Mirando al Cielo - Antonio Peláez - E-Book

Mirando al Cielo E-Book

Antonio Peláez

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Beschreibung

José Sánchez del Río tenía su mirada y su corazón en la Vida Eterna pero, como buen cristiano, sabía que a ella se llega con los pies bien puestos sobre la tierra y con lucha y esfuerzo. Le tocó a nuestro joven amigo vivirlo en el tiempo de la Cristiada, el conflicto armado que se produjo en México entre el Gobierno y laicos, presbíteros y religiosos católicos. Los cristerios, y con ellos Joselito, se resistieron a la aplicación de la llamada Ley Calles que proponía limitar la libertad religiosa y el culto católico. Mirando al cielo es una historia de fe, pasión y traición que narra la apasionante vida de José Sánchez del Río y la entrega a Dios de toda una familia, que nos muestra que aun en tiempos de guerra... existe el amor.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Antonio Peláez

MIRANDO AL CIELO

Aun en tiempos de guerra...

existe el amor

Peláez, Antonio

Mirando al cielo : en tiempos de guerra... existe el amor / Antonio Peláez. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Talita kum Ediciones, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4043-24-5

1. Cristianismo. I. Título.

CDD 230

© Talita Kum Ediciones, Buenos Aires, 2019

www.talitakumediciones.com.ar

[email protected]

Digitalización: Proyecto451

ISBN: 978-987-4043-24-5

Diseño: Talita Kum Ediciones.

Fotografía de tapa: © Antonio Peláez;

Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Reservados todos los derechos.

Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño de tapa e imágenes interiores, por ningún medio de grabación electrónica o física sin la previa autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por la ley.

Índice de contenido

Portadilla

Prólogo

Introducción

1. Oscuridad en la mañana

2. Una segunda oportunidad

3. Años de confesión

4. La niña del piano

5. Una petición delicada

6. El ahorcado

7. Mirando al Cielo

8. El cuarto oscuro

9. Los dos ladrones

10. Medalla de aniversario

11. Campamento de Mendoza

12. Campamento de Morfín

13. El árbol del bien y del mal

14. Seis vidas más

15. Al son de la matraca

16. La carta

17. Regreso a Sahuayo

18. La carta de José

19. El asesino del baptisterio

20. Ojo por ojo, gallo por gallo

21. El muerto que no está muerto

22. Una visita inesperada

23. Ángeles y demonios

24. El cuartel del mesón

25. Las tías de José

26. Antes de la medianoche

27. Epílogo

Glosario de modismos mexicanos

San José Sanchez del Río

Nunca como ahora…

había sido tan fácil ganarse el Cielo.

José Sánchez del Río

La memoria de los mártires, que fueron

capaces de entregar sus vidas por aquello en lo

que creían, constituye un ejemplo para los jóvenes

de hoy y les da motivos para vivir con esperanza.

Papa Francisco

La salvación eterna es el asunto más importante

que hay que resolver en este mundo…

Jorge Loring, S.I.

Prólogo

Antes de referirme al contenido de este libro-novela, basado en la vida de San José Sánchez del Río, quisiera compartir con ustedes la alegría que me provoca poder ser parte de esta obra que presenta el testimonio heroico de un joven cristiano. Agradezco a Dios y a los instrumentos providenciales que lo hicieron posible.

En el año 2016, mientras era obispo de Cruz del Eje, en la provincia de Córdoba, los beatos Cura Brochero y José Sánchez del Río fueron canonizados juntos en Roma. Por ese motivo participé de la ceremonia en Roma y providencialmente, luego de la canonización, tuve la gracia de conocer Sahuayo en México, la tierra de Joselito, su pueblo y su gente. ¡Fue realmente un gran regalo de Dios!

¡Qué edificante que un libro se llame: Mirando al Cielo...! Es necesario que más de una vez la vida nos sorprenda mirando al Cielo, pero no como distraídos sino como creyentes. Con los pies en la tierra y la mirada hacia el Cielo muchas cosas serían bien distintas, muchos cristianos viviríamos con mayor convicción nuestra fe. Ciertamente José (Joselito) tenía su mirada y su corazón en la Vida Eterna, pero como buen cristiano, sabía que a ella se llega con los pies bien puestos sobre la tierra y con lucha y esfuerzo. Le tocó a nuestro joven amigo vivirlo en el tiempo de los Cristeros.

