátima». Las Iglesias anglicanas fueron las primeras en ordenar a mujeres al sacerdocio en 1976 (Estados Unidos y Canadá) y en 1977 (Aotearoa Nueva Zelanda y Polinesia). Cuarenta años después, Abby Day da voz a laicas anglicanas mayores y a sus luchas en oposición al sacerdocio de las mujeres. En el centenario de la aparición de Fátima (1917), el teólogo portugués Anselmo Borges revisa la significación de esta experiencia religiosa para millones de personas en el mundo entero.

(Traducido del inglés por Roberto H. Bernet)

1 Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial (1965); Convención Internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares (1990); Declaración sobre los Derechos de las personas pertenecientes a minorías nacionales o étnicas, religiosas y lingüísticas (1992). La Unión Europea (UE), el Consejo Europeo y otras instituciones siguieron la misma dirección en el sentido de la protección de las minorías: Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (Copenhague, 1990); Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias (1992); Convenio Marco para la Protección de las Minorías Nacionales (1995), etc. Movimientos paralelos manifiestan también el mismo espíritu en otros países y continentes.

2 Francesco Palermo, «The Protection of Minorities in International Law: Recent Developments and Trends», en Les minorités: un défi for les État. Actes du colloque international, 22-23 Mai, 2011, Academie Royale de Belgique, Bruselas 2013, p. 173.

I. Minorías y teología

R. Scott Appleby *

LA EXCLUSIÓN SACRALIZADA

El ascenso del ultranacionalismo y del populismo de derechas

El año 2016 fue un hito en la política tanto global como nacional. Desde Filipinas hasta Italia, desde el Reino Unido hasta los Estados Unidos, las urnas se convirtieron en un instrumento de reorientación política radical y en un arma de los económicamente marginados. Mientras que siempre es arriesgado ofrecer generalizaciones que reúnan desarrollos y tendencias de muchos países y regiones, el ascenso al poder de políticos populistas de derechas puede atribuirse en la mayoría de los casos recientes a una combinación de varios factores: décadas de creciente desigualdad en los ingresos, con la consiguiente creación de una brecha cada vez mayor entre el 5 por ciento rico y el resto de la población; patrones de globalización que favorecen a las elites económicas de las naciones más ricas y a las elites de otras partes que están en connivencia con ellas; y la transformación de las minorías nacionales, incluidos los inmigrantes, las minorías religiosas y, a veces, los más pobres de entre los pobres, en chivos expiatorios.

Los diferentes tipos de populismo suelen rechazar el consenso político imperante —el establishment, percibido como corrupto, es decir, inclinado a canalizar la riqueza de la nación hacia la clase gobernante y hacia aquellos de la comunidad empresarial que la apoyan—. Según los populistas, esta transgresión se ve agravada por la tendencia de los neoliberales a enfrentar el hecho del pluralismo favoreciendo a las minorías raciales, étnicas y religiosas a expensas de los «hijos del suelo», para utilizar el término predominante en el discurso de inflexión religiosa de los nacionalistas religiosos indios (incluidos los que apoyan al primer ministro Narendra Modi). Según ello, los populistas se oponen al estado del bienestar, en especial en la medida en que este parece privilegiar a «foráneos» y «extranjeros» en lugar de ofrecer una red de seguridad y protección económica (p. ej., políticas comerciales favorables a los nacionales) a ciudadanos del Estado-nación (supuestamente) «puros» desde el punto de vista racial o religioso.

El rechazo populista a la política tal como se la ha practicado habitualmente puede llevar a una impugnación directa o incluso a un rechazo de principios legales y democráticos tradicionales, como el imperio de la ley o derechos y privilegios constitucionalmente garantizados a todos los ciudadanos. La desdichada ironía de los movimientos populistas modernos consiste en que adquieren influencia precisamente dentro de los sistemas democráticos cuyos valores, principios y procedimientos ellos mismos parecen minar. (Desde 1990 los partidos populistas de derechas se han establecido en las legislaturas de varias democracias, entre ellas Canadá, Noruega, Francia, Israel, Polonia, Rusia, Rumanía y Chile, y entraron en coalición en los Gobiernos en Suiza, Austria, los Países Bajos, Nueva Zelanda e Italia.) Así, por ejemplo, en mayo de 2016 la República de Filipinas eligió presidente a un alcalde de provincia llamado Rodrigo Duterte, que prometió liberar al país del crimen y de las drogas, y que después procedió según lo prometido permitiendo la ejecución extrajudicial de más de 7 000 filipinos en sus primeros siete meses de gobierno1.

