Misterios de un pasado olvidado - Charo Vela - E-Book

Misterios de un pasado olvidado E-Book

Charo Vela

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Beschreibung

El Valle del Loire se despierta con la tragedia del atentado al señorito Noel, futuro marqués de Blasjous. Nadie sabe quién le ha podido atacar y su vida pende de un hilo. La familia espera que se recupere de su letargo para que cuente lo ocurrido. ¿Encontrarán al malhechor y pagará por ello? Tras estar entre la vida y la muerte muchos días, Noel se despierta de su letargo, dejando a todos en ascuas. Lo que nadie imagina es que, tras hablar él, todo se complicará hasta el punto de cambiarle su vida por completo. Todo por lo que ha luchado en los últimos años se alterará de repente. Ahora más que nunca, el pasado, el presente y el futuro de Noel estarán en manos del marqués, pues este sacará provecho de su enfermedad para obligarlo a cumplir obligaciones que antes se negaba en redondo. ¿Qué pasará cuando Noel descubra que le han manipulado y dirigido la vida? ¿Estará su corazón de acuerdo con la esposa que su padre le ha buscado? ¿O, por el contrario, su corazón latirá por el amor de su vida? ¿Se negará Noel a ser marqués? Puede que, enfrentándose a su familia, encuentre las respuestas a la oscuridad de su mente y los enigmas de su pasado. ¿Saldrán sus secretos a la luz? ¿Podrá alcanzar la felicidad al lado de su gran amor?

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Seitenzahl: 748

Veröffentlichungsjahr: 2024

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MISTERIOS DE UN PASADO OLVIDADO

© Charo Vela

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2023.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización previa y por escrito de EXLIBRIC; su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.

ISBN: 978-84-10076-27-3

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com 91 702 19 70 / 93 271 04 47)

A Fran y Carlos, pues sois el sol que me ilumina,el faro que me guía y la alegría de mi vida.Os amo.

Agradecimientos

Bueno, después de casi dos años, por fin pongo punto final a este trabajo. No podéis imaginar la satisfacción que supone escribir la palabra «fin». He invertido muchas horas de mi vida en darle forma a esta novela. Folios repletos de inquietudes, dudas, sentimientos y emociones en cada capítulo. Una historia que forma parte de mis días, al punto de apenarme acabarla, ya que le cojo cariño a los personajes e, incluso, rabia a algunos de ellos. Una historia llena de vivencias y mucha investigación que espero os guste, intrigue y emocione.

Y, una vez más, mi agradecimiento más sincero es para vosotros, mis lectores, por vuestro gran apoyo y animarme a seguir escribiendo. Así da gusto crear historias.

Quiero agradecer a mi sobrina María Vela, por aclarar todas las dudas referentes a los caballos, formas de montar, tiempo y distancia con ellos, etc. Ella, que es una estupenda amazona, ha sido la mejor para ayudarme en este mundo desconocido para mí. Gracias, mi preciosa, te quiero.

Y, cómo no, a mis hijos y a mi pareja, que respetáis mis horas, aislada en la soledad de mis letras. Sabéis lo feliz que me hace darles forma y vida a las historias que navegan por mi cabeza. Y, como a veces me decís, «es que tienes mucho cuento y te encanta contarlo». Ja, ja, ja. Os adoro.

Recibid un fuerte abrazo de esta romántica soñadora que se cree escritora y anhela manteneros en vilo con sus intrigantes y emocionantes historias.

Hasta la próxima aventura…

Índice

Agradecimientos

Valle del Loira 1910

I. La tragedia se desata

II. Las cosas se complican

III. Recorriendo el pasado

IV. Buscando lo perdido

V. Las cartas están echadas

VI. La boda del señorito

VII. La vuelta al Valle

Trece años atrás (1898)

VIII. Los niños se hacen amigos

IX. Se van haciendo mayores

X. El presente queda escrito

XI. La distancia crece

XII. El tiempo avanza

XIII. Años de hiel y miel

XIV. El resurgir de la amistad

XV. Marcando el futuro

XVI. Descubriendo sentimientos

XVII. Cara y cruz del amor

XVIII. Ilusiones y sueños rotos

XIX. Se desencadena la tormenta

Pasado, presente y futuro 1910

XX. Un presente sin pasado

XXI. De bruces con la realidad

XXII. Ojos verdes…

XXIII. Enfrentando el pasado

XXIV. Cara a cara con la verdad

XXV. Momentos de confesiones

XXVI. Reviviendo el pasado

XXVII. Las cartas sobre la mesa

XXVIII. Tiempo de confesiones

XXIX. Suenan campanas de boda

XXX. La tempestad llega a su fin

XXXI. Un presente lleno de esperanzas

XXXII. La vida continúa con sabor a miel

Valle del Loira (Francia)

Octubre de 1910

NOEL

I

La tragedia se desata

El sol aún no había despertado de su letargo,

cuando el mal ya campaba a sus anchas.

Los primeros rayos del alba despuntaban con timidez entre las nubes. El silencio nocturno seguía en trance, roto solo por el cantar de los pájaros madrugadores y el cacareo de los gallos. El Valle y sus habitantes aún se mecían entre los brazos de Morfeo. Sueño que esperaba ser quebrantado por los tímidos rayos de sol al amanecer, por el quiquiriquí de los gallos y el ir y devenir de los vecinos que salían a trabajar temprano. Aunque ese día se presentaba tormentoso.

A pocos metros de allí, un hombre solitario se hallaba sentado al borde del río Loira. Ya había lanzado su caña deseando pescar algún lucio o carpa. No lo hacía para poder comer. No, simplemente para relajarse y no pensar en los problemas que le acechaban y que, en las últimas noches, no lo dejaban conciliar el sueño. Las discusiones y peleas que últimamente mantenía con su familia lo tenían en vilo y le estaban amargando los días. Debía encontrar una solución para contentar a todos y no era fácil. La vida, aunque se había encargado de darle una situación privilegiada, también se había confabulado con el destino para complicársela de tal manera que ahora se encontraba en una terrible encrucijada. «He sido instruido para luchar en una batalla, incluso estoy capacitado para ganarla; no obstante, las luchas familiares son las peores de pelear, pues las heridas del alma duelen más que las de bala», meditaba con la única compañía del humo de su pipa. Sintió pasos tras de él; sin embargo, estaba tan inmerso en sus cavilaciones que ni siquiera se molestó en volverse a mirar. No podía imaginar que esa madrugada la maldad lo rondaba muy de cerca.

En el silencio y la tranquilidad que reinaba a esa hora, el sonido de la respiración entrecortada de un hombre corriendo en dirección al castillo quebró la quietud del amanecer. Unos fuertes golpes con el aldabón a la enorme puerta de madera maciza rompieron por completo el sosiego.

—¡Ah del castillo! ¡Socorroooo! ¡Ayudaaa, abraaan, por favor! —El lugareño seguía llamando sin cesar y gritando con desgarro. Gruesas gotas de sudor recorrían su ancha frente. Los nervios y el esfuerzo de la carrera estaban latentes en su rostro. Escuchó como minutos después, tiempo que le resultó eterno, alguien abría el cerrojo del portón.

—¡¿A qué viene tanto escándalo, buen hombre?! —manifestó el mayordomo, aún con el semblante adormilado, tras la puerta del castillo—. ¿Hay algún incendio o sucedido alguna desgracia?

—¡Sí, una tragedia! —El hombre llenó sus pulmones de aire fresco y le confesó—: He encontrado al hijo del señor marqués desfallecido en la orilla del río.