La Cristiada o Guerra de los Cristeros fue un conflicto armado que se produjo en México entre el Gobierno y laicos, presbíteros y religiosos católicos. Este enfrentamiento perduró desde 1926 a 1929. Numerosos grupos de fieles y clérigos católicos a quienes llamaban “cristeros”, indignados por las medidas del gobierno de ese momento en contra de la vida de la fe, se resistieron a la aplicación de la llamada Ley Calles que proponía limitar la libertad religiosa y el culto católico. La guerra terminó oficialmente el 21 de junio de 1929, culminando así el conflicto que llevo tres años y que enfrentó crudamente al Gobierno mexicano con su pueblo. “Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe” era el lema y grito de los Cristeros.

Se estima que fueron doscientos cincuenta mil personas, entre ambos bandos, las que perdieron la vida en la Guerra Cristera. El origen del conflicto es la Constitución de México de 1917 que desconocía los derechos de la Iglesia, negaba su personalidad jurídica, ponía límites al número de sacerdotes además de imponer restricciones muy importantes a la celebración del culto público de la fe católica. Toda esta situación generó una serie de protestas y fue en aumento con la llegada al poder del presidente Plutarco Elías Calles en 1924. En 1926, este presidente promulgó la Ley de tolerancia de cultos, conocida como “Ley Calles”, para hacer efectivos los artículos constitucionales contra la Iglesia. Esta ley de Calles consideraba delito numerosas actividades totalmente lícitas, como el hecho de que un sacerdote estuviera vestido como tal con signo clerical o que, por ejemplo, los religiosos se organizaran en congregaciones, o que se enseñara religión en las escuelas.

Ante las repetidas negativas del Gobierno a derogar la Ley Calles, el Episcopado Mexicano decidió suspender la celebración del culto el 31 de julio de 1926, día en que comenzó a regir la controvertida legislación. La suspensión del culto público impresionó a toda la población. De pronto, las iglesias se cerraron y no se celebraron más los sacramentos. El Gobierno, a la vez, respondió a esta decisión de la Iglesia ocupando los templos para otro tipo de actividades, persiguiendo y arrestando a sacerdotes y dirigentes laicos. La violenta reacción estatal hizo que muchos católicos decidieran salir a luchar por la fe.

Durante esta guerra, muchas personas perdieron la vida. Muchos mártires. Y por testimonio de los mártires sabemos que muchos fueron cruelmente torturados antes de derramar finalmente la sangre por Cristo. Entre los mártires de la Cristiada tenemos a San José Sánchez del Río, adolescente cristero, que tuvo como armas el clarín y la bandera del regimiento. Con solo catorce años fue apresado, torturado y asesinado el 10 de febrero de 1928 por oficiales del gobierno de Plutarco Elías Calles por negarse a renunciar a su fe.

Los santos nos hablan en todos los tiempos, porque han escrito –y José, rubricado con su vida– las páginas del Evangelio. José Sánchez del Río, porque miraba al Cielo, pudo decir con alegría: nunca como ahora fue tan fácil ganarse el Cielo.

Estoy seguro de que esta novela histórica hará mucho bien a sus lectores. El ejemplo de los cristianos, el testimonio de ellos (mártires) siempre anima y renueva la propia fe. Este es un libro en el que se nos revela al Dios misericordioso, la coherencia de la fe, los valores cristianos de la familia y sus enseñanzas, el deseo de estar dispuestos a entregar la vida hasta el extremo. En alguna de sus páginas pude leer: Joselito, tu papá y yo estábamos preocupados por ti, ¿dónde estabas? Esta pregunta me recordó a María y a Jesús..., y a la respuesta de Jesús: Debo ocuparme de las cosas de mi Padre. Joselito ofrece en su corazón la vida, su vida por Cristo y su Reino. Celebro estas páginas, que presentan un gran dolor por la perversidad de muchos hombres, pero renuevan el gozo y la esperanza por la valentía, el coraje y el amor de los cristianos en serio.

Con profundo gozo, el 3 de noviembre del 2017, proclamé a San José Sánchez del Río, por su entrega, audacia, compromiso y amor a la Iglesia y a los demás, Patrono de la Juventud Castrense de la Argentina. En nuestro país, necesitamos modelos juveniles que estén dispuestos a jugarse por Jesús y por el Reino sin reservas.

+ Santiago Olivera

Obispo Castrense

de la República Argentina

Delegado Episcopal de la

Conferencia Episcopal Argentina,

para la Causa de los Santos

Introducción

En una ocasión leí que hay libros escritos con la cabeza para impactar a la inteligencia y libros escritos con el alma para impactar al corazón. Mirando al Cielo es un relato histórico que toca nuestro corazón y cuestiona nuestra inteligencia, despertando nuestra conciencia porque narra la vida de alguien que nunca dudó del amor de Dios.

