Misterio de los misterios - Paolo Prosperi - E-Book

Misterio de los misterios E-Book

Paolo Prosperi

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El escritor Charles Péguy escribió, tras su conversión al catolicismo, tres grandes composiciones poéticas, los Misterios (El misterio de la caridad de Juana de Arco; El pórtico del misterio de la segunda virtud; El misterio de los santos inocentes), que aún fascinan a lectores y críticos por la complejidad de su reflexión, apreciada por autorizados teólogos del siglo XX. Paolo Prosperi no pretende en este ensayo ofrecer un comentario exhaustivo sobre ellos (los Misterios son como un cofre de riquezas inagotables, cada vez que se vuelve a él se descubren cosas nuevas), sino que se fija un objetivo más circunscrito, pero no menos difícil: intentar comprender las razones que llevan al autor de este singular tríptico a atribuir un papel central en la comprensión del misterio de la historia —del mundo y de cada existencia humana— a la virtud de la esperanza, que «ve lo que aún no es y será / ama lo que aún no es y será».

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Paolo Prosperi

Misterio de los misterios

La esperanza según Péguy

Traducción de Carmen Giussani

Título en idioma original:Mistero dei misteri. La speranza secondo Péguy

© Editrice Morcelliana, 2023

Via Gabriele Rosa, 71 - 25121 Brescia

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2024

Traducción de Carmen Giussani

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 134

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-196-0

ISBN EPUB: 978-84-1339-529-6

Depósito Legal: M-11409-2024

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Premisa

I. El punto de partida

1. El misterio de la caridad

2. El amor por el hombre y por el mundo

3. La niña esperanza

II. La más grande maravilla de nuestra gracia

1. La más difícil

2. Libre como la gracia: la creatividad de la esperanza

III. Lo que los ángeles no han probado

1. Pura y joven como la esperanza

2. Nodriza de las palabras eternas: esperanza y encarnación

IV. La que más agrada a Dios

1. No solo libremente sino como gratuitamente

2. Interludio: agathòs eros, o de la generosidad del deseo

3. Cuentas divinas y cuentas humanas: la generosidad de la esperanza

V. La esperanza de Dios

1. Extraña inversión: la parábola de la oveja perdida

2. Péguy, Juan y Dostoievski: ¿hacia una nueva teodicea?

VI. La pequeña esperanza

1. Saben bien lo que hacen: el niño según Péguy

2. No me gusta el que no duerme, dice Dios

3. La esperanza no va a ninguna parte

VII. Oh noche, tú eres mi criatura más bella

1. Docta ignorancia

2. Un extraño juego

Premisa

El protagonista de la historia es el mendigo:Cristo, mendigo del corazón del hombre,y el corazón del hombre, mendigo de Cristo.

Luigi Giussani

La verdad de las cosas más grandesse encuentra menos en el qué que en el cómo.

Hans Urs Von Balthasar

No es objeto de este ensayo ofrecer un comentario exhaustivo de los Misterios de Péguy1 (no sería posible hacerlo con un texto poético de tan alto valor), ni tan siquiera de uno solo de ellos. Cualquier amante de Péguy lo sabe: los Misterios son como un cofre repleto de joyas inagotables, como lo son las Escrituras, si parva licet componere magnis. Cada vez que vuelves a ellos, descubres algo nuevo.

El objetivo que nos proponemos es más limitado, pero no por ello menos arduo: tratar de comprender la razón de la centralidad de la esperanza en la weltanschauung —la cosmovisión— del autor de esta trilogía singular y, de esta forma, ofrecer una clave para acceder al conjunto de la obra.

Como el mismo título indica, nos concentraremos en particular en El pórtico del misterio de la segunda virtud2, es decir, en el segundo de los tres grandes misterios que Péguy escribió entre 1910 y 1912. A los otros dos nos referiremos cuando sea necesario para comprender el significado y el lugar que la esperanza ocupa, según Péguy, en la comprensión tanto del misterio de la Historia como de la existencia cristiana del hombre.