—¿Estás seguro? El señorito debe estar dormido. —El lechero negaba con su cabeza. El sirviente, receloso por la noticia que acababa de escuchar, instó a hablar al hombre—: Explícate mejor. Cuéntame qué has visto.

—Cada día voy con mi hijo a ordeñar las vacas antes de despuntar el alba. Hace un rato, cuando todavía no había amanecido, pasamos por la parte este del río, donde más de una vez he visto al señorito Noel pescando. Sin embargo, al fijar la vista lo vi caído en la orilla. Me he acercado por si se encontraba indispuesto y necesitaba ayuda. Lo he llamado y nada, no ha respondido. Está inmóvil, desvanecido sobre el agua. Tiene una brecha en la cabeza y está sangrando, no sé cómo se la ha podido hacer. Su respiración es muy débil. No lo he querido mover, solo he sentido la urgencia de venir corriendo a avisaros. Tengo miedo de que su estado sea grave. Mi hijo se ha quedado a su lado.

Un par de lacayos, alertados por las insistentes llamadas al portón a esa hora tan intempestiva, se habían personado a ver qué ocurría. Eran el asistente personal del marqués y el jardinero.

El mayordomo, que había escuchado atento la historia, había palidecido de repente, pues un amargo presentimiento se adueñó de su ser. Le rogó al lechero que esperase un momento mientras comprobaba si el señorito Noel estaba en sus aposentos. Los minutos que quedaron a la espera transcurrieron lentos. El tiempo parecía no avanzar mientras los tres hombres, inquietos, aguardaban la temida confirmación. El mayordomo sabía de la afición del señorito a la pesca nocturna, no obstante, hacía ya un tiempo que no la ejercía.

Nada más ver al mayordomo aparecer de nuevo, los hombres supieron que la sombra de la desgracia se cernía sobre el castillo, pues el semblante lo traía lívido y circunspecto.

—¡El señorito Noel no está en su habitación! —Se volvió hacia el sirviente personal del marqués y le ordenó con determinación—: Avisa al señor de lo ocurrido y alerta a los demás. Yo voy con el lechero al lugar del suceso. —Luego, se dirigió al jardinero—: Tú ven con nosotros, corre al pueblo y llama al médico. Que se persone cuanto antes en la parte este del río. ¡El Santísimo quiera que solo sea un susto!

Los cuatro hombres se dirigieron cada uno a su cometido. El castillo en cuestión de minutos cobró vida y el revuelo, las prisas y la incertidumbre, se adueñó de los que lo habitaban.

El cochero enganchó los caballos y poco tiempo después el carruaje se dirigía hacia el río, llevando en su interior al marqués de Blasjous y a su cuñado Pierre. En el semblante de ambos se palpaban la inquietud y la preocupación. El río Loira se encontraba a orillas del pueblo, a menos de un kilómetro del castillo.

Cuando llegaron, ya estaban allí el médico y algunos vecinos que se habían aproximado a ver qué sucedía.

—Doctor, ¡¿cómo se encuentra mi hijo?! ¡¿Qué le ha ocurrido?! —cuestionó preocupado el marqués, acercándose a ver el estado de Noel.

—Señor, como puede observar, el señorito está herido e inconsciente. Le han dado un buen golpe en el cráneo. Ha tenido suerte, pues un centímetro más y lo hubiesen matado en el acto. Sin embargo, gracias al Santísimo, creo que no debemos temer por su vida. No obstante, lleva mucho tiempo empapado y con el relente de la fría noche su cuerpo está helado. Esto puede traerle serias complicaciones. Lo mejor será que lo traslademos al castillo cuanto antes y allí, ya despojado de las ropas mojadas, pueda curarle bien la herida y auscultarlo en profundidad.

—¡¿Alguien ha visto quién ha atacado a mi hijo o sabe el motivo?! —preguntó el marqués en voz alta.

Todos los vecinos allí presentes se apresuraron a negar con la cabeza. La rabia del marqués se palpaba en sus palabras. El marqués a lo largo de su vida se había agenciado algunos enemigos que lo odiaban por sus posesiones, por su estatus y su prepotencia, pero que fuesen unos cobardes que atacasen a su hijo por la espalda en vez de a él no lo esperaba.

—¡Juro por el Santísimo que encontraré a quien lo ha agredido y se arrepentirá por ello! Y si alguien de aquí lo está encubriendo lo pagará muy caro.

Entre varios hombres subieron a Noel al carruaje y emprendieron el viaje de vuelta. Al llegar al castillo, el mayordomo y dos asistentes más lo llevaron a sus aposentos. Seguía sin volver en sí. Ya en su habitación, cuando lo vestían con ropa seca, comenzó a moverse aturdido y se quejó del intenso dolor de cabeza. La lesión era profunda y tendrían que ponerle varios puntos de sutura.

Noel, desmadejado, protestaba al sentir cómo la aguja cosía la herida. Estaba titiritando. Una vez terminada la cura, el médico informó al marqués. Este había estado presente en todo momento:

—Señor, ordenen que lo abriguen bien, ha cogido mucho frío. Que mantengan la alcoba con la lumbre encendida para que entre en calor. Esta tarde vendré a ver cómo sigue. Me temo que pueda coger una grave infección de los bronquios. Que tome caldos calientes y no salga de la cama. Esperemos también que la herida cicatrice bien y no den problemas los puntos. Debido al fuerte golpe, estará aturdido y dolorido varios días.

El marqués se sentó junto a su hijo. En las últimas semanas había sido duro e implacable con él, cosa de la que no se arrepentía en absoluto. En su posición no podía ser débil, ni siquiera con su familia. «El poder y el título te dan beneficios y satisfacciones, sin poder obviar los sacrificios y responsabilidad que esto conlleva a quien los posee». Ese lema se lo había enseñado su padre y le había acompañado durante toda su vida. Era la cara y la cruz de su estatus. Y su hijo Noel, que se había ganado muchas palizas por su desobediencia, no iba a saltárselos como le viniese en gana. Debía acatar las normas y si en rebeldía se negaba a cumplir algunas de ellas, él, como buen marqués, no iba a consentirlo. De ahí los enfrentamientos que tenían de un tiempo para acá.

Pensó en sus hijos, eran tan diferentes…

El señor Travis Montrichard, marqués de Blasjous, era un hombre recto y con don de mando. A sus cincuenta y cinco años su salud se hallaba delicada, aquejado por una enfermedad que desde hacía un par de años sufría. Tuvo una grave infección que le dañó el riñón, provocándole fiebres muy altas que lo mantuvieron en cama varios meses. Pese a los tratamientos recibidos no se había restablecido del todo y le habían quedado secuelas severas que lo iban debilitando cada día. Era un hombre con mucho temperamento, tanto los sirvientes que trabajaban en el castillo como los vecinos del Valle, más que respetarlo, le temían, pues sabían lo violento que era cuando se enfadaba. Era alto, canoso, corpulento, de genio fuerte y muy involucrado en los negocios. Había tenido tres hijos.

El hijo mayor era Noel, el heredero del título, que había cumplido veinticinco años. Nathan era dos años menor que Noel, y la pequeña Amelie contaba con veinte primaveras. El marqués se había casado con Margueritte de Angués, hija de un marqués del condado de Liones, hacía veintiséis años. Por supuesto, había sido un matrimonio pactado, como era la norma en la gente ilustre francesa. A Travis se lo impuso su padre, y él, como futuro marqués y responsable de sus obligaciones, accedió obediente.