José Sánchez del Río fue un niño igual que muchos niños de su edad que gustaban de jugar en la calle con sus amigos o sentían que una linda niña despertaba el sentimiento del primer amor, pero con la diferencia de que Joselito –como lo llamaban sus padres– entrega su vida por amor a Dios cuando alguien quiso cuestionar su existencia. Cuando escuché por primera vez el nombre de este niño originario de un pequeño pueblo de Michoacán, nunca imaginé que su vida… llegaría a cambiar mi vida...

Han pasado más de diez años desde que comencé la investigación para realizar una película sobre su vida y hoy, que está próxima a ser estrenada, me encuentro escribiendo esta introducción para la primera edición argentina de lo que se ha transformado en una novela histórica que ya tiene cinco ediciones en México. Mirando al Cielo es un libro que busca simplemente que el lector pueda hacer un alto en el camino y preguntarse con seriedad a sí mismo… “¿Qué estoy haciendo yo realmente para ganarme el Cielo?”

Esta historia que para muchos puede ser un relato entretenido, o simplemente una historia que te hace llorar, nos habla de la importancia de hacer un alto en el camino y detenerse un momento para mirar al Cielo...

El autor

1. Oscuridad en la mañana

México 1931

Con los primeros rayos del sol, una máquina de ferrocarril escupe humo y silba insistentemente mientras llega a una pequeña estación de la provincia de México.

Rafael Picazo, un hombre maduro y de buen ver, se baja del primer vagón vistiendo gabardina oscura y sombrero tejano. Después de caminar algunos pasos sobre el solitario andén, escucha a sus espaldas una voz ronca que lo llama:

—¡Rafael!

Picazo da media vuelta y entrecierra los ojos buscando reconocer la misteriosa figura de un hombre que aparece entre el vapor de la máquina acercándose lentamente hacia él. Aquel tipo de aspecto rudo y malencarado detiene su paso a pocos metros, saca una pistola y descarga dos balazos en el vientre de Picazo. Don Rafael se desploma pesadamente sobre el suelo. Con la mirada nublada y confusa puede ver cómo las botas de su agresor se acercan arrastrando las espuelas hasta detenerse frente a él.

—¡Nos vemos en el infierno, Rafael! —el sujeto escupe un salivazo sobre su víctima, da media vuelta y desaparece entre el vapor de la máquina de la misma forma en que había surgido.

2. Una segunda oportunidad

Los incesantes manotazos que golpeaban el grueso portón de madera de la casa parroquial despiertan un concierto de ladridos callejeros, rompiendo la tranquilidad de la noche.

—¡Voy... ya voy!

Envuelto en un grueso sarape* y cargando un tambaleante quinqué, el señor cura camina con paso apresurado proyectando su vacilante sombra sobre la pared de piedra de un estrecho patio que lo lleva a la entrada.

—¡Que ya voy!

Al llegar al pesado portón de madera, introduce una llave de hierro que acciona un crujiente mecanismo permitiendo que la puerta ceda pesadamente. El cura ve frente a él dos pequeñas monjas ataviadas con el hábito de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, quienes lo miraban de forma suplicante.

—Padre, usted disculpará los modos y la hora, pero tiene que ir a confesar a mi hermano Rafael.

El cura, que bien conocía la reputación dudosa de aquel hombre, clava su mirada en ambas mujeres y pregunta con cierta incredulidad:

—¿Fue su hermano quien pidió la confesión? —las monjas se miran entre sí manifestando complicidad.

—Pues la verdad no, padre —contesta la mayor de las dos— pero se está muriendo y usted lo tiene que ir a confesar.

El señor cura entrecierra los ojos recorriendo lentamente los rostros de aquellas monjas que lo miraban impacientes en espera de su respuesta.

—Está bien, está bien. Esperen aquí un momento, nomás me cambio y en seguida regreso.

Minutos más tarde, las dos monjas seguidas por el señor cura, recorren las oscuras y empedradas calles del pueblo de Sahuayo, una pujante población de Michoacán que se encontraba a poco más de un centenar de kilómetros de la ciudad de Guadalajara.

Al llegar frente a una casa refinada con fachada de cantera que se distinguía de entre las demás, las monjas se detienen y abren la puerta cruzando el umbral hacia un pequeño recibidor que se encontraba parcialmente oscuro.

—Pase, padre, pase usted por favor, que mi hermano Rafael se encuentra ahí dentro —le comenta la monja mayor y señala con su dedo en dirección a un oscuro pasillo.