El presidente Duterte amenazó con imponer en su campaña contra los usuarios y traficantes de drogas, si fuese necesario, la ley marcial. «Nadie puede detenerme», dijo. «Mi país está más allá de cualquier otra cosa, incluso de las limitaciones». Según el New York Times, esta afirmación de una meta de vida más elevada que podría justificar el pisoteo de la democracia es populismo clásico2. También lo es la jactancia de Duterte cuando afirma: «Estoy poniendo a prueba a la elite en este país»3. En una postura que refleja también su populismo radical, Duterte parece estar declarando la independencia respecto del aliado tradicional de su país, los Estados Unidos, a favor de regímenes autoritarios que anteriores Gobiernos habían visto con cautela. Durante una visita de Estado a Pekín en octubre de 2016 anunció una «separación» de los Estados Unidos. «Ahora los Estados Unidos han perdido», dijo a un grupo de empresarios chinos. «Me he realineado con vuestro flujo ideológico. Y, tal vez, iré también a Rusia a hablar con Putin y a decirle que hay tres de nosotros contra el mundo: China, Filipinas y Rusia»4.

En 2016 el nuevo nacionalismo agitó también a Europa. Asombrosamente, al finalizar el año estaba ya en duda la viabilidad de la Unión Europea. La Unión Europea —el mayor bloque económico transnacional (algunos dirían, incluso, «posnacional») del mundo— tenía como característica la apertura de fronteras y un comercio relativamente abierto a través de sus fronteras. El referéndum llevado a cabo en el Reino Unido el 23 de junio vio la victoria, antes considerada improbable, del brexit, la coalición política y el movimiento comprometido con la separación del Reino Unido de la Unión Europea. La victoria fue ampliamente atribuida a una reacción contra los inmigrantes (y, en particular, contra los musulmanes) alimentada por el estancamiento económico de la clase trabajadora británica.

Más tarde ese año, en diciembre, el electorado italiano dio un veredicto similar al votar en contra de la reforma constitucional a la que se oponía el principal partido populista del país. Italia es la tercera economía de Europa en la precaria eurozona, pero con una tasa de paro (alrededor del 12 por ciento) que incluye una tasa de paro juvenil cercana al 40 por ciento. Sus bancos se han quedado con la carga de préstamos dudosos, y una corrupción política generalizada ha debilitado durante un largo período a los principales partidos, el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. El multimillonario Silvio Berlusconi, cuyas hazañas sexuales y su mezcla de política y negocios prefiguraron la elección de Donald Trump, fue finalmente obligado a dimitir en 2011 durante la recesión económica. El partido populista italiano que ascendió como consecuencia de esos múltiples fiascos combina elementos de izquierdas y de derechas. Por una parte, su líder, el ex comediante y político Beppe Grillo, desarrolló la reputación de un cruzado contra la corrupción política en Italia y promovió la «democracia directa» para presentar un plan con «cinco estrellas»: agua pública, movilidad sostenible, desarrollo sostenible, acceso universal a internet y medio ambiente. Por otra parte, Grillo y sus socios se oponen enérgicamente a la apertura de fronteras y al euro. Grillo ha denunciado al Gobierno por abrir Italia a un aluvión de solicitantes de asilo procedentes del norte de África, muchos de los cuales son migrantes económicos y no cumplen los requisitos para recibir asistencia económica de la Unión Europea5.