¿Por qué Noel no le obedecía y se empeñaba en contrariarlo? ¿Es que no consideraba su futuro y tiraba por la borda todo el pasado y presente de su linaje? Noel no podía obviar que un marqués debía tener a su lado a una marquesa de abolengo y clase. Esta le daría una descendencia de alta alcurnia y un heredero de sangre ilustre. ¿Por qué era tan tozudo y no aceptaba las normas? En los últimos meses su primogénito le estaba dando muchos quebraderos de cabeza y esto le afectaba severamente a su salud.

Noel era un hombre de complexión fuerte, apuesto, disciplinado e inteligente, aunque de carácter indomable. Le gustaba la caza, la pesca, tirar al arco, la política y se había preparado a conciencia durante años para seguir los pasos de sus antepasados. Al ser el primogénito, heredaría el título de marqués de Blasjous, igual que lo hizo su padre o su abuelo. Era un hombre justo y de buen humor, en eso no se parecía a su padre. Moreno de ojos verdes, pelo corto, de buen porte y testarudo a más no poder. Se había ganado muchas palizas por desobedecer alguna orden injusta que le imponía el marqués. Amante de los placeres, como el buen vino, una buena comida y, cómo no, una linda mujer. Salía al marqués en el buen talante para los negocios. Desde hacía unos años su padre lo había comprometido con Brigitte, la hija del marqués Courdeus. Era un matrimonio de conveniencia para ampliar los territorios y marquesados. Si bien Noel no estaba muy dispuesto a perder su soltería. Físicamente no le gustaba Brigitte, y mucho menos para que fuese su marquesa. Además, guardaba un gran secreto que le impedía desposarse con ella.

Nathan era el segundo hijo varón del marqués, un joven alto, de ojos grises, pelo largo castaño, travieso, gentil y avispado. En el físico se parecía mucho a su padre. Le gustaba mucho cabalgar y poco los estudios. Como no tenía la responsabilidad del título, llevaba una vida más placentera que su hermano. Le gustaba divertirse con los amigos y era muy mujeriego. Muy distinto a Noel, aunque siempre andaban juntos y más de una vez habían compartido alguna correría. Eran hermanos, amigos y confidentes.

Amelie era la pequeña. Era alta y espigada como su madre. Morena de ojos castaños como su padre. Tenía una cara angelical con una larga melena y una cintura esbelta. Cariñosa y obediente, disfrutaba bordando, haciendo puzles y tocando el piano. Adoraba a sus hermanos. Había sido la niña mimada del castillo. Era romántica y llorona. Desde hacía un año su padre la había ennoviado con un distinguido señorito del condado vecino.

El marqués seguía observando a su hijo Noel, que no dejaba de temblar. Junto a él estaban su esposa y su cuñado. Margueritte era una mujer elegante y cariñosa. Aprendió a no contrariar a su marido, era lo mejor para todos. Los años no habían apagado su belleza, sus ojos verdes parecían dos esmeraldas. A sus cuarenta y ocho años era una marquesa ejemplar, dedicada por completo a cuidar de su marido, de sus hijos y dirigir el castillo. Le encantaba bordar y cuidar de sus flores. Tenía el mejor jardín de todo el Valle. Su hermano Pierre vivía con ellos desde hacía algo más de dos años. Era cinco años mayor que ella. Se había quedado viudo. No tenía descendencia y, tras un accidente, Margueritte le rogó a su marido que dejase a su hermano venirse a vivir con ellos, así ella podría cuidarlo. El marqués accedió y, una vez recuperado, le pidió que se quedara y le ayudase con el control de las cosechas hasta que Noel, ya preparado, volviese de la ciudad para ocuparse de los negocios.

Se hallaban los tres sentados en la alcoba, en silencio, sin dejar de observar a Noel, cuando una sirvienta le trajo un caldo caliente de gallina al señorito. Él, aturdido, se negó a tomar nada. Margueritte con paciencia obligó a su hijo a beber. Le costó tomárselo, pero al final logró terminar el tazón. Minutos más tarde, un poco más espabilado, miró a quienes se hallaban sentados junto a su cama, como si los viese por primera vez en su vida. Observó intrigado toda la estancia y cuestionó en voz alta:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois? —Y tocándose el vendaje de la cabeza, interrogó—: ¿Qué me ha pasado que me duele tanto?

Noel sentía como si docenas de cristales de punta y cientos de alfileres ardientes se hubiesen clavado en su cabeza y lo estuviesen martirizando. Un dolor insoportable lo aquejaba hasta la desesperación, además del letargo que lo mantenía en un sopor del que le costaba tener los ojos abiertos.

Los marqueses se miraron sorprendidos por las preguntas de su hijo. Margueritte se acercó a Noel y lo tocó en la frente, estaba ardiendo.

—Pierre, manda llamar al médico. Tiene mucha fiebre y está delirando. Voy a ponerle paños de agua fría para bajársela.

Noel los miraba aturdido, le dolía todo el cuerpo y, sin darse apenas cuenta, la modorra se apoderó de él, cayendo de nuevo en un pesado sueño.

Tras examinarlo de nuevo el doctor, dictaminó que la fiebre era debida a una grave infección pulmonar. La fría humedad de las ropas mojadas en el relente de la noche le había pasado factura. Le administró jarabes preparados en la botica y ungüentos de la curandera en el pecho.

—Si no reacciona al tratamiento —informaba el doctor a la familia con preocupación—, el señorito podría perder la vida.

Su familia se quedó afligida ante la confesión del médico.

Noel se llevó varios días aletargado por la alta fiebre y la tos que lo asfixiaba. Al anochecer empeoraba, la fiebre ascendía de manera alarmante y la intensa tos lo hacía convulsionar, teniendo a la familia de vigilia varias madrugadas. No lo dejaron solo ni un momento, se iban turnando para cuidarlo.

Su hermano Nathan estaba en Orleans cuando lo atacaron. Tras recibir el mensaje urgente de su padre avisándolo del suceso, volvió junto a Noel cuanto antes. Se asombró al ver a su hermano tan demacrado y enfermo. «Maldito sea quien ha atentado contra su vida, juro por la mía que como lo encuentre lo mato», se prometió Nathan en silencio mientras lo observaba en su cama. Desde su vuelta no se apartó de su lado. Noel era su hermano mayor, lo respetaba. Solo se separó de él para bajar al pueblo, debía buscar con urgencia a dos personas. Sabía dónde encontrarlos. Primero se dirigió a la taberna, miró dentro y vio a uno sentado en una mesa tomando un vaso de vino. Se fue hacia él y sin reparo lo cogió por la solapa, sacudiéndolo con rabia. Antes que Nathan pudiese hablar, el hombre le preguntó:

—¿Cómo se encuentra tu hermano? —La voz le salió entrecortada por el agarre.

—Dímelo tú, que eres quien se llevaba mal con él.

—¡Suéltame, joder, que me estás ahogando! —Nathan aflojó un poco la mano, mas no lo soltó—. Yo no he tenido nada que ver. ¿Tienes acaso pruebas contra mí?

—No, pero te aseguro que las voy a buscar y, como seas tú, te juro que te mataré con mis propias manos.

—Nathan, te estás equivocando. —Este lo miró con rabia y rebeldía—. De haber querido atacarle, lo haría de cara, no por la espalda. ¡No soy un cobarde! Así que si vas a acusarme, tendrás que demostrarlo. No voy a esconderme, tengo buenos puños para defenderme de él y de ti.