El señor cura se adelanta algunos pasos y a mitad de camino es aterradoramente sorprendido por doña Consuelo, la esposa de don Rafael, quien ante el inesperado encuentro con el cura da un brinco.

—¡Doña Consuelo!

—¡Padre! ¡Pero qué susto me ha dado usted!

—¡Pues hija… el susto ha sido mutuo!

—¿Y cómo es que ha podido entrar aquí?

—Por ellas, señora… ellas me han dicho que pasara.

Doña Consuelo mira sobre el hombro del cura y al no ver a nadie, le pregunta extrañada:

—¿Ellas?

—¡Las monjas! —responde el cura con seguridad.

Doña Consuelo mira al cura desconcertada y ante la duda de aquella mirada, el cura voltea y se percata de que las dos religiosas ya no están, que habían desaparecido.

—¡Vaya hombre! Pues no entiendo qué habrá podido pasar con las hermanas, se habrán quedado atrás —afirma el cura un tanto confuso.

—¿Atrás? Disculpe, padre, pero no entiendo de qué me está usted hablando.

—¡De sus cuñadas, doña Consuelo, las dos hermanas monjas de don Rafael que venían conmigo ¡y la verdad no entiendo por qué ya no están!

—¿Mis cuñadas? —doña Consuelo vuelve a mirar sobre los hombros del cura escudriñando nuevamente todo el pasillo sin ver a nadie—. ¡Qué extraño, padre! porque Anita y Adela se encuentran ahora mismo en el convento de Uruapan con su congregación. Hace tan solo unos minutos que hablé con ellas para darles la noticia de su hermano.

El cura frunce el ceño y se queda mirando a doña Consuelo desconfiado.

—Sin bromas, sin bromas, doña Consuelo, sus cuñadas las monjas son las que me han traído aquí para que pudiera confesar a su hermano… ¡y yo no miento, señora!

—Disculpe usted, padre, mi intención no era dudar de usted en ningún momento, pero todo parece tan difícil en estos momentos que… —la doña interrumpe sus palabras sin saber qué más decir.

Ambos se miran por espacio de algunos momentos, hasta que doña Consuelo decide no darle más vueltas al asunto y rompe el silencio.

—Mire, padre, de cualquier forma que haya sido, me alegro de que usted haya venido hasta aquí para confesar a mi marido. Sígame por favor.

La mujer encamina al señor cura por el oscuro pasillo, pero durante el trayecto le surge la duda de si el padre sabría la razón por la cual su esposo se encontraba en aquel trágico estado, por lo que detiene el paso y le pregunta:

—Disculpe, padre… ¿usted sabe la causa? —doña Consuelo detiene sus pa,labras mostrando inseguridad.

—¿Lo que le pasó a don Rafael? —la interrumpe el cura— la verdad no, señora, no tuve el tiempo de preguntar. En cuanto las misteriosas y desaparecidas monjas me lo pidieron, vine sin demora a confesar a su marido; simplemente me comentaron de la gravedad de su hermano y me trajeron hasta aquí.

—¿Entonces no sabe usted nada?

—¡Que no, señora! ¿por qué no me lo dice usted de una buena vez?

—Pues solo se sabe que venía en el tren de la ciudad de México y, al detenerse en la estación de Lechería, alguien le disparó.

—¡Vaya, hombre!... ¿y cómo se encuentra ahora?

—Mal padre, bastante mal. Cuando lo trajeron ya le habían retirado las balas, pero el doctor aún teme por alguna hemorragia interna.

—¿Puede hablar? —le pregunta el cura de forma compasiva.

—Mal… pero sí puede, padre.

—Dígame, doña Consuelo, ¿realmente cree usted que don Rafael quiera confesarse? —la doña lo mira con reserva antes de contestar.

—Pues mire, padre, no está por demás que le diga que tan solo su presencia lo podría matar de un disgusto, pero Dios sabe sus caminos y lo trajo a usted hasta aquí.

El cura la mira reconociendo que doña Consuelo era una mujer culta y distinguida –a diferencia de su esposo– y gozaba de una excelente reputación como mujer piadosa, buena esposa y fervorosa cristiana.

—Pues dejemos todo en manos de Dios, señora.

—Muchas gracias, padre. Por favor, pase usted por aquí —doña Consuelo abre la puerta y el padre percibe al entrar en aquel cuarto parcialmente oscuro un cierto olor a muerte. Sobre la cama, mira la figura inmóvil de don Rafael, quien pareciera estar muerto.