El fenómeno Trump —el ascenso al pináculo del poder político estadounidense de un multimillonario moralmente cuestionable sin experiencia previa en el ejercicio de la política a ningún nivel; con poco conocimiento firme o matizado sobre los asuntos geopolíticos más allá de lo necesario para eludir el sistema tributario y la ética empresarial internacional tal como son; y con un instinto para alardear de cada acuerdo político ajustado por las «elites» de los dos principales partidos políticos americanos— habla tal vez de forma más elocuente e inequívoca sobre la profundidad y la amplitud de la tendencia ultranacionalista-populista que se extiende a lo ancho del mundo. El improbable e impactante ascenso de Trump se alimenta claramente, en primer lugar y sobre todo, de un miedo casi irracional por parte de la clase trabajadora blanca estadounidense, olvidada por una economía en proceso de cambio. Al igual que en Europa, el blanco incluye a «las elites globales» y las políticas económicas y sociales que subyacen a su marca favorita de globalización neoliberal, impulsada supuestamente por un plan de acción feminista e internacionalista6.

Casi inmediatamente después de asumir su cargo como presidente de los Estados Unidos en enero de 2017, Trump emitió una serie de órdenes ejecutivas cuya intención era cambiar radicalmente o demoler políticas y procedimientos gubernamentales ya establecidos. La más controvertida y de mayor alcance de dichas órdenes, firmada el 27 de enero, suspendió el programa de asistencia a los refugiados del Departamentos de Estado y el visado de entrada de Irak, Siria, Irán, Sudán, Somalia y Libia, todos países de mayoría musulmana. Al denunciar el programa como «perjudicial para los intereses de los Estados Unidos», la administración Trump se comprometió a poner en marcha un proceso de «examen extremo» antes de levantar la suspensión. El denominado muslim ban, unido a la promesa de Trump de priorizar la asistencia a refugiados para los cristianos perseguidos en Oriente Medio, parecía violar la prohibición constitucional estadounidense de instituir un «test religioso» y fue rápidamente impugnada por un juez federal de Seattle, cuya disposición de detener temporalmente la prohibición fue confirmada el 5 de febrero por el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito.

Al llegar de manera tan repentina y arrolladora, la orden ejecutiva generó ondas de choque por todo el mundo y puso en tela de juicio las mismas ideas fundantes de la democracia estadounidense. «Esto es un antiamericanismo radical, no simplemente un antiliberalismo o un anticosmopolitismo, porque los Estados Unidos no son simplemente una nación, sino también una idea: una idea limpiamente, y hasta tal vez firmemente definida», escribió Adam Gopnik en The New Yorker. «El pluralismo no es un aspecto secundario o decorativo de esa idea». Como escribiera James Madison en el número 51 de Federalist, la garantía de la libertad religiosa reside en tener muchos tipos de creencias, y la garantía de la libertad civil reside en tener muchos tipos de persona, en el establecimiento de una «multiplicidad de intereses» en concordancia con una «multiplicidad de sectas». Como escribe Gopnik, solo tal pluralidad de partes interesadas con visiones y fines diferentes puede garantizar el ejercicio de un control sobre un Gobierno tiránico que intente disminuir o silenciar a las minorías. El ascenso de Trump, tal como él mismo y otros creen, señala el surgimiento de una visión alternativa de Estados Unidos, a saber, de que «no es una idea, sino una etnicidad: la de los hombres cristianos blancos que lo han dominado, aceptando a regañadientes o a prueba a las mujeres, a los negros o a los inmigrantes»7.

Para los lectores de Concilium, la relación entre el resurgente populismo político y el nacionalismo de derechas por un lado, y del nacionalismo religioso por el otro, merece una valoración, en cuanto el nexo entre ambos consiste en una resistencia a menudo feroz contra el pluralismo religioso, étnico y racial.