—Por ahora no tengo pruebas, pero ándate con ojo, voy a estar observándote. —Se separó un poco de él y le sentenció—: No me fío de ti, nunca me has caído bien y sé que te alegras de todo lo malo que le pase.

—En eso llevas razón, no me apena lo que le ha pasado.

Nathan lo miró queriéndolo machacar. Silvain pensó que todo esto le venía muy bien para su cruzada: «Muerto el perro, se acabó la rabia y ella será para mí».

Acto seguido, Nathan se dirigió al asentamiento militar al que solía ir a menudo. Buscó a un soldado en particular, lo encontró entrenando.

—¿Dónde estuviste la madrugada del viernes? —le cuestionó con cara de pocos amigos.

—¿A ti qué te importa? No eres mi enamorada, así que no tengo que darte explicaciones de mi vida ni mi tiempo libre. —Se giró y le dio la espalda con prepotencia. Nathan lo agarró por el hombro.

—Te equivocas, cuando la vida de mi hermano está en juego, sí. Así que si no quieres que te denuncie, dime dónde pasaste la noche.

—Nathan, no me busques que me encuentras, me importa una mierda lo que le ocurra a tu hermano.

Nathan, cansado de su chulería y prepotencia, le dio un puñetazo en el mentón. El soldado se defendió y ambos se enzarzaron en una pelea. Varios soldados con los que Nathan tenía amistad andaban cerca y al verlos se acercaron a separarlos, sin saber el motivo de por qué se estaban peleando.

—Te voy a estar observando y juro que como hayas sido tú, lo vas a pagar caro —sentenció Nathan, rabioso por no sacar nada en claro.

—No tengo ningún inconveniente con seguir machacándote a ti y a tu hermano.

Los demás soldados animaron a Nathan a no seguirle el juego y que se marchase, pues sabían del mal genio y lo canalla que era ese soldado cuando tomaba alguna copa de más.

Nathan volvió al castillo pensando en la conversación con los dos individuos. En realidad, no los veía atacando en la oscuridad de la noche y en desventaja. No obstante, había tenido que ser uno de ellos. Silvain siempre se había enfrentado a Noel de frente, pero era sospechoso y podía tener un claro motivo para desear quitarlo del medio. Y el soldado le sentenció vengarse de Noel días atrás, cuando se enfrentaron, y lo veía muy capaz de atacarlo. Podría ser cualquiera de los dos. Tendría que investigarlos o bien usar los puños para hacerlos confesar. Iba a descubrir quién había agredido a Noel y lo pagaría bien caro.

Noel se hallaba inmerso en una batalla interna que aún no estaba claro si la ganaría. Continuaba sumido en una modorra que lo tenía completamente desorientado y ausente. Su vida seguía pendiente de un hilo o, mejor, de lo fuerte que fuesen sus defensas.

En el castillo se palpaba una tristeza colectiva que todos guardaban en sus adentros, temiendo el fatal desenlace. Las horas y los días pasaban y no se le notaba ninguna mejoría al señorito. La vida de Noel seguía en peligro y este no parecía luchar con todas sus fuerzas. Los dolores en la cabeza eran horribles. La fiebre tan alta lo llevaba al delirio. Unas veces tiritaba por los escalofríos y otras sudaba en exceso. El letargo no le daba tregua y se movía agitado como si se hallase en una pesadilla espeluznante. A ratos hablaba de forma incoherente. Apenas comía y los pocos momentos que estaba consciente con un poco de lucidez, volvía a repetir una y otra vez las mismas preguntas:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois? Y ¿qué me ha pasado?

A lo que su madre, que no se separaba de su lado, le contestaba con cariño:

—Hijo, estás en tu habitación. Somos tu familia y estás muy enfermo. Si bien eres un hombre fuerte y vas a recuperarte. Estás aturdido por la fiebre y la infección que has cogido. Tú no te preocupes por nada, descansa, nosotros cuidamos de ti.

Esta situación se repitió varias veces a lo largo de los días siguientes. El doctor les pedía paciencia, pues la infección era bastante grave. Además, debido al fuerte golpe que había recibido era normal que estuviese tan aturdido y no supiese ni dónde estaba. No se podía hacer nada más que rezar y esperar a que reaccionase al tratamiento.

En la planta baja del castillo todo era un alboroto. El viento, cómplice de la inquietud de los lugareños, paseaba la pregunta que en silencio todos se hacían por el Valle, pues tanto en la mente de la servidumbre como de los vecinos rondaba la misma cuestión: ¿quién había atacado al señorito? Él era un buen hombre, educado, tranquilo y, aparentemente, no tenía enemigos. ¿Por qué motivo le iban a hacer daño? Todos confiaban en que al mejorarse pudiese explicar qué le había ocurrido y apresaran al culpable. Lo que no imaginaban todos es que se iban a llevar una gran sorpresa. Pues, por el contrario, cuando hablase surgirían aún más incógnitas y problemas.

II

Las cosas se complican

A veces, una simple brisa, si se agita,

puede llegar a crear un fuerte vendaval.

El marqués mandó llamar a un prestigioso detective de Orleans; pese a que Blois era la ciudad más cercana, Orleans era más grande e importante, además allí tenía buenos contactos. La capital se encontraba casi a dos días a caballo del castillo. Cinco días después del ataque, el detective se personó en el Valle. El marqués lo recibió en su despacho y lo puso al tanto de lo poco que sabía sobre la agresión a su hijo. Antes de retirarse el detective, el marqués le comunicó:

—Como podrá imaginar, todo esto me tiene bastante preocupado. Han atentado contra el futuro marqués, el cual está luchando por su vida, y como comprenderá este suceso no puede quedar inmune. Debe encontrar al culpable, yo mismo me encargaré de condenarlo.

—Por supuesto, señor. Investigaré hasta el más mínimo detalle para encontrar al responsable y que pague por lo que ha hecho.

—Quiero que haga correr la voz de que doy una recompensa de diez mil francos a quien me diga el nombre y paradero del que ha atacado a mi hijo. Y si alguien lo está cobijando pagará con su vida. Por supuesto, tiene usted aquí una alcoba a su disposición para su aseo y descanso, además de las principales comidas. —El detective asintió y tras darle las gracias, se dirigió al pueblo para comenzar la investigación.

Nathan esperó a que el detective saliese del castillo para dirigirse a él. No quiso hablarle delante de su padre. Tenía una hipótesis y debía compartirla con el detective. Lo esperó fuera y lo puso al corriente de todas sus inquietudes. Le contó todo lo que creía que este debía saber.

—Como le he contado, dudo de estos dos hombres, pero no tengo pruebas que los incriminen en el ataque. Eso le corresponde investigarlo a usted. Lo que espero es que los haga confesar y el culpable pague por lo que le ha hecho a mi hermano.

—Señorito Nathan, no dude que si uno de ellos es el responsable, confesará. Comenzaré por ellos esta misma tarde. Los mantendré informados de los avances.

Dos días después, el detective habló con Nathan en el patio central. El detective en voz baja lo puso al corriente de sus pesquisas:

—Señorito Nathan, he interrogado al sobrino del cura y debo decirle que en principio él dice no haber sido. —Nathan frunció el gesto en señal de desacuerdo, a lo que el detective continuó hablando—: Según me ha contado, esa noche no estaba en el Valle, fue a unos asuntos a Blois. Salió al mediodía y volvió al día siguiente por la tarde. Pasó la noche en la ciudad. He preguntado en la pensión y me aseguran que se alojó allí, que salió y volvió casi al amanecer algo bebido y luego durmió hasta el mediodía.