Consuelo, al percibir la misma sensación, se aproxima con celeridad hacia la cama de su esposo.

—¡Rafael! Rafael…

Después de algunos angustiantes segundos, se escucha finalmente un ligero quejido del moribundo, quien girando la cabeza le dice a su esposa de forma despectiva y grosera:

—Mira, vieja… si pensabas que ya estaba muerto, siento decepcionarte, porque como verás no lo estoy.

Su esposa mira apenada en dirección al sacerdote después de aquellas palabras de su marido, pero el cura la tranquiliza con una simple mirada y se mantiene a la distancia.

—Mira, Rafael —le dice con inseguridad— alguien ha venido a verte.

Picazo gira su cabeza y descubre al señor cura parado en su habitación.

—¡Qué demonios hace este aquí!

—Don Rafael —interviene el cura—, he venido para que pueda usted reconciliarse con Dios.

—¿Reconciliarme con Dios? Mire curita, mejor pregúntele a Dios si Él quiere reconciliarse conmigo.

Sabiendo el cura que aquello era únicamente el inicio de lo que sería una verdadera lucha, intenta darle confianza y se acerca de manera amistosa a su cama.

Al sentir la presencia del cura tan cerca, don Rafael comienza a toser ahogadamente y cuando doña Consuelo se aproxima para auxiliarlo, el moribundo moviendo los brazos agitadamente y recitando unas cuantas maldiciones, los corre a los dos:

—¡Largo... lárguense de aquí!

—Rafael, por favor, habla con el señor cura.

Doña Consuelo le suplica a su marido, pero Picazo con un manotazo avienta a su esposa de forma tan brusca que la mujer casi cae al suelo. Después mirando al cura desafiante, le grita lleno de rabia:

—Lárguese de aquí, zopilote de mierda… ¡porque si bien he podido vivir sin curas, también sin curas puedo morir!

El padre se da cuenta de que la situación se había puesto más complicada de lo que se había imaginado, y con un gesto de autoridad le indica a doña Consuelo que abandone lo antes posible la habitación, cosa que la mujer hace con premura pero no muy convencida. Una vez que el cura cierra la puerta, se coloca su estola y acerca una silla a la cama.

—Mire, don Rafael, he venido aquí para que usted se arrepienta y pueda ponerse en amistad con Dios.

Picazo lo mira con desprecio y con un gran esfuerzo abre el cajón de su buró de donde toma una pistola y la dirige amenazante contra el cura.

—Mire, curita, ¡o se larga en este momento, o seremos dos los muertos aquí!

Al ver el cura aquel cañón de la pistola apuntando tambaleante en dirección a su cara, retrocede y se arrincona contra la pared.

—¡Por favor, don Rafael!

—¡Cobarde! —le grita Picazo con una sonrisa disfrutando aquel momento.

—¡Guarde eso, don Rafael, que se puede disparar!

—Y recuerde, curita, que las armas las carga el diablo.

—Mire, don Rafael, cálmese que lo único que pretendo es hablar un momento con usted.

—¿Hablar? —Picazo le sacude la pistola frente a su cara— aquí la única que habla es esta… ¡y le juro que va a hablar!

Picazo jala el gatillo… ¡Bang! la bala se incrusta en la pared a pocos centímetros de la cabeza del cura. Aquella detonación provoca que doña Consuelo aparezca inmediatamente acompañada de su sirvienta.

—¡Madre mía! ¡Pero qué pasó! —exclama la doña mirando a su marido con la pistola en la mano.

Picazo arquea las cejas y gira el arma en dirección a las mujeres, lo que provoca que la sirvienta empiece a gritar como una loca refugiándose detrás de su patrona como si fuera su escudo.

—¡O se callan, o me las echo a ustedes también! —Picazo las encañona. El cura reacciona ante aquella situación y con un movimiento atrevido se interpone entre el arma y las mujeres.

—¡Don Rafael, baje el arma… se lo ordeno!

Picazo al ver al cura frente a él, se ahoga de la risa con tales carcajadas que le suscita un ataque de tos que provoca que la pistola se agite en todas direcciones peligrosamente. El señor cura con ligeros empujones apresura a las dos señoras a salir de la habitación con rapidez.

—¡Salgan ahora por favor!

—Escúcheme bien, zopilote desgraciado —Picazo se dirige al cura encañonando el arma hacia él nuevamente—, será mejor que ahueque el ala curita y sea usted el que se largue de aquí, porque este cadáver aún se mueve y se lo va a echar.