Los tres Misterios se publicaron en los Cahiers de la Quinzaine entre 1910 y marzo de 1912 en el siguiente orden: El misterio de la caridad de Juana de Arco (1910)3, El pórtico del misterio de la segunda virtud (1911) y El misterio de los Santos Inocentes (marzo de 1912)4. No resulta en absoluto fácil darse cuenta de la unidad y del desarrollo orgánico que une entre sí a estos tres misterios5. Es más, se podría incluso dudar de que exista realmente un desarrollo orgánico. El carácter supuestamente pindárico del estilo de Péguy que, de forma inconfundible entrelaza, a menudo mediante giros bruscos, leitmotivs aparentemente desconectados entre sí, que se persiguen y se cruzan repetidamente sin fundirse jamás por completo, parece estar hecho aposta para suscitar en el lector la pregunta: ¿qué es lo que une a las distintas corrientes del impetuoso fluir poético del autor?6 ¿Se trata acaso de un simple proceder por asociación de ideas o existe una concepción a su manera orgánica? ¿El autor se abandona a la inspiración poética y mística que tuvo en una determinada etapa de su vida, o existe un pensamiento dominante en torno al cual se articula de algún modo el conjunto de su obra?

I. El punto de partida

Para llegar a responder a la pregunta que acabamos de plantear en la premisa, es preciso proceder paso a paso.

1. El misterio de la caridad

Empecemos por el principio. El primer Misterio, como hemos dicho, está dedicado a la caridad que para un Péguy socialista jamás arrepentido, significa sobre todo lo siguiente: solidaridad a ultranza, amor tenaz y apasionado por la humanidad, esta humanidad carnal, en toda su grandeza y en su penosa miseria, y por el mundo, este mundo, resplandeciente de belleza y empapado de sangre, injusticia y dolor. He aquí el punto de partida del poeta, primero como socialista, después recuperado como católico: la pasión por el destino de esta humanidad y de esta tierra, a cualquier precio: «Péguy amaba todo, exactamente todo», atestigua Giradaux7.

Así comprendemos que El misterio de la caridad —según lo anteriormente expuesto, entendida sobre todo como solidaridad hacia el pobre, hacia el hombre que sufre, y de forma más universal aún, hacia todo aquello en lo que late vida encarnada y corre la sangre8, la linfa vital— no es tanto un punto de llegada, sino más bien un punto de arranque casi obvio y natural para Péguy. Toda la historia personal y cultural del autor de la trilogía contribuye a que sea así: «La caridad camina por sí misma». No es ninguna casualidad que Péguy le haga decir a Dios: «La caridad no me sorprende».

La caridad camina por sí misma. Para amar a su prójimo no hay sino que dejarse ir, no hay sino que mirar tanta miseria. Para no amar a su prójimo habría que violentarse, torturarse, atormentarse, contrariarse. Oponerse. Hacerse daño. Deformarse, darse la vuelta, ponerse al revés. Nadar contra corriente. La caridad es natural, simple, brota, viene obviamente. Es el primer movimiento del corazón. El primer movimiento es el bueno. La caridad es una madre y una hermana.

Para no amar a su prójimo, hija mía, tendrían que taparse los ojos y los oídos.

A tantos gritos de angustia9.

Es bien sabido que Péguy reiteró hasta el final de su vida que nunca había renegado ni un átomo de los ideales socialistas de su juventud10. Sirvan estas líneas para dar una idea de lo que significa dicha afirmación, que es crucial para comprender todo el camino existencial, intelectual y espiritual de Péguy. La suya no fue una simple vuelta a la fe católica tal y como la había conocido (y rechazado) en sus tempranos años juveniles. Ciertamente, el Cristo al que se dirige Péguy es el Cristo de la Iglesia católica. Ahora bien, es un Cristo muy diferente del que demasiado a menudo oía predicar a los clérigos de su tiempo: un cristianismo espiritualizado, un cristianismo entendido y vivido como rechazo del mundo, como huida de la carne y desprecio del siglo.