—Pero en ese tiempo pudo venir y volver para hacerse con una coartada.

—Sí, si bien me asegura que salió a un club a beber y buscar compañía femenina. He ido a dicho club y me aseguran que estuvo allí hasta el amanecer. —El gesto de contrariedad que hizo Nathan animó al detective a seguir hablando—: A no ser que le dejase la orden a alguien para que lo atacase, mientras él se hacía con una coartada o haya pagado para que digan que estuvo allí sin estarlo.

—De cualquier cosa es muy capaz. Es engreído, prepotente y odia a mi hermano.

—Él me ha asegurado reiteradamente que aunque el señorito Noel no le es de su agrado, no es un cobarde para atacarlo por la espalda. Que no le tiene miedo para enfrentarlo a la cara. Es cierto que ese hombre no me da buena espina y está claro que no va a confesar que ha sido él. Esté detrás o no, lo que no parece es afectado por la salud del señorito, y eso lo convierte en sospechoso. Lo mantendré vigilado.

—Por eso mismo, no le quite ojo, no me fío de él. Podría haber pagado una buena suma a las chicas o a la pensión para cubrirse y haber venido, atacarlo y vuelto. Y ¿al soldado lo ha investigado?

—Sí, ha ido de duro y no ha hablado mucho. Dice que estuvo durmiendo en la carpa junto a otros compañeros toda la noche. Ninguno ha corroborado su versión, se nota que es conflictivo y no muy querido en el destacamento. No sabemos si fue así o no. Lo que también está claro es que cuando habla del señorito lo hace con inquina.

—Entonces, ¿cómo hará para que declaren? Estoy seguro de que es uno de ellos. —Nathan estaba enojado. Sabía que no iban a confesar a la primera, pero al menos que encontrase alguna pista contra ellos.

—No se preocupe, los seguiré investigando de cerca. Buscaremos pista en el lugar del atentado, puede que encontremos algo que nos lleve al culpable. ¿Podría haber ahí fuera alguien más que deseaba hacerle daño e, incluso, matar a su hermano? No debemos dejar ningún cabo suelto.

—Si lo hay, no tengo ni la menor idea de quién querría verlo muerto. Mi padre sí tiene enemigos, pero mi hermano no es como él. A no ser que hayan herido a mi hermano por algo contra el marqués.

—No se preocupe, señorito, sea quien sea, lo encontraremos. Preguntaré a los vecinos a ver si saco alguna pista. Si alguien sabe algo, con la suculenta recompensa que ha puesto su padre, seguro que se va de la lengua.

Nathan estaba disgustado por el giro de la investigación, pues no sabía quién más odiaba tanto a su hermano para atentar contra su vida. Y si no encontraban pruebas contra Silvain o el soldado, iba a ser complicado. Subió a hacerle una visita a Noel y se sentó a su lado. Se apenaba tanto de él al verlo tan débil y enfermo que, en silencio, le pidió una vez más al Santísimo por su vida.

Fueron unos días llenos de incertidumbre y tristeza. Por un lado, la vida de Noel seguía estando en vilo y, por otro, las pesquisas del detective no parecían dar fruto, o al menos al marqués no le llegaba ninguna información al respecto. Todo esto lo tenía muy inquieto y le afectaba a su delicada salud. En ese desconsuelo estaban en el castillo cuando varios días después el detective pidió ver al marqués.

—Espero que me traiga noticias de quién ha agredido a mi hijo.

—Señor, he seguido varias líneas de investigación. He buscado pistas en el lugar del suceso y no hay nada que incrimine a nadie; es más, el arma con que lo atacaron no ha aparecido por ningún lado. No sé si la tiraron al río y se ha hundido por el peso o, simplemente, el malhechor se la llevó. Hemos buscado y nada. He preguntado a los vecinos a conciencia. Podría ser que callasen por temor o por ocultar al culpable, pero he notado en sus caras la verdadera preocupación por la salud del señorito. Rezan por él, quieren que se haga justicia y que el responsable pague por ello.

—¡Vaya directo al grano, no le pago para soportar una perorata!

—Señor, debo informarle de todos los pasos que he dado. He investigado si tenía enemigos y todos los lugareños coinciden en que aprecian a su hijo, pues lo han visto crecer jugando por el Valle. Incluso dos con los que había discutido en alguna ocasión tienen una coartada. Si ha sido alguno de ellos, no hay prueba física ni declarante que lo verifique. —El marqués lo escuchaba contrariado y con los puños apretados—. También he indagado cualquier pelea o desavenencia que hubiese podido tener en la taberna o en otra zona de la comarca, mas nadie sabe nada. He preguntado por Blois y tampoco he sacado nada en claro. Todos reiteran que el señorito no se metía en problemas. ¿Cree que alguien que quiera hacerle daño a usted lo haya atacado para hacerlo sufrir, señor marqués?

—No lo sé, hay mucho cobarde que me odia ahí fuera. Sin embargo, no creo que sea ese el motivo. Hay algo que no le he comentado. Hace casi un mes vieron a Noel en Blois pasear con una dama. Aunque he hecho mis investigaciones no he logrado averiguar de quién se trataba. He pensado que tal vez fuese casada y su marido, al descubrirlo, haya venido en busca de venganza.

—Preguntaré por si alguien sabe algo, pero si usted no lo ha logrado con sus contactos, está claro que la dama debe ser de otro lugar o no es muy conocida. Si esta línea falla no sé por dónde más buscar, señor. Parece que el culpable se lo hubiese tragado la tierra o está bien parapetado en su coartada.

—¡Me dijeron que usted era el mejor, veo que no vale lo que me cuesta! —protestó el marqués malhumorado, poniéndose en pie.

—Señor, no han dejado pistas y dada la intempestiva hora del suceso, no hay ningún testigo. No sé por dónde seguir.

—Entonces, ¿qué debo hacer? —manifestó el marqués enfrentándolo—: ¡¿Cruzarme de brazos y olvidarme que quién ha estado a punto de matar a mi hijo? Sigue ahí fuera campando a sus anchas y usted no ha sido capaz de localizarlo. Recuerde que han atacado al futuro marqués del Valle. Este delito no puede quedar sin castigo.

—¡Por supuesto que no, señor! Mas le aseguro que no hay ningún hilo del que tirar, solo el señorito sabe la verdad. Creo que deberíamos esperar a que su hijo se recupere y pueda contarnos que pasó y quién lo atacó. Solo él puede esclarecer el caso.

El marqués suspiró y reconoció que el detective llevaba razón. Era lo único que le quedaba, tener paciencia y que su hijo le contase quién y por qué.

—Si le parece bien, señor, dejaremos abierta la investigación. Ya cuando el señorito se recupere, vuelva a llamarme. Tras su confesión tendré pistas de donde tirar para atrapar al culpable. Él es quien tiene las claves de todo lo que ha sucedido y solo él puede ayudarnos a esclarecer el caso.

El marqués comprendió que era lo mejor, pues o el detective era un inútil, o ciertamente la cuestión era complicada. Quedaba latente que poco más iban a sacar en claro hasta que Noel mejorase y pudiese contar qué había pasado. Así fue como al día siguiente el detective se volvió a Orleans sin haber podido encontrar ni una sola pista sobre el infractor.