Los dos están también vinculados por una sacralización de la nación. En el curso de los 350 años de historia de la doctrina westfaliana de la soberanía nacional, la devoción a la nación ascendió con no poca frecuencia al nivel de una «seudorreligión», un sistema simbólico y un conjunto de prácticas que, según Paul Tillich, compromete a los adherentes en la dinámica de la fe, pero ofrece un objeto de devoción que, al ser creado, no llega a la auténtica trascendencia o «ultimidad». «El hombre, al igual que todo ser viviente, está preocupado por muchas cosas», escribe Tillich, «sobre todo por aquellas que condicionan su misma existencia… Si [una situación o preocupación] reivindica un carácter último, exige la entrega total de quien acepta tal reivindicación… exige que todas las demás preocupaciones… sean sacrificadas»8. Los promotores del ultranacionalismo, a pesar de sostener como objeto de preocupación última una realidad meramente mundana —el Estado-nación—, exigen que todas las demás preocupaciones, incluida la misma vida humana, sean sacrificadas en ese altar «patriótico».

Los nacionalistas religiosos de nuestros días van más allá del ultranacionalismo de dos maneras. Primero, presentan explícitamente la nación como sagrada o partícipe de lo sagrado. Y, segundo, los nacionalistas religiosos, como los Gush Emunim («bloque de los creyentes») en Israel o los Hindutva («hinduidad») en la India, practican la sacralización de la nación y creen en ella como un paso vital hacia la realización del pleno cumplimiento de la propia religión —el judaísmo y el hinduismo respectivamente—. (Más aún: los miembros del movimiento Hindutva, con sus varios estratos, buscan reificar las prácticas históricamente dispersas y dispares de la región del valle del Indo y más allá precisamente como una «religión» —denominada hinduismo— para dar plausibilidad a su representación de la India políglota y religiosamente plural como una «nación hindú»). Este doble movimiento —de sacralización de la nación y de su glorificación como piedra angular o cumbre de la religión «ortodoxa»— confiere una profundidad trascendente y metafísica a normas sociales excluyentes y a políticas discriminatorias que un mero irredentismo o la «política de toda la vida» no podrían ofrecer. La nación es absoluta porque participa de lo sagrado; lo sagrado está íntimamente asociado al destino de la nación. Peter van der Veer escribe en su estudio sobre los hindúes y musulmanes en el tardío siglo XX:

En la construcción del «otro» musulmán por parte de los movimientos nacionalistas hindúes se hace siempre referencia a los musulmanes como a un peligroso «elemento extraño», no verdaderamente indio… El control de los centros sagrados [de la nación] y de los sitios rituales no es solamente crucial para el poder de las elites religiosas, sino que es una fuente de lucha continua entre movimientos religiosos… El problema [al que se enfrentan los líderes políticos seculares] es la disminución de la capacidad del Estado de intervenir como árbitro en los conflictos… en una sociedad caracterizada por una pluralidad de culturas9.

Fácilmente puede verse cómo la definición de nación como coincidente con la historia y las prerrogativas de un subconjunto etnorreligioso y racial particular de la población está inducida por la construcción de ese subconjunto como el «pueblo elegido» original. La política de exclusión alimentada por el populismo radical se hace cada vez más radical cuando se pinta a las minorías como aquellas que desplazan a los legítimos herederos del sagrado deber y se las presenta, así, no solamente como «forasteras», «extranjeras» y «foráneas», sino como «impuras» y, de alguna manera, como no plenamente humanas, con lo cual se las presenta como objetivos justificables de la violencia y de otras formas de acción coercitiva.

Hasta ahora, la brutal presidencia de Duterte ha hecho objeto de letal violencia a los drogadictos y traficantes de drogas, no al otro étnico o religioso. A pesar de que la campaña del presidente Trump amenaza con poner bajo vigilancia policial los vecindarios musulmanes y con deportar en masa y por la fuerza a los inmigrantes, ni Estados Unidos ni Europa han visto hasta el momento la sanción oficial de políticas de violencia contra minorías religiosas, étnicas o raciales. No obstante, da que pensar cuando se observa que los partidos nacionalistas impulsados por la religión en países como Israel, Palestina, Turquía, Rusia, Irán y Arabia Saudita, entre otros, han colaborado con frecuencia en la violencia discriminatoria contra «foráneos».