En Verónica11 —una de las creaciones más importantes salidas de la pluma de Péguy en el periodo que siguió a su conversión (1909) y que lamentablemente quedó incompleta—, Péguy llega a ver precisamente en el espiritualismo de los clérigos y en la negación de la historicidad del cristianismo el ‘error místico’ capital que está en la raíz de la tragedia del secularismo moderno. Pocas páginas son tan virulentas como las que Péguy dedica en este Diálogo de la historia y el alma carnal al «clericalismo de los clérigos»: al rechazar la llamada a dejarse herir por el mundo y a implicarse con el drama del siglo, los ‘clérigos clericales’ —como Péguy se expresa en Verónica— han renegado de la ‘operación mística’ de la Encarnación12, la operación que se encuentra en el corazón mismo del cristianismo13:

Para explicar tal desastre [la descristianización moderna], desastre místico, desastre de mística, es necesario que se haya cometido una falta de mística. Nadie puede negar el desastre. […] Esta falta de técnica de la mística, esa inversión, ha consistido muy exactamente, y no podía ser más que una ignorancia, un desconocimiento de mí [la Historia]. […] Allí está exactamente el defecto histórico, el defecto racional y el defecto místico […]. La eternidad ha abortado en el tiempo (durante qué tiempo); lo eterno ha abortado temporalmente, (durante un tiempo); lo eterno ha sido suspendido temporalmente porque los encargados del poder […] han desconocido, han ignorado, han olvidado, han despreciado lo temporal. […] Jesús había venido para fundar, para salvar (a todo) el mundo. […] Esencialmente la operación mística de entonces, la operación cristiana originaria, era una operación que iba hacia el siglo y no una operación que venía de él. El siglo era incontestablemente el objeto. […] Originariamente, primitivamente, la vida mística, la operación cristiana resultaba ser, consistía no en evitar el mundo, sino en salvar el mundo, no en huir del siglo, en separarse, en parapetarse, en sustraerse, en amputarse del siglo, sino al contrario, resultaba ser, consistía en alimentar místicamente al siglo. […] Jesús no había venido para dominar el mundo. Había venido para salvar el mundo. Es un objetivo completamente distinto, una operación completamente distinta. Y no había venido para separarse, para retirarse, del mundo. Había venido para salvar el mundo. Es un método completamente distinto. Comprenda usted (amigo mío), si él hubiera querido retirarse, estar retirado del mundo, hubiera bastado con no venir al mundo. Era así de simple. Nunca lo hubiera tenido tan fácil. […] Quedarse sentado a la derecha de su Padre. Así se hubiera quedado tan tranquilo. […] Pero él, por el contrario, fue al mundo, fue al siglo para salvar al mundo14.

Péguy ama intensamente esta tierra y, sobre todo, al hombre que en ella vive y sufre. No es que no conozca sus llagas, que no vea sus miserias materiales y morales, sino que precisamente por eso lo ama más. No se resigna a abandonarlo, ni puede concebir o aceptar a una iglesia o a un Dios que parezcan estar dispuestos a hacerlo. En efecto, el Dios del que ha llegado a ser un adorador incondicional, nada tiene que ver con semejante Dios:

El buen Dios no tenía más que quedarse tranquilo en el cielo antes de la creación; estaba tan tranquilo; en su cielo; antes de su creación; estaba muy tranquilo. No tenía necesidad de nosotros. Y Jesús también no tenía más que quedarse (muy) tranquilo en el cielo antes de esa parte central, axial, cardiaca, de la creación, antes de la encarnación […]. Estaba muy tranquilo en el cielo y no tenía necesidad de nosotros. ¿Pero por qué vino él, por qué vino al mundo? Es preciso creer, amigo mío, que tengo cierta importancia, yo, una mujer de nada [la Historia]. Es preciso creer que el escalonamiento del tiempo, tenía cierta importancia. Es preciso creer que el hombre y la creación del hombre y del destino del hombre y la vocación y el pecado del hombre y la libertad del hombre y la salvación del hombre tenían cierta importancia, todo el misterio, todos los misterios del hombre. De otra forma, por el contrario, sería así de simple, y así de rápido de hacer. Estaría hecho de antemano. Solo se tendría que no crear el mundo, solo se tendría que no crear al hombre. Entonces ya no habría degradación, ya no habría caída, ya no habría ni caída ni redención. Ya no habría ninguna historia, no habría ninguna complicación. Todo el mundo se quedaría en su casa. Qué grande no seré, amigo mío, por haber desplazado a tanta gente, molestado a tanta gente, y de (tan) alta sociedad. Para haber puesto en marcha una historia tan trágica. Un Dios, amigo mío, Dios se ha tomado la molestia, Dios se ha sacrificado por mí. Eso es el cristianismo15.