Una mañana, doce días después de que lo hirieran, Noel se despertó más lúcido y sin apenas fiebre. Miró a su alrededor y de pronto, una voz quebrada y ronca resonó en la habitación, sorprendiendo a su madre y su hermano Nathan, que se encontraban sentados junto a la cama.

—Por favor, decidme qué me ha ocurrido.

Los dos acudieron con rapidez a su lado.

—Hijo, te han atacado una madrugada mientras estabas pescando en el río. No sabemos quién ha sido ni por qué.

—Hermano, ¿recuerdas quién te golpeó?

Noel negó varias veces con la cabeza.

—Os agradezco que llevéis días cuidándome, pero os ruego que me llevéis a mi casa. Necesito volver a mi hogar. —Intentó sentarse en la cama mientras hablaba.

—Hermano, no te muevas que aún estás muy débil. —Nathan lo sujetó con fuerzas.

—Comprendo que estés aturdido, hijo, pero este es tu hogar. —Su madre le acariciaba la mano intentando tranquilizarlo.

—¿Noel? ¿Hijo? ¿Hermano? ¿Quiénes sois? ¡Y no, esta no es mi casa! —Mirando con rabia a Nathan, le ordenó—: ¡Maldición, suéltame! ¡Quiero levantarme, estoy harto de cama!

—Noel, tienes que tener un poco de paciencia, avisaremos al doctor. Has estado muy enfermo, tienes que esperar que él te indique lo que puedes hacer.

Noel, al escuchar la dulce voz de su madre, se relajó un poco. Todavía se encontraba cansado. ¿Quiénes serían esas personas que con tanto empeño y mimo lo cuidaban?

—No te muevas con brusquedad que la herida aún está muy fresca.

—Hermano, evita moverte que estás débil, confundido y herido. Debes confiar en nosotros.

Al cabo de una hora, el médico se presentó en el aposento del señorito. Tras la marquesa ponerle al tanto de la actitud y la desorientación de su hijo, el doctor pidió que lo dejaran a solas con él.

Tras curarle la herida, lo examinó de nuevo y con la ayuda de Nathan lo levantaron. Le costó mantenerse en pie y casi se desploma, pues las piernas le temblaban tras estar tantos días en reposo. Lo sentaron en el sillón que había junto a la cama. El médico le pidió a Nathan que saliese y los dejara solos.

—Señorito, me han dicho que sigue trastornado. Es normal, ha estado muy grave y está muy débil. El golpe que le han dado ha sido muy fuerte y le ha provocado una gran contusión. La suerte es que la herida sangró bastante, si no, los hematomas internos hubiesen podido complicar su vida hasta llegar a perderla. Además, ha contraído una grave infección de los bronquios, por lo que por ahora no debe fumar ni coger frío. Si bien lo peor ya ha pasado, ahora le toca recuperarse. Cuénteme qué recuerda de esa noche.

—Todo esto es muy confuso para mí. No me acuerdo de nada.

—Comprendo cómo se siente, pero no se agobie. Comenzaremos por lo básico. Dígame su nombre, su edad, hábleme de su familia, de sus gustos. De cualquier cosa que le venga a la mente y recuerde.

—Es complicado, pues en realidad no recuerdo nada. Me llaman Noel, pero no recuerdo que ese sea mi nombre. Dicen que son mi familia, pero sus caras no me son conocidas. No recuerdo a qué me dedicaba ni cuáles son mis aficiones. —En la cara del médico se notó cómo se le tensaba la mandíbula—. Tampoco recuerdo nada de lo que me ha pasado ni por qué llevo tantos días en esta desconocida habitación. Dígame, ¿cómo me he hecho esta herida?

—Alguien le ha agredido. Por la contundencia del golpe y la amplitud de la herida, han debido darle con un objeto duro y pesado. Le he tenido que coser quince puntos. —Noel lo escuchaba con atención. Estaba más delgado y las ojeras marcaban su rostro—. Entonces, ¿no recuerda quién es usted? —indagó el médico, preocupado.

—No, nada. Ni incluso quién es usted. Imagino que es el doctor porque me ha estado curando, pero no recuerdo si lo conocía anteriormente. Todo esto para mí es como un mal sueño, una horrible pesadilla.

—¡Señorito, me conoce de toda la vida! Yo ayudé a la comadrona a traerlo al mundo. Mi hijo Eric y vos habéis jugado desde pequeño juntos y sois buenos amigos. Está claro que el golpe le ha hecho perder la memoria.

El médico se había quedado impresionado al descubrir que no era solo una confusión del golpe como creía. Podría dictaminar con total seguridad que el cerebro se había dañado considerablemente, produciéndole una severa amnesia. Sabía de lo complejo de esa enfermedad. Intentó animarlo, pues poco más se podía hacer.

—Confío en que este olvido sea temporal y pueda ir recordando en las próximas semanas. Le confirmo que se llama Noel y es el hijo del marqués de Blasjous. Este es su castillo. Tiene dos hermanos, Nathan y Amelie, y usted es el futuro heredero al título. Recuerde que aún está convaleciente, no haga esfuerzos ni movimientos bruscos. En unos días, cuando se encuentre más repuesto, puede dar pequeños paseos por el castillo, así irá reforzando sus piernas de nuevo. Le aconsejo que hable con su familia para que pueda ir recuperando sus recuerdos y su vida anterior. —Noel frunció el ceño no muy convencido de las palabras del doctor. Se encontraba desanimado y sin fuerzas—. Tenga paciencia y no desespere, verá como en poco tiempo todo vuelve a la normalidad. Lo importante es que está vivo, ha habido momentos en que su vida pendía de un fino hilo. —El rictus de Noel era un dilema—. Comprendo que para usted debe ser muy complicada esta situación, pero esta es su casa, y ellos, su familia. Déjese cuidar y no se preocupe en demasía, verá como irá recordando todo su pasado poco a poco. Ahora quédese tranquilo ahí sentado. Voy a informar a su familia.

El doctor salió con el semblante serio y turbado. En la puerta lo esperaban los marqueses y Nathan. Tras detallarles la situación, la reacción de ellos no se hizo esperar.

—Entonces, ¿mi hijo no recuerda nada de lo que pasó? —exclamó el marqués sorprendido. El médico negó con la cabeza—. Pero ¿cómo vamos a encontrar a quien ha atentado contra su vida si él no puede rememorar lo sucedido?

—¿No recuerda quién es ni quiénes somos nosotros? —preguntó la marquesa, inquieta y con los ojos humedecidos por la tristeza—. Así nos miraba y nos preguntaba una y otra vez quiénes éramos.

Nathan se había quedado sin palabras con la noticia y un pellizco de lástima arañó su alma. «Pobre hermano mío. ¿Qué va a ser ahora de él?».

—Señora, lo primero, debemos dar gracias al Santísimo de que está vivo. Ahora más que nunca hay que tener mucha paciencia, pues no recuerda nada de su vida anterior y eso debe ser desesperante para él. Entre todos debéis ayudarle a crear de nuevo su memoria hasta que vaya recordando. Esta enfermedad es muy compleja y no se sabe cuánto puede durar ni qué hacer para que vuelva. Poco más puedo decirles. Vendré en un par de días para curarle la herida.

En ese instante, tras el primer impacto, el marqués pensó que a lo mejor todo esto era una señal del cielo. Si su hijo no recordaba nada, el problema que durante el último mes le había abrumado, de repente, se resolvía. El enfrentamiento constante con su hijo que, últimamente, le tenía en vilo y le estaba pasando factura a su salud se solventaba. Noel aceptaría sin objeción su obligación y todo solucionado. Claro que el doctor les había sugerido que habrían de refrescarle la mente con datos para crearle los recuerdos. No obstante, iba a haber un par de cuestiones de las que habría que ocultarle la verdad.

Era muy importante que nadie ajeno a su familia supiese de su enfermedad, pues entonces podrían estropearle todo el plan.

—Doctor, le pagaré bien, pero no quiero que nadie, salvo mi familia, sepa de la pérdida de memoria de mi hijo. Recuerde que quien ha atentado contra el señorito sigue libre, por lo que nadie, absolutamente nadie, ni siquiera su familia, debe saberlo. Si me contradice sabe que puedo arruinarle la vida en el Valle. —El médico asintió sabiendo la fama de violento del marqués—. Nadie, ¿me ha escuchado bien? Nadie, pues al final se va filtrando, se corre la voz y, como comprenderá, eso le daría ventajas sobre él y podría atacarlo de nuevo. Debe darme su palabra de honor y guardar esto como un secreto de profesión.

Tras el médico prometérselo y marcharse, entraron en la alcoba de Noel, que seguía pensativo sentado en el sillón. Antes de que ellos pudiesen hablarle, les declaró:

—Os agradezco todo lo que estáis haciendo por mí, pero en estos momentos necesito estar solo. No deseo ver ni hablar con nadie. Os ruego que os marchéis. —La voz de Noel sonó quebrada y alicaída. Los tres lo miraban con tristeza—. No puedo seguir viendo vuestros rostros apenados hacia mi persona, cuando no recuerdo siquiera quiénes sois. Necesito la soledad. Ya que carezco de recuerdos, lo único que me queda es ordenar mis pensamientos y saber qué voy a hacer con mi vida a partir de ahora. Por favor, no os lo toméis como una falta de respeto, muy al contrario. Os pido que me comprendáis y respetéis mi decisión. Lo único que necesito en estos momentos es estar solo.

Todos, aunque contrariados, respetaron la petición de Noel. Este, al quedarse solo, intentó asimilar que su mente se había quedado en blanco. Que todo lo que había vivido, aprendido, disfrutado, sufrido, amado, soñado se había borrado de un soplo. Todo lo que había ido guardando en su cerebro durante sus veinticinco años se había vaciado de golpe, dejándolo huérfano de memoria. «Todos se alegran de que esté vivo, pero ¿no es mejor morir que carecer de recuerdos? ¿No es esto estar de alguna manera muerto en vida?». Y, de repente, rompió a llorar como un niño pequeño.

Esa noche no cenó ni dejó entrar a nadie. Incluso echó a Nathan cuando fue a ayudarlo a acostarse. La tristeza que habitaba en su corazón le impedía ver luz en la terrible oscuridad en la que su vida se encontraba en esos momentos. Sus ojos seguían húmedos por la impotencia. Con gran esfuerzo se levantó del sillón y se tendió en la cama como pudo. Le faltaban las fuerzas, del cuerpo y del alma. Apenas durmió, aunque por mucho que se empeñaba en recordar, nada acudía a su mente. Y para colmo, alguien quería matarlo.

El día amaneció gris como la vida de Noel. Las ojeras se habían marcado aún más en su rostro después de pasar la noche afligido e intentando buscar una salida que no encontraba. Así lo encontró su madre, cuando preocupada entró a verlo a la mañana siguiente. Su pálido semblante fue el espejo de su sufrimiento y de la mala noche pasada.

—Noel, espero no molestarte con mi presencia. —Este quiso protestar por la visita, pero Margueritte no lo dejó—. Escúchame bien, hijo, tú no me recuerdas, pero ten por seguro que yo a ti sí. Sé que lo estás pasando muy mal, pero yo también de verte sufrir. Has nacido de mis entrañas, te he amamantado, educado y amado durante tus veinticinco años de vida. Así que no puedes pedirme que no me preocupe por ti, porque eso es imposible. —Le cogió la mano entre las suyas y las besó con cariño maternal. Noel observó como su madre tenía los ojos inundados de llanto. Esos ojos verdes que eran iguales a los suyos—. Siempre hemos tenido una buena relación y has escuchado mis consejos. Espero que ahora también lo hagas. Déjame acompañarte y ayudarte a superar esta dura cruzada. Por mucho que me lo pidas, no pienso alejarme de tu lado. No puedes pedirle eso a tu madre.

—No quiero haceros sufrir. Todo esto es muy difícil de asimilar. —Su voz salió ahogada y débil—. Compréndame, solo deseo estar solo. Me siento vacío…

—Noel, no sabemos qué tiempo durará tu olvido. No puedes llevarte todo el tiempo escondido y a solas. Nunca has sido un cobarde, no lo seas ahora. El doctor nos ha dicho que, si visitas el castillo, hablas con nosotros del pasado, paseas por los sitios que te gustaban, seguramente eso hará que tu cabeza reaccione y comiences a recordar. Aquí encerrado entre cuatro paredes no vas a adelantar nada, lo único que conseguirás será entristecerte más y enfermar de pena. Piénsalo, hijo, tu cura puede estar ahí fuera y eres tú, con nuestra ayuda, quien debe encontrarla.

Estuvo un rato con él y lo obligó a desayunar algo. Luego, tras darle dos besos, Margueritte se marchó, dejando a su hijo cavilando en lo que ella acababa de decirle. Permaneció todo el día entre el sillón y la cama. Aún se encontraba muy débil y con el ánimo malhumorado. Su familia quiso acompañarlo, pero no dejó a nadie que lo visitara. Cuando le trajeron el almuerzo, se obligó a comer. Apenas tenía hambre, pero debía recuperar las fuerzas.

Esa tarde el marqués decidió reunir en su despacho a su mujer, a Nathan, a Amelie y a su cuñado. Tras cerrar bien la puerta, se dirigió a ellos:

—Como sabéis, este tiempo atrás, Noel y yo hemos tenido fuertes enfrentamientos, ya que se negaba a cumplir algunos compromisos establecidos para su futuro título. Tras la desgracia que ahora nos ha tocado vivir, he pensado que algunas cosas se podrían solucionar. Ahora que su memoria se ha borrado voy a hacer que cumpla ese compromiso al que antes se negaba. Al no recordar nada, aceptará de buena gana lo que le imponga y así solucionaremos el problema.

Nathan comenzó a moverse inquieto por el despacho, no le gustaba lo que su padre estaba planeando y no pudo callar.

—Padre, ¿y si recobra la memoria y comprueba que ha manipulado su voluntad?

—¡No voy a manipular nada, solo hacer que cumpla con su obligación por el bien de todos! —El marqués le respondió enfadado. Nadie iba a contrariarlo—. Y cuando recuerde, ya estará casado y no habrá marcha atrás. Así que os exijo por el porvenir del marquesado que cumpláis mis planes al pie de la letra. Tiene que casarse con Brigitte cuanto antes, como estaba apalabrado y no quiero escuchar ninguna objeción al respecto, es una orden que hay que cumplir. Debéis sellar vuestros labios sobre este tema. Noel no debe enterarse nunca de esto. No me encuentro con buena salud para más discusiones y disgustos. Nadie más debe saberlo.

—Cuñado, no es por contrariarte, pero ¿cómo confías que en su estado pueda llevar las riendas del marquesado? —indagó Pierre, preocupado.