Llegamos así a intuir una primera razón por la que la esperanza atrae cada vez más la atención y el corazón del poeta. El pecado o el error místico que Péguy atribuye a buena parte de la Iglesia moderna, a esa parte que él tilda de ‘los clérigos clericales’, tiene que ver con una suerte de pereza burguesa en lo que se refiere a la esperanza, una cómoda desesperanza, una resignación no tanto con respecto al destino de la propia ‘almitilla’, cuanto con respecto al destino del mundo, ese mundo por el que Cristo nació, murió y resucitó16. Ante la propagación del mal, ante el extenderse de la impiedad, la respuesta de Dios en Jesucristo no fue la condena, no fue el lamento por los males del tiempo:

No incriminó, no acusó a nadie. Salvó. No incriminó al mundo. Salvó al mundo. Ellos (distintos) vituperan, raciocinan, incriminan. Afrentosos médicos, que echan la culpa al enfermo. Acusan a las arenas del siglo, pero en tiempos de Jesús también había un siglo y las arenas del siglo. Pero en la arena árida, en la arena del siglo, manaba inagotable una fuente, una fuente de gracia. ¡Ah no, ellos no imitan a Jesús! Ellos sienten, saben muy bien, por los textos más formales, que este mundo les ha sido confiado y, viendo el estado en el que está, […] echan la culpa al enfermo. […] Harán lo que sea por no confesar. Por no confesar que se ha cometido una falta de mística. Y que ellos son los que la han cometido17.

2. El amor por el hombre y por el mundo

Llegamos así a entender en dónde está el verdadero trait d’union que liga al primer Péguy, revolucionario socialista, con el segundo, un católico difícil de encasillar: es su pasión por el hombre, por el hombre real, concreto, histórico y no por el hombre abstracto, ideal. Lo cual significa también pasión por el hombre moderno, del que el intelectual socialista primero y el pensador convertido después, advierten el terrible empobrecimiento espiritual. Péguy sigue amando a este hombre a pesar de sus traiciones y desilusiones cada vez más conscientes, porque sabe que es por este hombre que «un Dios se ha tomado la molestia» de venir al mundo. Péguy es un hombre desgarrado o, mejor dicho, abrasado, quemado por el fuego que genera en él el contraste entre la aguda percepción de la miseria material y espiritual del hombre real, histórico, y el deseo indomable, casi infantil, utópico (he aquí el alma socialista diamantina del nuestro) de un mundo en el que la nobleza y la justicia reinen por fin por doquier y en todos. En cada una de sus páginas se advierte constantemente una suerte de indignación, como si no consiguiera apartar los ojos de ese misterio apremiante, el misterio de esa amalgama incomprensible de miseria y de grandeza que es el hombre, este ángel revestido de carne que camina por las calles polvorientas de la tierra.

Quizás ni siquiera Jesús, como hombre —se atreve a escribir Péguy en su Misterio de la caridad—, entendía hasta el fondo ese revoltijo abismal del corazón del hombre pecador. Tan es el hombre un abismo insondable, un misterio:

Qué era, pues el hombre.

Ese hombre.

Que él había venido a salvar.

Cuya naturaleza había asumido.

Él no lo sabía.

Como hombre no lo sabía.

Porque ningún hombre conoce al hombre.

Porque una vida de hombre.

Una vida humana, como hombre, no basta para conocer al hombre.

Tan grande es el hombre. Y tan pequeño.

Tan alto es el hombre. Y tan bajo.

Qué era, pues, el hombre.

Ese hombre.

Cuya naturaleza había asumido.

Su Padre lo sabía18.

Lo que el mismo Péguy atribuye al genio de Victor Hugo, lo podemos entender en buena lid como un velado autorretrato del nuestro, o por lo menos, como una confesión del verdadero y más íntimo aspecto originario de su amor por el hombre y el mundo. No se trata para nada de una abnegación ética, sino más bien del don, del que el poeta francés se siente (orgulloso) heredero, de un asombro original, inagotable, ante el misterio del ser del mundo en general y del hombre en particular. Es el asombro de la razón, en efecto, la fuente secreta de donde mana la auténtica adoración:

El asombro es lo que cuenta, principio seguramente de la ciencia, como dice ese Clásico19, pero no tan principio de la ciencia como verdaderamente y realmente, como infinitamente más, uno de los principios más profundos de la adoración. El viejo Hugo, amigo mío, veía el mundo como si acabara de ser hecho. Quiero decir como si el mundo acabara de nacer. […] Naturalmente es la única manera de verlo. Desgraciadamente no le es dada a todo el mundo. Veía la creación como si saliera en ese instante de las augustas Manos, como si acabara de salir, como si acabara de escapar palpitante de las grandes Manos. […] Su fuerza increíble, su fuerza casi única, procede únicamente de allí, toda la fuerza de su genio, de que él veía el mundo, no como un objeto habitual de una mirada habituada, sino como primer objeto de una primera mirada20.

La figura que encarna más profundamente, en el Péguy maduro, la pasión insaciable del poeta por la «masa de los hombres que se pierden» es sin duda la figura de Jeannette21, del primero de sus tres grandes misterios, El misterio de la caridad de Juana de Arco. El escándalo —por así decirlo— terrenal, horizontal, que el Péguy socialista siente ante la injusticia y la miseria social, aumenta y, de algún modo, se eleva a escándalo metafísico, vertical, sobrenatural. Se convierte en escándalo ante la aparente indiferencia de un Dios que parece abandonar a su pueblo al pecado. Después de que Cristo viniera, muriera en la cruz y resucitara; después de que catorce siglos de cristiandad dieran tales y tantos mártires a la Iglesia, he aquí a un pueblo cristiano entero en guerra contra otro pueblo cristiano. Hermanos de Jesús contra hermanos de Jesús, ingleses contra franceses.

Se dirá que nos habéis enviado en vano a vuestro Hijo y que vuestro Hijo ha sufrido en vano, y que ha muerto. ¿Será posible que él se sacrifique y que nosotros lo sacrifiquemos diariamente en vano? ¿Se habrá levantado cierto día y estaremos nosotros levantando diariamente una cruz en vano? ¿Qué se ha hecho del pueblo cristiano, Dios mío, de vuestro pueblo? Y no se trata solo de las tentaciones que nos asedian, sino de que las tentaciones triunfan; son las tentaciones las que reinan; es el reinado de la tentación; el dominio de los reinos de la tierra ha caído enteramente bajo el reinado de la tentación; y los malos sucumben a la tentación del mal; de hacer el mal a los otros; y, perdonadme, Dios mío, de haceros el mal a vos; pero los buenos, que eran buenos, sucumben a una tentación infinitamente peor: a la tentación de creer que han sido abandonados por vos; pero los buenos, que eran los buenos, sucumben a una tentación infinitamente peor: a la tentación de creer que han sido abandonados por vos. […]22.

Jesús, Jesús, un día en la montaña de aquel país, vos tuvieseis piedad del pueblo, llorasteis sobre aquella multitud; aquella multitud que tenía hambre, y para alimentarla, para apaciguar el hambre de su cuerpo, para satisfacer su hambre carnal, multiplicasteis los panes y los peces.

Jesús, Jesús, Jesús, hoy vuestro pueblo tiene hambre y vos no lo reconfortáis. Hoy, en este país, vuestro pueblo actual, en vuestra Lorena de cristiandad, en vuestra Francia de cristiandad, en vuestra cristiandad, vuestro pueblo de cristiandad tiene hambre. Carece de todo. Le falta el pan carnal. Carece del pan espiritual. […] ¿Es que ya no estáis con nosotros?, ¿es que ya no multiplicáis, que no multiplicaréis los peces secos y los panes? ¿No lloraréis sobre esta multitud?23.

El j’accuse que en Verónica se dirige a los clérigos, se convierte aquí en una angustiada oración lanzada directamente en cara a Dios. Oración y, por tanto, no una expresión sarcástica o escéptica de escándalo intelectual, al estilo de Iván Karamazov, sino más bien una protesta que brota del amor apasionado por los hombres más que de una duda sobre Dios; un grito metafísico que irrumpe desde el centro de un corazón desgarrado entre el amor a Dios y el amor a la humanidad que se pierde. Jeannette no lucha con Dios porque dude de él, sino porque ama con un amor que no le da tregua y que le parte el corazón:

HAUVIETTE (joven amiga de Jeannette)

Pero a ti nada te hace bien. Todo te deja con tu hambre. Tú te consumes, te consumes, estás consumida de tristeza, estás perdida de tristeza; tienes, pobrecilla, tienes una fiebre, una fiebre de tristeza, y no te curas, tú no te curas jamás. Tienes una gran fiebre. Estás enferma de tristeza. Tu alma está enferma de tristeza. […].