—Mientras él se recupera, tú estarás al frente. Ese es mi mandato. Cuento con vuestro apoyo y silencio, si no me veré en la obligación de desheredaros y tomar medidas drásticas. Os aseguro que no os gustará verme enfadado. No voy a consentir que, por rebeldía y mero capricho, Noel tire por la borda lo que hemos logrado conseguir generación tras generación. —Travis pensaba que no tenía otra alternativa. Él era el marqués y debía hacer que se cumpliesen las normas, por las buenas o por las malas. En realidad, lo hacía por el bien de su hijo y el futuro del marquesado.

«Desde luego, Noel no puede enterarse de lo que padre quiere hacer o se va a liar una batalla en la familia. No está bien que, aprovechando su pérdida de memoria, vaya a contrariar los deseos por los que él lleva tiempo luchando, pero no seré yo quien se enfrente al marqués», pensaba Nathan, inquieto y disconforme con la decisión.

Tras la reunión familiar, el marqués mandó una misiva al padre de Brigitte comunicándole que a primeros de marzo se dispensaría la boda.

Dos días después, Noel llamó a su asistente para que le ayudase a levantarse y asearse. Trajeron la tina a la alcoba y la llenaron de agua caliente. Noel, con la ayuda de su asistente, se dio un buen baño que lo relajó bastante. Este también lo afeitó y ayudó a vestirse.

Lo había decidido, no iba a quedarse cruzado de brazos. Iría en busca de sus recuerdos como le había aconsejado la madre que le había dado la vida, aunque él no la reconociese. Comenzó tranquilo, solo dio un corto paseo por la primera planta, donde se encontraba su alcoba, pues se cansaba con facilidad. Al día siguiente repitió lo mismo, pero algo más repuesto.

Esa noche toda la familia Blasjous se reunió en el salón pequeño para cenar. Sus padres, sus hermanos y su tío compartían la mesa. Noel bajó al salón con la ayuda de su asistente. Fueron presentándose para que él tuviese claro quién era cada uno de ellos. De esta manera iría recordando los rostros de su familia. No quisieron marearlo con mucha información de golpe. Fue una velada tranquila y familiar, donde Noel, aunque con rictus serio, intentaba guardar todos los datos que le aportaban.

Los días fueron transcurriendo lentos, en los que el señorito seguía poco a poco recuperándose e investigando su pasado, ajeno a todo lo que su padre estaba urdiendo a sus espaldas sobre su futuro.

Ante su falta de recuerdos, Noel pensaba que era como volver a nacer, pero ya hecho un hombre y con una vida formada. Todo era muy complicado, pero debía intentarlo. ¿Tenía acaso otra opción en estos momentos? ¿Se encerraba en sí mismo hasta que con suerte su memoria se recuperase? ¿O luchaba con todas sus fuerzas por intentar recordar algo, por muy pequeño que fuese, y recobrar su vida anterior?

III

Recorriendo el pasado

No siempre vuelve el pasado por mucho que lo ansiemos,

ni encontramos lo perdido por mucho que lo busquemos.

Lo primero que hizo Noel fue salir fuera a observar el lugar donde vivía. El castillo de Chaemunt era una preciosa fortaleza del siglo X. Tenía una mezcla de estilo gótico y renacentista. Su apariencia externa era todo un esplendor, con techos de pizarra que le aportaban un imponente y señorial estilo. Se podía divisar a decenas de kilómetros de distancia. Se había construido en un promontorio, en el valle del río Loira. Poseía dos mil quinientas hectáreas de terreno, de las cuales la mayoría eran viñedos. El castillo tenía un patio empedrado con una gran fuente en el centro. El jardín rodeaba parte de la fortaleza, era el más grande, variado y mejor cuidado de toda la comarca. La majestuosidad de sus almenas, sus torres y bóvedas lo hacían parecer un palacio digno de cualquier príncipe. A unos metros se hallaban los establos, el gallinero, dos bodegas, un almacén de embotellado y un lagar para la pisada de la uva.

A menos de un kilómetro comenzaba el pueblo, el Valle. Miró alrededor y sus ojos observaron el pueblo a los pies de la colina y, al fondo, el río Loira entre arboledas. En el pueblo se notaba el trasiego de sus habitantes. Vivían unos doscientos lugareños. Noel miraba fascinado todo el paisaje a su alrededor y le gustó. Se sentía atraído por esa tierra. El viento trajo hacia él un perfume que embriagó sus sentidos. Bordeó el castillo y se encontró con una rosaleda preciosa, llena de colorido y olor, que lo hizo sonreír. Notó que cuando alguna cosa le agradaba, algo dentro de su ser se agitaba.

En los días siguientes, fue hablando y conociendo a cada una de las personas que integraban su familia y anotó en un pequeño cuaderno los datos más importantes que cada uno de ellos le iba aportando.

Su madre le entregó una lista con los nombres de los sirvientes. Así le sería más fácil saber quién era cada uno, sin necesidad de ir preguntándoles cuando se dirigiese a ellos, o simplemente cuando se interesasen por su salud. Igualmente, le había anotado los nombres de sus dos caballos. «Hijo, cuanta menos gente sepa de tu olvido, mejor», le había informado Margueritte.

Primero se reunió con su padre. Este lo recibió en el despacho, en el mismo lugar donde días antes había confabulado contra los deseos de Noel. Travis le informó de la valiosa preparación que tenía para heredar el título cuando él falleciese o, simplemente, le iba a ceder algunas obligaciones por encontrarse enfermo y cada vez más delicado. Le contó que había sido un buen estudiante y se había educado en las mejores escuelas de Orleans.

—Noel, has recibido la mejor educación. Estás totalmente preparado para ser un respetado e ilustre marqués. Has estado varios años preparándote en todo tipo de materias en Orleans y un año en la academia militar. Eres un buen jinete, sabes utilizar la espada y el revólver con habilidad, incluso has aprendido a tirar con arco. Te he enseñado a cazar con maestría y tienes destreza en los negocios. Te gusta la política y has hecho amigos influyentes en la capital. —Noel lo escuchaba atento e iba anotando en el cuaderno—. Tenemos las bodegas más cotizadas de todo el condado. Nuestros vinos son exquisitos. Unos meses antes de que te hirieran ya gestionabas la dirección de las bodegas. También nos dedicamos a la cría de caballos sementales, de purasangres, que vendemos por todo el sur. Tú te encargabas personalmente de su doma. Nuestros negocios van en auge.

—Por lo que usted me expone, soy habilidoso y estoy capacitado. Lo triste es que no recuerdo nada de todo lo que me cuenta.

—Debes tener paciencia. Vas a ser un marqués ejemplar. La mayoría de los lugareños trabajan para nosotros en las labores del campo. Debes darte a respetar y no olvidar quién eres. —Obvió contarle las muchas palizas que le había dado de pequeño por contrariar algunas normas que Noel había creído injustas por parte del marqués—. Hace dos años sufrí una enfermedad que me dejó graves secuelas en el riñón y el hígado. Cada vez estoy más débil. Tu tío Pierre se hizo cargo de controlarlo todo hasta que tú volviste y te hiciste con las riendas de los negocios. Tu tío tiene un carácter taciturno, pero sabe cómo llevar los negocios, debe seguir siendo tu mano derecha hasta que vuelvas a sentirte bien de nuevo. Él sabe de las cosechas, de la elaboración y la venta de nuestros vinos. De los caballos te ocupabas tú, si bien desde que estás herido se ocupa el asistente de la cuadra.