Verdaderamente, Jeannette, tienes que estar sufriendo mucho para que te atrevas a pedir cuentas de ese modo al buen Dios24.

JEANNETTE

Es verdad: tengo un gran sufrimiento por toda esta perdición; pero padezco además una pena, una pena desconocida, más allá de todo lo que puedes imaginarte25.

La indignación del poeta hacia los clérigos se convierte en el tormento metafísico de Jeannette: ¿es realmente cierto que Dios ama al mundo? ¿Cómo puede un Dios verdaderamente amante, un Dios que de verdad «es Amor» (1 Jn 4,8. 16) querer este mundo, un mundo que va como lo vemos ir? ¿Cómo puede un Dios, que verdaderamente «no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom 8,32), dejar a su cristiandad en este estado miserable? ¿Qué lógica, si es que hay alguna, gobierna a la Providencia de Dios? ¿Por qué quiere o permite que las cosas vayan de este modo?

Atormentada interiormente, Jeannette decide sincerarse con Madame Gervaise, monja clarisa en el convento cercano: «Madame Gervaise está en el convento; ella debe saber por qué el buen Dios permite que haya tanto sufrimiento. Tanto sufrimiento y tanta perdición»26. Pero ni siquiera las sabias palabras de la religiosa bastan para sanar la herida del corazón de Jeannette. Madame Gervaise da en el blanco, lee en el corazón de la muchacha y adivina sus angustias más ocultas, pero no logra persuadir a la inconsolable jovencita. Casi desafiando, no solo a su interlocutora, sino a la misma Sabiduría divina, Jeannette llega a pronunciar la más contradictoria y blasfema de las oraciones:

Oh, si hiciera falta salvar del fuego eterno

Los cuerpos condenados que enloquecen de dolor,

Abandonar mi cuerpo a las llamas eternas,

Entregad mi cuerpo, Dios mío, al fuego eterno;

(…)

Y si es necesario para salvar de la Ausencia eterna

Las almas de los condenados que enloquecen de Ausencia,

Abandonar mi alma a la Ausencia eterna,

Que mi alma vaya a esa Ausencia eterna27.

No tarda en llegar la dura réplica de Madame Gervaise y, como era de esperar, se concentra sobre lo que es más grave en la actitud de Jeannette: el orgullo, la pretensión de saber mejor que el Padre Eterno lo que es justo y lo que no lo es, en el fondo, la profanación del misterio mismo de la divina Sabiduría.

Es un misterio, hija (como una confesión), el mayor misterio de la creación. Es un misterio más grande que la Encarnación misma y que la Redención. Porque la Pasión de Jesús al menos se ve para qué sirve. Y toda la Encarnación queda clara con la Redención…28.

Acto seguido prorrumpe la impresionante y justamente famosa meditación de Madame Gervaise sobre la Pasión de Jesús, que ocupa casi todo el resto del Misterio de la Caridad: a pesar del ímpetu infinito de su caridad humana y divina, el mismo Jesús no pudo impedir que uno de los suyos se condenara, no pudo impedir que Judas se perdiera. Así interpreta Madame Gervaise —de un modo del todo personal, es muy importante observarlo— el sentido del grito extremo de Jesús, de su «clamor eterno» en el momento de su muerte en la cruz:

Si el hijo del hombre en su hora suprema,

Expresó en un grito su espantosa angustia, más que un condenado,

Clamor que sonó tan falso como una divina blasfemia,

Es porque el Hijo de Dios sabía.

Una se pregunta por qué lanzaría ese grito espantoso. Y muchas otras cosas.

Pero todos los textos son tajantes; él lanzó entonces un grito espantoso29.

Así, pues, una se pregunta por qué lanzaría él, en aquel momento, ese horrible grito.

[…]

No había gritado ante la lanza romana;

No había gritado ante el beso perjuro;

No había gritado bajo el huracán de injurias;

No había gritado ante los verdugos romanos;

No había gritado bajo la amargura de la ingratitud.[…]

No había gritado bajo la faz perjura;

No había gritado ante los rostros injuriantes.

No había gritado ante los rostros de los verdugos romanos.

Entonces, por qué gritó; ante qué cosa gritó. […]

Pues el Hijo de Dios sabía que el sufrimiento

del hijo del hombre no sirve para salvar a los condenados.

Y enloqueciendo más que éstos de desesperanza,

Jesús al morir lloró por los abandonados. […]

Enloquecido más que ellos por su desesperanza. […]

Siendo Hijo de Dios, Jesús lo conocía todo.

Y el Salvador sabía que a Judas, a quien amaba,

No lo salvaba dándose todo entero.

Y entonces fue cuando conoció el sufrimiento infinito,

Entonces fue cuando supo, fue entonces cuando aprendió,

Fue entonces cuando sintió la agonía infinita.

Y gritó como un loco la espantosa angustia,

Clamor que hizo tambalearse a María aún de pie.

Y por piedad del Padre tuvo su muerte humana.

¿Por qué querer, pues, hermana mía, salvar a los muertos condenados del infierno eterno, y querer salvar mejor que Jesús el Salvador?30

Aparecen al menos dos indicios interesantes de que nuestro poeta está sutilmente invitando a sus lectores a preguntarse si la exégesis del grito final de Jesús en la cruz que propone Madame Gervaise sea efectivamente justa (o al menos si es la del poeta). El primer indicio es la curiosa contradicción entre lo que expresa aquí la monja franciscana —en deferencia a la teología y a la doctrina dominantes en el tiempo en que Péguy escribe— y la audaz afirmación que ella misma hace, unas líneas antes, y que ya hemos recordado anteriormente.

Qué era, pues, el hombre.

Ese hombre.

Que él había venido a salvar.

Cuya naturaleza había asumido.

Él no lo sabía.

Como hombre no lo sabía.

Porque ningún hombre conoce al hombre.

Porque una vida de hombre.

Una vida humana, como hombre, no basta para conocer al hombre.

Tan grande es el hombre. Y tan pequeño.

Tan alto es el hombre. Y tan bajo.

Qué era, pues, el hombre.

Ese hombre.

Cuya naturaleza había asumido.

Su Padre lo sabía31.

Desconocemos en qué medida Péguy estaba al tanto, o podía estarlo, de la discusión cristológica —ya entonces viva aunque en ambientes lejanos al suyo— sobre la «ciencia humana de Cristo»32. De todas formas, la tensión que se establece merece ser destacada: Jesús, ¿sabía o no sabía? Si él, como hombre, no sabía, entonces su grito, ese «clamor espantoso», podría interpretarse en un sentido muy distinto: no como el grito de un desesperado, sino más bien como un último espasmo de esperanza, rugido extremo del León que no se resigna, última oración al Padre sin palabras (y al pecador para que se arrepienta in extremis)33 que irrumpía desde el abismo de la solidaridad más extrema.

El segundo indicio es que en la interpretación de Madame Gervaise aparece algo que extrañamente va más allá de la doctrina a la que una monja debería atenerse. Según la Iglesia católica, en efecto, de nadie se puede decir con certeza que esté o no en el infierno, ni siquiera de Judas, a pesar de los conocidos pasajes bíblicos que podrían inducir lo contrario34. Curiosamente, una vez más, es Madame Gervaise quien lo afirma casi al final del diálogo.

Madame GERVAISE:

Hay que pensar en todos, se debe rezar por todos. […] Pero cuando el alma ha pasado ya por el Tribunal, si Dios la condena al Infierno eterno, nuestras obras no le sirven; está muerta; nuestras oraciones no le valen, nuestros sufrimientos no le sirven. […]

JEANNETTE:

Así, pues, madame Gervaise, cuando veis que un alma se condena…

Madame GERVAISE (Con una sorda violencia extrema; como un grito desde dentro):

Nunca sabemos si un alma se condena. […]

JEANNETTE:

Y cuando vemos, cuando veis que la misma cristiandad, que toda la cristiandad completa se hunde gradual y deliberadamente, se hunde regularmente en la perdición…

Madame GERVAISE: